Los siete locos/El látigo

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La treta ideada por Erdosain y llevada a cabo por el Astrólogo tuvo éxito, y éste resolvió que el día miércoles se llevara a cabo la primera reunión en la que se conocerían los «jefes».

El día martes, a las cuatro de la tarde, Erdosain recibió la visita del Astrólogo, quien le avisó que el miércoles de esa semana, a las nueve de la mañana, se reunirían los jefes en Temperley.

El Astrólogo permaneció en compañía de Erdosain unos minutos, y cuando éste bajaba la escalera, examinando sobresaltado su reloj, dijo a aquél:

–Caramba... son las cuatro, tengo que ir a un montón de sitios... lo espero mañana a las nueve...

¡Ay! yo he pensado que el único que podía desempeñar el puesto de Jefe de Industrias era usted.

Bueno, mañana conversaremos... ¡Ah!, no se olvide de presentar... mejor dicho, de prepararse un proyecto sobre turbinas hidráulicas, un tipo para usina de montaña, sencillo. Sería para la colonia y los trabajos de electrometalurgia.

–¿Cuántos kilowats?

–No sé... eso debe estudiarlo usted. Habrá hornos eléctricos... en fin, arrégleselas usted. Además, ha llegado el Buscador de Oro, mañana él le dará detalles más concretos. Prepárese para que no lo sorprenda el asunto. Diablo, se hace tarde... hasta mañana... –arreglándose la chistera llamó a un chofer que pasaba y se acomodó en el automóvil.

Al día siguiente, Erdosain, caminando por las veredas de Temperley, observaba asombrado que hacía mucho tiempo que no gozaba de una emoción de sosiego semejante.

Caminaba despacio. Aquellos túneles vegetales le daban la sensación de un trabajo titánico y disforme. Miraba deleitado los senderos de grano rojo en los parques, que avanzaban sus láminas escarlatas hasta los prados, manteles verdes esmaltados de flores violáceas, amarillas y rojas. Y si levantaba los ojos, se encontraba con aguanosos pozales en el cenit, que le producían un vértigo de caída, pues de pronto el cielo desaparecía en sus pupilas y le dejaba en los ojos una negrura de ceguera, aclarándose el pensamiento en un furtivo mariposeo de átomos de plata, que a su vez se evaporaban, transformándose en terribles azulencos ásperos y secos, ahora en lo alto, como cavernas de azul metileno. Y el placer que la mañana suscitaba en él, el goce nuevo, soldaba los trozos de su personalidad, rota por los anteriores sufrimientos del desastre, y sentía que su cuerpo estaba ágil para toda aventura.

–Augusto Remo Erdosain –tal como si pronunciar su nombre le produjera un placer físico, que duplicaba la energía infiltrada en sus miembros por el movimiento.

Por las calles oblicuas, bajo los conos del sol, avanzaba sintiendo la potencia de su personalidad flamante: Jefe de Industrias. La frescura del camino botánico le enriquecía de grandores la conciencia. Y esta satisfacción lo aplomaba en las calles, como a esos muñecos de celuloide el lastre de plomo.

Pensaba que se mostraría irónico en la reunión, y un desprecio malévolo le surgía para los débiles del mundo. El planeta era de los fuertes, eso mismo, de los fuertes. Arrasarían al mundo y se presentarían a la canalla que se encalla el trasero en las butacas de todas las oficinas, blindados de grandeza, semejantes a emperadores solitarios y crueles. Se imaginaban nuevamente en un desmesurado salón de muros encristalados cuyo centro lo ocupaba una mesa redonda. Sus cuatro secretarios con papeles en las manos y las plumas tras de la oreja se acercaban a consultarle, mientras que en un rincón, con los sombreros en las manos, inclinadas las cabezas canosas, estaban los delegados de los obreros. Y Erdosain volviéndose hacia ellos les decía simplemente: «O mañana vuelven al trabajo o los fusilaremos». Eso era todo. Hablaba poco y en voz baja, y su brazo estaba fatigado de firmar decretos.

Lo mantenía en pie la ferocidad de los tiempos que necesitaban el alma de un tigre para adornar los confines de todos los crepúsculos de siniestros fusilamientos.

Avanzaba ahora hacia la quinta del Astrólogo con el corazón batiente de entusiasmo, repitiéndose la frase de Lenin, como una musiquita llena de voluptuosidad:

«–¡Qué diablo de revolución es ésta si no fusilamos a nadie!».

Al llegar a la quinta y entreabrir una de las puertas, vio venir a su encuentro al Astrólogo, cubierto de un largo guardapolvo gris y un sombrero de paja.

