Metamorfosis o El Asno de Oro (Vega y Marco)/Libro VII

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APULEYO

EL ASNO DE ORO (LAS METAMORFOSIS)

Traducción española de Jacinto de la Vega y Marco

Valencia-Madrid, s.a. (¿1909?)


LIBRO SÉPTIMO


[1] Cuando se disiparon las tinieblas para dejar paso a la aurora, y el refulgente carro del Sol iluminó la naturaleza, vimos llegar a un compañero de los ladrones, según pude conocer por la afectuosa acogida que se le dispensó. Sentose al portal de la cueva, tomó aliento (pues llegaba jadeante), y comunicó a toda la cuadrilla las siguientes noticias: »En cuanto al domicilio de Milon, este ciudadano de Hipatia [--] que hemos saqueado últimamente, podemos ahorrar la inquietud, y vivir tranquilos. Kn efecto, una vez os hubisteis apoderado de nuestra presa y cargasteis valientemente con todo el botín, yo, afectando la sorpresa y la indignación que sentía todo el mundo, me uní a los grupos que formaba la gente. Quise saber de qué modo intentaban aclarar el suceso, si se decidirían a perseguir a los bandidos y hasta qué punto extremarían sus pesquisas. Mi objeto era teneros al corriente de todo, según me habíais ordenado. Indicios fehacientes, con gran aspecto de probabilidad, hacían converger las unánimes sospechas de la gente, sobre un individuo llamado Lucio, y le acusaban como autor manifiesto del atrevido golpe. Decíase que pocos días antes, mediante falsas cartas de recomendación, se había captado las más vivas simpatías de Milon, engañado por las trazas de tan honrado ciudadano; que se había alojado en la casa y era tratado como amigo íntimo; que pasó allí varios días, y que, enamorado de la criada, a la que fingió eterno amor, había examinado minuciosamente todos los cerrojos y tenía hecho exacto inventario de los escondites donde Milon acostumbraba guardar sus tesoros.

[2] Otro indicio evidente de su culpabilidad: la misma noche del robo, en el preciso instante, escapó de la casa y nada se ha sabido de él. Se ha notado también, que para huir más rápidamente y evitar a sus perseguidores llevándoles gran ventaja, se procuró todas las facilidades, para lo cual llevó consigo un caballo blanco que le servía de cabalgadura. Además, añadió, el criado del tal Lucio fue hallado en la casa y esperando que revelaría los criminales propósitos de su amo, fue encarcelado por mandato del juez. Al día siguiente fue sometido a larga tortura, y fue mutilado hasta dejarle casi muerto, sin que confesase nada que diera luz alguna. Han sido enviados muchos emisarios al pueblo de Lucio para capturarlo y entregarlo a la justicia. Durante el discurso del bandido, la comparación que yo estaba haciendo entre mi primitivo estado y mi infortunio actual, entre los tiempos en que era un feliz y jovial Lucio y mi condición presente de borrico, arrancábame los más profundos suspiros. No es una ficción quimérica, no, decía para mis adentros, la alegoría con que los antiguos moralistas representaban a la Fortuna ciega. Siempre protege a los malos y a los indignos; nunca sabe elegir juiciosamente. Por el contrario, siempre otorga su gracia a quien menos debía dársela si tuviese buena vista. Y lo más escandaloso es que reparte la fama al azar y casi siempre absurdamente. Un redomado pillo disfruta gloriosamente de una reputación de probidad, y un inocente es difamado por los mismos culpables.

