Los siete locos/El Astrólogo

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Los siete locos:
El Astrólogo

de Roberto Arlt


El edificio que ocupaba el Astrólogo estaba situado en el centro de una quinta boscosa. La casa era chata y sus tejados rojizos se divisaban a mucha distancia sobre la espesura de los árboles silvestres. Por los claros que dejaban los abultamientos, entre el auténtico oleaje de pastos y enredaderas, gruesos insectos de culo negro moscardoneaban todo el día entre la perenne lluvia de hierbajos y tallos. No lejos de la casa, la rueda del molino giraba su cojera de tres paletas sobre un prisma de hierro oxidado, y más allá, sobre la caballeriza, se distinguían los cristales azules y rojos de una mampara destruida por el orín. Tras del molino y la casa, más allá de las bardas, negreaba la sierra verde botella de un monte de eucaliptos, apenachando de borbotones y cresterías en relieve el cielo de un azul marítimo.

Chupando una flor de madreselva, Erdosain cruzó la quinta hacia la casa. Le parecía estar en el campo, muy lejos de la ciudad, y la vista del edificio lo alegró. Aunque chato, éste tenía dos pisos, con ruinosa balconada en el segundo y un descascarado juego de columnas griegas en el recibimiento, hasta donde trepaba una destruida gradinata, guarnecida de palmeras.

Los rojizos tejados caían oblicuamente, protegiendo con el alero los tragaluces y ventanitas de las buhardillas, y entre la pimpante hojarasca de los castaños, por encima de la copa de los granados manchados de asteriscos escarlatas, se veía un gallo de cinc moviendo su cola torcida a todos los vientos. En derredor, intrincadamente, surgía el jardín, con amaño de bosquecillo, y ahora en la quietud del atardecer, bajo el sol que aplomaba en el espacio una atmósfera de cristal nacarado, los rosales vertían su perfume potentísimo, tan penetrante, que todo el espacio parecía poblarse de una atmósfera roja y fresca como un caudal de agua.

Erdosain pensó:

–Aunque tuviera una barca de plata con velas de oro y remos de marfil, y el océano se volviera de siete colores lisos, y desde la luna una millonaria con las manos me tirara besos, mi tristeza sería la misma... Mas esto no hay que decirlo. Sin embargo, mejor viviría aquí que allí. Aquí podría tener un laboratorio.

Una camilla mal cerrada goteaba en un tonel. Al pie del poste de una glorieta dormitaba un perro, y cuando se detuvo para llamar frente a la escalinata apareció por la puerta la gigantesca figura del Astrólogo, cubierto con un guardapolvo amarillo y la galera echada sobre la frente, sombreándole el anchuroso rostro romboidal. Algunos mechones de cabello rizado se escapaban sobre sus sienes, y su nariz, con el tabique fracturado en la parte media, estaba extraordinariamente desviada hacia la izquierda.

Bajo sus cejas abultadas se movían vivamente unos redondos ojos negros, y esa cara de mejillas duras, surcadas de estrías rugosas, daba la impresión de estar esculpida en plomo. ¡Tanto debía de pesar esa cabeza!

¡Ah! ¿Es usted?... Pase. Le voy a presentar al Rufián Melancólico.

Atravesando el vestíbulo oscuro y hediondo a humedad, entraron a un escritorio de muros rameados por un descolorido papel verdoso.

La habitación era francamente siniestra, con su altísimo cielorraso surcado de telarañas y la estrecha ventana protegida por el nudoso enrejado. En el enchapado de un armario antiguo, arrinconado, la claridad azulada se rompía en lívidas penumbras. Sentado en un sillón forrado de raído terciopelo verde estaba un hombre vestido de gris, renegrida onda de cabellos le soslayaba la frente, y calzaba botines de cana clara. Onduló el amarillo guardapolvo del Astrólogo al acercarse al desconocido.

–Erdosain, le voy a presentar a Arturo Haffner.

