Máscaras

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Máscaras


El carnaval no muere. Necesitamos los latinos, todos los años, algunos días de abandono, en que no hacemos quizá locuras, aunque podríamos hacerlas; una rápida estación de libertad. Necesitamos periódicamente evadirnos de nuestras convenciones, miedos y manías sociales; borrar el «usted» y la mesura y la prudencia del lenguaje; desfigurar las vestiduras y las costumbres; volcar una abigarrada paleta sobre los grises tonos cotidianos y quebrar una ola de gritos sobre el runrún monótono de la existencia. Necesitamos descansar un instante de nuestras pesadas armaduras y costas; desnudarnos y olvidar. Pero, incapaces de huir hacia arriba, huimos hacia abajo; incapaces de salvarnos por el lado sublime de nuestra naturaleza, nos escurrimos por el lado grotesco.

Nos disfrazamos. Nos ponemos, como dice Shakespeare, «una máscara sobre otra», no para ocultar nuestros pensamientos, sino para libertarlos. Debajo de las máscaras de cartón soltamos disimuladamente la máscara de nuestro rostro, la auténtica, la que nos duele. El antifaz es el escudo; detrás de él desenvainamos la clara espada de la certidumbre. El antifaz nos permite dar bromas terribles a los amigos. ¿Qué broma más terrible que la verdad? Nos enmascaramos igual que muchos se emborrachan para volver a la verdad, para clamarla en medio de la calle o para murmurarla a un oído, siquiera una vez cada doce meses.

Confiesa Flaubert en sus cartas que no se miraba nunca en el espejo sin estallar de risa. Risa amarga de genio romántico ante su efigie exterior de solterón burgués. ¡Triste suerte la de no parecemos a nosotros mismos, la de encerrar nuestros hermosos sueños en una carne «desmayada y baja!». ¡Ya que es preciso gastarnos, suspira el poeta, gastémonos noblemente! ¿Cómo gastarse noblemente? ¿Cómo gastarse noblemente en el seno de una sociedad innoble? ¿Cómo adquirir, en el caos, la belleza de las ruinas, la altiva languidez del pasado heroico? Al esculpir nuestro espíritu en los rasgos de nuestra fisonomía, esculpimos nuestro egoísmo y nuestro terror y nuestros vicios crecientes. Artistas del mal con nostalgias del bien, apenas asoma a nuestra faz un resplandor fugitivo del ideal imposible; en ella, en la máscara horrible de las caras marchitas, retratamos todas nuestras cobardías y desilusiones olvidadas. Máscara cruel que revela lo despreciable y esconde lo santo.

¡Gastarse noblemente! ¿Quién lo sabe? La máscara de la vejez lo niega, de esa vejez que no perdona a los más grandes, a los más generosos, vejez idéntica a la que anticipan la agitación del juego, la llama del alcohol y la disolución de la lujuria. Una ráfaga de misterio refresca la juventud en flor; lanzaos al combate con el más elevado de los designios en el alma, y pronto sentiréis la repugnante intrusa mancharos y arañaros el cuerpo, y la piel resquebrajarse como el lodo resecado. La sonrisa del triunfo ahondará vuestras lúgubres arrugas. Gladiadores de la luz, veréis una sucia sombra devorar vuestras frentes. Acabar y desvanecerse no es nada; lo intolerable es acabar en lo repulsivo, desvanecerse en la podredumbre.

¡Vejez, máscara siniestra de la muerte! El Universo inhábil no acierta a crear lo inmortal. El destino se ensaya; somos en sus manos flechas sin empuje bastante; estamos condenados a inclinarnos y a ir a la tierra. ¿Por qué no disociamos en gloria, al estilo de las moléculas que estallan, por qué no arder en la altura semejantes a los astros en conflagración, por qué, ya que hay que hundirnos en la noche, no desaparecen los mejores de los nuestros en un espasmo ardiente y puro? No; son todavía necesarios el asco y la náusea. La fealdad pegajosa de las agonías es el cansancio del mundo.

Máscaras de la muerte y de la vida ¿quién os descubrirá? ¿Quién medirá lo que debemos esperar o temer? ¿Quién os perseguirá por los caminos de tinieblas? Hemos dado algunos pasos, y hemos caído de rodillas en la ribera. Más allá, la negrura a donde no alcanzan los ojos ni los lamentos.

Disfracémonos. Por ridícula o espantosa que sea la careta, nos aliviará. Nos figuraremos que nos quitan la otra.



Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 14 de febrero de 1907.