Los telones de la noche

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ANTONIO DOMÍNGUEZ
HIDALGO



LOS TELONES

DE LA NOCHE


EDICIONES DEL TEATRINO

Primera Edición 1970



©Copyright
Antonio Domínguez Hidalgo
Insurgentes Norte 1917.
México, D. F. C. P. 07010


Esta edición y sus características son propiedad de EDICIONES del TEATRINO, S.A. DE C. V.
Moctezuma 6. Sta. Isabel Tola, México, D. F.

PEDIDOS AL 51 18 67 89.



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Queda prohibida la reproducción o transmisión total o parcial del texto y de las ilustraciones de la presente obra en cualesquiera formas de impresión; sean electrónicas o mecánicas, presentes o futuras, sin el consentimiento previo y por escrito del autor.

IMPRESO EN MEXICO
PRINTED IN MEXICO


Para ustedes,
soñadores
de
aventuras...

PROLOGUILLO




 El arte está hecho
 con la misma sustancia
 que los sueños...


 William Shakespeare
 


CAPÍTULO I

Cual genio colosal escapado de una lámpara maravillosa, la noche expandía sus espeluznantes manazas sobre la ciudad y en rítmicos y voluptuosos pases mágicos la iba envolviendo entre sus nebulosos abrazos.
Semejaba un sutil y procaz asedio de maleficios que en cámara lenta intentaran opacar la luminosidad de aquella transparente región para dejarla adormecida en las sombras del mutismo, sin que nadie ni nada pudiera liberar de su oscuro encantamiento a la bella urbe despojada de un beso imposible.
Sin embargo, la metrópoli se defendía de la tétrica invasión de negruras, pues insolentes y alocadas luces eléctricas de anuncios mil, con altanería, la escudaban del titánico asaltante lóbrego que pretendía ennegrecerla.
Cientos de altivos reflectores de publicidad cinematográfica garabateaban irreverentes con sus rayos de láser, el brumoso espacio cerúleo que se veía ribeteado de abundantes, enormes y sucios nubarrones.
Como en relampagueos, el enlutado manto de aquel efrit descomunal, dejaba ver lentejuelas intermitentes que de inmediato sucumbían ante el espejo luminoso de la fastuosa capital, ya que ésta masacraba con sus brillos electrónicos y su indiferencia soberbia, a las estrellas fugaces que apenas asomadas, desaparecían.
La luna llena, manchada como de paño enfermizo, a veces irrumpía flotando también con timidez en la inmensidad del fuliginoso celaje y su henchida esfera de plata avejentada, se veía aún más deslucida, velada por el humo citadino que movía un creciente viento, acaso cual película de hombres lobos, zombis, momias y vampiros.
Con lentitud inconmovible, los telones de la noche caían, sin que nadie lo impidiera, aunque todo el escenario urbano se negara a doblegarse y continuara en sus ocultas o escandalosas actuaciones de vacuidades danzantes.
Por calles, calzadas, avenidas y viaductos el alumbrado refulgía y su incendio multicolor parecía triunfar sobre cualquier intento de lobreguez convirtiéndose en sofisticado día para las multitudes noctívagas. Los automóviles y camiones circulaban a pleno poder energúmeno y sus faros convertían en bacanal de fantasmales configuraciones a las señales de tránsito fosforescentes que se iluminaban engañosas y luego se mostraban tal cual eran. Mas a pesar de todos los artilugios, y aunque vestida circense de gasneones guerrilleros en movimientos repetitivos, la oscuridad terminó por envolver tajante e imperturbable a la ciudad rebelde.
Pasada la media noche, las luces que irradiaban las ventanas de casas y edificios se fueron desvaneciendo y todo fue vencido por la cerrazón y el silencio. Ya no se oyó el ruido de los autos ni murmullo de voces humanas; todo fue deshecho por una calma tenebrosa, como si algo diabólico paseara sigiloso de un lado a otro buscando una víctima para llevársela consigo.
Yo, entretenido en mi pequeña recámara, aún de niño, me encontraba leyendo un libro de cuentos de terror; la voz de Edgar Allan Poe parecía narrármelos con una ronquera aguardentosa y resentida. Recién había visto en el cine El crimen de la calle Morgue y eso me había movido a leer a tan famoso autor. Ni cuenta me había dado de la hora que era. No obstante, el tiempo iba pasando y el sueño poco a poco principiaba a cerrarme los párpados.
Cuando quedé vencido, justamente al marcar el reloj, según creo haberlo visto entre mi somnolencia, las dos de la madrugada, me dormí saboreando aún la exótica cena que había preparado esa noche mi madre para celebrar sus bodas de plata con mi padre. Los invitados elogiaron a total descaro, el exquisito venado a las brasas que ella había cocinado personalmente y hubo muchos que pidieron más. Hasta yo, al principio medio remilgoso en aceptarlo, pues era la primera vez que iba a probar tal platillo, creo haber exagerado su ingestión. Al término de la fiesta, los convidados habían salido satisfechos y un poco alegremente atarantados por las cervezas con que habían acompañado el sabroso manjar. En esos recuerdos estaba adormilándome cuando mis párpados se fueron cerrando como lentos cortinones y…

CAPÍTULO II

Cuando abrí los ojos, quedé aturdido al darme cuenta que había amanecido; consideré que era muy pronto, y algo escandalizado, boquiabierto, descubríme tirado entre las arenas de un increíble y desconocido desierto; no acertaba a explicármelo; pero algo me decía que un infortunio se aproximaba.
Me levanté y comencé a caminar. Aquel yermo ardía; yo iba tambaleándome; la sed me torturaba y el calor se hacía tan intenso que por mis sienes y mi frente escurría un frío sudor. Trémulo me di cuenta entonces que mis pies, sangrantes y callosos, estaban tan destrozados que no podía dar un paso más; las piernas me flaqueaban y creía desvanecerme. Un hambre infinita principiaba a invadirme. No encontraba explicación alguna ante aquella desventura.
Comenzando a presentir extraños peligros, caminé lentamente, pero no sentía moverme, como si tuviera miedo de pisar devoradoras arenas movedizas…
Y sin embargo, allí iba, sin saber a dónde ni en dónde, en extraña parálisis móvil. De improviso me invadió un espasmo tal, que las fuerzas me abandonaron y volví a caer en el candente páramo que interminable se iba extendiendo a mis pies. No supe cuánto tiempo pasé así, mas en cuanto hube recuperado algo el conocimiento, vi a lo lejos, entre sorprendido suspiro, un hermoso oasis de espigadas palmeras que rodeaban a un pozuelo de aguas muy transparentes, o por lo menos así lo aparentaban; era cual el jagüey del pueblo de mi abuela, ese que en Entre la bruma dejé relatado: un pequeñísimo lago de aguas estancadas; entonces me estremecí gozoso como si algo hubiese resplandecido en mi ser y mi cuerpo se repuso; lleno de inmensa y súbita felicidad quise proseguir, pero no pude; las piernas no me ayudaban. El paisaje, era el movible, como si caminara.
Caí de nuevo en la arena y haciendo un tremendo esfuerzo, principié a arrastrarme desesperado, aunque sin desplazarme, como en una pasarela eléctrica que circulara al revés; por más que me deslizaba, nada recorría. Fulminado de cansancio me sentí llegar medio raspado por las pedrezuelas del camino a una de las orillas del laguito. Había avanzado sin menearme. El lago era el que se había aproximado a mí. Todo era tan extraño que me imaginé en una película de terror. (Esto no puede estar pasando.) Pensé.
Cuando estuve allí y me vi reflejado en su espejo líquido, experimenté una gran tranquilidad. Lo insólito era que ese ser reflejado no era yo, sino otro pálido y cadavérico que sin ser yo presentía que era yo. Me asusté y retrocedí mi cara.
Haciendo a un lado mi desconcierto, sacié mi sed con esa agua turbia que me produjo repulsión al ver que dentro de ella pululaban animalillos asquerosos, pero como no había más líquido que ese…
Lo que nada pude hacer fue con el apetito descomunal que me atormentaba; ni una hierba había comestible. Ni modo, me dije; luego, como si hubiera tomado un brebaje prodigioso que me reconfortara, recargándome bajo la sombra de una de las palmeras, me quedé tratando de saber en dónde me localizaba y orientarme. Casi al mismo instante me acometió un sueño tan soporífero que me hundió en un abismo incontrolable.
Cuando no bien habían pasado escasos minutos, un terrible dolor intestinal se extendió por mi abdomen y me hizo despertar, sin despertar. Vi entonces que mi cuerpo estaba allí tendido, como muerto. Yo me hallaba despabilado, pero sabía que dormía. Mi hambre se había acrecentado y su terrible sensación, a cada instante que pasaba, se volvía más intensa. Yo, nada encontraba para comer; sólo veía las altivas y serenas palmeras, el límpido cielo azuloso, el ardiente sol implacable, el agua encharcada que parecía cristalina y las infinitas arenas. Me sentía como un Robinson inválido. Y yo trataba como él, de encontrar soluciones.
Apoyado en una de aquellas palmeras que había en ese sitio, hice el intento por levantarme y haciendo un sudoroso esfuerzo, poco a poco pude mover las piernas. Di un paso; di otro; otro más. Al fin me obedecían; gustoso me percaté de cómo podía caminar otra vez y el escenario atosigante se fue quedando atrás.
Con decidido arranque, trepé como pude por una de aquellas palmeras con el fin de ver más allá del oasis y ya estando arriba, descubrí en la distancia, unas altísimas montañas que, según su forma, parecían estar forradas de bosques deslumbrantes en su verdor. Con claridad tuve la alucinación de ser embaucado por ellos; escuchaba sus murmullos, como invitándome a ir, a pesar de la lejana distancia: Ven, ven, ven...
Atraído por su colorido imán, me dirigí hipnotizado hacía aquellas montañas promisorias de una providencial salvación, aunque padeciendo una debilidad extraordinaria y un temor indescriptible. Yo advertía expandirse mis ojos de sus párpados en angustioso sobresalto, como si un resorte invisible me los estirara. Se iban agrandando tanto como de hule. De seguir así, se me arrancarían. Y yo proseguía la obligada caminata…
Una vez que pude llegar hasta ellas, aquel efecto desapareció. Respiré a gusto, como quien se salva y decidí a escalarlas, si bien con gran dificultad y dolor; arrastrándome, afianzándome tembloroso de rocas salientes y punzantes y adentrándome poco a poco entre sus árboles y arbustos fui ascendiendo.
Apenas había logrado subir por una empinada cuesta cuando fatigado de nuevo por un cansancio inexplicable, me senté en una roca para reponer un poco las fuerzas perdidas. Ojeando a mi rededor, me fijé en un arbusto que se encontraba a la orilla del barranco, de un verde tan brillante como de falso plástico. Lucía unos frutos que se ofrecían a mi vista y se sospechaban exquisitos. Su coloración anaranjada les daba la apariencia de exquisitos duraznos. El impulso de comerme algunos, pues el hambre arreciaba más y casi era insoportable, me hizo aguzar mis sentidos; pero ¿cómo haría para alcanzarlos?, me preguntaba. El lugar se veía tan peligroso que mi corazón se agitaba como si fuera a explotar; un profundo y sombrío abismo había aparecido de improviso, sin saber porqué, ante mi vista exploradora. No lo había advertido hasta entonces y yo me encontraba a la orilla de él. Un paso en falso y podría caer hasta el fondo, mas como las ansias de comer aumentaban; era urgente para mí, tomar uno de aquellos frutos tentadores, aunque pareciera imposible.
Decidí entonces exponerme al todo por el todo y escalar hasta el arbusto para tomar los duraznos. Poco a poco y con un esfuerzo que ni yo me podía creer, me acerqué hasta el lugar donde estaba el matorral y sin ningún contratiempo, cuando me hallaba a punto de cortar uno de aquellos frutos, la piedra en la cual estaba parado, se aflojó y cayó; fulminantemente resbalé. Casi despeñándome y desesperado por el pánico, pude alcanzar el arbusto por milagro y de él me sostuve. Sin embargo, con el tirón dado, el arbusto se entreabrió y principió a desprenderse. En un brío, para mí sobrehumano, saqué todas las fuerzas que aún tenía y pude alcanzar una roca saliente que allí se asomaba. En ese fragoso momento supe que estando colgado de ella, con un poco más de forcejeo, podría trepar y salvarme. Si estuviera aquí mi padre o mis hermanos… pensé al borde de la angustia. Me sentí abandonado…
De modo intempestivo el arbusto se arrancó y en un arrojo desesperado alcancé con una mano la roca; el sudor escurría por mi cuerpo, mi camisa estaba tan desgarrada como mi pantalón. Con otro impulso más, que no supe de dónde lo saqué, logré trepar hasta la roca salvadora y pude encontrarme sano y seguro, recargado como lagartija asustada sobre la enorme piedra con mi aliento agitadísimo.
Así estuve allí un rato. Luego de un poco de descanso, continué voluntarioso trepando por aquella cuesta. El hambre era cada vez más intensa. No acertaba a explicarme lo que me acontecía. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué…?
Al fin conseguí llegar hasta la cumbre de aquella montaña y vi con gran asombro desde ahí, un inmenso valle cubierto de árboles de espléndida lozanía y un río de aguas efectivamente azulísimas y transparentes que entreverándose en ellos, iba a desembocar a un extensísimo mar sin fin. Entonces divisé también en aquellos campos que se contemplaban tan fértiles, muchos animales comestibles. Pensé: podrán servirme de alimento. Había pavos reales, codornices, chachalacas, patos, cisnes y tantas aves que ya imaginaba un buen trozo asado a las brasas de alguna de ellas.
Bajé con presura y me quedé sorprendido al ver tanta belleza. De improviso escuché el ruido de un venadillo que pastaba por ahí; lo miré e imaginé que podría cazarlo con facilidad. Cogí una piedra de las que allí abundaban y se la aventé con las últimas fuerzas que poseía. Tuve suerte y le di en la cabeza; el animal, dando tumbos, cayó como muerto. Corrí hasta él y lo rematé con otra piedra filosa; entonces brotó sangre y comprendí que estaba listo para saciar mi apetito. Me excitaba una voluptuosa fogosidad.
Con otras piedras igual de cortantes encontradas por ahí, arranqué un pedazo de su carne; busqué dos trozos de madera y como había aprendido en mis excursiones con los exploradores, los tallé hasta hacer brotar fuego; enseguida asé el cacho cortado y lo comí con gran deleite.
Sintiéndome satisfecho y algo recuperadas mis energías, me enfilé hacia el río y tomé un poco de agua. Era tan refrescante que mi ánimo se fortaleció. Regresé entonces al lugar donde había comido y me senté a intentar descansar con placidez. Para haber sido un guisado tan rústico, pensé satisfecho, me había quedado delicioso.