En otra oportunidad, el fraudulento hubiérale dicho algo al hombre que el Astrólogo llamaba en su intimidad el Rufián Melancólico, quien, después de estrechar la mano de Erdosain, se cruzó de piernas en el sillón, apoyando la azulada mejilla en tres dedos de uñas centellantes. Y Erdosain remiró aquel rostro casi redondo, con laxitud de paz, y en la que sólo denunciaba al hombre de acción de chispa burlona, movediza, en el fondo de los ojos, y ese movimiento de levantar una ceja más que otra al escuchar al que hablaba. Erdosain distinguió a un costado, entre el saco y la camisa de seda que usaba el Rufián, el cabo negro de un revólver. Indudablemente, en la vida, los rostros significan poca cosa.

Luego el Rufián volvió nuevamente la cabeza hacia un mapa de los Estados Unidos de la América del Norte, al cual se dirigió al Astrólogo recogiendo un puntero. Y ya detenido, con el brazo amarillo cortando el azul mar del Caribe, exclamó:

–El Ku–Klux–Klan tenía sólo en Chicago 150 mil adherentes... En Missouri, 100.000 adherentes.

Se dice que en Arkansas hay más de 200 «cavernas». En Little Rock, el Imperio Invisible afirma que todos los pastores protestantes están adheridos a la hermandad. En Texas domina absolutamente en las ciudades de Dallas, Fort, Houston, Beaumont. En Binghamtom, residencia de Smith, que era Gran Dragón de la Orden, se contaban 75.000 adeptos, y en Oklahoma éstos hicieron decretar por las Cámaras un «bill» suspendiéndolo a Walton, el gobernador, por perseguirlos, de tal modo que prácticamente el estado se encontraba hasta hace poco tiempo bajo el control del Klan.

El guardapolvo amarillo del Astrólogo parecía la vestimenta de un sacerdote de Buda.

Continuó el Astrólogo:

–¿Sabe usted que quemaron vivos a muchos hombres?...

–Sí –asintió el Rufián–; leí los telegramas.

Erdosain examinaba ahora al Rufián Melancólico. Así lo llamaba el Astrólogo, porque el macró hacía muchos años había querido suicidarse. Fue aquél un asunto oscuro. Del día a la noche, Haffner, que hacía tiempo explotaba a prostitutas, se descerrajó un tiro en el pecho, junto al corazón. La contracción del órgano en el preciso instante de pasar el proyectil lo salvó de la muerte. Luego, como es natural, continuó haciendo su vida, quizá con un poco de más prestigio por ese gesto que ninguno de sus camaradas de rapiña se explicaba. Continuó el Astrólogo:

–El Ku–Klux–Klan reunió millones...

Se desperezó el Rufián y contestó:

–Sí, y al Dragón... ¡ese sí que es un Dragón!, se le procesa por estafador...

El Astrólogo se desentendió de la réplica:

–¿Qué es lo que se opone aquí en la Argentina para que exista también una sociedad secreta que alcance tanto poderío como aquélla allá? Y le hablo a usted con franqueza. No sé si nuestra sociedad será bolchevique o fascista. A veces me inclino a creer que lo mejor que se puede hacer es preparar una ensalada rusa que ni Dios la entienda. Creo que no se me puede pedir más sinceridad en este momento. Vea que por ahora lo que yo pretendo hacer es un bloque donde se consoliden todas las posibles esperanzas humanas. Mi plan es dirigirnos con preferencia a los jóvenes bolcheviques, estudiantes y proletarios inteligentes.

Además, acogeremos a los que tienen un plan para reformar el universo, a los empleados que aspiran a ser millonarios, a los inventores fallados –no se dé por aludido, Erdosain–, a los cesantes de cualquier cosa, a los que acaban de sufrir un proceso y quedan en la calle sin saber para qué lado mirar...

Erdosain recordó la misión que lo llevó a la casa del Astrólogo, y dijo:

–Tendría que hablar con usted...

–Un momentito... estoy en seguida con usted –y siguió–: El poder de esta sociedad no derivará de lo que los socios quieran dar, sino de lo que producirán los prostíbulos anexos a cada célula. Cuando yo hablo de una sociedad secreta, no me refiero al tipo clásico de sociedad, sino a una supermoderna, donde cada miembro y adepto tenga intereses, y recoja ganancias, porque sólo así es posible vincularlos más y más a los fines que sólo conocerán unos pocos. Este es el aspecto comercial. Los prostíbulos producirán ingresos como para mantener las crecientes ramificaciones de la sociedad. En la cordillera estableceremos una colonia revolucionaria. Allí, los novicios seguirán cursos de táctica ácrata, propaganda revolucionaria, ingeniería militar, instalaciones industriales, de manera que estos asociados el día que salgan de la colonia puedan establecer en cualquier parte una rama de la sociedad... ¿Me entiende? La sociedad secreta tendrá su academia, la Academia para Revolucionarios.

