Los siete locos/El buscador de oro

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Los siete locos:
El buscador de oro

de Roberto Arlt


Después que salió Haffner, Erdosain, que tenía deseos de conversar con el Buscador de Oro, se despidió del Astrólogo y el Mayor. Erdosain se encontraba nuevamente inquieto. Antes de retirarse, eh!

Astrólogo le dijo en un aparte:

–No falte mañana a las 9, hay que cobrar el cheque.

Se había olvidado de «aquello». De pronto Erdosain miró en derredor como aturdido por un golpe.

Necesitaba conversar con alguien; olvidarse de la negra obligación que ahora aceleraba los latidos de sus venas, bajo el ardiente sol del mediodía.

El Buscador de Oro le fue simpático. Por eso se acercó a él y le dijo:

–¿Quiere usted acompañarme? Quisiera conversar con usted de «allá abajo».

El otro lo observó con sus ojillos chispeantes, y luego dijo:

–Cómo no. Encantado. Usted me ha sido muy simpático.

–Gracias.

–Sobre todo por lo que me ha dicho de usted el Astrólogo. ¿Sabe que es formidable su proyecto de hacer la revolución social con bacilos de peste?

Erdosain levantó los ojos. Le humillaban casi esos elogios. ¿Era posible que alguien le diera importancia a las teorías que pensaba?

El Buscador de Oro insistió:

–Eso y los gases asfixiantes es admirable. ¿Se da cuenta? ¡Dejar un botellón de acero en el Departamento de Policía, a la hora que está ese bandido de Santiago! ¡Envenenarlos a todos los «tiras» como ratas! –Y lanzó una carcajada tan estentórea que tres pájaros se desprendieron en un gran vuelo de arco de un limonero–. Sí, amigo Erdosain, usted es un coloso. Peste y cloro. ¿Sabe que revolucionaremos esta ciudad? Ya me lo imagino ese día, los comerciantes saliendo como vizcachas asustadas de sus madrigueras y nosotros limpiando de inmundicia el planeta con una ametralladora.

Doscientos cincuenta tiros por minuto. Una papa.

Y después cortinas de cloro o de fosgeno... ¡Ah!, habría que publicar en los diarios sus proyectos, créame...

Erdosain interrumpió el panegírico con esta pregunta:

–¿Así que usted encontró el oro, no?... el oro...

–Supongo que no creerá en esa novela de los «placeres».

–¿Cómo novela? ¿Así que el oro...?

–Existe, claro que existe... pero hay que encontrarlo.

Tan profunda era la decepción de Erdosain, que el Buscador de Oro agregó:

–Vea, hermano... yo hablé con usted porque el Astrólogo me dijo que podía hacerlo.

–Sí, pero yo creía...

–¿Qué?

–Que entre tantas mentiras, ésa sería una de las pocas verdades.

–En el fondo es verdad. El oro existe... hay que encontrarlo, nada más. Usted debía alegrarse de que todo se esté organizando para ir a buscarlo. ¿O cree que esos animales se moverán si no fueran empujados por las mentiras extraordinarias? ¡Ah! cuánto he pensado. En eso estriba lo grande de la teoría del Astrólogo: los hombres se sacuden sólo con mentiras. El le da a lo falso la consistencia de lo cierto; gentes que no hubieran caminando jamás para alcanzar nada, tipos deshechos por todas las desilusiones, resucitan en la virtud de sus mentiras. ¿Quiere usted, acaso, algo más grande? Fíjese que en la realidad ocurre lo mismo y nadie lo condena. Sí, todas las cosas son apariencias... dése cuenta... no hay hombre que no admita las pequeñas y estúpidas mentiras que rigen el funcionamiento de nuestra sociedad. ¿Cuál es el pecado del Astrólogo? Substituir una mentira insignificante por una mentira elocuente, enorme, trascendental. El Astrólogo, con sus falsedades, no parece un hombre extraordinario, y no lo es... y lo es; lo es... porque no saca provecho personal de sus mentiras, y no lo es porque él no hace otra cosa que aplicar un principio viejo puesto en uso por todos los estafadores y reorganizadores de la humanidad. Si algún día se escribe la historia de ese hombre, los que la lean y tengan un poco de sangre fría, se dirán: Era grande, porque para alcanzar de cualquier charlatán. Y lo que a nosotros nos parece novelesco, e inquietante, no es nada más que la zozobra de los espíritus débiles y mediocres, que sólo creen en el éxito cuando los medios para alcanzarlo son complicados, misteriosos, y no simples. Y sin embargo usted debía saber que los grandes actos son sencillos, como la prueba del huevo de Colón.

