Medida por medida

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SHAKESPEARE MEDIDA POR MEDIDA Traducción: Jaime Clark

PERSONAJES

VICENCIO, duque de Viena. ÁNGEL, delegado del duque durante la ausencia de éste. ESCALO, noble anciano de la corte del duque. CLAUDIO, joven de familia noble. LUCIO, libertino. Dos CABALLEROS, amigos de LUCIO. UN ALCAIDE. UN JUEZ. TOMAS, PEDRO, frailes. VARRIO. CODO, alguacil ridículo. ESPUMA, hidalgo simple. POMPEYO, criado de la DUEÑA Pordemás. HORRONEZ, verdugo. BERNARDINO, preso disoluto. ISABEL, hermana de Claudio. MARIANA, desposada de Ángel. ISABEL, amada de Claudio. FRANCISCA, monja. LA DUEÑA. PORDEMÁS, alcahueta. Nobles, empleados, ciudadanos, un muchacho y acompañamiento.

ESCENA. Viena.


ACTO PRIMERO.

ESCENA PRIMERA. Un aposento del palacio ducal.

Salen el DUQUE, ESCALO, NOBLES y acompañamiento. DUQUE. Escalo. ESCALO. Alteza. DUQUE. Discurrir ahora Sobre las propiedades del gobierno, En mí parecería vano alarde De inútil elocuencia, pues me consta Qué excede tu saber en tal asunto A los consejos todos que pudiera Darte mi autoridad: tan sólo falta Que juntes tu virtud con tu valía, Y deja que obren ellos. Del carácter De nuestro pueblo, de los fueros, leyes, É instituciones que al Estado rigen Eres conocedor, y tan experto En su gobierno como cualquier otro Que yo recuerde, a quien práctica y arte Lograron adiestrar. He ahí mi encargo: Que no te apartes de él es mi deseo. Llamad a mi presencia al conde Ángel. (Vase un criado.) ¿Qué tal opinas tú que hará mis veces? Porque has de saber que, previsor y cauto, Para suplir mi falta le he elegido. Prestéle mi terror, de mi clemencia le he revestido y, como a sustituto, Los atributos todos le he entregado De mi propio poder. ¿Qué piensas de ello? ESCALO. Si hay hombre alguno en toda Viena digno De tanto honor y de merced tan amplia, Sin duda, es Ángel. DUQUE. Mirale do viene. Sale ÁNGEL. ÁNGEL. Siempre obediente a tu mandato, Alteza. A recibir tus órdenes acudo. DUQUE. Hay, Ángel, en tu vida cierto sello Que al hombre observador revela claro Tu historia toda. Tu valer, tus dotes, Tan propios no te son, ni son tan tuyos Que puedas malgastar tu vida en ellos Tan por completo, ni ellos en ti solo. Nos usa el cielo cual la antorcha usamos: No se enciende para sí. Si no esparce Nuestra virtud su brillo en torno suyo, Fuera lo mismo, a fe, que no tenerla. El alma noble nace destinada A noble fin; jamás prestó natura El átomo menor de sus primores Sin exigir, cual diosa avara siempre, Del usurero el galardón: las gracias Y el rédito además. Pero esto digo A quien mejor pudiera aleccionarme. (Dándole el despacho.) Ten, Ángel, pues. Durante nuestra ausencia Tú ocuparas en todo el puesto mío. La muerte y el perdón en Viena sólo Residen en tu pecho y en tu lengua. Escalo, aunque con él hablé primero; Tu segundo será. Toma el despacho ÁNGEL. Mi príncipe y señor, primero deja Que a mayor prueba mi metal exponga, Antes que en él tan noble sello imprimas. DUQUE. No hay evasión. Tras reflexión madura Y meditada, fuiste tú elegido: De autoridad revístete, por tanto. Exige mi partida tal premura, Y me urge tanto, que a dejar me obliga Sin resolver asuntos de importancia. Daréte cuenta de mi estado cuando El tiempo y la ocasión me lo aconsejen; Y espero recibir noticias vuestras. Quedad con Dios, y el éxito corone Vuestros esfuerzos todos cual deseo. ÁNGEL. Permite que sirviéndote vayamos, Alteza, al menos, parte del camino. DUQUE. No tal, no lo consiente mi premura. No abrigues duda alguna por tu vida: Igual en todo es tu poder al mío: La ley violenta ó templa a gusto tuyo. Dame la mano: me iré ocultamente. Al pueblo quiero, pero no me gusta Hacer ostentación de mi persona Delante de sus ojos, ni apetezco, Por más que halaga, su ruidoso aplauso Y sus vehementes vivas: ni por hombre De discreción madura tengo a nadie Que de ello guste. Adiós de nuevo os digo. ÁNGEL. Contigo en toda empresa el cielo sea. ESCALO. Vete con él, y con él vuelve alegre. DUQUE. Gracias. Que os guarde Dios. (Vase.) ESCALO. Señor, te pido Licencia para hablarte libremente. Me importa conocer mi cargo a fondo: Tengo poder, mas de qué fuerza ó clase, Me queda por saber. ÁNGEL. Igual me pasa. Ven, discurramos juntos; de esa suerte Fácil será que solución logremos Dar a este punto. Ven. ESCALO. Guía, Excelencia. (Vánse.)


ESCENA II. Una Calle.

Salen Lucio y dos Caballeros. LUCIO. Si nuestro duque y los demás duques no se ponen de acuerdo con el rey de Hungría, veréis cómo se sublevaran todos los duques contra el rey. CAB. 1.' ¡Que el cielo nos conceda su paz, pero no la del rey de Hungría! CAB.2º ¡Amén! LUCIO. Rematas tu oración como aquel pirata devoto que se hizo a la mar con la ley de los diez mandamientos; pero borró uno de la tabla. CAB. 2.' ¿No robaras? LUCIO. Sí, ese borró. CAB. l. Por cierto, semejante mandamiento mandara al capitán, y a toda su tripulación renegar de su oficio; pues se hicieron a la vela para robar. No hay un solo soldado entre nosotros a quien no se le indigeste, en las gracias que se dan después de la comida, la oración en que se pide que haya paz. CAB. 2. No sé de ningún soldado a quien eso le disguste. LUCIO. Lo creo, pues sospecho que no comiste nunca donde hubiese costumbre de rezar. CAB. 2. º ¿Cómo no? Una docena de veces por lo menos. CAB. 1. ° ¿Cómo? ¿En verso? LUCIO. En todos los metros y en todas las lenguas del mundo. CAB. 1.' Lo creo; y en todas las religiones. LUCIO. ¿Y porqué no? Dar gracias es dar gracias, a despecho de toda controversia. Tú mismo, verbi gratia, eres un pícaro redomado, y te acuerdas más de las Gracias que de dar gracias a Dios. CAB. 1º Sí, sí; estamos cortados por una misma tijera. LUCIO. Cierto; como velludo y paño burdo. Tú eres el paño burdo. CAB. 1º. Y tú el velludo. Buen velludo estás tú; aterciopelado, sin duda. Más quisiera ser una lista de paño burdo inglés, que un velludo como tú, aterciopelado por manos francesas. ¿Te llego al vivo ahora? LUCIO. Creo que sí; pero es a costa de tu propia reputación. Ya sé, por tu misma confesión, cómo he de beber a tu salud; pero mientras viva me guardaré de beber después de ti. CAB. 1º. Creo que me he hecho agravio a mí mismo. CAB. 2º. Sí tal, estés contagiado, ó no lo estés. LUCIO. ¡Mirad, mirad, dónde viene la Dueña Mitigación! He adquirido bajo su tejado enfermedades por valor de... CAB. 2. ° ¿De cuánto? LUCIO. Adivinad. CAB. 2. ° ¿De tres mil dolores... digo, doblones por año? CAB. 1º. Sí, y encima de eso... LUCIO. Un par de coronas francesas. CAB. 1º. Estas hablando siempre de mis enfermedades; pero te engañas: estoy sano; no saqué nunca nada. LUCIO. Pero te han sacado bastante: te han sacado hasta los tuétanos: tus huesos están huecos: la depravación se cebó en ti. Sale la Dueña Pordemás. CAB. 1º ¡Hola! ¿Qué tal? ¿En cuál de tus caderas está ahora más arraigada la ciática? DUEÑA. Ya, ya; allí acaban de prender y llevar a la cárcel a un mozo que valía por cinco mil de vosotros. CAB. 2º. Di pronto quién es. DUEÑA. ¿Quién queréis que sea, hidalgo, sino Claudio? el señor Claudio. CAB. 1º ¡Claudio preso! No puede ser. DUEÑA. ¿Que no puede ser? Pues a fe que a mí me consta. Yo misma le vi prender y le vi conducir a la cárcel; y lo que es más: dentro de tres días le cortaran la cabeza. LUCIO. Dejando a un lado la broma, no quisiera que fuese cierto. ¿Estás segura de lo que dices? DUEÑA. ¡Y tan segura! y es todo por haber dejado en cinta a la señora Julieta. LUCIO. Creedme, es muy posible. Me prometió acudir hace dos horas a una cita, y siempre fue puntual en eso de cumplir su palabra. CAB. 2º. Por otra parte, ya veis que concuerda completa-mente con lo que decíamos poco ha. CAB. 1º. Y sobre todo con la proclama. LUCIO. Venid; vamos a averiguar la verdad. (Vánse Lucio y caballeros.) DUEÑA. Y es el caso que con la guerra por un lado, los sudores por otro, por una parte las galeras, por otra la pobreza, me voy quedando sin parroquia. (Sale Pompeyo.) ¡Hola! ¿Qué nuevas ame traes? POM. Ya se llevaron a aquel hombre a la cárcel. DUEÑA. ¿Y qué ha hecho? ¿Se puede saber? POM. Ha deshecho a una mujer. DUEÑA. Pero ¿cuál es su ofensa? POM. Pescar truchas a tientas en arroyo ajeno. DUEÑA. ¿Hale hecho un hijo a alguna doncella? POM. No, le ha fecho una hija a cierta moza. ¿No sabéis nada del bando? DUEÑA. ¿Qué bando es ese? POM. Todas las casas de trato que hay en los arrabales de Viena han de venir al suelo. DUEÑA. ¿Y qué harán con las de la ciudad? POM. Quedaran en pié para criar semilla. También las hubieran mandado derribar, a no ser por un sabio concejal que salió a su defensa. DUEÑA. ¿Y van a derribar todas las casas públicas de los arrabales? POM. Todas, hasta los cimientos, dueña. DUEÑA. ¡Vaya! ¡Esta sí que es cosa nueva en la república! ¿Qué va a ser de esta desdichada? POM. ¡Ca! no tengáis miedo. Al buen abogado no le faltan pleitos; aunque mudéis de vivienda, no por eso debéis mudar de oficio. Seguiré sirviéndoos en clase de mozo de taberna. ¡Ánimo! Tendrán compasión de vos; vos que casi habéis perdido los ojos en el oficio: sin duda, harán con vos la vista gorda. DUEÑA. ¿Qué va a ser de nosotros, mozo Tomas? Retirémonos. POM. Aquí viene el señor Claudio, a quien lleva preso el alcaide; y ved allí también a la señora Julieta. Salen el ALCAIDE, CLAUDIO y JULIETA entre alguaciles. CLAUD. ¿Por qué me enseñas de esta suerte al mundo? Ve, llévame a la cárcel do voy preso. ALC. Por mala voluntad no lo hago, sino Por orden especial del conde Ángel. CLAUD. Así pagar nos hace nuestras culpas La semidiosa autoridad, a peso. La ley de Dios lo dice: al que le toca, Le toca; y al que no, se queda libre, Y bien está; mas siempre es justiciera. Salen LUCIO y dos CABALLEROS LUCIO. ¿Qué es esto, Claudio? ¿Preso tú? ¿Por dónde? CLAUD. Lucio, por libertad en demasía. Así como el hastío engendra ayuno, La libertad, usada con exceso, Se trueca en sujeción. Nuestro apetito, Como el ratón goloso que se traga Su propia muerte, sigue al mal sediento. Y al mitigar la sed, bebemos muerte. LUCIO. Si pudiese hablar tan sesudamente estando preso, mandaría llamar a algunos de mis acreedores. Pero con todo, a decir verdad, prefiero la frivolidad de la libertad a la moralidad de la prisión. ¿Cuál ha sido tu ofensa, Claudio? CLAUD. El pronunciarla fuera ofensa nueva. LUCIO. ¿Alguna muerte acaso? CLAUD. No. LUCIO. ¿Lujuria? CLAUD. Llámalo así. ALC. Debéis partir, hidalgo. CLAUD. Escucha una palabra, amigo Lucio. LUCIO.Y cien, si algún provecho hacerte pueden. ¿Con tal rigor castran la lujuria? CLAUD. En tal apuro estoy. Por leal contrato Dueño del lecho vine a ser de Julia. Tú la conoces. Es mi esposa en todo; Tan sólo falta publicar el acto, Como lo exige el uso. No lo hicimos, Debido a cierta dote no pagada, Que aún se halla de sus deudos en el arca; De los cuales juzgábamos prudente Ocultar nuestro amor hasta que el tiempo Les inclinara a sernos favorables. Pero es el caso que el secreto hurto De nuestro mutuo trato se halla impreso En rasgos harto grandes en Julieta. LUCIO. ¿En cinta acaso? CLAUD. En cinta por desgracia. Y el delegado del ausente duque Ya sea culpa de su nuevo empleo, Que con su falso brillo le deslumbra, O ya que el bien común es como un potro Al que el virrey, reciente aún en la silla, Para que entienda que cual buen jinete Sabe mandar, hace sentir la espuela; Ya sea que es despótico de suyo El cargo, ó lo es su Alteza que lo ocupa; No sé, pero es lo cierto que este nuevo Gobernador me saca de hondo olvido Mil leyes anticuadas que en el polvo, Cual mohosa armadura en las paredes, Cuelgan ha tanto tiempo, que han pasado Veinte zodiacos ya, sin que una de ellas Se haya aplicado; y por cobrar renombre, Contra mí nuevamente resucita Esa olvidada, adormecida pena: Sin duda alguna, es por cobrar renombre. LUCIO. Es por eso, te lo aseguro; y tu cabeza esta tan poco firme en tus hombros, que una lechera enamorada pudiera derribártela de un suspiro. Manda recado al duque, y apela a él. CLAUD. Tal hice, pero en parte alguna le hallan. Te ruego, Lucio, que un favor me prestes: Hoy debe entrar mi hermana en un convento, En donde va a pasar el noviciado; Infórmala del riesgo en que me encuentro; Implórala que busque en nombre mío Amigos que al severo juez ablanden: ruégale que ella misma le conjure; Confió mucho en ella; su ternura Y juventud poseen cierta elocuencia Que sin palabras habla irresistible Al corazón del hombre: de otra parte, De gracia y de agudeza está dotada, Y mueve su palabra a quien la escucha. LUCIO. Quiera Dios que lo logre, no sólo para consuelo de los que se encuentren en igual apuro, y que de otra suerte tendrían que vivir sujetos a esta opresión rigurosa, sino también para que puedas seguir disfrutando de tu vida; pues sentiría en el alma que la perdieses tontamente a un juego de triquitraque. Voy a verla. CLAUD. Te lo agradezco, Lucio, ¡mi noble amigo! LUCIO. Hasta dentro de una hora. CLAUD. Alcaide, vamos. (Vánse)


ESCENA III. Un monasterio.

Salen el duque y FRAY Tomas. DUQUE. Buen padre, no; desecha tal idea; Ni creas que de amor el leve dardo Alcanza a traspasar un pecho entero. Si pido que me des secreto albergue, Es con un fin más grave y más sesudo Que los fines y antojos de la loca, Fogosa juventud. FRAY T. Dímelo, Alteza. DUQUE. Nadie mejor que tú, buen padre, sabe Cuan grata a mi alma siempre fue el retiro, Cuan enojoso el frecuentar tertulias, Do juventud, y despilfarro, y necia Ostentación acuden a porfía. He confiado al noble conde Ángel, Hombre severo y de abstinencia firme, Mi absoluto poder y puesto en Viena; El cual me cree camino de Polonia: Que hice esparcir tal voz entre la plebe, Y ya válida corre. Sé que ahora preguntarás, mi reverendo amigo, Por qué tal hago. FRAY T. Sí, con gusto, alteza. DUQUE. Tenemos estatutos rigurosos Y leyes muy severas, como frenos Precisos para potros cabezudos, Que de años diez y nueve a aquesta parte Hemos ido aflojando, y hoy descansan Como viejo león en su guarida, Que ya no sale en busca de su presa. Pues bien, habiendo, cual benigno padre, Colgado la palmeta, con objeto De espantar a sus hijos con la vista, no con el uso de ella, con el tiempo, Vino a ser más burlada que temida: Así nuestros edictos, ya difuntos Para el castigo, de hecho ya no existen: Y así el descaro de la ley se burla; El niño pega al ama, y el decoro Doquier de quicio sale. FRAY T. En esas manos Estaba el desatar la ley sujeta, Cuando te diere gusto; y más terrible Hubiera parecido esa reforma Hecha por ti que no por Ángel. DUQUE. Temo Que hubiese sido por demás terrible. Ya que soltó mi incuria el freno al pueblo, Tirano hubiera sido en castigarle, Acosándole cruel por las faltas Que yo le consentí, pues di permiso Para ello, dando al crimen libre vuelo, Y no al castigo. Por lo tanto, padre, En manos de Ángel abdiqué tal cargo; Quien, escudado con mi nombre, puede Herir a fondo, mientras de la lucha Quedo alejado, y de censura a salvo. Para observar su modo de gobierno, Cual si de la orden vuestra hermano fuera, Al príncipe y al pueblo a ver iréme. Provéeme, pues, de un habito, te ruego, Y enséñame a portarme en la apariencia Cual verdadero fraile. Más razones Para esta acción daréte cuando hubiere tiempo y vagar; baste decirte ahora que es muy severo en todo el conde Ángel; Contra la envidia cauto se resguarda; Confiesa apenas que su sangre corre, o que apetece el pan más que las piedras. Pronto he de ver si en él hace mudanza el mando, ó si merece mi confianza. (Vánse.)


ESCENA IV, Un convento de monjas. Salen ISABEL y SOR FRANCISCA.