El reloj suspendido del muro dio cinco campanadas. Erdosain comprendió que no podía perder más tiempo, y exclamó:

–Perdone que lo interrumpa. He venido para un asunto grave. ¿Tiene usted seiscientos pesos?

–El Astrólogo dejó su puntero y se cruzó de brazos:

–¿Qué es lo que le pasa a usted?

–Si mañana no repongo seiscientos pesos en la Azucarera, me pondrán preso.

Los dos hombres miraron curiosamente a Erdosain. Debía sufrir mucho para haber lanzado así sus pedido. Erdosain continuó:

–Es preciso que usted me ayude. He defraudado en unos cuantos meses seiscientos pesos. Me denunciaron en un anónimo. Si no repongo el dinero mañana, me pondrán preso.

–¿Y cómo es que usted robo ese dinero?...

–Así, despacio...

El Astrólogo se acariciaba la barba preocupado.

–¿Cómo ha ocurrido eso?

Erdosain tuvo que explicarse nuevamente. Los comerciantes, al recibir la mercadería, firmaban un vale en el que reconocían deber el importe de lo adquirido. Erdosain, en compañía de otros dos cobradores, recibía cada fin de mes los vales que tenía que hacer efectivos durante los treinta días restantes.

Los recibos que éstos decían no haber cobrado quedaban en su poder hasta que los comerciantes se resolvían a cancelar la deuda.

Y Erdosain continuó:

–Fíjense que la negligencia del cajero era tal, que nunca controló los vales que nosotros decíamos no haber cobrado, de manera que a una cuenta hecha efectiva y malversada le dábamos entrada en la plantilla de cobranza con el dinero que provenía de una cuenta que cobrábamos después. ¿Se dan cuenta?

Erdosain era el vértice de aquel triángulo que formaban los tres hombres sentados. El Rufián Melancólico y el Astrólogo se miraban de vez en cuando. Haffner sacudía la ceniza de su cigarrillo, y luego, con una ceja más levantada que la otra, continuaba examinando de pies a cabeza a Erdosain. Al fin terminó por hacerle esta extraña pregunta:

–¿Y encontraba alguna satisfacción en robar?...

–No, ninguna...

–Y entonces, ¿cómo anda con los botines rotos?...

–Es que ganaba muy poco.

–Pero ¿y lo que robaba?

–Nunca se me ocurrió comprarme botines con esa plata.

Y era cierto. El placer que experimentó en un principio de disponer impunemente de lo que no le pertenecía se evaporó pronto. Erdosain descubrió un día en él la inquietud que hace ver los cielos soleados como ennegrecidos de un hollín que sólo es visible para el alma que está triste.

Cuando comprobó que debía cuatrocientos pesos, el sobresalto lo volcó hacia la locura. Entonces gastó el dinero en una forma estúpida, frenética. Compró golosinas, que nunca le apetecieron, almorzó cangrejos, sopas de tortuga y fritadas de ranas, en restaurantes donde el derecho de sentarse junto a personas bien vestidas es costosísimo, bebió licores caros y vinos insulsos para su paladar sin sensibilidad, y sin embargo carecía de las cosas más necesarias para el mediocre vivir, como ropa interior, zapatos, corbatas...

Daba abundantes limosnas y solía dejar a los mozos que le servían cuantiosas propinas, todo ello para acabar con los rastros de ese dinero robado que llevaba en su bolsillo y que al otro día podía sustraer impunemente.

–¿De modo que no se le ocurrió comprar botines? –insistió Haffner.

–Realmente, ahora que usted me lo hace observar, me parece curioso a mí también, pero la verdad es que nunca pensé que con plata robada se pudieran comprar esas cosas.

–Y entonces, ¿en qué gastaba el dinero?

–Doscientos pesos le di a una familia amiga, los Espila, para comprar un acumulador e instalar un pequeño laboratorio de galvanoplastia, para fabricar la rosa de cobre, que es...

