Los restos mortales del Arzobispo D. Rodrigo Jiménez de Rada y estado de su sepulcro en la iglesia ex-abacial y ahora parroquial del ex-monasterio cisterciense de Santa María de Huerta

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Los restos mortales del Arzobispo D. Rodrigo Jiménez de Rada y estado de su sepulcro en la iglesia ex-abacial y ahora parroquial del ex-monasterio cisterciense de Santa María de Huerta
de Vicente de la Fuente



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El año de 1862 tuve el inmerecido honor de leer, con motivo del solemne aniversario que en memoria de su fundación celebró esta Real Academia, un «Elogio de D. Rodrigo Jiménez de Rada», considerándole como el primero que, saliendo de la esfera de cronista, puedo ser mirado como historiador general de España. Allí hablé al final, y como de paso, de su entierro y sepulcro en, el monasterio de Santa María de Huerta, y después de haber deplorado el vandalismo que había destruído sus grandiosos claustros, los sepulcros de los La Cerdas y Duques de Medinaceli, la curiosa y rica biblioteca y los muchos y hermosos cuadros que constituían su rico museo, decía: «Este hombre (el de D. Rodrigo) y este mausoleo son bastantes para que la iglesia de Huerta, pobre ahora, rica en otro tiempo, sea mirada con veneración y respeto, y considerada como un monumento de gloria nacional...» (Pág. 3l.)

En los apéndices del discurso se hablaba de algunas de las vicisitudes por las cuales habían pasado los restos mortales del célebre Arzobispo y se describía aquel sepulcro en su actual estado.

Posteriormente, el Sr. D. Cesáreo Fernández Duro, nuestro digno y laborioso compañero, ha presentado recientemente á la Academia una curiosa Memoria, firmada en Junio de 1884 por el ingeniero D. Gregorio Helzel, acerca de otras vicisitudes más recientes por las que han pasado en este siglo los restos mortales del célebre Arzobispo, al cual nuestra patria quizá no ha dado todo el honor que se merece. Nuestro digno Presidente, con fecha 30 de Marzo, tuvo á bien comisionarme para informar acerca del contenido de esta Memoria, recordando quizá mi discurso del año 1862.

Resulta que tres años después, en 15 de Febrero de 1865, se abrió el sepulcro de D. Rodrigo á presencia del párroco y ex-monje del dicho monasterio D. Gregorio Pérez, del dicho señor D. Gregorio Helzel y otros varios ingenieros y empleados por la empresa, que por entonces construía la vía férrea que cruza en toda su extensión de O. á E. la antigua huerta y cerca del monasterio. Supone el Sr. Helzel que aquella fué la última inspección que se ha hecho de la momia de D. Rodrigo. ¡Ojalá fuera cierto! Pero han sido tantas y tan inconvenientes algunas en época posterior, que dieron lugar á varias hablillas y murmuraciones, las cuales obligaron al dignísimo Obispo de Sigüenza, Excmo. Sr. Benavides, á tomar algunas medidas de que luego se hablará.

La Memoria del Sr. Helzel es muy curiosa y digna de ser agradecida por nuestra Academia. Al-una pequeña inexactitud histórica no es de extrañar, mucho más en quien escribía en el mismo casi desierto monasterio, quizá sin libros y obras de consulta más que las que pudiera proporcionarle el anciano párroco D. Gregorio.

Yo también alcancé á conocer á éste en época bien triste, al venir de Calatayud á matricularme en Alcalá en Octubre de 1835. Ardía la guerra civil en todo su furor: sólo estudiantes, mujeres ó pobres podían atreverse entonces á viajar, y no sin riesgo. El mayoral de la galera no se atrevió á pasar del parador de Huerta, y con ese motivo un condiscípulo y yo nos fuimos á visitar la iglesia y el monasterio, de la cual salían entonces, por fortuna nuestra, el anciano y amable párroco D. Gregorio y otro ex-monje que tenía á su cargo la botica del monasterio y pueblo adyacente, y al cuidado y servicio de ella había quedado en un local contiguo al monasterio. Con ese triste motivo pude ver el sepulcro de D. Rodrigo Jiménez de Rada, á través de la dorada reja, que cierra la hornacina donde está sepultado más bien que enterrado. Mas este pequeño recuerdo de la parte exterior del sepulcro nada me permite decir acerca de la momia del Arzobispo, sino lo que otros han escrito.