ISABEL. ¿Y no tenéis más libertad las monjas? SOR. F. ¿Pues esa no es bastante? ISABEL. Sí, por cierto. No hablé en sentido de que fuese, escasa, Sino más bien lo dije deseando que hubiese más recogimiento y freno De Santa Clara en la hermandad devota. LUCIO (Dentro). ¡Paz sea en esta casa! ISABEL. ¿Quién da voces? SOR. F. La voz es de hombre. Dulce Isabelita, Ábrele tú; pregúntale qué quiere. Tú puedes, yo no; pues aún no hiciste voto. Cuando hagas voto, es menester que no hables con hombre alguno, salvo en la presencia de la abadesa: entonces si le hablares, tendrás que hacerlo con la faz velada; Si la enseñas, hablarle ya no debes. Lucio (Dentro). ¡Paz y prosperidad! SOR. F. Vuelve a dar voces. Contéstale, te ruego. (Vase.) ISAB. ¿Quien, quién llama? (Sale Lucio.) LUCIO. ¡Salve, oh virgen! si lo eres cual pregonan las rosas de esas cándidas mejillas. Si puedes, haz merced de conducirme a vista de Isabel, cierta novicia De este santo lugar, y hermana bella de su infeliz hermano, el triste Claudio. ISABEL ¿Por qué infeliz? si es lícito, pregunto; Y tanto más, teniendo que informaros que la que os habla es Isabel, su hermana. LUCIO. Gentil beldad, tu hermano te saluda y... para no cansarte, está en la cárcel. ISABEL. ¡Triste de mí! ¿Por qué? LUCIO. Por cierta ofensa, por la que a ser su juez yo mismo, créeme, le castigara dándole las gracias. Dejó preñada a cierta amiga suya. ISABEL. Hidalgo, no os burléis de mí. LUCIO. No, cierto. Yo no quisiera (aunque es mi antiguo flaco dar broma a las doncellas, lejos siempre Del labio el corazón), jugar con todas de igual manera. Virgen, yo te miro Como algo celestial y sacrosanto; Por tu renuncia, un inmortal espíritu, A quien se debe hablar como a una santa, de místico fervor el alma llena. ISABEL. Hacerme burla es ultrajar al Bueno. LUCIO. No pienses tal.-De veras, pues, y en breve Tu hermano y su adorada se abrazaron; Y como engordan los que bien se nutren, Como el Abril, tras la copiosa siembra, Trueca el barbecho yermo en fértil campo; Así revela su fecundo seno El fruto de su esfuerzo y su cultivo. ISABEL. ¿En cinta alguien por él? ¿Mi prima Julia? LUCIO. ¿Es prima tuya? ISABEL. Si, prima adoptiva; Como entre colegiales es costumbre trocar de nombres por pueril afecto, aunque sincero. LUCIO. Es ésa misma. ISABEL. Entonces. Cásense ella y él. LUCIO. He ahí el dilema. De aquí partió de extraño modo el duque. Dio chasco a muchos nobles (yo fui uno) Con esperanzas de inmediato empleo. Pero nos consta por personas diestras En tantear el pulso del Estado, Que los motivos que alegó distaban Mucho de ser la causa verdadera. En su lugar y con poderes plenos Ángel gobierna; un hombre cuya sangre Es nieve derretida; uno que nunca Sintió de los sentidos las lascivas Punzadas y emociones; pero que antes embota su aguijón y lo adormece con trabajo mental, estudio, ayuno. Éste, para infundir respeto, y miedo a la licencia, que hace tiempo pasa Inadvertida por la ley tremenda, como por el león el ratoncillo, rebusca un auto bajo el grave peso De cuya decisión corre peligro La vida de tu hermano. Prende al triste, Y con fatal rigor la ley aplica, Para que sirva a los demás de ejemplo. No queda ya esperanza de salvarle, Si con la magia de tu ruego dulce No logras ablandar al juez severo. En suma, esta es la esencia del encargo Que para ti me dio tu pobre hermano. ISAB. ¿Conque su muerte tan sañudo busca? LUCIO. Lo ha sentenciado ya, y el carcelero, Según he oído, tiene ya la orden para su ejecución. ISAB. ¡Ay! ¡Desdichada! ¿Qué aptitud hay en mí para ayudarle? LUCIO. Prueba el poder que tienes. ISAB. ¿Yo qué puedo? ¡Ay! dudo... LUCIO. Nuestras dudas son traidoras, Y nos hacen perder el beneficio (Por miedo de atrevernos) que a menudo pudiéramos lograr. Ve al conde Ángel, Y enséñele tu voz que cuando ruegan doncellas, dan los hombres como dioses; Mas cuando lloran y a sus píes se postran, Llegan a ser tan suyas sus demandas cual si a otorgarlas fueran ellas mismas. ISAB. Haré lo que pudiere. LUCIO. Pero pronto. ISAB. Iréme al punto, sin perder más tiempo Que el necesario para dar noticia De todo a la abadesa. Humildes gracias, Hidalgo, os doy. Encomendadme a Claudio. Antes de anochecer, noticia cierta Mandarle espero de mi buena suerte. LUCIO. Yo me despido. ISAB. Dios os guarde, hidalgo. (Vanse.) 

ACTO II

ESCENA PRIMERA. Una sala de la casa de Ángel.

Salen ÁNGEL, ESCALO, un JUEZ, el ALCAIDE, ALGUACILES y acompañamiento. ANG. No hagamos de la ley un espantajo Para ahuyentar las aves de rapiña, dejándola en la misma forma inmóvil, Hasta que la costumbre la haga percha, No terror de malvados. ESCALO. Bien; con todo, Seamos cautos; procuremos antes Cortar un poco que aplastar matando. ¡Ay! ¡Este mozo, a quien salvar quisiera, Honrado padre tuvo! Ilustre conde, Piensa y medita un rato (aunque te juzgo Severo por extremo en tus costumbres) Si estando tus pasiones excitadas, Propicios la hora y sitio a tu deseo, Bastando el firme impulso de tu sangre a conseguir el fin de tu designio, ¿No hubiera sido fácil que en tu vida, Alguna vez erraras de esa suerte, Que en él censuras tanto, y te expusieras Al fallo de la ley? ANG. El ser tentado, Escalo, es una cosa; el caer, otra. No niego que tal vez pudiera hallarse Entre los doce miembros del jurado, Llamados a fallar sobre la vida Del procesado, algún ladrón ó varios Aún más culpables que él a quien sentencian. La ley castiga a quien la ley convence. ¿Qué importa a la justicia que ladrones Sentencien a ladrones? Cosa es llana: La joya que encontramos, la cogemos, Porque la vemos; la que no se advierte, Se pisa y huella, y nadie piensa en ella. Atenuar no puedes su pecado Diciendo que pequé del mismo modo: Dime, más bien, que cuando yo faltare Del mismo modo que él a quien censuro, Dicte mi propio fallo a mí la muerte, Y no haya remisión. Que muera es fuerza. ESCALO. Sea cual tu cordura lo disponga. ANG. ¿En dónde está el alcaide? ALC. Aquí, Vuecencia. ANG. Cuida de que a las nueve esté mañana Claudio decapitado; no le falte Su confesor; que se prepare luego, Pues ese el fin será de su jornada. (Vase el alcalde.) ESCALO. (Aparte.) ¡Perdónale, señor, perdona a todos! Al uno ensalza el vicio; en ruina y lodos Despeña al otro la virtud. Algunos, Corriendo mil peligros importunos, En salvo quedan, y a otros, ¡fiera suerte! Un yerro solo les condena a muerte.

Salen CODO Y ALGUACILES CON ESPUMA y POMPEYO. CODO. Venid, traedlos acá; si fueren éstos buenos individuos de la república, estos que no hacen más que cometer abusos en casas públicas, no entiendo nada de leyes. Traedlos acá. ANG. ¿Qué hay, amigo? ¿Cómo te llamas, y qué sucede? CODO. Con permiso de vuesa merced, soy alguacil del pobre duque, y me llamo Codo. Me apoyo en la justicia, señor, y traigo aquí, para someterlos a tu severa justicia, a dos bien-hechores notorios. ANG. ¿Bienhechores? ¿Y qué clase de bien-hechores son? Malhechores querrás decir. CODO. Con permiso de vuesa merced, no sé precisamente lo que son; pero me consta que son bellacos redomados, y sin un átomo de profanación en el cuerpo, que es cosa que no le debe faltar a un buen cristiano. ESCALO. Bien dicho, a fe: he aquí un alguacil inteligente. ÁNGEL. Vamos, al grano. ¿Qué clase de gente es? ¿Conque te llamas Codo? ¿Por qué no hablas, Codo? POM. No puede, señor. Tiene rotos los codos. ÁNGEL. ¿Quién eres tú, amigo? CODO. ¿Ese? Un mozo de taberna, medio alcahuete, que sirve a una mala mujer; cuya casa acaba de ser derribada en los arrabales, y ahora ha puesto una casa de baños, la que, según pienso, debe ser una casa bastante mala. ESCALO. ¿Cómo sabes eso? CODO. Mi mujer, a quien detesto, como se lo juro a vuesa merced y a Dios... ESCALO. ¡Cómo! ¿A tu mujer? CODO. Sí, señor, mi mujer, quien, Dios sea loado, es mujer de bien... ESCALO. ¿Y por eso la detestas? CODO. Digo, señor, que yo por mi parte detesto, lo mismo que ella, que si esta casa no fuera casa de trato, lastima seria, pues es una casa perversa. ESCALO. ¿Cómo sabes eso, alguacil? CODO. Por mi mujer, señor; quien, a haber sido una mujer de inclinaciones carnales, hubiera podido ser condenada en dicha casa a toda suerte de fornicación, adulterio y torpeza. ESCALO. ¿Por los ardides de esa mujer? CODO. Sí, señor, por los ardides de la dueña Pordemás. Pero como ella le escupió en la cara, ya comprendió él con quien se las había. POM. Perdóneme vuesa merced, pero eso no es cierto. CODO. Pruébalo delante de estos pícaros, tú, hombre honrado; pruébalo. ESCALO. ¿No oís qué modo de disparatar? POM. Señor, ella entró en la casa, y estando embarazada, se la hubo de antojar (sea dicho con perdón de vuesa merced) unas ciruelas cocidas; no teníamos más que dos en casa, las cuales se hallaban en aquel entonces, como si dijéramos, en un plato frutero, un plato de tres maravedises ó cosa así; vuesa merced habrá visto tales platos; no son platos de la china, pero son platos muy buenos. ESCALO. Adelante, adelante: ¿qué nos importa el plato?

POM. Ni un bledo, señor, tenéis razón en eso. Vamos ahora al grano. Digo, pues, que la mujer de Codo, estando como dije, embarazada; y bastante adelantada en su estado de preñez, y habiéndosele antojado las ciruelas, como antes dije; y no habiendo más que dos en el plato, como acabo de decir, habiéndose comido las demás, como queda dicho, el hidalgo Espuma, que es este mismo que está presente, habiéndolas pagado, dicho se está, muy honradamente... pues ya os acordareis, hidalgo Espuma, que no os pude devolver las tres blancas.

ESP. Es muy cierto. POM. Perfectamente... ¿No lo veis? Estando vos entonces, si bien os acordáis, partiendo los huesos de las susodichas ciruelas. ESP. Es verdad, eso Hacia. POM. Perfectamente. ¿No lo veis? Y yo os estaba contando precisamente, si bien os acordáis, que aquel y el de más allá no se curarían de cierta enfermedad que vos conocéis, si no observaran un sistema de vida muy riguroso, como os dije... ESP. Todo eso es muy cierto. POM. ¡Pues! ¿No lo veis? ESCALO. ¡Qué pesado es! Al grano. ¿Qué se le hizo a la mujer de Codo para que tenga motivo de queja? Vengamos a lo que se le hizo. POM. Vuesa merced no puede venir a eso aún. ESCALO. Ni es eso lo que quiero decir. POM. Pero vendremos a eso, con permiso de vuesa merced. Ahora os suplico que miréis bien la cara del hidalgo Espuma; hombre que tiene sus cuatrocientos escudos de renta anuales, cuyo padre se murió por el día de Todos los Santos. ¿No fué por Todos los Santos? ESP. No, sino la víspera. POM. ¿No lo veis? Me parece que estas son verdades. Estando él sentado en una silla baja... fué en la sala del racimo de uvas, donde os gusta tanto sentaros. ¿No es cierto? ESP. Sí tal, es espaciosa y propia para el invierno. POM. ¿Pues no lo estáis viendo? Me parece que estas son verdades. ÁNGEL. No acabara ni en una noche en Rusia Cuando más largas son allí las noches. Me voy. Indaga, apura tú esta causa; Y espero que la tengas suficiente Para darles a todos una zurra. ESCALO. Así lo espero. El cielo te acompañe. (Vase Ángel.) Conque sepamos una vez más, qué se le hizo a la mujer de Codo. POM. ¿Una vez, hidalgo? No se le hizo nada una vez. CODO. Os suplico. Señor, que le preguntéis qué hizo este gentilhombre a mi mujer. POM. Suplico a vuesa merced que me lo pregunte. ESCALO. Conque di: ¿qué le hizo este gentil-hombre? POM. Os ruego que miréis bien el rostro de este caballero. Buen hidalgo Espuma, encaraos con el señor, es con buen fin. ¿Ve vuesa merced esa cara? ESCALO. Si, muy bien. POM. No, os ruego que la miréis bien. ESCALO. Ya la miro. POM. ¿Ve vuesa merced algo malo en esa cara? ESCALO. Nada. POM. Pues oso jurar ante un tribunal que su cara es lo peor que tiene. Pues bien, siendo su cara lo peor que tiene, ¿cómo es posible que el hidalgo Espuma haya podido hacer nada malo a la mujer del señor alguacil? A eso quiero que me conteste vuesa merced. ESCALO. Tiene razón. ¿Qué contestas, alguacil? CODO. En primer lugar, si os place, señor, la casa es una casa respetuosa; luego este hombre es un hombre respetuoso, y su ama es una mujer respetuosa. POM. Por esta mano os juro, hidalgo, que su mujer es persona mucho más respetuosa que ninguno de nosotros. CODO. ¡Mientes, tunante! ¡Mientes, pícaro bellaco! Aún no llegó el día en que se respetase lo más mínimo de ella, con hombre, mujer ó niño. POM. Hidalgo, se respetó de ella que tuviese algo con él antes de casarse los dos. ESCALO. ¿Cual es aquí la más sesuda? ¿La justicia ó la iniquidad? ¿Es cierto eso? CODO. ¡Oh pícaro! ¡Oh villano! ¡Oh pérfido Aníbal! ¿Respetarse de ella antes de casarse conmigo? Si respetaron alguna vez de ella ó de mí, no me tenga vuesa merced por alguacil del pobre duque. Pruébalo, pérfido Aníbal, ó te pondré pleito por violencia. ESCALO. Y si te diera una bofetada, podrías también ponerle pleito por calumnia o injuria. CODO. A fe que se lo agradezco a vuesa merced. ¿Qué quiere vuesa merced que haga con' este pícaro bellaco? ESCALO. Opino, señor alguacil, que, ya que tiene ciertas malas mañas, que tú bien quisieras averiguar, si pudieres, lo mejor será que le dejes continuar en su modo de vivir, hasta que averigües cuales sean esas mañas. CODO. A fe que se lo agradezco a vuesa merced. ¿Lo ves, pícaro bellaco? ¿Ves a lo que has venido a parar? Tienes que continuar, gran pícaro; tienes que continuar. ¿Lo oyes? ESCALO. ¿Dónde nacisteis, amigo? ESP. Aquí en Viena, señor. ESCALO. ¿Es cierto que tenéis cuatrocientos escudos de renta? ESP. Cierto, si os place, hidalgo. ESCALO. Bien. ¿Qué oficio tienes tú? POM. Soy mozo de taberna; mozo de taberna de una pobre viuda. ESCALO. ¿Que se llama? POM. La Dueña Pordemás. ESCALO. ¿Ha tenido acaso más de un marido? POM. Nueve, señor: el último fué Pordemás. ESCALO. ¡Conque nueve! Venid acá, hidalgo Espuma.-Hidalgo Espuma, no quisiera que frecuentarais la compañía de mozos de taberna. ¿Lo oís? Ellos os chuparan la sangre, hidalgo Espuma, y vos los llevareis a la horca. Idos con Dios, y que no vuelva a tener noticias vuestras. ESP. Doy a vuesa merced las gracias. Por mi parte sé decir que no entré una sola vez en una taberna que no me chupasen. ESCALO. Bien esta, hidalgo Espuma. Dios os guarde. (Vase Espuma) Ven acá, señor mozo, ven acá. ¿Cómo te llamas, señor mozo? POM. Pompeyo. ESCALO. ¿Y qué más? POM. Posaderas, señor. ESCALO. Y a fe que tus posaderas son la parte más grande de tu persona; de suerte que tomándolo en el sentido más vulgar y grosero, eres Pompeyo el Grande. Pompeyo, veo que, por más que lo quieras encubrir con el oficio de mozo de taberna, tienes tus puntos y ribetes de alcahuete. ¿No es cierto? Dime la verdad, te tendrá más cuenta. POM. A decir verdad, hidalgo, soy un pobre diablo que trata de buscarse la vida. ESCALO. ¿Y cómo tratas de buscarte la vida? ¿Siendo alcahuete? ¿Y qué te parece el oficio, Pompeyo? ¿Te parece oficio decente y tolerado por la ley? POM. Si la ley no lo prohíbe, señor... ESCALO. Pero es el caso que la ley lo prohíbe, Pompeyo; y no será tolerado en Viena. POM. ¿Piensa vuesa merced capar y deslomar a todos les mozos de esta ciudad? ESCALO. Nada de eso, Pompeyo. POM. Pues entonces, a fe, señor, no habrá medio de que se acabe eso. Si vuesa merced lograra contener a todas las mozas y mozos livianos, no tendríais nada que temer de los alcahuetes. ESCALO. ¡Lindo reglamento es el que se va a inaugurar pronto, te lo aseguro! Nada menos que horca y cuchillo. POM. Pues si ahorcáis y degolláis a todos los que ofendan de esa suerte, no más que por espacio de diez años, ya podéis ir encargando una buena remesa de cabezas. Si rigiese esta ley tan sólo por espacio de diez años en Viena, me atrevería a arrendar la mejor casa que hay en ella por tres maravedises diarios. Si vivierais hasta que eso suceda, decid que Pompeyo os lo pronosticó. ESCALO. Gracias, buen Pompeyo; y en pago de tu profecía, escucha: te aconsejo (¿me entiendes?) que no te vuelva a ver en mi presencia, sea por lo que fuere; no, ni aun por seguir viviendo en donde actualmente vives; si nos volvemos a ver, Pompeyo, mira que te haré retirar más que de prisa a tu tienda, y seré para ti un César riguroso. Hablando claro, Pompeyo, te mandaré azotar. Conque por esta vez, vete con Dios, Pompeyo. POM. Agradezco a vuesa merced sus buenos consejos; (Aparte.; pero en cuanto a seguirlos, eso será lo que dispongan la sangre y la fortuna. ¿Pegarme a mí? eso no: Pegue el zagal a su burra; ¿Cuándo un hombre como yo Dejó, por miedo a una zurra, El oficio en que nació? (Vase.) ESCALO. Ven acá, señor Codo; ven acá, señor alguacil. ¿Cuánto tiempo llevas en el empleo de alguacil? CODO. Siete años y medio, señor. ESCALO. Me figuré, al ver tu destreza en el oficio, que hacía algún tiempo que lo desempeñabas. ¿Dices que hace ya siete años? CODO. Y medio, señor. ESCALO. Sin duda te causara grandes molestias. Es una injusticia obligarte a prestar este servicio tan a menudo. ¿No hay otros hombres capaces de desempeñarlo en tu parroquia? CODO. A fe, señor, son pocos los que entienden de estas cosas. Cuando nos eligen, se dan por muy satisfechos con elegirme a mí en su lugar. Yo lo hago por unos cuantos maravedises, y me encargo del oficio por todos. ESCALO. Mira, procúrame los nombres de seis o siete de las personas más capaces de tu parroquia. CODO. ¿He de llevarlos a casa de vuesa merced? ESCALO. A mi casa. (vase Codo.) ¿Qué hora será? JUEZ. Las once, señor. ESCALO. Os convido a comer conmigo. JUEZ. Os doy humildes gracias. ESCALO. Pena me da la muerte de ese Claudio; Mas no hay remedio. JUEZ. El conde es muy severo. ESCALO. Y es menester. Deja de ser clemencia La que se muestra tal a todas horas; Y madre es el perdón de nueva culpa. Sin embargo... ¡ay! ¡Desdichado Claudio! Ya no hay remedio.-hidalgo, cuando os plazca. (Vánse.)