–¿La verdad de la mentira?

–Eso mismo. Lo que hay es que a nosotros nos falta el coraje para enormes empresas. Nos imaginamos que la administración de un Estado es más complicada que la de una modesta casa, y en los sucesos ponemos un exceso de novelería, de romanticismo idiota.

–¿Pero usted en su conciencia siente, quiero decir, la realidad le da una impresión a usted de que tendremos éxito?

–Completamente, y créame... seremos cuando menos los dueños del país... si no del mundo.

Tenemos que serlo. Lo que proyecta el Astrólogo es la salvación del alma de los hombres agotados por la mecanización de nuestra civilización. Ya no hay ideales. No hay símbolos buenos ni malos. El Astrólogo, vez pasada hablaba de colonias que fundaban en el antiguo mundo los vagos que no se encontraban bien en su país. Nosotros haremos lo mismo, pero dándole a la Sociedad un sentido de juego enérgico... juego que seduce hasta el alma de los tenderos cuando van al cinematógrafo a ver una aventura de cowboys. ¿Qué sabe usted, hermano, de los líos que pensamos armar?... En último extremo sembraremos bombas de trinitrotolueno para divertirnos un poco con el espanto de la canalla.

¿Qué cree usted que eran las viejas patotas y los malevos del arrabal? Hombres que no habían encontrado cauces donde lanzar su energía. Y entonces la desfogaban estropeándolo a un cajetilla o a un turco.

Vea... Comodoro... Puerto Madryn, Trelew, Esquel, Arroyo Pescado, Camo Chileno, conozco todos los caminos y todas las soledades... Créalo... organizaremos un cuerpo de juventud admirable –se había entusiasmado–. ¿Usted cree que no hay oro? Me recuerda a las criaturas que en la mesa tienen los ojos más grandes que el estómago. En nuestro país todo es oro.

Erdosain sentíase arrastrado por el calor del otro. El Buscador de Oro hablaba convulsivamente, guiñando los ojos, levantando ya una ceja, ya la otra, zamarreándolo amistosamente por el brazo.

–Créame, Erdosain... hay mucho oro... más del que se puede imaginar usted... pero no es ésa la realidad. Hay otra: el tiempo que se va. Esquel, Arroyo Pescado, Río Pico... Campo Chileno... leguas... caminos de días y días... y usted sabe, sabe que para sacar el certificado de un caballo que no vale diez pesos se camina semanas, el tiempo no vale nada... Todo es grande... enorme... eterno allá. Tiene que convencerse. Me acuerdo cuando con la Máscara íbamos por Arroyo Pescado. No sólo oro... el oro rojo... Allá se salvan las almas que enfermó la civilización. Enviaremos a la montaña a todos los nuestros. Vea... yo tengo veintisiete años... y me he jugado la piel a balazos varias veces –sacó el revólver–. ¿Ve aquel gorrión? –estaba a cincuenta pasos, levantó el revólver hasta su mentón, apretó el disparador y el sonar al estampido el pájaro se desprendió verticalmente de la rama–. ¿Ha visto? Así me he jugado muchas veces la piel. No hay que estar triste. Vea, tengo veintisiete años. Arroyo Pescado, Esquel, Río Pico, Campo Chileno... todas las soledades serán nuestras... organizaremos la escolta de la Alegría Nueva... La Orden de los Caballeros del Oro Rojo... Usted cree que estoy exaltado. ¡No, hombre! Hay que haber estado allá para darse cuenta. Y en esas circunstancias uno concibe la necesidad, la imprescindible necesidad de una aristocracia natural. Desafiando la soledad, los peligros, la tristeza, el sol, lo infinito de la llanura, uno se siente otro hombre... distinto del rebaño de esclavos que agoniza en la ciudad. ¿Sabe usted lo que es el proletariado, anarquista, socialista, de nuestras ciudades? Un rebaño de cobardes. En vez de irse a romper el alma a la montaña y a los campos, prefieren las comodidades y los divertimentos a la heroica soledad del desierto. ¿Qué harían las fábricas, las casas de modas, los mil mecanismos parasitarios de la ciudad si los hombres se fueran al desierto... si cada uno de ellos levantara su tienda allá abajo? ¿Comprende usted ahora por qué estoy con el Astrólogo? Nosotros los jóvenes crearemos la vida nueva; sí, nosotros. Estableceremos una aristocracia bandida. A los intelectuales contagiados del idiotismo de Tolstoi los fusilaremos, y el resto a trabajar para nosotros. Por eso lo admiro a Mussolini. En ese país de mandolinistas estableció el uso del bastón y aquel reinado de opereta se convirtió del día a la noche en el mastín del Mediterráneo. Las ciudades son los cánceres del mundo. Aniquilan al hombre, lo moldean cobarde, astuto, envidioso, y es la envidia la que afirma sus derechos sociales, la envidia y la cobardía. Si esos rebaños se compusieran de bestias corajudas lo hubieran hecho pedazos todo. Creer en el montón es creer que se puede tocar la luna con la mano. Vea lo que le pasó a Lenin con el campesino ruso. Pero ya está todo organizado y no cabe otra cosa que decir: en nuestro siglo los que no se encuentran bien en la ciudad que se vayan al desierto. Eso es lo que se propone el Astrólogo. Tiene mucha razón. Cuando los primeros cristianos se sintieron mal en las ciudades se fueron al desierto. Allí a su modo se construyeron la felicidad. Hoy, en cambio, la chusma de las ciudades ladra en los comités.

