Los siete locos/Las opiniones del rufián melancólico

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Los siete locos:
Las opiniones del rufián melancólico

de Roberto Arlt


Y cuando ya doblaron en la esquina de la quinta, Erdosain dijo:

–¿Sabe que no tengo cómo agradecerle este enorme favor que me ha hecho? ¿Por qué me regaló usted este dinero?

El otro, que caminaba moviendo ligeramente los hombros, se volvió displicente y dijo:

–No sé. Me encontró en buen momento. Si eso uno tuviera que hacerlo todos los días...pero así... Además que, imagínese, en una semana lo recupero...

La pregunta se le escapó a Erdosain.

–¿Y cómo es que teniendo usted una fortuna sigue en la «vida»?

Haffner se volvió, agresivo, luego:

–Vea, amigo, la «vida» no es para todos los hombres. ¿Sabe? ¿Por qué yo voy a dejar tres mujeres que rinden dos mil pesos mensuales sin ningún trabajo? ¿Las dejaría usted? No. ¿Entonces?

–¿Y usted no las quiere? ¿Ninguna de ellas lo atrae especialmente?

Recién después de lanzada esta pregunta Erdosain comprendió que acababa de decir una tontería. El macró lo miró un segundo, y repuso:

–Escúcheme bien. Si mañana me viniera a ver un médico y me dijera: la Vasca se muere dentro de una semana la saque o no del prostíbulo, yo a la Vasca, que me ha dado treinta mil pesos en cuatro años, la dejo que trabaje los seis días y que reviente el séptimo.

La voz del macró había enronquecido. Había un no sé qué de amargura rabiosa en sus palabras, esa amargura que más tarde Erdosain reconocería en la voz de todos esos poltrones taciturnos y canallas aburridos.

–¿Lástima? –continuó el otro–. Amigo, a la mujer de la vida no hay que tenerle lástima. No hay mujer más perra, más dura, más amarga que la mujer de la vida. No se asombre, yo las conozco. Sólo a palos se las puede manejar. Usted cree como el noventa por ciento que el cafishio es el explotador y la prostituta la víctima. Pero dígame: ¿para qué precisa una mujer todo el dinero que ella gana? Lo que no han dicho los novelistas es que la mujer de la vida que no tiene hombre anda desesperada buscando uno que la engañe, que le rompa el alma de cuando en cuando y que le saque toda la plata que gana, porque es así de bestia. Se ha dicho que la mujer es igual al hombre. Mentiras. La mujer es inferior al hombre. Fíjese en las tribus salvajes. Ella es la que cocina, trabaja, hace todo, mientras que el macho va de caza o a guerrear. Lo mismo pasa en la vida moderna. El hombre, salvo ganar dinero, no hace nada. Y créame, mujer de la vida a la que no se le saca el dinero, lo desprecia. Sí, señor, en cuanto le empieza a tomar cariño, lo primero que desea es que le pidan... Y qué alegría la de ella el día que usted le dice: «Ma chérie», ¿podes prestarme cien pesos? Entonces esa mujer se desata, está contenta.

Al fin la sucia plata que gana le sirve para algo, para hacer feliz a su hombre. Claro, los novelistas no han escrito esto. Y la gente nos cree unos monstruos, o unos animales exóticos, como nos han pintado los saineteros. Pero venga a vivir a nuestro ambiente, conózcalo, y se va a dar cuenta de que es igual al de la burguesía y al de nuestra aristocracia. La mantenida desprecia a la mujer de cabaret, la mujer de cabaret desprecia a la yiranta, la yiranta desprecia a la mujer de prostíbulo, y, cosa curiosa, así como la mujer que está en un prostíbulo elige casi siempre como hombre a un sujeto de avería, la de cabaret carga con un niño bien o un doctor atorrante para que la explote. ¿La psicología de la mujer de la vida? Está encerrada en estas palabras, que me decía llorando una mujercita a quien largó un amigo mío:

«Encoré avec mon cul je peu soutenir un homme». Eso no lo sabe la gente ni los novelistas. Un proverbio francés ya lo dice: «Gueuse seule ne peut pas mener son cul».

Erdosain lo contemplaba estupefacto. Haffner continuó:

–¿Quién la cuida como el cafishio? ¿Quién la cuida cuando está enferma, cuando cae presa? ¿Qué sabe la gente? Si un sábado a la mañana la oyera usted a una mujer decirle a su «marlu»: «Mon chérí, hice cincuenta latas más que la semana pasada», usted se haría cafishio, ¿sabe? Porque esa mujer le dice «hice cincuenta latas» con el mismo tono que una mujer honrada le diría a su marido: «Querido, este mes, por no comprarme un traje y lavarme la ropa, he economizado treinta pesos».