ESCENA II. Otra aposento del mismo palacio

Salen el ALCAIDE y un CRIADO. CRIA. Dando una audiencia está. Vendrá muy pronto; Diré que estáis aquí. ALC. Hazlo, te ruego. (Sale el criado.) Sabré cual es su gusto: por ventura Se mostrará más blando. Al fin, el pobre Solo pecó como quien peca en sueños. Todas las sectas, las edades todas Incurren en tal vicio; y a él la vida Le ha de costar. Sale ÁNGEL. ÁNGEL. ¿Qué ocurre, pues, alcaide? ALC. ¿Ordenas que mañana muera Claudio? ÁNGEL. ¿No te dije que sí? ¿No tienes orden? ¿A qué preguntas otra vez? ALC. Temía Precipitarme mucho. He visto casos En que (señor, perdona mi osadía) Cumplida la sentencia, la justicia Tuvo que arrepentirse de su fallo. ÁNGEL. ¡Eh! basta ya: que corra de mi cuenta. Cumple con tu deber, ó deja el puesto; Podré pasar sin ti. ALC. Perdón te pido. ¿Qué hemos de hacer con la doliente Julia? Se acerca su hora. ÁNGEL. Llévenla a un paraje más conveniente; y hágase al momento. Sale el CRIADO. CRIA. Aquí la hermana esta del sentenciado, Señor, y os pide audiencia. ÁNGEL. ¿Tiene hermana? ALC. Sí tal, señor, doncella muy virtuosa; Y a punto esta de entrar en un convento, Si no lo ha hecho ya. ÁNGEL. Bien, que la admitan. (Vase el criado.) Que lleven a otra parte a la preñada, Y que la den los medios necesarios; Nada superfluo. Haré que extiendan orden. Salen ISABEL y Lucio. ALC. Dios guarde a tu Excelencia. ÁNGEL. (Al Alcaide.) Espera un rato. (A Isabel.) Seas muy bien tenida. ¿Qué deseas? ISABEL De pena henchida a pretender acudo, y ruego a tu Excelencia que me escuche. ÁNGEL. ¿Cuál es tu petición? ISABEL. Hay cierto vicio Que sobre todos odio y ver deseo Punido por la ley más que otro alguno. Interceder por él jamás osara, Si mi deber no fuera, y él me dice que interceder no debo; pero lucho Entre querer y no querer. ÁNGEL. Al grano. ISABEL. Tengo un hermano condenado a muerte: Muera su culpa, por favor te ruego, Y no mi hermano. ALC. (Aparte.) ¡Dios te dé elocuencia! ÁNGEL. ¡Qué! ¿Condenar la culpa y no al culpable? Antes de cometerse, toda culpa Ya condenada esta. Farsa seria Mi cargo si la ofensa castigase, Cuyo castigo el código prescribe, Y al ofensor en libertad dejara. ISABEL. Ley justa, más severa. ¡Ay triste! Entonces. Tuve un hermano. El cielo te proteja. LUCIO. (Aparte a Isabel.) No le dejes así; torna a rogarle: Póstrate ante él, agárrale del sayo. ¿Tan fría estas? Si un alfiler pidieres, No suplicaras con tan mansa lengua. ¡Ánimo! a él. ISABEL. ¿Y es menester que muera? ÁNGEL. Doncella, no hay remedio. ISABEL. ¡Ay! sí. Me dice El alma que pudieras perdonarle Sin ofender al cielo ni a los hombres. ÁNGEL. No quiero. ISABEL. Y si quisieras ¿no podrías? ÁNGEL. Lo que no quiero hacer, hacer no puedo. ISABEL. ¿Mas no pudiera hacerlo tu clemencia Sin ofender al mundo, si embargase Tu pecho la emoción que siente el mío? ÁNGEL. Fue sentenciado; es tarde. LUCIO. (Aparte a Isabel.) Eres de mármol. ISABEL. ¿Tarde? No tal. Si digo una palabra, Bien puedo retirarla. Ten por cierto: De cuantos atributos revestirse Suele el poder, ninguno, ni la regia Corona del monarca, ni la espada Del delegado, ni el bastón de mando Del mariscal, no, ni del juez la toga, Le presta la mitad del claro brillo Que la clemencia. Si él hubiese estado En tu lugar, y tú en el suyo, conde, Como él errado hubieras, y él tan duro No fuera como tú. ÁNGEL. Vete, te ruego. ISABEL. Pluguiera a Dios que tu poder tuviese, Y fueras tú Isabel. ¿Pasara esto? No; qué es ser juez vería el mundo entonces, Y qué ser preso. LUCIO. (Ap. A Isabel) Así; bien vas; no cejes. ÁNGEL. Tu hermano es presa de la ley; en vano Derrochas tus palabras. ISABEL. Fueron presa Las almas todas del pecado un día; Y Aquel que fácil castigarlas pudo, Buscó el remedio. Di ¿de ti qué fuera, Si Aquel que es de justicia excelsa cumbre, Cómo eres te juzgase? ¡Oh! piensa en ello, Y alentara en tus labios la clemencia Cual ser recién nacido. ÁNGEL. Calma, joven. No yo, la ley es quien condena a Claudio. Si fuera deudo, hermano ó hijo mío, La misma suerte, a fe, le esperaría. Mañana ha de morir. ISABEL. ¿Mañana mismo? ¿Tan pronto? ¡Oh, Dios! Perdónale, te ruego. Aún no está preparado para su hora. Si para nuestras mesas no matamos la caza sino a tiempo, ¿serviremos Al cielo mismo con menor respeto Que aquel con que halagamos nuestra gula? LUCIO. ¡Bien dicho, a fe! (Aparte a Isabel) ÁNGEL. La ley no estaba muerta, Si bien dormida: nunca aquellos muchos Se hubieran atrevido a tal pecado, Si el que infringió primero aquel edicto Su error pagado hubiese. Ya despierta, Observa lo que pasa, y cual profeta Ve en un espejo los futuros males, ya nuevos, ya engendrados por descuido, dados a luz y fomentados luego, Que no han de desplegarse ya por grados, Sino al nacer, morir. ISABEL. Lastima tenle. ÁNGEL. La tengo más cuando obro con justicia: Me apiado así de los que no conozco, A quienes hostigar pudiera luego el perdonado crimen; siendo justo Con él también, que al espiar un crimen No vive para ser dos veces reo. Basta; mañana ha de morir. ¡Paciencia!' ISAB. ¿Conque el primero en pronunciar tal fallo Has de ser tú, y él, en sufrirlo? ¡Oh! es noble Tener la fuerza de un gigante; usarla Como un gigante es pérfido. LUCIO. (Ap. a Isabel.) ¡Bien dicho! ISABEL. Si retronar pudiesen los magnates Cual Jove mismo, a Jove acordarían; Pues todo despreciable empleadillo Para tronar su Olimpo emplearía, ¡Para tronar no más! Piadoso cielo, Tú con sulfúreo, agudo rayo hiendes Nudoso roble que no mellan cuñas, Antes que blando mirto; pero el hombre, El hombre presuntuoso, revestido De breve autoridad, más ignorante De lo que más se jacta y envanece, Su ser vidrioso, como airado mono Representa tan cómicas escenas A vista de los cielos, que hasta arranca Lagrimas de los Ángeles, los cuales, Si nuestro humor tuviesen, se volvieran, A fuerza de reír, mortales todos. LUCIO. (Aparte, a Isabel) Anda, muchacha, a él; veras cual cede; Y pronto, a fe. ALC. (Aparte.) ¡Dios quiera que le ablande! ISABEL. No juzgues a mi hermano por ti mismo: Puede burlarse el grande de los santos; En él es agudeza; en el humilde Torpe profanación. LUCIO. Está en lo justo: Prosigue así. ISABEL. Lo que en el jefe es sólo Colérica palabra, en el soldado Es vil blasfemia. LUCIO. (Aparte a Isabel.) ¿De eso entiendes? Sigue. ÁNGEL. ¿A qué colmarme de sentencias tales? ISABEL. Porque el poder, si bien cual todos yerra, Cierto remedio lleva en sí que espuma Del crimen lo peor. Llama a tu pecho, Y al corazón pregunta si no sabe De algún error igual al de mi hermano. Si natural flaqueza cual la suya Confiesa, no permitas que tu lengua Llegue a formar palabra alguna contra La vida de mi hermano. ÁNGEL. (Aparte.) Habla y discurre Con juicio tal, que a mí me roba el juicio. -Que Dios te guarde. ISABEL. Oh noble conde, escucha. ÁNGEL. Lo pensaré; puedes volver mañana. ISABEL. Veras cual te soborno. Oh conde mío, Torna y escucha. ÁNGEL. ¡Cómo! ¿Sobornarme? ISABEL. Sí, mas con santos dones que contigo Querrá partir el cielo. LUCIO. (Aparte a Isabel.) De otra suerte, Fuera perderlo todo. ISABEL. No con vanos Montones de oro puro, no con piedras Cuyo valor aumenta ó disminuye Según la inestable moda los estima, Sino con ruegos castos que a los cielos Subiendo, en ellos lograran entrada Antes que salga el sol; ruegos fervientes De almas puras, de vírgenes que ayunan, Y a nada temporal la mente inclinan. ÁNGEL. Bien; vuelve acá mañana. LUCIO. (Aparte A Isabel.) Ven, partamos: Lo lograras. ISABEL. Que Dios te guarde, conde. ÁNGEL. (Ap.) ¡Amén! pues temo que ando ya camino De aquella tentación que el rezo cruza. ISABEL. Mañana ¿a qué hora me pondré a tus plantas? ÁNGEL. Siendo antes de las doce, a cualquier hora. , ISABEL. Guárdete Dios. (Vánse Isabel, Lucio y el Alcaide.) ÁNGEL. De ti, virtuosa y todo. ¿Qué es esto? ¿Qué es? ¿Es culpa suya ó mía? ¿Quién peca más aquí? ¿La tentadora, O el ser tentado? ¡Ah no, no es ella! Pura, ni seduce siquiera. Soy yo mismo Que al sol tendido junto 'a la violeta, Cual mosca vil, no cual la flor, me pudro En su virtuoso ambiente. ¿Y es posible Que la modestia excite el apetito Más que la liviandad? sobrando tierra Inculta, ¿arrasaremos templos santos Para fundar el vicio en sus escombros? ¡Baldón! ¡Vergüenza! ¿Qué haces, Ángel, qué eres? ¿Perderla quieres por aquello mismo Que mas la ensalza? ¡Oh, viva, pues, su hermano! Para robar tiene el ladrón derecho Cuando el juez mismo roba. ¿Es que la adoro, Que anhelo oír de nuevo su palabra, Gozarme en su mirada? ¿Qué deliro? ¡Oh pérfido enemigo, tú que infame Para gozar a un santo astuto cebas Con santos el anzuelo! ¡Es peligrosa La tentación que al crimen nos aguija, Amando la virtud! Ramera alguna Con todo su vigor, belleza y arte, Logró hechizarme nunca; y esta virgen Tan casta me subyuga por completo. Hasta hoy ¿cómo es posible, me decía, Que ame tan loco el hombre? y me reía. (Vase.)


ESCENA III. Interior de una cárcel.

Salen por distintos lados el DUQUE disfrazado de fraile y el ALCAIDE. DUQUE. ¡Alcaide, salve! que eres tal colijo. ALC. Soy el alcaide. Padre, ¿qué desea? DUQUE. Por caridad y fiel a mi orden sacra, Acudo a visitar los desdichados en esta cárcel. Deja que los vea, Según es uso, y la índole refiere De sus delitos, para que en su auxilio Pueda cumplir mi santo ministerio. ALC. Si hiciera falta más, aún más haría. (Sale JULIETA.) Mira, aquí viene cierta dama nuestra, Quien, de su corta edad víctima siendo, Amancilló su fama. Esta con hijo, Y sentenciado el padre, que es un mozo más apto a repetir la misma ofensa Que a sucumbir por ésta. DUQUE. Dime: ¿Cuándo debe morir? ALC. Mañana, según creo. (A Julia.) Todo provisto queda; aguarda un poco; Luego te sacaran. DUQUE. Di: ¿te arrepientes, Hermosa, de la falta en que incurriste? JULIETA. Sí, y con paciencia mi deshonra llevo. DUQUE. Quiero enseñarte a hacer prolijo examen De tu conciencia, a averiguar si es firme, Si es verdadero tu arrepentimiento, O si es fingido. JULIETA. Aprenderé gustosa. DUQUE. ¿Amas al hombre que causó tu ruina? JULIETA. Como amo a aquella que causó la suya. DUQUE. Parece, pues, que de común acuerdo Pecasteis ambos. JULIETA. De común acuerdo. DUQUE. Tu falta es, pues, más grave que la suya. JULIETA. Sí, lo confieso, y me arrepiento, padre. DUQUE. Bien, hija; empero es penitencia escasa Llorar tu falta sólo por la afrenta En que te pone: pena semejante, más que una ofrenda al cielo, es un tributo Que rindes a ti misma, y prueba claro Que más por miedo que fervor le sirves. JULIETA. Del crimen me arrepiento por ser crimen, Y gozo en mi vergüenza. DUQUE. ¡Firme en eso! Tu compañero ha de morir mañana, Según entiendo. Voy a darle auxilio. La bendición del cielo te acompañe. (Vase.) JULIETA. ¡Morir mañana! ¡Oh injusto amor, qué vida Cruel me das cuyo único consuelo Es un horror mortal! ALC. ¡Ay! ¡Pobre Claudio! (vase.)


ESCENA IV. Una sala de la casa de Ángel.

