Manfredo: Acto II: Escena I

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Manfredo
Segundo acto: Escena I
 de Lord Byron

(El teatro representa una choza de los Alpes.)

MANFREDO Y EL CAZADOR DE GAMUZAS.

EL CAZADOR.

No, no, permaneced todavía, partiréis más tarde, vuestro espíritu y vuestro cuerpo tienen necesidad de más descanso. De aquí a algunas horas estaréis mejor, os serviré de guía, ¿pero a dónde iremos?

MANFREDO.

Conozco el camino y no necesito guía.

EL CAZADOR.

Vuestros vestidos y vuestro aire anuncian un hombre de un nacimiento distinguido; vos sois sin duda uno de los señores cuyos castillos dominan los valles; ¿cuál es vuestra morada? Yo no conozco sino la puerta de los palacios de los grandes. Mi modo de vivir me conduce muy rara vez a sus vastos hogares, para sentarme allí alrededor del fuego con sus vasallos; pero los senderos que se dirigen a dichos castillos me son muy conocidos desde mi infancia. ¿Cuál es el que os pertenece?

MANFREDO.

Poco te importa.

EL CAZADOR.

¡Y bien!, perdonadme mis preguntas; pero dignaos estar más alegre. Venid a gustar mi vino; es muy viejo: muchas veces me ha confortado el corazón en medio de nuestros hielos; recurrid a él para reanimar vuestro valor. Vamos, bebamos juntos.

MANFREDO.

Separa, separa esa copa; ¡sus bordes están mojados con sangre! ¡No veré nunca esta sangre sepultada bajo la tierra!

EL CAZADOR.

¿Qué quereis decir? ¿Vuestros sentidos están turbados?

MANFREDO.

Digo que es mi sangre, mi propia sangre, la sangre pura que corría en las venas de nuestros padres y en las nuestras, cuando en los primeros días de nuestra juventud no teníamos sino un corazón, y nos amábamos como no hubieramos nunca debido amarnos. ¡Esta sangre ha sido derramada, pero se eleva eternamente de la tierra y va a teñir las nubes que me cierran la entrada del cielo, en donde tú no estás y en donde yo no estaré jamas!

EL CAZADOR.

¡Hombre singular en tus palabras, a quien sin duda persigue algún remordimiento y a quien el delirio manifiesta los fantasmas! Cualesquiera que sean tus terrores y tus penas, todavía hay consuelos para ti en la piedad de los hombres justos y en la paciencia...

MANFREDO.

¡La paciencia, y siempre la paciencia! Esta palabra fue creada para los hombres dóciles y no para las aves de presa... Predica la paciencia a los mortales formados con el miserable polvo, yo soy de otra especie.

'EL CAZADOR.

¡Gracias a Dios!, yo no quisiera ser de la tuya por la gloria de Guillermo Tell. Pero cualquiera que sea el mal que te oprime, es preciso soportarle, y todos esos movimientos convulsivos son inútiles.

MANFREDO.

Yo le soporto sobradamente. Mírame: yo vivo.

EL CAZADOR.

Tú te agitas con terror, pero no vives.

MANFREDO.

Te responderé que he vivido muchos años, y que no cuentan por nada en el día en comparación de los que me faltan vivir. Veo delante de mí siglos, el infinito, la eternidad, mi conciencia y la sed ardiente de la muerte que me atormenta sin cesar.

EL CAZADOR.

Apenas se reconoce en tu frente la edad de la virilidad, yo cuento muchos más años que tú.

MANFREDO.

¿Crees que la existencia depende del tiempo? Las acciones; ved nuestras épocas. Las mías han multiplicado mis días y mis noches al infinito; los han hecho innumerables como los granos de arena de una costa, y los han convertido en un desierto árido y helado al que vienen a expirar las olas que al retirarse no dejan sino cadáveres, escombros de las rocas y algunas hierbas amargas.

EL CAZADOR.

¡Ay!, ha perdido el juicio, pero yo no debo abandonarle.

MANFREDO.

¡Que no le haya perdido como tú dices! Todo lo que ahora veo no sería sino el sueño de un cerebro enfermo.

EL CAZADOR.

¿Qué ves pues, o qué crees ver?

MANFREDO.

A ti y a mí, un paisano de los Alpes, tus modestas virtudes, tu choza hospitalaria, tu valerosa paciencia, tu alma arrogante, libre y piadosa; tu respeto por ti mismo fundado sobre tu inocencia, tus días llenos de salud, tus noches consagradas al sueño, tus trabajos ennoblecidos por el riesgo y sin embargo exentos del crimen, tu esperanza de una dichosa vejez y de una sepultura pacífica, en donde una cruz y una guirnalda de flores adornarán los céspedes, y a la cual servirán de epitafio los tiernos sentimientos de tus nietos: esto es lo que veo; y si miro dentro de mí mismo... Pero ya no es tiempo; mi alma estaba ya dolorida...

EL CAZADOR.

¿Y no cambiarías con gusto tu suerte por la mía?

MANFREDO.

No, amigo mío, yo no querría hacer un cambio tan funesto paro ti, y no lo haría con ningún otro viviente. Solo, puedo resistir a mis angustias, solo, puedo vivir soportando lo que los otros hombres no podrían conocer, ni aun en sueños, sin perder la vida.

EL CAZADOR.

¿Cómo con este generoso interés por tus semejantes, puedes verte cargado de crímenes? Cesa de decírmelo; ¿un hombre capaz de un sentimiento tan tierno puede haber inmolado a su furor a sus enemigos?

MANFREDO.

No, no, ¡jamás! He sido cruel con los que me amaban, con aquellos a quienes yo amaba. Jamás he dado un golpe a un enemigo sino en mi legítima defensa; pero —¡ay!— mis caricias eran fatales.

EL CAZADOR.

¡Que el cielo restituya la tranquilidad a tu alma! ¡Que el arrepentimiento te vuelva a ti mismo! Yo te prometo mis oraciones.

MANFREDO.

No tengo ninguna necesidad de ellas; pero no desprecio tu piedad, me retiro; adiós. Te dejo este bolsillo, igualmente que mis gracias, no hay que rehusarle... esta recompensa te es debida... no me sigas... conozco mi camino, no tengo que atravesar los senderos peligrosos de la montana; lo repito otra vez, no quiero que se me siga.

(Manfredo se va.)


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Segundo acto: Escena I