Memoria del descubrimiento que Gaspar Castaño de Sosa, hizo en el Nuevo México, siendo teniente de gobernador y capitán general del Nuevo Reino de León

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Memoria del descubrimiento que Gaspar Castaño de Sosa, hizo en el Nuevo México, siendo teniente de gobernador y capitán general del Nuevo Reino de León

(27 de julio de 1590)


Memoria del descubrimiento que Gaspar Castaño de Sosa, teniente de gobernador y capitán general del Nuevo Reino de León por el Rey don Felipe nuestro señor, va a hacer, al cumplimiento de las provisiones que el dicho gobernador les ha concedido, ya él como su lugarteniente, como más largamente se verá por la dicha provisión e cédulas reales y libro de nuevas leyes de pobladores concedidas a todos los vecinos de dicho reino; y al cumplimiento de todo ello, salió el dicho Gaspar Castaño de Sosa, de la Villa del Almadén, a veintisiete días de julio, con una cuadrilla de carretas, en ellas bastimentos y todos pertrechos tocantes a tales poblaciones, como más largamente se verá por los autos que el dicho Gaspar Castaño de Sosa hizo sobre el caso; y para que se sepa todos los pasajes y sucesos que en el viaje hubo hasta llegar a parte cómoda, para poder tomar a poblar. Se hace memoria en este libro de todo ello como Su Majestad lo manda, lo cual se asentará en este libro con toda la fidelidad.

El año de Nuestro Señor Jesucristo salió el dicho Gaspar Castaño de Sosa, a veinte e siete de julio de mil e quinientos e noventa años, con todo su campo y carretas; fue a dormir a una ciénega, dos leguas de la dicha villa, dejando mucha gente de paz en la dicha villa, mostrando gran pena de quedar allí por la conversación y amistad que con los españoles tenían; y dos días antes, vino a la dicha villa, un indio, llamado Miguel, natural de Caqualco, que había catorce años que estaba entre los cacuares, que se había quedado, de cierta compañía de soldados, y estaba ladino en la lengua de los naturales de aquellas comarcas, de que el dicho Gaspar Castaño recibió mucho contento, y todo su campo, para lengua, y lo vistió el dicho indio con los dichos, muy contento, e dejó la conversación que con dicho indio había tenido en los dichos catorce años.

En veinte e ocho del dicho, fuimos al río de los nadadores, donde estuvimos algunos días, donde en aquel tiempo vinieron muchos capitanes de paz como de antes la tenían algunos dellos, y les mandaba dar algunos mandamientos de amparo por no los tener de atrás; y debajo de esta amistad, estando con toda esta seguridad, vinieron a decir al Real que los indios llevaban caballos; y al efeto salió el dicho Teniente de Gobernador en seguimiento dellos, con doce soldados, y les dio alcance al pie de una sierra que llevaban los caballos, y se prendieron tres dellos, y vueltos al Real, se les tomó sus confisiones, demás de los hallar en el hurto o salto; y para castigo de todos los demás que en el dicho Real había, y viniese a noticia de los que delante estaban, por donde él había de pasar, mandó ahorcar los dos dellos; y el otro, mandó depositar en un soldado de la dicha su compañía por tener poca edad. En ocho de agosto salimos deste río y fuimos a dormir a los Charcos de Vaca, donde se salieron muchos indios de paz, y les mandé dar mandamientos de amparo. En nueve del dicho llegamos al pozuelo de Tetipala, donde salieron muchos indios, que detrás habían dado la obediencia al Rey nuestro señor, y se les dio mandamiento de amparo. En diez de agosto salimos de este paraje e fuimos al potrero; fueron en nuestra compañía muchos indios.

En once del dicho salimos de este paraje y fuimos a la boca del potrero, donde aparecieron en una sierra muchos indios, y los mandó llamar el dicho teniente, e no quisieron bajar; y al otro día, les envió segunda vez a llamar, y con todo el apercibimiento que se les hizo y regalos de buenas palabras, no fuimos poderosos a bajarles.

En trece de dicho mes salimos deste paraje, y fuimos a dormir al Charco del río seco.

En catorce del dicho fuimos a dormir al estero del venado, donde vinieron de paz, un cacique, llamado Ciborpara. En diez y seis del mismo, salimos de este paraje y fuimos a dormir al paraje de las Encinillas; salieron de este paraje, cuatro caciques, llamados, uno dellos, Troman y Cipopara y Chicoa y Bitiara, los cuales caciques traían consigo mucha gente; y el dicho Teniente de Gobernador les regaló todo lo de posible, y les dijo que diesen la obediencia a Su Majestad, poniéndoles por delante como las debían, al Rey nuestro señor, y ellos muy contentos, dijeron que sí, y así lo dieron, y se les mandó dar a cada capitán mandamiento de amparo.

En diez y ocho del dicho salimos de este paraje y fuimos a dormir adonde nos lluvió un gran aguacero, que no pudieron las carretas rodar, porque atascaba mucho.

En veinte e uno del dicho salimos deste paraje e fuimos a las ciénegas que dicen del río de las Salinas; salió de paz un cacique, Jácome; y el dicho teniente le regaló y le pidió la obediencia, lo cual él dio al Rey nuestro señor, y se le dio mandamiento de amparo; estúvose en este paraje algunos días, los cuales días se detuvieron, aguardando a Francisco Salgado y a Mandel de Maderas, y a otros dos compañeros que había enviado el dicho teniente a la ciudad de México a llevar cartas al señor Visorrey; y en este tiempo, visto por el dicho Teniente de Gobernador, salió personalmente con algunos compañeros e naturales en su compañía a correr aquellas sierras que había en la dicha comarca a ver si podía descubrir algunas minas, diciendo que si las hallara, poblara allí por ser la tierra en valle, el mejor y más cómodo que en el mundo se puede ver; e hizo todas las diligencias posibles por descubrirlas, por haber alguna noticia de atrás e no fue poderoso de descubrirlas, ni los naturales que con él andaban no daban relación ninguna; y así, visto no haberlas, determinó de pasar adelante, y andando en busca de las dichas minas estuvo en dos rancherías él y los compañeros que consigo llevaba, y los indios de las dichas rancherías con sus mujeres e hijos muy contentos; él les regalaba, y ellos, visto el dicho regalo que el dicho teniente e sus compañeros les hacían, les dieron muchas cosillas que ellos tenían en sus rancherías.

En veinte e cuatro del dicho salimos de este paraje e fuimos a dormir al río de las Salinas, e nos salió gente de paz, e se les dio mandamiento de amparo.

En veinte e cinco del dicho salimos de este paraje e fuimos a dormir al río de los Ratones.

En veinte e seis del dicho salimos de este paraje y fuimos a dormir al río del Gato.

En veinte e siete del dicho salimos de este paraje e fuimos a dormir a la barranca, donde se volvió el caballo de Viruega, donde había unos charquias de agua honda.

En veinte e nueve del dicho salimos de este paraje y fuimos a dormir a unas lomas, donde hallamos un charco de agua grande.

En treinta del dicho salimos deste paraje e fuimos a dormir a una barranca y cañada donde nos lluvió algunos aguaceros, y con los aguaceros nos remediamos de agua; porque de otra suerte no la había, y así lo proveyó el Señor.

En primero de setiembre salimos de este paraje e fuimos atrás de una cañada, e allí se nos quebró la carreta grande, e volvió la boyada a volver atrás.

En dos de setiembre salimos de este paraje e fuimos a dormir a una cañada, y dormimos sin agua.

En tres de setiembre salimos de este paraje e fuimos a dormir a los nogales donde había muchas nueces.

En cuatro del dicho salimos de este paraje e fuimos a dormir, al río de Roldán.

En seis del dicho salimos deste paraje e fuimos a dormir al río de Viruega, donde había mucha nuez y uva.

En ocho del dicho salimos deste paraje e fuimos a dormir al estero grande, donde había mucha nuez y uva, y se mató mucho pescado.

En nueve del dicho salimos deste paraje e fuimos a dormir al río Brabo, donde se estuvo muchos días aguardando a Francisco Salgado y Manuel de Mederos, y a otros muchos compañeros que se aguardaban con la respuesta del señor Visorrey; porque esta orden llevaba del Teniente de Gobernador que les había de venir, aguardando hasta el dicho río Brabo, con la razón e respuesta de la voluntad del señor Visorrey, porque a esto los envió el dicho teniente a la ciudad de México; e visto la mucha tardanza, que los dichos hacían, mandó el dicho Teniente de Gobernador, mandó medir todo el maíz e trigo, para saber el bastimento que tenían e no se hallaron más de cien fanegas de bastimentos, causa de que el dicho teniente recibió mucha pena por entender había más bastimentos; y la falta que ello hubo fue de no se haber dado por orden y cuenta por venir en canastas, como era de Juan Pérez de los Ríos, no porque el dicho teniente no le hubiese dicho días atrás que se diese a todos ración; y el dicho Joan Pérez le respondió en diversas veces que su gente no ha de comer por ración; y así por darle gusto no lo hizo hacer que se diere ración; y luego que se midió el dicho maíz e trigo, mandó el dicho teniente que se entregase por medida en cada carreta, para que diesen cuenta de las anegas que se le entregasen, e mandó que de allí adelante se diese un almud a cada persona para una semana, y así se hizo; y estando en este dicho paraje, viendo la tardanza de los dichos Salgado y Mederos y de los demás, y el poco bastimento, determinó el dicho Teniente de Gobernador proseguir su viaje; y procurando la derrota que habían de llevar en su viaje hubo muchos pareceres de todos sus compañeros diferentes del suyo, salvo el capitán Cristóbal de Heredia, Francisco López de Recalde y Martín de Salazar y Joan de Carvajal, que era que se buscase el río Salado; y al fin el dicho Teniente de Gobernador procuró e mandó al dicho capitán Cristóbal de Heredia que se buscase el dicho río Salado, y al cumplimiento dello salió Joan Pérez de los Ríos con algunos compañeros en demanda del dicho río, e no pudieron hallarlo por espeso de la mala tierra que hacía en su redondez; e se volvió con noticia de otro río diciendo que aquel río se podía llevar, aunque sería con mucho trabajo por la malicia de la tierra que había en la redondez del dicho río; porque la vía de ir muy apartada dél, y que para entrar en él la caballada y boyada pasaría mucho detrimento por la causa de la mucha piedra que aviará; satisfecho el dicho Teniente de Gobernador del dicho río e camino, envió segunda vez a ciertos compañeros e soldados de su compañía fuesen a descubrir otro río más adelante, porque si era el que había de llevar; e los dichos soldados llegaron al río donde había llegado Joan Pérez de los Ríos con los demás compañeros, e se volvieron diciendo que no se podía pasar por allí por ningún caso, de que el dicho Teniente recibió hasta pena por entender aquel era su viaje y camino; y por estar muy indispuesto y con muy poca salud de su persona no iba personalmente a lo que tanto deseaba saber e ver, envió tercera vez al capitán Cristóbal de Heredia que fuese a descubrir este río Salado, y él al cumplimiento dello, salió y llevó en su compañía a Joan Rodríguez Nieto y a Joan de Contreras y a Pedro Flores, el cual salió en demanda del dicho río Salado; y llegó al río que estaba descubierto, y halló paso en el dicho río para poder pasar las carretas; porque hasta entonces no se había hallado y descubierto el dicho paso, fue atravesando aquella lomería que había hasta el río Brabo, y llegó al dicho río Brabo, y se volvió al dicho real diciendo que por allí podíamos pasar y ir atravesando al río Salado; y visto por el dicho capitán Cristóbal de Heredia traía descubierto el camino, se holgó mucho, aunque todos los demás eran de diferente parecer como atrás se ha dicho.

En primero de octubre mandó el dicho Teniente de Gobernador al dicho capitán Cristóbal de Heredia hiciese apercibimiento a todo el Real que saliese al cumplimiento de su viaje, lo cual él lo hizo; y estando para salir hubo hartas diferencias qué camino llevarían; y visto el dicho capitán se llegó al dicho Teniente qué derrota y camino habían de llevar, y él le dijo que hiciese enderezar al río Salado y guiase a él; y así al cumplimiento dello lo hizo el capitán Cristóbal de Heredia; y fuimos a dormir a una cañada donde se halló agua en Caxas.

En dos del dicho salimos de este paraje y fuimos a dormir al río de las Loxas, e lo pasamos con harto trabajo. A cuatro del dicho, salimos de este paraje y fuimos a dormir a una cañada, donde se halló mucha agua.

A cinco del dicho salimos de este paraje y fuimos a dormir a una quebrada honda en demanda del río Salado.

A seis del dicho salimos deste paraje y fuimos a dormir a unas encinillas, donde se halló mucha agua.

A siete del dicho salimos de este paraje en demanda del río Salado, envió el capitán Cristóbal de Heredia a descubrir el dicho río Salado, que era el que se procuraba para nuestro viaje, y fue al dicho efeto Joan de Carvajal, Martín de Salazar, Domingo de Santiesteban y Blas Martínez de Mederos descubrieron el dicho río Salado, de que recibieron mucho contento; y volvió Domingo de Santiesteban a pedir albricias, que ya dejaba el río descubierto él y sus compañeros, mas que no se podía entrar en él por haber mucha peña tajada y quebradas; y ansí fuimos a dormir a una cañada, donde había una poca de agua para la gente, y la boyada y caballada volvió atrás, y procurando por todos medios entrar en el dicho río, no se pudo entrar causa de dejarlo y volvernos a buscar el otra que habíamos dejado atrás.

Se salió el capitán Cristóbal de Heredia a ver el río si estaba lejos de nos, lo cual salir y dieron con él, como tres leguas donde estábamos parados.

A nueve del dicho salimos de este paraje y fuimos a dormir una legua del río de las Laxas.

A once del dicho salimos de este paraje y fuimos a parar en unas cabañas sin agua.

A doce del dicho salimos deste paraje y fuimos a unas lomas donde se halló una poca de agua; y procurándose si el río de las Laxas no se hallaba, respeto de que se acabó allí; y visto esto se volvió la boyada e caballada atrás al dicho río, y se volvió a procurar con mucha instancia el dicho río Salado, y fue en su demanda Salazar y Diego Díez de Berlanga y Cristóbal Martín; y como tres o cuatro leguas de allí tornaron a dar con el río Salado, e volviendo al Real dijeron que no se podía tomar el río; e con todo esto procuramos proseguir nuestro viaje y fue servido Dios, que saliendo deste paraje llovió un aguacero que fue enviado por el Señor para nuestro socorro; y confiados de Dios lo había de proveer, conocemos que usó de misericordia con nosotros.

