Memorias Íntimas, Capítulo XI - Ventitrés días escondido

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Obras Completas de Eusebio Blasco
Tomo IV, Memorias Íntimas.
Capítulo XI - Ventitrés días escondido
 de Eusebio Blasco


Nota: se ha conservado la ortografía original, excepto en el caso de la preposición á.

XI

A casa de la Palma. Ventitrés días escondido en casa de Eguilaz. La niña Rosa. Fusilamiento de los sargentos. Nuevo Gobierno. Salgo a la calle.

¿Adónde iba? Mi plan era dar la vuelta por los bajos de la calle de San Juan y subir por la de las Huertas a entrar en mi casa. Solamente siendo casi un niño se me podía ocurrir tal simpleza. Al fin de la calle me encontré un amigo íntimo, D. Nicolás Coronado, a quien había conocido en el gran mundo, que a pesar de mis ideas frecuentaba, y con quien hice amistad muy estrecha. Era vista de Aduana de Madrid y muy conocido en todos los círculos madrileños.—¡Buen día nos has dado! exclamó al verme. Dios me pone en tu camino. A tu madre la he visto dos veces, está desconsolada. ¿Adónde vas?—A verla.—¿Y por dónde? Déjate guiar y no lo eches a perder que ya te tengo yo preparado escondite. Las calles están llenas de centinelas, soldados y polizontes recorren las casas, cójete de mi brazo, la Palma te espera.

¡La Palma! Coronado que era amigo suyo le había dicho que si me encontraba pasaría allí la noche. Con ella vivía un coronel, amigo suyo, ó pariente suyo... en fin, algo suyo, cada uno en su casa y Dios en la de todos y tal día hará un año. Vivían en la calle de Lope de Vega, al final. No encontramos a nadie en el camino. Subimos, la gran actriz me tenía dispuesta cena, el coronel me dió un abrazo. ¡Oh, bestia humana! Yo estaba ya olvidado de todo, llevaba dos días sin dormir, la fatiga me tenía muerto, apenas hablé, pedí una cama, una cama blanda ante todo, me llevaron a un cuarto donde había una, me quité a toda prisa chaquet, pantalón, botas, todo, caí como un plomo, comenzaron a decirme lo que se había de hacer, sí, está bien, todo lo que se quiera, que me ahorquen, que me maten, pero ahora, ahora, ahora... no... en fin... y me quedé profundamente dormido. ¡Dichosa edad y dichosos tiempos aquellos, como dijo el otro! Doce horas dormí y desperté viendo a mi cabecera a Coronado y a Josefa Palma diciéndome con cariñoso acento: — Vamos, pollo, ya se descansó; están prendiendo y persiguiendo a todos los de ayer; hay sitio seguro donde pasar este nublado: Eguilaz y Luque nos esperan. Y entre aquellos dos amigos salí y hallé dulce y cariñosa hospitalidad en la casa del célebre autor dramático, bajo cuyo techo salvé la vida quedando allí escondido veintitrés días, mientras todos los actores de la sangrienta jornada eran ó fusilados ó perseguidos, condenados a muerte en la Gaceta, enviados en cuerdas a Filipinas; acosados como fieras. ¿Cómo se pueden olvidar estas cosas? ¡ Oh, Luis Eguilaz, yo bendeciré siempre tu memoria!

Día terrible, el más sangriento que ha presenciado Madrid en el siglo, el 22 de Junio quedará eternamente consagrado como principio de la nueva era. En el principio, ya era la palabra, dice San Juan al comenzar su evangelio. Pues bien, antes de la Revolución que cambió por completo la faz de España y de cuyos restos aun se vive, ya éramos nosotros y aquella sangre que corrió por las calles de Madrid en tan trágico día fué el bautismo de todos los que habían de predicar la nueva era.