CAPÍTULO III

Aún disfrutaba aquel buen sabor de labios, cuando sin sospecharlo siquiera, aquel sitio principió a oscurecerse. Sólo una abultada luna roja quedó iluminando el gran bosque que con tal coloración de los rayos lunares lo hacía ver amoratado. En ese instante me fijé cómo, fantasmagóricos, los árboles se desprendían de la tierra y sus raíces se convertían en horribles patas, sus enormes ramas se volvían gigantescas y amenazantes manos muy rasposas y las tupidas hojas de sus copas se hacían descomunales y deformes cabezas. Todos se enfilaron hacia mí y se dirigieron amenazantes. Yo, asustado, me dispuse a huir, pero cuando aterrado iba haciéndome para atrás, sentí en mi espalda las filosas ramas de otros árboles fantasmales y largas enredaderas iban aprisionando mis piernas y ascendían sobre mi cuerpo, sujetándolo. No pude dar paso alguno; estaba prisionero.
En esos instantes los inconcebibles vegetales dieron inicio a un extraño ritual: primero dieron vueltas a mi rededor y utilizando sus ramas como flagelos, me golpearon hasta sangrarme; después danzaron dando tan fuertes alaridos que me ensordecían y me enloquecían. Yo me tapaba los oídos para no oírlos, mas todo era inútil, sus voces fúricas me torturaban gritando así:
—¡Pobre venado,
lo asesinaste!
¡Tú lo mataste¡
¡Serás castigado!—
¡Pobre venado,
lo asesinaste!
¡Tú lo mataste¡
¡Serás castigado!—
y reían con espeluznantes algazaras. Así siguieron girando con tremendo estrépito a mi derredor durante un período interminable para mí; ya creía enloquecer, cuando la luna se ocultó entre las nubes y los árboles, como apurados, regresaron a su lugar. Quedaron inmersos en una quietud imperturbable y ni el más pequeño soplo de viento los movía. Las enredaderas huyeron como aparecieron y me dejaron libre…
Un zumbido principió a despuntar el silencio y su ruido en creciente fue escuchándose cada vez más cercano. En la oscuridad, a lo lejos, se vislumbró una plétora de luces que venían hacia a mí. No supe en esos instantes, si huir o esperar; las piernas volvieron a temblarme con gran agitación y mi corazón latió más rápidamente que nunca.
Cuando aquella gran cantidad de pequeñas luminarias se hizo presente, me di cuenta que eran miles de luciérnagas. Pasaban de un lado a otro rozándome con sus alas que como puñales herían mi piel. Mis brazos y mis piernas sangraban con tantas heridas que ante aquella alada invasión, me abatí. El suelo se sentía como viscoso; como baba de arácnidos que iba trepando por mi cuerpo y me aprisionaba en un capullo traslúcido.
La luna, que ahora se veía guinda, volvió a salir y en ese preciso lapso, todas las luciérnagas fueron hacia las flores y se posaron en ellas. Las flores comenzaron a cerrar sus pétalos y como las luciérnagas brillaban mucho, las flores parecían millones de lamparitas de variadísimos colores. Yo prisionero de mi capullo, no obstante el pavor que sentía, no dejé de estremecerme ante tanta macabra belleza.
Fascinadamente aterrorizado miré el arribo de muchos cuervos que al llegar, volaban a mi rededor y descargaban sus picos furiosos en mi contra; intentaban penetrar furibundos el capullo que me apresaba y que por fortuna, me protegía. Con graznidos estridentes repetían amenazadores cada vez más fuerte:
—¡Has matado al venadito,
maldito!
¡Has matado al venadito,
maldito!
¡Has matado al venadito,
maldito!
¡Has matado al venadito,
maldito! —
Cuando la luna se ocultó nuevamente entre las nubes, se vio bajar del oscurecido cielo una inmensa cantidad de ojos muy rojos. Sus aleteos iban acompañados de espantosos chirridos y al estar cercanos a mí, descubrí que eran espeluznantes murciélagos. Sus horribles caras de ratas voladoras me aterraban y más cuando con sus voces roncas proferían:
— Pronto vendrás con nosotros,
a nuestro país
y serás como los otros:
una lombriz.—
Ya no podía más, mis fuerzas se habían agotado; no lograría resistir otro tormento. Aquellos gritos estentóreos parecían a cada segundo ir aumentando y yo me lamentaba por haber cruzado esas ciclópeas montañas que ocultaban este mundo tramposamente bello. Hubiera hecho mejor una larga caminata rodeándolas y nada de esto me hubiera acontecido. Pensaba desesperado en mi prisión capullar.

CAPÍTULO IV

Así me lamentaba, cuando en ese intervalo, todos los ruidos que se oían por el bosque desaparecieron, como cuando se apaga una vela que de pronto cae empujada por el viento. Dirigí mi vista hacia el cielo y quedé sorprendido al ver que los negros nubarrones antes presentes, se iban apartando y dejaban lucir a miles de estrellas brillantes en el infinito. En medio de todas estaba la luna, como sonriendo; ahora tan blanca y tan redondamente normal.
Contemplaba aquel extraordinario paisaje cuando advertí que un tumulto de estrellas venía cayendo hacia mí como si fueran miles y miles de brillantes piedrecillas que irascibles, me tundían. Era el final, pensé. Moriré aplastado por ellas. Pero no, cuando llegaron y se posaron en mi entorno, me deleité, a pesar de mi turbación, al verlas tan hermosas y rutilantes. Con voces de un coro de sopranos cantaban:
—¡La emperatriz ya viene
y a ti te castigará!
¡De este delito tan cruel
nadie te perdonará!
¡La emperatriz ya viene
y a ti te castigará!
¡De este delito tan cruel
nadie te perdonará! —
Así estuvieron coreando un buen rato hasta que apresuradas regresaron vertiginosas al espacio y las sombras volvieron a reinar. Todo pareció volver a la calma… mas un silencio tan profundo e inesperado no podía durar. ¿Qué anunciaría tan pesado mutismo? Mis labios temblaban, mis ojos explotaban de pánico y mi cuerpo total se sacudía. De pronto el capullo se abrió y yo caí desmayado.
En esos minutos el suelo se estremeció. De inmediato recuperé el sentido y se inició un terremoto tan fuerte que la tierra se agrietó y yo padecí el pavor de ir corroyéndome en ella. En la distancia apareció entonces una multitud de elefantes negros que se enfilaba hacia mí con sus inmensas trompas levantadas a todo lo alto y me percaté de sus blancos, filosos y largos colmillos que como monumentales y puntiagudas espadas se aprestaban a despedazarme.
Llegaron hasta mí y se me abalanzaron. Sus enormes patas amenazaban con aplastarme; me rodeaban y con sus trompas que se manifestaban como descomunales víboras, me golpearon. Allí fue cuando un elefante de todos aquellos, el más voluminoso, se enderezó hacía a mí; alzó su colosal pierna, que ya la veía sobrevenir y aniquilarme…
Un agudísimo chillido hizo zarandear como un relámpago a los paquidermos. Hasta ahí hubiera quedado en mi desventura si no hubiera sido por ese acaso. Los elefantes nerviosos voltearon a ver de dónde procedía aquello y al mirar un ejército de ratas negras, tan negras como un hoyo sin fin, se asustaron y huyeron despavoridos.
Miles de prietos y hoscos roedores llegaban y aunque me habían salvado la vida, sentía un espantoso asco al mirarlas. Sus hocicos dejaban ver unos agudos dientecillos escurriendo baba. Semejaban pequeñas y deformes panteras hambrientas que iban a devorarme.
Montones de esos asquerosos animalejos treparon sobre mi cuerpo tendido e inerme y por más que yo los espantaba, dentro de mi inmovilidad, no lograba ahuyentarlos. Era yo su presa fácil, pero algo los contenía y no lograban carcomer ni los pedazos de ropa que aún me servían de protección. Entonces bajaron por mis trémulas piernas y entonaron diversas cancioncillas que me sonaban amenazadoras:
— Te vamos devorar,
sí, sí;
tendremos un gran manjar,
sí, sí.
— Por más que quieras correr,
sí, sí,
hoy te vamos a comer…
sí, sí.
Hundido en vértigos estremecedores reparé que todas las espantosas ratas negras se escabullían cual si un enemigo llegara; y así era, pues por una vereda que había surgido de la nada, venían cinco ratitas, al parecer graciosas, muy inocentes, aterciopeladamente blancas y muy garbosas.
Pensé: —¿Y ahora que se me espera con esto? Cada vez el tormento crece y no voy a resistir más. Que sea lo que sea, pero ya...
Yo creía que, detrás de aquella aparente inocencia, me aguardaba algo peor, pero no, reparé que viraban hacia unas rosas y ahí pronunciaron unas palabras que sonaban a viejos encantos y tras una centella que me deslumbró, quedaron convertidas en bellas y pelirrojas damas medievales. Durante ese resplandor, las flores que no tenían en su interior luciérnagas, se desprendieron de la tierra y comenzaron a bailar; sus capullos semejaban hermosas faldas multicolores que al dar vueltas despedían un agradabilísimo y exquisito aroma. Bailaban y bailaban alegremente haciendo giros como en aquel rítmico vals final del Cascanueces.
Después de este consuelo de beldad, fue brotando de la tierra una gran variedad de amenazantes felinos: leones, tigres, leopardos, tigres de bengala y panteras. (Otra vez el terror.) Pensé. Rugían de manera tan pavorosa que me dejaban paralizado. En la terrorífica oscuridad sólo brillaban sus filosos dientes y colmillos.
Entonces todos gritaron:
—¡Pronto pagarás!
¡Nuestro bocadillo serás!
¡Pronto pagarás!
¡Nuestro bocadillo serás! —
Enseguida se desplazaron a los lados de mi cuerpo estremecido y desamparado para atacarlo; presentía ya lo peor, pero sin sospecharlo siquiera, se convirtieron en amenazantes estatuas vivientes. Se les veía palpitantes y sus ojos me miraban desprendiendo chispas energúmenas.
Jadeante esperaba una cruel secuela, cuando brotaron de entre los árboles muchos gansos grises que irritados se acercaron a mí, graznando e intentando mordisquearme; luego emergieron de las nubes, muchas águilas blancas que se dirigieron a picotearme, como si atacaran a un gusano; más tarde arribaron tantos gavilanes y halcones cafés que el cielo oscureció mucho más la penumbra en la que se encontraba y entre todos me gritaron:
—¡En unos momentos
la emperatriz llegará,
y en medio de mil tormentos
te castigará!
Todos quedaron en agresivo estatuario. Yo no sabía qué hacer; hubiese querido que un agujero profundo se abriera a mis pies, y me llevara al fin, salvándome de volverme loco. Cada vez era más infame el miedo que me surgía, un miedo que nunca había sentido. Llevaba aterrado mis manos hacia mi boca cansada de gritar; mi corazón latía mucho más fuerte que nunca; las piernas se me doblaban y mi respiración agitadísima parecía ahogarme.

