Los siete locos/El guiño

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda


En Temperley lo esperaba el Astrólogo. Una sonrisa llena de bondad iluminaba su rostro. Erdosain casi corrió a su encuentro, pero el otro, tomándolo de los brazos, lo detuvo un instante mirándolo a los ojos, luego, tuteándolo, cosa que no había hecho nunca, le dijo:

–¿Estás contento?

Erdosain se ruborizó. En aquel instante un doble misterio quedó revelado en su conciencia. Aquel hombre no mentía, y sintióse tan amigo de él, que ahora hubiera querido conversar indefinidamente, narrarle los pormenores más íntimos de su vida desgraciada, y sólo atinó a decir:

–Sí, estoy muy contento.

El Astrólogo se detuvo un momento en el andén de la estación. Ahora lo trataba de usted como de costumbre.

–¿Sabe? Muchos llevamos un superhombre adentro. El superhombre es la voluntad en su máximo rendimiento, sobreponiéndose a todas las normas morales y ejecutando los actos más terribles, como un género de alegría ingenua... algo así como el inocente juego de la crueldad.

–Sí y ya uno no siente miedo ni angustia, es como si anduviera caminando encima de las nubes.

–Claro, lo ideal sería despertar en muchos hombres esta ferocidad jovial e ingenua. A nosotros nos toca inaugurar la era del Monstruo Inocente. Todo se hará, sin duda alguna. Es cuestión de tiempo y audacia, pero cuando se den cuenta que el espíritu se les hunde en la letrina de esta civilización, antes de ahogarse van a torcer el camino. Lo que hay es que el hombre no ha reparado que está enfermo de cobardía y de cristianismo.

–¿Pero usted no quería cristianizar a la humanidad?

–No, al montón... pero si ese proyecto fracasa tomaremos un camino contrario. Nosotros no hemos sentado principio alguno todavía, y lo práctico será acaparar los principios más opuestos. Como en una farmacia, tendremos las mentiras perfectas y diversas, rotuladas para las enfermedades más fantásticas del entendimiento y del alma.

–¿Sabe que usted me resulta el loco de la usina, como le decía ayer Barsut?

–Lo que llamamos locura es la descostumbre del pensamiento de los otros. Vea, si ese changador le confesara las ideas que se le ocurren, usted le encerraría en un manicomio. Naturalmente, como nosotros debe haber pocos... lo esencial es que de nuestros actos recojamos vitalidad y energía. Allí está la salvación.

–¿Y Barsut?

–Ni sospecha lo que le espera.

–¿Y cómo lo eliminará?

–Bromberg lo estrangulará... No sé, es una cuestión que no me atañe. Bajo el sol, evitando los charcos, se encaminaban hacia la morada. Y Erdosain se decía:

–Y la ciudad de nosotros, los Reyes, será de mármol blanco y estará a la orilla del mar... y seremos como dioses. –Y mirándole con los ojos resplandecientes, dijo a su compañero–: ¿Sabe usted que algún día seremos como dioses?

–Es lo que la gente bestia no comprende. Los han asesinado a los dioses. Pero día vendrá que bajo el sol correrán por los caminos gritando: «Lo queremos a Dios, lo necesitamos a Dios». ¡Qué bárbaros! Yo no me explico cómo lo han podido asesinar a Dios. Pero nosotros los resucitaremos... inventaremos unos dioses hermosos... supercivilizados... ¡y qué otra cosa será entonces la vida!

–¿Y si fracasara todo?

–No importa... vendrá otro... vendrá otro que me substituirá. Así tiene que suceder. Lo único que debemos desear es que la idea germine en las imaginaciones... el día que esté en muchas almas, sucederán cosas hermosas.

Erdosain asombrábase de su serenidad.

No temía ya nada, y nuevamente recordó el salón de los Embajadores, y su mirada malévola se recogió en la turbación de los ancianos diplomáticos, cabezas calvas, semblantes plomizos, miradas duras y furtivas, y entonces, sin poderes contener, exclamó:

–¡Qué tanto «joder» para retorcerle el pescuezo a esa bestia!

El otro lo miró sorprendido.

–¿Está nervioso o es que se enoja solo, como los elefantes?

–No, me revienta esta carga de escrúpulo antiguo.

–Así son los mocitos –repuso el Astrólogo–. Su vida es parecida a la de un gato entre una puerta entreabierta.

–¿Asisto a la ejecución?

–¿Le interesa?

–Mucho.

Pero al atravesar la puerta de la quinta, una náusea le revolvió el estómago y sintió en la garganta el reflejo gástrico de un vómito. Apenas si se podía tener en pie. En sus ojos las formas estaban veladas por una neblina lechosa. De las articulaciones le colgaban los brazos con pesantez de miembros de bronce. Caminaba sin conciencia de la distancia; el aire le pareció que se vitrificaba, el suelo ondulaba bajo sus plantas, a momentos la vertical de los árboles se convertía en un zig–zag dentro de sus ojos.

