Memorias Íntimas - El padre Laforga

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Obras Completas de Eusebio Blasco
Tomo IV, Memorias Íntimas.
Capítulo XIII - El padre Laforga
 de Eusebio Blasco


Nota: se ha conservado la ortografía original, excepto en el caso de la preposición á.


XIII
El padre Laforga.

Hablé el otro día de un cura ateo, y hoy he de hablar de otro popularísimo en Madrid durante veinticinco años, y cuyas cosas han pasado a ser recuerdos de toda una época. Este no es censurable, porque a pesar de su manera de ser, aparte de lo vulgar, era cura y cristiano, y se desvivía por el prójimo; es decir, que era para un fregado como para un barrido, y lo mismo casaba de balde a un amigo pobre que le daba dos bofetadas si le ofendía. Gran amigo de la nobleza y de los cómicos; pasando el día en la sacristía de San Sebastián y la noche en el teatro de los Bufos; ora asistiendo a un moribundo y la noche en vela, ora presidiendo una becerrada. Tipo esencialmente español y madrileño, chispero con sotana, aconsejando al Labi desde la barrera cómo se pasa un toro, y rezándole un responso a Pepete, muerto en la enfermería.

Asiduo servidor de los duques de Medinaceli y regenteando admirablemente la iglesia de Jesús, y yendo a Italia por encargo de Arderius a contratar un cuerpo de baile. Éste era el padre Laforga, que dos generaciones sucesivas han conocido, y de éste quiero hablar para terminar la conferencia de esta noche.

Era un cura azul; de esos que a fuerza de afeitarse las barbas les va quedando la piel del color del añil, y toman aspecto temible. Agradable en sus maneras, dulce de palabra con los amigos, y con los enemigos atrevido y valiente; y cuando no podía hacerse amar, se hacía temer, que es todo el arte de la guerra de la vida. Pero de muy buen corazón, y ejerciendo de padre de almas y de cristiano sin fariseísmos. Que un muchacho tenía un enredo con una suripanta y del enredo resultaba lo que suele resultar de esas cosas... pues D. Vicente bautizaba al niño y lo recogía y lo educaba; que otro venía después con otro niño venido al mundo por idénticos procedimientos... D. Vicente lo prohijaba también.

Temporada hubo en que la casa parecía un asilo, pero no consentía que se arrojaran niños al arroyo. Que moría un librepensador furioso conocido por sus ideas radicales. Aquel cura que echaba chicoleos entre bastidores a las coristas de Arderius, se transformaba a la cabecera del enfermo y con elocuencia sui géneris le volvía al seno de la Iglesia; pero, en cambio, cuando pasaba seis noches seguidas en casa de un cómico que tenía la agonía muy larga, al oír una madrugada que el moribundo dijo:— ¡D. Vicente! ¡Agua! D. Vicente, abandonando el brasero y yendo a la cama, le daba un achuchón exclamando:—¡Qué agua ni qué vino! ¡A morirse ya, que tengo que hacer mañana!

Escribió Eguilaz una zarzuela, en la cual, había una procesión y era necesario un palio. Y mi D. Vicente, porque la escena estuviera bien servida sacó el palio de la iglesia y lo llevó al teatro; y naturalmente, el obispo le quitó las licencias y hubo tal escándalo que tuvo que intervenir la corte de Roma; y cuando en la corte de Roma se hicieron averiguaciones sobre la vida de aquel cura, resultaron en su favor tantas obras de caridad, tantos huérfanos recogidos, tantas limosnas y tantos favores, que se le perdonó una falta grave en compensación de tantas buenas obras. En los días terribles del cólera se multiplicó asistiendo a los enfermos con riesgo de su vida; y en una casa donde le confesaron que el colérico se moría por haber cometido la imprudencia de comer escabeche y pimientos en tiempos tan peligrosos, al encontrarse con que el moribundo era un amigo, quiso morir con él y dijo: «Traigan el escabeche y los pimientos que queden», y los comió a la cabecera, diciendo con valeroso acento: «Venga el cólera y seremos dos contra uno». El amigo se murió y a D. Vicente no le pasó nada y exclamaba con aire de vencedor:—«¡El que no sabe comer escabeche, no merece la vida!»