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Dejando á un lado el origen del monasterio, que, puesto sobre la antigua vía romana de Arcobriga (Arcos) á las Aguas bilbilitanas (Alhama) y casi en frontera de Aragón, sirvió muchas veces para entrevistas de los Reyes de Aragón y de Castilla, y la curiosa descripción de su grandiosa fábrica desde los tiempos de D. Alfonso el Noble, como también los beneficios y riquezas que debió á las ilustres familias de los Finojosas, y mas tarde á los La Cerdas y Medinaceli, debo ceñir mi informe a lo que se refiere al sepulcro del Arzobispo y estado de sus restos mortales. La Memoria del Sr. Helzel excusa también ese trabajo en gran parte.

Falleció D. Rodrigo el año de 1245, bajando en un buquecillo por el Ródano, de regreso del Concilio primero de Lyon, ó Lugdunense, celebrado en aquel año, al cual asistieron varios Patriarcas, 140 Obispos, el Emperador y San Luís, Rey de Francia. Sobre la fecha de la muerte hay dudas, pues se ha fijado la de 1246 y 47.

Los monjes de Fitero llevaron á mal que se trajera el cadáver a Huerta, y decían que D. Rodrigo tenía estipulado con ellos enterrarse en su monasterio, por ser él navarro y nieto de D. Pedro Tizón, amigo de San Raimundo y gran bienhechor de aquel monasterio. Añade un códice de Fitero, que existe en nuestra Biblioteca, que le tenían dispuesto sepulcro de piedra en la iglesia de éste, que era un arca de piedra sostenida por seis leones de lo mismo, y cuando se les argüía con el testamento, que sobre su pecho tiene el cadáver en un pergamino, lo redarguían de falsedad, añadiendo que lo habían fingido sus criados, partidarios de los cistercienses de Santa María de Huerta. No parece esto probable, y no estaría quizá de más el sacar la fotografía del pergamino si fuera posible. Además, Fitero entonces era de Castilla y no de Navarra. Para nuestro asunto importa poco esta hablilla, puesto que el cadáver fué traído á Huerta, y, esto no lo negaban los de Fitero. Pero no estará quizá de más el hablar de esta queja de los de Fitero, justa ó injusta. Por aprovechar los primeros monjes de Huerta, al venir de la granja de Cántavos, las obras que habían hecho los Reyes de Castilla en aquel agreste cazadero, situaron el nuevo monasterio en paraje poco conveniente, demasiado cercano á las márgenes del Jalón, que en numerosas ocasiones ha inundado la iglesia y toda la planta baja del monasterio.

En los apéndices que van á continuación del citado «Elogio de D. Rodrigo», se consignan varias de estas devastadoras inundaciones, que se hubieran podido evitar fundando el monasterio en alguno de los collados próximos, más ventilados y saneados. Cítanse allí las inundaciones de 1558 y 1773. La reparación de los daños que entonces padeció el monasterio costó más de 400.000 reales, según allí se dice. Precisamente el año anterior se habían acabado de dorar el altar mayor y el camarín de las reliquias.

El P. Luís Estrada, célebre catedrático de la Universidad de Alcalá, orador distinguido y que brilló en la época más gloriosa de aquella, dejó las descripciones de las vicisitudes por donde pasaron los restos mortales de San Sacerdote (San Martín de Finojosa) y su madre. El P. Estrada los colocó mejor que estaban de resultas de la inundación de 1558, y de paso reconoció y describió el sepulcro de D. Rodrigo y el estado de sus restos mortales. Disculpando el haber removido las reliquias de San Sacerdote del paraje donde yacían, porque la Iglesia no mira bien estas exhumaciones, traslaciones y elevaciones, no habiendo muy justificada causa, dice, página 431 del «Elogio» citado y apéndices: «Muerto San Sacerdote, luego se truxo su cuerpo á esta santa casa (de Huerta) y se sepultó en un sepulcro de piedra delante de la grada del altar mayor, en medio de la Capilla Real, el cual sepulcro tenía dentro un arca de madera, y aquí estuvo este cuerpo Santo quasi cuatro cien los años, hasta que yo, por mis propias manos, le saqué el año de 1558, y doy testimonio de verdad á los sucesores, que esto lo hice, no por temeridad, sino por devoción y extrema necesidad.» Añade luego las razones, que no hay por qué repetir: baste decir que las reliquias, ya muy escasas por cierto, nadaban dentro del sarcófago de piedra.

