Metamorfosis o El Asno de Oro (Vega y Marco)/Libro V

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APULEYO

EL ASNO DE ORO (LAS METAMORFOSIS)

Traducción española de Jacinto de la Vega y Marco

Valencia-Madrid, s.a. (¿1909?)


LIBRO QUINTO


[1] »Tendida sobre el tupido y fresco césped, Psiquis se sobrepuso a su profunda turbación y se entregó a un dulce descanso. Reanimada por un sueño reparador, se levantó con sosegado espíritu. Descubrió un bosque cubierto de altos y copudos árboles y en mitad de él una fuente de cristalinas aguas. En la ribera que sus aguas bañan se levanta un admirable palacio, no construido por mortales manos, sino con arte propiamente divino. Al ver su entrada, no cabía duda de que era la mansión de alguna divinidad, tanto era su esplendor y magnificencia. En efecto, el artesonado, esculpido artísticamente en marfil y naranjo, es sostenido por columnas de oro. Los muros están revestidos de bajo-relieves de plata, que representan fieras y otras suertes de animales. Esto es lo que aparece al visitante al llegar al umbral del palacio. Fue necesario un mortal de maravilloso talento, ¿qué digo?, fue preciso un semidiós, o mejor, una divinidad, para extremar de tal modo tan espléndida labor y para colocar, comunicándoles vida, tantos animales salvajes sobre tan gran superficie de plata.

El piso es un mosaico de piedras preciosas, divididas en infinitos trozos y decoradas con mil colores. ¡Qué placer tan exquisito, qué suprema felicidad hollar perlas y diamantes! El resto de este inmenso y vasto edificio es, igualmente, de incalculable valor. Los muros, revestidos de oro macizo, brillan con el reflejo que le es propio; puede afirmarse que si el sol le rehusaba su luz, el mismo palacio proveería a tal necesidad; tan deslumbradora luz despiden todos los de partamentos, galerías, puertas... Todo lo demás es de una riqueza que responde a la magnificencia del edificio; se diría que el propio Júpiter mandó construir este divino palacio, para habitar entre los mortales.

[2] »Incitada por el encanto de tan hermoso paraje, acercose Psiquis poco a poco, hasta que, con paso atrevido, franqueó el umbral, y cediendo al atractivo de tanta maravilla, recorre con ojos admirados toda la mansión. En los pisos altos ve galerías de perfecta arquitectura, conteniendo considerables tesoros. Lo que no se halla allí es inútil buscarlo en parte alguna. Pero mas que tan admirables riquezas sorprendía todavía en mayor grado un hecho extraordinario; ni cadenas, ni barreras, ni guardias protegían tanto tesoro. Mientras se entrega con placer infinito a esta contemplación, una voz, salida de invisible criatura, hirió sus oídos:—¿Por qué, soberana mía, os maravilláis de tanta opulencia? Todo lo que contempláis, vuestro es. Entrad, pues, en estas habitaciones, descansad en una de estas camas de vuestra fatiga y se os servirá el baño, cuando lo ordenéis. Nosotros, cuya voz oís, somos consagrados a vuestro servicio; cumpliremos escrupulosamente vuestros mandatos, y terminados los cuidados que vuestra persona demanda, estará preparado el regio festín que se os destina.

[3] »Psiquis reconoció la bienhechora influencia de alguna divinidad protectora, y, siguiendo los invisibles consejos, descansó un rato y entró luego en el baño, desapareciendo completamente sus fatigas. Vio, de pronto, junto a ella, una mesa semicircular, y juzgando que era una comida preparada para confortar sus fuerzas, sentose a ella. Vinos deliciosos como néctar, platos variados y abundantes manjares, se presentaron a sus manos, sin que apareciera figura humana, alguna: como traidos por un hálito oculto. En efecto; ella no veía a nadie; sólo oía palabras que se perdían en el aire, y la servían intangibles voces. Después de la excelente comida, entró un músico invisible que cantó; otro tocó la lira. Y no se veía el instrumento ni el artista. Luego, hizó vibrar sus oídos un coro, ejecutado por gran numero de voces; y aunque no se veía ninguna criatura humana, era evidente que existía un coro.

[4] Terminados estos obsequios, y viendo que se acercaba la noche, se retiró a descansar. »Entrada ya la noche, sobresaltola un ligero miedo. Temblando por su virginidad en medio de tal aislamiento, sintió miedo y espanto. Y más que las desgracias que pueden afligirla, la turba el desnudarse. Estaba ya allí su desconocido esposo; había entrado ya en la cama, y haciendo de Psiquis su esposa, se retiró precipitadamente antes de despuntar la aurora. Un instante después, las voces, que esperaban tras la puerta de la habitación, prodigaron sus cuidados a la joven esposa, cuya virginidad acababa de sucumbir. Y así continuó largo tiempo su vida. Por efecto natural de la costumbre, esta existencia se le hizo placentera, y los acentos de las misteriosas voces la consolaban en su abandono.

»Y entretanto sus padres envejecían en el pesar, sin que nada amenguase sus dolores. Extenderé [---¿diose?]la noticia de la aventura de Psiquis hasta llegar a oídos de sus dos hermanas, y al punto, tristes y afligidas, abandonaron sus cosas y se apresuraron a la de sus padres para consolarles. [5] Esta misma noche, habló el esposo a Psiquis, con estas palabras (porque, aunque invisible, no dejaba de tocarla y de oírla): Psiquis, mi dulce amiga, mi adorada compañera; la despiadada fortuna te amenaza con pavoroso peligro; y te aconsejo que tomes todas las precauciones imaginables para esquivar su golpe. Tus hermanas, desesperadas con la idea de tu muerte, están ya en busca de tus huellas, y pronto llegarán a estas montañas. Si por casualidad oyes sus lamentos, nada respondas, no te atrevas tan sólo a mirarlas. Del contrario, me afligirías con una gran pena, y tú sufrirías las más rigorosas desgracias.

