Los siete locos/El humillado

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Los siete locos:
El humillado

de Roberto Arlt


A las ocho de la noche llegó a su casa.

–El comedor estaba iluminado... Pero expliquémonos –contaba más tarde Erdosain–, mi esposa y yo habíamos sufrido tanta miseria, que el llamado comedor consistía en cuarto vacío de muebles. La otra pieza hacía de dormitorio. Usted me dirá cómo siendo pobres alquilábamos una casa, pero éste era un antojo de mi esposa, que recordando tiempos mejores, no se avenía a no «tener armado» su hogar.

«En el comedor no había más mueble que una mesa de pino. En un rincón colgaban de un alambre nuestras ropas, y otro ángulo estaba ocupado por un baúl con conteras de lata y que producía una sensación de vida nómade que terminaría con un viaje definitivo. Más tarde, cuántas veces he pensado en 'la sensación de viaje' que aquel baúl barato, estibado en un rincón, lanzaba a mi tristeza de hombre que se sabe al margen de la cárcel.

«Como le contaba, el comedor estaba iluminado. Al abrir la puerta me detuve. Aguardábame mi esposa, vestida para salir, sentada junto a la mesa. Un tul negro cubría hasta el mentón su carita sonrosada. A su derecha, junto a los pies, estaba una valija, y al otro lado de la mesa un hombre se puso de pie cuando yo entré, mejor dicho, cuando la sorpresa me detuvo en el umbral.

«Así permanecimos los tres un segundo... El capitán de pie, con una mano apoyada en la tabla de la mesa y otra en la empuñadura de la espada, mi esposa con la cabeza inclinada, y yo frente a ellos, olvidados los dedos en el canto de la puerta. Aquel segundo me fue suficiente para no olvidar más al otro hombre. Era grande, de reciedumbre atlética dentro de la tela verde del uniforme. Al apartar los ojos de mi esposa, su mirada recobró una dureza curiosa. No exagero si digo que me examinaba con insolencia, como a un inferior. Yo continué mirándolo. Su grandor físico contrastaba con la ovalada pequeñez de su rostro, con la delicadeza de la fina nariz y la austeridad de sus labios apretados. En el pecho llevaba la insignia de piloto aviador.

«Mis primeras palabras fueron:

«–¿Qué pasa aquí?

«–El señor... –mas avergonzándose, se corrigió–. Remo –dijo llamándome por mi nombre–, Remo, yo no voy a vivir más con vos.»

Erdosain no tuvo tiempo de temblar. El capitán tomó la palabra:

–Su esposa, a quien he conocido hace un tiempo...

–¿Y dónde la conoció usted?

–¿Por qué preguntas esas cosas? –interrumpió Elsa.

–Sí, cierto –objetó el capitán–. Usted comprenderá que ciertas cosas no deben preguntarse...

Erdosain se ruborizó.

–Quizá usted tenga razón... disculpe...

–Y como usted no ganaba para mantenerla...

Apretando el cabo del revólver en el bolsillo de su pantalón, Erdosain miró al capitán. Luego, involuntariamente, sonrió pensando que nada tenía que temer, ya que podía matarlo.

–No creo que pueda causarle gracia lo que le digo.

–No; sonreía de una ocurrencia estúpida... ¿Así que también le contó eso?

–Sí, y además me habló de usted como de un genio en desgracia...

–Hablamos de tus inventos...

–Sí... de su proyecto de metalizar las flores...

–¿Por qué te vas, entonces?

–Estoy cansada, Remo.

Erdosain sintió que el furor le encrespaba la boca en malas palabras. La hubiera insultado, mas al pensar que el otro podía aplastarle la cara a puñetazos retuvo la injuria, replicando:

–Vos siempre estuviste cansada. En tu casa estabas cansada... aquí... allá... también allá en la montaña... ¿te acordás?

No sabiendo qué responder, Elsa inclinó la cabeza.

–Cansada... ¿qué es lo que tenés cansada vos?... Y todas están cansadas, no sé por qué... pero están cansadas... Usted, capitán, ¿no está cansado también?