Sale ÁNGEL. ÁNGEL. Si pienso ó rezo, rezo y pensamiento Se fijan en objetos diferentes. Al cielo ofrezco mis palabras huecas, mas mi intención, sin atender al labio, Se clava en Isabel. Dios en la boca; Pero es cual si rumiase su alto nombre. Dentro del corazón, en cambio, crece Y bulle el crimen que mi mente trama. El bien común, mi estudio en otro tiempo, Es como un libro bueno harto leído: Me inspira tedio y odio; mi cordura, De que (no lo oiga nadie) me envanezco, Trocara con ventaja por liviana Pluma que el viento mece. ¡Oh, cargo! ¡Oh, forma! Cuan a menudo con tu aspecto y brillo Respeto al necio infundes, y alucinas Al sabio con tu externa y falsa pompa. Sangre, eres sangre siempre: si en los cuernos De Satanás «buen Ángel» se grabara, No fueran ya su timbre. (Sale un CRIADO.) ¿Qué hay? ¿quién llega? CRIA. Cierta monja, Isabel, y audiencia pide. ÁNGEL. Guíala a mi presencia. (Vase el criado.) ¡Oh, santos cielos! ¿Por qué mi sangre al corazón se agolpa Haciéndole incapaz de dominarse, Y arrebatando a mis demás potencias La necesaria calma? Así se apiña En torno al desmayado necia turba; Van a salvarle todos, y le roban El aire que debiera restaurarlo. Y así de un rey querido el pueblo ansioso, Dejando sus talleres, a obsequiarle Acude a su presencia, do su inculto Amor, por fuerza, agravio le parece. (Sale ISABEL.) ¿Qué traes, hermosa joven? ISABEL. Vengo, conde, A oír cuál es tu gusto. ÁNGEL. El mío fuera, Que lo supieras ya, sin preguntarme. Tu hermano ha de morir. ISABEL. ¿Conque es forzoso? Que Dios te guarde, conde. ÁNGEL. Sin embargo, Aún pudiera vivir por algún tiempo, Tanto, tal vez, cual tú, o yo; no obstante, Que muera es fuerza. ISABEL. ¿Bajo tu sentencia? ÁNGEL. Si. ISABEL. Dime cuando, a fin de que en el plazo Que le, concedas, fuere largo o breve, Se pueda preparar, y no peligre De su alma la salud. ÁNGEL. ¡Oh, qué vergüenza! ¡Qué torpe vicio! Con igual derecho Pudiera perdonar a aquel que hubiese Robado al mundo un hombre ya formado, Que remitir la impúdica delicia De los que estampan la celeste imagen En cuños prohibidos. Es tan fácil Quitar aleve una existencia pura, Como sembrar en tierra prohibida Fatal semilla para darla falsa. ISABEL. Eso será en el cielo, no en la tierra. ÁNGEL. ¡Cómo! ¿Eso afirmas? Pronto he de cogerte. DI, ¿qué prefieres`? ¿Que la ley severa Ajusticie a tu hermano, ó redimirle Entregando tu cuerpo a dulce oprobio, Como ella, cuyo honor manchó tu hermano? ISABEL. Tened por cierto, conde, que entregara El cuerpo antes que el alma. ÁNGEL. No hablo de ella. Siempre entran más en número que en cuenta Los crímenes forzados. ISABEL. ¿Cómo, conde? ÁNGEL. No oso abonarlo, es cierto, pues podría Desmentir lo que digo. Mas responde: Yo de la ley vigente órgano ahora, A Claudio a pena capital sentencio. ¿No hubiera caridad en el pecado Que le salvase? ISABEL. Cometedlo, os ruego; Yo torno sobre mí todo el peligro: delito alguno, caridad sería. ÁNGEL. Pues si eso a costa de tu alma hicieres, Pecado y caridad fueran iguales. ISABEL. Si yo, al pedir la vida de mi hermano, Peco, que el cielo me lo tenga en cuenta; Si pecas tú a mi suplica cediendo, Mi rezo matinal será pedirle Al cielo que lo añada a mis ofensas, Sin que lo pagues tú. ÁNGEL. No tal; escucha: No sigue mi argumento tu sentido; O eres obtusa, ó artera finges serlo; Lo cual no está bien hecho. ISABEL. Sea simple, Ni valga para nada; humilde sólo Sepa reconocer cuan poco valgo. ÁNGEL. Así el talento aspira a ser más vivo Cuando se humilla más. No de otro modo Pregona en voz más alta veinte veces Negra careta la beldad tapada Que descubierto hechizo. Pero escucha: Para que entiendas bien, seré más claro. Tu hermano ha de morir. ISABEL. Así parece. ÁNGEL. Y su delito es tal, según resulta, Que a tenor de la ley tal pena incurre. ISABEL. Es cierto. ÁNGEL. Admite que no hubiera modo Alguno de salvarle (no lo afirmo, Ni de él ni de otro, póngolo por caso) Sino que tú, su hermana, requerida Por cierto personaje, cuyo influjo Con el juzgado, ó cuyo excelso rango, Fuera parte a librarle de la garra De la ley que sujeta y liga todo; No habiendo ya otro medio de salvarle Sino el de que entregaras los hechizos De tu albo cuerpo a aquel supuesto prócer, O sucumbiera Claudio, di, ¿qué harías? ISABEL. Lo mismo que por mí, por él hiciera; Y es, que si me amagase con la muerte, Cada señal del látigo picante Llevara cual rubí; me desnudara Para la muerte como para el lecho Que hasta enfermar hubiese ansiado, antes Que someter mi cuerpo a tal deshonra. ÁNGEL. Es fuerza entonces que tu hermano muera. ISABEL. Y fuera lo mejor; sí, más valdría Que de una vez muriese aquel hermano, Y no que se muriera para siempre Su hermana por salvarle. ÁNGEL. No serias Entonces tan cruel cual la sentencia Que tanto has injuriado. ISABEL. No nacieron Rescate ignominioso y libre indulto De un mismo tronco; en nada se parece Legítima merced a torpe compra. ÁNGEL. Ha poco me pareció que juzgabas Despótica la ley, y más que vicio, Alegre broma el crimen de tu hermano. ISABEL. Perdóname, señor; tal vez sucede que a fin de conseguir lo que queremos, no dice el labio lo que el alma piensa. Disculpo en parte el crimen que abomino En pro de aquél a quien tan tierna adoro. ÁNGEL. Frágiles somos todos. ISABEL. De otra suerte, Muera mi hermano, si es el sólo reo que ha menester de tu flaqueza, conde. ÁNGEL. Pero también son frágiles las hembras. ISABEL. Sí tal, como el espejo en que se miran, Que así se rompe como rasgos copia. ¡Las hembras! ¡Valme Dios! Los hombres dañan Su propia procreación, si abusan de ellas. Llamadnos, no una vez, diez veces frágil; Pues somos blandas como nuestros rostros, Y a falsas impresiones susceptibles. ÁNGEL. Lo creo así; y en vista de esta franca Declaración que hacéis del propio flaco, (Y yo supongo que no fuimos hechos Los hombres con tal fuerza que no logren Movernos nuestras faltas) seré claro: Te cojo la palabra. Sé lo que eres, Eso es, mujer: si fueres más, no lo eres. Mas si eres hembra (como bien lo prueba Tu cándido exterior) muéstralo ahora; Sé frágil, pues, y cede a tu destino. ISABEL. Sólo una lengua tengo, noble conde. Ruego que me hables el primer lenguaje. ÁNGEL. En breve, pues; te quiero. ISABEL. Quiso a Julia Mi hermano, y dices que por eso muere. ÁNGEL. No morirá, Isabel, si amor me otorgas. ISABEL. Ya sé que tiene tu virtud licencia Para mostrarse no poco más liviana De lo que es en verdad, y así, sin duda, Sondea a los demás. ÁNGEL. Cree, por mi honra, Que mis palabras mi intención expresan. ISABEL. ¡Ay! ¡honra escasa para ser creída, Y pérfida intención! ¡Oh farsa, farsa! Te voy a delatar. ¡Ángel, cuidado! De Claudio al punto fírmame el indulto, o he de decir al mundo a voz en grito, Quien eres tú. ÁNGEL. ¿Quién te creerá, Isabela? Mi nombre inmaculado, de mi vida La grave austeridad, mi testimonio Contrario a ti, mi puesto en el Estado, Superaran tu acusación de suerte Que ahogara tu voz tu mismo informe, Y exhalaras calumnia. Ya en camino, La rienda suelto a mi sensual carrera; Tu asenso adapta a mi voraz deseo. ¡Fuera melindres y rubor prolijo, cuyo desvío es gana! A Claudio compra, Tu cuerpo a mis antojos entregando, Pues de otra suerte morirá no sólo De infame muerte; tu dureza misma La alargara con lánguido tormento. Contéstame mañana, ó por la ardiente pasión que me domina, en mí tu hermano Un déspota hallará.- Di lo que quieras, podrá más mi mentira que tus veras. (Vase.) ISABEL. ¿A quién quejarme? Si contase aquesto, ¿Quién me creería? ¡Oh peligrosa boca, tú, que con una sola y misma lengua a un tiempo absuelves y condenas cruda; que haces callar la ley a tu capricho, y amoldas la razón, según tu gusto Seguirla ó huirla sea! Veré a mi hermano: Y aunque pecó instigado por la sangre, Guarda en su pecho un alma tan honrada, Que si tuviese, no una, cien cabezas Que hincar en tajos cien rojos de sangre, Las postraría todas una a una, Antes que permitir que a tal deshonra Postrara el cuerpo su infeliz hermana. Viva, pues, casta, y sáciese el tirano: Vale mi castidad más que mi hermano. Sabrá su pretensión; y luego, en calma, Rinda a la tierra el cuerpo, al cielo el alma. (Vase.)   ACTO III.


ESCENA PRIMERA. La cárcel.

Salen el DUQUE disfrazado de monje, CLAUDIO y el ALCAIDE. DUQUE. ¿Esperas, pues, perdón del conde Ángel? CLAIJD. Otro remedio el infeliz no tiene Que-la esperanza sólo: vida espero, y preparado estoy para la muerte. DUQUE. Piensa en morir tan sólo: vida ó muerte Será más dulce, así. Habla a tu vida, Y dile: si te pierdo, pierdo cosa Que sólo estiman necios. Eres soplo, En quien influye todo etéreo cambio Que sin cesar aflige la morada Do alientas tú. Juguete de la muerte, Intentas evitarla con la fuga, Y siempre hacia ella corres. No eres noble, Pues-lo agradable que tu seno encierra, Bajeza lo engendró. No eres valiente, Pues te amedrenta el breve, blando pico De un pobre insecto. Tu mejor descanso Es el dormir, que con frecuencia buscas, Y temes a la muerte, que es un sueño. No eres lo que pareces, pues tu esencia Forman mil granos que del polvo brotan. No eres feliz, pues siempre vas buscando Lo que no tienes, y lo tuyo olvidas. No eres constante, pues de incierto modo Mudas de complexión según la luna. Rica, eres pobre; pues cual asno, cuyo Lomo se dobla bajo tejos de oro, Breve jornada llevas tus gravosas Riquezas, que la muerte al fin te quita. Amigo alguno tienes, pues tu sangre, Que padre te apellida, el dulce fruto De tus entrañas, de tu amor y brío, maldice el reuma, el serpigo y la gota Porque no acaban de matarte a tiempo. De juventud, ni de vejez disfrutas; Sino cual breve siesta te evaporas, Soñando en ambas: pues tu edad florida Se trueca en senectud, é implora ayuda De la vejez decrépita y avara; Y cuando a vieja llegas y eres rica, Ni gusto tienes, ni vigor, ni hechizo Para gozar tus bienes. ¿Qué, pues, queda De esto que vida llaman? Sin embargo, Se ocultan muertes mil en esta vida; No obstante, todos temen a la muerte, Y es la que allana todo. CLAIJD. Gracias, padre. Veo que ansiando vida, busco muerte, Y ansiando muerte, vida. Aquí la espero. ISABEL. (Dentro); ¡Abrid! Paz haya aquí, salud y dicha. ALC. ¿Quién llama? ¡Que entre! Tan cortés saludo La bienvenida exige. DUQUE. Buen hermano. En breve he de volver a visitarte. CLAUDIO. Te lo agradezco, padre reverendo. Sale ISABEL. ISABEL. Quisiera una palabra ó dos con Claudio. ALC. Con gran placer.-Hidalgo, vuestra hermana. DUQUE. Alcaide, una palabra. ALC. Y mil, si os place. DUQUE. (Aparte al Alcaide.) Ponme do, sin ser visto, pueda oírles. (Vánse el Duque y el Alcaide.) CLAUD. ¿Qué alivio traes, hermana, qué consuelo? ISABEL. ¡Ay! grato como todos, sí, ¡muy grato! Teniendo asuntos con el cielo, el conde Cual raudo embajador allá te envía, Donde serás eterno residente. Disponte, pues, al punto para el viaje; Mañana es la partida. CLAUD. ¿Y no hay remedio? ISABEL. Sólo uno, que al salvar una cabeza, -Un pecho partirá. CLAUD. ¿Pero hay alguno? ISABEL. Sí tal: vivir aún puedes, pobre hermano. Diabólica merced el juez abriga: Con implorarla libraras tu vida; Mas ¡ay! te engrillaras hasta la muerte. CLAUD. ¿Prisión perpetua? ISABEL. Sí, Prisión perpetua; Terrible sujeción a atroz martirio, Aun cuando fuera tuyo el universo de un cabo al otro. CLAUD. ¿Mas de qué manera? ISABEL. De modo tal, que si consientes, Claudio, Sin honra dejaras tu noble tronco, Y de virtud desnudo. CLAUD. ¿Qué es? sepamos. ISABEL. Claudio, tiemblo por ti, y temo que quisieres Tu vida dilatar febril é incierta, Y más aprecies seis ó siete inviernos Que una honra eterna. ¿Osas morir? Se funda En aprensión el miedo de la muerte; Y el pobre insecto que tu planta pisa, Sufre en el cuerpo igual dolor que cuando muere un gigante. CLAUD. ¿A qué rubor causarme? ¿Crees tú que puedo cosechar firmeza De blandas flores? Si morir no espera. A las tinieblas abriré los brazos, Y las estrecharé como a una novia. ISABEL. ¡Mi hermano habló! ¡La tumba de mi padre Un grito despidió! Morir te aguarda. Para comprar tu vida con bajezas, eres muy noble tú. Tu juez, tan santo, Al parecer, quien con su grave rostro, Y frase meditada, en flor agosta La juventud, y la locura espanta Como el neblí la garza, es, sin embargo, Un diablo, un diablo atroz; si vaciara El fango que hay en él, parecería un charco tan profundo como el Orco. CLAUD. ¿Quién? ¿Ángel? ¿Aquel santo? ISABEL. Es la artimaña Más negra del infierno el ir vistiendo Al más infame de hábito devoto. ¿Qué te parece, Claudio? Si entregase Al pérfido mi honor, quedaras libre. CLAUD. ¡Cielos! no puede ser. ISABEL. Por esa ofensa, Para ofender de nuevo te soltara. Esta noche es la cita, en que debiera Hacer lo que me causa horror nombrarte. CLAUD. Nunca lo harás. ISABEL. Fuera mi vida sola, Y por salvarte la arrojara fácil Como, una aguja. CLAUD. Gracias, dulce hermana. ISABEL. Prepárate a morir mañana, Claudio. CLAUD. Si... ¿Con que abriga sentimientos tales Que a hollar la ley le obligan cuando intenta Forzarla más? Sin duda no es pecado, O al menos el menor de los mortales. ISABEL. ¿Cómo el menor? CLAUD. Sí condenable fuera, ¿Cómo es posible que hombre tan sesudo Se condenara por tan breve goce? ¡Ay, Isabel! ISABEL. ¿Qué dices, caro hermano? CL AID. ¡La muerte es cosa horrible! ISABEL. Y cosa odiosa Y aborrecible, sin honor, la vida. CLAUD. ¡Mas ay! morir, ir no sabemos dónde: Yacer en fría cárcel y podrirse: Trocarse en césped esta ardiente, blanda Vitalidad; bañarse en ígneos lados El alma deleitada; estremecerse 'De recio hielo entre hórridos montones; Encarcelada en vientos invisibles, Con incesante furia ir azotada Alrededor de la flotante esfera; O estar peor aún que el peor de aquellos que el pensamiento anárquico e inseguro se pinta aullando. ¡Es por demás horrible La humana vida!, más cansada y negra que edad, dolor, pobreza y cautiverio Al hombre pueden dar, es, comparada Con lo que da la muerte, un paraíso. ISABEL. ¡Ay! CLAUD. ¡Déjame vivir, hermana mía! Cree que cualquier pecado que cometas, Para salvarla vida de un hermano. Lo borrara tan de raíz natura, Que, Vendrá a ser virtud. ISABEL. ¡Oh torpe bruto! ¡Cobarde ruin! ¡Oh pérfido sin honra! ¿Quieres que mi delito te haga hombre? ¿No fuera incesto recibir la vida A costa de la afrenta de tu hermana? ¿Qué he de pensar? ¡Oh Dios! ¿Fue infiel acaso Mi madre con mi padre? ¡Porque nunca Brotara de su sangre tan perverso Retoño del desierto! ¡Te rechazo! ¡Ve, muere, pues! Si a revocar tu sino Bastara el inclinarme, se cumpliera. Para que mueras rezaré mil ruegos; Para salvarte, ni uno. CLAUD. ¡Escucha, hermana! ISABEL. ¡Oh, qué vergüenza! Tu pecar infame Accidental no fue, sino un oficio. Fuera contigo la piedad tercera. Mejor que mueras pronto. CLAUD. ¡Escucha, hermana! Vuelve a salir el duque. DUQUE. Concédeme una palabra, tierna hermana, una palabra no más. ISABEL. ¿Que deseas? DUQUE. Si tuviera- vagar, quisiera hablarte luego; la merced que te pido, no dejara de redundar en tu provecho.

ISABEL. No tengo vagar sobrado; habré de hurtar de otros quehaceres el tiempo que empleare contigo. Sin embargo, satisfaré tu deseo.

(Se retira a un lado.) DUQUE (A Claudio).He entreoído cuanto acaba de pasar entre tú y tu hermana. Ángel no abrigó nunca el designio de perderla; no hizo más que poner su virtud a prueba, para ejercitar su propio criterio en el conocimiento de las naturalezas. Ella, pertrechada de verdadero honor, le dio aquella virtuosa respuesta que él con tanto agrado ha recibido. Soy confesor de Ángel, y sé que esto es cierto: por lo tanto, prepárate a morir; no lisonjees tu firmeza con esperanzas engañosas, pues has de morir mañana. Póstrate de hinojos y estate apercibido. CLAUD. Deja que pida perdón a mi hermana; estoy tan desencantado de la vida, que seré capaz de rogar que me la quiten. DUQUE. Mantente firme en ese propósito, y ten resolución. ¡Adiós! (Vase Claudio.) Alcaide una palabra. Sale el ALCAIDE. ALC. ¿Qué deseas, padre? DUQUE. Que te vayas por donde viniste. Déjame un rato con esta doncella; mi intención y mi hábito te responden de que no corre peligro alguno en mi compañía. ALC. En buen hora. (Vase el Alcaide.) DUQUE. La mano que te hizo bella, te hizo buena; la bondad, que sólo consiste en la belleza, no tarda en robar la belleza de su bondad; pero siendo la virtud celestial el alma de tu belleza, será parte a mantener el cuerpo de ella en eterna lozanía. Por fortuna he sabido el ultraje que Ángel te ha hecho; y si la flaqueza humana no ofreciera muchos ejemplos tales de liviandad, me asombraría la conducta de Ángel. ¿Cómo harás para contentar al delegado y salvar al mismo tiempo a tu hermano? ISAB. Voy a declararle al punto mi resolución. Prefiero que muera mi hermano por la ley, a que nazca mi hijo ilegítimo. Mas, ¡ay! ¡Cuánto se engaña el buen duque en Ángel! Si vuelve alguna vez, y logro hablarle, no volveré a despegar mis labios, ó delataré el gobierno de Ángel. DUQUE. Harás bien en eso. Sin embargo, en el estado en que se halla actualmente este asunto, podrá evadir tu acusación: dirá que no hizo más que poner tu virtud a prueba. Por lo tanto, presta oído a mis consejos; a mi deseo de hacer bien se le presenta un remedio. Estoy convencido de que sin dejar de obrar con toda rectitud, puedes hacer un beneficio merecido a una joven ultrajada; redimir tu hermano de la garra de la ley; y, sin mancillar en lo más mínimo tu acrisolada virtud, dar una satisfacción grande al duque, si por ventura volviera alguna vez y tuviese noticia de este suceso. ISABEL. Dame más pormenores. Tengo alma para hacer cualquiera cosa que no parezca vil y torpe a los ojos de mi alma. DUQUE. La virtud es osada, y nunca miedosa la bondad. ¿No oíste hablar alguna vez de Mariana, la hermana del valiente soldado Federico, que sucumbió en alta mar? ISABEL. He oído hablar de esa dama, y por cierto, en términos de encomio. DUQUE. Hubiera debido casarse con este Ángel, quien había jurado ser su esposo, y el día de la boda estaba ya fijado. Pero en el intervalo desde el día de los esponsales hasta el de la boda, naufragó su hermano Federico, hundiéndose con su nave, en la que llevaba el dote de su hermana. Imagínate ahora el apuro en que esta desgracia hubo de hundir a la pobre doncella: perdió a un hermano noble y renombrado, cuyo cariño hacia ella se manifestó siempre en extremo afectuoso y fraternal; con él su herencia y el nervio de su fortuna, su dote matrimonial; perdió además a su prometido esposo, el tal Ángel, tan virtuoso al parecer. ISABEL. ¿Es posible? ¿Dejóla Ángel de esa suerte? DUQUE. La dejó bañada en lagrimas, sin enjugarle una sola con su compasión; quebrantó los sagrados votos que le había hecho, pretextando que había notado en su conducta ciertas señales de liviandad. En suma, la abandonó a su dolor, al cual aún sigue entregada por causa suya; y él, hecho duro mármol, es bañado con sus lágrimas y no se ablanda. ISABEL. ¡Qué meritoria acción sería la de la muerte si quitase del mundo a esa pobre doncella! ¡Qué perfidia la de esta vida que aún deja con vida a aquel hombre! ¿Pero en qué le podrá aprovechar este suceso? DUQUE. Es una llaga que puedes fácilmente sanar, y cuya cura, no sólo salvara la vida de tu hermano, sino también tu honor, que ningún riesgo correrá si lo haces. ISABEL. Dime cómo, padre. DUQUE. La doncella susodicha guarda aún vivo en su memoria el recuerdo de aquel primer afecto: el injusto desamor de Ángel, que, según era de esperar, hubiera debido extinguir su pasión, mas como impedimento que entorpece la corriente de un arroyo, la hizo más violenta y más indomable.- Ve tú a ver a Ángel; cede a su pretensión con aparente obediencia; otórgale la parte principal de su demanda, pero con la condición de que tu cita con él ha de ser breve, que se verifique a una hora tranquila y oscura, y en cierto lugar a propósito para tal, encuentro. Si consiente en ello, todo saldrá bien. Aconsejaremos a la doncella ultrajada que acuda en tu lugar; cuando se descubra luego la entrevista, podrá obligarlo a recompensarle; y he aquí cómo de esta manera queda salvo tu hermano, sin mancha tu honor, aventajada la pobre Mariana, y desenmascarada la perfidia del delegado. Yo sabré persuadir a la doncella y apercibirla para la entrevista. Si tu consientes en llevarlo a cabo, lo cual no te será difícil, el doble beneficio que redundara de este engaño, lo pondrá a salvo de cualquiera censura. ¿Qué te parece? ISABEL. El retrato que de él acabas de trazarme, me tranquiliza desde luego, y confío en que alcanzara felicísimo éxito. DUQUE. Dependerá en gran parte de tu comportamiento. Acude sin tardanza a ver a Ángel. Si solicita gozar de tus hechizos esta misma noche, promete satisfacer su deseo. Iré luego a San Lucas, donde en solitaria granja vive la desdeñada Mariana. Ve a buscarme allí; y ponte de acuerdo con Ángel, a fin de que todo quede resuelto cuanto antes. ISABEL. Te doy las gracias por este consuelo. Dios te guarde, padre reverendo. (Vánse por distintos lados.)


