Mediodía (de El Libro del Trópico)

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El Libro del Trópico de Arturo Ambrogi
Mediodía
Nota: Versión de 1915, se respeta la ortografía original de la época.

A la manera de opulento palio desenvuelve el cielo, por sobre el paisaje, la magnificencia de su seda. El sol, radiante e impetuoso, que anega los ámbitos todos del espacio, le da más esplendor todavía, y quiebra su tersa superficie en mil joyantes reflejos...

En el horizonte, las montañas se sumerjen en un fluido cristalino, y recortan, uno a uno, sus contornos, precisando hasta los detalles más nimios de sus laderas con la nitidez y minucia de un grabado holandés.

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(Flota el sopor, como una densa embriaguez. Y el sueño vence a la Naturaleza, sumiéndola en un letargo de plomo.)

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Una ringla de deshojados chilamates,[1] empolva sus esqueletos al borde de la carretera. Sus rugosos troncos sirven de poste al alambrado de los potreros, en que la bueyada se apacenta.

En uno de esos chilamates, enrollada en viscoso tirabuzón a una de sus ramas, dormita una culebra. El color negruzco de su piel resalta del fondo calinoso de la corteza del árbol. Y en el esplendor de luz zodiacal, la chata cabecita brilla como un ónix tallado, y el punzón de su cola, afilado y sutil, destella como la faceta de un diamante. Cerca del chilamate, se eleva un carao.[2] Es un carao gigantesco. En las ramas más altas de ese carao, diez o doce zopilotes congregados, dormitan también su siesta. Y la mancha negra de sus plumajes, como pastosos brochazos de tinta china, entenebrece la magnificencia del rincón de cielo que les sirve de fondo.

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(Está en suspenso el ruido, en un gran paréntesis de espera).

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Es la época de las quemas. Y el humo que de ellas se escapa, flota un instante, y luego se diluye en el ambiente argelino.

Las llamas de la quema, en el brillo del medio día, arden al igual que la llama del alcohol que corona el ponche de rom.[3] Vistas al trasluz, casi no tienen corporidad. Flotan, espirituosas, sobre los oros atabacados de la roza, como un vivero de fuegos fátuos.

Y por encima de esas llamas olearias las flores de San Antonio,[4] tupiendo el árbol en nutrido aluvión de brasas, dan un efecto ígneo. Y como para contrastar, los árboles de la Cruz[5] hacen lucir en las proximidades la mística blancura de sus ramilletes de flores estrelladas.

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Sobre los desponjos[6] del potrero, de un admirable tono de Siena quemada, caen, sin esfuerzo y se quiebran, las conchas de los tecomazuches.[7] Esas conchas (como de alabastro avejentado y marchito por la vecindad de los cirios ardientes de alguna capilla), caen, y se quiebran sordamente. al rajarse a la manera de las granadas maduras, dejan escapar níveas vedijas de algodón, suave como la seda y como ella lustrosa.

(Esa seda nevada produce sobre el dominante fondo de Siena quemada, un efecto lírico y maravilloso. Es, brotando de las heridas, como una sangre inmaculada. ─Sangre de rosas blancas estrujadas, sangre de hostias machacadas en un almirez de oro purificado, sangre de sacros lirios degollados).

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En la propincuidad del rancho, posado sobre las cercas de caña-brava que abruma la tramazón de bejucos de campánulas y defienden vallas de pie de niño,[8] dormita el gallo. Su cresta de bermellón, fulge como un cuágulo[9] de sangre fresca. En el fondo del corral, entre la tibieza de la paja del cajón desfondado que hace las veces de ponedero, la gallina cumple la única misión de su vida; mientras el pollo, inquieto y revoltoso, medio desplumado, de incipiente chorcha descolorida, escarba y avienta el estiércol amontonado en un rincón talquitatoso. Solamente el chompipe[10] se pasea, como siempre, vanidoso e inflado, insensible al sopor de la hora, con su moco de un rojo de marañón caído, su caftán avioletado y las alas despeinadas, como un Califa prisionero. Una pata, encaramada en la canoa del agua, apaga su sed, mientras al pie del tronco labrado, un enjambre de patitos, menudos, con el plumón amarillo canario y el pico de alabastro, se apiñan y chillan, levantando las cabecitas, implorando una gota de frescura.