El intruso lo observó largamente.

–¿Y qué entiende usted por cansancio?

–El aburrimiento, la angustia... ¿no se ha fijado usted que éstos parecen los tiempos de tribulación de que habla la Biblia? Así los nombra un amigo mío que se ha casado con una coja. La coja es la ramera de las Escrituras...

–Nunca me di cuenta de eso.

–En cambio yo sí. A usted le parecerá extraño que le hable de sufrimientos en estas circunstancias... pero es así... los hombres están tan tristes que tienen necesidad de ser humillados por alguien.

–Yo no veo tal cosa.

–Claro, usted con su sueldo... ¿Qué sueldo gana usted? ¿Quinientos?

–Más o menos.

–Claro, con ese sueldo es lógico...

–¿Qué es lógico?

–Que no sienta su servidumbre.

El capitán detuvo una mirada severa en Erdosain.

–Germán, no le haga caso –interrumpió Elsa–. Remo está siempre con esa historia de la angustia.

–¿Es cierto?

–Sí... ella, en cambio, cree en la felicidad, en el sentido de «eterna felicidad» que estaría en su vida si pudiera pasar los días entre fiestas...

–Detesto la miseria.

–Claro, porque vos no crees en la miseria... la horrible miseria está en nosotros, es la miseria de adentro... del alma que nos cala los huesos como la sífilis.

Callaron. El capitán, ostensiblemente aburrido, examinaba sus uñas, cuidadosamente lustradas.

Elsa miraba fijamente tras los rombos del velo, el semblante demacrado de aquel esposo que tanto quisiera un día, en tanto que Erdosain se preguntaba por qué existía en él un vacío tan inmenso, vacío en el que su conciencia se disolvía sin acertar con palabras que ladraran su pena de un modo eterno.

De pronto el capitán levantó la cabeza.

–¿Y cómo piensa usted metalizar sus flores?

–Fácilmente... Se toma una rosa, por ejemplo, y se la sumerge en una solución de nitrato de plata disuelto en alcohol. Luego se coloca la flor a la luz que reduce el nitrato a plata metálica, quedando de consiguiente la rosa cubierta de una finísima película metálica, conductora de corriente. Luego se trata por el común procedimiento galvanoplastia» del cabreado... y, naturalmente, la flor queda convertida en una rosa de cobre. Tendría muchas aplicaciones.

–La idea es original.

–¿No le decía yo, Germán, que Remo tiene talento?

–Lo creo.

–Sí, puede ser que tenga talento, pero me falta vida... entusiasmo... algo que sea como un sueño extraordinario... una mentira grande que empuje la realización... pero, hablando de todo un poco, ¿esperan ustedes ser felices?

–Sí.

Otra vez sobrevino el silencio. En torno de la lámpara amarilla los tres semblantes parecían tres mascarillas de cera. Erdosain sabía que dentro de breves instantes todo terminaría y escarbando en su angustia, le preguntó al capitán:

–¿Por qué vino usted a mi casa?

El otro vaciló, después:

–Tenía interés en conocerlo.

–¿Le parecía divertido?

–No... le juro que no.

–¿Y entonces?

–Curiosidad de conocerlo. Su esposa me habló mucho de usted en estos últimos tiempos. Además, nunca imaginé encontrarme en una situación semejante... en realidad, no podría explicarme por qué he venido.

–¿Ha visto usted? Hay cosas inexplicables. Yo, desde hace un rato, trato de explicarme por qué no lo mato de un tiro teniendo el revólver aquí, en el bolsillo.

Elsa levantó la cabeza hacia Erdosain, que estaba a la cabecera de la mesa... El capitán preguntó:

–¿Qué es lo que lo contiene?

–En verdad, no sé... o... sí, tengo la seguridad de que es por esto. Creo que en el corazón de cada uno de nosotros hay una longitud de destino. Es como una adivinación de las cosas por intermedio de un misterioso instinto. Lo que ahora me sucede, lo siento comprendido en esa longitud de destino... algo así como si lo hubiera visto ya... no sé en qué parte.