A catorce del dicho salimos de este paraje y fuimos a dormir adonde se dio la comisión a Cristóbal de Heredia de maese de campo; y en este paraje, el Teniente de Gobernador, visto que el viaje se iba alargando, procuró de quitar, e quitó, que no se diese a cada persona más de medio almud de trigo o de maíz para cada semana; y por ser poca ración quiso mercar a Joan Pérez de los Ríos algunos bueyes para matar, para repartirlos en su campo Real; y tratando con Joan Pérez de los Ríos que se los vendiese, visto la necesidad que había, el dicho respondió que no vendería buey ninguno; que para esta necesidad, si el dicho Teniente de Gobernador quisiese bueyes, que todos ellos estaban allí, y dellos hizo ofrecimiento al Rey nuestro señor, y a él en su nombre; y así lo hizo; y el dicho Teniente la recibió por tal; y luego incontinente, mandó salir toda la gente que había, y se hallaron ciento y setenta y más personas; y mandó que diesen a libra y media de vaca a cada persona cada día; y así se pasaron con la ración atrás referida; y se iba por aquí haciendo barbacoas de mascal para suplir la falta que había.

En diez y seis del dicho salimos de este paraje y fuimos a dormir a las Laxas, adonde nos llovió un aguacero que fue de mucho efeto, respeto de no poderse tomar el río; y se hicieron aquí muchas barbacoas de mascales.

En diez y siete del dicho fuimos a dormir a la cañada donde se perdió Alonso Jaimes y Ponce.

En diez y ocho del dicho salimos deste paraje y había salido Cristóbal de Heredia con algunos soldados a ver si había entrada al río Salado; yendo en su demanda halló que no se podía entrar por la mala traza de la tierra e no haber podido aquel descubrir agua ninguna; y así envió al Real a Francisco López de Ricalde y Jusepe Rodríguez, y él con los demás compañeros pasó adelante; e vueltos los dichos al Real dijeron al Teniente de Gobernador que por ningún caso podían pasar de allí adelante, porque el río no se hallaba; que debía de dar gran guiñada al Poniente, e la tierra no se podía por aquella parte andar con carretas, de que causó grande pena a todo el campo, principalmente a Joan López de los Ríos, respeto del temor que allí mostró de que se había de perder su hacienda; y que la hacienda no la estimaba en tanto como era su mujer e hijos; y con gran duelo se quejaba de sí diciendo muchas clamaciones, y quejándose del Teniente de Gobernador, que le llevaba perdido; y esto era la mayor pena que tenía, porque él, cuando todo comiese turbio, se iba a una ranchería y acabaría ahí su vida; pues el dicho Teniente no quiso ir por donde él quería, que era otra derrota; y a todo esto, el dicho Teniente estaba oyendo al dicho y a los demás los devaneos que sobre esto trataban; y luego en este ínterin los mandó juntar a todos y les preguntó qué les parecía que hiciesen, y hubo pareceres de que se volviese atrás a tomar el camino que algunos de los demás querían, contra la voluntad del dicho Teniente; y él, visto que aquél era su camino, con las mejores palabras que pudo les animaba, metiéndolas a todos, hombres y mujeres, muchachos y muchachas, indios e indias, que se encomendasen a Dios y que tuviesen confianza en Dios y en su bendita Madre, nos había de guiar y alumbrar por él, conforme llevaba el deseo de servir a Dios Nuestro Señor y a Su Majestad no le había de faltar cosa; y así mandó que saliesen deste paraje y prosiguiesen su viaje, lo cual se hizo; y luego encontinente, repartió algunos compañeros fuesen descubriendo algunos aguajes por la derecera que habían de llevar; y salidos del paraje, obra de un cuarto de legua, yendo en la retaguardia el dicho Teniente de Gobernador y Capitán General, como lo tenía de costumbre, vino a él Francisco López de Ricalde diciendo que Joan Pérez de los Ríos iba con gran pena y llorando, diciendo al dicho Recalde que tratase con el Teniente, que por amor de Dios se volviese atrás; y tratando el dicho Ricalde del negocio, le respondió con grande aspereza que ninguno le tratase dello, y que si se espantaban, que entre los españoles hobiese mostrar flaqueza y perderían mucho de su derecho, y que dijese al dicho Joan Pérez que callase su boca y prosiguiese su viaje e que no le desanimase la gente; que él, como ha dicho, tiene confianza en Dios que no le ha de faltar agua, porque Dios Nuestro Señor se la ha de deparar; y así luego el Teniente de Gobernador dejó de seguir el Real y se apartó solo a un lado; y obra de media legua del camino, llevando consigo a un criado suyo, que se dico Joan López, dio en un charco muy grande de agua, en gran cantidad, de que recibió mucho contento, cosa que por aquella comarca no se había descubierto otro semejante, que parece que proveyó el Señor, como lo provee en todo; y se fue a gran priesa a las carretas, y las hizo parar para que la boyada e caballada bebiesen la dicha agua, y se hizo ansí, y allí aguardase a Cristóbal de Heredia; y el otro día vino el dicho Cristóbal de Heredia, y trajo nueva de que no pudo llegar al río; y algunos eran de parecer que se había perdido también como la de las Laxas; y estando con esta confusión, envió dicho Teniente a Alonso Xaymez saliese con algunos compañeros, como en efeto salió; fue en su compañía Diego Díaz de Berlanga y Cristóbal Martín, Joan López e Francisco de Mancha, e les mandó el dicho Teniente fuesen siguiendo un rastro de gente que allí se halló, y procurase con el naguatato que llevaban de traer algún indio para tomar en lengua de la tierra y de lo que en ella había, porque él iría con las carretas por su rastro, y al otro día salieron.

En diez y nueve del dicho salimos de este paraje con determinación de ir en seguimiento del camino que llevaba Alonso Xaimez, y a una guía que él había enviado a decir que estaba a dos leguas de donde salimos, la cual repuesta envió con un indio, llamado Joan de Vega, que para el efeto llevó; e no satisfecho de esta razón el dicho Teniente de Gobernador envió a Cristóbal de Heredia fuese a ver aquella agua, el cual fue e visto la poca agua que había y que era camino muy diferente y apartado del que habían de llevar, se volvió a gran priesa, que no era aquel nuestro camino; y enterándose el dicho Teniente dello le mandó que tomase la derecera que llevaba e dejase aquélla, el cual lo hizo, e fuimos a dormir a unas lajas que el dicho Cristóbal de Heredia, visto con agua.

En veinte del dicho salimos de este paraje con harta pena por la falta de agua que no hubo en ella la mitad de lo que era menester para aquel día y noche; y así, envió el dicho Teniente a muchos compañeros como lo solían hacer a buscar aguajes en algunas lajas o arroyos, porque manantiales no los había en toda la tierra; e fue Dios servido, que Domingo de Santiesteban volvió al Real diciendo que en una cañada adelante había muy grandes charcas de agua, y así se fue a ellos con gran contento y llegaron a las once del día, e se desunció la boyada, y estuvimos en estas charcas obra de dos horas; y luego se tornó a uncir, y fuimos prosiguiendo nuestro viaje; parose con dos o tres horas de noche en unas lomas.

En veinte y uno del dicho salimos de este paraje; yendo caminando a mediodía se halló una poca de agua en unas lajas de donde se proveyó todo el Real y bebieron ayunos caballos, aunque poco, porque la noche atrás habíamos quedado sin agua; y fuimos a dormir, adelante, en una cañada sin agua, aunque para la gente, obra de media legua, se halló agua y llevaron a beber a algunos caballos; y esta noche, visto la falta de agua que había, mandó el dicho teniente Cristóbal de Heredia, maese de campo, que enviase algunos compañeros a descubrir el río Salado y que no volviese sin darle vista; y si hallase alguna agua volviese algún compañero a dar razón dello; el dicho Maese de Campo mandó luego a Joan de Carvajal, y Juan de Estrada, y Martín de Salazar, y Joan Rodríguez Nieto, y Pedro Flores, Gonzalo de Lares, los cuales salieron luego aquella noche al cumplimiento de lo que se les mandaba; fueron a descansar aquella noche, obra de dos leguas, algún rato; y antes que amaneciese tornaron a proseguir su viaje como les era mandado, que fue Dios servido, que delante, yendo a descubrir el dicho río con propósito de no volver sin descubrirlo, como lo hicieron, y hallaron unos charcos muy grandes de agua de que recibieron muy gran contento por la grande necesidad que traían de agua; y al cumplimiento, volvió Pedro Flores, por la posta, a dar razón de la dicha agua; no debió de tardar una hora en venir al real, y los demás compañeros pasaron, adelante, descubrieron el dicho río; en este paraje se perdieron las cabras y vino Pedro Pinto a gran priesa a decir que las llevaban indios; y el dicho Teniente de Gobernador, con dos o tres soldados, salió a la derecera donde el negro decía las llevaba y les dio alcance, obra de una legua, e no las llevaban indios, porque con la sed se iban ellas de suyo; también con la gran sed que la boyada tenía se dividió un gran atajo dellos, y los trujo Diego de Viruega a dos leguas del Real.

En veinte y tres del dicho salimos de este paraje y al punto que estaban unciendo, llegó Pedro Flores con la nueva de la agua que había descubierto; y así, se fue a dormir allá con gran regocijo por ser en cantidad; y el otro día llegaron los dichos que habían descubierto el río, y que ya se había acabado las lomas y sierras, y estaría de allí, cuatro leguas; fueron bien recibidos con la nueva que trujeron, respeto del demasiado trabajo que hasta allí se trujo por la malicia de la tierra y de las pocas aguas y trabajo de la caballada, que era lo que se sentía, porque todos en general se desesperaban por la mucha piedra que había, andando, en demanda del río Salado, que era el que deseábamos; gastose en esta sierra veinte e cinco docenas de herraje, porque de otra suerte no se podía andar, porque a muchos caballos en dos o tres días se gastaban las herraduras, cosa no creída; y así se nos encogió mucha caballada; fue cosa inmensa de ver, de no creer sino los que lo vieron, el mucho trabajo que toda esta compañía pasó hasta llegar a esta agua; cosa que si se hubiera de pagar a dineros en descubrir este camino, no se pudieran remunerar sino fuera con muy gran cantidad; y así el dicho Teniente de Gobernador le rendió a sus compañeros las gracias, y que él esperaba en Dios Nuestro Señor que dél serían pagados, y de Su Majestad; y lo que fuese en su mano, ninguno fuese corto en mandarle ni pedirle cosa alguna que él pudiese hacerles merced en nombre de Su Majestad, porque les daría su palabra de hacerlo así; pues con dineros, el mucho trabajo y voluntad con que ellos acudían, él no era poderoso a gratificárselo de otra suerte; porque habiendo de ser con dineros, habían de ser muchos y en mucha cantidad, y ellos todos juntos, a una voz, respondieron siempre estarían prestos a todos los trabajos que les sobreviniesen, porque ellos, su principal interés no era otro sino de acudir a lo que el dicho Teniente les mandase en nombre de Su Majestad; lo cual el dicho Teniente los agradeció, y que él esperaba en Dios, mediante su voluntad y con su favor, salir con lo que habían intentado; porque dello entendía que era negocio muy principal, y que Su Majestad se lo gratificaría, como lo hace a todos los que le sirven; y con esto, el dicho Teniente quedó muy contento, con tan grande ánimo como sus compañeros le mostraron, y ellos no menos de lo que el mismo Teniente les dijo, cosa que aquí yo no puedo encarecer ni significar los trabajos atrás referidos; porque todos en haberse hallado el río que se buscaba, entendíamos que estábamos ya fuera dentre ellos; y así se estuvo dos días, aquí, con muy gran contento.

En veinte y cinco del dicho fuimos a dormir deste paraje dos leguas y quedamos sin agua.

En veinte y seis del dicho salimos deste paraje para ir al río, cosa tan deseada, y no se pudo hallar abajadero para poder bajar al río, sino fue por unas grandes cuestas, donde se pasó mucho trabajo en hacer camino para poderse bajar; y todo este trabajo les parecía a todos cosa muy liviana por el grande deseo que tenían de servir a Dios y al Rey; y en la dicha bajada se quebraron algunas canastas, entre las cuales se quebró una en que venía caja Real con sus reales quintos; y así se bajaron todos, y el dicho Teniente de Gobernador mandó que se fuesen todos al río con las carretas y Real a holgarse, porque él quedaría allí, como quedó con algunos compañeros, con la dicha caja Real, y el otro se aderezó la carreta y se fue al dicho río.

Estando en el río, al otro día llegó Alonso Xaimez con los demás compañeros que llevó consigo, diciendo que él había seguido el rastro que el dicho Teniente le había mandado, y que dio, acabo de tres días, con muy gran cantidad de gente de nación depesguán, el cual fue de ellos muy bien recibido; que dándoles a entender por naguatato a lo que iban, se holgaron mucho e le dieron muchos cueros de Cíbola, gamuzas, zapatos, de su modo dellos, muy buenos; mucha carne; y les dieron a entender que por allí podían venir, que ellos de allí nos llevarían a donde había mucho maíz y poblaciones; y así el dicho Alonso Xaimez se volvió muy contento con la amistad que los indios le mostraron; y llegado que fue al Real, le dijo el dicho Xaimez al Teniente de Gobernador que cómo, pues su merced le había inviado, cómo no le siguió, y el Teniente se rio dél por ver cuán apartada era aquella derecera de su camino, mostrándole tanto agradecimiento como él quisiese, que no había traído indio ninguno, y quisieran algunos que se tomara aquella derrota; y satisfaciéndose el dicho Teniente de lo que había, entre otras muchas cosas que había un río que salía donde aquella gente estaba, venía a entrar en el río en que estaban y habían de llevar; y así el dicho Teniente le dijo que fuese el río arriba y que, llegado a la junta donde entrase este otro, iría él a ver esa gente y desto quedó el dicho Xaimez e los demás sus compañeros, que habían ido con él, muy satisfechos; porque deseaban en extremo de que se fuera por allí.

En veinte y ocho del dicho salimos de este paraje; yendo el río arriba se hallaban muchas rancherías recién alzadas, e no pareció sino fue un indio, que salió a las carretas; no dio lengua ninguna, de muchas que llevaba, que le entendiesen persona; le preguntaban algunas cosas y se entendían; y el dicho Teniente le mandó dar un poco de maíz y que fuese a llamar la gente que por allí había, y que no tuviese miedo; y así se fue; fuimos a dormir a unos cerrillos a la orilla del río.

