Los siete locos/La vida interior

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Los siete locos:
La vida interior

de Roberto Arlt


–¡Sí había soñado!

Días hubo en que se imaginó un encuentro sensacional, algún hombre que le hablara de las selvas y tuviera en su casa un león domesticado. Su abrazo sería infatigable y ella lo amaría como una esclava; entonces encontraría placer en depilarse por él los sobacos y pintarse los senos. Disfrazada de muchacho recorría con él las ruinas donde duermen las escolopendras y los pueblos donde los negros tienen sus cabañas en la horqueta de los árboles. Pero en ninguna parte había encontrado leones, sino perros pulguientos, y los caballeros más aventureros eran cruzados del tenedor y místicos de la olla. Se apartó con asco de estas vidas estúpidas.

En el transcurso de los días los raros personajes de novela que había encontrado, no eran tan interesantes como en la novela, sino que aquellos caracteres que los hacían nítidos en la novela eran precisamente los aspectos odiosos que los tornaban repulsivos en la vida. Y, sin embargo, se les había entregado.

Mas, ya saciados, se apartaban de ella como si se sintieran humillados de haberle ofrecido el espectáculo de su debilidad. Ahora se sumergía en la esterilidad de su vivir igual a un arenal geográficamente explorado.

Así como era imposible transmutar el plomo en oro, asiera imposible transformar el alma del hombre.

Cuántas veces había caído desnuda entre los brazos de un desconocido y le había dicho: «¿No te gustaría ir al África?» El otro respingó como sí a su lado hubiera silbado un crótalo. Y entonces tenía la impresión de que esos cuerpos armados de huesos, devanados en músculos, eran más débiles que los de los tiernos infantes, más asustadizos que los niños en el bosque.

Las mujeres le eran odiosas. Las veía abatirse bajo la sensualidad de los machos para ofrecer por todas partes la fealdad de sus vientres hinchados. Tenían exclusivamente capacidad para el sufrimiento, éste era un mundo de gente fatigada, fantasmas apenas despiertos que apestaban a tierra con su grávida somnolencia, como en las primeras edades los monstruos perezosos y gigantescos. De allí que toda su alma voladora se sintiera aplastada por la inutilidad de los prójimos.

Porque Hipólita hubiera querido moverse en un universo menos denso, un mundo liviano como una pompa de jabón donde la materia no estuviera sometida a la gravedad, y se imaginaba la dicha riente de recorrer todas las veredas del planeta metamorfoseaba a su voluntad y dándole a los días la realidad de un juego que compensara aquel que su niñez había carecido.

Todo le había sido negado cuando pequeña. Recordaba que una de las quimeras de su infancia fue soñar que sería la criatura más dichosa del mundo si viviera en una habitación empapelada.

Había visto en las vidrieras de las ferreterías papeles pintados que en su reducida imaginación se le figuraba que tornarían soñadora la vida de los que se rodeaban de ellos, papeles pintados que eran como trasplantar en una casa el Bosque de los Encantamientos, con sus flores arbitrarias de azules y retorcidas en fondos listados de oro, y este sueño de los siete años fue en ella tan intenso, como más tarde cuando criada la idea que se hizo acerca del placer que experimentaría si pudiera tener un Rolls–Royce, cuya tapicería de cuero era tan preciosa en su imaginación, como lo fueran los imposibles papeles pintados que tan sólo costaban sesenta centavos el rollo.

Había declinado en tiempos idos. Recordaba ahora, con la cabeza del hombre sobre sus rodillas, aquellos atardeceres de domingo cuando súbitamente se encapotaba el tiempo y la brisa fría empujaba a sus amas del jardín a la sala. Picoteaba la lluvia en los cristales, ella se refugiaba en la cocina resplandeciente de limpia, y a través de las habitaciones llegaba la voz de las visitas, las señoras conversaban mientras que las niñas hojeaban revistas deteniéndose en las fotografías de las ceremonias nupciales, o tocaban el piano.

Y ella sentada ante la mesa, con la punta del delantal retorciéndose entre sus dedos el busto ligeramente inclinado, se dejaba penetrar de los sonidos, que le eran siempre tristes, aunque hablaran de cosas alegres. Como una leprosa se sentía aislada de la felicidad. La música le traía una visión de lugares distintos, hoteles entre montañas, y ella no sería jamás la recién casada que baja al comedor en compañía de su esposo hermoso, mientras tintinea la vajilla y los pájaros revolotean en torno de las ventanas por donde se distingue el caer de una cascada.