Créame, amigo, la mujer, sea o no honrada, es un animal que tiende al sacrificio. Ha sido construida así. ¿Por qué cree usted que los padres de la Iglesia despreciaban tanto a la mujer? La mayoría de ellos habían vivido como grandes bacanes y sabían qué animalita es. Y la de la vida es peor aún. Es como una criatura: hay que enseñarle de todo. «Por aquí caminarás, frente a esta esquina no debes pasar, a tal 'fioca' no hay que saludarlo. No armes bronca con esa mujer». Todo hay que enseñárselo.

Caminaban junto a los bardales, y en el dulce atardecer las palabras del macró abrían un paréntesis de estrañeza en Erdosain. Comprendía que se encontraba junto a una vida substancialmente distinta a la suya. Entonces, le preguntó:

–¿Y cómo se inició usted en la «vida»?

–En ese tiempo era joven. Tenía veintitrés años y una cátedra de matemáticas. Porque yo soy profesor –añadió orgullosamente Haffner–, profesor de matemáticas. Con mi cátedra iba viviendo, cuando en un prostíbulo de la calle Rincón encontré una noche a una francesita que me gustó. Hace de esto diez años. Precisamente en esos días había recibido una herencia de cinco mil pesos de un pariente. Lucienne me agradó, y le ofrecí que viniera a vivir conmigo. Tenía un cafishio, el Marsellés, un gigante brutal, a quien veía de vez en cuando... No sé si por la labia, o porque era lindo, el caso es que la mujer se enamoró, y una noche de tormenta la saqué de la casa. Fue eso una novela. Nos fuimos a las sierras de Córdoba, después a Mar del Plata, y cuando los cinco mil pesos se terminaron, le dije:

«Bueno, adiós idilio. Se terminó». Entonces ella me dijo: «No, mi querido, nosotros no nos separaremos más».

Ahora iban bajo las bóvedas de verdura, ramas entrelazadas y ábsides de tallos.

–Yo estaba celoso. ¿Sabe usted lo que es estar celoso de una mujer que se acuesta con todos?

¿Y sabe usted la emoción del primer almuerzo que paga ella con plata del «mishé»? ¿Se imagina la felicidad de comer con los tenedores cruzados, mientras el mozo los mira a usted y a ella sabiendo quienes son? ¿Y el placer de salir a la calle con ella prendida de un brazo mientras los «tiras» lo relojean? ¿Y ver que ella, que se acuesta con tantos hombres, lo prefiere a usted, únicamente a usted?

Eso es muy lindo, amigo, cuando se hace la carrera. Y ella es la que se preocupa de que usted se consiga otra mujer para que la explote, ella es la que la trae a su casa diciendo: «vamos a ser cuñadas», ella es la que la varea a la primeriza para que levante únicamente «viajes» para usted, y cuanto más tímido y vergonzoso es usted, más goza ella en destruir sus escrúpulos, en hundirlo en su basura, y de pronto... cuando menos se acuerda se encuentra enterrado hasta los pelos en el barro... y entonces hay que bailar. Y mientras la mujer está metida hay que aprovechar, porque un día le da una viaraza, enloquece por otro, y con la misma inconsciencia con que lo siguió a usted se sacrifica de nuevo. Me dirá usted: ¿para qué necesita una mujer un hombre? Mas, desde ya, le diré: Ningún dueño de prostíbulo va a tratar con una mujer. Con quien trata es con su «marlu». El cafishio le da a Una mujer tranquilidad para ejercer su vida. Los «tiras» no la molestan.

Si que presa, él la saca; si está enferma, él la lleva a un sanatorio y la hace cuidar, y le evita líos y mil cosas fantásticas. Vea, mujer que en el ambiente trabaja por su cuenta termina siendo siempre víctima de un asalto, una estafa o un atropello bárbaro. En cambio, mujer que tiene un hombre trabaja tranquila, sosegada, nadie se mete con ella y todos la respetan. Y ya que ella, por un motivo o por otro, eligió su vida, es lógico que por su dinero pueda darse la felicidad que necesita.

«Claro, para usted todo esto es nuevo, pero ya se va ir haciendo. Y si no, dígame: ¿cómo se explica que haya 'fioca' que tenga hasta siete mujeres? El taño Repollo llegó en sus buenos tiempos a tener once mujeres. El gallego Julio, ocho. No hay francés casi que no tenga tres mujeres. Y ellas se conocen, y no sólo se conocen, sino que saben vivir juntas y rivalizan en quien le da más, porque es un orgullo ser la preferida de un hombre que los sosiega a los pesquisas más prepotentes de una sola mirada. Y pobrecitas, son tan locas, que uno no sabe si compadecerlas o romperles la cabeza de un palo».

