Los siete locos/Dos almas

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A las dos de la madrugada, aun andaba Erdosain entre murallas de viento, por las calles del centro, en busca de un lenocinio.

Un rumor sordo jadeaba en sus orejas, mas siguiendo el frenesí del instinto caminaba a la sombra que las altas fachadas arrojaban hasta el afirmado. Una tristeza horrible estaba en él. En ese momento no tenía rumbos.

Sonámbulo, marchaba, con los ojos inmóviles en las flechas niqueladas que en los cascos de los vigilantes hacían relucir en las bocacalles los cilindros de luz que caían de los arcos voltaicos... Un impulso extraordinario arrojaba su cuerpo a en largos pasos... Así venía Plaza Mayo, y ahora, por Cangallo, dejaba atrás la estación del Once.

Una tristeza horrible estaba en él.

Su pensamiento, inmóvil en un hecho, repetía:

–Es inútil, soy un asesino –mas, de pronto, al aparecer el cubo rojo o amarillo del zaguán de un lenocinio, se detenía, vacilaba un instante bañado por la neblina rojiza o amarillenta, luego, diciéndose–: Será en otro –continuaba su camino.

Silencioso, a su lado, rodaba un automóvil en la veloz desaparición, y Erdosain pensaba en la dicha que no tendría nunca y en su juventud perdida, y su sombra se adelantaba rápidamente en las baldosas, luego perdía longitud, e, iniciándose pisoteada, brincaba sobre sus espaldas u oscilaba en la reja brillosa de una alcantarilla... Mas su angustia se hacía a cada instante más pesada, como si fuera una masa de agua, fatigando con una marea la verticalidad de sus miembros. A pesar de esto, Erdosain se imaginaba que, por beneficio de su providencia, había entrado a un prostíbulo singular.

La regenta le abría la puerta del dormitorio, él se arrojaba vestido encima del lecho... en un rincón hervía el agua de una olla sobre el quemador de kerosene... súbitamente entraba la pupila semidesnuda... y deteniéndose asombrada de un motivo que sólo él y ella conocían, la ramera exclamaba:

–¡Ah! ¿sos vos?... ¡vos!... ¡por fin viniste!...

Erdosain le respondía:

–Sí, soy yo... ¡Ah, si supieras cuánto te he buscado!

Mas como esto era imposible que aconteciera, su tristeza rebotaba como pelota de plomo en una muralla de goma. Y bien sabía que siempre sus anhelos de ser súbitamente compadecido, por una ramera desconocida, serían durante el desenvolverse de los días, ineficaces como esa pelota, para horadar la vida espesa. Nuevamente se repitió:

–¡Ah! ¿sos vos? vos... ¡Ah! por fin viniste, mi triste amor... –pero todo era inútil, él no encontraría jamás esa mujer, y una energía despiadada, de desesperación, le ensanchaba los músculos, se dinfundía en los setenta kilos de su pesadez, moviéndola con agilidad a través de las tinieblas, mientras que en el cubo de su pecho, una tristeza enorme hacía pesados los latidos de su corazón.

De pronto se encontró frente al portalón de la pensión donde vivía; entonces resolvió entrar. Su corazón latía impaciente.

En puntillas cruzó la galería y acercándose a la puerta de su pieza la abrió sigilosamente. Luego, con las manos extendidas en la oscuridad, fue hacia el ángulo donde estaba el sofá y lentamente se acurrucó allí, evitando crujieran los muelles. Más tarde no encontró explicación para esta actitud. Estiró las piernas en el sofá y durante unos minutos permaneció con la nuca apoyada en el entrecruzamiento de sus manos. Y había más oscuridad en su alma que en aquel momento de tinieblas, que se convertiría en un cubo empapelado si encendiera la lámpara. Quería fijar su pensamiento en algo objetivo, lo cual le fue imposible. Esto le causó cierto miedo pueril; durante unos instantes extremó su atención, pero ningún sonido llegaba hasta él y entonces cerró los ojos. Su corazón trabajaba con golpes roncos, propulsando la masa de su sangre, y una frialdad de agua le erizó el vello de la espalda.