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(La música del silencio desarrolla su "lait-motiv",[11] ese "lait-motiv" que el oído más fino, más sutil, no llega a percibir).

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Al "ojo de agua", cristalino y fresco, solapado bajo la tupida fronda de un sicagüite,[12] acude una muchacha con su cántaro. Es ese el lugar de las citas para los enamorados de las vecindades. Rezume el agua de la tierra barrosa. Rezume transparente, pura, encharcándose entre las manchas de berro flotante, y los macizos de hojas de María y de corazón sangriento[13] Sobre una piedra lisa, guateada de musgo, yace un tarro de morro. Cerca del tronco del árbol protector, se extiende una alfombra de menuda grama, como puesta adrede para que sirva de reposadero a las parejas que allí van a arrullarse. La muchacha llega. Coloca el cántaro a la orilla del venero, y comienza a llenarlo poco a poco, cogiendo el agua con el tarro. Detrás de un zarzal, irrumpe un silbido. En seguida, otro. La muchacha suspende la operación de colmar su cántaro. Pasea la vista por todos lados, entre inquieta y recelosa. De pronto salta un mozo por sobre la cerca, sosteniéndose en las ramas de un brotón de tempate,[14] y va hacia la muchacha, que, tranquila ya, la espera sonriente. Conversan en voz baja. Los labios del gañán se pegan al oído de la moza. Ella mueve la cabeza, como diciendo que no, ese no sobreentendido de la mujer que accede. De pronto, él se agacha, y tomando el tarro abandonado, acaba de llenar el cántaro. Lo levanta en vilo y se lo coloca en la cabeza á la muchacha, apoyado en el yagual. Después, los dos, emparejados, se pierden por un sendero, hacia el cercano mangal.[15] Y antes de perderse de vista tras un recodo del sendero, todavía se alcanza a ver a la muchacha que mueve la cabeza, como diciendo que no.

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A lo lejos, en la carretera polvorosa que el sol inflama, y como figuras únicas sobre el lienzo de violenta luz, vese una carreta que se arrastra fatigosamente, cargada de leña hasta los topes. Los bueyes que tiran de ella, hincan en el polvo la pezuña ruda e inclinan la testuz bajo las gamellas del pesado yugo.

Se percibe, neto, ayudado el esfuerzo visual por la nitidez ambiente, el muslo que contrae el esfuerzo y hace resaltar, bajo la piel mojada por la transpiración, el arpa de los recios nervios en tensión.



Glosario (no incluido en la obra original).

  1. Árbol de las Euforbiáceas que posee una savia que irrita la piel. Este árbol es muy común en la zona occidental de El Salvador.
  2. Árbol natural de América Central que se utiliza para el tratamiento de enfermedades del pecho y como bebida con muchas propiedades nutritivas.
  3. Ron, bebida alcohólica.
  4. Lilium candidum, lirio o azucena, planta vivaz de porte herbáceo, que pertenece a la familia de las Liliáceas.
  5. Brownea ariza, especie de árbol de la familia de las fabáceas.
  6. Porción de terreno desbrozado.
  7. Tecomasuche, Cochlospermum vitifolium, árbol ornametal de flores amarillas, los frutos contienen fibra sedosa utilizada para rellenar almohadas.
  8. Euphorbia Tythymaloides, arbusto ornamental cuya flor parece un pequeño pie rosado.
  9. Coágulo.
  10. Pavo común.
  11. Leitmotiv, tema musical recurrente en una composición.
  12. Lysiloma aurita, árbol cuya corteza es usada para curtir pieles.
  13. Lamprocapnos spectabilis, planta herbácea rizomatosa perenne originaria de Asia del Este.
  14. Jatropha curcas, arbusto frecuentemente sembrado para formar cercas.
  15. Plantación de árboles de mango.