[3] Y así resulta que yo, por la cruel persecución de esta diosa, he debido transformarme en cuadrúpedo de la última categoría, y yo, cuyas desdichas deberían excitar la compasión del más empedernido criminal, soy acusado de robo en la persona de un huésped tiernamente estimado por mí. Crimen que debiera ser calificado, no ya de robo, sino de verdadero parricidio. Y no obstante, estoy privado de defenderme y aun de negar el hecho. Últimamente, para que no se atribuyera mi silencio al remordimiento, y no pareciese una confesión del terrible crimen de que me acusaban, quise, en un momento de impaciencia, gritar: «No, no soy culpable.» Y, con efecto, logré perfectamente pronunciar la primera palabra varias veces, con enérgica voz, pero me fue absolutamente imposible pronunciar las restantes palabras. Me detuve en la primera sílaba, repitiendo cinco o seis veces, no, no... pero a pesar de mis esfuerzos para redondear mis colgantes labios, no pude maniobrarlos como era menester. Pero, ¿para qué quejarme ya más de la Fortuna, cuando había tenido la desfachatez de someterme a la misma esclavitud, al mismo yugo que a mi caballo blanco?

[4] Mientras flotaba en tales devaneos, recordé algo muy importante. Recordé la decisión de los bandidos que habían resuelto inmolarme en los manes de la muchacha. Varias veces, al mirarme la barriga, me imaginaba estar pariendo ya a esta infortunada. En esto, el que había calumniado tan gravemente mi nombre, sacó mil escudos en oro que traía ocultos en el embozo del vestido. Los había robado, según dijo, a varios viandantes, y su probidad le obligaba a depositarlos en la caja común. Enterose luego, con afán, de la salud de sus camaradas. Al saber que algunos, los más valientes precisamente, habían sucumbido en diversas aventuras, todas heroicas, expuso la conveniencia de dejar una temporada en paz a las carreteras y caminos, dar tregua a los asaltos, y ocuparse exclusivamente en reclutar compañeros, refrescar el personal y completar el cuadro variando el reglamento de la marcial cuadrilla. Dominar a los cobardes con el terror y ganarse a los arrojados y audaces con recompensas. Y muchos esclavos renunciarían a su miserable condición, para dedicarse a una profesión cuya independencia rivaliza con la de los reyes. «Por mi parte, añadió, hace algunos días que estoy conquistando a un muchacho alto y muy robusto. A fuerza de sermones, le he decidido a sacudir su inveterada pereza y adoptar una vida honrada.—Mientras es hora, le dije, aprovecha la robustez, que es una inapreciable condición: un brazo vigoroso no debe alargarse para pedir limosna, sino ejercitarse en ganar el oro a montones.»


[5] Estas palabras provocaron un consentimiento unánime. Decidiose admitir al neófito, sin más prueba, y reclutar gente con que completar la cuadrilla. Salió el bandido y entró nuevamente, a los pocos instantes, acompañando a un nombre (un verdadero gigante, como había anticipado), con el cual no podía compararse ninguno de los presentes. Levantaba más de un palmo sobre el más alto de ellos. Sus mejillas empezaban a sombrearse con el naciente bozo, e iba cubierto con desiguales andrajos, mal compuestos, que apenas le cubrían y que sólo con encarnizada lucha podían retener su desarrollado abdomen y su vigoroso pecho. Entró y dijo: «Salud, favoritos del dios Marte, que a partir de hoy seréis mis fieles compañeros de armas. Aceptadme con el mismo placer con que yo me presento a vosotros. Soy hombre resuelto y de corazón, que más prefiere levantarse a recibir heridas que doblarse a recoger oro, y cuyo valor se multiplica prodigiosamenle ante la muerte, que otros tanto temen. No creáis que sea yo un pordiosero o un plebeyo cualquiera. No juzguéis mis méritos por estos harapos. Yo he sido jefe de una intrépida cuadrilla, que ha devastado la Macedonia entera. Soy un famoso bandido, Hemus de la Tracia, a cuyo nombre se estremecen de horror provincias enteras. Fue mi padre Terón, famoso bandido. Amamantado con sangre humana, criado entre su gente, soy heredero y émulo de su valor.