Con los párpados tiesos y el cuerpo rígido aguardaba un acontecimiento. De pronto comprendió que si continuaba en esa postura gritaría de miedo, y recogiendo los talones, con las piernas cruzadas como un Buda, aguardó en la oscuridad. Su aniquilamiento era intenso, mas no podía llamar a nadie, ni tampoco llorar. Y sin embargo, no era cosa de continuar así toda la noche, encuclillas.

Encendió un cigarrillo y lo inmovilizó un gran frío.

La Coja estaba de pie junto al canto del biombo, examinándolo con su venenosa mirada fría. El cabello dividido en dos lisos bandos le cubría las orejas con sus alas rojas, y los labios de la mujer estaban apretados. Todo denotaba en ella un exceso de atención, pero Erdosain tuvo miedo. Por fin atinó a decir:

–¡Usted!

El fósforo le quemaba las uñas... y de pronto, un impulso más fuerte que su timidez lo levantó. En la oscuridad caminó hacia ella, y dijo:

–¿Usted?... ¿No dormía usted?

El sintió que ella estiraba el brazo; la mano de la mujer tomó entre los dedos su mentón e Hipólita dijo con una voz profunda:

–¿Que tiene que no duerme?

–¿Usted me acaricia a mí, señora?

–¿Por qué no duerme?

–Usted me toca a mí?.... ¡Pero qué fría está su mano!... ¿Por qué está tan fría su mano?

–Encienda la lámpara.

Bajo la luz vertical, Erdosain quedóse contemplándola. Ella se sentó en el sofá.

Erdosain murmuró tímidamente:

–¿Quiere que me siente a su lado? No podía dormir.

Hipólita le hizo espacio, y junto a la intrusa, Erdosain no pudo contener la fuerza que levantaba sus manos, y con la yema de los dedos le acarició la frente.

–¿Por qué es usted así? –le preguntó él.

La mujer lo miró serena.

Erdosain la contempló un instante con muda desesperación; y al fin, recogió su fina mano. Iba a llevársela a los labios, pero una fuerza extraña chocó en su sensibilidad, y sollozando se desmoronó sobre la falda de la mujer.

Lloraba convulsivamente a la sombra de la intrusa erguida y de su mirada inmóvil en los sacudimientos de su cabeza. Lloraba aciegado, retorcida la vida de un furor ronco, conteniendo gritos cuyos desgarramientos incompletos renovaban su dolor horrible, y el sufrimiento brotaba de él inagotablemente, se inundaba de más pena, una pena que subía en sollozos en su garganta. Así agonizó varios minutos, mordiendo su pañuelo para no gritar, mientras que el silencio de ella era una blandura en la que se recostaba su espíritu extenuado. Luego el sufrimiento gritante se agotó; lágrimas en su pecho y encontró consuelo en estar caído así, con las mejillas mojadas, sobre el regazo de una mujer. Un enorme cansancio lo agobiaba, la figura de su esposa distante terminó por borrarse de la superficie de su pena, y mientras permanecía así, un encalmamiento crepuscular vino a resignarlo para todos los desastres que se habían preparado.

Levantó el enrojecido rostro, rayado por los repliegues de la tela y húmedo de lágrimas.

Ella lo mirada serena.

–¿Está triste? –preguntó.

–Sí.

Luego callaron y un relámpago violeta iluminó los recovecos del patio oscuro. Llovía.

–¿Quiere que tomemos mate?

–Sí.

En silencio preparó el agua. Ella miraba abstraída los cristales donde tamborileaba la lluvia, mientras Erdosain aprontaba la yerba. Luego, sonriendo entre las lágrimas, dijo:

–Yo lo cebo a mi modo. Le gustará.

–¿Por qué estaba triste?

–No sé... la angustia... hace mucho tiempo que no vivo tranquilo.