En el sitio donde había estado el cuerpo de San Sacerdote, añade él mismo, que colocó los de la madre de éste, Doña Sancha Gómez, que estaban enterrados humildemente en el cementerio de los labradores, colonos y criados del monasterio, que formaban pueblo y parroquia dependientes de la abadía.

Pero más hacen á nuestro propósito las noticias del mismo padre Estrada acerca de D. Rodrigo. Según este P. Abad, el cadáver del Arzobispo no estaba enterrado en el pavimento de la iglesia, como San Sacerdote, sino en paraje alto y muy probablemente donde está ahora. No creo, por tanto, que sea exacto lo que dijeron al Sr. Helzel de «que fuese depositado bajo tierra, en el centro de la nave principal de Santa María de Huerta; en cuyo sitio, permaneció 263 años, después de los cuales fué exhumado y colocado en el sarcófago de piedra que sobre cuatro leones se halla á la entrada de la iglesia».

No coincide esta relación con la del P. Abad Estrada, persona fidedigna y testigo de mayor excepción en este asunto, el cual escribía hacia el año 1560, teniendo sesenta de edad y habiendo vivido cuarenta en el monasterio, donde fué abad tres veces. Dice, pues, según puede verse en la pág. 96 he dicho elogio y sus apéndices y comprobantes:

«Item en la Capilla Real de N.ª Sra. de Huerta, en la, pared á la mano derecha, que llamamos del Evangelio, está un sepulcro muy suntuoso de piedra, y muy antiguo, debaxo de un cerco y sobre cuatro leones ó perros de piedra, muy fieros, en el cual está enterrado el Santo Arzobispo Don Rodrigo.

Y porque, siendo yo niño, quisieron poner duda los canónigos Toledo en si estaba aquí este cuerpo Santo ó no, aconteció que un Abad, sobrino del Almirante, llamado Don Fray Bartholomé Enriquez, intentó abrir este sepulcro, el cual, antes que la piedra de encima se quitase, en la misma punta de la tapa y sepulcro estaban unas letras de oro que decían: Hic iacet Dominus Rodericus felicis recordationis Archiep. Toletanus, la cual no se avía visto trescientos y años, avía desde el enterramiento, de este Santo.»

Verificado el entierro en 1245 (no 47, como dice el P. Abad), guiado por el yerro del epitafio, debió abrirse hacia 1550; pero no es exacto este cómputo, pues ni entonces era ya niño el P. Estrada, puesto que había nacido á principios del siglo XVI, y parece más exacta la fecha de 263 años que da el Sr. Helzel, los cuales, añadidos y sumados con la fecha de 1245, dan el año 1508. Y como por entonces se hacían grandes obras en la catedral de Toledo y su capilla mayor de Reyes viejos, es muy posible que los canónigos de Toledo tratasen por entonces de ventilar este punto, y aun quizá el mismo Cardenal Cisneros, que costeaba las obras del altar mayor, y que tenía en estima á D. Rodrigo, como uno de sus más ilustres predecesores, y que daba por entonces al Colegio mayor un precioso códice con obras de aquel. Resulta, pues, que no es cierto que D. Rodrigo estuviese enterrado en el pavimento de la iglesia como su amigo San Sacerdote; que el Arzobispo fué no enterrado, sino más bien sepultado en el sitio donde ahora está; que en más de dos siglos y medio no se abrió su sarcófago, pues dice el P. Estrada que el sepulcro era de piedra y muy antiguo, y que al apalancar la pegada tapa del sarcófago se rompieron las letras que, cual especie de sello, cerraban las junturas del arca con su tapadera, lo cual indica que de 1245 á 1510 las letras estaban intactas, como cuando se pusieron.