[6] Pero un instante perdí a mis bravos compañeros y el formidable poder que constituían. Ataqué, de noche, a un antiguo intendente de la hacienda imperial, destituido por haber caído en desgracia... Pero, para explicaros esta aventura, hay que proceder con orden. »Hubo en la corte de César un personaje tan apreciado como célebre por sus numerosos servicios, y que el mismo emperador honraba con su particular afecto. Malévolas acusaciones, provocadas por la envidia, fueron causa de su destierro. Su mujer Plotina, mujer de rara fidelidad, de virtud ejemplar y madre de diez hijos, renunció con desdén a los placeres y el lujo de la ciudad, para acompañarle en su huida y asociarse a sus infortunios. Cortóse los largos cabellos, cambió sus vestiduras por otras de varón, ciñose el cuerpo con cinturones llenos de monedas de oro y con sus más preciosos collares, y compartió con él todos los peligros, intrépidamente. La salvación, de su esposo le excitaba a una vigilancia y un celo siempre constantes; las más asiduas fatigas no abatían su varonil coraje. »Después de sufrir infinitas contrariedades durante el camino y numerosos peligros por mar, condujeron al desterrado a Zacyntia [--]. Era el punto designado en fatal decreto.

[7] Desembarcaron en las playas de Accio, país que, de regreso de la Macedonia, estamos saqueando actualmente. Como llegaron de noche, hubieron de alojarse en un humilde mesón, próximo al mar. Caímos sobre él y lo robamos todo. Pero sólo pudimos emprender la retirada después de correr un gravísimo riesgo. En efecto, en cuanto Plotina percibió ruido en la puerta, saltó animosamente en mitad de la habitación y todo lo puso en alboroto con sus repetidos gritos, despertando a los soldados, llamando a los criados por sus nombres y pidiendo socorro a los vecinos. Y sin el miedo de todos ellos, que no se atrevían a salir de sus escondites, no nos hubiéramos retirado impunemente. »Pero pronto esta mujer admirable, esta esposa ejemplar (hay que confesarlo), se hizo tan interesante por su noble conducta que, habiéndolo solicitado del emperador, obtuvo para su marido la rehabilitación y para nosotros una promesa de plena venganza. »En una palabra, César no quiso que persistiera la cuadrilla de Hemus, y fue aniquilada. ¡Tal poder tiene la menor voluntad de un príncipe! Toda mi gente huía, extraviada; perseguida por los soldados, fue deshecha. Sólo yo, tras grandes fatigas, logré escapar de las fauces del Averno. He aquí de qué modo:

[8] Púseme un vestido de mujer, con largas y flotantes faldas, cubrí mi cabeza con una gorra de punto, me calcé con zapatos blancos y finos, como las damas, y disfrazado con femenil aspecto, me senté sobre un asno cargado de gavillas, y hui a través de los soldados que me perseguían. Éstos, creyéndome la mujer de un arriero, me dejaron pasar libremente. Precisamente, mis mejillas, sin asomo de vello, tenían entonces la frescura y suavidad de la infancia. »No desmentí, sin embargo, la gloria de mi padre, ni mi valor personal. Aunque rodeado de armas enemigas y con grave exposición, aproveché mi disfraz para saquear, yo solo, varias cabañas y castillos. así logré reunir algunos fondos para el viaje.–Y desciñendo sus andrajos, dejó caer ante sus atónitos ojos dos mil escudos en oro.—He aquí una pequeña gratificación para vuestra gente, o, mejor, el dote que pago espontáneamente. Si no lo desdeñáis, me ofrezco a serviros de jefe; contad con mi buen celo y pronto habremos cambiado las piedras de esta cueva en puro y reluciente oro.»


[9] No hubo vacilación alguna; de común acuerdo fue nombrado, por unanimidad, jefe de los bandidos. Ofreciéronle un traje presentable y tiró sus harapos, poco antes forrados en oro. Y así metamorfoseado, dio el abrazo a todos. Sentóse luego en una almohada de honor, desde cuyo sitial inauguró su mando con un banquete y abundantes libaciones.


