Los siete locos/El secuestro

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Los siete locos:
El secuestro

de Roberto Arlt


A las nueve de la mañana Erdosain fue a buscarlo a Barsut.

Salieron sin decir palabra. Más tarde Erdosain reflexionaba sobre este viaje extraño en el cual el otro hombre fue hacia su destino sin oponer ninguna resistencia.

Refiriéndose a esas circunstancias, decía:

–Iba con Barsut como un condenado a muerte marcha hacia el paraje de la ejecución, abandonada toda su fuerza; con una sensación persistente, la del vacío ocupando los intersticios de mis entrañas.

«Barsut a su vez estaba ceñudo; yo comprendía que él allí, sentado junto a la ventanilla, con el codo apoyado en el pasamano, acumulaba furores para descargarlos contra el invisible enemigo que su instinto le advertía estaba oculto en la quinta de Temperley».

Erdosain continuó:

–A momentos me decía lo curioso que hubiera resultado para los otros pasajeros el saber que esos dos hombres, hundidos en el acolchado de cuero de los asientos, eran: uno el próximo asesino y el otro su víctima.

«Y sin embargo, todo continuaba lo mismo; el sol luda allá en los campos: habíamos dejado atrás los frigoríficos, las fábricas de estearina y jabón, las fundiciones de vidrio y de hierro, los bretes con el vacuno oliendo los postes, las avenidas a pavimentar con sus llanuras manchadas de yeso y de surcos.

Y ahora comenzaba, traspuesto Lanús, el siniestro espectáculo de Remedios de Escalada, monstruosos talleres de ladrillo rojo y sus bocazas negras, bajo cuyos arcos maniobraban las locomotoras, y a lo lejos, en las entrevias, se veían cuadrillas de desdichados apaleando grava o transportando durmientes.

«Más allá, entre una raquítica vegetación de plátanos intoxicados por el hollín y los hedores del petróleo, cruzaba la senda oblicua de los chalets rojos para los empleados de la empresa, con sus jardincitos minúsculos, sus persianas ennegrecidas por el humo y los caminos sembrados de escoria y carbonilla».

Barsut iba ensimismado. Erdosain, para explicar el exacto término, se dejaba estar. Si en aquel momento hubiera visto un convoy avanzando por la línea en sentido contrario, no hubiera pestañeado, tan indiferente le era la vida o la muerte. Así transcurrió el viaje. Cuando llegaron a Temperley, Barsut se sacudió como si despertara escalofriado de un sueño penoso, y se limitó a decir:

–¿Por dónde es?

Erdosain extendió el brazo, señalando vagamente la distancia que debía caminar, y Barsut siguió el rumbo.

Ahora cruzaban en silencio las calles hacia la quinta del Astrólogo.

Caía el tierno azul de la mañana en los bardales de las calles oblicuas.

Tallos, pasteles de todos los verdes y árboles, creaban informes edificios vegetales, crestados por penachos flexibles y bifurcados por laberintos de leñosidades rojas. Esto bajo el aire que ondulaba suavemente, de forma tal, que esas fantásticas construcciones del botánico azar parecían flotar en una atmósfera de oro, que tenía la lucidez vítrea de un cristal cóncavo, reteniendo en su esfericidad el profundo hedor de la tierra.

–Linda la mañana –dijo Barsut.

Y ya no hablaron más hasta llegar al frente de la quinta.

–Aquí es –dijo Erdosain.

Barsut dio un salto atrás y mirándolo con una agudeza increíble, exclamó:

–¿Y cómo sabes que es aquí, si no hay número?

Comentando más tarde esta incidencia, Erdosain decía:

«Puede afirmarse que hay un instinto del crimen, un instinto que le permite a uno mentir instantáneamente sin temor a incurrir en contradicciones, un instinto que es como el impulso de conservación y que en el momento más agudo de la lucha le permite encontrar recursos de salvación casi inverosímiles».

Erdosain levantó la vista y con un aplomo inesperado para él y sorprendente después, le contestó:

–Porque vine ayer a dar vueltas por acá. Quería ver si veía a Elsa. Barsut lo miró dudando.

Hubiera afirmado que Erdosain mentía, pero el amor propio le impedía retroceder, y Erdosain llamando, golpeó fuertemente con las palmas de las manos.

Tapándole hasta la mitad del rostro el ancha ala de un sombrero de paja, y en mangas de camisa, se detuvo frente al portón de alambre pintado de rojo el Hombre que vio a la Partera.

–¿Está la señora? –preguntó Barsut.

Bromberg, sin contestar, corrió el cerrojo y abrió el portón: luego se internó en un sendero que torcía hacia la casa entre el eucaliptal, y los dos hombres lo siguieron. Repentinamente una voz gritó:

–¿Dónde van ustedes?

Barsut movió la cabeza. Bromberg giró sobre los talones, y como si se hubiera roto algún resorte de su brazo, éste se alargó semejante a un rayo.

Barsut abrió la boca en un frenesí de aire, doblándose instantáneamente la parte superior de su cuerpo. Iba a apretarse el estómago con las manos, pero el brazo de Bromberg dilató el ángulo de otro golpe, y bajo el cross de mandíbula entrechocaron los dientes de Barsut.

Cayó, y aplastado entre el pasto parecía estar muerto, con sus piernas encogidas y los labios ligeramente entreabiertos. Apareció el Astrólogo, y Bromberg, serio, casi triste, se inclinó sobre el caído.

El Astrólogo lo tomó por la coyuntura de los brazos, con los dedos en garfio bajo los sobacos, y en esta forma lo condujeron hasta la cochera abandonada. Erdosain hizo correr sobre los rodillos el portalón pintado de color ocre, olor de pasto seco y un torbellino de insectos escapó de la tarbea negra.

Introdujeron al desvanecido hasta un box: una gruesa cadena estaba asegurada a uno de los pilares por un candado.

El Astrólogo aseguró con el extremo de ésta por encima del tobillo, el pie de Barsut, hizo varios nudos con los eslabones, luego lo aseguró con un candado, rechinó éste al abrirse, y Erdosain, enderezándose sobre el caído, dijo mirándolo al Astrólogo:

–¿Ha visto? La libreta de cheques no la tiene encima.

Eran las diez de la mañana. El Astrólogo miró el reloj y dijo:

–Tengo tiempo de tomar el rápido que llega a Rosario a las seis. ¿Quiere acompañarme hasta Retiro?

–¿Cómo, va a Rosario?

–¿Y, si tengo que hacerle el telegrama a la dueña de la pensión? ¿Usted tiene el número?

–Sí, todo.

–Es lo mejor para apoderarse del equipaje de Barsut sin despertar sospechas. ¿En la pensión no tiene nada más?

–Sí, el baúl y dos muletas.

–Perfectamente. Dejémonos de charlas y vamos al grano. A las seis estaré en Rosario, le hago el telegrama a la vieja, usted se da una vuelta mañana a las diez y haciéndose el zonzo pregunta si Barsut no llegó todavía a Rosario, y como yo no he llegado, usted agrega que sabe que me han ofrecido un importante empleo, etc., etc. ¿Qué le parece?

–Muy bien.

A las doce el Astrólogo subía al tren.