CAPÍTULO V

Como un prodigio, todos los que me habían torturado: árboles, ratas, murciélagos, felinos, aves, estrellas, principiaron a cantar unos, a reírse otros, a murmurar los que más, a rugir en un terrible clamor de voces macabras que unas a otras se confundían: chirridos, berridos, alaridos, bramidos, rugidos. Era un horrísono carnaval de bestias.
Muchas horas, al parecer, transcurrieron con ese escándalo ensordecedor que me atormentaba. La oscuridad proseguía reinando y cada vez más se intensificaba la negrura del ambiente; sólo lograban ver los ojos malintencionados de los animales torturadores y escuchar su remolino de escándalo cruel.
En la lontananza me di cuenta que emergía una fastuosa luz rodeada de fulgurantes resplandores dirigiéndose hacia mí.
La luna, como asomándose fisgona y burlesca, apareció entre los negros nubarrones que habían resurgido; alumbró de platino todo el bosque y en los árboles se vieron las aves agresivas; en los suelos los animales salvajes y todo, bajo la luz lunar, se vio como público espectral aguardando un gran espectáculo de inquisición.
Quedé extrañado. En la lejanía distinguí, cada segundo con más claridad, el destellar de aquella luminosidad que se aproximaba. Iba tomando la forma de un cometa larguísimo, tan brillante que se veía fosforecer el dilatado espacio por donde surcaba. Se desprendía de él una intensa luz magenta. El bosque, hundido ahora en una penetrante afonía, parecía regodearse luciendo las siluetas intimidantes de aquellos seres que me habían martirizado.
La majestuosa luz se iba acercando lentamente y yo embobado la miraba. A cada rato se encontraba más próxima, tan próxima que principié a ver claramente lo que era.
En la distancia lo había confundido con un esplendoroso cometa, pero al verlo tan cercano vislumbré algo hermosísimo: Mariposas de alas color magenta iban formando una gran alfombra brillantísima, que daban paso a un fastuoso carruaje de platino, adornado con enormes diamantes y pequeños rubíes, conducido por seis blancos Pegasos; cada uno cubierto en el lomo por un pequeño manto de terciopelo guinda resplandeciente, con pequeños hilos de plata en sus orillas y sujetado al carruaje por correas tapizadas de deslumbrantes piedrecillas de color verde amarillento. En sus altivas cabezas llevaban una gran pluma de color anaranjado, semejante a un rayo solar que emanara de sus crines.
Cuando el portentoso y mirífico carruaje descendió y se detuvo, el bosque se vio resplandecido por una primorosa multitud de unicornios de colores intermitentes que parecían marcar los tiempos para iniciar un himno sacro que aquellos seres expectantes se disponían a cantar:
—La luna ha vuelto brillar
y el bosque se ha iluminado;
la emperatriz ha llegado ya.
¡Castigo para el malvado!
Con gran asombro miré cómo se descorría el techo del carruaje y multitud de mariposas circundadas por intensos resplandores nacarados brotaban de él; emergieron después, como flotando, doce apacibles mujeres pelirrojas, sonriendo serenas y vestidas de finos tules casi cristalinos. Haciendo una solemne caravana, todos los seres presentes continuaron cantando ante la fastuosa y armónica aparición de quien decían era la emperatriz:
—¡Las estrellas y los seres
vinimos a contemplar
a la Emperatriz de las Magas
que al cruel ha de castigar.
Miles de vocecitas de un timbre lúcido y encantador entonaban suavemente este canto como si estuvieran arrullando a un pequeñito para que durmiera. Yo, tirado en el suelo sin comprenderlo, contenía con asombro aterrado, la respiración.

CAPÍTULO VI

Cuando todo había vuelto a quedar en silencio, al terminar la melodiosa cancioncilla, los pajarillos cantores se dirigieron hasta el resplandeciente carruaje y con sus picos colocaron una alfombra para que una bellísima mujer de cabellera negrísima tocase piso.
Era una joven de piel sonrosada; vestida como de art nouveau. Semejaba a esas imágenes de calendario: hadas arropadas con sedas volátiles y rodeadas de duendecillos de botines puntiagudos y gorrillos de cucurucho. De sus espaldas brotaban unas alas de libélula. Sus ojos, de un azul intenso, relumbraban; su lisa y tersa cabellera parecía de obsidiana; su pálida piel despedía un color fosforescente que la hacía parecer como si flotara. Pendían de sus orejas, un poco puntiagudas, pero agradables, unas arracadas adornadas con enormes esmeraldas y de su cuello, un impresionante collar de diamantes que refulgía de brillos electrónicos.
Un gran vestido de seda flexible y azulada, combinado con unas pequeñas sandalias de zafiros, hacía de aquella aparición una visión extraída de los cuentos nórdicos maravillosos que había escuchado cuando niño. Sólo carecía del rubio y blondo cabello. Pero el tono negrísimo de su pelo, realzaba el color de sus ojos y lo opalino de su piel. En su cabeza traía además, una diadema de brillantes nacarados que despedían doce rayos que iluminaban, como reflectores, a cada una de las doce jóvenes pelirrojas acompañantes y que las envolvían dando la apariencia de estar en nichos resplandecientes.
Al descender, la Emperatriz de las Magas me miró con seriedad fulminante y dirigiéndome la palabra, me dijo con nítida y apacible firme voz:
—¿Sabes en qué lugar te encuentras?
—No, no lo sé, ¿en dónde estoy? — Pregunté intrigado arrodillándome.
—Te encuentras en el Bosque de los Moradores Bendecidos por la Eternidad; aquí viven en la paz todos los seres salvados por la Gran Arca de Utnapishtin, el iluminado asirio-caldeo; convertidos en las almas simples y virtuosas de vegetales y animales. Aquí mora todo lo que el creador ha hecho durante milenios de formaciones y transformaciones. Aquí se encuentran quienes han sido buenos, considerados y bondadosos en el mundo. Se encuentran convertidos en su doble animal que los protegía y los acompañaba en sus nobles acciones. Este es el sitio de la recompensa para los hombres águila; las mujeres paloma; los hombres leones; las mujeres pantera y así, cada quien con su animal simbólico vital que astringe las energías negativas y los purifica. Los seres que has visto, vegetales y animales, son aquellos que habitaron el mundo terrenal en que tú vives y cumplieron virtuosamente con su dualidad.
Aquí, donde todo ésta cerca de Dios y se siente la presencia de Él, residen como premio. Así que ya lo sabes. Estás en un bosque sacro, en el jardín de lo divino, paraíso de las ánimas bendecidas. El ombligo de las epifanías. Aquí todo es irradiación divina para el universo. Los que ruegan, agradecen, hacen el bien y cantan, se encuentran más cerca de Él y es más fácil que los escuche. Los demás se van perdiendo en la nada, sin esperanza de la vida eterna que es la perene transmigración de energías en formas cada vez más evolucionadas. Por eso ve midiendo el tamaño de tu delito.
En los jardines de Dios, aquel por el cual todos vivimos, no se permite la entrada a ningún intruso que haya matado por placer, aunque haya sido por saciar el hambre. Hierbas y frutos son donación perpetua para los famélicos. Nadie muere de hambre, sólo los irredentos. Quienes han asesinado, se han degradado y han involucionado a ser larvas e insectos. Los dictadores que ha habido en tu mundo ni a eso han llegado. Han muerto para siempre y sus energías negativas se han perdido en los espacios de la nada: el Reino de los Espíritus Retorcidos. Hoy, tú has ultimado al gran venadito de la paz. En el mundo banal, él luchó para que no hubiera violencia, hasta que alguien cruel como tú, lo asesinó. Hoy has repetido tal traición y por eso serás condenado al reino de los retorcidos, como aquellos criminales que se han dejado dominar por su hiena, la dualidad cruel.
Mientras así hablaba con dulce entonación, se dirigía rítmicamente a mí llevando un extraño y brillante prisma en una de sus manos. Era como una refulgente batuta que al ser movida hacía que todos los habitantes del bosque entonaran un cántico de murmullos celestiales.

CAPÍTULO VII

—¡Oh! ¿Qué… qué dice? ¿En el Bosque de los Moradores Bendecidos por la Eternidad? ¿El paraíso? No, no, no puede ser —dije tartamudeante y admirado— Yo no sabía en dónde me encontraba y no supe lo que hice. Tenía hambre… Perdóneme. Tengo esta disculpa. Todo lo que me ha dicho lo ignoraba por completo. ¿Qué me irá a suceder después? ¿Quizá pueda librarme del castigo que se me imponga? O —dije aterrado— ¿quizá encuentre la muerte eterna?
—No importa que lo hayas hecho inocentemente; has matado la vigésima vida del dulce venadito y esto te costará un severo castigo. ¿Sabes acaso cuánta bondad tuvo que sacrificar para llegar a ese elevado estado espiritual donde se ubicaba? Lo has hecho regresar nuevamente a la tierra de las maldades en la que has nacido. Allá predomina la animalidad negativa. Triunfa el instinto sanguinario de los depredadores retrógradas y muertos de hambre espiritual, resentidos de sus impotencias, que los hace ambicionar, odiar a sus semejantes, envidiar, calumniar, estafar, robar, explotar, humillar, abusar, ser crueles, egoístas, díscolos y asesinarlos en su existencia fugaz que se les ha prestado para ver si se superan por obra y gracia de la voluntad creadora.
Pero nunca escarmientan; por eso siempre están odiándose unos a otros en perpetua guerra inútil, víctimas de sus equivocaciones, de su falta de conciencia, de su escasa decisión por ascender a la espiritualidad del bien, de la verdad y de la belleza.
En realidad, para el descargo de tu malvada acción, no lo mataste; sólo lo impulsaste a un cambio de dimensión. Por fortuna, la vigésimo primera vida le dará el impulso para perfeccionarse. Sin embargo, como abusaste de tus fuerzas con un ser desprotegido, te haré tan pequeño como una mosca. Sufrirás muchas penalidades y cuando hayas recobrado tu forma humana irás al Reino de los Espíritus Retorcidos, aquellos que en cada vida parecen volverse peores; no se controlan y van en retroceso.
Si logras superar todas las pruebas que te asaltarán en las dimensiones de lo macabro, tendrás la oportunidad de cumplir una segunda vida de perfección; si no, quedarás hundido en la maldad eterna de la regresión. Tu reto es, con fuerza de voluntad, superar todos los obstáculos y demostrar que eres fuerte y nada te arredra. Te darás cuenta que has llegado a este estadio de tu ser cuando aparezca el mar dorado. Se te permitirá entonces, entrar en ese reino, donde aún te esperan tremendos obstáculos y peligros, si los vences, las aguas benditas te abrirán los ojos a tu nueva vida y decidirás si avanzas o retrocedes. Si avanzas seguirás viviendo la existencia eterna de la creación; si retrocedes, te irás desintegrando cada vez más en la destrucción de tu materia, hasta que nada quede de ti, pues te perderás en un infinito hoyo negro, sin más esperanza de vivir.
Recuerda, te enfrentarás con los seres más horribles que hayan existido; cuando llegues al mar dorado, visitarás el palacio de Poseidón, el emperador de las aguas fecundantes; y te harán prisionero, te enfrentarán con el terrible monstruo del mar y ahí, si lo logras matar, quedarás libre de este castigo que te infrinjo. Si no, serás devorado por él.
Sin embargo, te concedo un privilegio por la muerte accidental del venadito de la paz. Domina siempre tu miedo y di “fuerte soy”; si olvidas esto, sucumbirás con facilidad y las sombras de la energía negativa te dispersarán por los abismos de la destrucción; de lo contrario tu fuerza de voluntad te dará ideas o te mostrará senderos para ir venciendo todo obstáculo y como Anteo, el gigante griego, hijo de la tierra, cada vez te fortificarás más. Lo que no te mate, te fortalecerá. Sólo piensa en las posibles combinaciones con las cuales aciertes a vencer. Ten siempre clara tu conciencia, porque en el camino que ahora padecerás, la duda y los remolinos de ilusiones pueden hacerte caer. Como ves, todo depende de ti para tu salvación. Y hay que ser fuerte.
En ese momento la Emperatriz de las Magas me tocó con la refulgente batuta prismática que lucía aún más radiante y armoniosa, porque en su punta había aparecido una hermosísima estrella que decía palabras incomprensibles y que sin duda eran mágicas:
—Zhaián mai re casté
se per oon aináu,
ojyo muai pescé.
Al momento todos los vegetales y animales comenzaron a reír; mi cuerpo parecía irse encogiendo, mis ojos se cerraron de golpe y cuando pude abrirlos de nuevo, vi a mi rededor árboles colosales de una espesura increíble.
—Ve a cumplir la ruta de tu salvación. Regresado a tu primera vida, ve qué tanto puedes hacer para atravesar todas tus existencias en pos de la perfección que te vuelva digno del Bosque de los Moradores Bendecidos por la Eternidad. Que tu ánima principie el trayecto con ánimo en pos de reconstruir tu alma hasta hacerte digno del Gran Espíritu.
Apenas hubo dicho esto, cuando la Emperatriz de las Magas desapareció. El terrorífico escenario se había esfumado. Había ya amanecido, el sol estaba de color café y al mirarme, me di cuenta que estaba convertido en una mosca. Según la maga emperatriz eso había sido yo hace muchos siglos. El sol comenzó a reírse, las nubes que había, también; los árboles se carcajeaban y animales ciclópeos se burlaban de mí como satisfechos de lo que me había acontecido. Recordé las palabras de la gran maga: Sé fuerte. ¡Fuerte soy, fuerte soy!, me dije, y me dispuse a dejarme fluir por la aventura.