–¿Cómo?

–¿Qué decís?

–No era porque vos me dieras motivo... no... ya te digo... una certidumbre remota.

–No lo entiendo.

–Yo sí me entiendo. Vea, es así. De pronto a uno se le ocurre que tienen que sucederle determinadas cosas en la vida... para que la vida se transforme y se haga nueva.

–¿Y vos?

–¿Usted cree que su vida?

Erdosain, desentendiéndose de la pregunta, continuó:

–Y lo de ahora no me extraña. Si usted me dijera que fuese a comprarle un paquete de cigarrillos, a propósito, ¿tiene un cigarrillo usted?

–Sírvase... ¿y luego?

–No sé. En estos últimos tiempos he vivido incoherentemente... aturdido por la angustia. Ya ve con qué tranquilidad converso con usted.

–Sí, siempre esperó él algo extraordinario.

–Y vos también.

–¿Cómo? ¿Usted, Elsa, también?

–Sí.

–¿Pero usted?

–Siga, capitán, yo lo entiendo. Usted quiere decir que lo extraordinario de Elsa está ocurriendo ahora, ¿no?

–Sí.

–Pues está equivocado, ¿no es cierto, Elsa?

–¿Vos crees?

–Decí la verdad, vos esperas algo extraordinario que no es esto, ¿no?

–No sé.

–¿Ha visto, capitán? Siempre fue ésa nuestra vida. Estábamos los dos en silencio junto a esta mesa...

–Callate.

–¿Para qué? Estábamos sentados y comprendíamos sin decirnos, lo que éramos, dos desdichados, de un desigual deseo. Y cuando nos acostábamos...

–¡Remo!

–¡Señor Erdosain!

–Déjense de aspavientos ridículos... ¿no se van a acostar ustedes acaso?

–De esta forma no podemos seguir hablando.

–Bueno, y cuando nos separábamos teníamos esta idea semejante: ¿y el placer de la vida y del amor consiste en esto?... Y sin decir nada comprendíamos que pensábamos en lo mismo... mas cambiando de tema... ¿piensan ustedes quedarse aquí en la ciudad? Súbitamente Erdosain tuvo la fría sensación del viaje.

Le pareció verla a Elsa en el pasamano, bajo la hilera de vidriosos ojos de buey, contemplando el hilo azul de la distancia. El sol caía en los amarillos trinquetes de los mástiles y en los aguilones negros de los guinches. Atardecía, pero ellos permanecían con el pensamiento fijo en otros climas, a la sombra de las camareras, apoyados en la pasarela blanca. El viento soplaba yodado en las olas y Elsa miraba las aguas a través de cuyo enrejado cambiante se animaba su sombra.

Por momentos volvía la carita empalidecida y entonces ambos parecían escuchar un reproche que subía de lo profundo del mar. Y Erdosain se imaginaba que les decía:

–¿Qué hicieron del pobre muchachito? («Porque yo, a pesar de mi edad, era como un muchacho –decíame más tarde Remo–. ¿Usted comprende, un hombre que se deja llevar la mujer en sus barbas... es un desgraciado... es como un muchacho, comprende usted?»)

Erdosain se apartó de la alucinación. Aquella pregunta que le surgió, estaba ahondada contra su voluntad en él.

–¿Me vas a escribir?

–¿Para qué?

–Sí, claro, ¿para qué? –repitió cerrando los ojos. Sentíase ahora más que nunca caído en una profundidad no soñada por hombre alguno.

–Bueno, señor Erdosain –y el capitán se levantó–, nosotros nos retiramos.

–¡Ah, se van!... ¿Se van ya?

Elsa le tendió su mano enguantada.

–¿Te vas?

–Sí... me voy... comprendes que...

–Si... comprendo.

–No podía ser, Remo.

–Sí, claro... no podía ser... claro... El capitán describiendo un círculo en torno de la mesa, cogió la valija, la misma valija que Elsa trajo el día de su casamiento.

–Señor Erdosain, adiós.

–A sus órdenes, capitán... pero una cosa... ¿se van... vos, Elsa...vos te vas?