Psiquis oyó la recomendación, prometiendo seguir la voluntad de su marido. Pero una vez desapareció el esposo, pasose todo el día gimiendo y repitiendo tristemente que ahora, más que nunca, llegaba su perdición: ¡Cómo! vivir encerrada, enclaustrada en esta cárcel! ¡Qué le importan riquezas y agasajos, si se veía privada del trato con los demás mortales! ¡No poder ofrecer tranquilizadores consuelos a sus propias hermanas, que tanto por ella se afigían! ¡Si ni un instante podía verlas! Rehusó aquel día la comida, el baño, todo lo que podía comunicarle fuerzas, y derramando copioso llanto se retiró a la cama.

[6] »Al poco rato llegó su esposo, algo más temprano que de ordinario; púsose a su lado, y abrazándola, llorosa todavía, la riño con estas palabras:—¿Esto es lo que me has prometido, Psiquis? ¿No puede tu marido confiar un ti? De día, de noche, aun en los brazos de tu esposo, no dejas de llorar cruelmente. Pues bien, haz en adelante lo que te plazca, y ya que buscas tu desdicha, satisface tus caprichos. Pero recuerda, por lo menos, cuando llegues a un tardío arrepentimiento, cuán seriamente te previne.

»Entonces, ella, a fuerza de ruegos, y amenazando con darse la muerte, obtuvo de su marido el deseado permiso de ver a sus hermanas, de endulzar su duelo, de hablar con ellas. Así, las súplicas de su nueva esposa, obtienen su consentimiento; además, le concede permiso para disponer de todo el oro y las riquezas que quiera. Pero al propio tiempo, le recomienda, amenazándola repetidas veces con las mas duras penas, que jamás ceda a los perniciosos consejos de sus hermanas, y que no intente, jamás, descubrir la figura de su esposo. Añadió, que esta sacrílega curiosidad la precipitaría desde lo alto de su dicha a los abismos del mal, y la privaría para siempre de sus brazos. »Dió gracias a su marido y, ya mas contenta:—Cien veces morir, dijo, que renunciar a nuestra dulce unión, porque te amo. Sí, sí, quienquiera que seas, te amo tiernamente. Te amo como a mi vida; y el mismo Cupido no es comparable a ti. Pero, te lo suplico; concede una última gracia a mis súplicas. Ordena al Céfiro que conduzca aquí mis hermanas, en la misma forma que a mí me trajo. Y le cubrió de seductores besos, prodigándole las más vivas caricias, estrechándole fuertemente en sus brazos. A sus caricias une las más apasionadas frases:—Dulce amigo, le dice, tierno esposo, alma adorada de tu Psiquis. Había venido para desplegar la energía y el poder de Venus, pero sucumbió en su calidad de marido, y accedió a todo lo que ella le pidió. Luego, al rayar el alba, desvanecióse de los brazos de su esposa.

[7] »Entretanto, las dos hermanas, sabiendo el lugar y la roca donde fue abandonada Psiquis, llegaron a ella presurosas, y una vez allí derramaban abundantes lágrimas y se golpeaban el pecho. Sus sollozos resonaban por las rocas, y las montañas repetían dolorosamente su eco. No cesaban de llamar, por su nombre, a su desventurada hermana. Mas al agudo grito de tan tristes voces que descendían hacia el valle, Psiquis, trastornada, fuera de sí, salió corriendo del palacio:—¿Por qué, les dijo, os atormentáis con tan tristes lamentos? Son inútiles; he aquí la hermana que lloráis. Dad término a vuestros lúgubres acentos, secad vuestros ojos anegados en lágrimas: ya podéis abrazar a la hermana cuya muerte deplorabais.

Entonces llamó a Céfiro y le comunicó la orden de su marido. Inmediatamente, dócil a su palabra, las levantó con suave soplo y las condujo sin el menor daño. Se abrazan, se besan largamente en sus impacientes transportes, y sus lágrimas, detenidas al principio, corren nuevamente ante tanta dicha.—Basta de llanto, les dijo; entrad en esta casa, en mis penates, y reponeos de vuestra aflicción en compañía de vuestra querida Psiquis.


[8] Y así hablando, hízoles visitar las prodigiosas bellezas de este dorado palacio; hízoles oír esta muchedumbre de voces que son sus fieles domésticos, les ofreció, para reparar sus fuerzas, un suntuoso baño y la delicada abundancia de una mesa digna de los dioses. Y mientras saboreaban esta prodigalidad de celestes riquezas, germinaba ya la envidia en el fondo de sus corazones. »Una de ellas acabó por hacerle con cretas y comprometidas preguntas; que quién era el dueño de tan divinas maravillas; cuál era el nombre y la condición de su marido. Pero Psiquis guardose de violar la promesa conyugal y no dejó salir secreto alguno de su corazón. Improvisó una mentira: dijo que era un gallardo mozo cuyas mejillas estaban ya cubiertas por tupido vello y que pasaba la mayor parte del tiempo cazando en la llanura y en el monte. Y temiendo que si se alargaba la entrevista corría peligro de olvidar la tácita resolución que había tomado, llamó otra vez a Céfiro y después de regalarles abundantes alhajas de oro y collares de piedras preciosas le ordenó que de nuevo se las llevara;