Así que el primer reconocimiento de la momia del Arzobispo fué á principios del siglo XVI, y en tiempo del abad Enriquez, que por entonces desempeñó aquel cargo.

Después de este primer reconocimiento, que creo poder fijar hacia el año 1508-1510, constan tres reconocimientos posteriores: el segundo por el padre Estrada en 1558; el tercero en 1670, al costear la verja el Duque de Medinaceli, y el cuarto en 1766, al dorar el altar mayor, y poco antes de la horrible y desastrosa inundación de 1773336. Posteriormente se saben los reconocimientos hechos en 1865 por el Sr. Helzel y otros ingenieros con permiso del párroco, y el último y reciente por ante el actual Sr. Obispo de Sigüenza, Excmo. Sr. D. Antonio Ochoa, sin contar otros clandestinos anteriores, harto inconvenientes, de que hay noticia.

Por lo que dice Loperraez Corvalán (pág. 270, tomo I de su Descripción histórica del Obispado de Osma), tuvo lugar el tercer reconocimiento el año de 1670, en que se le colocó en la urna que ahora tiene, con los balaustres que costeó el Duque de Medinaceli. En esta traslación se habla también de la casulla con castillos de oro. A esta relación, algo embrollada y tomada en parte de la del P. Estrada, doy poca fe. Más fe merece otra, la cuarta, del año 1766, en que se avanzó la urna al tiempo de dorar el altar mayor, con cuyo motivo se levantó la tapa y reconoció el cadáver, aunque muy respetuosamente, pues solo se descubrieron el rostro y el pié izquierdo. En esta nada se dice de la casulla con castillos de oro. Esta relación auténtica, altamente respetuosa y fehaciente, con cuarenta y tres firmas, entre ellas la del abad P. Cañivano, dos ex-abades (pues eran abades solo un trienio) y veinte monjes sacerdotes, es el documento más importante. La postura del cadáver está minuciosamente descrita, y coincide en casi todo con lo que dice el Sr. Helzel. Aunque sea algo prolija la dicha fehaciente relación y pueda verse en la citada obra de Loperraez, conviene reproducirla aquí:

«A diez y seis días del mes de Enero de este año de mil setecientos sesenta y seis, en que se está construyendo el nuevo retablo de la capilla mayor de este monasterio de Huerta, que encierra las dos urnas de N. P. San Martín y del Venerable Arzobispo Don Rodrigo, fué preciso, para aliviar su grave peso, levantar la cubierta de dicha urna; y con este motivo el señor R. P. Abad D. Fr. Rafael Cañivano, reconoció el cuerpo de dicho Venerable y quiso que todos los religiosos, y aun los seglares que se hallaban presentes, gozasen de este mismo consuelo.

«Con efecto, todos vimos, con suma claridad y no poca admiración, dicho cuerpo, que se halla en la forma siguiente. Está extendido del todo en la concavidad de la urna, inclinándose la cabeza sobre el hombro derecho, se halla vestido de pontifical, tiene la mano derecha sobre la izquierda y ambas sobre el pecho, y en la derecha un pequeño anillo, con la cruz ó encomienda de San Juan. Los piés están cubiertos con raso encarnado en figura de medias, y de las sandalias solo se conservan las suelas que son de corcho: tiene prendido en el pecho, con una aguja de oro que está quebrantada, un pergamino con algunos dobleces, y en lo exterior de él está escrito el nombre del Venerable de letra pequeña, que demuestra ser su firma por estas palabras: Rodericus Semeni. En lo interior de dicho pergamino hay escrito lo siguiente: Notum sit omnibus, &c. (Véase en los apéndices del citado «Elogio»...)

»Del dicho cuerpo solo se descubrió el pié izquierdo y el rostro, en el que solo le falta un poquito de la punta de la nariz y de la oreja izquierda. En lo demás de él conserva hasta las cejas y barba. El pie está entero con sus uñas y demás partes de él. No se le registró otra parte ninguna de su cuerpo, etc.»

