Manifiesto de la bandera blanca

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Franceses:

Estoy entre vosotros.

Me habéis abierto las puertas de Francia, y no he podido renunciar a la dicha de volver a ver mi patria. Pero no quiero dar con una larga estancia nuevos pretextos a la agitación de los espíritus, tan turbados en estos momentos. Dejo pues, a Chambord, que me habéis regalado, y cuyo nombre he llevado con orgullo durante cuarenta años de destierro.

Al alejarme deseo deciros que no me separo de vosotros: la Francia sabe que le pertenezco. No puedo olvidar que el derecho monárquico es patrimonio de la nación, ni declinar los deberes que él me impone hacia ella. Estos deberes los llenaré, creed mi palabra de hombre honrado y de rey.

Dios mediante, fundaremos juntos y cuando lo querráis así, sobre las anchas bases de la descentralización administrativa, un gobierno conforme a las necesidades del país. Daremos por garantías a estas libertades públicas, a las cuales tiene derecho todo pueblo cristiano, el sufragio universal honradamente practicado, y la intervención de las dos Cámaras; y continuaremos, restituyéndole su verdadero carácter, el movimiento nacional de fines del siglo último.

Una minoría, sublevada contra los votos del país, hizo de aquel movimiento el punto de partida de un período de desmoralización por la mentira, y de desorganización por la violencia. Sus criminales atentados han impuesto la revolución a la nación que solo pedía reformas, y la han empujado hacia el abismo, donde habría perecido ayer, sin el heroico esfuerzo de nuestro ejército.

Soy y quiero ser de mi tiempo: rindo sincero homenaje a todas las grandezas, y sea cual fuere el color de la bandera bajo la cual marchaban nuestros soldados, he admirado su heroísmo y dado gracias a Dios de todo, por su bravura ha enriquecido el tesoro de las glorias francesas.

No, no dejaré, porque la ignorancia o la credulidad hayan hablado de privilegios, de absolutismo o de intolerancia, y ¿y qué sé yo qué mas?, de diezmos, de derechos feudales, fantasmas, que la más audaz mala fe ensaya resucitar a nuestros ojos, no dejaré, digo, arrancar de mis manos el estandarte de Enrique IV, de Francisco I, de Juana de Arco.

Con él se ha hecho la unidad nacional, a su sombra han conquistado nuestros padres, conducidos por los míos, esa Alsacia y esa Lorena, cuyas fidelidad es el mando de nuestros reveses. Con él fue vencida la barbarie de los pueblos de África, testigo de los primeros hechos de armas de los príncipes de mi familia: él es quien vencerá la nueva barbarie que amenaza al mundo.

Lo confían sin temor al valor de nuestro ejército; él sabe que nunca siguió otro camino sino el del honor. Lo recibí como un depósito sagrado del anciano rey, mi abuelo, que murió en el destierro: siempre fue para mí inseparable del recuerdo de la patria ausente. Flotó sobre mi cuna y quiero que dé sombra a mi sepultura. En los pliegues gloriosos de este estandarte sin mancha os traeré el orden y la libertad.

¡Franceses! Enrique V no puede abandonar la bandera blanca de Enrique IV.

Enrique, Rey. Chambord, 5 de julio de 1871.

Referencias[editar]