Erdosain se sentía anonadado por el desprecio formidable que ese hombre revelaba hacia las mujeres. Y recordaba que en otra oportunidad el Astrólogo le había dicho: «El Rufián Melancólico es un tipo que al ver una mujer lo primero que piensa es esto: Esta en la calle rendiría cinco, diez o veinte pesos. Nada más».

Y ahora sintió Erdosain que el hombre le repugnaba. Para cambiar de conversación, dijo:

–Dígame... ¿Usted cree en el éxito de la empresa del Astrólogo?

–No.

–¿Y él sabe que usted no cree?

–Sí.

–¿Y por qué usted lo acompaña?

–Yo lo acompaño relativamente, y de aburrido que estoy. Ya que la vida no tiene ningún sentido, es igual seguir cualquier corriente.

–¿Para usted la vida no tiene sentido?

–Absolutamente ninguno. Nacemos, vivimos, morimos, sin que por eso dejen las estrellas de moverse y las hormigas de trabajar.

–¿Y se aburre mucho usted?

–Regular. He organizado mi vida como la de un industrial. Todos los días me acuesto a las doce y me levanto a las nueve de la mañana. Hago una hora de ejercicio, me baño, leo los diarios, almuerzo, duermo una siesta, a las seis tomo el vermouth y voy a lo del peluquero, a las ocho ceno, después salgo al café, y dentro de dos años, cuando tenga doscientos mil pesos, me retiraré del oficio para vivir definitivamente de mis rentas.

Y en realidad, ¿cuál va a ser su intervención en la sociedad del Astrólogo? Si el Astrólogo consigue dinero, guiarlo en la junta de mujeres y en la instalación del prostíbulo.

–Pero usted, en su interior, ¿qué piensa del Astrólogo?

–Que es un maniático que puede tener o no éxito.

–Pero sus ideas...

–Algunas son embrolladas, otras claras, y, francamente yo no sé hasta dónde quiere apuntar ese hombre. Unas veces usted cree estar oyendo a un reaccionario, otras a un rojo, y, a decir la verdad, me parece que ni él mismo sabe lo que quiere.

–¿Y si tuviera éxito?...

–Entonces ni Dios sabe lo que puede ocurrir. ¡Ah!, a propósito, ¿usted le habló de cultivos de bacilos del cólera asiático?

–Sí...sería un magnífico medio de combate contra el ejército.

Desparramar un cultivo en cada cuartel. ¿Se da cuenta? Simultáneamente, treinta o cuarenta hombres pueden destruir el ejército y dejar que las masas proletarias hagan la revolución...

–El Astrólogo lo admira mucho a usted. Siempre me ha hablado de usted como de un individuo que tiene grandes posibilidades de éxito.

Erdosain sonrió halagado.

–Sí, algo estudia uno para destruir esta sociedad. Pero volviendo a lo de antes: lo que yo no concibo es su posición respecto a nosotros...

Haffner se volvió rápidamente, midió de una mirada a Erdosain como extrañado de los términos de éste, y luego, sonriendo burlonamente, agregó:

–Yo no estoy en ninguna posición. Entiéndame bien. A mí no me perjudica ayudar al Astrólogo. Lo demás, sus teorías, las tomo a cuenta de conversación. El es para mí un amigo que piensa instalar un negocio, previsto y tolerado por nuestras leyes. Eso es todo. Ahora, que el dinero que él gane con ese negocio lo invierta en una sociedad secreta o en un convenio de monjas, personalmente no me interesa.

Ya ve usted entonces que mi actuación en la famosa sociedad no puede ser más inocente.

–¿Y a usted le resulta lógico pensar que una sociedad revolucionaria se base en la explotación del vicio de la mujer?

El Rufián frunció los labios. Luego, mirando de reojo a Erdosain, se explicó:

–Lo que usted dice no tiene sentido. La sociedad actual se basa en la explotación del hombre, de la mujer y del niño. Vaya, si quiere tener conciencia de lo que es la explotación capitalista, a las fundiciones de hierro de Avellaneda, a los frigoríficos y a las fábricas de vidrio, manufacturas de fósforos y de trabajo. –Reía desagradablemente al decir estas cosas–. Nosotros, los hombres del ambiente, tenemos a una, a dos mujeres; ellos, los industriales, a una multitud de seres humanos. ¿Cómo hay que llamarles a esos hombres? ¿Y quién es más desalmado, el dueño de un prostíbulo o la sociedad de accionistas de una empresa? Y sin ir más lejos, ¿no le exigían a usted que fuera honrado con un sueldo de cien pesos y llevando diez mil en la cartera?