CAPÍTULO VIII

El pequeño pasto se había convertido para mí en una desmedida maleza; los diminutos charcos, en un océano sin fin; las mínimas piedrecillas, me parecían unas rocas. Todo se había hecho tan gigantesco que me daba temor seguir caminando.
Me detuve, pero una extraña fuerza invisible me dominaba y me hacía seguir adelante. Yo me preguntaba ¿Qué me irá a suceder después? ¿Quizá pueda librarme de este hechizo que me han impuesto como castigo? ¿O tal vez encuentre la muerte? Me preguntaba hundido en un malestar interno, próximo al terror.
Así estaba pensando cuando de entre los matorrales surgió tambaleante una espeluznante lagartija. A mí me pareció más que lagartija, un dinosaurio, un monstruo terrible que iba a devorarme.
Tan grande fue mi espanto que sin darme cuenta corrí y corrí; miraba violentamente hacia atrás y veía como la gigantesca alimaña me venía persiguiendo; su hocico abierto dejaba ver unos brillantes y filosos colmillos dispuestos a devorarme y su lengua parecía una enorme boa que se movía golosa.
La lagartija ya estaba muy cerca de mí, lista para devorarme, cuando de pronto recordé que tenía alas y podía volar. Así lo hice sin saber cómo. Era la primera vez que lo experimentaba. Sólo vi que la lagartija se quedaba sorprendida sacando su escalofriante y desplegada lengua mientras yo exclamaba entusiasmado ¡fuerte soy!
La lagartija quedó allá abajo y respiré dando gracias a la Emperatriz de las Magas por las alas salvadoras que me había puesto y la expresión fortificante. Nuevamente una sed espantosa me fue invadiendo, acaso por el esfuerzo y el susto. No sé si las moscas toman agua, pero ansioso vi desde la altura en la que me encontraba, un arroyuelo. Me dirigí a él y con miedo a no calcular bien, logré beber un poco del agua clara que allí corría. No sé cómo, pero el frescor del líquido bebido me produjo un agradable estremecimiento.
Apenas había ingerido un sorbo, cuando sentí que mis alas de mosca se transformaban en brazos y piernas de un enanito. Sin alas, caí al arroyo que parecía un inmenso río para mi nueva estatura y nadé, nadé desesperado. En el fondo me sorprendía, pues no sabía nadar. Tal vez por la desesperación, mi aprendizaje había sido de inmediato. Por fortuna, vi aparecer un pequeño islote que para mí era una gigantesca isla. Hacia ella me dirigí, aunque mis fuerzas se iban agotando con presura; al fin llegué hasta una de sus orillas y ahí me tiré para descansar un poco.
No sé cuánto tiempo dormí, pero después de ese aparente largo rato de descanso, desperté predispuesto, con más ánimo, a seguir por la aflictiva ruta de mi desventura que una fuerza invisible me forzaba a continuar. Pasmado vi al sol como si se derrumbara; iba a caer en mi cabeza, mas de repente se detuvo y poco a poco se fue alejando; sólo una espesa niebla helada se presentó extendiéndose por aquel espacio y me fue cubriendo.
Sin esperar más ocurrencias lamentables, me interné en la espesura de aquellos matorrales que para mi estatura se convertían en una verdadera jungla. Por fortuna, cuando la niebla se hizo menos densa, una vasta luz iluminó el islote; parecía una salida que conducía a tierra firme. Descubrí con alegría que era una península.
A salto de mata me apresuré a llegar rápidamente a tal sitio. Al cabo de tantos contratiempos mortales había logrado tocar un piso seguro. Había caminado tanto que mis pies tenían callos, mis manos, abrojos y mis ropas despedazadas, se hallaban enlodadas de tanto fango enfrentado.
Avanzaba a la deriva, pero temiendo cualquier asalto de peligro; de golpe, una inmensidad de insectos que semejaban miles de aviones de guerra, me atacaron; yo corrí, pero todo intento de huida, parecía destinado al fracaso. Eran abejas que hablaban un raro lenguaje; vestían trajes de vistosos colores y en sus manos llevaban unas lanzas de picos muy filosos. Llegaron hasta mí y con unas cuerdas doradas me amarraron, me pusieron en un palo como si fuera una pieza de caza, me vendaron los ojos y consideré que me conducían por los aires.
En eso me encontraba cuando percibí que topábamos con algo y escuché voces que decían:
—Quítale la venda.
Unas manos muy rasposas obedecieron la orden y me quitaron el trapo que cubría mis ojos; la luz me deslumbró. Era inusitado aquel espectáculo que ante mis ojos aparecía: Miles de lucecitas de muchísimos colores alumbraban un gran salón; en sus paredes había millones de preciosas piedrecillas luminosas que las adornaban; en el fondo estaba una silla dorada en la que se veía sentada una abeja de vestido más brillante que los de las demás. Sin duda era la reina de las abejas que me dijo con voz exaltada:
—¿A qué has venido a mi reino? ¡Intruso!
Una abeja interfirió con reverencias a la reina e informó:
—Su majestad, lo atrapé cuando estaba durmiendo sobre nuestras bellas flores—
—Yo no sabía que el lugar donde me había dormido era de usted. — Le intercepté.
—¿No sabías?
—Juro que no. — Confirmé nervioso.
—Bueno, creo en tu juramento. Te dejaré libre, pero si has mentido, las hormigas rojas se encargarán de castigar tu impertinencia y te devorarán. Anda de aquí, pronto— ordenó la que llamaban majestad.
Sin esperar a que me lo confirmara, me dirigí hacia la salida, pero por mi estatura era imposible bajar. Estaba muy alto, demasiado alto para mí; de súbito, la rama en que estaba parado no resistió mi peso, se rompió y caí. Del golpazo que recibí, quedé desmayado. Pensé al ir cayendo, ahora éste si es mi fin.

CAPÍTULO IX

Cuando recobré el sentido, aturdido como estaba, me di cuenta que me encontraba en una tenebrosa cueva y lo que descubrí fue pavoroso: una hormiga roja que para mi tamaño era tan grande como un león, me vigilaba con sus ojos saltones y sus antenas se movían veloces como para comunicar a otras de su especie, su hallazgo. Mi mundo estaba en peligro y yo, hipnotizado ante su mirada, no me podía mover. Hice un intento, pero no lo logré. La gigantesca hormiga se dirigió hacia mí como si fuera a devorarme, mas de modo inexplicable no lo hizo. En mis adentros yo gritaba: ¡Fuerte soy!, ¡Fuerte soy!
Me tomó entre sus horribles tenazas y me llevó fuera de la cueva. Allí vi algo horrendo: cientos de descomunales hormigas rojas venían hacia mí para devorarme, pues de eso estaba seguro, aunque, imaginaba con cierto humorismo muy, pero muy negro, sólo sería un bocadillo para ellas. Ya se encontraban muy cercanas, cuando sentí que mi cuerpo comenzaba a estirarse y hacerse más grande, más grande hasta que la descomunal hormiga quedó ahí abajo muy pequeña.
Quién sabe porqué, pero había recobrado mi forma y mi estatura. Sin embargo, a esta marabunta no le impresionó mi tamaño recuperado y principiaron a trepar por mi cuerpo. Comencé a sentir que me picaban. Desesperado corrí perseguido por ellas hasta que a lo lejos apareció un río, llegué hasta él y me lancé a sus aguas. La marabunta tuvo que retroceder. Nadando con fluidez me dejé arrastrar por la corriente. A mi lado advertí que aparecían muchos pececillos dorados. ¿Y ahora qué va a pasar? Inquieto me pregunté. Un mordisco me hizo comprender que aquellos animalillos no tenían nada de inocentes. Eran pirañas y si no salía del río, ahora sí sería devorado. Así que aguantando pequeñas mordidas llegué a la orilla y salí. ¡Fuerte soy! ¡Fuerte soy! Me repetí y sorprendido, me desmayé al ver la cascada profundísima en la que iba a caer de no haber sido por las pirañas que me habían hecho salir. No había mal que por bien no viniera, agradecí a esos peces carnívoros cuando recuperé el conocimiento. Entonces vi saltar dentro del agua a un montón de pirañas formando un arco de oro, como contestando a mi gratitud.

CAPÍTULO X

Me incorporé en medio de un gran cansancio y me dispuse a caminar por una vereda muy oscura que se veía bordear por las laderas de unos cerros; como siempre, la niebla impedía divisar a grandes distancias, en el cielo se miraban los eternos grandes nubarrones que de vez en cuando dejaban ver a una luna opaca; los árboles parecían vigilarme y sus ramas aparentaban espantosas figuras. A mi paso, los tímidos rayos lunares fueron dejando ver una extensa llanura donde se miraba un desordenado montón de casuchas muy negras, como tiznadas de carbón, y el arrastre de siempre me impulsó hacia ellas.
Las primeras casas ennegrecidas fueron apareciendo. Semejaban casas abandonadas y en ruinas, como si hubieran sido víctimas de un tremendo incendio que las hubiera dejado carbonizadas. Entre la penumbra emergieron, de cuando en cuando, algunas risillas agudas y burlonas. Movía la cabeza con rapidez para ver de dónde procedían aquellas estridencias, pero apenas lo hacía, cambiaban de sitio y yo giraba con presura sin poder distinguir algo.
Al cabo de tantos movimientos que me estaban mareando, poco a poco, en la oscuridad, surgieron, como flotantes, unas máscaras de facciones siniestras; unas con colmillos relucientes, semejantes a llamaradas; otras con ojos tan enrojecidos que parecían despedir fuego. Algunas de ellas se miraban tan pálidas, como si fueran momias. Sus facciones me llenaron de pavor. Vislumbré que envueltas en vendas manchadas de lodo avanzaban lentamente con los brazos extendidos hacia mí. Eran momias. Presintiendo que se acercarían para hacerme algún daño, me repetía ¡Fuerte soy! ¡Fuerte soy! No tengo miedo de nada. No tengo espanto.
De pronto, aquellas espantosas visiones desaparecieron y todo quedó tan oscuro como antes, o más. Yo reanudé mi camino impulsado por aquella fuerza insólita que me intimaba. Entonces me di cuenta que había llegado a un mundo muy extraño, un mundo de sombras en extinción.
Una risotada macabra y fugaz interrumpió la aparente tranquilidad de ese escenario y se fue perdiendo en un eco que se diluía en la distancia. Un brutal escalofrío recorrió mi cuerpo y mi corazón latió cada vez más fuerte, como nunca. La atmósfera se iba llenando de un olor a azufre y la luna se había puesto tan roja como si sangrara. Los escasos y sórdidos faroles que alumbraban las oscuras y lúgubres callejuelas de esa aldea, al parecer deshabitada, parecían agonizar ante el imperio de lo sombrío.
Entonces en la lejanía logré distinguir los elevados picos de unas montañas que por la oscuridad reinante se veían más lúgubres que la aldea. Al parecer, en sus faldas, decenas de coyotes se paseaban hambrientos, pues se escuchaba desde allá, el escándalo de sus aullidos agresivos.
En esas circunstancias de intranquilidad pude distinguir sobre una de aquellas cumbres rodeadas de neblina, la silueta de un imponente castillo; de sus ventanas o balcones salían rayos de luces amarillentas que en la distancia se percibían como pequeñas llamaradas.
Un impulso de curiosidad se apoderó de mí y sentí la necesidad de encaminarme rumbo a aquella fortificación. En realidad yo no quería hacerlo, pero esa misteriosa fuerza que me dominaba, me inducía a efectuarlo.
Cuando llegué, después de haber atravesado algunos obstáculos, que a estas alturas de mi andanza, pasado los peligros que había atravesado, no tenían ya mayor importancia para mí. Había tropezado muchas veces con troncos y pedruscos; me había enfangado aún más en lodazales que por la negrura de la noche no había percibido. Acaso lo más notable había sido mi caída en un barranco no muy profundo, del cual salí sin gran riesgo. Lo que más temía, sin duda, era que los coyotes y otras fieras se hubieran dado cuenta de mi presencia y anduvieran husmeando para atacarme. La verdad es que nada de eso sucedió.
El castillo se levantaba a una altura imponente y se ubicaba al borde de un abismo tan profundo que parecía no tener fondo. Me preguntaba quién y cómo lo habrían construido allí. Toqué su gigantesco portón, mas nadie respondió. De improviso la puerta comenzó a abrirse dando escalofriantes y macabros rechinidos, sin que nadie apareciera; un miedo enorme volvió a invadirme, pero yo me repetí la oración mágica: ¡Fuerte soy! ¡Fuerte soy! y esperé previniéndome de no sé qué.
Cuando el portón se hubo abierto, lo único que vislumbré adentro fue una tétrica oscuridad que al sólo mirarla, un intenso temblor recorría mi cuerpo. La luz que parecía destellar en su interior era provocada por oxidados candeleros que alumbraban aquel lóbrego salón. No tuve más aprensión y entré. Todo era gélido; las paredes se hallaban adornadas de espadas que parecían escurrir sangre; el piso era de duelas bastante apolilladas y tenía muchos agujeros por los que de vez en cuando salían ratas imponentes. Por los rincones colgaban telarañas muy grandes, de las cuales se columpiaban descomunales tarántulas.
Con la sorpresa de un impacto, mi vista se fijó en algo pavoroso: en los rincones de aquel salón apestoso había desparramados esqueletos sanguinolentos; algunos, apenas descarnándose, eran devorados por golosas ratas o por viborescos gusanos. Aquella escena me causó tanta repugnancia que sentí ganas de vomitar.
Arrepentido por haber entrado, me volví hacia la puerta, pero noté que se estaba cerrando. Corrí apresuradamente para escapar; cuando llegué a ella, era demasiado tarde, se había obstruido. Hice muchos intentos para abrirla, mas era inútil. El portón se hallaba como clausurado; como si unas manos incorpóreas lo hubieran empujado a propósito y lo hubieran sellado con el más resistente pegamento. Había quedado atrapado en aquel nuevo tenebroso sitio.