Con amistad se estrecharon fuertemente las manos al tiempo que decía el Astrólogo:

Barsut está tranquilo, ¿sabe? Yo creo que no va a oponer mucha resistencia para firmar el cheque. Ya llegaron esos tipos, pero primero veremos a Barsut. ¡Que esperen, qué diablo! ¿Se da cuenta usted de mi situación? Con ese dinero el mundo es nuestro.

Ahora habían entrado al escritorio y el Astrólogo, haciendo girar el anillo con la piedra violeta y mirando el mapa de Estados Unidos, prosiguió:

–Conquistaremos la tierra, realizaremos nuestra «idea»... podemos instalar un prostíbulo en San Martín o en Ciudadela, y la colonia de los Santos en la montaña. ¿Quién más apto para regentear el prostíbulo que el Rufián Melancólico? Le nombraremos Gran Patriarca Prostibulario.

Erdosain se acercó a la ventana... Los rosales vertían un perfume potentísimo, agudo, todo el espacio se poblaba de una fragancia roja, fresca como un caudal de agua. Moscardones de alas de cristal revoloteaban en torno de las manchas escarlatas de los granados. Erdosain permaneció algunos segundos así. El espectáculo lo retrotrajo a la idéntica tarde aquella en que había estado allí, en el mismo lugar. Y sin embargo, no se imaginaba que la noche lo esperaba con la sorpresa de la partida de Elsa.

El verdor multiforme penetraba por sus ojos, pero él no lo veía. Allá en el fondo de su existencia, con la mejilla apoyada en los pezones violetas de un cuadrado pecho masculino, estaba su esposa, lánguida, la mirada floja, los labios entreabiertos para la obscena boca del otro.

Un pájaro pasó ante sus ojos, y Erdosain volviéndose al Astrólogo, dijo con voz forzadamente suave:

–Hombre, haga usted lo que quiera. –Luego sentóse, encendió un cigarrillo y observándolo al otro, que con un compás marcaba un círculo en un mapa azul, preguntó–: ¿Pero qué piensa hacer usted? ¿El Rufián Melancólico se prestará para administrar los prostíbulos?

–Sí, de eso no hay cuidado y Barsut no va a oponer mayor resistencia.

–¿Siempre está en la cochera?

–Me pareció prudente secuestrarlo. Lo encadené en la caballeriza.

–¿En la caballeriza?

–Era el único lugar sólido donde lo podía guardar. Además, en una pieza arriba de la cochera duerme el Hombre que vio a la Partera...

–¿Qué es eso?

–Algún día le contaré. Vio la partera y no puede dormir de noche. Bueno, yo había pensado que usted...

–¿Cómo, voy a ser el que...?

–Déjeme hablar. Que usted lo viera y tratara de convencerlo para que firmara, en fin, que le expusiera nuestras ideas...

–Va a haber que hacerlo firmar a la fuerza...

–Pero, ¿cómo? Yo, naturalmente, soy enemigo de la violencia, pero usted me entiende. Nuestra idea está por encima de todo sentimentalismo, de eso es lo que usted debe enterarlo a Barsut, en fin, que nosotros no quisiéramos vernos en la obligación de tostarle los pies u otra cosa peor... para que nos firmara el cheque.

–¿Y usted está dispuesto?

–Sí, nosotros estamos dispuestos porque no podemos perder esta única oportunidad. Yo contaba con su invento de la rosa de cobre, pero eso es lento. Al Rufián Melancólico no conviene pedirle dinero.

Si no lo tiene lo pondremos en un apuro, y si lo tiene y no nos lo quiere dar, perderemos un amigo. El hecho de que haya sido generoso con usted no quiere decir que lo sea con nosotros. Además, es un neurasténico que no sabe lo que da de sí.

Erdosain miraba por los cuadriláteros formados por los hierros de la ventana, las manchas escarlatas en las copas verdes de los granados. Una franja amarilla de sol cortaba el muro en lo alto de la estancia. Una tristeza enorme pasó por su corazón. ¿Qué es lo que había hecho de su vida?

El astrólogo reparó en su silencio y dijo:

–Vea, Erdosain. No nos queda otro remedio que afrontar todo o abandonar. La vida es así, triste... ¿pero qué quiere que hagamos? Yo también sé que lo agradable sería hacer las cosas sin sacrificios.

–Es que en este caso el sacrificio es otro...

–Y nosotros, Erdosain, y nosotros que nos jugamos la cárcel y la libertad por tiempo indeterminado. ¿Usted no ha leído las «Vidas Paralelas» de Plutarco?