El P. Cañivano solo habla de un anillo pequeño con la encomienda de San Juan; el Sr. Helzel de dos anillos, uno de oro con un gran topacio, y el otro pequeño y sencillo con una cruz de Calatrava en esmalte. Parece más probable lo que dice el Sr. Helzel; pues el P. Estrada habla de anillos en plural, y de una piedra, que parece ser rubí. Convendría, pues, fijarse en ello; porque, como el P. Cañivano y sus monjes solo reconocieron cara y pié, escasean los datos respecto á los demás objetos de indumentaria. El P. Estrada, en 1558, dice que las sandalias están todas bordadas con aljofar, y á los doscientos años el P. Cañivarlo ya no halló sandalias bordadas de aljofar, sino solo las suelas de ellas, que son de corcho.

Con razón decía el P. Estrada en 1558, «que ya no se, permitía abrir el sepulcro, porque á título de devoción diversos señores pretendían despojar de su lustre y entereza este cuerpo santo.» Es muy posible que en el siglo XVII tuviera alguno la devoción de llevarse las sandalias con aljofar.

Pero en los varios reconocimientos que se han hecho desde mediados de este siglo hasta dos años há, se ha echado de ver que la casulla no tiene tales castillos, si bien convienen todos los relatos con el del ingeniero Sr. Helzel y los otros tres de 1560, 1660, y 1776, como queda dicho.


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Surgen, pues, entre otras cuestiones menos graves, las dos siguientes: ¿La casulla que hoy viste la momia del Arzobispo Don Rodrigo, es la misma con que fué enterrado en el siglo XIII, y la misma que tenía aún á mediados del siglo XVI, y que al parecer ya no tenía en el siglo pasado, ni tiene actualmente?

¿Qué pensar de la noticia comunicada al Sr. Helzel de que, en 1823, un monje del mismo Huerta, «recogió el cuerpo de D. Rodrigo, refugiándose con él en Sagides, pueblo de la misma provincia?»

Con respecto á esto segundo, si he de decir francamente mi opinión, no solamente no la creo cierta, pero ni aun verosímil. Tengo experiencia de la facilidad con que se inventan estas mentiras con respecto á efigies de la Virgen y los Santos, reliquias y objetos propios de personajes célebres. Con las mentiras que me contaban los viejos de Salamanca acerca del paradero de los restos de Fray Luís de León, habría para hacer un artículo humorístico, bastante largo y delicioso.

Se comprendería la ocultación de la momia de D. Rodrigo en 1808 a 1812. Los franceses violaron en España por brutalidad, vandalismo y fanatismo impío, muchos sepulcros de Santos y de personajes célebres, despojando de sus riquezas la rica urna de San Millán en la Cogolla, violando el sepulcro del Cid en Cardeña, el de D. Pedro de Castilla en Madrid, el del gran Duque de Alba y otros de su familia en San Esteban de Salamanca, el del Conde de Tendilla y otros varios, y por tanto, nada hubiera tenido de extraño que los monjes hubieran ocultado los restos mortales de San Sacerdote y D. Rodrigo; tanto más, que con sus riquezas contribuyeron no poco los monjes de Huerta al alzamiento de la provincia de Soria y formación de la división que mandaba el general cuya historia escribió por cierto el monje D. Lino Matías Picado, que iba con él de capellán de su columna.337

Pero en 1823 se buscaban más los relicarios que las reliquias, y no tenían los monjes por qué temer se profanaran los restos de D. Rodrigo, pues se sabía que allí, en aquel sepulcro, no había plata ni oro, y que en todo caso buscarían más bien estos metales en las sacristías que no en las sepulturas.

Además, en 1823, todos los monjes abrigaban grandes y fundadas esperanzas de volver pronto á sus monasterios, como en efecto volvieron, y en tal caso les era más fácil ocultar la momia de D. Rodrigo en mil parajes del monasterio, que no trasportarlo por veredas y andurriales.

Lo extraño es que se llevara el monje la momia de D. Rodrigo, difícil de transportar, y no las escasas reliquias de San Martín de Finojosa, que cualquier monje piadoso podía llevar debajo del brazo; y como siempre la mentira es hija de algo, aunque nunca hidalga, yo creo más bien, y tengo por muy verosímil, que algún piadoso monje llevara á ese pueblo las reliquias de San Martín de Finojosa, porque no quedasen sin culto en la desierta iglesia de Huerta, ó se las acabaran de llevar á Sigüenza, que no el que fueran a remover los restos de D. Rodrigo, objeto de gran respeto, pero no de culto.