Respiraba con fatiga, tenía la lengua reseca e inútilmente trataba de humedecerse los labios apergaminados y las fauces ardientes, y sólo una voluntad de vergüenza lo mantenía en pie.

Cuando entreabrió los ojos descendía por la escalerilla de la cochera en compañía de Bromberg.

El Hombre que vio a la Partera marchaba como atontado con la greñuda cabellera alborotada.

Tenía los pantalones superfluamente sostenidos por la pretina, y un trozo de camisa blanca como la punta de un pañuelo escapaba de su bragueta. Y se tapaba la boca con el puño arrojando enormes bostezos. Pero su mirada somnolienta, perdidosa, parecía ajena a su actitud de patán. Eran hermosos ojos los suyos, serios e incoherentes como los de las grandes bestias, entre los párpados pestañudos que sombreaban sus ojeras en un redondo y fino rostro de doncella. Erdosain lo miró, pero el otro pareció no verle, sumergido en su magnífica incoherencia. Luego miró embobado al Astrólogo, éste le hizo una seña con la cabeza y después de abrirle el candado entraron los tres al establo.

Barsut se levantó de un brinco: iba a hablar. Bromberg describió una curva en el aire y un choque de cráneos contra las tablas retumbó en la cochera. En el polvo el sol alargaba un losange amarillo. Del montón informe se desprendían ronquidos sordos. Erdosain seguía con curiosidad cruel la lucha, y de pronto de la cintura de Bromberg, que estaba abultado sobre Barsut con los dos enormes brazos tensos en la sujeción de un pescuezo contra el suelo, se desprendió el pantalón, quedando con las nalgas blancas en descubierto y la camisa sobre los riñones. Y el sordo ronquido no fue ya. Hubo un instante de silencio, mientras el asesino, semidesnudo, inmóvil, oprimía más fuertemente la garganta del muerto.

Erdosain miraba, nada más.

El Astrólogo aguardaba con el reloj en la mano. Así estuvieron dos minutos, que en Erdosain no tuvieron longitud.

–Basta, ya está.

Torpe, con el pelo pegado a la frente, volvióse Bromberg, y sin fijar en nadie su mirada incoherente, cogió ruborizado las puntas de su pantalón, abrochándoselo apresuradamente.

Había salido de la cochera el asesino. Erdosain lo siguió, y el Astrólogo, que era el último, se volvió a mirarlo al estrangulado.

Este permanecía en el suelo, con la cabeza vuelta hacia el techo, las mandíbulas distendidas y la lengua pegada al vértice de los labios torcidos en una comisura que descubría los dientes.

En esa circunstancia ocurrió un suceso extraño, del que no se dio cuenta Erdosain. El Astrólogo, deteniéndose bajo el dintel de la cochera, volvió el rostro hacia el muerto, entonces Barsut, levantandolos hombros hasta las orejas, estiró el cuello y mirándolo al Astrólogo guiñó un párpado. Este se tocó el ala del sombrero con el índice y salió a reunirse con Erdosain, quien sin poderse contener, exclamó:

–¿Y eso es todo?

–El Astrólogo levantó hacia él una mirada burlona.

–¿Pero se creía usted que «eso» es como en el teatro?

–¿Y cómo lo va a hacer desaparecer?

–Disolviéndolo en ácido nítrico. Tengo tres damajuanas. Pero, hablando de todo un poco, ¿tiene noticias de la rosa de cobre?

–Sí, salió lo más bien. Los Espila están contentísimos. Anoche precisamente vi una muy buena muestra.

–Bueno, almorzaremos... que bien nos lo hemos ganado. Pero cuando iban a entrar en el comedor, el Astrólogo dijo:

–¿Cómo... no nos lavamos las manos?

Erdosain lo miró sorprendido e instintivamente levantó las manos hasta donde se cruzaban las solapas de su saco para mirárselas. Entonces, apresuradamente, en silencio, se encaminaron hasta el cuarto de baño, despojándose de los sacos, abrieron las canillas. Erdosain cogió un trozo de jabón y concienzudamente, arremangado hasta los codos, se frotó con él. Luego puso los brazos bajo el chorro de agua y se secó vigorosamente en la toalla. Mas antes de salir, el Astrólogo efectuó un acto extraño.