–No...

–Pues se las voy a regalar para que leyéndolas aprenda que la vida humana vale menos que la de un perro, si para imprimir un nuevo rumbo a la sociedad, hay que destruir esa vida. ¿Sabe usted cuántos asesinatos cuesta el triunfo de un Lenin o de un Mussolini? A la gente no le interesa eso. ¿Por qué no le interesa? Porque Lenin y Mussolini triunfaron. Eso es lo esencial, lo que justifica toda causa injusta o justa.

–¿Y quién lo va a asesinar a Barsut?

–Bromberg, el que vio a la partera...

–Usted no me había dicho...

–Ni había objeto, porque de ese lado todo estaba resuelto. Una ráfaga de perfume se volcó en la estancia. Se hizo nítido el ruido del agua que caía en el tonel.

–Así que el asunto ya lo conocemos...

–Usted, yo y Bromberg...

–Demasiada gente para un secreto...

–No, porque Bromberg es mi esclavo, es esclavo de sí mismo, que es lo peor.

–Perfectamente, pero usted me va a entregar a mí un documento firmado en el que usted y Bromberg se confiesen autores del crimen.

–¿Y para qué quiere usted eso?

–Para estar seguro que no me engaña.

Con gesto maquinal el Astrólogo acomodó su galera, cogió su mongólico rostro entre sus gruesos dedos, y caminó hasta el centro de la estancia, así, con el codo apoyado en la palma de la otra mano, y dijo:

–No tengo inconvenientes en darle lo que usted me pide, pero no se olvide de esto. Yo vivo exclusivamente para realizar mi idea. Vienen tiempos extraordinarios. Yo no podría explicarle todos los prodigios que van a ocurrir porque no tengo tiempo ni ganas de discutir. Vienen sin duda tiempos nuevos. ¿Quienes los conocerán? Los elegidos. El día que yo encuentre un hombre capaz de substituirme y la empresa esté encaminada, me retiraré a meditar a la montaña. En tanto, todos los que me rodean me deben absoluta obediencia. Esto debe entenderlo usted si no quiere seguir el camino del otro...

–Esa no es forma de hablar.

–Sí, es forma, porque yo le voy a firmar a usted el documento que me pide.

–No lo preciso...

–¿Va a necesitar dinero usted?

–Sí, unos dos mil pesos para...

–No me diga... Se le entregará...

–Además, no quiero tener nada que ver con el asunto de los prostíbulos...

–Muy bien, llevará la contabilidad, pero ¿sabe ahora lo que nos hace falta? Es descubrir un símbolo vulgar para entusiasmar al populacho...

–Lucifer.

–No, ése es un símbolo místico... intelectual... Hay que descubrir algo grosero y estúpido... algo que entre por los sentidos de la multitud como la camisa negra... Ese diablo ha tenido talento. Descubrió que la psicología del pueblo italiano era una psicología de barbero y tenor de opereta... En fin, veremos, ya tengo pensada una jerarquía, algo interesante... lo hablaremos otro día... puede que resulte...

–El caso es que podamos sostenernos...

–Eso se descuenta... los prostíbulos van a dar... ¿pero va a ir a verlo a Barsut? ¿Sabe lo que le dirá?

–Sí...

Erdosain salió en dirección a la cochera, en donde estaban instaladas las caballerizas. Era aquélla una casona de gruesas paredes y con piso alto donde había numerosas piezas vacías, recorridas de ratas.

En una de ellas vivía, o mejor dicho, dormía, el siniestro Bromberg, a quien Erdosain había visto el día del secuestro.

Comprendía que ahora iba en camino hacia un hundimiento del cual no se imaginaba de qué forma saldría maltrecha su vida, y esta incertidumbre así como su absoluta falta de entusiasmo por los proyectos del Astrólogo, le causaba la impresión de que estaba obrando en falso, creándose gratuitamente una situación absurda. «Todo había hecho bancarrota en mí», diríase más tarde; mas sobreponiéndose a su cansancio e indiferencia marchaba hacia la cochera. Su corazón golpeaba fuertemente al saber que se encontraría «con el enemigo». A instantes arrugaba el ceño y su rencor era evidente.

Abrió el candado, descorrió la cadena y súbitamente encurioseado empujó una de las hojas del portón.

El prisionero se disponía a comer, desnudos los brazos en el círculo de la luz amarilla que sobre una mesa de pino extendía la lámpara de kerosene.