–La conozco ya...

–Sí, ya le hablé de eso –repuso el Astrólogo.

–¿Y los otros cuatrocientos?

–No sé... Los he gastado de una manera absurda...

–Y ahora, ¿qué piensa hacer?...

–No sé.

–¿No conoce a nadie que le pueda facilitar?...

–No, nadie. Le pedí a un pariente de mi mujer, Barsut, hace diez días. Me dijo que no podía...

–¿Lo meterán preso, entonces?

–Es claro...

El Astrólogo se volvió al macró y dijo:

–Usted ya sabe que cuento con mil pesos. Esa es la base de todos mis proyectos. Yo a usted, Erdosain, lo único que puedo darle son trescientos pesos. También, mi amigo, ¡qué cosas hace!...

De pronto Erdosain se olvidó de Haffner y exclamó:

–Es que es la angustia, ¿sabe?... Esa «jodida» angustia la que lo arrastra...

–¿Cómo es eso? –interrumpió el Rufián.

–Dije que es la angustia. Uno roba, hace macanas porque está angustiado. Usted camina por las calles con el sol amarillo, que parece un sol de peste... Claro. Usted tiene que haber pasado por esas situaciones. Llevar cinco mil pesos en la cartera y estar triste. Y de pronto una idea chiquita le sugiere el robo. Esa noche no puede dormir de alegría. Al otro día hace temblando la prueba y sale tan bien que no queda otro remedio que seguir... lo mismo que cuando usted se intentó matar.

Al pronunciar estas palabras, Haffner se incorporó sobre el sillón y se tomó con las manos las rodillas. El Astrólogo hubiera querido imponer silencio a Erdosain. Era imposible, y éste continuó:

–Sí, como cuando usted se intentó matar. Yo me lo he imaginado muchas veces. Se había aburrido de ser cafishio. ¡ Ah, si supiera el interés que tenía en conocerlo! Me decía: Este debe ser un macró extraño. Claro está que de cien mil individuos que como usted viven de las mujeres se encuentra uno de su forma de ser. Usted me preguntó si yo sentía placer en robar. Y usted, ¿siente placer en ser cafishio? Dígame: ¿siente placer?... Pero, ¡qué diablo!, yo no he venido aquí para dar explicaciones, ¿saben? Lo que necesito es plata, no palabras.

Erdosain se había levantado, y ahora apretaba, temblando, entre sus dedos, el ala del sombrero.

Miraba indignado al Astrólogo, cuya galera cubría el estado de Kansas en el mapa, y al Rufián, que se introdujo las manos entre el cinto y el pantalón. Este volvió a acomodarse en su sillón forrado de terciopelo verde, apoyó la mejilla en su mano regordeta, y sonriendo burlón, dijo calmosamente:

–Siéntese, amigo, yo le voy a dar los seiscientos pesos. Los brazos de Erdosain se encogieron.

Luego, sin moverse, lo miró largamente al Rufián. Este, insistió, recalcando las palabras.

–Siéntese con confianza, amigo. Yo le voy a dar los seiscientos pesos. Para eso estamos los hombres.

Erdosain no supo qué decir. La misma tristeza que estalló en él cuando el hombre de la cabeza de jabalí le dijo en el escritorio que podía irse, la misma tristeza le enervaba ahora. ¡Entonces, la vida no era tan mala!

–Hagamos esto –dijo el Astrólogo–. Yo le doy los trescientos pesos y usted otros trescientos.

–No –dijo Haffner–. Usted necesita esa plata. Yo, no. Para eso tengo tres mujeres.– Y dirigiéndose a Erdosain, continuó–: ¿Ha visto, amigo, cómo se arreglan las cosas? ¿Está satisfecho?

Hablaba con socarrona calmosidad, con cierta cachaza de hombre de campo que siempre sabe que la experiencia que tiene de la naturaleza le permitirá encontrar una salida en la situación más complicada. Y Erdosain recién ahora percibió el candente perfume de las rosas y el gotear de la canilla en el barril que por la ventana entreabierta se escuchaba. Afuera ondulaban los caminos, iluminados por el sol, y el peso de los pájaros doblaban las ramas de los granados, consteladas de asteriscos escarlatas.