–¿Sabe que me gusta su símil del desierto?

–Pero claro, Erdosain. El Astrólogo lo dice: esos que no están cómodos en las ciudades no tienen derecho a molestar a los que la gozan. Para los descontentos e incómodos de las ciudades está la montaña, la llanura, la orilla de los grandes ríos. Erdosain no se imaginaba tal violencia en el Buscador de Oro. El otro adivinó el pensamiento, porque dijo:

–Nosotros predicaremos la violencia, pero no aceptaremos en las células a los teóricos de la violencia, sino que aquel que quiera demostrarnos su odio a la actual civilización tendrá que darnos una prueba de su obediencia a la sociedad. ¿Se da cuenta usted ahora del objeto de la colonia? ¿El oro no es también una hermosa ilusión? El esfuerzo lo convertirá en un superhombre. Entonces se le otorgarán poderes. ¿No sucede lo mismo con las órdenes monacales? ¿No está así organizado el ejército? Pero, hombre, ¡no abra la boca! En las mismas empresas comerciales... por ejemplo, en la casa Gath y Chaves, en Harrods, me han contado los empleados que el personal se gobierna con una disciplina junto a la cual la disciplina militares un juguete. Ya ve, Erdosain, que nosotros no inventamos nada.

Sustituimos un fin mezquino por un fin extraordinario, nada más.

Erdosain se sentía humillado frente al Buscador de Oro. Envidiábale al otro la violencia, le irritaban sus verdades gruesas e indiscutibles, y hubiera deseado contradecirlo, al tiempo que se decía:

–Yo soy menos personaje de drama que él, yo soy el hombre sórdido y cobarde de la ciudad. ¿Por qué no siento su agresividad y su odio?. Sí, tiene razón. Y sonrío a sus palabras, prudentemente, como si temiera que me dé una cachetada, y es que me asusta su violencia, me enoja su coraje.

–¿En qué piensa, hermano? –dijo el Buscador de Oro.

El Buscador de Oro se encogió de hombros.

–Usted piensa que es cobarde porque las circunstancias para vivir no lo han obligado a jugarse la piel. Yo lo quiero ver a usted el día en que su vida esté pendiente del gatillo del revólver, si es cobarde o no. Lo que hay es que en la ciudad no se puede ser valiente. Usted sabe que si le estropea la cara a un desgraciado los trámites policiales lo van a molestar tanto, que usted prefiere tolerar a hacerse justicia por su mano. Esa es la realidad. Y uno se acostumbra a ser un resignado, a refrenar los impulsos...

Erdosain lo miró:

–¿Sabe que es notable?

–Pierda cuidado, socio. Ya va a ver usted cómo se va a despabilar dentro de poco... y se va a encontrar con el alma de un valiente... Hay que empezar, nada más.

A la una de la tarde los dos hombres se despidieron.