Añadase á esto que el Marqués de Cerralbo, que conoció al monje P. D. Gregorio Pérez y otros varios monjes de Huerta y antiguos colonos del monasterio, me asegura que en los veinte años que lleva de poseer propiedades en aquellas inmediaciones y veranear durante largas temporadas en el monasterio, jamás ha oído tal rumor, ni lo oyó al párroco D. Gregorio, con cuya intimidad contaba.

No creo, pues, tal traslación y menos en época en que se dice.

Resta, pues, el otro extremo más difícil acerca de la casulla que cubre el cuerpo de D. Rodrigo.

Se equivocaría el P. Estrada al hablar del «rico Pontifical y de la casulla toda llena de castillos de oro.» No parece probable. El pontifical que ahora tiene puede calificarse de rico, pues consiste, en una tela antigua y quizá oriental, no bordada, sino tejida de oro y seda de varios colores, en que predominan el rojo, verde y pardo, en la orla, y el verde y oro en óvalos mayores y menores que, enlazados con ligeras grecas, forman el centro de la casulla. Esta es muy larga, al estilo de los ponchos, que con una abertura en el centro, cubren los brazos y cuelgan más por detrás y delante, y por lo común hasta las rodillas. En el tomo 50 de la España Sagrada puede verse en la efigie sepulcral de San Millán. Que esta casulla antigua se usaba en el siglo XIII es indudable; pues, según la opinión más corriente entre los arqueólogos, se usaron hasta el siglo XVI, en que se comenzó á recortar la tela de las casullas, que impedía manejar bien los brazos, con riesgo de alguna profanación, sobre todo en el manejo del caliz después de la consagración, ó al dar la comunión á los fieles. Que las casullas ricas de la Edad Media eran de oro y seda, y sobre todo en el siglo XIII, es indudable. Las de plata y seda se creen ya posteriores, y, según algunos, son del siglo XIV. Baluzio da noticia de una castilla muy ancha338, dada en 1560 á la Sainte Chapelle de Vicle-Comte, por el Conde de Auvernia y Boloña, Bertrán VI, la cual terminaba en punta por la parte posterior.

En el Monasticon Anglicanum de Dugdale, entre varias que se citan de San Pablo de Londres, hay una noticia muy curiosa de una casulla de tela oriental, ó de Tarsis, según la geografía de entonces (de quodam panno tarsico, ¿persico?) de tejido de oro con árboles y ciervos, y las armas de los Reyes de Francia y Aragón bordadas con oro: cum aurifrigio de armis Regum Franciae et Aragoniae.

La casulla de San Pelayo de León, de que he visto un trozo, es también tejida en hilo y seda, sin oro, y con figuras geométricas y pájaros.

Por tanto, la casulla que actualmente cubre en parte el cadáver de D. Rodrigo, por su calidad y hechura, debe ser la misma con que fué enterrado, y es más que probable y verosímil que lo sea. ¿Quién había de osar desnudarle de ella, y vestirle otra? Por codicia del escaso oro no parece posible; y la actual casulla también lo tiene. Por objeto arqueológico ó de veneración, tampoco parece probable: los monjes no hubieran dejado de consignarlo. Parece pues, que puede conjeturarse, que el P. Luís Estrada no se fijó bien, por respeto, falta de luz, de tiempo ó de comodidad, en las figuras de la casulla, y tomó por castillos los óvalos mayorcitos de la tela de la casulla, cosa que nada tiene de particular, pues aun los que la han visto recientemente han tenido que verla con gran incomodidad y luz artificial, siendo preciso poner andamios, y trepar por ellos para entrar á la hornacina donde está el grande y pesado sarcófago de D. Rodrigo.


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Sentados pues, estos prolijos preliminares, resta ya sólo responder á la última parte, sobre que me encarga informar la Real Academia, á saber: -«Si se está en el caso de promover un reconocimiento oficial por las dos Academias de la Historia y de San Fernando, á fin de ilustrar bajo los aspectos histórico, arqueológico y artístico, el enterramiento del insigne Arzobispo D. Rodrigo Jiménez de Rada.»