Ahora tomaba el mate en silencio, y en la habitación con el empapelado descolado en un rincón, se hacía más perfecta la figura de la mujer, envuelta en el abrigo de lutre, con el cabello rojo peinado en dos bandos que cubrían la punta de sus orejas.

Con sonrisa pueril, agregó Erdosain:

–Cuando estoy solo... a veces suelo tomar.

Ella sonrió amigablemente con una pierna cruzada sobre otra, la espalda ligeramente inclinada, un codo apoyado en la palma de la mano y los dedos de la otra sosteniendo el mate, cuya bombilla niquelada chupaba con lentitud.

–Sí, estaba angustiado –repitió Erdosain–; pero, ¡qué frías sus manos!... ¿Siempre las tiene así frías?

–Sí.

–¿Me quiere dar su mano?

Enderezó la intrusa la espalda y casi señorial se la alcanzó. Erdosain la tomó con precaución y se la llevó a los labios, y ella lo miró largamente, derretida la frialdad de sus pupilas en un calor súbito que le sonrojó las mejillas. Recordó entonces Erdosain al encadenado, y sin que esto pudiera vencer la pálida alegría que estaba en él, dijo:

–Vea... si usted me pidiera ahora que me matara, yo lo hacía. Tan contento estoy. El calor que hacía un instante convulsionó las aguas de sus ojos se perdió otra vez en la frialdad de su mirada. La mujer lo examinaba encurioseada.

–Se lo digo seriamente. Voy... es mejor... pídame usted que me mate... dígame, ¿no le parece a usted que ciertas personas harían mejor en irse?

–No.

–¿Aunque hagan lo peor?

–Eso está en manos de Dios.

–Entonces no vale la pena que hablemos de eso.

Otra vez tomaban el mate en silencio, un silencio que sobrevenía para que él pudiera gozar el espectáculo de la mujer de cabello rojo, envuelta en su abrigo de lutre, con las transparentes manos recogiendo la rodilla por sobre el vestido de seda verde.

Y de pronto, no pudiendo contener su curiosidad, exclamó:

–¿Es cierto que usted ha sido sirvienta?

–Sí... ¿qué tiene de particular?

–¡Qué raro!

–¿Por qué?

–Sí, es raro. A veces me parece que voy a encontrar en otra vida lo que falta en la mía. Y se le ocurre a uno que hay gentes que han descubierto el secreto de la felicidad... y que si nos cuentan un secreto nosotros también seremos felices. –Mi vida, sin embargo, no es ningún secreto.

–¿Pero usted nunca sintió la extrañeza de vivir?

–Sí, eso sí.

–Cuénteme.

–Fue cuando era muchachita. Trabajaba en una linda casa de la Avenida Alvear. Había tres niñas y cuatro sirvientas. Y yo me despertaba a la mañana y no terminaba de convencerme de que era yo la que me movía entre esos muebles que no me pertenecían y esa gente que sólo me hablaba para que yo la sirviera. Y a momentos me parecía que los otros estaban bien clavados en la vida, y en sus casas, mientras que yo tenía la sensación de estar suelta, ligeramente atada con un cordón a la vida. Y las voces de los otros sonaban en mis oídos como cuando una está dormida y no sabe si sueña o está despierta.

–Debe ser triste.

–Sí, es muy triste ver felices a los otros y ver que los otros no comprenden que una será desdichada para toda la vida. Me acuerdo que a la hora de la siesta entraba a mi piecita y en vez de zurcir mi ropa, pensaba: ¿yo seré sirvienta toda la vida? Y ya no me cansaba el trabajo, sino mis pensamientos. ¿Usted no se ha fijado qué obstinados son los pensamientos tristes?

–Sí, no se van nunca. ¿Qué edad tenía usted entonces?

–Dieciséis años.

–¿Y no se había acostado ya con ningún hombre?

–No... pero estaba rabiosa... rabiosa de ser sirvienta para toda la vida... además, había algo que me impresionaba más que todo. Era uno de los niños. Estaba de novio y era muy católico. Yo lo sorprendí acariciándose más de una vez con una prima que era su novia, ahora me doy cuenta: una muchacha sensual, y me preguntaba cómo era posible conciliar el catolicismo con esas porquerías.