CAPÍTULO XI

Sacando arrojo quién sabe de dónde, decidí explorar el interior y me interné entre un laberinto de silenciosas salas mortuorias. Luego de atravesar un vestíbulo de altísimo techo, encontré un enorme anfiteatro; se hallaba vacío, pero de sus paredes pendían unas antorchas cuya débil luz parecía estar apagándose; sin embargo pude ver que había señales en aquellos muros de unas pinturas que estaban casi borradas. Tomé una de esas luminarias y me aproximé a intentar comprender sus contenidos. Cuál sería mi sorpresa cuando descubrí que cada una de ellas iba relatando lo que hasta ese momento me había acontecido. La primera me reproducía en el desierto; la siguiente mi ascenso por la montaña; la otra mi encuentro con el venadillo y así, una tras otra relataban mis desventuras. Quise saber lo que me pasaría después, pero las siguientes se encontraban tan borroneadas que no se podía distinguir gran cosa. ¡Fuerte soy, fuerte soy! Repetía con voz trémula para no sucumbir de espanto.
Sin embargo, proseguí explorando aquel tétrico castillo y encontré un larguísimo pasadizo que parecía no tener fin. Me adentré en él y luego de un gran rato de caminata, topé con una pared. No tenía salida. Quise volver sobre mis pasos, pero me di cuenta que un muro opuesto avanzaba a toda velocidad desde el inicio del pasadizo y me aplastaría al chocar con la pared final. Voltee a mi rededor, sin saber más qué hacer. Estaba atrapado. Grité todo lo que pude pidiendo ayuda y lloré. A punto de sentir el golpe final, (¡Fuerte soy, fuerte soy!) de súbito, cuando las paredes iban a chocar, el muro rodante se detuvo y quedé como emparedado. Sentía asfixiarme. Me faltaba aire. No podía moverme. Era mi acabóse.
Entonces comencé a oír, brotando del piso, las risas y los gritos enronquecidos de unas mujeres, al parecer ancianas, burlándose de mí; canturreando:
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ji!¡Ji! ¡Ji¡
Has caído en nuestro poder.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ji!¡Ji! ¡Ji¡
Esta noche vamos a comer.
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ji!¡Ji! ¡Ji¡
Carne humana en un gran festín.
Al escuchar esto consideré que ahora sí la sangre me explotaría en la cabeza. Me llevé desesperado las manos a las orejas, para no oír y repentinamente el piso se abrió tan violento que me precipité en una como resbaladilla hacia un socavón que parecía succionarme. El golpazo fue tremendo, pero lo resistí. Creí que se me habían roto los huesos, y aunque sufriendo tremendos dolores, me levanté, vi una serie de túneles, algunos con escaleras, y sin saber por dónde escapar de aquel laberinto, corrí lo más que pude penetrando en uno de ellos al azar. Yo no sabía de dónde sacaba tanta energía para resistir lo que me iba sucediendo.
Aquí todo despedía olores nauseabundos y sus acerbos hedores me obligaban a no respirar con profundidad. El túnel escogido me llevó a otro y éste a otro y luego a otro. Parecía que se iban repitiendo en círculos concéntricos y no podía huir de esa maraña. Aparecía de pronto una pared y tenía que regresar hasta descubrir otro túnel. Cansado de vagar sin rumbo, sudoroso de pavor, me recliné y arrodillado pedí perdón por el Venadito de la Paz y suplicaba clemencia para cesar este tremendo castigo eterno. Entre mi desesperada angustia, vislumbré un largo muro con siete puertas. Me levanté y me aproximé tembleque a una de ellas, escogida también al azar. La abrí, pero estaba tapiado su hueco. Fui a otra y lo mismo. Al llegar a la séptima puerta y antes de abrirla, aparecieron ante mí tres espantosas mujeres de largos camisones morados, con sombreros del mismo color que no alcanzaban a cubrir los hirsutos y andrajosos cabellos que les daban un aspecto aterrador. Sus ojos vidriosos y enrojecidos me miraban con lóbrega atención; sus largas y puntiagudas narices me olfateaban y sus cadavéricas manos de afilados dedos y agudas uñas, me tocaban con deleite y murmuraban gruñidos como comentando. Al verlas quedé aterrorizado y huyendo de ellas corrí hasta las escaleras que se veían en uno de los túneles. Las horribles aparecidas dieron gritos estridentes y me comenzaron a perseguir. Volaban tras de mí. Yo sentía unas lúgubres zozobras. Al ir subiendo por las escaleras me tropezaba y caía. ¡Fuerte soy, fuerte soy! Me decía tratando de controlar mi pánico. Las tres devoradoras me seguían como divirtiéndose de mi consternación. Yo ya estaba rendido. Ellas parecían no haberse cansado.
Sin saber cómo, caí y ya no pude incorporarme, entonces las horrendas matronas me agarraron de los brazos y me arrastraron entre carcajadas pavorosas hasta otro enorme salón iluminado con grandes antorchas. Al fondo de él había un trono en el cual estaba sentada otra mujer, aún más repulsiva que las que me habían hecho prisionero. Con una voz de trueno me dijo:
—¿Sabes en dónde estás?
—No, no sé. ¿Dónde estoy?
—Has osado entrar a este castillo que es en donde todas nosotras, la Asociación de Magas de la Negrura, más conocidas como brujas, vivimos. Estás en el imperio de la magia diabólica y yo soy la reina de todas ellas.
—¡Oh! No lo sabía. ¿Qué me van a hacer?
—Nada bueno, pues aquél que se atreve a entrar aquí, recibe su castigo.
—¿Otro castigo? — Pregunté aterrado.
—¿Viste los esqueletos que están en la entrada?
—Sí, los vi.
—Bien, ésos los hemos puesto para dar temor a todos los intrépidos insolentes como tú, adolescente fantoche, que desean entrar a nuestra morada. Han sido nuestras víctimas por temerarios y ahora tú pasarás también a formar parte de tales esqueletos. Dentro de dos noches— y soltó una carcajada espeluznante. — Te asaremos y te comeremos guisado a las brasas.
—No, no me maten.— Imploré con los ojos llorosos.
—¡Llévenselo! — Dijo fúrica la Reina de las Magas de la Oscuridad.
Entonces me condujeron, no obstante mi oposición desesperada, por otro estrecho pasillo y me encerraron en un oscuro calabozo. Una de las tres magas de la oscuridad que me conducía, murmuró como masticando las palabras con su cascada voz:
—¡Cuidado e intentes escapar! Sabe que nunca podrás lograrlo, ya que nosotras somos las magas más poderosas de toda la tierra y te haremos picadillo.
De un empujón me metieron al calabozo aquel y me encerraron. Una pequeña luz entraba por una rendija e iluminaba una parte del húmedo y pequeño lugar. Una rata chilló y pasó rozando mi cuerpo tumbado en las humedecidas baldosas