–Sí, nos vamos.

–Permiso, me voy a sentar. Permítame un momento, capitán... un momentito.

El intruso reprimió palabras de impaciencia. Tenía unos brutales deseos de gritar a ese marido:

«¡A ver, firme, imbécil», mas por consideración a Elsa se retuvo.

De pronto Erdosain abandonó la silla. Con lentitud fue hasta un rincón del cuarto. Luego, volviéndose bruscamente al capitán, dijo con voz muy clara, en la que se adivinaba el contenido deseo de que fuera suave:

–¿Sabe usted por qué no lo mato como a un perro?

Los otros se volvieron alarmados.

–Pues porque estoy en frío.

Ahora Erdosain caminaba de un lado a otro de la habitación, con las manos cruzadas a la espalda. Ellos lo observaban, esperando algo. Por fin, el marido, sonriendo con un gesto, esguince pálido, continuó suavemente, languidecida su voz en una desesperación de sollozo retenido:

–Sí, estaba en frío... estoy en frío. –Ahora su mirada se había tornado vaga, pero sonreía con la misma sonrisa, extraña, alucinada–. Escúchenme... esto no tendrá explicación para ustedes, pero yo sí le he encontrado la explicación.

Sus ojos brillaban extraordinariamente y su voz enronqueció a través del esfuerzo que hizo por hablar.

–Vean... mi vida ha sido horriblemente ofendida... horriblemente magullada.

Calló, deteniéndose en un ángulo de la pieza. En su rostro se mantenía la sonrisa extraña del hombre que está viviendo un sueño peligroso. Elsa, repentinamente irritada, mordía la punta de su pañuelo. El capitán, de pie, junto a la valija, aguardaba.

De pronto Erdosain sacó el revólver del bolsillo y lo arrojó a un rincón. La «Browning» desconchó el revoque del muro, golpeando pesadamente en el suelo.

–¡Para lo que sirve este trasto! –murmuró. Luego, con una mano en el bolsillo del saco y la sien apoyada en el muro, habló despacio–: Sí, mi vida ha sido horriblemente ofendida... humillada. Créalo, capitán. No se impaciente. Le voy a contar algo. Quien comenzó este feroz trabajo de humillación fue mi padre. Cuando yo tenía diez años y había cometido alguna falta, me decía: «Mañana te pegaré».

Siempre era así, mañana... ¿Se dan cuenta?, mañana... Y esa noche dormía, pero dormía mal, con un sueño de perro, despertándome a media noche para mirar asustado los vidrios de la ventana y ver si ya era de día, mas cuando la luna cortaba de barrote del ventanillo, cerraba los ojos, diciéndome: falta mucho tiempo. Más tarde me despertaba otra vez, al sentir el canto de los gallos. La luna ya no estaba allí, pero una claridad azulada entraba por los cristales, y entonces yo me tapaba la cabeza con las sábanas para no mirarla, aunque sabía que estaba allí... aunque sabía que no había fuerza humana que pudiera echarla a esa claridad. Y cuando al fin me había dormido para mucho tiempo, una mano me sacudía la cabeza en la almohada. Era él que me decía con voz áspera: «Vamos... es hora». Y mientras yo me vestía lentamente, sentía que en el patio ese hombre movía la silla. «Vamos», me gritaba otra vez, y yo, hipnotizado, iba en línea en línea recta hacia él: quería hablar, pero eso era imposible ante su espantosa mirada. Caía su mano sobre mi hombro obligándome a arrodillarme, yo apoyaba el pecho en el asiento de la silla, tomaba mi cabeza entre sus rodillas y, de pronto, crueles latigazos me cruzaban las nalgas. Cuando me soltaba, corría llorando a mi cuarto. Una vergüenza enorme me hundía el alma en las tinieblas. Porque las tinieblas existen aunque usted no lo crea.