Involuntariamente terminé por espiarlo... pero él, que era tan asiduo con su novia, era correctísimo conmigo. Después me di cuenta que lo había deseado... pero era tarde... yo estaba en otra casa...

–¿Y?...

Siempre con el peso de mis ideas. ¿Qué era lo que quería de la vida? ¿Entonces no lo sabía? En todas partes fueron amables conmigo. Más tarde he oído hablar mal de la gente rica... pero yo no supe ver esa maldad. Ellos vivían así. ¿Qué necesidad tenían de ser malos, no es cierto? Ellas eran las niñas y yo la sirvienta.

–¿Y?

–Recuerdo que un día iba en el tranvía acompañando a una de mis patronas. En el asiento venían conversando dos mozos. ¿Usted ha observado que hay días en que ciertas palabras suenan en los oídos como bombos... como si una hubiera estado siempre sorda y por primera vez oyera hablar a las personas? Bueno. Uno de los mozos decía: «Una mujer inteligente, aunque fuere fea, si se diera a la mala vida se enriquecería y si no se enamorara de nadie podría ser la reina de una ciudad. Si yo tuviera una hermana, la aconsejaría así». Al escucharlo, yo me quedé fría en el asiento. Estas palabras derritieron instantáneamente mi timidez y cuando llegamos al final del viaje me parecía que no eran los desconocidos los que habían pronunciado esas palabras, sino yo, yo que no me acordaba de ellas hasta ese momento. Y durante muchos días me preocupó el problema de cómo ser una mujer de mala vida.

Erdosain sonrió:

–¡Qué maravilla!

–El primer mensual que cobré lo gasté en un montón de libros que hablaban de la mala vida. Me equivoqué, porque casi todos eran libros pornográficos... estúpidos... ésa no era la mala vida, sino la mala vida del placer... Y, quiere creerme, ninguna de mis amigas sabía explicarme, en substancia, lo que era la mala vida.

–Siga... ahora no me extraña que Ergueta se haya enamorado de usted. Usted es una mujer admirable. Hipólita sonrió ruborizada.

–No exagere... soy una mujer sensata, nada más.

–Cuente, la deliciosa criatura.

–¡Qué chico es usted!... Bueno –Hipólita cerró las solapas del abrigo sobre su pecho y continuó–: Trabajaba como antes, todo el día, pero el trabajo se me hizo extraño... quiero decir, que mientras fregaba o hada una cama, mi pensamiento estaba lejos y al mismo tiempo tan adentro de mí, que a momentos me parecía que si ese pensamiento se hacía más grande se me iba a reventar la piel. Pero el problema no se resolvía. Escribí a una librería preguntando si no tenía algún manual para ser una mujer de mala vida y no me contestaron, hasta que un día decidí verlo a un abogado para que me aclarara ese punto. Fui hasta los tribunales y di vueltas por un montón de calles, miraba una chapa, otra, otra, hasta que, enfilando por la calle Juncal, me detuve ante una casa lujosa, hablé con el portero y me llevó en presencia de un doctor en leyes. Me acuerdo como si fuera hoy. Era un hombre delgado, serio, tenía toda la cara de un bandido perverso, pero al sonreír su alma parecía la de un mocoso. Más tarde, pensando, llegué a la conclusión de que ese hombre debió sufrir mucho.

Chupó largamente el mate, luego, devolviéndoselo, dijo:

–¡Qué calor hace aquí! ¿Quiere abrir la ventana?

Erdosain entreabrió una hoja. Llovía aún. Hipólita continuó:

–Sin inmutarme, le dije: «Doctor, vengo a verlo porque quiero saber lo que es la mala vida». El otro se quedó mirándome asombrado. Después de reflexionar unos momentos, me dijo: «¿Con qué objeto desea usted saberlo?» Yo le expliqué tranquilamente mis propósitos y él me escuchaba con atención, frunciendo el ceño, cavilando mis palabras. Por fin dijo: «En la mujer se llama mala vida los actos sexuales ejecutados sin amor y para lucrar». Es decir, repuse yo, que mediante la mala vida, una se libra del cuerpo... y queda libre.