Hablose de todo. Supo la huida de la muchacha, el servicio que le presté llevándola a cuestas y la monstruosa muerte a que nos habían sentenciado. Hízose acompañar junto a la cautiva, viola fuertemente atada, y al retirarse dijo, haciendo una mueca de disgusto: «Claro está que no he de ser tan temerario ni déspota que me oponga a lo que habés resuelto, pero para aliviar mi conciencia de acusadores remordimientos, no puedo disimular mis pensamientos. Ante todo, estad persuadidos de que sólo me guía el interés que por vosotros siento, y, por otra parte, si os disgusta, mi proposición, dueños sois de hacer lo que queráis. Creo que los bandidos (por lo menos los que presumen de decentes) nada deben preferir al negocio, ni aun la venganza; porque a veces resulta perjudicial para ellos mismos. Así, pues, si enterráis a la muchacha dentro del asno, habréis desahogado vuestra cólera sin sacar provecho ninguno. Mi opinión es que debemos llevarla a la ciudad y venderla; y por una niña de sus prendas se puede pedir una bonita suma. Yo conozco varios traficantes que, con seguridad, pagarán con hermosos escudos contantes y sonantes el precio que exijáis, como es de justicia, de una prisionera tan bien nacida. La encerrará en una casa de esas que ya conocéis, y no es fácil que escape en su vida. Y una vez entregada a tan deshonrada vida, ¿creéis que no habréis alcanzado buena venganza? En conciencia, esta es mi proposición, y creo que es la más ventajosa. Pero vosotros sois dueños de vuestros actos y dueños de lo que os pertenece.»

[10] Así, pues, como abogado fiscal de los bandidos, pleiteaba nuestra causa y buscaba, como dignísimo caballero, la salvación de la muchacha y del borrico. La deliberación fue empeñada, y la lentitud con que se decidían a tomar una resolución me torturaba el alma y acababa de aniquilar mi mísera existencia. Por fin, consintieron; aceptaron la opinión del novato bandido y al punto desataron a la muchacha. Esta, por lo demás, en cunato vio al gallardo bandido y oyó hablar de malas casas y tercerías, echose a reír con muestras de viva alegría, hasta el punto de inducirme a acusar justamente a todo el sexo femenino. «¡Cómo!, decía yo, he aquí una muchacha que fingía amor para un joven pretendieme, que hablaba de un casto himeneo, que hacía el papel de desconsolada esposa y al sólo nombre del vicio, de sus vergonzosas e inmundas madrigueras, ya está reventando de alegría.» De esta suerte, la especie femenina y su moralidad estaban sometidas a la censura de un asno. El joven tomó por segunda vez la palabra: «¿Por qué no celebramos una fiesta en honor de Marte, nuestro patrón, a fin de que nos ayude a vender a esta chica y a reclutar nuevos camaradas? Pero, según veo, no tenemos aquí un solo animal que sacrificar ni bastante vino para beber a discreción. Pues bien, traedme diez camaradas y tengo bastantes para atacar el cercano pueblo, y os procuraré un verdadero festín de sacerdotes salios.» Partió para ese objeto, mientras los otros preparan una gran hoguera y levantan un altar de verde, musgo para el dios Marte.

[11] Pronto llegaron los merodeadores llevando pellejo de vino y conduciendo ante sí un rebaño. Escogieron un macho cabrío, el mayor, el de vellón más recio y lo ofrecieron como víctima a Marte, «que nunca abandona». Inmediatmente empezaron los preparativos para un copioso festín. El extranjero habló así: «Quiero probaros que soy digno de ser vuestro jefe, no solamente en las correrías y saqueos, sino cuando se trata de placeres.» Y echando mano a las provisiones, prepara en un momento la comida. Limpia, lava, pone la vianda a la lumbre, arregla las salsas, sirve los manjares gallardamente, y en especial el vino, que reparte generosamente. A intervalos, con pretexto de buscar utensilios para guisar, hacía frecuentes visitas a la prisionera, le llevaba comida que retiraba secretamente y le ofrecía muy amablemente copas de vino. Ella lo aceptaba contentísima, y cuando el depositaba un beso en sus mejillas, ella se apresuraba a devolvérselo con igual cariño. Esta franqueza me disgustó soberanamente. ¡Vaya, vaya!, decía yo. ¿Has olvidado, niña, tu matrimonio, y el amante con quien estas comprometida? ¿Así, pues, prefieres un matachín, empapado en sangre, un aventurero, al digno esposo que tus padres te reservaban? ¿Y no te atormentan los remordimientos? ¿Y puedes, hollando tus afectos, prostituirle con el corazón tranquilo, entre estas lanzas y espadas? ¿Y que ocurrirá si el resto de la cuadrilla se entera del lío? Entonces vendrás nuevamente en busca del asno y prepararás por segunda vez mi suplicio. Eso es jugarse la piel del vecino.