–Tiene razón... pero, entonces, usted ¿por qué me facilitó el dinero?

–Eso es harina de otro costal.

–Pero a mí eso me preocupa.

–Bueno, has tal a vista.

Y antes de que Erdosain pudiera contestarle, el Rufián tomó por una diagonal arbolada. Andaba apresuradamente. Erdosain le miró un instante, luego echó a caminar tras él, y le alcanzó junto a una quinta. Haffner se volvió irritado, y ya estridente exclamó:

–¿Se puede saber qué es lo que quiere usted de mí?...–¿Lo que quiero?... Quiero decirle esto: Que no le agradezco absolutamente nada el dinero que me ha dado. ¿Sabe? ¿Quiere el cheque? Aquí lo tiene.

Y, efectivamente, se lo alcanzaba, pero el Rufián lo examinó esta vez despectivamente:

–No sea ridículo, ¿quiere? Vaya y pague.

Los alambrados ondularon ante los ojos de Erdosain. Sufría visiblemente, porque palideció hasta quedar amarillo. Se apoyó en un poste, creía que iba a vomitar. Haffner, detenido ante él, le preguntó condescendiente:

–¿Se le pasa el mareo?

–Sí... un poco...

–Usted está mal... tiene que hacerse ver...

Caminaron unos pasos en silencio. Como el exceso de luz le molestaba a Erdosain, cruzaron la vereda, que estaba en la sombra. Llegaron así hasta la estación del ferrocarril.

Haffner caminaba lentamente por el andén. De pronto se volvió a Erdosain:

–¿Nunca le ha ocurrido a usted tener antojos crueles acerca de las personas?

–Sí, a veces...

–Qué raro... porque ahora estaba recordando la manía que tuve un tiempo de inducir a la prostitución a una muchacha que estaba ciega...

–¿Y todavía vive?...

–Sí, ahora está embarazada. ¿Se da cuenta? Una ciega embarazada. Un día de estos lo voy a llevar. La va a conocer. Un espectáculo interesante, le prevengo. ¿Se da cuenta? Ciega y preñada. Es mala, siempre anda con agujas en las manos... Además es golosa como una cerda. A usted le va a interesar.

–Y usted piensa...

–Sí, en cuanto el Astrólogo instale el prostíbulo la primera que va a entrar va a ser ella. La tendremos escondida: será el plato raro...

–¿Sabe que usted es más raro que ella?

–¿Por?...

–Porque uno no puede explicárselo a usted. Mientras que usted me hablaba de la ciega, yo pensaba en lo que me había contado el Astrólogo. Que usted tuvo relaciones con una mujer honesta, que el azar llevó a esta mujer honesta a su casa y que usted la respetó. Más aún, déjeme hablar: esa mujer lo quería a usted, era virgen, ¿por qué la respetó?

–Eso no tiene importancia. Un poco de dominio de sí mismo, nada más.

–¿Y el caso del collar?

Erdosain sabía, por el Astrólogo, que el Rufián le había pedido una prueba material de cariño a una bailarina; que ésta, ante otras mujeres, se había desprendido de un magnífico collar que le regalara un amante, un viejo importador de tejidos. La escena fue curiosa, porque el viejo se encontraba en las inmediaciones. Haffner recibió el collar y ante el asombro de todos lo sopesó, examinó el quilate de las piedras, y luego se lo devolvió sonriendo burlonamente.

–Lo del collar es sencillo –repuso Haffner–. Yo estaba un poco bebido. Eso no me impedía saber que el gesto que yo hacía me daría un prestigio enorme entre esa canalla del cabaret, sobre todo en las mujeres, que son un poco fantasiosas. Lo curioso del asunto es que media hora después vino el viejo que le había regalado el collar a René a darme humildemente las gracias por no haber querido yo aceptar el regalo. ¿Se da cuenta? Desde otra mesa había seguido tembloroso la escena, y si no intervino fue por temor a suscitar un escándalo. Pero había temblado por el destino de su collar.... Ya ve usted cuánta suciedad... pero allí viene el tren a La Plata. Querido amigo, hasta pronto... ¡Ah!, concurra a la reunión que el miércoles hay en la casa del Astrólogo. Va a encontrar otros más interesantes que yo.

Erdosain cruzó pensativo a la plataforma donde salían los trenes para Buenos Aires.

Indudablemente, Haffner era un monstruo.