ESCENA II.

La calle delante de la cárcel. Salen por un lado el DUQUE, disfrazado como antes, y por otro, Codo, con Pompeyo entre alguaciles.

CODO. A fe mía, si esto no se remedia, y os empeñáis en seguir comprando y vendiendo a hombres y mujeres, como si fueran bestias, todos tendrán que beber bastarda parda y blanca. DUQUE. ¡Cielos! ¿Qué gente es ésta? POM. Acabó la alegría en el mundo desde que, de dos usureros, dieron en suprimir el más alegre, y concedieron al peor, por orden de la justicia, un gabán de abrigo, por más señas, forrado por dentro con pieles de cordero, y por fuera con pieles de zorra, dando con esto a entender que la astucia, siendo más rica que la inocencia, siempre se queda encima. CODO. Menos cháchara y más premura, tunante. -Dios os guarde, buen padre fraile. DUQUE. Y a vos, buen hermano padre. ¿Qué ofensa te ha hecho este hombre, amigo? CODO. Ha faltado a la ley, señor; y sospechamos además que sea ladrón, pues hemos encontrado sobre su persona cierta ganzúa de Hechura extraña, la cual hemos enviado al señor delegado. DUQUE. ¡Un alcahuete vil! ¡Oh torpe esclavo! ¡El crimen que fomentas con tu auxilio Te da sustento ruin! Piensa tan sólo Lo que eso significa. Hartar el hambre, Vestir el cuerpo con tan torpe vicio. Habla contigo mismo, y di: mediante Su aborrecible, su bestial comercio, me visto y calzo, me alimento y vivo. ¿Y crees acaso que tu vida hedionda Vida llamarse puede? Ve, y enmienda. POM. Es verdad que algunas veces hiede; sin embargo, padre, podría probaros... DUQUE. Si el diablo tales pruebas te sugiere, Le perteneces ya. Llevadle preso. Pues para que se enmiende, necesita Bestia tan torpe, exhortación, castigo. CODO. Tenemos que llevarle ante el delegado, padre, el cual le ha hecho ya una primera amonestación. El delegado no puede sufrir esta canalla prostituida; y si resulta ser alcahuete, y se presenta delante del delegado, más le valiera estar a una legua de aquí. DUQUE. ¡Fuéramos todos libres de pecado, o fuera siempre el mal desembozado! CODO. Pronto se parecerá su garganta a vuestra cintura, padre: llevará, un cordel. POM. Aún me quedan esperanzas de salvación; a tengo un fiador. Aquí se acerca cierto caballero amigo mío. Sale Lucio. LUCIO. ¿Qué es esto, noble Pompeyo? ¡Cómo! ¿Uncido al carro de César? ¿Te llevan en triunfo acaso? ¿Qué pasa? ¿Te se acabaron aquellas imágenes de Pigmalión, aquellas mujeres recién sacadas del horno, que no le costaban a uno más que meter la mano en el bolsillo y sacarla cerrada? ¿Qué contestas, eh? ¿Cómo te agrada esta marcha, manera y método? ¿Te has ahogado en el último chubasco, dime? ¿Qué me cuentas? ¿Es machorra? ¿Anda el mundo como solía andar, tunante? ¿En qué clave entonaras ahora el estribillo? ¿En alguna muy triste y en pocas palabras, ó cómo? Sepamos tus proyectos. DUQUE. Siempre así, y así; siempre de mal en peor. LUCIO. ¿Cómo se halla de salud y dinero mi adorada prenda, tu ama? ¿Sigue zurciendo voluntades, eh? POM. Lo cierto es, hidalgo, que se le han volado las pájaras y se encuentra ella misma en la jaula. LUCIO. Bien está; así procede; así debe ser. ¿Hemos de andar siempre entre rameras y terceras? La consecuencia era inevitable; así debe ser. ¿Te llevan a la cárcel, insigne Pompeyo? POM. Sí, señor. LUCIO. Sea en buen hora, Pompeyo. Adiós. Di que yo te mando allí... ¿por deudas, Pompeyo, ó por qué? CODO. Por alcahuete, por alcahuete. LUCIO. A la cárcel con él; pues si la cárcel fuere el galardón debido a los de su oficio, bien se la merece; es lo que le corresponde. Pues no cabe duda de que es alcahuete; y de fecha antigua; es alcahuete nato. Adiós, buen Pompeyo; encomiéndame a la cárcel, Pompeyo. Ahora te volverás buen marido, Pompeyo: no saldrás por la noche. POM. Confío, hidalgo, en que vuesa merced saldrá fiador por mí. LUCIO. Pues te engañas, Pompeyo: no sueño en hacerlo siquiera. Eso ya no está de moda. Pediré al cielo que prolongue tu cautiverio. Si pierdes la paciencia, revelaras que aún te quedan bríos. Adiós, insigne Pompeyo.-Dios te guarde, fraile. DUQUE. Y a vos. LUCIO. ¿Sigue acicalándose el rostro la Brígida, Pompeyo? CODO. En marcha, bellaco; vamos. POM. Es decir, que entonces no queréis salir fiador por mí, hidalgo. LUCIO. Ni entonces, ni ahora, ni nunca. Pompeyo. --¿Qué nuevas corren por ahí, fraile? ¿Que se murmura? CODO. En marcha, bellaco; vamos. LUCIO. A la cárcel, Pompeyo. ¡Largo! (Vánse Codo, Pompeyo y alguaciles.) ¿Qué nuevas hay del duque, fraile? DUQUE. No sé nada. ¿Sabéis vos algo de él? LUCIO. Unos dicen que esta con el emperador de Rusia; otros que está en Roma. ¿Dónde piensas tú que esté? DUQUE. No sé dónde; pero esté donde estuviere, deseo que esté bien. LUCIO. Locura fantástica fue la suya; alejarse furtivamente del Estado, y usurpar una pobreza para la cual no ha nacido. Lo que es el conde Ángel, bien señorea en su ausencia. Se ensaña con los adoradores de Venus. DUQUE. Hace bien en eso. LUCIO. Sin embargo, no le vendría mal tener alguna más blandura con la lujuria. Es muy riguroso en eso, buen fraile. DUQUE. Es vicio muy generalizado, y es menester acabar con él a fuerza de severidad. LUCIO. Si por cierto, es vicio muy emparentado; tiene deudos distinguidos; y será casi imposible extirparlo del todo si antes no se suprime el comer y el beber. Dicen que este Ángel no nació de varón y hembra, ni vino al inundo por las vías ordinarias. ¿Crees tú que sea cierto eso? DUQUE. ¿Pues cómo vino al mundo entonces? LUCIO. Unos dicen que una sirena del mar le desovó; otros que fue engendrado por dos pejepalos. Pero es lo cierto que cuando hace agua, orina hielo congelado; y a mí me consta que eso es cierto. DUQUE. Tenéis humor alegre, hidalgo, y os queréis divertir conmigo. LUCIO. ¡Vaya una crueldad! ¡Quitar la vida a un pobre diablo porque se le sublevó la bragueta! ¿Haría esto el duque ausente? Antes que ahorcar a un hombre por haber engendrado a cien bastardos, hubiera sido capaz de mantener de su propio peculio a mil incluseros. También solía tener sus jolgorios. Había servido en las guerras, y eso le hacía ser más indulgente. DUQUE. No oí nunca que se tuviese al duque por hombre muy dado a las mujeres: no era aficionado a eso. LUCIO. Te equivocas, padre. DUQUE. No es posible. LUCIO. ¿Quién? ¿El duque? Y con una mendiga que frisara en los cincuenta. Solía echarle luego un ducado en la alcancía. Tenía sus conchas el tal duque. También solía emborracharse, creédmelo a fe de caballero. DUQUE. Le estáis injuriando, sin duda. LUCIO. No tal, padre. Tuve mucha intimidad con él. ¡Buen pez estaba el tal duque! Y me parece que sé la causa de su alejamiento. DUQUE. ¿Y cuál pudo ser esa causa? ¿Se puede saber? LUCIO. Eso no; perdóname, padre. Es un secreto que debe guardarse entre dientes y labios. Pero esto te sé decir: que la mayor parte de sus súbditos le tenían por un sabio. DUQUE. ¿Sabio? Y lo era, sin duda. LUCIO. ¡Ca! era un mozo muy superficial, muy ignorante, y muy ligero de cascos. DUQUE. Esto no puede menos de ser en vos envidia, necedad, ó engaño; todos los actos de su vida, el modo con que supo gobernar el timón del Estado, darían más favorable testimonio de su conducta, si fuera menester. Que atestigüen de su carácter sus propios hechos, y aparecerá a los ejes de la misma envidia como sabio, hombre de Estado, y buen soldado. Por lo tanto, os digo que habláis sin reflexión; y si es más claro vuestro juicio de lo que aparenta ser, lo oscurece en gran manera vuestra malicia. LUCIO. Le conozco, padre, y le quiero. DUQUE. El cariño hablara con más conocimiento, y el conocimiento can más cariño. LUCIO. Vamos, padre; yo sé lo que sé. DUQUE. Apenas puedo creerlo, al ver que no sabéis lo que decís. Pero si tornase alguna vez el duque (como rogamos todos que suceda), os aconseje que os disculpéis ante él. Si lo que decís es verdad, no os faltara valor para sostener vuestras palabras. Mi deber me obliga a delataros: y os ruego que me digáis vuestro nombre. LUCIO. Padre, me llamo Lucio, y bien me conoce el duque. DUQUE. Os conocerá algo mejor, si vivo hasta darle noticias vuestras. LUCIO. No te temo. DUQUE. ¡Hola! Esperáis que el duque no tornara; ó acaso me juzgáis contrario muy inofensivo. Y por cierto, poco daño podré laceros, pues os desdiréis, sin duda, de cuanto acabáis de proferir. LUCIO. Me dejaré ahorcar Antes. No me conoces, padre. Pero basta de esto. ¿Puedes decirme, padre, si Claudio morirá mañana? DUQUE. ¿Y por qué ha sido sentenciado? LUCIO. ¿Por qué? Por haber llenado una botella con un embudo. ¡Ojalá vuelva pronto el duque! Este delegado impotente va a despoblar la provincia a fuerza de continencia. No consiente que los gorriones hagan sus nidos en el alero de su casa, porque dice que el gorrión es bicho lujurioso. El duque, en cambio, hubiera dejado oculto un crimen cometido a oscuras; no lo hubiera sacado nunca a luz. ¡Ojala estuviera de vuelta! A fe mía, el pobre Claudio ha sido condenado por haber desatado un nudo. Dios te guarde, buen fraile: reza por mí, te ruego. En cuanto al duque, te lo repito: comía carne los viernes. Ya pasó de la edad, y sin embargo, te aseguro que arrullaría a una pordiosera, aunque apestara a pan de centeno y a ajos. Di tú que te lo he dicho yo. Adiós. (Vase.) DUQUE. Nunca el poder, ni en la más grande altura, Se libra, en esta vida, de censura: Calumnia por detrás hiere taimada A la virtud más pura e inmaculada. ¿Qué rey a sofocar fuera potente, La amarga hiel en lengua maldiciente? ¿Mas quién se acerca? Salen ESCALO, el ALCAIDE, y la, dueña Pordemás entre alguaciles. ESCALO. ¡Venid! ¡A la cárcel con ella! DUEÑA. ¡Señor, por Dios, tened piedad de mi! Vuesa mereced tiene fama de hombre compasivo. ¡Piedad, mi buen señor! ESCALO. Amonestada por segunda y tercera vez, y nada; vuelve a incurrir en la misma ofensa. Fuera bastante a enfurecer a la misma clemencia, y a convertirla en tirana. ALC. Sepa vuesa merced que es una alcahueta que lleva ya sus once años en el oficio. DUEÑA. Es un falso testimonio, señor, que me ha levantado un tal Lucio. Tuvo un hijo de la Cariharta en tiempo del duque, y le dio palabra de casamiento: su hijo cumplirá año y medio por San Felipe y San Jacobo: yo misma se lo he mantenido, y mirad cómo trata de descreditar-me. ESCALO. Ese es un mozo en extremo licencioso: mandad que le citen ante nuestra presencia. ¡A la cárcel con ella! ¡Marchad! no más palabras. (Vánse los alguaciles con la Dueña.) Alcaide, mi colega Ángel no se deja ablandar. Claudio ha de morir mañana. Envíale un confesor, y que no le falte auxilio espiritual. Si obrara mi compañero con la piedad que a mí me anima, no le pasara esto al pobre Claudio. ALC. Señor, ese fraile que veis allí, estuvo con él, y le ha preparado para su última hora. ESCALO. Buenas tardes, padre. DUQUE. Dicha y ventura te sigan. ESCALO. ¿De dónde sois? DUQUE. No de este suelo, do por breve tiempo me es fuerza detenerme. Soy hermano De una orden santa, y vengo de la Sede Con encargo especial del Padre Santo. ESCALO. ¿Qué nuevas corren por el mundo? DUQUE. Ninguna; como no sea la de que acosa a la rectitud una fiebre tan grande que ya no le queda más remedio que su propia disolución. No se pregunta más que por lo nuevo; y es tan peligroso envejecer en cualquier género de vida, como virtuoso el ser constante en cualquier empresa. Apenas existe lealtad suficiente para asegurar la existencia de la sociedad; pero todos andan tan sobrados de confianza, que casi llega uno a renegar del trato social. La sabiduría del mundo gira únicamente alrededor de tales enigmas. Estas son nuevas bastante añejas; y sin embargo, son nuevas de todos los días. Decidirme, hidalgo: ¿de qué condición era vuestro duque? ESCALO. De tal condición, que parecía esforzarse más que en otra cosa alguna, en conocerse a sí mismo. DUQUE. ¿A qué clase de diversión era más dado? ESCALO. Se alegraba Antes de ver la alegría ajena, que de cualquiera cosa que hubiera podido alegrarle a él: era un caballero de gran templanza. Pero dejémosle allá con su destino, y roguemos a Dios por su bienestar; y decidme ahora cómo hallasteis a Claudio. Según oí, le habéis prestado auxilio. DUQUE. Reconoce que no es injusta la pena que le ha impuesto el juez, y se somete de buen grado al fallo de la justicia; sin embargo, su flaqueza le había llevado a forjarse mil engañosas esperanzas de vida, que yo he logrado desvanecer con mis consejos; y está ya resuelto a morir. ESCALO. Habéis cumplido con el santo ministerio que recibisteis del cielo, y con el deber que os impone el estado del preso. He trabajado en pro de ese pobre hidalgo hasta dónde me lo ha permitido mi modestia; pero hallé tan severo a mi compañero de justicia, que tuve que decirle que es en verdad la misma Justicia. DUQUE. Si su propia vida corresponde a la severidad de su proceder, le estará bien; en cambio si se aparta de ella, se ha sentenciado a sí mismo. ESCALO. Voy visitar al preso. Quedad con Dios. DUQUE. Paz sea contigo. (Vánse Escalo y el Alcaide.) El que de Dios blandir osa el acero, Debiera ser tan justo cual severo; Ejemplo de virtud y de entereza, Juzgar debiera con igual dureza La falta propia y el pecado ajeno. ¡Mal haya el hombre que, soltando el freno A su pasión, castiga con la muerte A aquel que peca de la misma suerte! ¡Baldón al juez que en otro el vicio escarda, Y deja que en su pecho crezca y arda! ¡Oh cuanto vicio bajo austero manto Tal vez esconde el que parece un santo! ¡Cuán a menudo el fingimiento astuto engaña al mundo como torpe bruto y le hace creer que la hebra de una araña Le basta a remover una montaña! A su malicia he de tender un lazo: Con Ángel esta noche en tierno abrazo, Reposara su antigua desposada; Al burlador castigue la burlada; Vengue otro engaño aquel engaño rudo, Y estreche el lazo antiguo un nuevo nudo. (Vase.)   ACTO IV.

ESCENA PRIMERA. La granja cerca de San Lucas.