[12] Mientras me entregaba a estos razonamientos calumniosos y a una indignación exagerada, oí algunas palabras a media voz que supe interpretar, como asno inteligente, por las cuales vine en conocimiento de que no nos las habíamos con Hemus, el famoso bandido, sino con Tlepolemo [--], el novio de la muchacha. En efecto, animáronse en su conversación sin recelar de mi presencia, como si yo fuese ya un difunto. «Anímate, Carita [--], mi adorada Carita, decía él. Todos estos bandidos, enemigos tuyos, pronto caerán prisioneros.» Y redoblaba su interés por ellos, haciéndoles apurar mucho vino puro, preparado por él. Aunque rendidos por el desorden y agobiados por la borrachera, no cesaba de azuzarles conservando él su sangre fría, hasta el punto (debo decirlo) que sospeché si mezclaba algún narcótico al líquido. Por ultimo, todos, absolutamente, yacían a disposición de quien quisiera cargar con ellos, sepultados en la borrachera. Entonces con gran facilidad les ató fuertemente, y subiendo a la muchacha sobre mí, nos encaminamos a su país.

[13] Antes de llegar a la ciudad, salieron a recibirnos todos los habitantes a gozar de un espectáculo tan vivamente deseado. Vinieron a abrazarles sus padres, sus parientes, deudos, vasallos, criados; todos contentos, todos alegres. Era un cortejo de todas edades y sexos. Y realmente, ¡por Hércules!, era desconocido y nuevo espectáculo ver una virgen en triunfo sobre un asno. Yo también tomando parte en el alborozo general y no queriendo desentonar de los demás, como si fuera indiferente a lo que ocurría, alargué las orejas, hinché las narices y bramé vigorosamente: pareció oírse resonar al trueno.


La muchacha fue llevada a su casa donde sus padres la cuidaron amorosamente. Yo, en compañía de gran cantidad de ciudadanos, di alegremente media vuelta guiado por Tlepolemo, digo alegremente porque además de mi curiosidad habitual deseaba vivamente presenciar la detención de los bandidos. Les hallamos atados, todavía, por las cuerdas y el vino. Sacaron fuera de la cueva todo su contenido, y nos cargaron de oro, plata y otros objetos preciosos. En cuanto a los ladrones, arrastraron a algunos de ellos, atados como estaban, hasta las vecinas rocas y desde lo alto los despeñaron. A otros les cortaron la cabeza con su propia espada y los dejaron allí mismo. Después de estas represalias, que me causaron viva satisfacción, regresamos alegres a la ciudad. Los caudales en cuestión pasaron al tesoro público y Tlepolemo entró en posesión jurídica de la esposa que supo rescatar.