–¿Usted le contestó eso?

–Sí.

–¡Qué raro!

–¿Por qué?

–¿Y luego?

–Casi sin despedirme, salí a la calle. listaba contenta, nunca estuve más contenta que ese día. La mala vida. Erdosain, era eso, librarse del cuerpo, tener la voluntad libre para realizar todas las cosas que se le antojaran a una. Me sentía tan feliz que al primer buen mozo que pasó y que me deseó con bonitas palabras, me entregué.

–¿Y luego?

–¡Qué sorpresa!, cuando el hombre... ya le dije que era un guapo mozo, cayó como una res después de satisfacerse. Lo primero que se me ocurrió fue que estaba enfermo... nunca me imaginaba eso. Mas cuando el otro me explicó que aquello era natural en todos los hombres, no pude contener las ganas de reír. Así que el hombre, cuya fortaleza parecía inmensa como la de un toro... en fin, ¿usted nunca vio a un ladrón en una pieza llena de oro? En ese momento yo, la sirvienta, era el ladrón en la pieza llena de oro. Y comprendí que el mundo era mío... Después, antes de lanzarme a la prostitución, resolví estudiar... sí, no me mire asombrado, leía de todo... había llegado a la conclusión leyendo novelas, que el hombre admitía extraordinarias facultades de amor en la mujer culta... no sé si me explico bien... quiero decirle que la cultura era un disfraz que avaloraba a la mercadería.

–¿Encontró placer usted en la posesión?

–No... pero volviendo a lo primero: leía de todo.

Erdosain se sintió entusiasmado por el cinismo de la mujer, y enternecido, le dijo:

–¿Me quiere dar su mano?

Ella se la entregó, seria.

Erdosain la tomó con precaución; luego la llevó a los labios y ella ya lo miró largamente; mas Remo de pronto recordó al encadenado; él estaría ahora despierto en el establo, y sin que esto pudiera vencer la dulzura que amodorraba sus sentidos, dijo:

–Mira, si vos... si usted me pidiera ahora que me matara, lo haría encantado.

Largamente lo miró ella a través de sus pestañas rojas.

–Se lo digo en serio. Mañana... hoy... es mejor... pídame que me mate...dígame, ¿no le parece a usted que cierta gente debería irse de la tierra?

–No... eso no se hace.

–¿Aunque lleguen a ser bandidos?

–¿Quién puede juzgar a otro?

–Entonces no hablemos más.

–Otra vez chupaban en silencio la bombilla. Erdosain comprendía la dulzura de muchas cosas. La miró, luego dijo:

–¡Qué criatura extraña es usted!

Ella sonrió halagada, y una fiesta entró en el alma de él.

–¿Quiere que ponga más yerba?

–Sí.

De pronto Hipólita lo miró seria.

–¿De dónde sacó usted esa alma que tiene?

Erdosain iba a hablar de sus sufrimientos, pero se retuvo por pudor y dijo:

–No sé... muchas veces pensaba en la pureza... yo hubiera querido ser un hombre puro –y entusiasmándose, continuó–: Muchas veces sentí la tristeza de no ser un hombre puro. ¿Por qué? No lo sé. ¿Pero se imagina usted un hombre de alma blanca, enamorado por ver primera... y que todos fueran iguales? ¿Se imagina usted qué amor enorme entre una mujer pura y un hombre puro? Entonces, antes de entregarse el uno al otro, se matarían... o no; sería ella la que se ofrecería un día a él... luego se suicidarían, comprendiendo la inutilidad de vivir sin ilusiones.

–Sin embargo, eso no es posible.

–Pero existe. ¿No ha visto usted cuántos tenderos y modistas se suicidan juntos? Se quisieron... no pueden casarse... van a un hotel... ella se entrega y luego se matan.