En veinte e nueve del dicho salimos de este paraje a dormir a la propia orilla del río, donde se mató algún pescado; y en treinta del dicho, salimos deste paraje y fuimos a dormir a unas rancherías viejas donde había muchas moscas; y el otro día faltaron muchos caballos, respeto de que se apartaron por el poco pasto que había; y andando en busca de caballos, Diego Díaz de Berlanga, Francisco de Mancha, hallaron unas salinas muy grandes y con mucha sal, cosa no creída, y muy blanca; fuimos a dormir a unas ciénegas donde se derramaba mucha agua del río; que hacía las dichas ciénegas; y los primeros que llegaron a este paraje fue Diego de Viruega, Francisco López de Ricalde, Andrés Pérez, secretario de Gobernación, y vieron ir caminando alguna gente, e fueron a ellos y trujeron cuatro personas, porque los demás huyeron e se metieron en la ciénega; llevaban estas gentes muchos perros cargados, porque se acostumbra por aquellas comarcas, e los vimos cargados, cosa para todos nueva jamás vista, y se volvieron al Real con las cuatro personas, e no hallaron al Teniente en el Real por haber vuelto atrás aquel día en busca de unos caballos; y así se soltaron, luego, dos mujeres con todo lo que traían, e se quedaron dos gandules hasta que llegó el Teniente; y llegado que fue, supo lo sucedido; e se holgó, e visto los indios y hablándoles no hubo quién les entendiese, y les mandó dar carne y maíz, y se fueron diciéndoles por señas que no tuviesen pena, y se fueron con todo lo que traían, y un perro cargado con dos cueros, liados con su reata, pretal, tahamia, de que todos holgaron verle por ser cosa nueva.

En dos de noviembre salimos deste paraje, e fuimos a dormir adonde flecharon a Juan de Vega, y fue que cegando a la orilla del río, adonde se pasó, yendo delante Diego de Viruega, Alonso Lucas, Andrés Pérez y otros compañeros, vieron estar a la orilla del río una gandulada, y se fueron los dichos a ellos y estuvieron hablando todos con los indios por señas, unos de una parte del río y otros de otra; y apartándose los dichos de los indios, quedó el dicho Joan de Vega, indio; y visto que quedaba solo, asieron dél algunos indios, y lo echaron en el río y le quitaron unas amarras, y le dieron tres flechazos; y al otro día de mañana parecieron cantidad de indios, y el dicho Teniente procuró de que viniese al Real e no pudo por ningún caso; y estando allí; porque se holgó aquel día, vieron del Real llevar a los dichos indios, no sé qué bueyes; y visto su desvergüenza, el dicho Teniente mandó a Cristóbal de Heredia y a cinco soldados fuesen en seguimiento de los indios que llevaban los dichos bueyes, yendo el dicho en seguimiento dieron con una gandulada, y dicen que les salieron flechando, y ellos en defensa mataron algunos dellos y prendieron cuatro, y los trujeron al Real; y el dicho Teniente, visto la causa por vista destos, e la llevada de los bueyes para castigo de los tales dañadores, mandó a uno dellos que se ahorcase; e los otros tres, por ser mozos e de poca edad, los trujo para lengua en el dicho su campo; e para que más presto hubiesen de aprender la lengua e fueron enseñados, depositó uno dellos a Joan Pérez de los Ríos y otro a Pedro Flores, y el otro a Cristóbal de Heredia; y con toda diligencia que se hizo llevaron un buey, porque los demás se huyeron; en este paraje se hizo abrevadero a mano, y se halló mucho mesquite de que la gente menuda comía, y excusaba alguna costa de bastimentos, y se estimaba mucho por el poco que había.

En tres del dicho salimos deste paraje y fuimos a dormir a una ciénega grande donde había mucha caza.

En cinco del dicho salimos deste paraje y fuimos a dormir a la orilla del propio río; hallaron en el camino una ranchería recién alzada, que debía de tener una gran cantidad de gente, porque tomaba muy gran campo; y hallose también en este día muchos esteros de mucha sal.

En siete del dicho salimos deste paraje y se caminó por unos muy grandes médanos de arena, y se fue a dormir en una ensenada del dicho río.

En ocho del dicho salimos de este paraje y fuimos apartados del río por unas muy buenas cabañas; fuimos a hacer noche en un muy gran llano; habíase aquel día muerto pescado en cantidad, y se tenía por gran regalo, demás de la necesidad que se llevaba y suplía; mucho, juntamente, con la mucha cantidad de mesquite que había, porque no tan solamente lo comía la gente menuda y aun nosotros.

En diez del dicho salimos deste paraje y fuimos caminando; y en algunas partes dormimos, y atravesamos unos mesquitales; fuimos a dormir a un rincón del dicho río, y se metió toda la boyada en una isleta del río; muriose aquí una niña, hija de Francisco López de Ricalde; matose mucho pescado, y había mucho mesquite, tanto que nos excusaba de matar carne algunas veces.

En once del dicho salimos de este paraje y fuimos caminando en algunas partes; dormimos en una cabaña muy buena, donde había muchos lobos; y mataron algunas cabras que se salieron de la majada.

En trece del dicho salimos deste paraje y llevamos muy buena cabaña; fuimos a dormir en el río, en unos cañizales; hizo Viruega ese día una muy gran pesquería; aquella noche se quedó fuera del Real un indio y una india, que causó pena, entendiendo que los habían muerto los indios.

En quince del dicho salimos deste paraje y fuimos a una vuelta del río, donde había gran cantidad de rastro de ganado.

En diez y seis del dicho salimos deste paraje y llevamos muy buen camino, apartados del río por una gran vuelta que hacía; y se quebró allí un pie a una venadilla mansa, que llevaba Catalina de Charles.

En diez y siete del dicho salimos de este paraje yendo por unas lomas arriba a una bajada, se quebró el eje de la carreta fuerte, quedose apartado esta noche del río; a este tiempo, había poco bastimento de maíz y trigo; y así visto esto, el dicho Teniente de Gobernador atento a que había mucho pescado y mesquite, mandó acortar que no se diese a cada persona más de una tortilla pequeña a cada comer, e mandó que se diese a cada persona, cada día, dos libras de carne; y con todo esto había muy gran querella e queja de hambre y así se pasaba con mucho trabajo.

En diez y ocho del dicho fuimos por una muy buena cabaña; fuimos a dormir en un descombrado junto al río, al pie de unas mesillas.

En diez y nueve del dicho fuimos a dormir en unos arenales, donde Joan de Carvajal e Joan Pérez tuvieron no sé qué razones.

En veinte del dicho salimos deste paraje; y salido luego de los médanos de arena, llevamos una muy buena cabaña, apartado del río, porque hacía allí gran vuelta; fuimos a dormir; en este paraje se holgó un día, porque se habían quedado un atajo de bueyes en el otro paraje; respeto de lo que buscaron, hallaron algunos, e se fueron ellos, entendiendo que no faltaban más; también se vido en una sierra un humo; cuatro leguas del paraje, quisieron los compañeros ir a él y el Teniente de Gobernador no quiso prestar consentimiento en ello; entendiose que no quiso dejar allí, por temor de algún daño que se podía dar a los indios, aunque él no lo dijo claramente; esto fue el entendimiento que se le dio, poniéndole por delante que sería acertado que se fuese a ver e se trujese algún indio; e le respondió que no había para qué, pues no había naguatatos para ellos, y que aquella gente no sabría dar razón de cosa alguna, e demás, que él decía iba satisfecho, que aquél era su camino y que llegando más adelante, se procuraría algún indio, entendiendo estarían en parte cerca de lo que iban a buscar; e desto algunos se desharían, porque no les dejaba ir a buscar indios para lo referido.

En veinte e dos del dicho salimos deste paraje y se caminó por unas lomas de buen camino; en este día se apartó el Teniente con su criado Joan López, e fue e subió a lo alto de las sierras, e descubrió otra sierra más adelante; durmió a la orilla del río en una buena cabaña; saliéronse las cabras esta noche del corral y mataron los lobos un gran golpe dellas.

En veinte e tres del dicho salimos de este paraje donde el río hizo una gran vuelta; al Poniente hallose un corral muy grande, donde los indios solían encerrar ganado; fuimos a dormir a la punta donde hacía remate la sierra, a la orilla del río, en una muy buena cabaña.

En veinte y cuatro del dicho salimos deste paraje; tomó el río a dar otra vuelta al Nordeste; aquí le pasamos y fuimos a dormir a un río chico donde había un gran miembral, e parral, e un charco muy grande, donde se mató algunos buitres, los mejores que en todo el camino se habían comido.

En veinte e seis del dicho salimos deste paraje e fuimos atravesando otra vez a tomar el río que quedaba a la mano derecha, porque de atrás lo habíamos llevado siempre a la mano izquierda; eran muy buenas cabañas; de este paraje se volvió mucha caballada atrás; durmiose a la orilla del río, aunque empezó a hacer mucho frío.

Hallose entremedias deste camino un hoyo de agua, que desde que salimos del río Bravo no habíamos visto otro manantial.

En veinte e siete del dicho salimos de este paraje e fuimos por el río arriba por una muy buena cabaña; fuimos a dormir a la orilla del río, donde había muchos carrizales, que parecían ser de ciénegas; estaban secas y resecas, de no haber llovido mucho tiempo, a lo que parecía, en ese paraje.

En veinte e ocho del dicho salimos deste paraje hacia el río, una vuelta al Nordeste; fue siempre por él arriba, por muy buenas cabañas; apartose ese día el Teniente, solo, a ver una alameda que pareció donde habíamos dormido; la cual alameda estaba dos leguas del paraje.

A la parte del Poniente, e vuelto al Real, dijo que había visto él alameda, que era de sauces los más gruesos que había visto en todas las Indias; y volviendo al Real, dijo que había hallado en aquellas cabañas muy gran cantidad de venados, y que eran tan grandes los atajos dellos que no los podía contar; dormimos esta noche en unos médanos de arena, a la orilla del río; y estando en un tular, dormiendo, Joan de Carvajal y Diego de Viruega; y pegaron los mozos del Real fuego, que casi se quemaron si no se hubiera acudido a su socorro con mucha diligencia.

En veinte e nueve del dicho salimos deste paraje e fuimos el río arriba por unas muy buenas cabañas, hallamos un riochuelo que venía de una sierra, a lo que parecía que estaba a la parte del Poniente, e lo pasamos; yendo caminando por unas muy buenas cabañas se halló un ojo de agua en la mitad de un llano, en una tetilla; fuimos a dormir a una muy grande alameda, donde se halló una olla y elotes recién desgranados, de que todos se holgaron mucho.

En treinta del dicho salimos deste paraje e fuimos caminando por unas muy buenas cabañas; hacía aquí, el río, un gran recodo al naciente; yendo caminando, vino corriendo Pedro de Íñigo adonde estaba el Teniente, diciendo que a las orillas del río estaba una población y que había gente, y que le parecía que iba saliendo dél; y el dicho Teniente con algunos compañeros fue corriendo, y era una ranchería muy grande despoblada de gente, que Pedro de Íñigo había visto, era de la nuestra; no se satisfizo, por que no llegó a ellos por verlo de lejos; durmieron en esta ranchería, donde había muy largas cabañas.

En primero de diciembre salimos deste paraje atravesando por unos carrizales; y obra de media legua se halló un río, que venía, al parecer, de una sierra que estaba a la parte del Poniente; no se pudo pasar por ir hondo; y así resolvimos al naciente, a pasar el río que habíamos traído, y el río que no pudimos pasar entraba en éste; al pasar del río se quebró la carreta fuerte y cayó al pasar del río a Alonso Xaymez y Juan de Estrada; y no siendo buzos se zambulleron ellos y sus caballos, de que hubo muy grande risa; y ellos corridos de que les llamaban buzos; durmiose en este paraje; el otro día mandó el Teniente de Gobernador a Cristóbal de Heredia, maese de campo, que se aprestase y saliese con algunos compañeros por el río arriba o a la parte que le pareciere, a ver si se podía dar con alguna gente para tomar razón de la tierra que por la altura que había mandado tomarle, parecía haber poblaciones muy cerca; y a cumplimiento dello salió el dicho Maese de Campo, a lo que le era mandado; llevó en su compañía a Francisco López de Ricalde, Francisco de Mancha, Joan Rodríguez Nieto, Gonzalo de Lares, Cristóbal Martín, Joan López, Domingo de Santiesteban, Diego de Viruega, Joan de Contreras, Josepe Rodríguez y Domingo Hernández, los cuales salieron todos con el dicho Maese de Campo; diósele por institución que procurasen en todo caso ver si se podía hallar algunos indios para traer uno o dos al Real, para satisfacer si había cerca poblazones; y que no llegase a poblazones ningunas, aunque las viese, porque no quería el dicho Teniente que ninguna persona llegase a ellas, porque quería entrar con todo su campo y carretas, todo junto en un cuerpo.

En tres del dicho salimos deste paraje y fuimos por el río arriba por unas ciénegas y carrizales; fuimos a dormir al paraje del descaído, a la orilla del río en unos carrizales; el descuido fue que salió el Teniente por el río arriba y entendiéndose volvería luego, no le siguió nadie; e fue tan adelante que era más de dos horas de noche, e no había vuelto, de que todos estábamos con harta pena y, en alguna manera, corridos de haberle dejado ir solo; mas fue por descuido, entendiéndose volvería luego; y haciéndose muchas luminarias para que pudiese vellas, y visto su tardanza se iba doblando más pena a todos; y así se determinó Joan de Carvajal, Pedro Íñigo y Pedro Flores de ir en su busca, llevando hachas encendidas para que el dicho Teniente les viera; y salido del Real con este apercibimiento, le hallaron, obra de un cuarto de legua, que venía al Real; y quejándose todos a él cómo su merced salía solo; y él respondió que no entendió pasar tan adelante, y si pasó fue por descubrir el camino, porque había por allí mala tierra de arenales, que no se podía caminar; demás, que hacía el río un codo, y por dar cabo a ese mal camino fue causa de su tardanza; y con esto vístolo todo el Real, quedaron muy contentos de la mucha pena que de su tardanza había.

En cuatro del dicho salimos deste paraje, y salimos de todos estos arenales y médanos, apartados del río, porque hacía gran codo; y fueron caminando por unas cabañas donde se atajó muy gran rato de camino; ese día volvió el Teniente de Gobernador, atrás, con tres compañeros a ver un río que le habían dicho, venía de la parte del naciente; entraron el río que llevamos, y vuelto no era río, porque los que los vieron eran indios, que andando el día antes buscando unos caballos lo vieron, y era un entero; y así se volvió y alcanzó el Real e carretas a traspuesta del sol, durmiose esta noche, apostado del río, en unos médanos de arenales.

En seis del dicho salimos deste paraje e fuimos el río en la mano, y volvía al Nordeste, fuimos a dormir a la orilla del río, a una alameda de cacatales; y se pegó el fuego en la cabaña, que se entendió se quemara la carreta; y en efeto se quemara si no se hubiera puesto mucha diligencia en apagar el fuego; el otro día, estando en este paraje, vino Gonzalo de Lares y Francisco de Mancha, personas que habían salido con el Maese de Campo a lo atrás referido; y trujeron un billete al Teniente, enviándole a pedir abastimento porque se le había acabado lo que habían llevado; y que no podían ni habían hallado gente ni rastro della; y así, visto la razón de los dichos, el dicho Teniente pidió un buey a Joan Pérez de los Ríos, e se mató e mandó a los dichos Gonzalo de Lares y Francisco de Mancha tomasen aquella carne, e se volviesen adonde quedaba el dicho Maese de Campo e compañeros; porque maíz, ni harina, ni trigo, no lo había ya; y así se fueron con la dicha carne, y que dijese al dicho Maese de Campo que no dejase ver si podía hallar algunos indios, como le era mandado; y si diese vista a algún pueblo no entrase en él.

