Manfredo: Acto III: Escena I

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Manfredo
Tercer acto: Escena I
 de Lord Byron

(Una habitación del castillo de Manfredo.)

MANFREDO Y HERMAN.

MANFREDO.

¿Se acabará bien pronto el día?

HERMAN.

Todavía falta una hora, y el sol va a ocultarse; todo nos anuncia una hermosa noche.

MANFREDO.

¿Lo has dispuesto todo en la torre, según lo he ordenado?

HERMAN.

Todo está pronto, señor, ved la llave y la arquilla.

MANFREDO.

Está bien, puedes retirarte.

(Herman se va.)

MANFREDO solo.

Experimento una calma y una tranquilidad que no había conocido en mi vida. Si yo no supiese que la filosofía es la más loca de nuestras vanidades, y la palabra más vacía de sentido entre todas las inventadas en la jerga de nuestras escuelas, creería que el secreto del oro, es decir la piedra filosofal tan buscada, se hallaba finalmente en mi alma. Este estado tan lisonjero no puede ser durable, pero ya es mucho el haberlo conocido aunque haya sido una sola vez. Ha enriquecido mis ideas con un nuevo sentido; y quiero escribir en mi libro de memoria que existe este sentimiento... ¿Quién está ahí?

(Herman vuelve a entrar.)

HERMAN.

Señor, el abad de San Mauricio pide permiso para hablaros.

(Entra el Abad.)

EL ABAD.

Que la paz sea con el conde Manfredo.

MANFREDO.

Mil gracias, padre mío: que seais bienvenido en este castillo, vuestra presencia me honra y es una bendición para los que le habitan.

EL ABAD.

Lo deseo conde, pero quisiera hablaros sin testigos.

MANFREDO.

Herman, retírate. ¿Qué es lo que quiere mi respetable huésped?

EL ABAD.

Quiero hablar sin rodeos: mis canas y mi celo, mi ministerio y mis piadosas intenciones me servirán de disculpa: también invoco mi calidad de vecino, aunque nos visitemos muy rara vez.

Varias voces extrañas y escandalosas ultrajan vuestro nombre; un nombre ilustre hace muchos siglos. ¡Ah, ojalá que pueda transmitirse sin mancha a vuestros descendientes!

MANFREDO.

Proseguid, os escucho.

EL ABAD.

Se dice que estudiais secretos que no están permitidos a la curiosidad del hombre, y que os habéis puesto en comunicación con los habitantes de las oscuras moradas, y con la multitud de espíritus malignos que se hallan errantes en el valle al que da sombra el árbol de la muerte. Sé que vivís muy retirado y que tratáis muy rara vez con los hombres vuestros semejantes; sé que vuestra soledad es tan severa como la de un prudente anacoreta; ¡y que no es tan santa!

MANFREDO.

¿Y quiénes son los que extienden estas voces?

EL ABAD.

Mis hermanos en Dios, los paisanos asustados, vuestros propios vasallos que observan vuestra inquietud. Vuestra vida corre el mayor peligro.

MANFREDO.

¿Mi vida? Yo os la abandono.

EL ABAD.

Yo he venido para procurar vuestra salvación y no vuestra perdida... No quisiera penetrar los secretos de vuestra alma; pero si lo que se dice es cierto, todavía es tiempo de hacer penitencia y de impetrar misericordia; reconciliaos con la verdadera iglesia, y esta os reconciliará con el cielo.

MANFREDO.

Os entiendo; ved mi respuesta. Lo que fui y lo que soy no lo conocen sino el cielo y yo. No escogeré un mortal por mediador. ¿He quebrantado algunas leyes? Que se pruebe y se me castigue.

EL ABAD.

Hijo mío, yo no he hablado de castigo y sí de perdón y de penitencia: vos sois quien debe escoger; nuestros dogmas y nuestra fe me han dado el poder de dirigir a los pecadores por la senda de la esperanza y de la virtud, y dejo al cielo el derecho de castigar: "La venganza pertenece a mí solo," ha dicho el Señor, y es con humildad como su siervo repite estas augustas palabras.

MANFREDO.

Anciano, ninguna cosa puede arrancar del corazón el vivo sentimiento de sus crímenes, de sus penas, y del castigo que se inflige a sí mismo: nada; ni la piedad de los ministros del cielo, ni las oraciones, ni la penitencia, ni un semblante contrito, ni el ayuno, ni las zozobras, ni los tormentos de aquella desesperación profunda que nos persigue por medio de los remordimientos sin amedrantarnos con el infierno, pero que él sólo bastaría para hacer un infierno del cielo. No hay ningún tormento venidero que pueda ejercer semejante justicia sobre aquel que se condena y se castiga a sí mismo.

EL ABAD.

Estos sentimientos son laudables, porque algún día harán lugar a una esperanza más dulce. Vos os atreveréis a mirar con una tierna confianza la dichosa morada que está abierta a todos aquellos que la buscan, cualesquiera que hayan sido sus yerros sobre la tierra; pero para espiarlos es preciso empezar por conocer la necesidad de ejecutarlo. Proseguid conde Manfredo... todo lo que nuestra fe podrá saber se os enseñará y quedaréis lavado de todo lo que pudiesemos absolveros.