[9] cosa que ejecutó en seguida. Nuestras buenas hermanas, camino de su casa, se inflamaban ya en la negra y venenosa envidia, hablando entre sí animadamente.—Ve, acabó por decir una de ellas, ¡cuán ciega y cruel es la fortuna! Diosa injusta, has querido que siendo hijas de los mismos padres tengamos tan diferente fortuna. Nosotras, las mayores, nos hemos casado con extranjeros, que nos tienen como humildes criadas. Separadas de todo lo que nos vio nacer, de nuestra patria y de nuestros padres, vivimos en el destierro. Por el contrario, esta chiquilla, último fruto de una fecundidad que ella agostó, vive en la mayor opulencia! ¡Hela aquí esposa de un dios, cuando ni siquiera sirve para aprovecharse convenientemente de tan abundantes bienes! ¿Has visto, hermana mía, cuántas cosas preciosas encierra aquel palacio? ¿Cuántos adornos, cuántos deslumbrantes vestidos?, ¿qué refulgente pedrería? ¿Y por fin, cuánto oro no pisas a cada instante? Si además, como afirma, posee un marido tan bello como todo eso, no hay en el mundo criatura más feliz. Si el tiempo fortifica el amor de su marido es capaz de convertirla, un día, en diosa. No lo dudes, así será: su aire y su modo de andar lo indican claro. Ya su mirada se dirige siempre al cielo y se presiente la diosa en la mujer que es obedecida por espíritus invisibles y tiene poder sobre los vientos. ¡Yo, por el contrario, cuan desgraciada soy! En primer lugar el esposo que me guardó el destino es más viejo que mi padre: luego es más calvo que una calabaza; más pequeño que una garrapata y más déspota que un tirano.

[10] »—Yo, replicó la otra, tengo entre mis brazos un marido que está hecho pupa, inutilizado por la gota y que por este motivo casi nunca me rinde sus encantos. Paso casi todo el día, frotando sus dedos rígidos y duros como una piedra; empleo mis delicadas manos en preparar mal olientes lociones, tocando asquerosos lienzos y fétidas cataplasmas. No desempeño a su lado el papel de esposa, sino el de hermana de la Caridad. A ti toca discurrir hasta cuándo debemos aguantar pacientemente nuestra esclavitud: en cuanto a mi no puedo soportar más que tanta prosperidad haya ido a parar a tan indignas manos. Recuerda, en efecto, con cuánto orgullo y arrogancia nos trató. La misma solicitud que puso en hacernos contemplar tan impertinentes maravillas, indica cómo se ha apoderado la vanidad de su corazón. ¿Y tantas riquezas como nos ha arrojado? Una miseria a regañadientes. Pronto se ha cansado de nuestra presencia y nos ha hecho desaparecer: ha sido un soplo, un silbido. O dejo de ser mujer, o pierdo la vida en el empeño, o yo la he de precipitar de tan alta fortuna: y si a ti te duele, como es de suponer, la afrenta que nos ha inferido, discurriremos entre las dos el procedimiento más enérgico. Ante todo, conviene no enseñar a nuestros padres, ni a nadie, los regalos que traemos, y hay que hacer creer, luego, que no hemos podido averiguar si está viva o muerta. Bastante hay con que hayamos debido presenciar nosotras cosas tan humillantes; no hay necesidad de enterar a nuestra familia ni a nadie de la pompa que la rodea. El oro y los tesoros no dan felicidad alguna si nadie lo sabe. ¡Ah! ya irás sabiendo, buena pieza, que nosotras somos tus hermanas mayores y no tus esclavas. Por de pronto, volvamos a nuestros maridos: regresemos a nuestros modestos, humildes penates, y cuando tengamos maduramente discutido el plan, iremos otra vez bien prevenidas a castigar tanto orgullo.

[11] »Un proyecto de depravación debía ser del agrado de tan ruines criaturas. Ocultan los valiosos regalos que les hizo Psiquis y mesándose los pelos y arañándose el rostro (que lo merecían bien, por cierto) empezaron nuevamente sus lamentos, pura ficción. Y cuando hubieron renovado toda la desesperación de sus padres, les abandonaron bruscamente. Ardiendo en despecho hasta la locura, regresan a sus casas y empiezan a discurrir contra su inocente hermana los más malvados proyectos; un verdadero fratricidio.


»Entretanto, Psiquis recibe nuevas instrucciones de su misterioso marido en sus conversaciones nocturnas: —No percibes, a lo lejos, los peligros que dispone la Fortuna contra ti. Toma con antelaeión grandes precauciones, porque intenta atacarte duramente. Pérfidas Furias despliegan increíbles esfuerzos para arrastrarte hacia sus criminales designios. Lo que más les preocupa es llegar a descubrir mi rostro: pero ya te lo dije antes: si lo ves una sola vez, ya nunca más lo verás. Así, pues, si estas detestables hembras vienen aquí con malévola intención (y yo sé que vendrán) evita todo trato con ellas. Si tu ingenua candidez y tu sensibilidad te impiden rehusarlo, prométeme, al menos, que nada, querrás oír ni nada responderás concerniente a tu marido. Porque nuestra familia va a aumentarse, y este seno, que es todavía el de una niña, nos anuncia otro, destinado a ser un dios si conservas ocultos nuestros secretos: un simple mortal si lo profanas.