–Sí, pero lo hacen de inconscientes.

–Quizá.

–¿Dónde cenó usted anoche? Habló Erdosain de los Espila, explicándole la caída de esa gente en la miseria.

–¿Y por qué no trabajan?

–¿De dónde sacar trabajo? Lo buscan y no encuentran. Eso es lo terrible. Hasta me pareció observar que la miseria había destruido en ellos el deseo de vivir. El sordo Eustaquio tiene talento para las matemáticas... sabe cálculo infinitesimal; pero eso no le sirve para nada. El «Don Quijote» también se lo sabe de memoria... pero debe tener algo descentrado en el entendimiento... se lo pintará estehecho: a los dieciséis años lo mandaron a comprar yerba y fue a una botica en vez de ir a un almacén.

Después de muchas explicaciones dijo que la yerba era un producto medicinal... que así lo había estudiado en botánica.

–No tiene sentido práctico.

–Eso mismo. Además, es jugador caviloso... para resolver un acertijo es capaz de perder la comida y cuando tiene algunos centavos entra a las confiterías a atracarse de dulces.

–¡Qué raro!

–En cambio, Emilio es buen muchacho. Tiene... así me lo ha dicho, la certidumbre de que ese estado psíquico de ellos, abúlico y extraño, es consecuencia hereditaria, y sobre esa base rige toda su vida, se mueve con la lentitud de una tortuga. Es capaz de tardar dos horas en vestirse... parece que todas sus cosas las hace en una atmósfera de indecisión extraordinaria.

–¿Y las hermanas?

–Las pobres hacen lo que pueden... cosen... una cuida en la casa de una amiga un chico hidrocéfalo con la cabeza más grande que un melón.

–¡Qué horror!

–Lo que no me explico es cómo se acostumbraron a todo aquello. Por eso después que los visité, sentí la gran necesidad de ilusionarlos... y como yo hablaba bastante bien, lo conseguí. Y se dedicaron a la rosa de cobre.

–¿Qué es eso?

Erdosain le explicó sus cavilaciones de inventor. Había sido al comienzo, poco después que se casó, cuando soñaba enriquecerse con un descubrimiento. Su imaginación ocupaba las noches de máquinas extraordinarias, trozos incompletos de mecanismos girando sus engranajes lubrificados...

–¿Pero entonces usted es inventor?...

–No... ahora no... aquello tuvo importancia para mí. Hubo una época en que tenía el hambre... la terrible hambre del dinero... posiblemente estuviera enfermo de una locura que ha cambiado... Ahora, cuando yo les hablé a ellos de eso, no era porque me interesaba el asunto económicamente, sino porque necesitaba verlos ilusionados, necesitaba ver con mis ojos esas pobres muchachas soñando con vestidos de seda, en un novio buen mozo, y con un automóvil a la puerta de un chalet que no tendrían.

Y ahora estoy seguro que creen en todo eso.

–¿Siempre fue usted así?

–No, a veces. ¿No le ha ocurrido a usted sentir en un momento dado el deseo de hacer obras de misericordia? Me acuerdo ahora de este otro hecho. Se lo cuento porque usted antes me preguntó qué alma era la mía. Me acuerdo. Hace un año. Era un sábado, a las dos de la madrugada. Recuerdo que estaba triste y entré en un prostíbulo. La sala llena de gente que esperaba turno. De pronto la puerta del dormitorio se abrió apareciendo la mujer... imagínese usted... una carita redonda de chica de dieciséis años... ojos celestes y una sonrisa de colegiala. Estaba envuelta en un tapado verde y era más bien alta... pero su carita era la de una colegiala... Ella miro en redor... ya era tarde; un negro espantoso, con labios de cartón, se levantó, y entonces ella, que nos había envuelto a todos en una promesa, retrocedió triste hacia el dormitorio, bajo la dura mirada de la regenta.