Veintitrés días de relativa calma. Un interior tranquilo, unos amigos cariñosos, una conversación literaria que reposaba el espíritu de las prosaicas cosas de la política. Se me dejaba dormir cuanto quería, se esperaba a que yo me levantase para comer; me habían colocado en el mismo cuarto donde dormía el cuñado de Eguilaz, persona ilustradísima, y de cama a cama charlábamos y me consolaba de la ausencia de mi madre que era lo que más sentía en aquellos días. Mi madre quiso venir dos veces a verme pero había policía a la puerta de nuestra casa y la seguían y no se atrevió a llegar hasta mi escondite por temor de descubrirme. Eguilaz y Luque salían indefectiblemente a las dos para ir a pasar la tarde en un rincón del café de la Iberia junto a una ventana. Toda una generación les ha visto allí durante muchos años y a hacerles la tertulia acudían Eduardo Gasset, Fernández Florez, Barrantes, Oudrid y otros amigos. En aquellas horas solía yo leer junto al balcón de la casa del poeta que tenía vistas atrás en la calle de San Juan, ó me dedicaba con amoroso afán a su niña Rosa, la hija del poeta, que hacía poco había enviudado; la niña estaba en ama y fué para mí una amiga de año y medio sin la cual no sabía pasar las horas de la tarde. Otras veces mi distracción consistía en oír el arpa de un saboyano, un niño que no pudo soñar el dinero que había de hacerme ganar más tarde aprovechando su recuerdo en una zarzuela. Se ponía debajo de las ventanas y cantaba siempre lo mismo: «Me gustan todas, me gustan todas, me gustan todas en general.» Por algo se me quedó en la cabeza la copla. Era la única diversión de aquellas tardes de verano, porque desde el balcón, al que no podía asomarme, solo veía un triste escaparate de taberna y un cartel más triste todavía en que el tabernero anunciaba el plato del día. Decía: hay tal ó cual cosa, pero escribía hay sin h; de modo que estuve condenado a suspirar con él tres semanas: ¡Ay chuletas! ¡Ay pepitoria! ¡Ay albondiguillas! Desconsolada vecindad era aquella. Pero también llegaban ayes de veras, ayes de la nación, ayes de muchas madres. En dos días fueron fusilados cerca de allí en las afueras de la Puerta de Alcalá sesenta y dos sargentos. Si había corrido mucha sangre por las calles en aquella sangrienta jornada que os he descrito, si hubo cerca de trescientos muertos y heridos en el cuartel de San Gil en una mañana, el pueblo siempre sentimental esperaba clemencia y no la hubo y los fusilamientos y las persecuciones y la crueldad oficial llegaron a su colmo, y ya no se pensó en pronunciamientos, sino en una verdadera revolución. A O'Donell que había extremado el rigor, le quitó el poder la Corona como haciéndole exclusivamente responsable de la sangre vertida. Desde entonces, todo cambió de aspecto, y aquellos mismos generales que nos habían vencido y acosado y en la batalla de las calles al grito de viva la Reina, se unieron a nosotros, fueron el alma de la revolución que ya estaba en el aire y dos años después entraron en Madrid juntos con el caudillo de la revolución y con todos fuimos unos. Sorpresas y misterios de la política, que a nada se parece. Por algo dijo un cura famoso cuando en 66 andábamos todos ocultos ó perseguidos: «Los que os persiguen hoy os buscarán mañana.»

Por la noche, al volver Eguilaz y Luque de su tertulia, se cenaba en familia, el poeta no salía de noche jamás; venían a entretenerle la velada Picón, Mario, Oudrid, Oltra, después de los teatros. Nos contaban lo que sucedía en Madrid, iban a los estrenos y traían noticias del resultado. Eguilaz contra lo que creían los envidiosos de sus grandes éxitos era un hombre muy bueno, de corazón muy tierno, trabajaba y producía y no gustaba de ir a los saloncillos ni adonde pudieran envenenarle la vida con chismes, cuentos e intrigas. Estaba entonces muy triste por haber perdido a su santa mujer, vivía dedicado al cuidado de su hija. Diego Luque se ocupaba de todo, y cuantos literatos y autores le rodeaban, consultaban con Diego Luque, que era y es gran director de escena y muy práctico en el arte de hacer comedias.

Un día los ciegos gritaron por las calles la caída del Ministerio. ¡Gran novedad! El general Narváez se encargó del poder, González Bravo del Ministerio de la Gobernación. Eguilaz y Luque eran íntimos amigos suyos. Diego Luque fué a verle y sin temor y sin rodeos le declaró que yo estaba oculto en su casa. González Bravo dió su palabra de que no se me perseguiría ni molestaría y salí a la calle y volví a abrazar a mi madre, después de besar como a una hija a la niña Rosa que fué mi compañera de prisión cariñosa y en estas Memorias he de consignar la gratitud que debo a aquellos fieles y hospitalarios amigos.