[12] »A esta noticia iluminose de alegría el semblante de Psiquis. Llenola de gozo la esperanza de dar a luz a un ser divino; estremecíase de orgullo pensando en su futuro infante y en el glorioso nombre de madre: contaba con ansiedad los días que faltaban, los meses pasados. Sintió nuevas sensaciones; le sorprendió el desarrollo de su seno y que, a consecuencia de una pequeña punzada, se desarrollase su vientre de tal modo. Mas ya la pestilente pareja, las dos abominables Furias, navegan con homicida rapidez, impacientes y tragando bilis. Todavía el nocturno marido de Psiquis le dio otra advertencia:—He aquí el ultimo día, le dijo: llega el momento decisivo. La doble enemistad del sexo y de la sangre ha encendido la guerra; está ya levantado el campamento; el ejército entra en batalla; la trompa guerrera da la señal, y, espada en mano, tus hermanas vienen a asesinarte. ¡Cuántas desgracias nos amenazan, Psiquis, oh, mi dulce Psiquis! Apiádate de tu destino y del mío, persiste religiosamente en tu discreción si quieres salvar esta casa, tu marido, tú misma y nuestro inocente primogénito, del furibundo desastre que nos amenaza. Estas criminales mujeres, cuyo odio contra ti les ha inspirado proyectos homicidas, hollan con sus pies los lazos de la sangre. No te es ya permitido llamarlas humanas. Guárdate de verlas y de oírlas cuando desde lo alto de estas rocas, como sirenas, harán resonar estas montañas con sus funestos acentos.

[13] »Respondiole Psiquis con la voz entrecortada por lágrimas y suspiros.—Tiempo ha tienes recibidas de mí pruebas innegables de mi fidelidad y mi discreción; en estas nuevas circunstancias te probaré otra vez que sé sostener una firme resolución. Ordena solamente a Céfiro que cumpla su misión, y para compensar la prohibición que sobre mí pesa, de contemplar tu divina imagen, permíteme, a lo menos, la presencia de mis hermanas. Te lo suplico por los flotantes y perfumados rizos de tus cabellos, por tus tiernas mejillas, tan delicadas y parecidas a las mías, por tu pecho que arde en no sé qué desconocida llama. Por la inmensa pasión con que deseo conocer los rasgos de tu semblante en el infante que llevo en mis entrañas, te suplico que te dejes vencer por mis fervientes súplicas. Concédeme el placer de abrazar a mis hermanas, y reanima con esta alegría el corazón de Psiquis, que te es caro y sólo vive para ti. No, jamás intentaré descubrir tu rostro; ya no son obscuras para mí las tinieblas de la noche; te poseo, luz de mi vida.»

Enternecido por estas palabras, y por sus dulces abrazos, el esposo secó con sus cabellos las lágrimas que vertía Psiquis, y le concedió su petición. Antes de iniciarse la aurora desapareció.

[14] »Apenas llegadas, las dos cómplices hermanas, sin visitar siquiera sus padres, se encaminan a la roca. Trepan a ella precipitadamente, y sin esperar la brisa que las debía transportar, se lanzaron al espacio con insolente temeridad. Pero Céfiro, que no olvidaba los mandatos de su rey, recibiolas, aunque a pesar suyo, en el seno de una veloz brisa, hasta dejarlas en el suelo. Sin perder tiempo, se dirigieron presurosas al palacio, abrazan a su víctima, llamándola (¡infames!) su querida hermana, y mientras disimulan con afectuosos modales una montaña de odio que palpita en el fondo de su corazón, le dirigen tiernas palabras:—Vamos, Psiquis, no eres ya una niña como antes: ya has pasado a madre. ¿Ya sabes tú el tesoro que llevas en tus lindas entrañas? ¡Cuánta alegría para la familia!, ¡cuánta para nosotras! ¡Qué felicidad será para nosotras criar esta hermosa alhaja! Si corresponde, como no puede por menos, a la hermosura de su padre y de su madre, será ciertamente otro Cupido.

[15] Así, con fingido afecto, se apoderan insensiblemente del corazón de su hermana. »Para descansar del largo viaje les ofrece sillas, y en seguida, solícita, manda preparar baños tibios. Por último las acompaña a un magnífico comedor, donde encuentran los más exquisitos manjares, los más raros y maravillosos platos. Manda que toque una lira, y se oyen los acordes de una lira; una flauta, y vibra el sonido de una flauta; pide un coro, y un coro llena los aires, y toda esta música, ejecutada por invisibles seres, acaricia con tierna armonía los corazones de los oyentes. Pero era tanta la maldad, la perversión de las dos hermanas, que ni esta melodía, dulce como la miel, les apaciguó sus odiosos designios. Procurando perder a su hermana entre sus redes, encaminaron la conversación a este propósito. Con afectada indiferencia le preguntan quién es su marido, de qué familia y de qué condición. Psiquis, olvidando en el exceso de su candidez sus anteriores propósitos, inventó una nueva historia. Dijo que su marido era de una ciudad inmediata, que tenía muy lucrativos negocios, que estaba en edad ya madura y que le asomaban ya canas. Luego, según había hecho la otra vez, las colmó de ricos presentes y las confió de nuevo al alado Céfiro.

[16] »Pero al regresar a sus casas, llevadas en volandas por la tranquila brisa, se comunican sus reflexiones:— ¿Qué me dices, hermana, del ridículo cuento de la embustera? El otro día era un mozo que apenas sombreaba su barba el naciente vello; hoy es un anciano de edad madura, de plateados cabellos. ¿Quién es, pues, este ser que en tan corto tiempo ha envejecido? Hermana mía, una de dos, o es un pérfido embuste todo ello, o Psiquis no conoce a su esposo. Sea lo que quiera, importa arrebatarle pronto su opulenta posición. Si desconoce a su marido, con seguridad que es un dios, y otro dios promete entonces su parto. Y si realmente llega a ser proclamada madre de un dios, pasaré sin tardanza un nudo a mi cuello y me ahorcaré. Mientras tanto, volvámonos a ver a nuestros padres y discurramos, a manera de exordio, una mentira que tenga apariencia de verosimilitud.