En siete del dicho salimos deste paraje y pasamos el río, y fuimos a dormir a unas quebradillas adonde empezaba el río a hacer unas grandes alamedas de álamos.

En nueve del dicho salimos deste paraje y fuimos el río arriba que tornaba a enderezar al Norte, por buen camino e mucha alameda; hicimos noche en una alameda a la orilla del río; había por estos parajes grandísima cantidad de mezquite que, si no fueran por él, se pasara grandísimo trabajo; mas provee el Señor en las mayores necesidades, porque no tan solamente comían el mesquite los indios e indias como lo comíamos todos, hombres y mujeres.

En diez del dicho salimos deste paraje e fuimos apartados del río por una gran vuelta que hacía, e fuimos a pasar el río otra vez a la parte del naciente, porque había destotra parte mala tierra; y pasado el río hicimos noche.

En once del dicho salimos deste paraje e fuimos caminando al Nordeste por unas lomas apartados del río, porque hacía mala tierra, demás de hacer una gran vuelta el río; fuimos a dormir en una sabana sin agua.

En doce del dicho salimos deste paraje y fuimos caminando por unas muy buenas sabanas, y fuimos a tomar el río, donde mandó el Teniente de Gobernador prender a Alonso Xaimez; y estando el otro día aquí, llegó Diego de Viruega, que había ido con el Maese de Campo, a decir y avisar el camino que se había de llevar, y que no había topado gente ninguna; salió como doce leguas de allí el río arriba, había hallado rastro de gente e sabana quemada muy reciente, y había visto una sierra delante, al Norte, y esta derecera llevaba el rastro de la gente, y van en su seguimiento; y esto trujo por nueva el dicho Diego de Viruega, que se volvió solo a esto.

El otro día siguiente salimos deste paraje e tornamos a pasar el río a la parte del Poniente, e fuimos caminando por unas muy buenas sabanas apartados del río, porque hacía allí gran codo; fuimos a dormir en una alameda a la orilla del río, donde se halló gran cacatal, e la gente de las espigas del cacate cogieron gran cantidad, e la tostaban e molían para comer.

En catorce del dicho salimos deste paraje e fuimos caminando al Norueste, porque guiaba el río; fuimos a dormir donde se quebró la carreta de don Gaspar en una gran alameda, donde se cogió gran suma de semilla de cacates atrás referida; y porque ya no había más de doce hanegas de trigo que el Teniente de Gobernador llevaba para sembrar; y vista la gran necesidad que se pasaba, iba dando algún poquito de trigo a las personas que le parecía más lo habían menester, porque las demás se pasaban con carne mesquite y semilla de cacate.

En diez y siete salimos deste paraje y fuimos a dormir al río donde mataron el perro grande, a Joan Pérez; matolo un buey de una coz.

En diez y nueve del dicho salimos deste paraje e fuimos caminando al Poniente, obra de una legua por unas quebradas; y veníamos a dar otra vuelta al Poniente, porque así nos era forzoso por la malicia de la tierra y el río; y desta suerte venimos a dormir dentro de una quebrada donde había un riachuelo que venía de Norueste; y antes de entrar en el río que traímos, se perdió en unos arenales que hacía la quebrada.

En veinte e uno del dicho salimos deste paraje e fuimos por una muy buena cabaña, aunque en esta, arriba, obra de una legua, apartados del río, porque hacía gran codo; fuimos a dormir a una rinconada apartados del río, donde hubo muchos pareceres de que íbamos perdidos; el Teniente de Gobernador y Capitán General le dijo que no tuviesen pena, que él estaba enterado de que no estaban las poblaciones de allí, de veinte leguas a veinte e cinco, arriba; y con esto, algunos quedaron contentos y otros muy encrédulos.

En veinte e tres del dicho salimos deste paraje e fuimos caminando por una muy buena cabaña hacia el Este, porque el río daba allí gran vuelta; yendo adelante este día el Teniente de Gobernador, descubriendo camino, y con él Andrés Pérez, secretario de Gobernación; estando en un alto vieron venir no sé qué compañeros, de los que habían ido con el Maese de Campo, con algunas bestias por delante; e viéndoles a un gran trecho, visto que no hacían muestra ninguna el Teniente de Gobernador sintió gran pena, diciendo que no habían hallado nada o les había sucedido algún desastrado caso; yendo más adelante encontró a Joan Rodríguez Nieto, a pie, con su arcabuz a cuestas y un caballo por delante, cansado y sin silla, y sabido como venía de aquella suerte, casi no quería contar lo que había pasado, y en razón dello le dijo que yendo el río arriba habían topado una senda de gente, e la fueron siguiendo; y estando en un alto de una sierra vieron un pueblo, y allí durmieron; y al otro día de mañana fueron al dicho pueblo, y llegado a él les fue forzoso entrar en él, porque eran grandes los fríos y nieves, porque estaba toda la tierra cubierta de nieve; y los indios del dicho pueblo los recibieron bien y les dieron aquel día de comer, y obra de ocho a diez fanegas de maíz; e lotro día, de mañana, queriéndose volver, mandó a algunos soldados que fuesen por el pueblo a pedir más maíz, los cuales se fueron a lo que les era mandado; e para más seguridad de los indios e que no tuviesen miedo, iban sin armas ningunas, de modo que todos andaban por el pueblo con esta seguridad por la que los indios les habían dado, salvo Alonso Lucas y Domingo de Santesteban, los cuales estaban desgranando un poco de maíz que los indios les habían dado, cuando de repente empezaron a dar un grandísimo alarido y, juntamente con él, mucha piedra e flechería; visto por los dichos compañeros el rebato que les daban, se fueron retirando como pudieron adonde tenían las armas, las cuales habían bajado algunos de los indios que en las azuteas estaban, por ser las casas de a tres e cuatro soberados; y abajando dellas llevaron algunas de las armas, de modo que no pudieron haber más de cinco arcabuces, con los cuales se fueron retirando y saliendo de una plaza donde estaban alojados, quedándoseles los indios con cinco arcabuces y once espadas, y diez y nueve sillas, y nueve pares de armas de caballos, y mucha ropa, así de vestir como de cama; visto por el Maese de Campo el estrago que los dichos indios le habían hecho, determinó de volver a encontrar el Real y carretas que venían marchando por el río arriba trayendo a tres compañeros heridos, que fue Domingo de Santesteban y Francisco de Mancha y Jusepe Rodríguez; y luego este propio día se volvió viniendo todos en pelo y con barbiquejo y sin capotes ni género de ropa, ni ningún bastimentos, caminando tres días sin comer bocado; al cabo de los cuales les deparó Dios una india en una sabana, la cual les dio una poca de harina de maíz y unos frisoles, y fue tan poco que apenas cupo a puñado a cada uno, que si no fuera por aquello perecieran de hambre y de frío, y de nieves y aires, que lo hacía en extremo. Cada uno considere el trabajo que estos hombres pasaron, y llegado que fueron donde estaba el Teniente de Gobernador, no embargante lo sucedido, los recibió con mucha alegría, aunque Dios sabe lo que todos sentimos en ver venir de aquella manera; visto esto dejamos la derrota que llevábamos por aquella parte del río por de los dichos habían venido; y dijeron que no se podía caminar respeto de que había muchas quebradas, e nos volvimos atrás, obra de una legua, donde mandó el Teniente de Gobernador se holgase algunos días, como se hizo. Luego, otro, el dicho Teniente de Gobernador y Capitán General, visto el suceso al dicho su Maese de Campo e sus compañeros, y el mucho daño que les habían hecho los indios, atrás referidos, nos llamó a todos juntos, y tornándoles a animar, y que no tuviesen pena de lo subcedido; que de los trabajos a ellos sobrevenidos le pesaba mucho; y que cuanto a lo que los indios habían quitado, él quería ir personalmente al pueblo donde había sucedido, para que con los mejores medios que pudiese, ver si podía rescatar las armas e todo lo demás; lo cual todos estuvieron en ello, y se holgaron mucho de que él lo hiciese ansí; no poniéndosele delante la falta que había de bastimentos, dio orden de que él llevaría consigo veinte compañeros y otros tantos mozos, y le convenía salir luego que descansase dos o tres días, porque no tuviesen los indios tanto lugar de despender las armas, y para reducillos a la obediencia del Rey nuestro señor; y para el efeto de dicho viaje, viendo que nos había muchos días que no había qué comer sino una poca de carne y alguna semilla de cacate, salvo unas hanegas de trigo que llevaba para sembrar, mandó medir dos hanegas para que quedasen para sembrar, e lo demás repartió por todo el Real; y Joan Pérez de los Ríos, viendo la necesidad que había para poder salir el dicho Teniente al efeto que determinaba, se llegó a él y le dijo que mandase matar carne superabundancia para poder llevar, pues no había otra cosa; y así se mataron para este efeto tres bueyes; y mandó el dicho Teniente al Maese de Campo repartiese con las personas que con él habían de ir; lo cual se hizo.

En veinte e seis del dicho salió el Teniente de Gobernador al cumplimiento de lo atrás referido, y llevó de la gente de su compañía al maese de campo Francisco López de Ricalde, Pedro Flores, Martín de Salazar, Diego de Viruega, Alonso Xaimez, Joan Rodríguez Nieto, Joan Sánchez de Ávalos, Joan Sánchez, Francisco de Mancha, Joan de Carvajal, Diego Díaz de Berlanga, Francisco de Bascones, Cristóbal Martín, Hernán Ponce de León, Andrés Pérez, secretario, Joan López, Blas Martín de Mederos, Domingo Hernández, portugués y Joan de Estrada; todos los cuales salieron con el dicho Teniente, y diez y siete mozos, todos a caballo salimos deste paraje; fuimos a dormir, una legua de allí, a la orilla del río.

En veinte e siete del dicho salimos deste paraje, fuimos por una muy buena cabaña a dormir al paraje de la Urraca, donde acaeció a Joan Rodríguez Nieto, queriendo hacer fuego, saltó una chispa no se sabe dónde, mas de que el frasco que tenía lleno de pólvora en la pretina y el frasquillo reventaron sin hacer ningún daño.

En veinte e ocho salimos deste paraje e fuimos caminando aquel día; y uno de los compañeros, por nombre Pedro Flores, le había dado el día de atrás una melancolía de que se hallaba muy fatigado, y en alguna manera pareció desvariaba; y el dicho Teniente le dijo, antes que saliese deste paraje, se volviese al Real, que iba en nuestro seguimiento y había de parar en el paraje de la Urraca, porque esa orden había dejado el dicho Teniente; y que allí aguardasen hasta ser avisado; y satisfecho el dicho Teniente que el dicho hallaría allí las carretas, que eran cuatro leguas y podía volver seguramente, y el dicho Pedro Flores respondió que no se había de volver por ningún caso, y algunas personas diciéndole que le inviase, que sentían en él estar muy malo y con grande melancolía, tanto que en alguna manera mostraba estar falto de juicio natural; y el dicho Teniente, doliéndose de su trabajo e pena, le tornó a rogar se volviese y que volvería con él un mozo o un compañero, y él no quiso acudir a ello, tanto que el dicho Teniente se quiso volver respeto del dicho Pedro Flores, y el dicho Pedro Flores se sintió mucho dello, diciendo que no había para qué; y así visto que él se animaba proseguió su viaje, e fuimos a dormir al paraje que dicen del caballo, en un ojuelo de agua, dícese paraje del caballo; porque cuando el Maese de Campo al cumplimiento de lo atrás referido matamos un caballo para comer, porque no había cosa qué comer en este paraje; después de pasado, vino Pedro Flores al alojamiento del dicho Teniente muy contento, diciendo que estaba muy bueno y se hallaba aliviado, y que tenía mucha hambre, porque desde que había salido de las carretas no había comido cosa, ni dormido en tres noches, cosa jamás vista a mi parecer, que el dicho Teniente se holgó de lo que el dicho Pedro Flores le había dicho, como era de razón, porque lo quería y amaba en extremo; y así le mandó dar carne y tres tortillas, que no fue poco regalo de las tortillas, e porque no las había; y el otro día de mañana hallaron al dicho Pedro Flores menos; y así mandó el Teniente al Maese de Campo se buscase, el cual salió, el dicho Maese de Campo con otros dos compañeros a ver si hallaban al dicho Pedro Flores, e no le pudieron hallar; y así se volvió al Real, y procurando la caballada se halló menos un caballo del dicho Pedro Flores, y silla y arcabuz, cota, porque todo esto llevaba; y así, entendiendo volvería aquel día a las carretas, mandó el dicho Teniente prosiguiesen el viaje, el cual se hizo.

En treinta del dicho salimos deste paraje, e fuimos a dormir una legua pequeña del pueblo, adonde se iba por muy mal camino; dormimos a la orilla del río.