Elsa miraba sobresaltada a su esposo. El capitán, de pie, cruzados los brazos, escuchaba aburrido. Erdosain sonreía con vaguedad. Continuó:

–Yo sabía que a la mayoría de los chicos los padres no les pegaban y en la escuela, cuando les oía hablar de sus casas, me paralizaba una angustia tan atroz que si estábamos en clase y el maestro me llamaba, yo lo miraba atontado, sin darme cuenta del sentido de sus preguntas, hasta que un día me gritó: «¿Pero usted, Erdosain, es un imbécil que no me oye?» Toda la clase se echó a reír, y desde ese día me llamaron Erdosain «el imbécil». Y yo, más triste, sintiéndome más ofendido que nunca, callaba por temor a los latigazos de mi padre, sonriendo a los que me insultaban... pero tímidamente. ¿Se da cuenta, capitán? Lo insultan a usted... y usted todavía sonríe tímidamente, como si le hicieran un favor al injuriarlo.

El intruso frunció el ceño.

–Más tarde –permítame, capitán–, más tarde me llamaron muchas veces «el imbécil». Entonces súbitamente el alma se me recogía a lo largo de los nervios, y esa sensación de que el alma se escondía avergonzada dentro de mi misma carne, me aniquilaba todo coraje; sintiendo que me hundía cada vez más y mirando a los ojos al que me injuriaba, en vez de tumbarlo de una cachetada, me decía:

¿Se dará cuenta este hombre hasta que punto me humilla? Luego me iba; comprendía que los otros no hacían más que terminar lo que había comenzado mi padre.

–Y ahora –repuso el capitán– ¿yo también lo hundo?

–No, hombre, usted no. Naturalmente, he sufrido tanto, que ahora el coraje está en mi encogido, escondido. Yo soy mi espectador y me pregunto: ¿Cuándo saltará mi coraje? Y ése es el acontecimiento que espero. Algún día algo monstruosamente estallará en mí y yo me convertiré en otro hombre.

Entonces, si usted vive, iré a buscarle y le escupiré en la cara.

El intruso lo miró sereno.

–Pero no por odio, sino para jugar con mi coraje, que me parecerá la cosa más nueva del mundo... Ahora, puede usted retirarse.

El intruso vaciló un instante. La mirada de Erdosain, intensamente agrandada, estaba fija en él.

Tomó la valija y salió.

Elsa se detuvo temblorosa ante su esposo.

–Bueno, me voy, Remo... era necesario que esto terminara así.

–Pero, ¿tú?... ¿tú?...

–¿Y qué querías que hiciese?

–No sé.

–¿Y entonces? Quédate tranquilo, te pido. Ya te dejé la ropa preparada. Cambiate el cuello. Siempre le haces pasar vergüenza a una.

–Pero tú, Elsa... ¿tú? ¿Y nuestros proyectos?

–Ilusiones, Remo... esplendores.

–Sí, esplendores... pero ¿dónde aprendiste esa palabra tan linda? Esplendores.

–No sé.

–¿Y nuestra vida quedará siempre deshecha?

–¿Qué querés? Sin embargo yo fui buena. Después te tomé odio... pero ¿por qué no fuiste también igual?...

–¡Ah!,sí... igual... igual...

Lo aturdía la pena como un gran día de sol en el trópico. Se le caían los párpados. Hubiera querido dormir. El sentido de las palabras se hundía en su entendimiento con la lentitud de una piedra en un agua demasiado espesa. Cuando la palabra tocaba en el fondo de su conciencia, fuerzas oscuras retorcían su angustia. Y durante un instante, en el fondo de su pecho, quedaban flotando y estremecidas como en el fangal de un charco, sus hierbajos de sufrimiento. Ella continuó con la voz apaciguada por una resignación interior:

–Ahora es inútil... ahora yo me voy. ¿Por qué no fuiste bueno vos? ¿Por qué no trabajaste? Erdosain tuvo la certidumbre como él, y una piedad inmensa lo hizo caer al borde de la silla, aplastada la cabeza sobre el brazo estirado en la mesa.

–¿Así que te vas? ¿De veras que te vas?