[17] Así irritadas, apenas dijeron dos palabras a sus padres.

Pasaron la noche agitadas, sin dormir, furiosas. Al amanecer vuelan a la roca y descienden rápidamente, gracias al consabido auxilio de Céfiro. Y restregando sus párpados para provocar algunas lágrimas, empiezan de nuevo su asedio con esta hipocresía:—Tú vives contenta y feliz en tu ignorancia, desconoces el peligro que te amenaza. Pero nosotras, que con no interrumpido celo pensamos en tu porvenir, vivimos cruelmente atormentadas por los peligros que te rodean. Efectivamente, hemos sabido (sin caber duda alguna) un secreto que nos es imposible ocultarle por el mucho interés con que compartimos tus penas y tus infortunios. Imagínate una enorme serpiente de mil abultados repliegues, cuya garganta está repleta de terrible veneno y que abre unas fauces de profundidad aterradora; he aquí el esposo que por la noche descansa furtivamente a tu lado. Ahora acuérdate del oráculo de la pitonisa que proclamó que estabas destinada a casarte con un cruel monstruo. Varios campesinos, los cazadores de la comarca, y casi todos los de la ciudad, le han visto por la noche nadar en las aguas del cercano río, después de consumir su pasto.

[18] Según todos afirman, poco tiempo te dejará disfrutar de sus complacencias y halagos; el día en que llegará a término tu embarazo, te devorará con tu delicado hijo. Ahora, a ti te toca discurrir: ver si te conviene creer a tus hermanas, que tiemblan por tu adorada existencia, escapar de la muerte y vivir entre nosotras sin temor a peligro alguno, o si prefieres tener por sepultura las entrañas del despiadado monstruo. Y si te place el aislamiento de esta comarca, sin otra compañía que espíritus, entre clandestinos amores, con envenenadas y peligrosas noches, con los abrazos de un ponzoñoso reptil, nosotras, cuando menos, habremos cumplido con nuestro deber de cariñosas hermanas.

»Ingenua y sensible, sintió la pobre muchacha, con tan aterradora revelación, alterarse profundamente su corazón. De tal modo se conturba su ánimo, que ya fuera de sí, olvidó las advertencias de su esposo y las promesas que le hizo, precipitándose así en el más profundo abismo de infortunios. Trémula, pálida y casi sin sentidos, murmuró con apagada voz estas entrecortadas palabras:

[19] —Sí, sois mis tiernas hermanas y permanecéis fieles a las leyes que os impone esta ternura. ¡Dios mío! Los que afirman tales horrores tal vez no han inventado ninguna leyenda. Porque jamas he visto el rostro de mi esposo; ignoro cuál es su patria. Sólo oigo su voz por las noches. Me oculta su condición, y antes de llegar el alba desaparece. He aquí mi triste destino, y cuando decís que es un monstruo, tenéis razón; así lo creo también. Tiene singular empeño en que no descubra su rostro y me amenaza con las mayores desgracias si tengo la curiosidad de intentarlo. Ahora, si podéis socorrer y salvar a vuestra pobre hermana de este peligro, venid en mi auxilio, porque si la negligencia sigue a la previsión, quedan destruidos los beneficios que esta última prometía. Rendida con tanta facilidad la plaza, y viendo en descubierto el alma de su hermana, las infames mujeres renunciaron a poner en juego los secretos resortes que habían imaginado en la obscuridad, y, espada en mano, francamente, se apoderan de su espíritu, tan sencillo como turbado, para consumar su crimen.

[20] Una de ellas dice:—Los lazos de la sangre nos obligan a no considerar ningún peligro cuando se trata de tu bienestar. No conocemos más que un medio de salvación; largo tiempo lo hemos reflexionado: helo aqui: toma un puñal bien afilado, afina todavía su filo pasándolo suavemente por la palma de la mano, y ocúltalo secretamente en tu cama, en el sitio exacto donde tú te acuestas. Procúrate una lámpara, llenada completamente de aceite para que brille con luz viva, y colócala detrás de la cortina que os cubre. Estos preparativos debes hacerlos en el mayor misterio. Cuando él haya entrado y, tendido en la cama, disfrute las dulzuras del primer sueño, que reconoceráás en su respiración profunda, salta tú del lecho: descalza y de puntillas, muy quedamente, despacio, saca la lámpara del obscuro rincón en que la habrás dejado y aprovecha las índicaciones que te dará su luz para reconocer el momento oportuno para llevar a cabo tu atrevida empresa. Entonces, empuñando el arma de doble filo, levanta con decisión la mano, y con vigoroso esfuerzo, hiere a esta terrible serpiente de manera que separes su cabeza del cuello. Nosotras te ayudaremos; en cuanto hayas asegurado tu salvación con su muerte, nos apresuraremos a venir a tu lado y te sacaremos de aquí, llevándonos contigo todas estas riquezas. Y con un himeneo, conforme a tus deseos, te enlazaremos, humana criatura, con un marido de tu condición.

[21] Estas incendiarias palabras comunicaron su fuego al corazón de Psiquis; púsose furiosa, y entonces ellas la abandonaron, temerosas de permanecer cerca del teatro de tan sangrienta tragedia. La suave brisa que las transporta, ordinariamente, las conduce más allá de la roca, y, rápidamente, escapando con la velocidad del rayo, emprenden su camino y desaparecen.