El que suscribe no vacila en contestar, que es conveniente por muchos conceptos, no sólo para aclarar las anteriores dudas, sino como objeto de estudio, y aun para mayor decoro y respeto á la memoria del célebre prelado. Propone para ello que la exploración se haga sobre los puntos siguientes:

1.º Reconocimiento de la tapa del arca que es muy pesada, y se necesitan cuatro ó seis hombres para removerla. Esta es muy importante, pues tiene de relieve la efigie yacente del Arzobispo, y sería preciso no solamente dibujarla, sino mimarla, y aun fotografiarla si fuere, posible.

2.º Hacer igual dibujo de la momia del Sr. Arzobispo, sino fuera posible sacarla de donde está para obtener una fotografía, como hizo muy oportunamente el Cabildo de Pamplona al restaurar por necesidad la capilla y sepultura del Obispo Arnal de Barbazan, muerto cien años después que el Arzobispo D. Rodrigo (1355).

3.º Examinar la cruz del anillo según queda dicho.

4.º Examinar la forma y calidad del pálio, en que nadie se ha fijado, pues debe advertirse que se enterró con él puesto estando fuera de su diócesis, aunque en territorio de su provincia.

5.º Examinar si, en efecto, la almohada está bordada de castillos y leones, y si en algún paraje de la casulla aparece algún león bordado en la tela ó tejido.

6.º Examinar igualmente los restos de las calzas y calzado, y aun más el de la mitra, que tampoco se describe, y no deja de ser interesante el conocer su hechura, comparándola con la del Obispo Barbazan y otras de aquel tiempo, no siempre iguales en adorno.

Pero nada de esto se puede hacer hoy día, sin permiso del Excmo. Sr. Obispo de Sigüenza, que tiene en su poder la llave de la verja, desde que la recogió su antecesor el Excmo. Sr. Benavides, vista la facilidad con que abusaban algunos señores de la excesiva bondad del ex-monje y párroco D. Gregorio.

De la ilustración y amabilidad del actual Sr. Obispo, Excelentísimo Sr. D. Antonio Ochoa, es de esperar que secundará estos respetuosos deseos de la Academia, que no tienen por objeto una curiosidad pueril, sino un estudio serio y concienzudo acerca de estado actual de los restos mortales de uno de los hombres más célebres que ha tenido la nación española, y que más han honrado la silla primacial de la Santa Iglesia de Toledo, y también las letras y las artes en la primera mitad del siglo XIII.

La Comisión de nuestra hermana la Real Academia de San Fernando, tendría no poco que estudiar en los restos del primitivo monasterio, que en gran parte ha logrado descubrir el Excelentísimo Sr. Marqués de Cerralbo; pues de resultas de las inundaciones se hallaban recubiertos de yeso y afeados por mal entendidos revoques y reformas. El mismo señor posee en su quinta contigua aparatos fotográficos, que con su habitual galantería y reconocida inteligencia ha ofrecido poner á disposición de la Academia.

Procede pues que, ante todo, se dirija la Academia al Sr. Obispo de Sigüenza, para saber si podrá contar con su beneplácito para hacer respetuosamente los indicados estudios; y, si la contestación fuese favorable, proceder al nombramiento de la Comisión, invitando á la de San Fernando por si le conviniera asociarse á ella. Aun en caso de negarse el Sr. Obispo á la apertura respetuosa del sarcófago, bajo su dirección y á su presencia, siempre convendría aprovechar alguna ocasión para hacer el dibujo de la tapa del ataud y de la estatua yacente, que están á la vista del público.

Tengo también el honor de poner á disposición de la Academia, y para ilustrar este prolijo y desaliñado informe, un trozo de la casulla, que actualmente cubre el cadáver del venerable Arzobispo D. Rodrigo y dos fotografías, que me ha regalado el mismo Excelentísimo Sr. Marqués de Cerralbo, las cuales representan la sencilla y severa fachada de la iglesia de Santa María de Huerta, y la otra el claustro contiguo á la sala capitular, que se cree obra de San Martín de Finojosa y su familia, en la mejor época del siglo XIII.


VICENTE DE LA FUENTE.


Madrid, 21 de Abril de 1885.