En treinta e uno del dicho, antes que amaneciese, mandó el Teniente aderezar de almorzar, y mandó que todos almorzasen y tuviesen confianza, que él y todos serían bien recibidos de los indios, e todo el pueblo, porque su pecho e celo era de no hacelles daño ninguno; y así lo mandó a todos los compañeros, no hiciesen cosa alguna ni saliesen de la orden que el dicho Teniente les diese, o el dicho Maese de Campo; y luego salieron enderezados al dicho pueblo; e para que los indios supiesen de su ida antes de ser visto, mandó al dicho Maese de Campo enviase otros compañeros por alguna parte oculta, a ver si podían encontrar algún indio para enviarlo delante al pueblo, dándole a entender no venía a darles pesadumbres, mas antes los traería e resolvería a la obediencia de Su Majestad; salió a esto Martín de Salazar y Cristóbal y Diego de Viruega y el dicho Teniente con su Real, iban caminando al pueblo, derecho por una vereda, adonde los dichos habían de salir hallando el indio; y así yendo caminando con su gente, en orden con su bandera alta, y llegando a vista del pueblo, mandó tocar las trompetas que llevaban, y llegando cerca del pueblo vido que toda la gente estaba en arma, hombres y mujeres en las azoteas, e por lo bajo con grande apercibimiento; e visto el dicho Teniente de Gobernador de la suerte que estaba, mandó al Maese de Campo hiciese alojar el Real a tiro de arcabuz del pueblo, de aquella parte donde parecía ser más fuerte el pueblo; e se hizo ansí, e mandó dos tiros de bronce los asestase, y a esto mandó a Joan Rodríguez Nieto, estuviese con los dichos tirillos y con lumbre apercibido, porque siendo necesario estuviesen todo listo para reparo e defensa de los dichos e pueblo, poniéndose en defensa, o por mejor decir, en alguna desvergüenza como la pasada, y que todos estuvieren con mucho apercibimiento, como se pusieron todos como muy valerosos soldados, e todos habíamos de hacer como lo mostraron todos generalmente; y puesto todo esto en concierto, el dicho Teniente de Gobernador empezó de llamar los indios por señas e ninguno quiso venir ni salir de sus alojamientos, ni detrás de sus muralletas y trincheras e mangas, que el dicho pueblo tiene en las partes más necesarias para su defensa; aunque todo esto era hecho de atrás, la causa de lo de presente no la entendimos, salvo después nos dieron a entender que tenían guerra con otras gentes; y por este efeto estaban así afortalecidos, salvo en las azoteas de las casas, tenían muchos pretiles de tierra para reparo de nosotros, porque de atrás no los tenían; esto sería a las ocho del día, y visto esto, el dicho Teniente salió del dicho alojamiento en su compañía el maese de campo Martín de Salazar, Joan de Carvaxal, Blas Martínez de Mederos, y llegándose al pueblo y a las casas, e llamando a los dichos indios e dándoles a entender que no a hacerles ningún mal ni daño; e con todo esto no hubo querer asosegarse; mas antes a gran priesa iban subiendo pedrería a las azuteas, y esto de la pedrería la subían las mujeres, porque los hombres todos estaban en arma en sus puestos con grande ánimo y alaridos que nos daban; y el dicho Teniente con los dichos fue dando vuelta a todo el pueblo, y él y los compañeros regalando a todo el pueblo de palabras e señas que les hacía, e dándoles algunas piezas, a ver si con esto los podían aplacar, no fueron poderosos a ellos, mas antes les tiraban mucha pedrada y flechas con hondas, y haciendo cada vez más algazara; y en este tiempo gastaron como cinco horas dando muchas vueltas al pueblo, e toda la demás gente en su alojamiento como les era mandado; y así se volvieron al dicho alojamiento, y mandó el dicho Teniente que estuviesen todos prestos y juntasen la caballada, y tomó algunas preseas más de las dadas, como fueron cuchillos y otras cosillas, y tornaron al pueblo, e dándole vuelta, tornándoles a regalar e procurar saber cuál era el capitán del dicho pueblo, e puesto por obra se vino a entender e ver el dicho indio; y a este tiempo iba Diego de Viruega, y estando a pie quiso subir por una esquina que estaba derribada, a dar algunas cosillas a los indios que allí estaban, que en algo mostraban querer nuestra amistad; con todo esto no quisieron dejar subir al dicho Viruega, y a este tiempo vino allí el capitán de dicho pueblo e le dieron un cochino e no sé qué cosillas, e no bastó todo esto para sosegarlos; e se volvieron todos al alojamiento diciendo el dicho Teniente: «¿Qué les paresce a vuestras mercedes, señores compañeros? Estos indios no quieren nuestra amistad»; algunos les respondieron: «¿Pues qué determina a vuestra merced con ellos?»; el dicho Teniente respondió que quería, si por bien los podía aplacar para que no hubiese daño de una parte o de otra; y así les respondieron: «No gaste un tiempo en ello, porque es por demás»; y así el dicho Teniente llamó a Andrés Pérez, secretario, que fuese con él, el cual fue, y llegado al pueblo y andando a la redonda dél, dijo al dicho secretario que diese fe de cómo su merced les llamaba por señas y había gastado todo el tiempo en dar muchas vueltas al pueblo con los dichos maese de campo, Martín de Salazar, Joan de Carvajal e Blas Martínez de Mederos, y con Diego de Viruega; y así visto por el dicho secretario el apercebimiento que les hacía el dicho Teniente, de antes, como se lo hizo en presencia del dicho Andrés Pérez, secretario, el dicho Teniente le dijo que diese fe dello e de todo le diese testimonio en presencia de los dichos; e se volvió al Real y les tornó a preguntar a todos sus compañeros: «¿Qué haremos?», porque estos indios no querían acudir a cosa y así les respondieron todos en una voz: «¿Qué aguarda vuestra merced a estos perros?»; y el dicho Teniente respondió: «¿Pues qué quieren vuestras mercedes que hagamos?», tornaron a decir que los sacudiesen por mal, que por bien no había de hacer buenos amigos dellos; el dicho Teniente le respondió: «Paréceme, señores compañeros, que es ya tarde para ponernos a hacer este negocio como vuestras mercedes lo dicen»; ellos respondieron que si de Dios estaba tener nosotros vitoria, nada de sobrar tiempo; sería esto a las dos de la tarde, todos entendimos que el dicho Teniente hacía esto por alargar el tiempo a los dichos indios; y visto el parecer de todos, mandó al Maese de Campo enviase a dos compañeros a poner en un alto a las espaldas del pueblo donde se descubría todo, para que viesen si salía gente dél; y al efeto envió a Joan de Carvajal y a Blas Martínez de Mederos fuesen al dicho alto; y así fueron; y el dicho Teniente se volvió al pueblo a tornarlos a llamar y a halagar, y no quisieron; mas antes, una india salió a un corredor de las dichas casas, que son de a cuatro y cinco sobrados, e le echó una poca de ceniza, y a esto dieron grande alarido, y él se volvió e mandó que todos se apercibiesen e tomasen sus caballos, los que tenían armas; y mandó a Joan Rodríguez Nieto disparase uno de los tiros por alto, y así se disparó, e con él la arcabucería, a ver si con esto tomaban temor; e se fueron allegando al dicho pueblo, y ellos tirando mucha piedra con hondas y a mano, y mucha flechería; y el dicho Teniente, con todo esto, los llamaba, y ellos hacían más burla, a tanto que las mujeres mostraban terrible ánimo e iban subiendo mucha piedra a los altos; y así mandó el dicho Teniente al Maese de Campo mandase con todo rigor batir el dicho pueblo; y para más seguridad nuestra se fue el dicho Teniente y el Maese de Campo a un lado del pueblo, a un cuartel que allí estaba sin gente, y hizo subir a lo alto a Diego de Viruega, Francisco de Mancha, Diego Díaz de Berlanga, a Joan Rodríguez Nieto, con una de las dichas piezas de artillería; y así subieron aunque con mucho trabajo, porque los indios le daban mucha guerra de detrás de una manga e trincheras; para poder mejor subir el dicho Teniente arremetió aquella parte donde los indios estaban, e los hizo retirar; y subiendo arriba, a lo alto, el dicho Teniente les dijo, diciéndoles que de allí arcabuceasen a la parte que más necesario fuese; y así se volvió adonde quedaba el dicho Maese de Campo con los demás compañeros, donde había gran fuerza de gente, que era la mayor que en todo el pueblo había; y así por ser la más fuerte, se procuró combatir con mucha arcabucería; y visto los indios lo mucho que les apretábamos, ellos no hacían menos; y con todo esto, no había ningunos que dejasen sus cuarteles ni trincheras, mas antes, cada uno procuraba defender lo que era a su cargo sin hacer mudanza, cosa no creída que bárbaros tal astucia tengan; a este tiempo, estando muy cerca deste dicho cuartel un indio criado del dicho Teniente llamado Thomás, con un arco y flechas, empezó de tirarles; y otro indio llamado Miguel hizo lo propio; e visto por los dichos indios que los nuestros le tiraban flechas se espantaban e mostraban más temor, que no la arcabucería; y así mandó el dicho Teniente que les apuntasen por todas partes; y así se hizo; y el dicho indio entró en un aposento y, juntamente con él, Domingo Fernández, portugués; e los demás en sus puestos, disparando su arcabucería; y visto los indios lo mucho que les apretaban iban dejando algunos alojamientos; y visto por el dicho Teniente que ya podrían entrar seguramente; y en esta parte, mandó que subiesen algunos compañeros a tomar el alto de aquella fuerza; e para el efeto mandó a algunos compañeros que subiesen, e se fue al cuartel adonde estaba Viruega, Mancha, Diego Díaz, Joan Rodríguez, e les preguntó lo que había; ellos le respondieron que estaban dos dellos heridos, mas que la gente de aquella fuerza que pretendíamos ganar se retiraba la mayor parte della; y un indio que allí andaba entre los demás, que mostraba muy grandísimo ánimo, iba reforzando con gente la dicha fuerza, le había a este punto derribado Diego Díaz de Berlanga de un arcabuzazo, cosa no creída por ser muy lejos; y viendo caído este los de aquel cuartel, que era el más fuerte y el que se pretendía ganar, había desamparado la fuerza la mayor parte della; y así se fue el dicho Teniente e dejó a los dichos, visto que estaban en sus puestos como muy valerosos soldados como allí lo mostraron y en todo lo demás, y les dijo que no disparasen arcabuz ninguno, ni se hiciese de allí más daño. Llevó consigo a Diego de Viruega, a la parte donde se combatía, e mandó al capitán Alonso Xaimez subiese a lo alto con algunos compañeros, porque los de abajo les irían haciendo segura la subida, como se hizo; e viendo los indios, aunque a este tiempo no parecían muchos, como de antes, más e los pocos que allí quedaban detrás de sus pretiles, defendían valerosamente los altos, porque no se pudiese subir si no era por escalera que tienen hechas de palillos que no puede subir más de una persona, e para entrar e subir de un aposento a otro no hay puertas, sino unos escotillones, cuanto quepa una persona; y así los nuestros, para poder entrar por estos escotillones y subir a los altos de las azoteas, era menester entrar por ellos sin espada y adarga, y para poderla llevar se las iban dando los unos a los otros como iban subiendo; y visto el dicho Teniente el riesgo que los nuestros tenían, mandó al Maese de Campo y a otros muchos compañeros que apuntasen su arcabucería en los contrarios, porque, de antes, les había mandado que no tirasen a matarlos, porque sin matarlos, esperaba en Dios que habíamos de salir con la nuestra, como fue Dios servido; y así visto lo mandado, el Maese de Campo, de un arcabuzazo, derribó a uno, e Joan de Contreras derribó otro, Joan López, criado del dicho Teniente, derribó otro; y así dejaron aquel pretil e fuerza, e los nuestros subieron a lo alto; el primero que subió fue Diego de Viruega, Francisco López de Ricalde, Joan Rodríguez de Ávalos, el capitán Alonso Xaymez, Joan de Estrada, Francisco de Bascones, Cristóbal Martín, fueron los que subieron; luego, el dicho Teniente mandó a Joan de Contreras, alférez de su campo y por ausencia de su hermano Francisco Salgado, subiese a lo alto, juntamente los trompeteros tocando las trompetas, señal de alegría y vitoria; y visto el pueblo que este cuartel estaba ganado de los nuestros, no pareció persona emproviso en todas las azoteas; y a este tiempo, el dicho Teniente de Gobernador y Capitán General, con algunos compañeros, entró por las plazas del dicho pueblo e calles; e las gentes que en él había en este tiempo se asomaban todos a los corredores que tenían hechos de maderas, por todos las calles, plazas, cuarteles; e todos se mandan por ellos de unas casas a otras, y algunas puentes de maderas que tenían en los altos de las azoteas, de una a otra, donde había calle en medio; y así se mandaban por todas partes con mucha seguridad, aunque de los nuestros no se les hizo más daño de lo dicho; porque el dicho Teniente de Gobernador querrá llevar más por amistad que no por guerra; y este daño que se les hizo le pesó en extremo, respeto de que no pudo hacerse de otra suerte para seguridad de los nuestros, tanto que de antes desto se pegó fuego en un corredorcillo, de manera, y el dicho Teniente, visto pegado el dicho fuego, mandó con mucha instancia que se apagase; el cual acudió a ello con mucha diligencia, Diego de Viruega, como los suele tener en otras muchas cosas; y así lo apagó, de que el dicho Teniente se holgó mucho, diciendo que pues éramos cristianos, habíamos de usar de cristiandad como lo debemos hacer en todas cosas tocante al servicio de Dios e del Rey; y a este tiempo, andando el dicho Teniente con algunos compañeros por de dentro del pueblo, no hubo indio que más tirase piedra ni flecha, mas antes todos procuraban por señas de querer nuestra amistad, y haciendo la cruz con sus manos, diciendo: «Amigos, amigos, amigos», que es la señal que para nuestra amistad muestran; y así andando en esto, el Teniente de Gobernador fue a una plaza donde estaba el Capitán del dicho pueblo, y salió el dicho Capitán al corredor y estuvo hablando con el dicho Teniente; estaba a este tiempo; con él Diego de Viruega, el cual subió a los altos para querer hablar con el Capitán y apagarle; y subido que fue, los indios se iban huyendo dél; salió un viejo que quedó por donde había entrado, que le abrazó, y así se tornó a abajar; y el dicho Teniente por señas dijo al Capitán y otros muchos, que en aquel corredor estaban, que él no venía a hacerles mal ninguno, y que no tuviesen miedo; y ellos lo entendieron claramente, e le trujeron muchas cosillas de comer luego, e se las echaron de los corredores, porque ninguno quiso abajar abajo, y un indio se determinó a querer bajar, y otros pagaron dél y así no bajó; y el dicho Teniente pidió al Capitán las armas y sillas y arcabuces, e toda la demás ropa que habían quitado al dicho Maese de Campo y sus compañeros; y él les respondió que las sillas todas las habían quemado, y los arcabuces y las guarniciones de las espadas, y toda la ropa repartida y llevada a otro pueblo; de modo que dio a entender claramente que no había nada ya, salvo algunas hojas sin guarniciones. Mandó el dicho Teniente algunos de sus compañeros que en aquel cuartel, donde había la mucha fuerza y no teníamos ganado, procurasen, si podían, prender a algunos indios para que dellos se supiese de las armas e ropa; y así lo pusieron por obra, e mandó que no se les hiciese daño ninguno, e se volvió adonde dejaba al Capitán del pueblo diciéndole que no tuviese miedo, porque no se les haría ningún daño; y ellos lo entendieron claramente, y mostraron querer nuestra amistad; subiose el dicho Capitán sobre unas azoteas, de a allí hizo un parlamento a su gente e pueblo a voces altas; luego vimos salir mucha gente por todos los corredores mostrando alegría, mostrando señales de buena amistad; mas con todo esto, ninguno quiso bajar a las plazas y calles; e tornando el dicho Teniente al dicho Capitán hiciese parecer e traer a su gente lo que habían quitado, tornole a responder que no había nada, y eso que hubiese se lo haría traer; y así luego hizo traer dos hojas de espadas sin guarniciones, una escarcela, unos pedazos de jerga y algunas cosillas de poco momento, y a esto era ya tarde, y le dijo el dicho Teniente que hiciese buscar y juntar todo, y que al otro día lo daría; y así se fue a su alojamiento a ver si habían sus compañeros tomado o prendido algunos indios, e le respondieron que no fueron poderosos a ello, porque eran tantas las portiñuelas y escutillones que en el dicho cuartel había minas e contraminas por debajo de tierra, que era un laberinto de ver; y así, por ser ya noche, lo dejaron. Mandó el Teniente al Maese de Campo que en aquel cuartel e las azoteas dél pusiese vela e guarda bastante, para que los indios e gente no saliese de allí, para que el otro se pusiese a sacarlos, para que entendiesen no se les hacía ni queríamos hacerles ningún mal ni daño; y así el dicho Maese de Campo mandó al capitán Alonso Xaimez se percibiese para la dicha vela e guarda, como lo mandaba el dicho Teniente, y tuviese consigo para el efeto gentes bastantes, la que a él le pareciese; y así llevó consigo a Joan de Estrada, Joan Rodríguez Nieto, Joan de Contreras, Francisco de Mancha, Diego Díez de Berlanga, Francisco de Bascones; y así mandó el dicho Teniente al dicho Maese de Campo pusiese guarda e vela de a caballo a la redonda del pueblo, para que la gente no se saliese dél; lo cual lo mandó e fueron de la dicha guarda del pueblo Martín de Salazar, Francisco López de Ricalde, Joan de Carvajal, Hernán Ponce de León, Joan Sánchez Joancho, Cristóbal Martín, Joan Rodríguez de Ávalos, Blas Núñez de Mederos, Joan López, Diego de Viruega; y puestas estas dichas guardas e velas quedó todo sosegado este día, e con vela, en el cuerpo de guardia.