Erdosain se detuvo un momento, luego, con voz más pura y lenta, continuó:

–Créame... es muy vergonzoso esperar en un prostíbulo. Nunca se siente uno más triste que allí adentro, rodeado de caras pálidas que quieren esconder con sonrisas falsas, huidas, la terrible urgencia carnal. Y hay algo además humillante... no se sabe lo que es... pero el tiempo corre en las orejas, mientras el oído afinado escucha el crujir de una cama allí dentro, luego, un silencio, más tarde, el ruido del lavado... pero antes de que nadie ocupara el sitio del negro, dejé mi silla y fui a la otra. Esperaba con el corazón dando grandes golpes, y cuando ella apareció en el umbral yo me levanté.

–Siempre eso... uno tras otro.

–Me levanté y entré, otra vez la puerta se cerró; dejé el dinero encima del lavatorio, y cuando ella iba a entreabrir su batón, yo la tomé de un brazo y le dije: «No, yo no he entrado para acostarme con vos».

Ahora la voz de Erdosain había adquirido una fluidez vibrante.

–Ella me miró y seguramente lo primero que pensó fue si yo no sería algún vicioso; mas mirándola seriamente, créame, estaba conmovido, le dije: «Mirá, entré porque me dabas lástima». Ahora nos habíamos sentado junto a la consola de un espejo dorado, y ella, con su carita de colegiala, me examinaba gravemente. ¡Me acuerdo!... Como si fuera ahora. Le dije: «Sí, me dabas lástima. Yo ya sé que ganarás dos o tres mil pesos mensuales... y que hay familias que se darían por felices con tener lo que vos tiras en zapatos... ya lo sé... pero me diste lástima, una lástima enorme, viendo todo lo lindo que ultrajas en vos». Ella me miraba en silencio, pero yo no tenía olor a vino. «Entonces pensé... se me ocurrió en seguida de que entró el negro, dejarte un recuerdo lindo... y el más lindo recuerdo que se me ocurrió dejarte fue éste... entrar y no tocarte... y vos después te acordarás siempre de ese gesto». Fíjese que en tanto yo hablaba, el batón de la prostituta se había entreabierto encima de sus senos, mientras que sobre la pierna cruzada se... de pronto ella, al mirarse en el espejo se dio cuenta y apresuradamente bajó el vestido sobre sus rodillas, cerrándose el escote. Ese gesto me hizo una impresión extraña... ella me miraba sin decir palabra... vaya a saber lo qué pensaba... de pronto la regenta golpeó con el nudillo de los dedos en la puerta, ella miró en esa dirección con afligimiento, luego su carita se volvió hacia mí... me miró un momento... se levantó... tomó los cinco pesos y forcejeando los entró en mi bolsillo al tiempo que decía: «No vengas más porque si no te hago echar por el portero».

Estábamos de pie... yo ya iba a salir por la otra puerta, y de pronto, con la mirada fija en la mía, sentí que sus brazos se anudaban en mi cuello... me miró todavía a los ojos y me besó en la boca... ¡qué le diré yo a usted de ese beso!... pasó su mano por mi frente y cuando ya estaba en el umbral, me dijo: «Adiós, hombre noble».

–¿Y usted no volvió más?

–No, pero tengo la esperanza de que algún día nos encontraremos... vaya a saber en dónde, pero ella, Lucién, no se olvidará nunca de mí. Pasarán los tiempos, rodará por los prostíbulos más miserables... se volverá monstruosa... pero yo siempre estaré en ella como me había propuesto, como el recuerdo más precioso de su vida.

Batía la lluvia en los cristales de la puerta y en los mosaicos del patio. Erdosain chupaba lentamente su mate.

Hipólita se levantó, fue hasta los cristales y miró un instante el patio negro. Luego volvióse y dijo:

–¿Sabe que usted es un hombre extraño?

Erdosain caviló un instante.

–Le soy sincero... yo no sé qué va a ser de mi vida... pero, créame, no estuvo en mis manos el ser un hombre bueno. Otras fuerzas oscuras me torcieron... me tiraron abajo.