»Pero Psiquis, que ellas han dejado sola, no queda sola ya; las despiadadas Furias la persiguen, y las ideas de desesperación, hierven ya en su corazón como las olas del mar. A pesar de su firme decisión, mientras sus manos disponen los criminales preparativos, duda aún. La resolución se debilita, mil sentimientos la agitan: la impaciencia, la indecisión, la audacia, el terror, la desconfianza, la cólera; y, en resumen, en un mismo ser, detesta el repugnante reptil y adora al esposo. Declina el día, y se apresura a disponer lo necesario, para el crimen. »Llegó la noche y también el esposo. Después de una primera victoria en amorosa lucha, se ha rendido a un profundo sueño.

[22] Entonces, Psiquis, que sentía por momentos desfallecer su fe, y su alma y su cuerpo, fue reanimada por la implacable Fatalidad. Robusteciose en su decisión; va a buscar la lámpara y enarbola el puñal. La audacia ha cambiado su sexo. Ya la luz, que se acerca, ha iluminado el secreto esposo. ¡Qué espectáculo! Psiquis ve, entre todos los monstruos, al más dulce, al más amable: es el mismo Cupido en persona; es este dios tan hermoso que descansa en el más dulce abandono. Ante esta visión, la misma lámpara avivó solícita su luz, y el hierro del sacrilego puñal hizose más radiante. »Este cuadro anonadó a Psíquis, fuera de sí, el rostro convulsivo, pálida, temblorosa, dejose caer de rodillas. Intenta ocultar el arma, hundiéndola en su seno: y lo habría hecho, ciertamente, si el acero, ante tan creul atentado, no hubiese resbalado de sus imprudentes manos. A pesar de su abatimiento y su desespero, sosegose poco a poco su espíritu, y tranquilizose completamente, cuando hubo contemplado repetidas veces la suavidad de este divino rostro. »Admira esta radiante cabeza, esta noble cabellera perfumada de ambrosía, este cuello blanco como la leche, estas mejillas deslumbrantes de frescura y salpicadas de graciosos bucles, mientras otros descansan sobre la frente y la nuca. Es tan refulgente su brillo, que la luz de la lámpara palidece. En las espaldas de este dios revoloteador, brillan dos pequeñas alas de delicadeza exquisita, donde el encarnado de la rosa armoniza con el blanco del lirio. Aunque están en reposo, el dulce y suave plumón que las festonea se agita ligeramente con tierno murmullo. El resto de su cuerpo es brillante y bruñido como marfil, hasta tal punto, que la misma diosa Venus puede estar orgullosa con tal hijo. »Al pie de la cama reposaba el arco, el carcax y las saetas, dóciles instrumentos de este poderoso dios.

[23] Psiquis se abismó en su contemplación. En su curiosidad examina, maneja y admira las armas de su esposo: salta una flecha del carcax y ensaya su punta en el pulpejo del pulgar. Al sostenerla tiemblan sus dedos: ha hecho, sin embargo, un ligero esfuerzo, y se hunde lo bastante para que en la superficie de su piel aparezcan algunas gotas de rosada sangre. Y Psiquis, sin saberlo, se obliga a enamorarse del amor, y queda encadenada por la más ardiente pasión a aquel que hace nacer las pasiones. Inclinose ávidamente sobre él, con la boca amorosamente entreabierta, y le prodiga fogosamente los más tiernos y rendidos besos, pero con gran temor de interrumpir sa sueño. »Embriagada con tantas delicias, herida en el corazón, su alma vaga indecisa. De pronto, la lámpara (¿fue negra, perfidia?, ¿fueron culpables celos?, ¿fue el deseo de tocar tan maravilloso cuerpo y, en cierto modo, besarlo?) deja caer una gota de ardiente aceite sobre el hombro derecho de la divinidad. ¡Lámpara audaz y temeraria! ¡Ah!, ¿no era sobrado honor para ti rendir tu misión al amor? Quemas al dios que encieudeSe toda llama, tú, que fuiste inventado por un amante para gozar, aun en la noche, de adorados encantos. »Al dolor de la quemadura, despertó el dios con sobresalto, y al ver que han hecho vil traición a su secreto, remonta el vuelo sin proferir una sola palabra, para escapar de las manos y las miradas de su esposa.

[24] Pero Psiquis, en el mismo instante de imciar el vuelo, se agarró fuertemente con ambas manos a la pierna derecha de la deidad. La infortunada recorre con él la aérea carrera, no le abandona, atraviesa las altas nubes; pero, fatigada al fin, se deja caer, resbalando dulcemente, hasta llegar al suelo. El dios, que todavía la adoraba, no la dejó abandonada; voló a lo alto de un cercano ciprés, y así le habló, profundamente emocionado: »—Inocentemente, Psiquis, olvidé yo los mandatos de mi madre; en vez de inspirarte, según su deseo, una fuerte pasión para un hombre plebeyo y sin fortuna, en vez de condenarte a un indigno matrimonio, preferí volar hacia ti como amante. En esto obré ligeramente, ya lo sé, y el dios, cuyas flchas son tan lisonjeadas, se ha herido con sus propias armas: hice de ti mi esposa. ¿Qué razón hay para que vieras en mí un monstruo?n ¿para que tu amo [¿mano?] cortase con el acero una cabeza animada por ojos que te adoran? ¡Cuántas veces he invocado tu prudencia! ¡Cuántas benévolas advertencias te he prodigado!... Tus dignas consejeras no tardarán en expiar las perniciosas lecciones que te han dado. En cuanto a ti, he aquí tu castigo; mi huida. Y se remontó por los aires, desapareciendo de Psiquis.