Otro día de mañana, el dicho Teniente, traer caballo, y se puso luego a caballo muy aderezado, antes que se recogiesen las velas, y dio vuelta al pueblo e plazas e calles, y halló la gente muy sosegada, de que se holgó mucho, que era lo que él pretendía y deseaba; y así hizo recoger toda su gente a su alojamiento, e les hizo un parlamento, agradeciéndoles el mucho bien que habían hecho en acudir a las obligaciones que todos debemos de hacer en servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad; y les pidió y rogó a todos ellos, y por amor de Dios, no se hiciese ningún daño a los dichos indios, ni en su pueblo y casas, aunque no había para qué, porque todos pretendían regalarles, aunque no le fuera mandado, y por ver el mucho celo que el dicho Teniente mostraba de favorecer a los dichos indios; y luego el dicho Teniente mandó a los indios laboríos de su Real e campo, que por ningún caso saliesen del Real ni entrasen en casa ninguna, ni diesen ninguna pesadumbre a los indios del pueblo; y luego en este ínter, estando todos juntos muy contentos de ver que el pueblo estaba sosegado, no embargante esto, mandó el dicho Teniente que fuesen algunos compañeros aquel cuartel donde había habido la vela, y que tornasen a ver si podían sacar la gente, y para esto llevasen candelas, los cuales fueron y entraron por los bajos, donde las gentes, el día de antes, se habían escondido, y hallaron muchas minas e contraminas que salían por debajo de tierra a otros cuarteles, y estufas que tienen debajo de tierra; y visto esto, se volvieron diciendo que allí no había gente ninguna; y así mandó el dicho Teniente que se quedase así, y quedó con este sosiego; y el dicho Teniente se fue al pueblo con algunos compañeros de a caballo y de a pie, asegurando toda la gente lo mejor que pudieron y mirando el pueblo de lo que en él había, mostrose mucha cantidad de gente, mostrándoles mucha amistad, y se vido por extenso todo lo que había la cosa más de ver; eran diez y seis estufas, todas debajo de tierra muy encaladas y muy grandes, que tienen hechas para los fríos, que son grandes; en esta tierra no hacen lumbre dentro, porque de afuera traen muchos brazos, y cubiertas con ceniza, con tanta curiosidad, que no sabré decir; la puerta por donde entran es un escotilloncillo que no cabe más de una persona, y abajan por una escalera que para el efeto allí tienen enclavada; las casas en este pueblo están a la manera de cuarteles; tienen las puertas a la parte de afuera por toda la redonda, y espaldas con espaldas las dichas casas; tienen las casas de a cuatro y a cinco altos; en los entresuelos no hay puertas ningunas a las calles; sírvense con escalerillas levadizas todas a mano y por sus escotillones; tiene cada casa tres o cuatro aposentos, de modo que la adrecera de cada casa de alto a bajo tienen quince o diez y seis aposentos; tienen mucha curiosidad en los aposentos, de muy encalados, y en sus servicios y de sus moliendas tiene cada casa tres y cuatro piedras de moler, las cuales tienen puestas y asentadas en sus piletas y sus manos de moler, y muy encaladas; muelen con esta curiosidad que se va repasando de una en otra la harina que muelen, porque no hacen istañal; que con esta harina hacen su pan de muchas maneras y su atole y tamales; había en este pueblo cinco plazas, había muy gran suma de maíz, que al parecer de todos fue cosa de admiración; y hubo personas que entendían y decían, había más de treinta mil hanegas de maíz; pues que cada casa tenía dos o tres aposentos llenos, y es el mejor maíz que se ha visto; muchos frisoles; el maíz era de muchas colores, e lo propio es el frísol; al parecer había maíz de dos o tres años; tiene muchas yerbas, quilites y calabazas en su casa; muchas cosas para las labranzas de sus milpas; sus vestidos, a lo que allí vimos a los hombres, por ser tiempo de fríos, los más dellos o todos, traían unas mantas de algodón y un cuero de Cíbola encima, algunos dellos tapan sus vergüenzas con unos pañetes muy galanos y con muchas labores; las mujeres con una manta dado un nudo al hombro y una faja, de un palmo de ancho, en la cintura por un lado, estando abierta la manta; encima desta se ponen alguna otra manta labrada muy galana, o algunas pellicas de pluma de gallinas, y otras muchas curiosidades que para bárbaros es de notar; tienen mucha loza de las coloradas y pintadas y negras, platos, cosetes, saleros, almoficas, jícaras muy galanas, alguna de la loza está vichiada; tienen mucho apercibimiento de leña e de madera para hacer sus casas, en tal manera a lo que nos dieron a entender que cuando uno quería hacer casa, tiene aquella madera allí depuesto para el efeto; y hay mucha cantidad de tierra, dos aguajes a los lados del pueblo que les sirven para se bañar, porque de otros ojos de agua, a tiro de arcabuz, beben y se sirven; a un cuarto de legua va el río Salado que decimos, por donde fue nuestro camino, aunque el agua salada se pierde muchas leguas atrás; y en ver todas las cosas que en el pueblo había gastamos este día; nunca quiso salir indio de las casas; diéronnos algunas cosillas de las nuestras, aunque poco y de poco valor; y con esta seguridad, el dicho Teniente mandó quitar las velas y sólo la hubiese en el cuerpo de guardia por estar pegado al pueblo, como dicho es, entendiendo que en ello aseguraría más los indios, y ellos propios lo pidieron así, y así lo hizo; el otro día no amaneció persona en el dicho pueblo, y visto esto, recibimos todos mucha pena; y así mandó el Teniente de Gobernador, que no embargante, que los dichos indios habían dejado el pueblo, no se les hiciese daño ninguno, eceto se buscase en las casas a ver si hallaban algunas cosas de las nuestras; y así se hizo, sin se les hacer daño ninguno; algunas cosillas de las nuestras se hallaron, aunque no nos fueron de momento, porque todo estaba hecho pedazos; y así mandó que de cada casa se tomase un poco de maíz y frisole e harina, el cual se hizo y se hicieron veinte e dos hanegas, y las envió a las carretas, al paraje de la Urraca; fueron con estas cargas ocho compañeros, y otros ocho o diez mozos; y el dicho Teniente e demás gente e Real se quedó en el pueblo a ver si los indios volvían alguno dellos, y así se estuvo algunos días aguardando a lo que dicho tengo; y visto esto, y que ninguno venía, determinó el dicho Teniente de alzar el Real, porque los indios se volviesen a su pueblo por tenerles mucha lástima en haber dejado sus casas y el tiempo ser muy recio de frío y aires y nieves, cosa no creída, tanto que los ríos estaban todos nevados en aquel tiempo, como más adelante, de frío, trataremos más largo; y el dicho Teniente mandó que se aprestasen para salir de allí a otros pueblos, de que algunos compañeros recebían pena por causa del recio e la fuerza que había de verlos, no se pudo volver al Real, sino pasar adelante como se fue a descubrir camino para poder entrar en los dichos pueblos, porque en este no podían entrar carretas; e de más desto, el dicho Teniente de Gobernador traía en las faltriqueras unas piedras de metales e preguntó en este pueblo, a los indios, dónde había de aquello; y ellos me dieron a entender que en los otros pueblos atrás referidos; y así entendido esto, se determinó el dicho Teniente a ir a los de atrás referido, y a descubrir estas minas; e lo puso por obra.

En seis de enero del año de mil e quinientos e noventa e uno se salió deste punto en demanda de lo atrás referido; mandó el Teniente al Maese de Campo dejase dentro del pueblo a cuatro compañeros escondidos en sus muy buenos caballos, para que si volviesen algunos indios al pueblo, tomasen a algunos para darles a entender que se volviesen a sus casas; y al efeto se quedó Joan de Carvajal, Francisco de Mancha, Joan de Contreras, Cristóbal Martín; y no habíamos alzado nuestro Real cuando, por un lado del dicho pueblo, vinieron dos indios, y así los prendieron y llevaron adonde estaba el dicho Teniente de Gobernador con su Real, que era dos tiros de arcabuz del pueblo; e visto los dichos indios, el dicho Teniente los regaló e les dio algunas cosillas, e los dio a entender que se volviesen a sus casas; y en presencia dellos mandó en el propio lugar arbolar una cruz alta, dándoles a entender lo que significaba; e mandó al secretario hiciese mandamiento de amparo en nombre de Su Majestad, e de lo demás que convino a su real servicio; e lo dio a uno de los indios que lo diese a su capitán, y así lo envió, y el otro llevó consigo para guía de su determinación; y así fue su viaje llevando el indio por delante y él muy contento, guiándolos, yendo dos leguas de este punto por unas sierras; por una vereda encontramos a un indio que venía a las poblaciones donde íbamos, e se prendió; e preso, entendimos ser hijo del cacique donde habíamos estado; pero llevámoslo con nos; fuimos a dormir en esta sierra en una cañada de muchos pinos.

En siete del dicho salimos de este paraje e fuimos atravesando la sierra, e los dos indios guiándonos con grandísimo frío y nieves; y al salir de la sierra topamos un río todo helado, que los caballos pasaban por encima sin que se quebrara cosa; e para beber los caballos lo hobimos de quebrar a mano, porque debajo de esta helada, iba alguna agua; y así pasamos adelante, y con una hora de sol, llegamos a un pueblecillo pequeño; salió toda la gente a recebirnos, y llegados al pueblo, nos dijeron por señas que nos alojásemos; arrimados a sus casas, allí nos trujeron mucha leña que la habíamos bien menester; y así nos alojamos, como veinte pasos de las casas; y trujéronnos muchas tortillas y maíz para los caballos y algunas gallinas, mostrándose muy amigos nuestros e sin temor; el otro día, el dicho Teniente mandó que se hiciese una cruz alta, y se hizo, y se arboló con sonido de trompetas y arcabucería; y así mesmo le dieron los dichos indios la obediencia en nombre del Rey nuestro señor, y él la recibió e nombró gobernador y alcalde y alguacil: todo en nombre de Su Majestad.

En este día, que se contaron ocho del dicho mes, salimos deste pueblo e fuimos a otro, una legua del dicho pueblo, arriba declarado; salió con nosotros mucha gente, y al camino nos salió mucha más, y llegamos al pueblo, y junto a él mandó el Teniente tocar las trompetas en señal de amistad; y llegado al pueblo había muy gran cantidad de gente que con los otros iba, y en el dicho pueblo había mucha, y el dicho Teniente, procurando por los del pueblo, no querían decir cuáles eran; y visto esto, él se subió a los altos de las azoteas y abajó algunos dellos, y regaló con halagos a los demás; luego pareció el Capitán del dicho pueblo y llamó mucha gente de la suya, y les dio a entender por señas a lo que ibamos; y así quedaron satisfechos; y les pidió la obediencia en nombre de Su Majestad, e se la dieron, e nombró gobernador en el dicho pueblo, alcalde y alguacil; y mandó arbolar una cruz alta, dándoles a entender lo que significaba; y ellos, todos, quedaron muy contentos; luego salimos deste pueblo; fue con nosotros mucha gente.

En nueve del dicho, que fue en este día arriba declarado, fuimos a otro pueblo; una legua de allí, demás de la gente que llevábamos, nos salió mucha más al camino; y llegado al pueblo, se hicieron reazos los dichos indios, tanto que fue menester subir a sus casas y altos de las azoteas, y así perdieron el miedo y bajaron, y se procuró el Capitán, y parecido el dicho Teniente le regaló y dio algunas cosillas, como lo daba a los de atrás; y así debajo desta amistad hizo arbolar una cruz alta con sonido de trompetas y arcabuces, y dio a entender lo que significaba; y dieron la obediencia al Rey nuestro señor, y en su nombre se nombró gobernador, alcalde y alguacil; dormimos aquí dentro en el pueblo, y nos dieron maíz, harina, frísol, calabazas, tortillas y gallinas, todo en mucha abundancia para la gente que había aquí; se vido un indio con arco y flechas, y el dicho Teniente le llamó y le pidió el arco y flechas, y él se las dio, e le dio a entender que ninguno había de traer en su presencia ni de los españoles, arco ni flecha, y se lo quebró delante de muy gran cantidad de gente; e todas personas dijeron que ninguno encontraría, como después vimos era así, que nunca más se vido otro tanto en ellos.

En diez y ocho del dicho salimos deste pueblo, yendo a otro, obra de una legua, llevando con nosotros muy gran suma de gente; estando a vista del pueblo vimos ir muy gran suma de gente que se iba de su pueblo; envió el dicho Teniente a cuatro compañeros los volviesen, el cual lo hizo así, y llegados todos juntos al dicho pueblo, había en él mucha gente; el dicho Teniente les dio a entender por señas que no huyesen dél, porque él no venía a hacerles mal ninguno, ni daño, sino a ampararlos en nombre de Su Majestad, y para que tuviesen nuestra amistad; e todo esto por señas lo entendieron claramente, e no había contento que darnos, y así se sosegó; arbolose cruz alta, y se les dio a entender lo que significaba; y dieron la obediencia a Su Majestad. Nombró gobernador y alcalde y alguacil; todas estas cosas se hacían con solemnidades que para tal caso se requieren, con sonido de trompetas y arcabucería; en este mismo día fuimos a dormir a una legua; de allí a otro pueblo, fuimos bien recibidos; diéronnos todo lo que habíamos menester, bastantemente, y se hizo todo lo que atrás, en los otros referidos; todos estos seis pueblos son de regadío y llevan sus acequias, cosa no creída sino los que la vieren por vista de ojos; cógese muy gran suma de maíz, frísol y otras legumbres; vístense al modo del pueblo atrás referido; son algunos pueblos pequeños, aunque muy poblados; son las casas de dos o tres sobrados, con todas las casas de escotillones y escaleras levadizas.