Venía a las reuniones de última hora en los teatros ó en los cafés, y decía: «Buenas noches, señores, y colocaba a derecha e izquierda sobre la mesa dos pistolas de dos cañones. ¡Claro! Como se retiraba tan tarde, tomaba sus precauciones, porque lo que él decía: «¡Los ladrones no tienen por qué respetar al clero!» Y aquel hombre, que venía armado hasta los dientes, ni cenaba ni tomaba nada, porque tenía que decir su misa a la mañana temprano. Era tan cura como cualquier otro y tan hombre como los demás, pero un hombre originalísimo.

En cierta ocasión en que fué cura del cementerio del Este, nos convidó a almorzar al maestro Casares, a D. Leopoldo Ortega y a mí. ¡Un almuerzo en un cementerio! Se habla mucho de las cosas estupendas que se hacen en París, en el mundo de los decadentes, de los impresionistas, de los incoherentes y de todos los entes de moda en la República vecina. Pues esto no se le había ocurrido a nadie. Lisbonne creó en París un restaurant en el que las mesas eran féretros y los mozos estaban vestidos de enterradores. Pero esto era pura ficción. ¡Eso de dar un arroz a tres amigos en un camposanto entre responso y responso, eso hay que hacer un Tiaje por España y encontrar un cura especial para verlo!

Fuimos allí. El pater tenía un salón inmenso, adornado con cromos, cuadros al óleo y fotografías de todos géneros. Debajo de cada fotografía había algo escrito por él; por ejemplo, en una decía: «Mi protectora, la señora duquesa de Tal,» y en otra, «Za Tal, actriz francesa.» Entre todo esto, imágenes, armas antiguas, bonetes, casullas, una codorniz y una guitarra. Algo del cura aquel del Diablo Mundo; pero en cambio, muchas cartas, recuerdos preciosos de persona» agradecidas por obras de caridad. El almuerzo prometía ser magnífico. La sobrina de D. Vicente trajo el arroz en una clásica cazuela; pero en esto vimos a través de la ventana aparecer una larga procesión de gente enlutada siguiendo a un carro mortuorio.

—Tío, un párvulo—dijo la muchacha.

Y D. Vicente se levantó, se puso una roqueta y un bonete y dijo:

— Esperad un poco; enseguida lo despacho.

Volvió y atacamos el arroz que estaba muy sabroso, y luego trajeron unas chuletas que decían comed me. Pero antes de llegar a ellas, apareció a lo lejos otro fúnebre cortejo, y la sobrina gritó:—¡Tío, un adulto!—¡Éste es el lotero!—exclamó Don Vicente, volvió a encasquetarse el bonete y salió diciendo:

—¡Comed, comed, que a éste con poco se le arregla el viaje!

Vino jadeante, se quedó de nuevo de paisano, la sobrina trajo un jamón de Trovelez magnífico, y cuando estábamos saboreándolo, he allí otra lúgubre procesión de gente triste y cabizbaja, y la criada que aparece en la puerta y grita:—¡Señor, ahí viene otra cadávera!

En suma: comida macabra, almuerzo fantástico, que me hacía exclamar en París muchos años después viendo las estrafalarieces de los incoherentes:—¡Yo he visto algo mejor que todo eso!

Don Vicente Laforga murió pobre y honrado; quedó su recuerdo como el de tantos madrileños populares, como el de aquel popularísimo Ducazcal, de cuyos primeros pasos en la vida daremos cuenta en veladas sucesivas. Con él y otros amigos entretuvimos el tiempo que medió entre el 22 de de Junio del 66 y el 29 de Septiembre del 68, con que empezaremos la conterencia próxima; es decir, con la revolución que hicimos todos al grito de arriba los Borbones, digo, de abajo los Borbones; perdonad la equivocación, porque en este curioso país nuestro las cosas están tan pronto arriba como abajo, y tan pronto abajo como arriba.