–Sí, quiero ver si nuestra vida mejora, ¿sabes? Mira mis manos –y desenguantando la diestra la presentó magullada por los fríos, mordida por las lejías, picoteada por las agujas de la costura, oscurecida por el hollín de las cacerolas. Erdosain se levantó, envarado por una alucinación.

Veía a su desdichada esposa en los tumultos monstruosos de las ciudades de portland y de hierro, cruzando diagonales oscuras a la oblicua sobra de los rascacielos bajo una amenazadora red de negros cables de alta tensión. Pasaba una multitud de hombres de negocios protegidos por paraguas.

Su carita estaba más pálida que nunca, pero ella lo recordaba mientras el aliento de los desconocidos se cortaba en su perfil.

«–¿Dónde estará mi muchachito?»

Erdosain interrumpió su proyección de futuro:

–Elsa... ya sabes... vení cuando quieras... podes venir... pero decí la verdad, ¿me quisiste alguna vez?

Despaciosamente levantó ella los párpados. Sus pupilas se agrandaron. La voz llenaba el cuarto de calidez humana. A Erdosain le parecía vivir ahora.

–Siempre te quise... ahora también te quiero... nunca, ¿por qué nunca hablaste como esta noche? Siento que te voy a querer toda la vida... que el otro a tu lado es la sombra de un hombre...

–Alma, mi pobre alma... qué vida la nuestra... qué vida...

Un rizo de sonrisa encrespó dolorosamente los labios de ella. Elsa lo miró ardientemente un instante. Luego, con la voz seria de promesas:

–Mira... espérame. Si la vida es como siempre me dijiste, yo vuelvo, ¿sabes?, y entonces, si vos querés, nos matamos juntos... ¿Estás contento?

Una ola de sangre subió hasta las sienes del hombre.

–Alma, qué buena sos, alma... dame esa mano –y mientras ella, aun sobrecogida, sonreía con timidez, Erdosain se la besó–. ¿No te enojas, alma?

Ella enderezó la cabeza grave de dicha.

–Mirá Remo... yo voy a venir, ¿sabes?, y si es cierto lo que decís de la vida... sí, yo vengo... voy a venir.

–¿Vas a venir?

–Con lo que tenga.

–¿Aunque seas rica?

–Aunque tenga todos los millones de la tierra, vengo. ¡Te lo juro!

–¡Alma, pobre alma! ¡Qué alma la tuya! Sin embargo, vos no me conociste... no importa... ¡ah, nuestra vida!

–No importa. Estoy contenta. ¿Te das cuenta de tu sorpresa, Remo? Estás sólito, de noche. Estás solo... de pronto, cric... la puerta se abre... y soy yo... ¡yo que he venido! Estás con un traje de baile... zapatos blancos y tenés un collar de perlas.

–Y vine sola, a pie por las calles oscuras, buscándote... pero vos no me ves, estás solo... la cabeza...

–Decí... habla... habla...

–La cabeza apoyada en la mano y el codo en la mesa... me miras... y de pronto...

–Te reconozco y te digo: Elsa, ¿sos vos, Elsa?

–Y yo te contesto: Remo, yo vine, ¿te acordás de esa noche? Esa noche es esta noche y afuera sopla el gran viento y nosotros no tenemos frío ni pena. ¿Estás contento, Remo?

–Sí, te juro que estoy contento.

–Bueno, me voy.

–¿Te vas?

–Sí...

El semblante del hombre se deformó en la súbita pena.

–Bueno, ándate.

–Hasta pronto, mi esposo.

–¿Qué dijiste?

–Te digo esto, Remo. Espérame. Aunque tenga todos los millones del mundo, yo vuelvo.

–Bueno... entonces adiós... pero dame un beso.

–No, cuando vuelva... adiós, mi esposo.

De pronto, Erdosain lanzado por un espasmo sin nombre, la cogió brutalmente de las manos por los pulsos.

–Decíme: ¿te acostaste con él? –Soltame, Remo... yo no creía que vos...

–Confesa, ¿te acostaste o no?

–No.

En el marco de la puerta se detuvo el capitán. Una flojedad inmensa relajó los nervios de sus dedos. Erdosain sintió que caía y ya no vio más.