Otro día, que se contaron once del dicho, salimos deste pueblo estando nevando, y por nevar fueron con nosotros una poca gente; y así fuimos a otro valle, obra de dos leguas, y llegamos a un pueblo grande, y antes de llegar a él nos salió a recebir mucha gente; y así fuimos al pueblo y entramos en él; había una plaza muy grande, y el pueblo en cuatro cuarteles, a todas las esquinas tenía salida; había en él mucha gente, y nos rescebieron todos muy bien; todas las casas eran de adobes muy bien hechas e trazadas de dos o tres altos y muy encaladas; tienen todas sus artrifas; había en este pueblo, en el medio de la plaza, una casa grande redonda, la mitad debajo de tierra y otra mitad sobre tierra, con unas vigas que se les atraviesa sobre que hacen la azotea, cosa de maravilla del grosor que tiene; entendíamos que es mesquite, donde en algún día del año se juntan a hacer idolatrías, porque tiene muchos ídolos que atrás nos olvidaba de declarar; y en el primer pueblo, donde esto sucedió al Maese de Campo el suso, había muy gran cantidad, e los tienen todos; hízose en este pueblo lo que en los demás; nombrose en nombre de Su Majestad, gobernador y alcalde y alguacil; arbolose cruz alta, dándoles a entender lo que significaba; dieron la obediencia a Su Majestad; dormimos en este pueblo e nos dieron todo lo que hubimos menester; tiene este pueblo un grandísimo valle, todo de riego.

Otro día, que se contaron doce, salimos deste paraje e fuimos por un río muy caudaloso al Norte, y estuvimos en dos pueblos, hízose en ellos todo lo que se hizo en los de atrás referidos; fueron dellos bien recibidos, y en el postrero dormimos.

En trece del dicho salimos deste paraje e fuimos a un pueblo cinco leguas destos dos pueblos; llegamos a él con una hora de sol; estaba este pueblo en un valle entre unas sierras, no podremos decir lo que en él había, porque había una vara de medir de nieve, cosa que nunca hombre tal ha visto, tanto que los caballos no podían andar; y asina, llegado que fuimos, no nos salió gente ninguna, ni un indio que habíamos inviado delante, de los pueblos de atrás, porque mostraron gran temor de vernos, principalmente las mujeres que lloraban mucho; y visto esto, se dio una vuelta al pueblo, y no nos salió indio ninguno, salvo un indio que venía de un cuartel a otro y con mucho temor llegó a nosotros; y el dicho Teniente para asegurarlos, y a todos, se apeó y abrazó el indio, y le llevó de la mano a la redonda de aquel cuartel, y al cabo de otro había algunos indios que salían de una estufa, y se fue a ellos mandando que ninguno se apease de sus caballos; y en otra parte, vido estar un atajo de indios y se fue a ellos, y le aguardaron e les abrazó a todos los demás dellos; y ellos, soplándoles e poniendo las manos en la cara del dicho Teniente, y en su ropa, les besaba, y halagándoles todos, trayéndole las manos como dicho es, y les dijo que bajasen las gentes, e no bajó nadie; e visto esto, el dicho Teniente les lio unos cuchillitos, y se volvió a sus compañeros, y con él, obra de veinte o treinta indios; y llegado a los compañeros acordaron de irse a alojar a unos ranchos que estaban, del pueblo, un gran tiro de arcabuz, donde había gente forastera, que venía a rescatar a este pueblo; yendo a los dichos ranchos la gente de los hombres y mujeres se iban saliendo, y el dicho Teniente envió a que los volviesen, el cual volvieron, y así nos alejamos en los dichos ranchos; e las gentes dellos, sosegados, del pueblo, habría como obra de veinte gandules, y les pedimos nos trujesen maíz y tortillas, y leña, y ellos trujeron alguna cosa, casi nada; y visto esto, mandó el Teniente se pusiese vela en la caballada e Real, toda doblada, lo cual se hizo todo esta noche, y al amanecer no vino ninguna persona, eceto2 un indio viejo con modo de rescatar algo de que tuvimos sospecha; porque, demás desto, estaba toda la gente en las azoteas, y víamos carrear mucha agua a gran priesa, y muchachos y piedras, y el pueblo con muy gran fuerza de gente, y mucho en cantidad, y las casas de a siete y ocho altos, y arriba de las azoteas tenían un perfil de altura de un hombre donde se reparan, y a todo esto, el dicho Teniente mandó apercibir dos tirillos que llevaba de bronce, y que todos se pusiesen a caballo para ir al pueblo a ver la determinación dellos; y estando de esta suerte, sus compañeros le dijeron que estaban de parecer que no se fuese al pueblo, porque aquellos indios estaban de mal arte, y que mejor sería dejarlos con aquella poca amistad que habían mostrado, que no ir como dicho Teniente al pueblo, porque ellos no dan la obediencia como los demás la han dado; ha de ser forzoso estarnos aquí, algunos días, para que por los mejores medios que ser pudiere los traigamos a nuestra amistad; e la tierra toda está cubierta de nieve, que caballo ninguno, como será causa nuestra estada de que se pierda la caballada; y siendo Dios servido, que alza este tiempo tan recio e de tantos fríos, y estas nieves se derretirán, pudiendo volver a hacerlo que agora se ha de haber con menos trabajo; y así el dicho Teniente, visto el parecer de todos sus compañeros, se volvió de allí sin ir al pueblo, con determinación, de alzado todo el mal tiempo de fríos y nieves, volver a traer a la obediencia de Su Majestad al dicho pueblo como lo ha hecho en los de atrás; vídose en este pueblo mucha pedrería de chalchuites, y se vido un brazalete en el molledo de un indio, que al parecer era de piedras ricas, del que el Teniente de Gobernador fue avisado lo quitase, y él respondió que no convenía de presente, porque no entendiesen los indios que en nosotros había codicia de sus cosas y entiendesen que nos veníamos a su tierra por lo que ellos tenían; porque confiaba en Dios, de ponerlos todos en la pulicía que a Dios y al Rey debe; y que aquellas cosas su tiempo vendría, porque de presente no convenía; sólo quiso el Teniente de Gobernador verlo, y se llegó al indio que lo tenía, el cual dicho indio estaba cobijado un hermoso cuero de Cíbola, y se llegó a él, a querer verlo, como dicho tengo, y él no quiso mostrarlo; y así se quedó; volvímosnos a los pueblos donde habíamos salido; había un río que pasamos, helado en tanta manera que debía de haber dos palmos de nieve, que para deshacerla había menester picos; había en este pueblo, atrás referido, grande suma de gente en las casas de ocho o nueve altos, fundada a cuarteles, y cada cuartel parecía un laberinto de la armazón de madera que tienen sobre que fundan las dichas casas, a lo que se parecía por las partes de afuera, tiene sus corredores por toda la redondez los dichos cuarteles que se pueden andar de uno a otro.

En quince del dicho fuimos a un pueblo que estaba pasado el río caudaloso, y estuvimos en él obra de dos horas; dieron la obediencia a Su Majestad; nombrose gobernador; alcalde y alguacil; arbolose cruz alta; y así nos fuimos, luego a otro pueblo una legua deste y dormimos en él; dieron la obediencia a Su Majestad y nombrose gobernador y alcalde y alguacil; arbolose cruz alta, todo esto con sonido de trompetas y arcabucería.

En diez y seis del dicho salimos deste pueblo e fuimos a otro; tornose a pasar el río a la parte del naciente; dieron la obediencia a Su Majestad; nombrose gobernador y alcalde y alguacil; arbolose cruz con las solemnidades atrás dichas.

En diez y siete salimos deste pueblo e fuimos a otro valle de poblazones de diferente nación, que se llamaban quereses; dormimos en el camino con muy gran nieve, y al otro día fuimos al dicho valle donde había cuatro pueblos a vista unos de otros; estúvose en ellos dos días; dieron la obediencia a Su Majestad; nombrose en ellos gobernadores y alcaldes; arboláronse cruces en todos los dichos pueblos con las solemnidades atrás referidas.

En veinte e uno salimos destos pueblos e fuimos a un pueblo de la lengua destos; dieron la obediencia a Su Majestad; nombrose gobernador y alcalde y alguacil; arbolose cruz alta; al otro día siguiente salió el Teniente de Gobernador a descubrir unas minas con algunos compañeros; trujo metales muy buenos al parecer.

En veinte e tres salimos deste dicho pueblo e fuimos a otro, obra de una legua; dieron la obediencia a Su Majestad; nombrose gobernador y alcalde y alguacil; arbolose cruz alta y se pasó; luego adelante, fuimos a otro pueblo, obra de otra legua pequeña, y estuvo la gente en alguna manera reacia, y el Teniente de Gobernador con los indios que para estas cosas tuvo y tiene, los trujo así, e dieron la obediencia a Su Majestad; nombrose gobernador y alcalde y alguacil; arbolose la cruz alta en este pueblo, y en todos los demás; nos dieron lo que hubimos menester de maíz, harina, frísol y gallinas; en cantidad, sin que se les hiciere ningún daño, porque se tenía muy particular cuidado; e la gracia que parece que el dicho Teniente tiene particular, dotada de Dios para traer estos bárbaros a la obediencia de Su Majestad, para que mediante esto y la voluntad de Dios Nuestro Señor vengan al conocimiento de la fe católica; traía consigo una cruz y en ella la semejanza de Dios Nuestro Señor, el cual, en todos los pueblos le tomaba en sus manos; y con todo acatamiento se sentaba de rodillas, e todos sus compañeros se arrodillaban y venían a besar la cruz y crucifijo de que los bárbaros se admiraban; y el dicho Teniente, a todos estos pueblos, hizo que los propios indios e indias muchachos hiciesen lo propio; los cuales lo hacían; este día nos cayó en este pueblo una muy gran nevada, tanto que el otro día quedaron todos los campos a cubiertos; cosa no creída.

En veinte e cuatro, no embargante la mucha nieve que había, salimos deste pueblo en demanda de ir descubriendo camino, a las carretas, a la parte donde estaban, que era en el paraje que decimos de la Urraca; llevamos deste pueblo dos indios para guías, dándoles a entender la derecera que habíamos de llevar, y obra de media legua, dejamos a uno dellos, y el otro nos fue guiando; fuimos a dormir en unos pinales donde había una gran vara de nieve, e para beber los caballos, nosotros derretíamos la nieve.

En veinte e cinco del dicho mes salimos deste paraje, y fuimos atravesando al Oriente por unos muy grandes pinales; fuimos a dormir a una cañada, donde había mucho cedro; derretiose nieve para la caballada e nosotros en un cazo, porque agua no había.

En veinte y seis del dicho salimos deste paraje, e fuimos a pasar el río Salado; e fuimos a dormir al paraje de los ilotes.

En veinte e siete del mismo salimos de este paraje e fuimos al paraje de la Urraca, donde estaban las carretas e Real, donde fuimos muy bien recibidos, porque había treinta y tantos días que habíamos salido dellas; había ya muy poco bastimento, ninguno por mejor decir, y con algún poquito que llevábamos procuramos salir de allí y venir a las poblaciones, como se hizo.

En treinta del dicho salimos deste paraje de la Urraca, con todo el Real y carretas, e fuimos a dormir en el paraje de la rinconada; caminose ya dos leguas.

En primero de febrero salimos deste paraje e fuimos a dormir al paraje del estero; había tres leguas.

En tres de febrero salimos deste paraje e fuimos a pasar el río; a la orilla dél dormimos.

En cuatro del dicho salimos deste paraje y en hora de una legua tardamos cuatro días, porque se nos quebraron muchas carretas, e les hizo recio tiempo de frío y nieve.

En ocho del dicho salimos deste paraje e río; fuimos a una cabaña a la parte de Poniente; dormimos en una muy buena cañada, sin agua, eceto3 que se derretía de la nieve en muchas pallas y ollas, con que se hacía de comer, e bebíamos nos e nuestra caballada.

En nueve del dicho salimos deste paraje e fuimos a dormir a una cañada de arroyo, donde hallamos un mal paso, donde cortaron muchos pinos; no había agua ninguna y estuvimos aquí dos días en pasar este paso; no había agua ninguna, porque con nieve derretida pasábamos; e la boyada no comió bocado con que se sustentaba.

En doce del dicho salimos deste paraje e fuimos a dormir a una cañada; dormiose sin agua; pasose con lo atrás referido.

En trece del dicho salimos deste paraje e fuimos a dormir tres leguas de allí, en un encón estaba el pueblo último donde habíamos salido, una legua de nosotros; llevose la boyada y caballada a beber al pueblo, que tenía hasta necesidad, porque había seis o siete días que los bueyes no bebían; sustentábanse con la nieve.

En catorce del dicho salimos deste paraje para ir al pueblo todo el Real; e fue tanto el frío que las gentes se helaban, tanto que no se pudo caminar, ni andar este legua con las carretas, porque se quedaron en una quebrada.

En quince del dicho entramos todos en este pueblo, por nombre San Cristóbal, donde fuimos todos bien recebidos.

En diez y siete salimos de este pueblo e fuimos a otro pueblo, que dicen San Lucas; fuimos bien recibidos de los dichos naturales.

En diez y ocho del dicho salimos deste pueblo e fuimos a otro pueblo que se dice San Marcos, donde se habían descubierto las minas; fuimos bien recebidos.

En veinte e tres de febrero fue el Teniente de Gobernador a un pueblo, donde no había estado; dos leguas deste, dieron la obediencia a Su Majestad; nombrose gobernador y alcalde y alguacil; arbolose cruz alta con sonido de trompeta y arcabucería.

En primero de marzo del año de mil e quinientos e noventa e uno salió deste pueblo de San Marcos con diez y nueve compañeros, y fue al pueblo donde había sucedido el caso a Cristóbal de Heredia, maese de campo; fue a dormir a una quebrada de unos pinales, dos leguas del pueblo a que se iba.