CAPÍTULO XII

Ya no sabía medir la dimensión del miedo. ¿Cuál había sido el más grande? Sólo en pensar que dentro de dos noches iba a morir devorado por aquellos nefastos seres, sentía una grande ansiedad. Quería escapar, golpeaba las paredes, azotaba la reja, pero todo era inútil; nada podía hacer. ¡Fuerte soy, fuerte soy! ¡No tengo miedo! ¡No tengo miedo! Me repetía con desesperada pujanza.
Sentado en un rincón de mi cárcel, las ratas me pasaban por las piernas; oía sus chillidos; de vez en cuando circunvolaba algún murciélago que con sus alas rozaba mi cabeza. El sobresalto y la repugnancia me enloquecían a cada instante.
No resistía más ese suplicio; exasperado me levantaba y me daba de golpes en la cabeza, quería gritar, pero una extraña fuerza me oprimía la garganta. En uno de esos movimientos desesperados, sin saber cómo, me recargué en una de las paredes del calabozo y sentí que mi cuerpo caía hacia atrás; no pude detenerme y me fui de espaldas. Raudo comprendí que sin querer me había apoyado en el mecanismo oculto de una puerta secreta; el peso de mi cuerpo había funcionado como llave y se había abierto. Me levanté atolondrado, mas con presura. Aquella puerta escondida daba a otro largo y fúnebre pasillo; entré con rapidez; con grandes esfuerzos pude cerrarla y comencé a internarme precipitadamente urdiendo precauciones de todo tipo.
El recoveco se extendía tenebroso; su estrecha longitud se curveaba conforme yo avanzaba por él; experimentaba mucho recelo al tropezarme y a hacer ruido. Luego de recorrerlo durante un prolongado tramo, al fin, en el fondo logré ver unos rayos de luz. Me apresuré con una seguridad bendita y llegué hasta ahí. Era una salida que me permitiría poder escapar de las monstruosas magas de la oscuridad. Antes de salir, me asomé y quedé admirado al ver un paisaje tan inverosímil: los árboles eran muy gruesos y bajos; tenían un abundante follaje grisáceo y su tronco, era rojo. Cercano corría un río de aguas amarillas; un abundante pasto café contrastaba con un cielo anaranjado donde un sol verde teñía a las nubes con su color y las convertía en magenta.
La puerta por lo cual había escapado se veía como una simple cueva en una gigantesca montaña. El castillo no se lograba ver. Pensé de inmediato en alejarme lo más pronto posible de ese paraje, porque si las magas de la oscuridad se daban cuenta que las había burlado, me perseguirían hasta matarme y corrí despavorido alejándome de sitio tan peligroso. Sin embargo, por más que movía los pies, no podía distanciarme, sino que, como otras veces, permanecía parado en el mismo lugar.
Me di cuenta que aunque yo sólo meneaba los pies y parecía no caminar, lo que se desplazaba, era el suelo, los árboles, el sol, las flores, el pasto. Volví mi vista hacia atrás y vi cómo la titánica montaña se iba perdiendo por la lejanía. Yo me ubicaba donde mismo; el escenario era el que se movía.
En la distancia alcancé a ver una fortaleza. No era como el castillo fúnebre anterior, sino aparentemente se encontraba construido de oro. Junto a él había muchas hermosas casas de techos de doble agua, muy grandes, que la rodeaban. Hasta allí me dirigí para poder pedir un poco de alimento a la posible gente que habitara ese lugar y que esperaba no fueran perversas. No sé cuánto tiempo había pasado sin que yo hubiera ingerido bocado alguno. Lo cual me sorprendía: ¡Fuerte soy; fuerte soy!, repetía como probable explicación a mi resistente ayuno.
Iba llegando ya, poco a poco. Las calles eran anchas y estaban construidas con pedacería de mármol. Las casas no estaban pintadas, pues lucían el color natural de los ladrillos que las conformaban. Eran muy altas, como de treinta metros. De pronto al ir caminando por esas callejuelas, oí mucho ruido y curioso me acerqué para ver lo que pasaba. Dos hombres peleaban. Rodeándolos había muchos más que los contemplaban como mudos. Todos eran gigantes de por lo menos seis metros de alto; lucían barbas muy negras y enormes cabellos ensortijados que les llegaba hasta los hombros. Casi todos se veían gordos y su cabeza contrastaba, por su pequeñez, con el corpazo que tenían. Vestían como campesinos de los Alpes. Lo diferente consistía en que los peleadores no se enojaban, sino que reían, hablaban en voz alta como bromeando y le pegaban al suelo; parecían jugar.
Yo veía sorprendido aquel espectáculo, cuando de pronto un gran grito los hizo estremecer, corrieron muy asustados y por una de las calles vi venir algo pavoroso: un monstruo como de doce metros de altura y diez de largo; de color verde; echaba fuego por el hocico; sus ojos lanzaban rayos destructores y de su lomo brotaban tres pares de alas translúcidas y destellantes. Me di cuenta despavorido de que se trataba de un gigantesco dragón, como esos de las novelas de caballeros medievales que solía leer y que pensaba que eran sólo maravillosas fantasías. Ahora me encontraba frente a uno de ellos. Sí existían. Aunque probablemente no se había dado cuenta de mi presencia por mi tamaño, me oculté asustadísimo debajo de una enorme banca y me puse a esperar lo más desagradable. ¡Fuerte soy, fuerte soy! Como siempre, ante los peligros que iba enfrentando, me repetía.
Cuando todos aquellos gordos gigantones habían huido del imponente animal, éste se retiró pesadamente armando un gran estruendo, dando espantosos rugidos y echando ruidosos y malolientes vientos. Apenas había avanzado un largo tramo, extendió sus alas como quien ha triunfado alegre en algo y comenzó a volar hacia la fortaleza de color dorado.
La curiosidad se volvió a apoderar de mí y sin poder evitarlo, en unos instantes más, me vi delante de la imponente construcción. La gigantesca puerta, como de veinte metros de alto, se encontraba abierta. Sin duda me veía como un Juanito de las habichuelas mágicas. Entré y quedé maravillado al ver tanto lujo. Las paredes eran de oro, las ventanas estaban adornadas con cortinas tejidas de piedras preciosas y el suelo tapizado con una gruesísima alfombra de terciopelo rojo. De los altos techos pendían candiles de plata con diamantes incrustados y el moblaje monumental mostraba una refinada elegancia. Asombrado contemplaba todo aquello cuando escuché, un ronco y grueso vozarrón que hizo estremecer el recinto y a mí me fulminó de sobresalto:
—¿Quién eres tú, insignificante enano y qué haces en mi reino, el reino del Magno Efrit?
Por más que miré a todos lados, no encontré a nadie y osé preguntar:
—¿Quién me habla que no lo veo? —
Apenas hube dicho esto cuando el hermoso salón comenzó a convertirse en un horrible cuartucho, las paredes que habían sido de oro, se habían vuelto de piedra negra; el piso que había estado cubierto con la bella alfombra, se convirtió en tierra agusanada; las ventanas se transformaron en madera carcomida por la polilla; los candiles habían desaparecido y todo se iba quedando convertido en lo más repelente, en lo más repugnante que había visto yo hasta entonces.
Fue en ese momento cuando una densa neblina comenzó a aparecer y con ella se formó algo aterrador: era un terrible efrit, genio colosal que parecía salido de Las Mil y una Noches. Su ciclópea boca de hinchados y gruesos labios dejaba ver una dentadura podrida; el espeluznante gris de sus ojos refulgía furibundo; los resoplidos que daba por su aplastada nariz eran nauseabundos. Medía colosales diez metros de altura y a pesar del enorme kilaje que se adivinaba, flotaba en el aire tan ligero como una pluma. Intenté escabullirme, pero por más que quise escapar, sin gran esfuerzo me tomó como a un polluelo con una de sus deformes manazas:
—¡Has caído en mi poder, renacuajo insignificante! Me vas a servir de gran diversión. Te encerraré en mi jaula de lodo que parece oro y cuando me encuentre muy aburrido, te lanzaré a pelear con mis animalitos los dragones. Y se carcajeaba como si disfrutara de un chiste magnífico. O si no, con mis súbditos, los ogros de mi reino.
—Por supuesto que te destrozarán o te chamuscarán, pero luego te reconstruiré y volverás a ser mi juguetito. Me agradecerás el don de inmortalidad con que te estoy dotando.
Ya me imaginaba despedazado cuando sorpresivamente todo se oscureció y nada pude ver más. Sólo escuché, como cuando succionan el polvo en una barredora eléctrica, un estentóreo grito que decía: —¡Maldición! Me han apresado otra vez en la lámpara. Traidores ogros hipócritas, pero ya me las pagarán cuando alguien ambicioso me vuelva a liberar. Vi como se esfumaba por la hendedura de una puerta y todo volvía a su estado de penumbras.

CAPÍTULO XIII

Al regresar la luz, me encontré en un campo sembrado de cactus. Sin poderme explicar cómo había escapado de las garras del Magno Efrit, comencé a caminar por entre aquel bosque de órganos que parecían candelabros.
Poco a poco el día iba oscureciéndose y los cactus desaparecían. Impulsado por ese extraño arranque que me movía, proseguí por aquellos parajes. El suelo se iba cubriendo de arena, la luna se asomaba tímida en medio de un celaje azuláceo y la noche nuevamente cubrió mi sendero. Sentí que mis párpados se cerraban; tenía mucho sueño; me encontraba muy cansado y poco a poco una pesada arena me hacía cerrar los ojos. Como si el famoso arenero me espolvoreara sus polvos hipnóticos. El sueño me vencía; entonces con la ayuda de los rayos de la luna, divisé un matorral, llegué hasta ahí y me tiré para acurrucarme. Estaba quedándome dormido cuando un sin fin de risas me despertó. El sueño huyó como por magia y vi muchos seres muy pequeños, tan pequeños como un ratón, que iban vestidos con trajecillos primorosos: unos rojos; otros amarillos; algunos azules o verdes, pero todos combinados con un fondo negro. Contemplé cómo se tomaban de las manos y me rodeaban. De sus cabecitas surgían pares de antenas; sus ojos despedían una hermosa irradiación de color violeta y de sus boquitas se desprendía una rítmica canción, cual si quisieran arrullar a un niño:
— Duendecillos cantemos
esta hermosa canción;
a este pobre arrullemos
de todo corazón.
Entonces en el cielo vi un increíble sol de color verde alumbrando con rayos intermitentes a una tierra anaranjada que se extendía como tapete en lo dilatado del horizonte. En ese momento comenzaron revolotear muchas magníficas mariposas que parecían un haz de todos los colores en decenas de perfectas combinaciones y variedades. Se les veía emanar resplandores inverosímiles.
De los árboles principiaron entonces a salir rutilantes luciérnagas cual millones de foquitos volantes que giraban en variadas direcciones. Algunas se posaban en los árboles; otras en las flores. Fascinado contemplaba este armónico movimiento cuando de los cerros cercanos fue llegando la deleitosa música de un violín. Esto hizo que tanto mariposas como luciérnagas quedaran quietas sobre las superficies en donde se posaban. Semejantes a broches de pedrerías finísimas, los duendecillos las tomaron en sus manos y moviéndolas como si se tratara de rehiletes, iniciaron unos saltitos danzarines al compás de aquella melodía que crecía y se balanceaban con ella. Mis ojos asombrados no sabían si agradecer esa hermosa visión o precipitarse a llorar porque presentía que después algo terrible podría arribar.
Luciérnagas y mariposas se desprendieron sin sospecharlo, como asustadas, de las manecitas de los pequeños seres cuando la cadenciosa música dejó del oírse, pues en ese instante, una tormenta de tambores irrumpió la armonía lograda. Como si fuera por artes de magia, los duendecillos cambiaron sus ropas y quedaron convertidos en hombres paleolíticos, fue entonces cuando iniciaron una danza primitiva y jocosa. Yo, deslumbrado al ver tanta fantasía, me armé de confianza y pregunté a uno de aquellos duendecillos:
—Pequeño duende, podrías decirme ¿en dónde estoy y quienes son ustedes?
—¿No sabes donde estás?—me contestó con una diminuta voz.
—No, no lo sé.
—Pues estás en el Bosque de los Duendes Juguetones; aquí todas las noches cuando sale el sol verde, danzamos y cantamos, para poder convencerlo de que no cierre la noche sus telones tan rápidamente. Así alargamos un rato más la tranquilidad y lo que aterrados esperamos, no se presenta tan presto. La danza que acabas de ver era la danza del violín; la que ahora estamos bailando es la danza de los buenos salvajes y aunque parezca que nos estamos divirtiendo, en el fondo sentimos mucho desasosiego pensando en contar con el tiempo suficiente para escondernos de los terribles y monstruosos vampiros humanos que salen de sus cuevas cuando nuestro verdecino rey se encierra en su hermética cortina de acero inoxidable que le proporciona la noche. Los vampiros son seres malvados que recibieron el castigo de ser así, por haber tratado de asesinar al sol dorado que, después de ese atentado, se volvió verde y cada doce horas, cierra los cortinones de su palacio y deja a nuestro valle en la oscuridad morada.
Bailamos para que no tenga sueño y nos dé oportunidad de encontrar un refugio antes de que imperen las sombras violáceas y los vampiros encuentren su medio propicio para atacar y cegar a las luciérnagas que los deslumbran e impiden que rapten a las mariposas refulgentes para llevárselas a su rey, el Rey de los Vampiros, quien las devora envidioso de que tengan la luz propia, de la cual él carece irremisiblemente, por más mariposas que engulla.
—¡Cómo! ¿Entonces no son libres ni felices ustedes?
—No, ya que a muy poca distancia de aquí se halla el Reino de los Vampiros.—
Apenas acababa de decir esto, cuando la música cesó, el sol corrió su cortina, apareció la noche y se escuchó un griterío horrísono:
 —¡Salvémonos! ¡Los vampiros vienen! — Los hombrecillos corrieron y se internaron empavorecidos en los huecos de los árboles, debajo de las piedras o en las grietas de la tierra. Todo quedó en completo silencio. El sol verde había desaparecido. Una luna morada hizo emerger unas cavernas y se acomodó a mitad del cielo.
En la distancia vislumbré algo horrible, morados vampiros monstruosos venían hacia donde yo estaba, pues sintiéndome paralizado, no pude huir. Un inexplicable dominio me impedía correr. Era imposible moverme y los fieros vampiros se acercaban cada vez más.
El sudor, otra vez escurría por mi frente; mi corazón latía demasiado aprisa, ¡cuándo terminará esto! Me preguntaba al borde del agobio. Unas grandes ansias me torturaban, no podía menearme y advertía lívido acercarse aquella gran amenaza. Nada podía hacer por salvarme.
Los vampiros amoratados llegaron; de su espeluznante hocico salían desmesurados colmillos babeantes; sus inmensas alas de pterodáctilos planeaban sobre mi cabeza y sus manazas peludas trataban de aprisionarme. Al verlos me sobresalté y grité enloquecido, pero nadie me hacía caso. Apresándome con sus garras, uno de ellos me levantó. Yo hice el esfuerzo por escapar, mas mis pujanzas eran en vano. Nada podía hacer. Para aquel monstruo volante yo sólo era un simple animalillo y me elevaba por los aires. Prisionero de sus garras veía cómo los árboles se iban haciendo minúsculos y el valle se volvía cada vez más imperceptible. ¿A dónde me conducirían? Más que nunca aterrado me preguntaba. Ninguna respuesta aparecía. ¡Fuerte soy, fuerte soy! era lo único que temblorosamente repetía para mis adentros.