Retorcía lentamente la punta del delantal entre sus dedos, inclinada la frente, las piernas cruzadas.

No tendría jamás un esposo como Marcelo, ni extendería su mantilla sobre la aterciopelada baranda de un palco, mientras centellean los diamantes en las orejas de las duquesas y los violines ante el proscenio chirrían suavemente.

Tampoco sería una señora, una de esas jóvenes señoras que ella había servido y cuyos esposos mimosean dulcemente a medida que la preñez avanza sus sufridores vientres. Y su pena crecía dulcemente como la oscuridad en el crepúsculo.

–¡Servir... siempre servir!

Entonces un rencor se infiltraba en su angustia, la frente le pesaba y sus párpados rojos caían sancionando una resignación.

Y en la sala el piano hacía pasar los países distintos por su atención soñera y se imaginaba que la educación de esas señoritas debía hacer sus almas más hermosas y apetecibles para el deseo del novio y su cabeza pesaba como si el cráneo se le hubiera trasmutado en un casco de huesos de plomo.

Todo lo que la rodeaba, cacerolas y fogones y las limpias maderas de las estanterías de la cocina, y los espejos del cuarto de baño y las pantallas rojas de las lámparas, le parecían representar un valor que ponía para siempre a esos enseres fuera de su alcance, y el repasador como la alfombra, así como el triciclo de los niños, le parecía haber sido creado para proporcionar la felicidad a seres de distinta pasta de la que ella estaba formada.

Los mismos vestidos de las niñas, las telas livianas con que adornaban sus preciosos cuerpos, las puntillas y cintas, se le figuraban de distinta naturaleza que las que ella podía comprar por el mismo dinero. Esta sensación de convivir provisoriamente con gente situada en un mundo desemejante al que ella pertenecía la desazonaba, al extremo que la desesperanza aparecía como un estigma en el rostro.

¡Qué podía ser ella, sino sirvienta, siempre sirvienta!

Hoscamente se levantaba de su corazón una negativa sorda, respuesta al fantasma invisible que la encocoraba. Su vida era una resistencia erguida contra la domesticidad. No sabía cómo escaparía de tal encadenamiento de desdichas, pero no dejaba de repetirse que ese estado era provisorio, ignorante sin embargo de lo que tenía que sobrevenirle. Y continuamente observaba los modales de las señoritas y estudiaba cómo inclinaban las cabezas, así como se despedían de las amigas en las puertas de sus casas, reproduciendo luego ante un espejo los saludos y gestos que recordaba. Y estos actos que ejecutaba en la soledad de su cuartujo dejábanle por algunas horas en los labios y en el alma una sensación de señoría y delicadeza y entonces se reconvenía anteriores modales torpes, como si esos anteriores modales fueran en desmedro de su auténtica y actual personalidad de señorita.

Durante algunas horas su vida estaba inflamada de delicadeza penetrante y blanda como la fragancia de una crema perfumada, con vainilla, y le parecía sentir en su garganta las melifluas voces de los «sí» y de los «no» hasta hacerse la ilusión de que estaba respondiéndole a una deliciosa interlocutora que tenía una piel de zorro azul en torno del cuello.

Su cuarto de sirvienta se repoblaba de fantasmas insinuantes, sentada en una butaca forrada de seda de color de cocodrilo, recibía a sus amigas que venían a despedirse para irse a «París de Francia» y hablaba de noviazgos. «Su mamá no le permitía este verano ir a veranear a X... porque se encontrarían con S..., ese indiscreto que la asediaba con exceso». O cruzaba el mar, un mar quieto como los lagos de Palermo, sentada en una cesta de mimbre como lo había visto en las fotografías de los puentes de los piróscafos de lujo, cuando pasaba por las calles a hacer las compras en el mercado.

Tendría una Kodak abandonada en su falda mientras que un joven con la gorra en la mano e inclinado hacia ella la hablaría con timidez.

Su alma de criada se anegaba de felicidad. Comprendía que aquello era tan lindo que de haber podido gozarlo su caridad hubiera sido infinita. Y se veía en un atardecer de invierno recorriendo una callejuela oscurecida, envuelta en un abrigo de petit–gris, en busca de una huérfana, hija de un ciego.

Le llevaba socorros, la convertía en su hija adoptiva y un día la huérfana hacía su presentación en sociedad; sería entonces una deliciosa joven; los hombros descubiertos entre plumones de gasa, y, sobre la limpia frente, una onda de cabello rubio concertaría con la delicadeza de sus almendrados ojos.

Y de pronto una voz la llamaba:

–Hipólita... sirva el té.