[25] »Arrodillada en tierra, siguiendo cuanto pudo con sus ojos el vuelo de su esposo, exhalaba en amargas lamentaciones el llanto de su corazón. Cuando con veloz impulso huho franqueado el dios una larga distancia hasta perderse de vista, corrió Psiquis precipitadamente a arrojarse al cercano río. Pero el indulgenle río, en honor, sin duda, al dios que inflama las mismas aguas, y también por un sentimiento de miedo, la levanta en sus ondas sin causarle daño alguno y la coloca suavemente sobre el florido césped que decora sus orillas. »En tal momento, por casualidad, el rústico dios Pan estaba sentado en un cerro próximo al río. Habíase provisto de unas cañas que dieron origen a la ninfa Canna, y reuniéndolas, le enseñaba a reproducir toda suerte de sonidos. Cerca de la orilla jugueteaban las cabras paciendo y retozando sobre la hierba. El dios de los pies de macho cabrío vio a Psiquis doliente y abatida. Sabía, ya su aventura y llamándola tiernamente le prodigó consoladoras palabras:—¡Pobre, niña! Yo no soy más que un campesino, un pastor de cabras, pero mis dilatados años han originado valiosa experiencia. Pues bien, si no me engañan mis conjeturas (que es precisamente lo que los sabios llaman el don de adivinación) este paso incierto y vacilante, esta excesiva palidez de tu rostro, estos continuos suspiros y estos ojos anegados en lágrimas delatan claramente un sufrimiento amoroso. Y siendo así, óyeme: no persistas en quererte dar la muerte violenta. Seca tus lágrimas: calma tu dolor y, cuanto antes, ofrece el homenaje de tus oraciones a Cupido, el más poderoso de los dioses. Como es joven, voluptuoso y sensible, una tierna sumisión te ganará su favor.


[26] »Así habló el dios pastor. Psiquis no le respondió; únicamente le adoró como una divinidad protectora y siguió su camino. Después de andar fatigosamente largo rato siguiendo un sendero desconocido fue a salir cerca de una ciudad donde reinaba el marido de una de sus hermanas. Psiquis, al darse cuenta de ello, hizo anunciar su llegada a esta hermana. La recibió en seguida y hechos los cumplidos y las caricias del caso, le preguntó el motivo de su presencia. Psiquis habló así:

»—Sin duda recuerdas el consejo que me diste junto con la otra hermana; me dijisteis que un monstruo, con falso nombre de marido, pasaba las noches conmigo y me persuadisteis a que le matase con un puñal de doble filo, antes de que devorase a la infeliz Psiquis. Yo hallé prudente vuestra proposición, pero cuando acerqué a su rostro la lámpara que debía alumbrarme, quedo atónita ante tan maravillosa y sobrenatural visión; era el hijo, el propio hijo de la misma Venus; era Cupido mismo que descansaba en apacible sueño. Enajenada por el encanto arrobador de tal espectáculo y turbada por un acceso de violento amor, no pude refrenar mis impetuosos deeos. De pronto, ¡horrible infortunio!, la lámpara dejó caer una gota de hirvienle aceite sobre su hombro. Despertole el brusco dolor y viéndome armada, con hierro y fuego: «Márchate, me dijo: tu crimen es odioso; abandona al instante mi lecho y vete con lo tuyo. Contraeré matrimonial enlace con tu hermana (y pronunció tu nombre) y le ofreceré los acostumbrados presentes para sancionar este himeneo. Y ordenó en seguida a Céfiro que me llevase fuera de su morada.

[27] »No había terminado todavía Psiquis cuando la otra, excitada por la loca pasión y la criminal envidia que la atormentaba, inventó una mentira para engañar a su esposo, y pretextando la muerte de unos parientes se puso en camino inmediatamente. Llegó jadeante a la roca y, aunque en aquel momento la brisa era contraria, cegada por la impaciencia: «Recíbeme Cupido, recibe una esposa digna de ti, gritaba orgullosa, y tú, Céfiro, conduce a tu soberana. Y se arrojó con furia al espacio. Pero no llegó al valle. Las angulosas rocas destrozaron su cuerpo y dispersaron sus miembros. Obtuvo la muerte que merecía. Sus dispersas entrañas ofrecieron pasto a las aves de rapiña y a las fieras.

»El castigo de la segunda hermana no tardó en llegar. »En efecto, Psiquis prosiguió su errante peregrinación y llegó a la ciudad donde vivía la otra hermana. Aguijoneada por una falaz historia y desesperada para [por] sustituir a la hermana menor con un criminal enlace corre a la roca con gran prisa, precipítase como la otra y tiene el mismo final.


[28] »Mientras Psiquis da la vuelta al mundo sólo pensando en encontrar a Cupido, éste, enfermo de la herida, gemía sepultado en el lecho de su propia madre. Entonces fue cuando este pájaro blanco que nada besando con sus alas la superficie de las olas, la gaviota, se decidió a hundirse en el agua. Fue a encontrar a la nermosa Venus, que se bañaba nadando en el fondo del Océano, y refugiándose a su lado le hizo saber que su hijo estaba gravemente herido de una quemadura, y agobiado de pena. Que estaba en cama, con pocas esperanzas de curación; que todo el universo murmura y profiere lujuriosas lamentaciones; que se habla mal de Venus y de su familia sin que nadie de ella se deje ver mientras el hijo pasa la vida en el monte con una mujer de mala vida y la madre se divierte bañándose bajo las olas; entretanto ni voluptuosidad, ni gracias, ni jugueteos amorosos; todo abandonado; todo adquiere carácter salvaje y hosco. Ya no hay bodas, ni casamientos, ni matrimonios bien avenidos, ni rubicundos niños. Reina un increíble desorden, se hacen los juramentos con escandaloso desdén. »Así vino a herir los oídos de Venus, difamando a su hijo, este pájaro parlanchín, que es la curiosidad encarnada. »Venus, encolerizada, respondió:—¡Así, pues, mi excelente hijo tiene ya una querida! Hazme saber, tú, el único que con fidelidad me sirves, hazme saber, te digo, el nombre de la que ha chiflado a un chiquillo imberbe e inocente. ¿Es alguna de las Ninfas? ¿Alguna Hora? ¿Alguna Musa? ¿Una de las Gracias que están a mi servicio?