MANFREDO.

Cuando el sexto emperador de Roma vio llegar su última hora, víctima de una herida que se había hecho con su propia mano a fin de evitar la vergüenza del suplicio que le preparaba un senado que antes era su esclavo, un soldado conmovido en apariencia de una generosa piedad, quiso estancar con su vestido la sangre del emperador. El Romano expirando no lo permite y le dice con una mirada que manifestaba todavía su antiguo poder: ¡Es demasiado tarde ya! ¿Es esta tu fidelidad?

EL ABAD.

¿Qué queréis decir con esto?

MANFREDO.

Respondo como él, es demasiado tarde.

EL ABAD.

Jamás puede serlo para reconciliaros con vuestra alma, y para reconciliarla con Dios. ¿No tenéis ya esperanza? Estoy admirado: aquellos que desesperan del cielo se crean sobre la tierra algún fantasma que es para ellos como la débil rama a la que se agarra un desgraciado que se está ahogando.

MANFREDO.

¡Ah, padre mío!; ¡yo también en mi juventud he tenido ilusiones terrestres y nobles inspiraciones! Entonces hubiera querido conquistar los corazones de los hombres e instruir a todo un pueblo; hubiera querido elevarme, pero no sabía hasta que altura... quizás para volver a caer; pero para caer como la catarata de las montañas, que precipitada desde la cumbre orgullosa de las rocas, acumula una onda subterránea en las profundidades de un abismo; pero temible todavía, vuelve a subir sin cesar hasta los cielos en columnas de vapores que se transforman en nubes lluviosas. Este tiempo pasó; mis pensamientos se han engañado a sí mismos.

EL ABAD.

¿Y por qué?

MANFREDO.

No podía humillar mi orgullo, porque para poder mandar algun día, es necesario primero obedecer, lisonjear y pedir, espiar las ocasiones, multiplicarse a fin de encontrarse en todas partes, y hacerse una costumbre de ocultar la verdad; ved como se consigue el dominar los espíritus cobardes y bajos, y asi son los de los hombres en general. Desprecié el hacer parte de una camada de lobos aunque hubiera sido para guiarlos. El león está solo en el bosque que habita; yo estoy solo como el león.

EL ABAD.

¿Y por qué no vivir y obrar como los demás hombres?

MANFREDO.

Sin haber nacido cruel, mi corazón no amaba las criaturas vivientes, hubiera querido encontrar una horrible soledad, pero no formármela yo mismo; quería ser como el salvaje Simoun que sólo habita el desierto, y cuyo soplo devorador no trastorna sino una mar de áridas arenas en donde su furor no es funesto a ningún arbolillo: no busca la morada de los hombres, pero es muy terrible para los que vienen a arrostrarlo. Tal ha sido el curso de mi vida, y mientras he vivido he encontrado objetos que ya no existen.

EL ABAD.

Empiezo a temer que mi piedad y mi ministerio no pueden seros útiles. Tan joven todavía... me cuesta mucho él...

MANFREDO.

Miradme, hay algunos mortales en la tierra que se hacen viejos en su juventud y que mueren antes de haber llegado el verano de su vida, sin que hayan buscado la muerte en los combates. Unos son víctimas de los placeres, otros del estudio, estos a causa del trabajo y aquellos por el fastidio. Hay algunos que perecen de enfermedad, de demencia, o en fin de penas del corazón, y esta última enfermedad, ofreciéndose bajo todas las formas y bajo todos los nombres, hace más estragos que la guerra. Miradme; porque no hay ninguno de estos males que yo no haya sufrido, y uno solo basta para terminar la vida de un hombre. No os admiréis ya de lo que soy, pero si sorprendeos de que haya existido y de que este todavía sobre la tierra.

EL ABAD.

Dignaos sin embargo escucharme...

MANFREDO (con viveza.)

Anciano, respeto tu ministerio y reverencio tus canas; creo que tus intenciones son piadosas; pero es en vano. No me supongáis una fácil credulidad, y sólo por la consideración que os tengo, evito una conversación más larga. Adiós.

(Manfredo se va.)

EL ABAD.

Este hombre hubiera podido ser una criatura admirable; y tal como es, presenta un caos que sorprende. Una mezcla de luz y de tinieblas, de grandeza y de polvo, de pasiones y de pensamientos generosos, que en su confusión y en sus desórdenes, quedan en la inacción o amenazan el destruirlo todo. La energía de su corazón era digna de animar elementos mejor combinados: va a perecer y quisiera salvarle. Hagamos una segunda tentativa; un alma como la suya merece muy bien el ganarla para el cielo. Mi deber me ordena el atreverme a todo para conseguir el bien; lo seguiré, pero será con prudencia.

(El Abad se va.)


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Tercer acto: Escena I