Salen MARIANA y un PAJE. PAJE. (Canta.) Quita esos labios que arteros Juraronme tierna fe, Y esos ojos, dos luceros, A cuyos rayos cegué. Mas devuélveme aquel beso Que te di: Iba en él mi amor impreso ¡Ay! no en ti. MAR. Suspende tu canción, y vete pronto: Que aquí se acerca quien me trae consuelo; El hombre que aplaca mil y mil veces Con sus consejos mi rebelde pena. (Vase el paje. Sale el DUQUE, disfrazado.) Perdón te pido, y créelo, casi siento Que tan jovial, al parecer, me, hallaras. Perdóname, te ruego: no alegría, Consuelo daba el canto al alma mía. DUQUE. Bien; mas su magia a veces es tan fuerte, Que el mal en bien, el bien en mal convierte. Dime, te ruego, si ha venido hoy alguien aquí en busca mía. Tengo una cita aquí, próximamente a esta hora. MAR. Nadie ha preguntado por ti: he estado sentada aquí todo el día. Sale ISABEL. DUQUE. No puedo dudar de tu palabra. Ya llegó la hora. Ruégote que, te ausentes por breve rato; quizá te llamaré luego para comunicarte cierto asunto que será en tu provecho. MAR. Te quedo siempre agradecida. (Vase) DUQUE. Muy bien hallada y bien venida seas. ¿Qué nuevas traes del probo delegado? ISABEL. Tiene un jardín cercado de una tapia Que hacia poniente a cierta viña cae; A cuya viña, entrada da una puerta Que abre esta llave, la mayor; esta otra A cierto postiguillo corresponde Que de la viña a su jardín conduce. Le he prometido estar allí sin falta A la hora funeral de media noche. DUQUE. ¿Pero darás con el camino luego? ISABEL. En todo me fijé con gran cuidado. En baja voz y con afán culpable Mostróme, haciendo que notase todo, Dos veces el camino. DUQUE. ¿Y otra seña No os disteis, que es forzoso que ella observe? ISABEL. No, nada más que dar con él a oscuras. Mas le hice comprender que breve rato Podría estar con él; pues llevaría Conmigo una doncella, así le dije, Que persuadida está que acudo a verlo Por causa del hermano. DUQUE. Bien urdido. Aún no he comunicado a Mariana Ni una palabra de esto.- ¡Sal, doncella! (Sale MARIANA.) Te ruego que conozcas a esta joven, Pues viene a hacerte un bien. ISABEL. Es mi deseo. DUQUE. ¿Tienes la convicción de que te estimo? MAR. Buen fraile, bien lo sé por experiencia. DUQUE. Pues a tu buena amiga da la mano; Y escucha lo que tiene que contarte. Aquí os aguardaré. Mas daos pisa; La noche vaporosa ya se acerca. MAR. Vente conmigo a un lado, si te place. (Vanse Mariana é Isabel.) DUQUE. ¡Poder, grandeza, en ti se clavan miles, Millones de ojos; tomos de censura Con falsas y encontradas quejas siguen La pista a tus acciones; mil graciosos Te hacen origen de sus locos sueños, Y allá en sus fantasías te trasiegan! (Salen MARIANA e ISABEL.) Muy bien venidas. ¿Os halláis de acuerdo? ISABEL. Se atreve, padre, a acometer la empresa, Si tú lo apruebas. DUQUE. No lo apruebo sólo, Lo exijo así. ISABEL. (A Mar.) Tendrás que hablarle apenas. Cuando te alejes sólo, di en voz baja: «No olvides a mi hermano.» MAR. Nada temas. DUQUE. Ni tú tampoco nada temas, hija. Es tu marido por contrato previó: Juntaros de esta suerte no es delito, Puesto que tu derecho a reclamarle Santifica el engaño. Ven, partamos: Pues ¿qué hemos de coger, si no sembramos? (Vánse.)


ESCENA II. La cárcel

Salen el ALCAIDE y POMPEYO. ALC. Ven acá, tunante. ¿Te sientes capaz de cortarle la cabeza a un hombre? POM. Si fuere soltero, sí; si fuere casado, seria cabeza de su mujer, y nunca me sentiré capaz de cortarle la cabeza a una mujer. ALC. Vamos, déjame ya de retruécanos, y dame una respuesta categórica. Mañana a primera hora han de morir Claudio y Bernardino. Hay en esta cárcel un verdugo de ordenanza, el cual necesita un subalterno que le ayude en su oficio: si te atreves a prestarle auxilio, eso te librara de tus grillos; si no, tendrás que cumplir tu condena, y recibirás al recobrar tu libertad una zurra bárbara; pues has sido alcahuete notorio. POM. Señor, es verdad que he sido desde tiempo inmemorial alcahuete a despecho de la ley; pero ahora me inclino a ser legitimo verdugo. Recibiré con gusto alguna enseñanza de mi colega. ALC. ¡Hola! ¡Horrórez! ¿Dónde estás? ¡Horrórez! Sale HORRÓREZ. HORR. ¿Llamáis, señor? ALC. Aquí tienes a un mozo que te ayudara mañana en la ejecución. Si te parece bien, ajústale por años, y que se quede aquí contigo; si no, empléale por esta vez, y despídele luego. No podréis reñir por cuestión de honra, pues fue alcahuete. HORR. ¡Alcahuete, señor! ¡Mala landre lo coma! desacreditara nuestro arte. ALC. ¡Calla, bribón! Allá os iréis los dos: si os pesaran, bastaría una pluma a inclinar la balanza. (Vase.) POM. Hidalgo, he oído llamar arte a la pintura; y como las rameras, en cuyo gremio he tenido la honra de servir, gentilhombre, suelen entender de pintura, creo que esta circunstancia sea parte a `elevar mi oficio al grado de arte: pero qué arte puede haber en el oficio de verdugo es lo que no concibo, aunque me diera garrote vuesa merced. HORR. Te digo que es un arte. POM. La prueba. HORR. Siempre le viene bien al ladrón la ropa del hombre honrado; si le viene estrecho al ladrón, al hombre honrado se le figura que le viene muy ancho; y si le viene ancho al ladrón, se le figura a éste que le viene muy estrecho: de suerte que siempre le viene bien al ladrón la ropa del hombre honrado. Sale el AL.CAIDE. ALC. ¿Estáis de acuerdo? POM. Sí, señor; le serviré; pues advierto que es oficio más penitente el de verdugo que el de alcahuete: pide más a menudo perdón. ALC. Tú, verdugo, ten preparado tu tajo y hacha para mañana a las cuatro. HORR. Vente conmigo, alcahuete; te instruiré e mi oficio; sígueme. POM. Tengo grandes deseos de aprender, hidalgo; y si alguna vez tuvierais ocasión de necesitar de mis servicios, espero que quedareis satisfecho de mi habilidad; pues a decir verdad, hidalgo, vuestra bondad hacia mí os hace acreedor a mi agradecimiento. ALC. Mandad que vengan Claudio y Bernardino, (Vánse Pompeyo y Horrórez.) Me apiada aquel, no el asesino; fuera Mi propio hermano, y le gritara: ¡muera! (Sale Claudio.) Mira aquí, Claudio, la orden de tu muerte. Es media noche en punto, y a las ocho Mañana iras a tu morada eterna. ¿Bernardino do esta? CLAUDIO. Sumido en sueño Tan hondo esta como el cansancio cuando Tieso los miembros del viajero embarga. No quiere despertar. ALC. Nada le mueve. Ve, pues, y prepárate. (Llaman dentro) ¡Calla! llaman. Su ayuda te dé Dios. (Vase Claudio.) -Ya van. ¡Paciencia! ¡Oh, fuera algún indulto ó tregua para El pobre Claudio! (Sale el DUQUE, disfrazado.) Padre, bien venido. DUQUE. Los genios más benignos de la noche Te amparen, buen alcaide. ¿Vino alguno? ALC. No, nadie, desde el toque vespertino. DUQUE. ¿Ni aún Isabel? ALC. No tal. DUQUE. Vendrán en breve. ALC. ¿Hay para Claudio alivio? DUQIUE. En la esperanza Aún queda alguno. ALC. Es duro el delegado. DUQUE. No tal, no tal; su vida paralela Ya con la norma de su gran justicia: Domina en sí con abstinencia santa Lo que, aguijando su poder, se esfuerza A amortiguar en otros. Si tiznase Su honor lo que condena, fuera entonces Tirano; pero es justo así. (Llaman dentro.) Ya Vienen. (Vase el alcaide.) El hombre es blando. Rara vez humano Se muestra el duro alcaide con su hermano. (Llaman dentro.) ¡Qué golpes dan! Premura al duende acosa Que da a paciente puerta tales golpes. Sale el ALCAIDE. ALC. (Hablando con uno dentro.) Allí tendrá que estarse mientras llegue A abrirle el oficial. Ya le han llamado. DUQUE. ¿No tienes contraorden para Claudio? ¿Ha de morir mañana? ALC. Nada tengo. DUQUE. Aunque esta cerca el alba, antes que raye, Habrá algo nuevo, alcaide. ALC. Por ventura Algo sabrás; mas lo que es contraorden No habrá, me temo. No hubo ejemplo de eso. Por otra parte, desde la alta sede De la justicia ha declarado el conde Públicamente al pueblo lo contrario: Que no ha de ser. (Sale un MENSAJERO.) Un nuncio del regente. DUQUE. Vendrá el perdón de Claudio con el mismo. MENS. (Dando un papel el Alcaide.) Mi señor te envía esta esquela, y por mi boca este aviso además: que no te apartes en lo más mínimo de lo que en ella te manda, ni en cuanto al tiempo, al asunto, u otra circunstancia alguna. Buenos días; pues según pienso, ya despunta el alba. ALC. Le obedeceré. (Vase el Mensajero.) DUQUE [Aparte). Es su perdón; por crimen tal comprado, Que el que perdona viene a ser culpado. Así florece el vicio y se acrecienta, Cuando el poder lo ampara y Io fomenta. Merced que engendra vicio tal se extiende, Que ampara por la fuerza a aquel que ofende. ¿Qué nuevas hay? ALC. Te lo dije. Él conde Ángel, juzgándome tal vez remiso en el desempeño de mi cargo, me avisa por medio de esta inusitada excitación. Cosa extraña, pues nunca acostumbra hacerlo. DUQUE. Oigamos lo que dice, te ruego. ALC. (Lee.) a Aunque oigas lo que oyeres en contra de ello,-manda ajusticiar a Claudio a las cuatro de la mañana, y por la tarde a Bernardino. Para mayor seguridad, mándame la cabeza de Claudio a las cinco. Cumple mi mandato con toda exactitud; y ten entendido que de ello depende mucho más de lo que deba manifestarte ahora. Por lo tanto, no dejes de cumplir tu obligación, pues tendrás quo responder de todo con tu propia vida. ¿Qué dices de esto, padre? DUQUE. ¿Quién es ese Bernardino que ha de ser ajusticiado por la tarde? ALC. Un bohemio, gitano de nacimiento, pero criado y educado aquí. Hace nueve años que está preso. DUQUE. ¿Cómo fué que el duque ausente no le devolvió la libertad, ó no le mandó ejecutar? Según he oído, tal era su costumbre. ALC. Sus amigos lograron alargar la causa; y en efecto, no se ha obtenido una prueba fehaciente hasta hace poco, bajo el gobierno del conde Ángel. DUQUE. ¿Está convicto ya? ALC. Hasta la evidencia, y él no lo niega. DUQUE. ¿Hase mostrado arrepentido durante su encierro Y Parece estar afectado? ALC. Es hombre a quien le importa menos morirse que tomar una borrachera: abandonado, indiferente y sin miedo a lo pasado, a lo presente ni a lo porvenir; insensible a la muerte, y un asesino desesperado. DUQUE. Ha menester consejo. ALC. Ni escucharlo quiere. Ha estado siempre muy a sus anchas en la cárcel: si le diereis permiso para escaparse de aquí, no lo aprovecharía; esta borracho muchas veces durante el día, cuando no completamente durante muchos días. Muchas veces le hemos despertado como para conducirle al patíbulo, y le hemos enseñado una orden falsa: no le ha causado la menor impresión. DUQUE. Luego hablaremos de él. Alcaide, llevas grabada en tu frente honradez y firmeza; si leo mal, es que me hace traición mi antigua experiencia. Entre tanto, fiado en la destreza de astucia, me aventuro a correr el albur. Claudio, a quien tienes ya orden de ajusticiar, no es en nada más culpable al los ojos de la ley que el mismo Ángel que le ha sentenciado. Para con vencerte mediante pruebas manifiestas, no te pido más que una tregua de cuatro días; para lo cual es menester que me hagas un favor tan inmediato como peligroso. ALC. ¿Cuál? si os place. DUQUE. El de aplazar su muerte. ALC. ¡Ay! ¿Cómo podré hacerlo, teniendo la hora limitada, y orden terminante de presentar, bajo pena de muerte, su cabeza a Ángel? Me verla en el mismo caso que Claudio, si faltase en lo más mínimo a lo mandado. DUQUE. Te juro por el sacro voto de mi orden que saldré fiador por cuanto hicieres, si te resuelves a dejarte guiar por mis instrucciones. Haz ajusticiar esta mañana a ese Bernardino y que lleven su cabeza a Ángel. ALC. Ángel ha visto a los dos, y conocerá el engaño. DUQUE. La muerte lo disfraza todo, y tú puedes prestarla ayuda. Rasúrale el pelo y arregla la barba; y di que exigió el mismo reo antes de la ejecución, que se le rapase de esa suerte; ya sabes que es cosa común. Si sacas de esta acción otra cosa que las gracias y una buena recompensa, juro por el santo de mi devoción, que ahogaré en tu defensa con la propia vida. ALC. Perdóname, padre; fuera infringir mi juramento. DUQUE. ¿A quién prestaste juramento, al duque ó al delegado? ALC. A él y a sus sustitutos. DUQUE. ¿Creerás que no has cometido ofensa alguna, si el mismo duque atestigua la rectitud de tu proceder? . ¿Y qué probabilidad hay de eso? DUQUE. No probabilidad, sino certeza. Pero ya quo veo que es tal tu miedo que ni mi habito, ni mi integridad, ni mis persuasiones son parte a resolverte, iré aun más allá del límite que me había propuesto, a fin de desvanecer tus rece-los. Mira, aquí tienes la rúbrica y el sello del duque: bien conoces su letra, lo sé; y el sello no te debe ser extraño. ALC. Conozco entrambos. DUQUE. El contenido de esta carta anuncia el próximo regreso del duque: la leerás luego a tu sabor; y veras por ella que estará de vuelta dentro de dos días. Ángel ignora por completo esta circunstancia, pues debe recibir hoy mismo cartas de tenor extraño, anunciando tal vez la muerte del duque, tal vez su entrada en algún monasterio; pero nada de lo que está escrito aquí. Mira, el lucero del alba ya despierta al pastor. No te cause asombro el cómo y por qué de estas cosas: toda dificultad parece fácil una vez conocida. Llama al verdugo, y caiga la cabeza de Bernardino: le tomaré inmediatamente la confesión, y le prepararé para un lugar mejor. Aún te dura el asombro; pero esto hará que te resuelvas del todo. Ven, pues; es casi de día claro. (Vánse.)


ESCENA III. La cárcel.

Sale POMPEYO. POMP. Soy tan conocido aquí como en nuestra casa de trato: cualquiera diría, que era este la propia casa de la dueña Pordemás, pues aquí se reúnen no pocos de sus antiguos parroquianos. En primer lugar, está aquí el caballerito Audaz: está preso por la friolerilla de unas resinas de papel de estraza y unas libras de jengibre; todo junto, cosa de siete arrobas y quince libras; de lo cual sacó cinco escudos en dinero contante; por cierto que el jengibre entonces no debía tener gran salida: habría habido, sin duda, una mortandad grande de viejas. Luego está aquí tambien un tal hidalgo Cabriola, procesado por el compadre Bocací, el mercero, el cual le reclama cuatro cortes de raso negro, para devolver los cuales se ha de ver él mismo negro. Tenemos aquí además al joven Vértigo, y al joven hidalgo Votorredondo, y al señor Espuela de cobre, y al valiente Matalacayos, el diestro de espada y daga, y al caballerito Horcaespera, quien mato al compadre Gachas, y al hidalgo Rompelanzas, el justador, y al valiente señor Maletilla, el gran viajero, y al turbulento Mediacaña, que le vació el cráneo al pobre Botellas, y creo que a otros cuarenta de la misma ralea: todos gente de provecho para nuestro oficio, y hémelos aquí sin más amparo que el de Dios. Sale Horrórez. HORR. ¡Hola, tunante! trae acá a Bernardino. POMP. ¡Señor Bernardino! ¡Es menester que os levantéis para que os ahorquen, señor Bernardino! HORR. ¡Eh! ¡hola! ¡Bernardino! BERN. (Dentro) ¡Que un rayo os parta las gargantas! ¿Quién arma ese ruido? ¿Quién eres? POMP. Vuestro buen amigo el verdugo. Señor mío, tendréis la amabilidad de levantaros y de dejaros ahorcar. BERN. (Dentro.) ¡Largo, bribón, largo! Tengo sueño. HORR. Dile que es forzoso que se despabile, y pronto. POMP. Por Dios, señor Bernardino, sacudid el sueño hasta que os hayan degollado, y dormid luego. HORR. Entra y sácale. POMP. Ya viene, señor, ya viene: oigo crujir la paja HORR. ¿Está el hacha en el tajo, tunante? POMP. Todo está listo, señor. Sale BERNARDINO. BERN. ¿Qué tal, Horrórez? ¿Qué hay de nuevo? HORR. A decir verdad, quisiera, que te entregaras un rato a tus rezos; pues, mira, aquí está la orden. BERN. ¡Bellacos! He pasado la noche entera bebiendo; no estoy preparado para eso. POMP. Tanto mejor, gentilhombre; pues si después de beber toda la noche le ahorcan a uno por la mañana tempranito, tanto mejor podrá dormir durante todo el día siguiente. HORR. Mira, aquí viene el padre confesor. ¿Crees aún que es broma?

Sale el DUQUE, disfrazado. DUQUE. Buen hombre, movido por mi caridad, y habiendo oído cuan próximo estaba la hora de tu partida, vengo a aconsejarte, a ofrecerte consuelo, y a rezar contigo. BERN. Nada de eso, fraile. He estado bebiendo largo toda la noche, y me han de dar más tiempo para ponerme bien con Dios, ó de otro modo, que me aplasten los sesos con porras. Lo cierto es que no me conformo con morir hoy. DUQUE. Amigo, es fuerza, y por lo tanto, ruego que midas la jornada que te espera. BERN. Juro qué no hay persuasión en hombre capaz de hacerme morir hoy. DUQUE. Pero escucha. BERN. Ni una palabra. Si tienes algo que decir-me, vente a mi calabozo; pues de allí no salgo hoy. (Vase.) DUQUE. Cual de vivir, es de morir indigno. ¡Pecho de pedernal! Seguidle, mozos; Y arrastradlo al patíbulo sin tregua. (Vánse Horrórez y Pompeyo.)

Sale el ALCAIDE. ALC. ¿Cómo encuentras al preso, padre? DUQUE. Indigno; Aún no está preparado para el trance; Y fuera criminal llevarle al rollo En tal estado. ALC. Aquí en la cárcel, padre, Murió de cruda fiebre esta mañana Ragozin, un pirata muy notorio, De igual edad que Claudio, y barba y pelo De idéntico color. ¿Qué te parece Sí aplazase el castigo del malvado Hasta que se arrepienta, y procurase Satisfacer al juez con la cabeza De Ragozin, más parecido a Claudio? DUQUE. Es una suerte que nos manda el cielo. Hazlo al instante, pues se acerca la hora Fijada por el conde, cuya orden Harás cumplir al punto, mientras trato De hacer morir contrito al insensato. ALC. Luego se hará, buen fraile; pero es fuerza Que hoy por la tarde muera Bernardino. ¿Y cómo proceder con Claudio luego, Para ponerme a salvo del constante peligro que, sin duda, correría, Si se llegase a averiguar que vive? DUQUE. Haz esto: ocultos en prisión secreta Encierra a Claudio y Bernardino, y Antes Que el sol dos veces haya saludado En cotidiano giro a los mortales, Créeme, tendrás seguridad completa. ALC. Gustoso te obedezco. DUQUE. Ve, despacha: Y manda al delegado la cabeza. (Vase EL Alcaide) Al punto escribiré cartas al conde (las llevara el alcaide), por las cuales sabrá que me hallo cerca de mi corte, Y que motivos de importancia suma me obligan a hacer pública mi entrada. Le mandaré que salga a recibirme a la votiva fuente, que una legua Dista de la ciudad, y desde donde Procederé con Ángel poco a poco, Con método formal y bien medido.