CAPÍTULO XIV

Remontado a tremenda altura por la fiera violácea, vislumbré en tierra un desierto cubierto de buitres que parecían estar vigilando a alguien. La luna morada seguía pendiente y se balanceaba como si estuviera en el columpio de un circo. Desde ahí descubrí algo parecido a una grandísima mansión, tan descomunal que ocupaba gran parte del desierto.
Los vampiros morados iniciaron su descenso. Sentí que la tierra se me venía encima y el estómago me comenzó a doler. Sin embargo, al tocar por fin tierra, todo cesó.
Ya estábamos en la superficie y en frente del caserón que había adivinado desde arriba. Una gigantesca puerta se iba abriendo. El temor que sentía, huyó. Misteriosamente estaba tranquilo y no sabía el porqué.
Los monstruosos vampiros me introdujeron por aquella monumental puerta que era el inicio de un oscuro túnel. Conforme me adentraban, poco a poco se fue alumbrando por antorchas que despedían llamaradas negras.
Al término del inmenso túnel llegamos a una profunda caverna llena de estalactitas y estalagmitas. Ahí sentado en una piedra de color magenta cristalino, estaba el Rey de los Vampiros. Su fealdad era tan monstruosa que sus súbditos no lo veían para no morir de susto. Una estrafalaria nariz respingada y adornada con arracadas de oro, unos filudos y brillantes colmillos que salían de su horrible boca; sus ojos brillaban cual si fueran un par de estrellas muy rojas, sus puntiagudas orejas tenían una forma satánica. A su lado había dos vampiros más que eran sus consejeros, después otros que eran los guardias y todos eran bestiales, pavorosos y tatuados con atrocidades sanguinolentas.
Uno de los vampiros que me llevaba le dijo a su rey:
¾Aquí tienes, oh rey de la maldad, al muchacho del que nos han hablado tanto las magas como y el Magno Efrit. Dentro de unos momentos llegarán para llamar a nuestro emperador del mal, el gran Satanás.
¾¡Ah! Éste es, muy bien ¡ja! ¡ja! ¾ Dijo el malvado vampiro, carcajeándose burlonamente.
Al oír la palabra Satanás, mi cuerpo se heló como si una gran tina de agua fría me hubiera caído en el cuerpo.
Una ronca voz se oyó a mis espaldas.
¾¡Aquí llega su majestad, la Reina de la Magas de la Oscuridad!
¾¡Ah! ¡Aquí está éste malvado mocoso que burló a las magas más poderosas de todo el universo, pero ahora sí, pronto lo exterminaremos; así lo espero! ¾ Dijo muy enojada señalándome con su agudo y largo dedo; sus filudas uñas casi me rasguñaban. Pasó y se sentó al lado del Rey de los Vampiros, entonces la misma tremenda voz que había anunciado a la Reina de la Magas de la oscuridad, dijo:
¾¡Aquí su majestad, el Magno Efrit! ¾ Entonces el gigantesco y terrible rey aquel se dirigió hacia mí y me dijo: ¾¡Ah! ¿Tú fuiste el que se me esfumó de las manos y se burló de mí al ayudar a los ogros traidores a conseguir lo imposible: creer que me pueden aprisionar en una lámpara? ¡Pamplinas! Ya vas a recibir tu merecido castigo, muchacho insolente: muy pronto… muy pronto.¾ Gruñó el escalofriante Magno Efrit coincidiendo con lo dicho por la terrible Reina de las Magas de la Oscuridad.
Dos vampiros aterradores me empujaron y me amarraron de las manos, tirándome al suelo. Ahí todos comenzaron a reírse y sus risas me martirizaron hasta que un gran rayo magenta iluminó el antro del horror. Fue entonces cuando apareció algo espantoso: ¾¡Satanás! ¾ Gritaron todos asustados y haciendo grandilocuentes reverencias.
¾¿Para qué me habéis llamado, fastidiosos idiotas? ¾Dijo el imponente Satanás.
¾Perdón si hemos importunado y ofendido a su majestad, pero queremos un consejo para decidir lo que vamos a hacer con este atrevido que se ha burlado de todos nosotros; hasta de vuestra excelencia.¾ Dijo el Rey de los Vampiros.
-¡Ah! ¿Ése alfeñique insolente se ha burlado de mí? Pues les autorizo para que lo quemen vivo, por voluntarioso y viva en fuego eterno asándose hasta que le quiten lo soberbio. ¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¾Dijo el escalofriante diablo desapareciendo.
Al esfumarse todos comenzaron a cantar y a rodearme de paja y leños. Una gran angustia tenía yo; quería que la tierra se abriera para poder escapar; las piernas me principiaron a temblar más que nunca. Un miedo desbordante me arrasaba. Entonces prendieron fuego a la paja y comenzó a arder cada uno de los leños. El fuego cada vez lo sentía más intenso; el sudor escurría por mi cuerpo. Lloraba, gritaba, pero todo era en vano, las risas burlescas de los seres diabólicos me atormentaba. Sentía volverme loco. No sabía qué hacer; solamente algo me impulsaba a decir ¡Fuerte soy, fuerte soy! El terror me había hecho olvidar la oración salvadora, pero en una como iluminación de mi mente, la recordé y con todas mis restantes agallas, la exclamé. Aquellos seres quedaron asombrados de mi osadía.
Al momento me di cuenta que la cuerda con la cual estaba amarrado se había aflojado. Con rapidez increíble me desaté y con la ayuda de la gran cantidad de humo que había, pude escapar sin ser visto.
Con presura salté entre las llamas e iba a salir del círculo incendiario, cuando el Rey de los Vampiros dijo
¾Apaguen el fuego; ya ha de estar achicharrado. Volvámoslo a la vida estúpida de los humanos, para volver a quemarlo como ordenó el grande…¾ Al escuchar aquello apresuré mi huida y me alejé velozmente. Hacía mucho aire, la luna seguía iluminando a la tierra y comencé a correr.
Avanzaba lo más rápido que podía, cuando una voz estentórea se escuchó en la distancia: ¾¡Allá va¡ ¡Allá va¡ ¡Alcancémoslo! ¾ Al oír eso, no sé cómo, pero comencé a volar; miraba hacia atrás y veía a quienes me venían persiguiendo: las brujas, los ogros, los vampiros, los seres de la oscuridad maligna.
Imprevistamente me vi descendiendo hasta caer en una playa. Pretendí haberme salvado, pero los horripilantes seres me acosaban aún. No sabía qué hacer; si entrar al mar o dejarme asir por las aberraciones aquellas, cada vez más cercanas.
Casi me habían alcanzado y yo me encontraba a punto de caer nuevamente desfallecido. (¡Ya basta!) Dije como en pesadilla. Los malignos se dirigían gritando procacidades hacia mí. Fue en ese instante cuando desesperado, me lancé al mar y me sumergí pensando ¡Fuerte soy! ¡Fuerte soy! Me di cuenta sorprendente entonces que podía respirar en las profundidades submarinas. Me había salvado otra vez. Libre me hallaba de aquel siniestro reino al que había llegado sin explicarme nunca el por qué. Pero ahora, ¿qué me iba a suceder…?