[14] Desde este momento la recién casada me rodeaba profusamente de minuciosos cuidados, llamándome su salvador. El día de la boda dio orden para que se me diera abundante ración de cebada y para que me sirviesen heno bastante para un camello de la Bactriana. Y, sin embargo, cuántas maldiciones, cuan merecidas imprecaciones no debía yo vomitar contra Fotis, por haberme convertido en asno y no en perro. Étos, por lo menos, se regalaban hasta reventar con los restos de una suculenta comida. La joven esposa dejó pasar una sola noche, la de las primeras lecciones del placer amoroso; en lo sucesivo de dejó de recordar a sus padres y a su marido toda la gratitud que la unía a mí, hasta que le prometieron tratarme del modo más honroso posible. Llegaron a convocar a los amigos de más talento para que aconsejaran lo mejor que podía hacerse para recompensarme dignamente. Uno de ellos opinaba que debían tenerme guardado en la casa, sin hacer nada, sobre un lecho de cebada, alimentándome de arvejas y habas. Pero adoptaron otra proposición; opinaron [optaron] por darme la libertad, dejándome correr y retozar por el campo en compañía de los caballos «porque así, decían, podrá cubrir a las J yeguas, y, semental generoso, dará a sus dueños numerosos potros.»

[15] Llamaron al mozo que cuidaba las crías y después de grandes recomendaciones me confiaron a él. Debo decir que la satisfacción y la alegría me daban alas para correr. Me veía en adelante libre de cargas y trabajo; había conquistado mi libertad, empezaba la primavera, los prados cubríanse de lozana vegetación y con seguridad encontraría rosas en algunas partes. Estas reflexiones eran sustituidas por las siguientes: Si tantas acciones de gracias, si tantos homenajes me prodigan bajo forma de asno, ¡con cuántos más favores no me honrarían si tuviese figura humana! Pero una vez en el campo, ni me vi en posesión de las delicias que soñaba, ni de la menor libertad. Efectivamente, la mujer del mozo que me había acompañado, la criatura más avara que se ha conocido, me puso bajo el yugo de una muela de molino, y avisándome de vez en cuando con un palo, ganaba el pan suyo y de su familia a costa de mi pellejo. Y no contento con aplicar mis fatigas a su subsistencia, toda vía me obligaba a moler trigo para los vecinos, vendiéndoles mi honrado sudor. Para colmo de desgracias, me negaba, en cambio de tanto trabajo, el rancho convenido. La cebada debía yo molerla y era luego vendida a los campesinos de la comarca. Y después de pasar todo el día amarrado a la máquina, sólo me daban a última hora un pienso sucio, sin cribar y lleno de piedras que me llagaban el paladar.


[16] Estos infortunios me rodeaban cuando la suerte despiadada quiso entregarme a nuevos tormentos. Era, sin duda, para redondear gloriosamente mi bienestar, trabajando mucho y pagándome poco. En efecto, el mozo que cuidaba las crías, permitiome un día, aunque tarde, acercarme a la yeguada. Finalmente, libre y estremeciéndome de alegría, bajo mi piel de asno, emprendí un amoroso trote y escogí las que me parecieron más dignas de hacerlas esposas mías. Pero también tan risueña esperanza debía terminar en una catástrofe, donde peligrase mi cabeza. En efecto, los caballos que por allí pacían y engordaban para la reproducción, y que eran, por otra parte, mucho más vigorosos que un asno, volviéronse celosos de mí. Y para evitar un adúltero enlace, empezaron a perseguirme como rival, con un odio y furor inconcebibles, despreciando así las leyes de Júpiter Hospitalario. Uno, levantando en alto su ancho pecho y erguida la cabeza ensaya contra mí un pugilato con sus patas delanteras; otro, volviendo su musculosa grupa, las emprende a coces conmigo; un tercero, después de avisarme con amenazadores relinchos, me desgarra el pellejo, con dos hileras de blancos dientes... En la historia había leído yo que un rey de la Tracia echaba sus infortunados huéspedes a la rabia y ardor de salvajes corceles. Tirano, déspota y avaro, ahorraba el pienso a los caballos, para que se arrojasen más hambrientos sobre los infelices prisioneros.