Sale el ALCAIDE. ALC. Aquí está la cabeza; iré yo mismo. DUQUE. Así conviene; pero vuelve pronto; Pues necesito hablarte de un asunto, A tus oídos sólo reservado. ALC. Volando voy. (Vale.) ISAB. (Dentro.) Paz reine en este sitio. DUQUE. La voz es de Isabel. Vendrá a informarse De si llegó el indulto de su hermano. Tendréla en ignorancia de su dicha, Para trocar su angustia en santo alivio Cuando menos lo espere.

Sale ISABEL. ISABEL. Con licencia. DUQUE. Buena alborada, dulce y casta niña. ISABEL. Mejor, viniendo de un varón tan santo. ¿Mandó el indulto de mi Hermano el conde? DUQUE. Hija, le ha libertado de este mundo. Cortaron su cabeza, y al regente Se la llevaron. ISABEL. ¿Cómo? ¡No es posible! DUQUE. No de otra suerte fue. Demuestra, hija, en tu resignación tu gran cordura. ISABEL. ¡Oh! iréle a ver; ¡le sacaré los ojos! DUQUE. No serás admitida a su presencia. ISABEL. ¡Claudio infeliz! ¡Ay Isabel cuitada! ¡Pérfido mundo! ¡Ay, Ángel maldecido! DUQUE. Así, ni ofendes a él, ni a ti te ayudas. Déjalo, pues; y a Dios tu causa fía. Fíjate bien en lo que digo, y cada Sílaba te dirá que es verdad pura. Mañana torna el duque... enjuga el llanto. Su confesor, un fraile de mi orden, me dio la nueva, y por igual conducto Llegó a noticia de Escalo y de Ángel; Quienes a recibirle se disponen Delante de las puertas, y a rendirle el mando allí. Si puedes, encamina Tu juicio por la senda que te trazo, Y saciaras tu saña en el infame, Venganza lograras, merced del duque, Y aplauso universal. ISABEL. Sé tú mi guía. DUQUE. Ve, y a fray Pedro entrega aquesta carta, En que el regreso me anunció del duque. Por esta seña, dile, que deseo Verle esta noche en casa de Mariana. Le Pondré en autos de tu afán y el suyo; Al duque os llevara, y en cara a Ángel, Su infamia delatadle. A mí me liga Un sacro voto que me tendrá ausente. Ve tú con esta carta; y de tus ojos Con alma alegre ahuyenta el triste llanto. Y cree, por mi orden sacra, que te llevo Por el mejor camino.- ¿Quién se acerca?

Sale Lucio. LUCIO. Buenas noches, fraile. ¿Dónde está el alcaide? DUQUE. No está en la cárcel. LUCIO. ¡Oh, linda Isabel! hasta mi corazón palidece al ver tus enrojecidos ojos. Es menester paciencia. Tengo que acostumbrarme a no comer ni cenar más que pan y agua; no me atrevo a llenarme la panza por temor de mi cabeza: una comida abundante fuera bastante para hacerme pecar. Pero dicen que llegara mañana el duque. A fe mía, Isabel, quería con extremo a tu hermano. Si el viejo, fantástico duque, ese husmeador de rincones se hubiese estado en casa, viviría aún. (Vase Isabel) DUQUE. Hidalgo, poco os tiene que agradecer el duque la fama que le vais criando: lo mejor del caso es que no le cuadra. LUCIO. Fraile, te digo que no conoces al duque tan bien como yo: es más diestro cazador de lo que tú te imaginas. DUQUE. En fin, os costara caro algún día. Adiós. LUCIO. No, espera, me iré contigo; te contaré lindos cuentos del duque. DUQUE. A ser ciertos, hidalgo, hartos me habéis contado ya; si no lo son, con uno sobrara. LUCIO. Tuve que aparecer ante él una vez por haber dejado en cinta a una moza. DUQUE. ¿Hicisteis cosa semejante? LUCIO. Sí, por cierto; pero me apresuré a negarlo con juramento; de otra suerte me hubieran casado con la níspola podrida. DUQUE. Hidalgo, vuestra conversación es más divertida que honesta. Quedad con Dios. LUCIO. Por mi vida, te he de acompañar hasta la próxima esquina. Si te ofende esta charla obscena, no te cansaré más con ella. Sí, fraile; soy una especie de cadillo ; no hay quien me sacuda. (Vase.) ESCENA IV. Una sala de la casa de Ángel.

Salen ÁNGEL y ESCALO. ESCALO. Cada carta que me escribe contradice la anterior. ÁNGEL. De la manera más extraña é inexplicable. Su modo de proceder tiene algo de locura. Dios quiera que su juicio no esté alterado. ¿Y a qué viene eso de recibirle en la puerta de la ciudad y dimitir allí nuestros cargos? ESCALO. No lo adivino. ÁNGEL. ¿Y a qué mandarnos proclamar una hora antes de su entrada que si alguien tiene motivo para pedir satisfacción por alguna injusticia, manifieste su petición en la plaza pública? ESCALO. Da su razón para eso: quiere rematar de una vez con las quejas todas, y ponernos a salvo de estratagemas futuras, los cuales, de esa suerte, no podrán hacernos fuerza alguna. ÁNGEL. Pues bien, te ruego que lo mandes proclamar por la mañana temprano; iré a buscarte a tu casa, y comunícalo a todas las personas que por su rango o empleo tengan que asistir a su entrada. ESCALO. Así se hará, señor. Dios te guarde. ÁNGEL. Buenas noches. (Vase Escalo.) Aquella acción me postra por completo, me enerva, y me hace inepto para todo. ¡Una inocente virgen desflorada! ¡Y por el juez más alto, que severo Quiso esforzar la ley contra ese crimen! A no vedar su cándida modestia Que de su honor la pérdida pregone, ¡Cual me pudiera avergonzar su lengua! Mas la razón la enfrena; pues mi fama Cargada va de crédito tan grande, Que al maldiciente que una vez se atreve A criticarla, sin piedad confunde. Él no debió morir; pero temía Que en tiempo porvenir, con fiero intento, Su loca juventud tal vez pudiese Tomar venganza por aquel ultraje: La deshonrosa vida, rescatada Con tan cruel baldón. ¡Viviese al menos! ¡Ay! ¡Si una vez del bien nos apartamos, Todo va mal, é inciertos vacilamos! (Vase.)


ESCENA V. Campo fuera de la ciudad.

Salen el DUQUE, en su propio traje, y FRAY Pedro. DUQUE. Dame estas cartas a debido tiempo (le da unas cartas.) Sabe el alcaide nuestro intento y trama. La cosa marcha, cumple, pues, mi encargo Y sigue siempre el prefijado rumbo, Por más que algunas veces te desvíes acá ó allá, según el caso exija. Ve a ver a Flavio, y donde aguardo dile; Y da a Roldan, a Valentín y Craso La misma nueva, y mándales que lleven Los trompeteros a la puerta; pero Venga ante todo Flavio. FRAY P. Harélo al punto. (Vase.) Sale Varrio. DUQUE. Gracias por la premura, noble Varrio: Partamos, ven. En breve otros amigos Saldrán a, saludarnos, Varrio mío. (Vánse.)


  ESCENA VI. Una calle próxima a la puerta de la ciudad.

Salen ISABEL y MARIANA. ISABEL. Me cuesta hablarle tan oblicuamente; Diría la verdad; mas acusarle Así, te toca a ti; pero él lo exige: Dice, para velar mejor la trama. MAR. Pues déjate guiar por él en todo. ISABEL. También me dijo que, si por ventura Hablase en pro del otro, en contra mía, No lo extrañase; que era cual remedio Que amarga con buen fin. MAR. A fe, quisiera Que el buen fray Pedro... ISABEL. Calla, el fraile viene.

Sale Fano PEDRO. FRAY. P. Venid, os he escogido un bravo puesto, Donde estaréis tan bien que el duque nunca Podrá pasar sin veros. Los más nobles Y graves ciudadanos se encaminan Hacia la puerta por la cual su entrada El duque en breve hará. Corred, por tanto. (Vase.)   ACTO V.


ESCENA PRIMERA. La puerta de la ciudad.

MARIANA, tapada, ISABEL y FRAY PEDRO en su puesto, esperando la llegada de la comitiva. Salen el DUQUE, VARRIO, NOBLE, ÁNGEL, ESCALO, LUCIO, ALCAIDE, EMPLEADOS, y CIUDADANOS, por varios lados.

DUQUE. Muy noble primo, bien hallado seas. Me alegra el verte, antiguo y fiel amigo. ÁNGEL y ESCALO. Vuelva feliz tu Alteza, y con ventura. DUQUE. Mil y sinceras gracias doy a entrambos. Tomó ya informes, y oigo elogios tales De tu gobierno é integridad, que el alma No puede menos de exigir que premie Pública gratitud tu noble celo, De galardón más amplio precursora. ÁNGEL. Con nuevos lazos mi lealtad obligas. DUQUE. Alto habla tu virtud; y fuera injusto Guardarla oculta en mi escondido pecho, Cuando merece hallar, grabada en bronce, Firme reparo contra el diente agudo Del tiempo y la guadaña del olvido. Dame la mano; y que esto el pueblo vea; Y sepa que esta externa cortesía Alto proclama mi íntimo cariño. Ven, Escalo, y a esta otra mano llega. Firmes arrimos sois.

(Se adelantan Fray Pedro e Isabel.) FRAY P. (aparte a babel.) Llegó el momento: Háblale recio y póstrate de hinojos. ISABEL. ¡Justicia, oh noble duque! El ceño vuelve A esta ultrajada... iba a decir doncella... ¡Ay! ¡Quién pudiera! ¡Oh, príncipe preclaro, No deshonres tu vista con fijarla En otra cosa alguna, mientras no oigas Mi justa queja, mientras no me otorgues Justicia, si, justicia, sí, justicia! DUQUE. Tu ultraje cuenta: ¿en qué? ¿Por quién? Sé breve. Aquí está el conde, y él te hará justicia. Declárate con él. ISABEL. Oh noble duque, del diablo redención pedir me mandas. Óyeme tú, pues lo que hablar me cumple, o a mí me punirá si no es creído o arrancara de ti venganza cruda. ¡Escucha! ¡Óyeme aquí! ÁNGEL. Me temo, Alteza, Que altera la locura su sentido. Indulto me pidió para su hermano Que víctima cayó de la justicia. ISABEL. ¡De la justicia! ÁNGEL. Y suele hablar de acerbo, Extraño modo. ISABEL. Sí, de extraño modo Habré de hablar, mas con verdad extraña: Que es Ángel un perjuro. ¿No es extraño? Que es Ángel homicida. ¿No es extraño? Que es un ladrón adúltero el tal Ángel; Un hipócrita vil. ¿No es cosa extraña? Un forzador de vírgenes. ¡Qué extraño! DUQUE. ¿Extraño? ¡Y tan extraño! ISABEL. Es tan seguro Como él es Ángel que esto todo es cierto, Tan cierto como extraño. Sí, mil veces más cierto aún; que en conclusión de cuentas, Verdad será verdad. DUQUE. ¡Llevadla! ¡Pobre! Lo dice en el furor de su locura. ISABEL. Príncipe, te conjuro, por tu creencia en otra salvación que la del mundo, que no me desatiendas, sospechando Que altera la locura mi sentido. No juzgues imposible lo que sólo Parece inverosímil. ¿No es posible Que el hombre más perverso de la tierra Parezca tan perfecto, grave y justo Como Ángel mismo? Pues, no de otra suerte, A pesar de sus títulos y honores, Su dignidad y pompa, bien podría Ser Ángel el mayor de los malvados. ¡Oh, créelo, noble príncipe; si es menos, No es nada; pero es más, y más seria, Tuviese yo más nombres para el dolo! DUQUE. Por mi honra, si está loca (cual lo creo) Se muestra su locura tan sensata, Hay tal coherencia entre una cosa y otra, Cual nunca hallé en locura. ISABEL. No porfíes En eso, oh noble duque, ni destierres A la razón por ser contradictoria; Antes, merced a tu razón, aclara Verdades que dudosas te parecen Por la mentira que verdad se finge. DUQUE. Habla con menos juicio más de un cuerdo. ¿Qué me querrás decir? ISABEL. Yo soy hermana De un cierto Claudio, sentenciado a muerte Por quebrantar el sexto mandamiento; Sentenciado por Ángel. De novicia En un convento a la sazón me hallaba, Y me mandó mi hermano un mensajero, Llamado Lucio... LUCIO. Yo, si os place, -Alteza. Fui de parte de Claudio a aconsejarla Que probase fortuna con el conde, A ver si perdonaba al pobre hermano. ISABEL. Es él, no hay duda. DUQUE. (A Lucio.) ¿Quién hablar te manda? LUCIO. Nadie, señor; pero callar, tampoco. DUQUE. Pues te lo mando yo; tenlo entendido: Si alguna vez en causa propia hablares, Pídele a Dios que te halle el juez sin tacha. LUCIO. Respondo de ella, Alteza. DUQUE. De ti mismo Tendrás que responder; y ten cuidado. ISABEL. Contó el hidalgo parte de mi cuento. LUCIO. Justo. DUQUE. Será; mas no estás tú en lo justo, Hablando cuando no te toca.-Sigue. ISABEL. Fui a ver al vil y pérfido regente... DUQUE. Suena a locura esa expresión. ISABEL. Perdona; Cuadra bien al asunto. DUQUE. Lo enmendaste. Al grano, pues; prosigue. ISABEL. En suma, oh duque, Dejando a un lado ociosos pormenores, De cómo yo insistí, rogué, me postré, Cómo me rechazó severo y cruel, Lo que le contesté; fue cosa larga. Comienzo a referir el vil remate Con pena y con vergüenza: me pedía El sacrificio de mi honor en aras De su insaciable y pérfida Iujuria, Para librar de muerte al triste hermano. Tras larga lucha al fin quedó triunfante De mi firmeza el fraternal cariño; Y me entregué al malvado. A la siguiente Mañana a primera hora, en el exceso De su maldad, mandó por la cabeza Del pobre hermano. DUQUE. ¡Es cosa muy probable! ISABEL. ¡Oh, fuera tan probable como cierto! DUQUE. ¡Necia, ó no sabes, vive Dios, qué dices, O sobornar por odio vil te dejas Para infamar su honor! Primero, mancha Alguna empaña su entereza; luego, Fuera locura creer que persiguiera Con tal vehemencia un vicio en que él incurre. Si él hubiese ofendido de esa suerte, Juzgado hubiera por sí mismo a Claudio; Mas nunca le matara. Alguien te instiga; Confiesa la verdad: ¿a cuya instancia Viniste aquí a quejarte`? ISABEL. ¿Y esto escucho? ¡Oh, entonces, seres puros de allá arriba, Dadme paciencia, y a maduro tiempo El crimen revelad que aquí se emboza! ¡En alto amparo! Así te guarde el cielo, Cual no creída parto y sin consuelo. DUQUE. No dudo que gustosa partirías. Que venga un alguacil. Llevadla presa. ¿Cómo he de permitir que ruin se cebe Tan vil calumnia en deudo tan cercano? Por fuerza aquí se oculta alguna trama. ¿Quién supo de tu intento y tu venida? ISABEL. ¡Ay! ¡Estuviera aquí! Fray Ludovico. DUQUE. Sin duda, un confesor. ¿Quién le conoce? LUCIO. Alteza, yo; es un fraile entremetido: Su traza no me gusta; pues, si es lego, Por ciertas frases que insolente dijo Contra tu Alteza cuando estaba ausente, Le zurró de lo lindo el otro día. DUQUE. ¿Qué? ¿Frases contra mí? ¡Valiente fraile! ¡Luego azuzar a esta infeliz muchacha Contra el regente! Que a ese fraile busquen. LUCIO. Anoche mismo, Alteza, allá en la cárcel La vi con ese fraile: un insolente, Un fraile ruin. FRAY. P. ¡Señor, bendito seas! Presente he estado, Alteza, y he escuchado Cual de tu oído abusan. Ante todo, Esta mujer acusa injustamente Al delegado tuyo, quien tan libre De toda mancha ó culpa esta con ella, Como ella con el ser aún no nacido. DUQUE. No me pensaba menos. Di: ¿conoces A Ludovico, el fraile de quien hablan? FRAY. P. Por hombre santo y justo le conozco, No ruin, ni entremetido, ni insolente, Como este hidalgo acaba de pintarlo; Y hombre incapaz de propagar calumnias, O chismes de tu Alteza, como afirma. LUCIO. Con lengua viperina, créelo, Alteza. FRAY. P. En fin, sabrá justificarse a tiempo; Mas por ahora, Alteza, extraña fiebre Le postra en cama. Sólo a ruego suyo (Llegando a su noticia que intentaban Formular una queja contra el conde) Vine a contar aquí, cual si él hablase, Lo que le consta que hay de cierto ó falso; Y lo atestiguara con juramento, Y pruebas fehacientes cuando quiera Fuere citado a juicio. Y ante todo. Para justificar al noble conde, Tan torpe y mortalmente delatado, Haré que esta doncella con sus mismos Ojos lo falso de su aserto vea, Y' lo confiese así. DUQUE. Oigamos, padre. (Vase Isabel custodiara, y se adelanta Mariana.) ¿Y no te ríes, Ángel? ¡Dónde llega, Cielos, la vanidad de torpes necios! Dadnos asientos. Ven, ilustre primo. Seré imparcial en esto; en propia causa Sé tú tu juez.- ¿Es el testigo, fraile? Que antes la faz enseñe, y hable luego. MAR. Perdón, señor; no enseñaré mi cara Hasta que mi marido me lo mande. DUQUE. ¿Qué? ¿Sois casada? MAR. No, señor. DUQUE. ¿Doncella? MAR. No, Alteza. DUQUE. ¿Viuda entonces? MAR. No, tampoco. DUQUE. Entonces no sois nada, Ni viuda, ni doncella, ni casada. LUCIO. Señor, será tal vez ramera; pues muchas de esas no son ni doncellas, ni viudas, ni casadas. DUQUE. ¡Haced que calle el necio! Bien quisiera Que tuviese que hablar en causa propia. LUCIO. Bien, Alteza. MAR. Confieso, Alteza, nunca fui casada. También confieso que no soy doncella; Me conoció como esposo; mas mi esposo Ignora que jamás me conociese. LUCIO. Estaría borracho, entonces, Alteza; no tiene otra explicación. DUQUE. Y estuviéraslo tú Cambien; al menos callarías. LUCIO. Bien, Alteza. DUQUE. Eso no es testimonio en contra de Ángel. MAR. Ya ira saliendo. Aquella que le acusa De quebrantar el sexto mandamiento, Acusa al mismo tiempo a mi marido, Y cita una hora, Alteza, en que bien oso Atestiguarlo, estaba él en mis brazos En el arrobo del amor más tierno. ÁNGEL. ¿Culpa a alguien más que yo? MAR. No, que yo sepa DUQUE. ¿Pues cómo? ¿No dijiste que a tu esposo? MAR. Precisamente, Alteza; y ese es Ángel; Que cree saber que nunca usó mi cuerpo, Y en cambio cree que de Isabel gozara. ÁNGEL. ¡Esto es calumnia vil! A ver tu rostro. MAR. Lo manda mi marido: me descubro. (Se quita el velo.) Ángel cruel, esta es aquella cara Que me juraste un tiempo que era digna De ser mirada; esta es la misma mano A que enlazaste en santa unión la tuya. Este es el cuerpo que arrancó la presa De brazos de Isabel, y en tu emparrado Sació tu afán en su soñada forma. DUQUE. ¿Conoces a la joven? LUCIO. Carnalmente, Según dice ella. DUQUE. ¡Calla! LUCIO. Callo, Alteza. ÁNGEL. Me es fuerza confesar que la conozco, Señor; y hará seis años que se Hablaba De boda entre ella y yo; mas se deshizo, En parte, porque el dote que traía No era el pactado; pero sobre todo, Porque su liviandad dudosa fama Le iba criando. Desde aquella fecha Ni hablé con ella, ni la vi, ni tuve Noticia de ella, por mi honor lo juro. MAR. Tan cierto, oh noble duque, como brota La luz del cielo, del aliento el habla, Como hay en la verdad recto sentido, Verdad en la virtud, la prometida Esposa soy del hombre aquel, ligada Con lazo tan estrecho como el nudo Que forma sacro voto; sí, y el martes, De noche, en su emparrado, oh noble duque, Como a mujer me conoció. Si es cierto, Dejad que de este suelo me alce honrada; Si no, por siempre aquí enclavada quede, Hecha marmórea estatua. ÁNGEL. Hasta este instante lo tomé a risa; ahora, oh noble duque, A mi derecho libre vuelo otorga: Perdí ya la paciencia. Bien percibo Que estas pobres mujeres instrumentos Son nada mas de algún poder más alto Que las incita. Dame rienda, oh duque, Para desentrañar tan torpe trama. DUQUE. De todo corazón; y a gusto tuyo Castígalos sin miedo. Necio fraile, Y tú, mujer perversa, conjurada Con la que fuese ha poco, ¿crees, ilusa, Que atestiguar podrán tus juramentos, Aunque bajar hiciesen en su apoyo A cuantos santos en el cielo moran, En contra de su mérito y valía, A que mi aprobación el sello puso? Escalo, asiento toma al lado de Ángel, Y préstale tu auxilio; logre pronto Dar con la fuente de esta inicua trama. Hay otro fraile que azuzó a las necias; Que vayan en su busca sin demora. FRAY P. ¡Ay, estuviera aquí! que él fue, por cierto, Quien excitó a tal queja a las mujeres. Sabe el alcaide el sitio en donde para; Y puede traerle. DUQUE. Ve por él al punto. (Vase el Alcaide.) Y tú, mi noble y muy probado primo, A quien importa averiguarlo todo, Obra como mejor te pareciere En esta injuria: elige tú el castigo. Por breve rato os dejo; mas vosotros No os levantéis hasta fallar severos La causa de estos tres calumniadores. ESCALO. Se hará cumplidamente, noble duque. (Vase el Duque.) ¿Señor Lucio, no dijisteis que conocíais a ese fray Ludovico por persona deshonesta? LUCIO. Cucullus non facit monacum; honesto nada más que en su traje; y uno que habló pestes del duque. ESCALO. Os suplicamos que os quedéis aquí hasta que llegue, para declararlo así en su presencia. Este fraile debe ser mozo de provecho. LUCIO. Como no hay otro en Viena. ESCALO. Llamad a la tal Isabel. Quisiera hablar con ella. (Vase un criado.) Permíteme, señor, que la interrogue, verás cómo la manejo. LUCIO. No mejor que él, según su propia confesión. ESCALO. ¿Decíais? LUCIO. Digo, señor, que creo que si la manejarais privadamente, confesaría antes; quizá podría avergonzarse en público. ESCALO. Pronto la dejaré a oscuras. LUCIO. Bien pensado: las mujeres echan chispas a media noche.