Nuevamente en los ojos del Rufián brilló la chispa de luz maliciosa. Con una jeta más levantada que la otra aguardaba la explosión de júbilo de Erdosain, mas como ésta no llegó, dijo:

–¿Hace mucho que usted vive de esa manera?...

–Sí, mucho.

–¿Se acuerda usted que yo le dije una vez que de esa forma, aunque usted no me confiaba nada, no se puede vivir? –objetó el Astrólogo.

–Sí, pero no quería hablar del asunto. No sé... esas cosas que uno no puede explicarse por qué las calla a las personas con quienes más confianza tiene.

–¿Cuándo va usted a reponer ese dinero?

–Mañana.

–Bueno, entonces le voy a hacer un cheque ahora. Lo tendrá que cobrar mañana.

Haffner se dirigió al escritorio. Sacó del bolsillo la libreta de cheques y escribió firmemente la suma, firmando después.

Erdosain pasó por ese viaje sin movimiento de un minuto con la inconsciencia del que se encuentra frente a la perspectiva de un sueño, y que luego más tarde se recuerda, para afirmar que en determinadas circunstancias la vida está empapada de un fatalismo inteligente.

–Sírvase, amigo.

Erdosain recogió el cheque, y sin leerlo lo dobló en cuatro pliegos, guardándolo en su bolsillo.

Todo había ocurrido en un minuto. El suceso era más absurdo que una novela, a pesar de ser él un hombre de carne y hueso. Y no sabía qué decir. Ya no los debía, y el prodigio lo había obrado un solo gesto del Rufián. Este acontecimiento era un imposible de acuerdo con la lógica que rige los procedimientos corrientes, y sin embargo nada había ocurrido. Quería decir algo. Nuevamente examinó la catadura del hombre apoltronado en el sillón de terciopelo raído. Ahora el revólver estaba de relieve bajo la tela gris del saco, y Haffner, displicente, apoyaba la azulada mejilla en sus tres dedos de uñas centelleantes. Deseaba darle las gracias al Rufián, pero no sabía con qué palabras hacerlo. Este comprendió, y, dirigiéndose al Astrólogo, que se había sentado en un taburete junto al escritorio, dijo:

–¿De manera que una de las bases de su sociedad será la obediencia?...

–Y el industrialismo. Hace falta oro para atrapar la conciencia de los hombres. Así como hubo el misticismo religioso y el caballeresco, hay que crear misticismo industrial. Hacerle ver a un hombre que es tan bello ser jefe de un alto horno como hermoso antes descubrir un continente. Mi político, mi alumno político en la sociedad será un hombre que pretenderá conquistar la felicidad mediante la industria. Este revolucionario sabrá hablar tan bien de un sistema de estampado de tejidos como de la desmagnetización de un acero. Por eso lo estimé a Erdosain en cuanto lo conocí. Tenía mi misma preocupación. Usted recuerda cuántas veces hablamos de la coincidencia de nuestras miras. Crear un hombre soberbio, hermoso, inexorable, que domina las multitudes y les muestra un porvenir basado en la ciencia. ¿Cómo es posible de otro modo una revolución social? El jefe de hoy ha de ser un hombre que lo sepa todo. Nosotros crearemos ese príncipe de sapiencia. La sociedad se encargará de confeccionar su leyenda y extenderla. Un Ford o un Edison tienen mil probabilidades más de provocar una revolución que un político. ¿Usted cree que las futuras dictaduras serán militares? No, señor. El militar no vale nada junto al industrial. Puede ser instrumento de él, nada más. Eso es todo. Los futuros dictadores serán reyes del petróleo, del acero, del trigo. Nosotros, con nuestra sociedad, prepararemos ese ambiente. Familiarizaremos a la gente con nuestras teorías. Por eso hace falta un estudio detenido de propaganda. Aprovechar los estudiantes y las estudiantas. Embellecer la ciencia, acercarla de tal modo a los hombres que de pronto...

–Yo me voy dijo Erdosain.

Se iba a despedir de Haffner, cuando éste dijo:

–Entonces, un momento, oiga.

Salieron el Astrólogo y el macró un instante, luego regresaron, y al despedirse en la puerta de la quinta Erdosain volvió la cabeza para mirar al hombre gigantesco, que con el brazo encogido les hacía los gestos de un saludo.