Cogiendo la toalla la arrojó al fondo de la bañadera, tomó un frasco de alcohol, vertiendo su contenido sobre ella, luego encendió un fósforo, y durante un minuto los dos semblantes en el cuarto oscuro fueron iluminados por las azuladas llamas del inflamable que consumía el tejido. Luego, por todo resto quedó allí un negruzco depósito de cenizas: el Astrólogo abrió una canilla, nuevamente el agua corría arrastrando la liviana carbonización, y entonces ambos salieron para el comedor. Una sonrisa irónica retozaba en el rostro de Erdosain.

–¿Así que ha hecho como Pilatos, en?

–Tiene razón, e inconscientemente.

En el comedor sombroso las entreabiertas persianas dejaban ver el jardín. Tiernos tallos de madreselva trepaban hasta las maderas del marco. Insectos transparentes resbalaban en el aire junto al limonero y las paredes blancas se reflejaban en la rubia opacidad del piso encerado. Los flecos del mantel caían en torno de las patas cuadradas de la mesa. En un florero etrusco, un ramo de claveles desparramaba su a pimentada fragancia, y los cubiertos plateados brillaban sobre el lino y en la loza; las sombras se enroscaban como rulos en la vítrea convexidad de las copas, o se extendía en franjas triangulares sobre los platos. En una fuente ovalada había una mayonesa de langostinos.

El Astrólogo sirvió vino. Comían en silencio. Luego el Astrólogo trajo caldo amarillo de yemas de huevos, una bandeja de espárragos nadando en aceite, ensalada de alcachofas y más tarde pescado. Como postres hubo ricota rociada de canela y fruta.

Después sirvió café, y Erdosain le entregó el dinero. El Astrólogo lo recontó:

–Aquí tiene tres mil quinientos. Hágase varios trajes. Usted es un buen mozo y es conveniente que ande elegante.

–Muchas gracias... pero oiga... estoy muerto de sueño. Voy a dormir un rato. ¿Quiere despertarme a las cinco?

–Cómo no, venga. –Y el Astrólogo lo acompañó hasta su dormitorio. Erdosain se quitó los botines, extenuado ya, arrojó el saco en el respaldar de la cama. Un ardor enorme le quemaba los párpados, su pecho se cubrió de sudor espeso y no pensó más. Despertó ya oscurecido, al ruido del Astrólogo que abría una persiana. Volvióse sobresaltado, mientras que el otro le decía:

–¡Por fin! Hace veintiocho horas que está durmiendo. –Mas como expresara duda, el Astrólogo le alcanzó los diarios del día, y, ciertamente, habían pasado dos días.

Erdosain saltó de la cama pensando en Hipólita.

–Es necesario que me vaya.

–Usted dormía que parecía un muerto. Nunca he visto a nadie dormir así, con tal cansancio, hasta con el olvido de las necesidades naturales... pero, a propósito, ¿de dónde sacó usted esa historia del suicida del café? He visto los diarios de ayer a la noche y de esta mañana. Ninguno trae esa noticia. Usted la ha soñado.

–Sin embargo, yo puedo enseñarle el café.

–Pues soñó en el café, entonces.

–Puede ser... no tiene importancia... ¿y eso?...

–Ya está.

–¿Todo?

–Todo.

–¿Y el ácido?

–Lo volcaremos en el sumidero.

–¿Así que ya?...

–Es como si no hubiera existido nunca.

–Al despedirse del Astrólogo, éste le dijo:

–Véngase el miércoles a las cinco. A la noche tendremos reunión. No se olvide de comprarse un traje de confección mientras le hacen los otros. No falte, que estará el Buscador de Oro, el Rufián y otros, otros. Cambiaremos ideas y acuérdese de que tengo mucho interés en la cuestión de los gases asfixiantes. Hágase un proyecto para fábrica reducida de cloro y fosgeno. Ah, y a ver si puede averiguar qué diablo es el gas mostaza. Destruye cualquier substancia que no esté protegida por un impermeable empapado en aceite.

–El fosgeno es oxicloruro de carbono.

–No pierda tiempo, Erdosain. Una fábrica chica. Que puede servir de escuela de química revolucionaria. Recuerde que nuestras actividades se pueden dividir en tres partes. El Buscador de Oro estará encargado de lo relacionado con la colonia, usted con las industrias, Haffner con los prostíbulos.

Ahora que tenemos dinero no hay que perder tiempo. Es necesario que trabaje. ¿Qué me dice usted si organizamos una usina que llegue a ser en la Argentina lo que fue la Krupp en Alemania? Hay que tener confianza. De lo nuestro pueden salir muchas sorpresas. Somos descubridores que no saben sino en conjunto hacia dónde van. ¡Y eso mismo quién sabe!...

Erdosain fijó un segundo los ojos en el semblante romboidal del otro, luego, sonriendo burlonamente, dijo:

–¿Sabe que usted se parece a Lenin?

Y antes de que el Astrólogo pudiera contestarle, salió.