Salen ALGUACILES con ISABEL; y el ALCAIDE con el DUQUE, disfrazado de monje. ESCALO. Venid acá, doncella; aquí hay una dama que niega cuanto habéis dicho. LUCIO. Señor mío, aquí viene el bellaco de quien os hablé; viene con el alcaide. ESCALO. En buena hora; no le habléis hasta que yo os lo mande. LUCIO. ¡Chitón! ESCALO. Acércate, amigo. ¿Instigaste a estas mujeres para que calumniaran al conde Ángel? Ellas afirman que sí. DUQUE. Es falso. ESCALO. ¡Cómo! ¿Sabes dónde estás? DUQUE. ¡Respeto a vuestro cargo! Y al demonio Honren alguna vez por su ígneo trono. ¿Dónde está el duque? Él es quién debe oírme. ESCALO. El Duque esta en nosotros, y mandamos Que tú nos hables; habla, pues, con tiento. DUQUE. Con brío, al menos. Pero ¡ay, pobres almas! ¿Venís del lobo a reclamar la oveja? ¡Adiós remedio entonces! ¿Fuese el duque? Con él vuestra esperanza. Ha sido injusto El duque en rechazar vuestra demanda Tan manifiesta, y en poner en boca Del pérfido villano, a quien quejosos Venís a delatar, el fallo vuestro. LUCIO. Este es aquel de quien hablé. ¡Bellaco! ESCALO. ¡Oh fraile irreverente, oh inicuo fraile! No basta haber comprado a estas mujeres, A fin de calumniar a un hombre digno. ¿Osas también con torpe boca, en propio Oído apostrofarle de villano? Y luego criticar al mismo duque, Tachándole de injusto. Preso vaya. ¡A la cárcel con él, y luego al potro! Te descoyuntaremos hueso a hueso Hasta saber tu intento. ¡Injusto el duque! DUQUE. No te acalores tanto: antes osara El duque dar tormento al propio cuerpo. Que desdoblar un solo dedo mío. Su súbdito no soy, ni de esta tierra; me hizo la ocupación que aquí me trajo Observador en Viena, en donde he visto Hervir la corrupción a borbotones, Y rebosar; su ley a cada falta; Y estas tan consentidas que las leyes, Como lista de multas en taberna, Tan burladas están como a la vista. ESCALO. ¡Calumnia a la república! ¡A la cárcel! ÁNGEL. ¿Qué ofensa puedes imputarle, Lucio? ¿Es éste el hombre aquel de quien hablabas? LUCIO. El es, señor. Ven acá, compadre testa calva. ¿Me conoces? DUQUE. Os reconozco en el timbre de la voz. Os encontré en la cárcel, durante la ausencia del duque. LUCIO. ¿Conque me encontraste? ¿Y te acuerdas de lo que dijiste del duque? DUQUE. Muy bien, hidalgo. LUCIO. ¿Conque muy bien? ¿Y es el duque un putañero, un necio y un cobarde, como afirmaste entonces? DUQUE. Antes de decir que yo afirmé tal cosa, debierais trocar nuestros papeles. En efecto, vos hablasteis mal de él; y mucho peor que eso, muchísimo peor. LUCIO. ¡Oh, condenado pícaro! ¿No te di yo un tirón de narices por haber dicho tales cosas? DUQUE. Protesto que quiero al duque como a mí mismo. LUCIO. Mirad cómo el tunante quisiera suspender la plática, después de colmarle de calumnias. ESCALO. No hay que perder palabras con semejante bellaco. ¡A la cárcel con él! ¿Dónde está el alcaide? ¡A la cárcel con él! Ponle bastantes grillos; no permitas que siga hablando; y llévate también a esas locuelas, y al otro conjurado. DUQUE. (Al alcaide.) ¡Espera! ¡Poco a poco! ÁNGEL. ¿Qué, se resiste? Ayudadle, Lucio. LUCIO. Vamos, fraile; vamos fraile; vamos fraile; no te desmandes, fraile. ¿Qué es esto, bellaco calvo, embustero? ¿Siempre has de estar encapuchado? ¡Hola! Enseña esa cara de bribón; y mala landre te pudra. Enseña esa cara de ladrón de ovejas, y déjate ahorcar por una hora. ¿No quiere? (Quita la capucha al fraile y descubre al Duque.) DUQUE. Es el primer bellaco que hizo un duque. Salgo fiador por estos tres, alcaide. (A Lucio.) No te escabullas, buen amigo; aún tiene Que hablar contigo el fraile. Echadle mano. LUCIO. Esto va a ser peor que degollarme. DUQUE. (A Escalo.)Perdono tus injurias. No te muevas. Que él va a cederme el puesto. (A Ángel.) Con permiso. ¿Tienes palabra, astucia, ó vil descaro De que aún valerte puedas? Si los tienes, Confía en ellos hasta el fin del cuento, Y tiembla entonces. ÁNGEL. ¡Oh, tremendo duque! Aún más culpable que mi culpa fuera, Si pensara encubrirme de tu enojo, Sabiendo que observaste mis maldades Como el poder divino. No; suspende, Por tanto, de mi oprobio el triste juicio; Mi propia confesión, mi examen sea. Fallo inmediato, y luego pronta muerte Por toda gracia pido. DUQUE. Ven, Mariana. (Se acerca Mariana.) (A Ángel.) ¿De ser su esposo alguna vez le diste Palabra a esta mujer? ÁNGEL. Dísela, Alteza. DUQUE. Ve, pues, con ella, y cúmplela al momento. Cásalos, fraile; y consumado el rito, Vuelve con él acá.-Síguele, alcaide. (Vánse Ángel, Mariana, Fray Pedro y el Alcaide.) ESCALO. Me asombra más, Alteza, su ignominia Que la rareza de este lance extraño. DUQUE. Acércate, Isabel. Trocóse en duque El fraile aquel; y así como era entonces Tu consejero cauto y fiel amigo, No mudando de intento con el traje, Sigue siendo tu amigo y consejero. ISABEL. Perdona, Alteza, si vasallo humilde Osé emplear y molestar cansada Tu ignota majestad. DUQUE. Perdón te otorgo, Dulce Isabel; no menos franca ahora Sé tú conmigo. Sé que cruelmente aflige Tu corazón la muerte de tu hermano ; Y extrañaras, sin duda, que encubierto Haya tratado de salvarle sólo, Y no haya preferido hacer violenta Ostentación de mi poder oculto, A abandonarle así Niña adorable, Fue la rauda premura de su muerte, Que con más tardo pié, creí, vendría, La que frustró mi intento. ¡En paz descanse! Es más feliz el que morir no teme, Que el que temiendo vive. Sírvate eso De alivio: dicha tal logró tu hermano. ISABEL. De alivio y de consuelo, noble duque. Salen ÁNGEL, MARIANA, FRAY PEDRO y el ALCAIDE. DUQUE. A aquel recién casado que se acerca. Cuyo lascivo intento, sin embargo, Osó ultrajar tu honor inexpugnable, Es fuerza perdonar por Mariana; Mas ya que ajustició cruel a tu hermano, (Siendo de doble violación culpable: De sacra castidad y fe jurada, Por la que prometió salvar a Claudio) La merced misma de la ley reclama A voz en grito, por su propia lengua: «Un Ángel por un Claudio; a muerte, muerte. Amor da amor, odio, odio en esta vida; No bien por mal; MEDIDA POR MEDIDA. Por tanto, esta tan claro, Ángel, tu crimen, Que con querer negarlo, lo agravaras. Al tajo te condeno donde Claudio Halló la muerte, y con igual premura. ¡Llevadle, pues! MAR. Espero, oh noble duque, Que no fué mera burla el darme esposo. DUQUE. Él fue quien te burló con darte esposo. Para salvar tu honor juzgué prudente Apresurar tu boda: de otra suerte, Habiéndote él gozado, la calumnia Pudiera ajar tu vida, ahogar podría Tu dicha por venir. Su hacienda toda, Si bien, según la ley, me corresponde, En viudedad y posesión te entrego; Así podrás lograr mejor marido. MAR. Otro no quiero, ni mejor, Alteza. DUQUE. No ruegues, no, por él: estoy resuelto. MAR. (Se arrodilla.) ¡Oh noble duque!... DUQUE. En vano te fatigas. Llevadle al rollo, y muera. (A Lucio.) A vos ahora. MAR. ¡Mi buen señor! ¡Dulce Isabel, tu ayuda! ¡Préstame tus rodillas, y en tu auxilio Te prestaré mi vida mientras viva! DUQUE. Contra todo sentido la importunas. Si de hinojos por él merced pidiese, La sombra de su hermano rompería Su embaldosado lecho y entre horrores De aquí se la llevara. MAR. ¡Isabelita! ¡Dulce Isabel! ¡Ay! póstrate a mi lado; En actitud de súplica levanta Las manos; no hables; ¡yo lo diré todo! Dicen que los varones más perfectos Se amoldan entre faltas, y mejores Llegan a ser los más, siendo algo malos. Así tal vez le pase a mi marido. DUQUE. Él por la muerte de tu hermano muere. ISABEL. (Se arrodilla.) ¡Oh bondadoso duque! si te place, Ruégote que a este ser culpable mires Cual si viviese Claudio; en parte creo Que noble celo gobernó sus actos Hasta que a mí me vio; si es cual te digo, Perdónale, por Dios. Se le hizo a Claudio Justicia, nada más; pues fué culpable Del crimen por el cual le dieron muerte. En cuanto al conde, no alcanzó a su intento Su loca acción, y es justo sepultarlo Como un intento, muerto en el camino. Los pensamientos nunca fueron obras, Ni más que pensamientos los intentos. MAR. No más, señor. DUQUE. En vano ruegas. ¡Alza! Me viene ya a las mientes otro yerro. ¿Alcaide, cómo fué que ajusticiaron Al pobre Claudio en hora inusitada? ALC. Así me lo mandaron. DUQUE. ¿Por escrito? Ate. No tal, Alteza, por verbal mensaje. DUQUE. Por eso te despido de tu empleo. Entrega, pues, tus llaves. ALC. ¡Ay! perdona. Creí que era un error, mas lo ignoraba. Mejor aconsejado arrepentime; Y en prueba de ello queda allá en la cárcel Un preso cuya vida puse en salvo, Quien de otra suerte hubiera sucumbido Por orden reservada. DUQUE. ¿Quién es ése? ALC .Se llama Bernardino. DUQUE. Bien quisiera Que lo mismo con Claudio hubieses hecho. Ve, tráele acá, que quiero ver su rostro. (Vase el Alcaide.) ESCALO. Lamento que hombre tan prudente y sabio, Ángel, cual tú me pareciste siempre, Haya faltado de tan torpe modo, Soltando el freno a su sensual deseo, Y obrando luego sin maduro juicio. ÁNGEL. Lamento ser la causa de esa pena. Y tal lo siente el alma arrepentida, Que antes anhelo muerte que clemencia: Muerte no más merezco, y muerte pido. Sale el ALCAIDE Con BERNARDINO, CLAUDIO embozado, y JULIETA. DUQUE. ¿Cuales el Bernardino? ALC. Aquel, Alteza. DUQUE. Me habló de este mozo cierto fraile. Que eras un alma terca me decía, Que nada temes más allá del mundo, Y así es tu vida. Fuiste sentenciado, mas te perdono tus terrenas culpas; procura que te guíe mi clemencia, A porvenir mejor. Le dejo, fraile, a cargo tuyo; Ve. ¿Y el encubierto? ALC. Es otro preso a quien salvé la vida. Debió morir al ser decapitado Claudio; y su vera efigie, a fe, parece. (Desemboza a Claudio.) DUQUE. (A Isabel.) Si efigie es de tu hermano, por su causa Absuelto quede; y por tu causa, hermosa, Dame la mano, y di que serás mía, Y él mi hermano será. Pero eso luego. Por esto el conde ve que está seguro. Brillan sus ojos con más fuego, creo. A fe, tu crimen, Ángel, bien te paga: Ama a tu esposa, honor su honor te preste. Clemencia extraña siento en mí; con todo, Hay uno aquí que perdonar no puedo. (A Lucio.) Bellaco, tú, que sabes que soy sandio, Cobarde, disoluto, un asno, un loco. ¿En qué he podido merecer concepto Tan singular de ti, que así me ensalzas? LUCIO. A fe, señor, lo dije... así, como cosa corriente. Si te place ahorcarme por ello, en tu mano esta; pero más quisiera que fuese tu gusto mandarme azotar. DUQUE. Primero unos azotes, luego a la horca. Alcaide, haz pregonar por toda Viena Que si hay mujer alguna a quien agravio Haya inferido este bellaco infame, le oí jurar yo mismo que una había a quien dejó con hijo) que aparezca; Se casara con ella, y terminada La boda, que le azoten y le ahorquen. LUCIO. Ruego a vuestra Alteza que no me case con una ramera. Vuestra Alteza mismo dijo ha poco que yo le había hecho duque; mi buen señor, no me recompenséis con hacerme cornudo. DUQUE. Te casaras con ella, por mi vida. Perdono tus calumnias, y con ellas Aun tus demás ofensas. Vaya preso; Y haced que en esto mi orden fiel se cumpla. LUCIO. Casarse con una ramera, señor, es peor que morir prensado, zurrado y ahorcado. DUQUE. El calumniar a un duque lo merece. (Vase Lucio entre alguaciles.) Su honor devuelve, Claudio, a la ultrajada. ¡Vive feliz, Mariana! Amala, Ángel: La he confesado, y su virtud me consta. Por tu lealtad, Escalo amigo, gracias: Un parabién mayor luego te espera. Gracias por tu reserva y celo, alcaide: Te emplearemos en más digno puesto. Ángel, perdona a aquel que la cabeza De Ragozin te dio por la de Claudio: Es falta que a sí misma se redime. Dulce Isabel, mi pecho un ruego aún guarda Que es por tu bien. Si quieres bondadosa Prestarme oído atento, y sin desvió, Tuyo lo mío será, lo tuyo mío. A mi palacio, pues; y de mi boca Nuevas oiréis que, a fe, saber os toca. (Vánse.)