El locuaz pájaro no se hizo esperar:—Señora, le respondió, no lo sé a punto fijo: pero creo que es una muchacha que, si mal no recuerdo, se llama Psiquis. Está enamorado de ella locamente.—

¡Cómo! ¿Es posible, exclamó Venus indignada, que ame a esta Psiquis, rival de mis encantos, y que pretende arrebatarme el nombre? ¡Es decir, que el imbécil cree que soy una tercera, y que precisamente le hice conocer a esta muchacha para que se enamorase de ella.

[29] »Esto murmurando, sale precipitadamente del mar y se dirige al instante a su magnífico palacio. Encontrando a su hijo enfermo, como le han dicho, empieza a gritar ya desde la puerta:—¡He aquí una honrada conducta, excelente para recomendar mi familia y tu moralidad! ¡Buen principio! ¡Empezar pisoteando las órdenes de tu madre, de tu reina! ¿Por qué no has avergonzado a mi rival con un amor indigno? ¿Y te parece decente que un chiquillo de tu edad la tome por esposa? ¡Eres demasiado joven para querer imponerme una nuera que sea rival mía! Sin duda te habrás creído, petimetre, conquistador en agraz, tiranuelo ridículo, que sólo tú puedes hacer chiquillos y que yo ya pasé la edad para ser madre. Pues tengo mucho gusto en participarte que tendré pronto otro hijo que valdrá mucho más que tú. Y, finalmente, para mayor verguenza tuya, adoptaré a uno de mis lacayos; y a él le daré tus alas, tu antorcha, tu arco y tus flechas. Es un armamento de mi propiedad y no te lo confié para que lo empleases según estás haciendo. No creas que todo ello haya sido pagado con la fortuna de tu padre.

[30] Pero has sido muy mal criado desde chiquitín y has tomado mucha petulancia. ¡Cuántas veces no has castigado con irreverencia a los que tienen más años que tú! A mí misma, a tu madre (parricida), ¿no me aguijoneas cada día? ¿No me has herido mil veces? ¿No me has despreciado, como si no tuviera marido conocido? ¿Y no tienes miedo a tu padrastro, que es un aguerrido militar? Pero, ¡cá! Para hacerme rabiar te portas galantemente con él y le procuras muchachas. ¡Ah! Ya te haré yo arrepentir de tus calaveradas. Este casamiento que has hecho te va a escocer. No sera todo miel. »Y ahora, ¿qué me queda para hacer, si soy la burla de todo el mundo? ¿Dónde me he de ocultar? ¿Cómo he de castigar a esta víbora? Para satisfacer los caprichos de este muñeco, ¿habré de implorar el auxilio de la Sobriedad, mi eterna enemiga? ¿He de ir a hacer buenas migas con una mujer tan tosca, y desaliñada? Tiemblo al pensarlo. No obstante, la venganza trae consuelo, y no quiero desdeñarlo. Sí, apelaré a la Sobriedad y a nadie más. Ella castigará como Dios manda a ese pillín; vaciará tu carcax, desarmará tus flechas, quitará la cuerda del arco y apagará tu antorcha. Y en cuanto a tu cuerpo, ya caerá bajo su poder, por medios más o menos violentos. »La expiación de mi injuria no será completa hasta tanto que te habrá rapado estos cabellos, cuyos dorados bucles tantas veces he acariciado, hasta que te habrá cortado estas alas, que empapé con el néctar de mi seno. [31] »Y dicho esto, salió furiosa de su palacio. La cólera le removió la bilis y, ¡que cólera la de Venus!... Encontró a Ceres y a Juno que, al verle tan encendido el rostro, le preguntaron la causa de este feroz aspecto, que tanto enturbia sus encantos y el brillo de sus hermosos ojos.—Llegáis a propósito, les dijo; mi corazón está tan exaltado, que cometería cualquier locura. Os suplico que pongáis toda vuestra diligencia en encontrar a Psiquis, que ha huido, no sé adonde. Porque, sin duda, que no ignoráis el famoso escándalo que trastorna mi casa, así como la fuga del que ya no quiero llamar mi hijo. »Entonces las diosas, enteradas ya de lo que ocurría, procuraron calmar la violenta excitación de Venus.— Pero, ¿qué irreparable daño, señora, ha cometido vuestro hijo, para oponeros así a sus gustos e intentéis [intentar] perder a su adorada? ¿Qué crimen es, por favor, el enamorarse de una linda muchacha? ¿No sabéis qué cosa es un mozo adolescente? ¿No os acordáis ya de esta edad? ¿Creéis que todavía es un chiquillo, porque tiene aire infantil? Y como madre, como mujer de talento que sois, ¿querréis siempre vigilar atentamente sus amoríos, reprocharle sus galanterías, contrariar sus inclinaciones y prohibir a este precioso muchacho vuestras prácticas y vuestros goces? ¿Qué dios, qué mortal sufrirá que mientras disemináis por todos los pueblos los más tiernos deseos, prohibáis el amor a vuestro hijo y le castiguéis su pasión por las mujeres? Esto todo el mundo lo hace. De esta manera, las diosas, temerosas de las flechas de Cupido, desempeñaban la misión de defender al ausente, a quien querían tener propicio. Pero Venus, indignada de que tomasen a broma la afrenta que la humillaba, abandonó su compañía y emprendiendo de nuevog su precipitada marcha, encaminose al mar.

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