CAPÍTULO XV

Caminaba por el fondo de un océano iluminado por centellantes estrellas marinas; todo estaba cubierto de una arena tan azul que se dijera una tersa alfombra mágica cuyos incesantes, aunque poco perceptibles movimientos, le daban la apariencia de estar en vuelo.
A mi rededor flotaban abundantes y espléndidas plantas marinas que danzaban a contratiempo de las corrientes del océano; unas eran como helechos machos de color rojo, otras, cual hojas elegantes de color anaranjado y algunas buganvilias de diversos tonos de amarillo. También veía lirios morados gigantes que se desplazaban con elegantes ritmos y unas como enredaderas platinadas me envolvían, me acariciaban y se alejaban jugueteando.
Aquello era un fragante espacio maravilloso de total transparencia. Muchos pececillos de colores variadísimos y apariencias sugestivas, formaban abanicos de sincronizados desplazamientos. A veces se acercaban a mí; clavaban su mirada curiosa a la altura de mi rostro y sin aspavientos, se distanciaban en modosos compases, como si bailaran o me hicieran caravanas.
En eso estaba fascinado cuando experimenté la extraña fuerza de un gigantesco hierro magnético que me arrastraba hacia un lugar insospechado. (Tan bien que íbamos.) Pensé. (¿Y ahora qué me aguarda?)
Todos mis esfuerzos por resistir eran inútiles; no me podía salvar de aquella extraordinaria atracción. De repente todo se oscureció, dejé de sentir el inverosímil poderío que me esclavizaba y luego de un buen rato, en que todo quedó suspenso, la luz regresó mucho más bella.
En ese punto, el magnífico escenario quedó despojado de vida; ya no se veían aquellos pececillos bailarines, tampoco la bella vegetación submarina; todo había quedado desierto como si algo monstruoso se acercara.
Miré a mi rededor; descubrí que yacía en un alargado túnel de redondas paredes verdes, con piso de mármol azul y un techo del que se descolgaban hilillos refulgentes despidiendo armonías de exquisitos madrigales. La misma belleza se avergonzaría de no tener tanta hermosura.
Repentinamente, de una de aquellas brillantes paredes, comenzó a brotar algo contrahecho que turbó el supremo éxtasis artístico en el cual me encontraba; era un adefesio de tres deformes cabezas, su cuerpo se cubría de purulentas escamas y se le desprendían unos gigantescos tentáculos que semejaban repulsivas boas. Llegó hasta mí, me miró terríficamente y acercándome unas de sus nauseabundas cabezas me dijo con voz de disco en lenta velocidad: ¾¿Quién eres tú y de dónde has venido?
¾He venido de la superficie sin saber dónde estoy.¾ Le dije.
¾¡No te creo! ¡Tú has venido aquí para robar el tesoro de los diamantes verdes y ahora, te mataré!
Al ver que se disponía a acertarme un golpe con uno de sus tentáculos, cerré los ojos y exclamé gorgoriteante en el agua: ¡Fuerte soy! ¡Fuerte soy!
Eso bastó para que una extraordinaria potencia principiara a arrastrarme tan rápidamente que sentía ser destazado. Pero poco duró el arrancón, suavemente me vi depositado ante una puerta transparente. Aquella prodigiosa energía salvadora se alejó y comprendí que no podía entrar por ahí, pero a través de los gruesos cristales que la constituían, contemplé algo feérico: detrás de ella se hallaba majestuosa una ciudad submarina.
Sus construcciones eran altas y ondulantes, como de cristal soplado, de muchos colores insólitos y toda se veía invadida por millones de burbujas multicolores. A veces las burbujas eran atravesadas por un asombroso estambre que surgía de una gran ráfaga diamantina y las tejía como haciendo una regia capa de gigantesco telón que se iba alzando hasta descubrir las calles de aquella ciudad submarina. Ese fue el momento en que iniciaron su aparición cientos de hermosas sirenas desplazándose al compás de una exótica música salida de uno de tantos edificios submarinos. Todas comenzaron a dar de vueltas y vueltas y vueltas por aquellos lares, hasta dejarme hipnotizado por sus incesantes iresivenires. Entonces todas huyeron velozmente y aquella música se alejó.
Aquí fue cuando de entre las calles emergieron unas gigantescas ballenas azules que bailaban al compás de una fuerte y sonora sinfonía. Mi asombro crecía y mis dudas se arremolinaban en mi cerebro.
Aquellos cetáceos sólo estuvieron en escena unos cuantos minutos y huyeron; entonces las aguas de la ciudad submarina se vieron pobladas por una multitud de pececitos japoneses que con sus aletas traslúcidas, parecían bailarinas orientales. Danzaban con la misma música que habían bailado las sirenas. Aquello se iba convirtiendo en un espectáculo inusitado: todas las calles con sus edificios tubulares se empezaron a llenar de burbujas que caían rítmicamente como en una recepción para gobernantes extranjeros; la ráfaga luminosa, seguía atravesándolas y dándole a todo un fascinante color magenta. Yo veía extasiado tanta belleza en movimiento, cuando las burbujas, la ráfaga dorada, los peces japoneses y las sirenas desaparecieron en artes de magia.
A la sazón, entre los edificios submarinos inició su advenimiento un carruaje de color blanquísimo que deslumbraba como si fuera de plata. Lo iban jalando ocho monumentales caballos marinos; al ir descendiendo parecía venir en vuelo.
Como si de un fin de escena teatral se tratara, todo se oscureció. Durante un lapso las sombras reinaron y al regresar otra vez la luz, como si levantaran un telón, advertí con gran asombro, desde aquella puerta transparente, que parecía un escondite en donde podía ver sin temor a que fuese descubierto fácilmente, a un hombre gigante de increíble apariencia hercúlea, vestido como los antiguos griegos con una corona sobre sus sienes, una espléndida túnica de coral, un taparrabo de color aguamarina y unos coturnos de oro: entonces lo reconocí, era Poseidón, el Emperador de los Océanos. A sus espaldas, una pared movible tapizada con estrellas de mar, de color dorado, lo protegía.
A su rededor surgían muchos extraños hombres peces que me recordaban al monstruo de la laguna negra, aquella película que me había encantado. Descomunales tiburones los acompañaban como perros guardianes y sus ojillos sin movimiento despedían rayos de fuego.
Me di cuenta que eso, parecido a un gran montaje teatral, era para realizar una ceremonia y el proscenio lucía primoroso. Tan admirado me encontraba que mi entusiasmo me hizo recargar en la puerta transparente. Con tal pequeño empujón, como en aquel túnel del reino de las magas de la oscuridad, se abrió y caí; todos voltearon y me vieron. Entonces gritó el Emperador:
—¡Quién es a ese intruso¡ ¡Tráiganlo hasta mí!
Al oír su estruendosa voz llena de furia, quise huir, pero no pude moverme. Volvía a sentirme como paralizado, sin ningún movimiento. Aquellos hombres peces, presurosos fueron por mí y me apresaron para castigar mi osadía. Nada pude hacer.
Me llevaron a un lugar parecido a una pecera que en realidad era una cárcel. Al entrar se me fue cubriendo la piel con escamas y con unos cables vegetales muy resistentes me ataron. Yo noté como me iba transformado en un hombre pez.
Desde mi prisión podía ver los acontecimientos que sucedían por las calles de aquella ciudad submarina. Primero apareció un gran carretón; iba tirado por dos gigantescas ballenas azules y portaba una especie de jaula hecha de lianas. En ese momento, uno de aquellos extraños seres submarinos me inquirió:
—¿Qué hacías aquí, muchachito imberbe?
—Sólo miraba, cuando de pronto se abrió aquella puerta y caí, entonces ustedes fueron y me hicieron prisionero— Le contesté.
—¿Sabes lo qué te sucederá?
—No, no lo sé— Respondí decidido.
—Te llevaremos al castillo de Poseidón y allí los jueces decidirán si han de castigarte la osadía que cometiste o te dejarán marchar a tu mundo de donde procedes.
—¿Qué me sucederá si me castigan?
—Si te castigan por curioso, te llevarán a un pasadizo en el que hay arcones y puertas muy atractivas, pero que encierran grandes peligros, ya que si por tu insana curiosidad abres alguna que te deslumbre y te atraiga, aspirarás veneno mortal o engendros pavorosos saldrán a darte una muerte atroz por no saber manejar el escudo de la voluntad que lo vence todo.
Al oír aquello, un miedo más, aunque diferente, invadió mi ser y dentro de mí pensé ¿Qué irán a hacer conmigo? ¿Me condenarán? ¿Moriré? ¡Oh no! ¡No volvería a ver a mis padres ni a mis hermanos! ¡Sería terrible! Pero algo como una voz surgida de la nada murmuró: ¡Fuerte soy! ¡Fuerte soy! Y me hizo exclamar: ¡Los venceré!
Mientras pensaba esto, luego de sacarme de la prisión pecera, me condujeron hacia el carretón aquel y me encerraron en la jaula de lianas. Quise romperlas, pero resultaba imposible, pues eran hilos de cristal cortantes tan resistentes como el acero.
Asido a mi prisión y sangrándome las manos por haber querido romper las insólitas rejas, me transportaron por un bosque de algas refulgentes de verdes azules de todo tipo, después me trasladaron por un vasto y rojo páramo submarino hasta que en la distancia apareció un impresionante palacio de nácar. Se ubicaba sobre una protuberancia de conchas que al abrirse mostraban perlas de color rosado de las cuales brotaban esplendentes energías que hacían flotar el suntuoso edificio.
En los torreones de éste, había pegadas como adornos, enormes estrellas marinas plateadas. Sus ventanales y balcones lucían cortinajes de telas aceradas que despedían fulgores recurrentes. Otra vez me encontraba deslumbrado ante esa maravilla, pero cuando me acordaba de lo que en aquel magnífico lugar me podía suceder, reparaba que el estómago tornaba a dolerme y las piernas a temblarme.
Cuando al fin llegamos y entramos en un gigantesco salón, donde dos de aquellos extraños habitantes submarinos me sacaron de mi encierro, me escoltaron por enormes puertas y mi asombro no tuvo límites al arribar a otra aún más dilatada estancia.
Las paredes estaban tapizadas de estrellas doradas; una alfombra de conchas rojas constituía el piso y en el mueblario había numerosas perlas incrustadas. Al fondo de ese gran aposento, se alzaba el trono de Poseidón.
Una especie de madera color ladrillo delineaba con majestuosidad el gran sillón imperial del Señor de los Océanos. Adornado con diamantes, aquel trono era resaltado por un muro de color rojo que le servía de fondo contrastante.
De improviso, de una puerta color amarillo salieron seis hermosas sirenas acompañadas de seis de aquellos hombres peces ultra rápidos y se sentaron en sillas labradas con excelsitud. Los doce llevaban birretes luminiscentes y se notaba que eran algo así como miembros de un jurado.
En ese momento una gran inquietud invadió el aparatoso palacio submarino al abrirse la puertas de cristales transparentes y permitir entrar a una multitud de seres oceánicos que se miraba deseosa de saber de mi caso. Todos me veían con rareza y comentaban sobre mi fealdad. Gracias a que me habían vestido con escamas, se había amortiguado el asqueroso aspecto de mi piel, tan lisa como un baboso. Escuchaba que decían. Se ponían de acuerdo en emitir su humillante fallo para los llamados humanos. Son tan egoístas y destructores, pero lo peor, engreídos al creerse eternos y sabios.
Así estaba yo percibiendo sus murmuraciones cuando de la puerta central que había, salió un hombre pez y tocó una especie de tambor que anunciaba al emperador de los mares: Poseidón. A punto se hallaba de entrar al salón en donde yo sería juzgado.
Su imponente figura apareció. Llevaba un tridente de oro en la mano derecha y lo iban siguiendo otras seis sirenas que lo acompañaron suntuosas hasta su trono. Se sentó estrepitosamente y dijo con gritos rotundos:
—Señores de los océanos, éste atrevido curioso, osó ver una de nuestras fiestas, la más dotada de hermosura y a la que sólo los habitantes del mar y no los intrusos, tienen derecho a presenciar: el ritual de la eternización. Por lo que digo: Castíguesele de manera ejemplar.
—Pero, ¡yo no lo sabía! — Imploré. — Jamás he querido faltar al respeto a nadie. — Pero Poseidón me miraba tan fijo que sus ojos refulgentes de enojo parecían querer fulminarme.
Entonces todos se miraron a las caras y comenzaron a hablar entre ellos. Cuando habían pasado diez o quince minutos se levantó uno de aquellos miembros del aparente jurado y manifestó:
—Nosotros, el Honorable Consejo de los Sublimes Seres del Océano, amado Poseidón, nuestro emperador, hemos decidido otorgarle el castigo ¡muerte por curiosidad! del que muy difícilmente podrá salvarse.
—¿Otro castigo más? —Grité desaforado sacando burbujas por la boca?
—¡Silencio que agitas el mar! — Manoteó diciendo Poseidón. Luego continuó el juez mayor el dictamen.
—Lo llevaremos al pasadizo de la curiosidad, pues como este repulsivo humano resultó ser un curioso, por estar mirando cosas que a él no le incumben, ahí morirá sin remedio al no controlar su impertinencia de fisgón. Sólo podría salvarse si resiste abrir los arcones del encanto y las puertas de la seducción.
Al oír aquello mis piernas reiniciaron su temblorina a la que me estaba acostumbrando y el corazón me latió cada vez más recio. Ya no tenía aliento, como un inválido caí en mi jaula de cristal.
Aquel extraño ser continuó su sentencia que yo, en mi desmayo escuchaba como en ecos de caverna:
—El pasadizo de la curiosidad está aquí mismo, en el Palacio de Poseidón. Principia en el sótano. Ahí, como algunos de los presentes lo saben, hay muchos arcones cerrados y puertas a discreción. Algo mortal se oculta en ellos y ellas. Si la curiosidad no se apoderase de él y camina todo el pasadizo resistiendo, sin ver nada, al final descubrirá una salida y podrá regresar a su mundo repulsivo, quizás a salvo.
Al escuchar aquello pensé: Si la curiosidad se apodera de mí y veo alguna de esas cosas, quedaré muerto al instante. ¡Pero no, pero no lo haré! ¡No! Resistiré. La advertencia que se me hace es una oportunidad de salvación. No son tan perversos estos seres. Continué pensando.
Entonces dos fornidos hombres peces hicieron con pases de sus manos que se levantaran las cortinas de cristal, me tomaron y me condujeron hasta una fabulosa puerta centellante. Proseguimos por ahí hasta un pequeño pasillo; en el fondo se alzaba otra gigantesca puerta y roncamente me dijo uno de ellos:
—Aquí está el pasadizo de la curiosidad, entra.— Ordenó mientras abría con sus manos escamosas la puerta del inicio.
Entré con mucho temor; la lobreguez era contundente; la oscuridad ahogaba. Caminé muy despacio, sin sospecharlo, unas lucecillas rojas y amarillas se prendieron y yo me pegué un gran susto. No obstante, todo lucía esplendoroso. Percibí que era un pasillo muy luengo y varias puertas de finas maderas y labrados impactantes se extendían por él; había repisas de desconocidos minerales fijadas en la pared por alcayatas de oro que sostenían arcones de cobre de gran beldad. El pasillo parecía no tener fin.
Caminando por aquel infinito corredor, calculé que habían pasado ya, algo más de dos horas. Principiaba a cansarme y no acertaba yo a llegar a la salida. Me dije: voy a sentarme a descansar un rato en el piso, pero para mi sorpresa no lo había; era como si estuviera formado por aire y yo me desplazara flotando.
Sentí algo que me llamaba por mi nombre y me invitaba a acercármele. Mi vista se fijó en un arcón transparente en el cual se podía ver un exquisito manjar; me levanté apresurado por esa hambre que no había podido satisfacer. Iba a abrirlo cuando de pronto recordé aquellas palabras —Nada de eso tocará, pues si lo hiciese quedaría al instante muerto— De manera instantánea quité las manos y seguí caminando más aprisa. Bueno, impulsándome más aprisa.
El poder salir como flotando me produjo una conmoción extraña, pero poco a poco fue disminuyendo, entonces comenzó a darme sed; había un calor sofocante. Así me hallaba experimentando tal tormento cuando ante mis ojos, en una puerta que estaba frente a mí, aparecieron unos exquisitos refrescos y unos pequeños helados que no lograba distinguir perfectamente. La curiosidad por ver de qué sabores eran aquellas pequeñeces se apoderó de mí. Me dirigí a la puerta que parecía invitarme con palabras seductoras a introducirme, pero recordé de nuevo las palabras de aquel habitante submarino y la curiosidad desapareció. Yo reanudé mi caminata flotante con rapidez.
Por fin ante mis ojos apareció la salida… Yo me encontraba a la expectativa, como en guardia, cuando de pronto a mi espalda sentí que una puerta había aparecido para cerrar la senda de regreso, impidiéndome volver atrás. Un furioso torrente manó del invisible piso y tan tremenda era su fuerza que me arrastró, como en tobogán por un larguísimo tramo. Iba yo impelido cual insignificante madero en aquella corriente convertida en un anchísimo río. Me vi entonces en medio de riberas arboladas. Quise nadar hacia alguna de las orillas, pero la potencia fluvial no me permitía desplazarme con soltura y me arrastraba sin piedad. Hacía esfuerzos desesperados por no hundirme; unas ansias terribles me ahogaban. Contemplé en el colmo de mi consternación cómo la corriente me arrastraba hacia un gigantesco remolino. No sabía qué hacer; me hallaba desesperado. Cada vez más me acercaba al acuoso torbellino. Pedía auxilio. Nadie me oía. El violento ojo de agua se aproximaba. Iba ya a caer en ese vórtice. Un grito estranguló mi garganta y me despeñé; la cabeza me daba de vueltas en enloquecedor vértigo: alucinaba el desierto, el venadillo santo, la Emperatriz de las Magas Luminosas, la Reina de las Magas de la Oscuridad, el Magno Efrit, los ogros, los duendecillos, los vampiros, los murciélagos, las momias, todos. Todos se reían de mí en carcajadas crueles y estruendosas. Y yo no podía ni siquiera gritar ya, asfixiado en mi propia angustia.
Entonces mi vista se percató de algo más horripilante: en el fondo del remolino rugía con las fauces abiertas por las cuales se veían sus filosos colmillos, un hambriento Tiranosaurio Rex. Era el monstruo del mar que había visto en otra de mis películas favoritas y me precipitaba hasta su hórrido hocico. Me devoraría. Yo me acercaba más y más… y cada vez más y el carnívoro depredador estaba listo para devorarme. Ahora sí ya nada me salvaría; iba a morir…
Comencé a dar de gritos:
—¡No quiero morir! ¡No, perdón! ¡No quiero morir!
Por la lejanía fue apareciendo una voz conocida; muy queda al principio; una voz que en creciente me decía:
—Despierta, despierta, ¿qué te pasa? — En ese momento abrí los ojos.
Parados junto a mí se encontraba mi madre y mis hermanos que reían; los hermosos rayos de sol entraban por la ventana de nuestra recámara; veía a mi rededor y contemplaba todo como un poseído, entonces mi madre me dijo:
—Despierta ya. ¿Qué te sucedía?
—¿Entonces… todo fue un sueño?
—¿De qué hablas? — Interrogó mi madre.
—Entonces… nada de eso me pasó ¡Oh! ¡Qué felicidad!— Dije respirando con enorme dicha.
—Ya lo has visto, te dije que no comieses tanta carne, pues te causaría una pesadilla.— Sentenció mi madre.
—No, jamás volveré a comer carne. Nunca más, lo prometo Me haré vegetariano.— Dije muy convencido, pensando en lo que acaso esta vez podría sucederme en realidad.
Entre los telones de la noche, las fantasías de un sueño me habían revelado muchas verdades…

EPÍLOGO



…que todo en la vida es sueño
Y los sueños, sueños son…


Pedro Calderón de la Barca