Estaba Barsut sentado bajo el triángulo de la pesebrera metálica, entre los muros de madera de un box, y al verlo a Erdosain arrugando la frente, detuvo por un segundo la aceitera con que regaba un trozo de carne rodeada de patatas; luego, sin decir palabra que revelara su sorpresa, se engolfó nuevamente en su nutricio trabajo. Alargando el brazo y cogiendo entre sus dedos una pizca de sal espolvoreó las patatas. Guardaba compostura sombría a pesar de que un agujero de su camiseta rosa dejaba ver su sobaco negro.

Los ojos fijos en el fiambre, certificaban que Barsut le daba más importancia a su vianda que a Erdosain, detenido a tres pasos de allí. El resto del establo permanecía en la oscuridad. Por los intersticios de los muros entraban oblicuas saetas de sol que dejaban en el polvo del suelo porosos discos de oro.

Barsut no se dignaba ver nada. Apretó el pan en la tabla de la mesa, cortó enérgicamente una rebanada, se sirvió soda, no sin previamente lanzar un chorro contra el piso para limpiar la boquilla, y luego se inclinó para leer un libraco al costado de su plato, mientras masticaba una mezcla de carne, pan y patatas.

Erdosain se apoyó en una pilastra que soportaba el techo, mareado del olor a pasto seco, y con los ojos entrecerrados distinguió a Barsut, que tenía medio rostro iluminado por la verdosa claridad de la pantalla, mientras sus maxilares se movían en la luz cruda que arrojaba el mechero de la lámpara. En estas circunstancias giró la cabeza y distinguió un látigo colgado en la pared.

Erdosain se sobresaltó. Tenía el mango largo y la lonja corta, y Barsut, que ahora seguía su mirada, frunció el labio despectivamente. Erdosain miró sucesivamente al hombre y al látigo y sonrió nuevamente. Se dirigió hacia el rincón y descolgó la fusta. Ahora Barsut se había puesto de pie y con los ojos terriblemente fijos en Erdosain, echaba el cuerpo afuera del box. Las venas del cuello se le dilataron extraordinariamente. Iba a hablar, pero el orgullo le impedía pronunciar una sola palabra. Sonó un chasquido seco. Erdosain había descargado un rebencazo en la madera para probar la flexibilidad del cuero, luego se encogió de hombros y la oblicua solar que cortaba las tinieblas fue atravesada por una raya negra, y el látigo cayó entre el pasto.

Erdosain se paseaba en silencio por el establo. Pensaba que aquella vida estaba en sus manos, que nadie podía arrebatársela, mas este sentimiento no lo hacía más feliz. Barsut encima de la divisoria de madera observaba el campo soleado, por la hendija que dejaba el portalón.

Habían cambiado los tiempos. Eso era todo. Lo miró con rencor a Barsut:

–¿Vas a firmar el cheque o no?

Barsut se encogió de hombros y Erdosain no volvió a preguntar. Quizás él se encontrara algún día y a esa misma hora en una celda oscura mientras que su memoria evocaría en aquel mismo instante el espectáculo de una cancha con piso de polvo de ladrillo, a la orilla del río, y las raquetas reticulando el cielo, de algunas chicas jugando al tenis. Y sin poderse contener exclamó no tanto dirigiéndose a Barsut, como hablándose a sí mismo:

–¿Te acordás? Yo tenía para vos cara de infeliz. No hables. Y vos no sabías lo que yo estaba sufriendo. Ni vos ni ella. Callate. ¿Te pensás que me interesa tu dinero? No, hombre. Lo que hay es que estoy triste. Vos y ella me han llevado a todo esto. No sé ni por qué hablo. Lo único que sé es que estoy cansado. Pero para qué hablar... –Y se disponía a salir cuando el Astrólogo entró. Barsut le revisó las manos con la mirada y el Astrólogo, removiendo la chistera en la cabeza, tomó la lámpara, la apagó y sentándose en un cajón, dijo:

–Venía a verlo para que arregláramos esa cuestión del cheque. Usted sabrá que por eso lo secuestramos. Claro está que yo no le hablaría a usted de esta forma si en la libreta que le encontramos en el bolsillo y que Erdosain quiso quemar, impidiéndolo yo, no hubiera leído un pensamiento sencillamente formidable: «El dinero convierte al hombre en un dios. Luego Ford, es un dios. Si es un dios puede destruir la luna».

Aquello era mentira, pero Barsut no se conmovió.

Erdosain observaba el impenetrable rostro romboidal del Astrólogo. Era evidente que éste estaba ejecutando una comedia y que en ella Barsut no creía, seguro de que el otro le engañaba.