–¿Y ahora?

–Ahora voy a hacer un experimento. Encontré a un hombre admirable que está firmemente convencido de que la mentira es la base de la felicidad humana y me he decidido a secundarlo en todo.

–¿Y lo hace feliz eso a usted?

–No... hace tiempo que he sentido que ya nunca más seré dichoso.

–¿Pero cree en el amor?

–¡Para qué hablar de eso! –mas de pronto vislumbró cuál era el motivo de todas las incoherencias que estaba diciendo hacía unos minutos, y dijo–: ¿Qué es lo que pensaría usted de mí si mañana... me refiero a cualquier día... si cualquier día supiera que yo había asesinado a un hombre?

Hipólita, que se había sentado, levantó lentamente la cabeza y dejándola apoyada en el respaldar del sofá, miró largamente el techo. Luego, entornando los párpados, dijo filtrando una mirada fría entre sus pestañas rojas:

–Pensaría que usted era inmensamente desdichado.

Erdosain dejó su sillón, guardó el calentador, la yerba y el mate en el cajón del ropero, y entonces Hipólita le dijo:

–Venga aquí... a mis pies.

Una enorme dulzura estaba en él.

Sentóse en la alfombra de forma que su costado se apoyaba en las piernas de ella, abandonó la cabeza en sus rodillas, e Hipólita cerró los ojos.

Estaba bien así. Reposaba en el regazo de la mujer, y el calor de sus miembros traspasaba la tela, entibiándole la mejilla. Aquella situación además le parecía muy natural; la vida adquiría ese aspecto cinematográfico que siempre había perseguido, y no se le ocurrió pensar en Hipólita, tiesa en el sofá, pensaba en él, era un débil y un sentimental. El tic tac del reloj espaciaba en el intervalo de su engranaje una gota de sonido que caía sucesivamente como una lenteja de agua en el cúbico silencio de la habitación. E Hipólita se dijo:

–Toda la vida no hará nada más que quejarse y sufrir. ¿Para qué me sirve un muchacho así? Tendría que mantenerlo. Y la rosa de cobre debe ser una pavada. ¿Qué mujer va a llevar en el sombrero adornos de metal, pesados, y que se ennegrecen? Todos son así, sin embargo. Los débiles, inteligentes e inútiles; los otros, brutos y aburridos. Todavía no he encontrado entre ellos uno digno de cortarle el pescuezo a los otros, o de ser un tirano. Dan lástima.

Pensaba así frecuentemente, a media que la realidad deslucía los fantoches que su imaginación teñía de vivos arrogantes un momento. Podía señalarlos con el dedo. Este pelele erguido, perfumado y severo que los días hábiles hacia reputación de su empaque y silencio, era un infeliz lascivo, aquel otro pequeño y modosito, siempre gentil, discreto y sensato, era víctima de vicios atroces, aquel brutal como un carretero y fuerte como un toro, más inexperto que un escolar, y así todos pasaban ante sus ojos anudados por el deseo semejante e inextinguible, todos habían abandonado un instante las cabezas en sus rodillas desnudas, mientras que ella, ajena a las manos torpes y a los transitorios frenesíes que envaraban los fantoches tristes pensaba, áspera, la sensación de vivir como una sed en el desierto.

–Así era. A los hombres sólo los movía el hambre, la lujuria y el dinero. Así era. Angustiada, decíase que el único que la había interesado era el farmacéutico, capaz de levantarse por unos instantes por encima de su carnadura vehemente, pero el terrible juego había desvanecido su mecanismo, y ahora yacía más roto que los otros muñecos.

¡Qué vida la suya! En otros tiempos, cuando era mocita desvalida, pensaba que nunca tendría dinero ni una casa alhajada con hermosos muebles, ni vajilla reluciente, y esa imposibilidad de riqueza la entristecía tanto como hoy saber que ningún hombre de los que podían encamarse con ella tenía empuje para convertirse en un tirano o conquistador de tierras nuevas.