A dos del dicho salimos de este paraje e fuimos al pueblo, y antes de llegar a él, temeroso, el Teniente, de que la gente se saldría del pueblo, envió a Cristóbal de Heredia con sus compañeros fuese alguna parte alta, y que tomase la huida de la gente, si acaso se huyese; lo cual fue; y el Teniente con los demás se fue al pueblo, e los halló todos muy seguros e sosegados, e les salió a recebir mucha gente; y al dicho Maese de Campo, a la otra parte donde había ido sin que saliese ninguna persona del pueblo, y juntándose todos, había muy gran cantidad de indios; y para más asegurarlos y que perdiesen el miedo, todos a caballo se pasearon el pueblo, tocando trompetas de que los indios y mujeres y muchachos e muchachas se holgaban mucho; y así se alojaron, arrimados a las casas donde había muy gran suma de gente con nosotros; nos trujeron mucho maíz, harina, frísol y algunas cosillas que ellos tienen, y el otro día los llamó a todos el dicho Teniente, e nombró gobernador y alcalde y alguacil, y se arboló una cruz con gran sonido de trompetas y arcabucería, de que todo el pueblo se holgaba en extremo; y con haber sucedido lo atrás referido, estaban tan sosegados e contentos que era placer en vellos, porque bajaban mucha cantidad de mujeres, muchachos, a conversar con nosotros; y el Teniente de Gobernador, mostrándoles mucha amistad, le trujeron cinco hojas de espada, y otras dos quebradas por el medio, y algunas camisas, capotes, y algunos pedazos de jerga; y esto lo hacían ellos con mucho calor; túvose entendido que si hubiera más entendido, todo lo dieran, y así visto, estar todos seguros y obedientes, mostrándonos mucha amistad nos dieron maíz y harina y frísol, cuanto pudiésemos llevar; estúvose tres días en esto.

En siete del dicho mes salimos del pueblo, llamado San Marcos, donde se habían descubierto las minas, y hechos muchos ensayos, y no mostraron plata; y teniéndose noticia de otro descubrimiento, salimos para ir a ellos; fuimos a un río y paraje, que dicen de Pedro de Íñigo; quedáronse algunos compañeros este día por faltar caballos.

En ocho del dicho salimos deste paraje a irnos a un pueblo que se dice de Santo Domingo a la orilla de un río caudaloso, para que de allí se descubriesen las minas, atrás referidas; durmiose en este camino en un pueblo despoblado, una legua del pueblo de Santo Domingo; y el Teniente de Gobernador y otros muchos compañeros e gentes del Real se habían ido al pueblo de Santo Domingo, y estando en él, supo que las carretas podían llegar al pueblo, y así se vino a las carretas e Real, y supo que en su campo había algunos de sus compañeros; y sabido el caso, envió a Cristóbal de Heredia, maese de campo, que fuese al pueblo de Santo Domingo, donde había dejado muchos de sus compañeros y gente de su Real, y que se trajesen presos a un soldado, en el ínter que el dicho Maese del Campo, fiscal que era manchado, se satisfizo del caso, y era que entre cinco e seis soldados de su compañía que habían quedado en el pueblo de San Mateo, habían tratado de que se fuese a tierra de paz; y aunque estaba ahí comunicado de que matase al Teniente de Gobernador, pues no le daba lugar que hiciesen lo que querían, y era que les iba a la mano que no les diesen pesadumbre a los naturales y no les quitasen cosa alguna, y esto era lo que liminaban, por donde habían tratado esto y al tiempo que el dicho Maese de Campo fue a prender al dicho soldado que le había mandado el dicho Teniente; llegando al dicho pueblo, salió de su alojamiento Alonso Xaimez, con un arcabuz en las manos, diciendo: «¿Quién me llama?», no hablando nadie con él, y así le respondieron, que nadie le llamaba; el dicho Xaimez respondió: «Cada uno mire por sí»; y visto esto, el Maese de Campo aguijó a él, y él se huyó; y así se volvió el dicho Maese de Campo con el soldado a las carretas e Real donde estaba el Teniente de Gobernador, y llegado que fue el dicho soldado, mandó que luego se le diese garrote, y por que deste había más sospecha que de otro ninguno; y así queriéndose ejecutar por mandado, se juntó todo el Real, hombres y mujeres, y pidieron al dicho Teniente que por amor de Dios le perdonase, y así el motivo de compasión y del que todo su Real se lo pedía, mandó suspender lo mandado, aunque se tuvo entendido lo haría por mostrarles temor; no se nombran aquí por sus nombres, porque se les llevó este negocio con mucha clemencia.

En ocho del dicho salimos de aquí e fuimos al pueblo que se dice de Santo Domingo, y nos recibió el pueblo con mucha amistad, y supo el Teniente de Gobernador que Alonso Xaimez se había ausentado.

Otro día, que se contaron ocho del dicho, estando en este punto alojados todo el Real y carretas para estar en él algunos días, en cuanto se fuese de allí a descubrir las minas de que se tiene noticia, se juntaron todos los soldados y demás gentes que en el dicho Real había, y le pidieron al dicho Teniente de Gobernador que, por amor de Dios, no mirase a algunas cosas que en el dicho su Real había habido; y pues su merced olvidaba todas sus cosas con tanta clemencia, diciendo que Alonso Xaimez andaba ausentado del Real y se temía de que su merced le había de castigar, con siguridad, porque por esta causa se había ausentado, y estaba muy arreposo de haberle dado pesadumbre en casa de algunos; e los dichos soldados e Maese de Campo, todos juntos a una voz, le pidieron al dicho Teniente les hiciese merced de perdonarle, y el dicho Teniente dijo que si perdonaba a él y a todos los que en algo habían cometido, en nombre de Su Majestad, teniendo atención más a caridad y a los trabajos que habían pasado, acetó que en la comisión que Alonso Xaimez tenía de capitán para ir a la ciudad de Zacatecas, río grande, y otras partes, a hacer gente se le había de relevar; y defeto se revocó luego, públicamente, por haber, y juntamente con el perdón, que a los dichos dio en nombre de Su Majestad; no nombramos aquí particularmente todos los que en este caso delinquieron, por ser ya perdonados.

En once del dicho vino un compañero al Teniente de Gobernador, pidiéndole fuese su merced servido de darles a algunos compañeros licencia, para se ir a tierra de paz; y el atrevimiento que para esto tomaba era por haberles oído de que todos los que se quisiesen ir se fuesen, y el dicho Teniente les respondió que era verdad que él lo había dicho, y de nuevo lo decía, que todos los que quisiesen ir se fuesen, que a todos les daba licencia, porque antes permitiría quedarse solo y morir, que no dar lugar a cosas no dignas de hacer; y así visto la licencia que les daba no tuvo efeto la salida que pretendían los dichos, porque no hubo más de soldados que se quisiesen ir, porque si había algunos disgustados, visto la razón mucha que el dicho Gobernador tenía y la poca que en estos que se quisieron ir, había, se quedaron todos y los dichos con los demás sosegados y muy conformes con el dicho Teniente, y acudían y acudieron a todo lo que se ofrecía, no acordándose de cosa; estando en este pueblo de Santo Domingo salió el Teniente de Gobernador en demanda de unas minas e pueblo donde este no había estado, y al cumplimiento dello llevó consigo a veinte compañeros; y andando tomando la posesión de los dichos pueblos, fue por entre unas sierras donde halló dos pueblos despoblados de muy pocos días atrás, los cuales estaban despoblados, respeto de que por guerra de otros habían dejado sus pueblos, como en efeto era, porque otros indios que con nos iban nos lo dieron a entender, e lo vimos claro ser así, por las muestras de muchos muertos que había señales; había en ellos mucho maíz y frísol.

De estos dos pueblos, arriba dichos, fuimos al río grande donde nuestro Real y carretas estábamos alojados, y por lo que allí había y en toda la tierra nos habían dado; que eran estos pueblos los que habían muerto los padres que a nos dijeron, habían andado por aquí; y llegado que llegamos al primer pueblo donde fuimos, a salir, no quedó ninguna en él, y vimos estando en este pueblo, que de la otra parte del río estaba, iba saliendo alguna parte dél, y para que no se saliese todo, mandó el dicho Teniente al Maese de Campo y a algunos soldados la fuesen ir atajar; y así el dicho Teniente e todos los demás fueron al efeto, y se pasó el río, aunque venía de avenida, y se hizo volver parte de la gente que iban huyendo, aunque en el pueblo había cantidad; y así lo aseguró el dicho Teniente a todos, y les dio a entender no se saliesen de sus casas, y ellos quedaron muy contentos y preguntándoles por qué los deste dicho pueblo se habían huido, les dijo que del miedo, porque habían muerto a los padres, y así les dio a entender que no tenían para qué huir, y envió luego a llamarlos con algunos indios deste pueblo, y se tomó en este pueblo posesión, en nombre de Su Majestad; nombrose gobernador y alcalde y alguacil; arbolose cruz alta con las solemnidades atrás referidas; y así se fue el dicho Teniente a otro pueblo que estaba deste un cuarto de legua, y halló muy poca gente en él porque se había huido con miedo; y así tornamos a pasar el río y venimos a dormir al pueblo que se halló despoblado; estaban a vista deste pueblo y a la orilla del río catorce pueblos, y de la mayor parte dellos decían los indios que se había huido la gente, de miedo, a la sierra y a otros pueblos.

El otro día, visto por el Teniente de Gobernador los dichos pueblos e la alteración que en la gente había por el miedo de lo que habían hecho, determinó de enviar de allí la mayor parte de sus compañeros al Real, como en efeto, que estaba de allí cinco o seis leguas, y él se quedó con Martín de Salazar, Joan de Estrada, Diego de Viruega, Joan Sánchez, Diego Díaz, Andrez Pérez de Berlanga, Joan de Contreras, por ver si con esta poca de gente los indios perdiesen el miedo, y asegurarse y se estuviesen en sus casas; y al cumplimiento dello se fue al Maese de Campo, al Real, y el dicho Teniente se quedó con estos cinco compañeros; yendo con ellos el río arriba, fue a cuatro pueblos y los halló todos despoblados, salió él uno dellos que cabría obra de cincuenta personas, a lo que parecía, y al efeto aseguró e regaló, e dio algunas cosillas, y que fuese a llamar a toda la gente; y así en este ínter pasó a la otra parte del río donde había los demás pueblos, y algunos dellos estaban poblados, y otros con poca gente, regalándoles y asegurando a todos en manera que hizo volver muy gran cantidad de gente a los dichos pueblos, y les regalaba el dicho Teniente con mucho amor, tanto que se aseguraban mucho, dándoles a entender que no les habían de hacer daño ninguno; y a esta causa, víamos venir de los campos a los pueblos muy gran cantidad de gente; dormimos en el pueblo pequeño que estaba en el medio de todos estos, aunque con gran recelo e vela por no ser nos más de seis; y esto también fue gran causa de asegurarlos, viendo que la más parte de la gente se había ido e no había quedado más e el dicho Teniente con los cinco compañeros, arriba declarados.

El otro día salimos deste pueblo y fuimos a otro pueblo, donde el Teniente de Gobernador dijo que se iba y que no tuviesen miedo, y que llamasen las gentes e los pueblos donde se había entendido habían muerto a los padres; y así nos fuimos al último pueblo que estaba desta parte; era un pueblo grande y con mucha gente, fuimos dellos bien recebidos, e nombrose gobernador y alcalde en nombre de Su Majestad; arbolose cruz alta, y hecho esto nos fuimos nuestro camino a nuestro Real, y llegado e un pueblo que estaba una legua del Real, al salir dél se topó un indio capitán deste pueblo, y traía en el seno una manzana de plata de un cáliz, y en este punto dijeron indios que habían venido muchos españoles demás de los que habían, de que todos nos holgamos mucho; y así al indio que había el Teniente hallado la manzana del cáliz, mandó a un soldado que lo llevase por delante; yendo más adelante encontramos a Joan de Carvajal, Josepe Rodríguez y Francisco de Mancha, los cuales venían a llamar al Teniente de Gobernador, porque había llegado el capitán Joan Morlete con cincuenta hombres, de que el dicho Teniente les preguntó quiénes eran, e fueron los dichos nombrando la más parte dellos, y de muchos que el Teniente de Gobernador aguardaba por haberlos inviado a tierra de paz, no venía ninguno dellos, de que en alguna manera quedó suspenso, aunque no lo dio a entender por no venir ninguna de las más importantes que él esperaba; y esto sobre tarde, mandó que todos fuesen galopeando por entrar de día en el pueblo donde tenía su campo, todo dentro del pueblo; no pudimos entender del dicho Teniente, e los que con él íbamos, cosa alguna más de la dicha; yendo más adelante tuvo aviso de que no entrase en el pueblo ni fuese a él dicho Teniente, porque el dicho capitán Joan Morlete con los demás sus compañeros, le venían a prender; y entender el caso, dijo que no le dijesen nada, que si le venían a prender que fuese muy enhorabuena, que él estaba en servicio de Su Majestad y con poderes muy bastantes que para ello tenía; y que si la voluntad del Rey era esa, que él dello estaba muy contento; y así se fue a más priesa de la que traía por no entrar de noche; y llegado que fue, se fue por un lado de la plaza del dicho pueblo, y el capitán Joan Morlete, en medio della e pasando a las de su alojamiento, se saludaron; y habiéndose apeado, se vino adonde el dicho capitán Joan Morlete e su gente estaba; y el dicho Capitán, viendo venir al dicho Teniente, se fue a él con toda su gente, junta en un cuerpo, e se saludaron e abrazaron el uno al otro, y otros muchos amigos que había del dicho Teniente, por el consiguiente le abrazaron; e sosegado esto, el dicho capitán Morlete echó la mano en una faltriquera, y sacando una provisión Real, y dijo que él venía por mandado de Su Majestad y del señor don Luis de Velasco, visorrey, y en su nombre, al cumplimiento de la provisión real; y así la leyó de verbo a verbo; y el dicho Teniente, oyendo leer la provisión, y acabado de leerla, el dicho capitán le dijo al dicho Teniente de Gobernador se diese por preso, y él le respondió que fuese muy enhorabuena, pues que la voluntad de Su Majestad era esa, que él estaba muy subjeto a sus mandamientos; y así se fueron todos a las tiendas, y el dicho capitán Joan Morlete le mandó echar unos grillos, a los cuales el dicho Teniente estuvo muy obediente a todo ello; e luego le leyeron otras provisiones tocantes a su provisión, y él dijo que todas las obedecía como de su Rey e señor; e las tomó y puso sobre su cabeza, y las besó delante de todo el campo del dicho Joan Morlete y suyo, de que todos, los unos y los otros, se holgaron en extremo de ver la mucha humildad y obediencia que el dicho Teniente de Gobernador tuvo; y visto por el dicho capitán Joan Morlete la humildad del dicho Gaspar Castaño, y le regaló y regalaba su persona conforme su calidad y su merecimiento, de que todos los del un campo y otro se holgaban de todo lo dicho.

Hízose relación dello y viose por los señores del Consejo en 10 de noviembre de 1592.- El licenciado, Santadrés.- Entre dos rúbricas.