[17] Cosa parecida me ocurría a mí con los sementales, de modo que llegué a echar de menos la muela. Pero la fortuna, no satisfecha todavía con mis tormentos, provocó de rechazo un nuevo castigo para mí. Me delegaron para bajar leña del monte, y me tocó en suerte como conductor un muchacho que era el bribón más redomado. No era precisamente la elevación del monte ni la aspereza de sus senderos; no eran los numerosos troncos y guijarros que destrozaban mis cascos lo que más me fatigaba, sino la lluvia de palos con que se complacía en maltratar mi cuerpo, causándome insoportables dolores. Dirigíalos, de preferencia, a mi pata derecha, y a fuerza de machacar en el mismo punto, llegó a hacer desaparecer la piel hasta formarse una dilatada llaga, un gran agujero, una verdadera fosa, o mejor, una ventana. Pero no dejaba por ello de aporrear esta sangrienta herida. En cuanto a la carga con que me agobiaba, es aseguro que era más digna de un elefante que de un asno. ¿Y qué hacía él cada vez que la desigual carga se inclinaba a un lado o a otro? Pues en vez de aliviarme quitando leña del lado que amenazaba ruina, o pasarla siquiera al otro lado para sostener el equilibrio, corregía la desigualdad del peso, añadiendo gruesas piedras donde faltaba.

[18] Pero este cruel tratamiento no le satisfacía aún, por lo visto, y eso que pasaba ya de castaño obscuro. Cada vez que atravesábamos un torrente, que cruzaba precisamente nuestro camino, el ladrón, para no mojarse los zapatos, saltaba sobre mis espaldas; ligero suplemento (¿verdad?) a mi enorme carga. Luego, si por desgracia yo resbalaba al llegar a la orilla opuesta llena de fango, y bajo la insoportable carga vacilaba hasta caer, no creáis que mi amable arriero me ayudase levantando mi cabeza con el ronzal o tirándome de la cola o aligerando la carga para que me pudiese levantar fácilmente. En nada me aliviaba mi desgracia; por el contrario, me cogía por la cabeza, y con preferencia por las orejas, y con un enorme palo me batía cruelmente, hasta que los golpes, a guisa de cordial, vivificaban mis fuerzas. Imaginó todavía la siguiente diversión. Tomo cardos venenosos, de afilada punta, hizo un manojo, y me los ató a la cola ¡Suave suplicio! Al andar, las espinas se agitaban y me herían dolorosamente, con atroces picaduras.

[19] Este daño no tenía remedio; si corría, para escapar a las persecuciones de este malvado, los pinchos me desgarraban: si, para ahorrar este dolor, aflojaba el paso, caían los palos, que era una bendición. En fin, parecía que este pillo sólo tenía una idea: matarme de un modo u otro. Con terribles juramentos, me amenazaba continuamente, y sobrevino, precisamente, una circunstancia, que estimuló todavía mas su detestable malicia a imaginar procedimientos más espantosos aún. En efecto, cierto día en que el exceso de sus malos tratamientos me acabó la paciencia y le solté una enérgica coz, he aquí la venganza que discurrió. Cargome con enorme cantidad de estopa, y atándola fuertemente con cordeles, nos pusimos en marcha. En la primera casa de campo que encontramos pidió un ascua, y la colocó en mitad de mi carga. Pronto se incendió el ligero combustible, elevose el fuego en largas llamas, y pronto me ví rodeado por un voraz incendio. Yo no veía remedio alguno a este accidente, ningún preservativo contra tal peligro. La hoguera no detenía su marcha y sus ímpetus despreciaban mi buen consejo.

[20] En tan desesperada situación, dignose la fortuna dirigirme una bondadosa sonrisa. Ignoro si fue para reservarme a otras pruebas, pero el caso es que me libró de la inminente muerte a que me condenaban. Pues, felizmente, la lluvia caída el día anterior formaba no lejos de allí una pequeña laguna; verla y correr a hundirme en ella fue obra de un instante. Logré apagar completamente el incendio y escapé disparado, libre de la carga y del peligro. Pero ¡quién puede imaginar la maldad de este pequeño monstruo! Echome a mí la culpa de la desgracia, diciendo ante todo el mundo que al pasar junto a una hoguera, me había acercado intencionadamente a ella, para prender fuego a la estopa. Y con burlona sonrisa me decía: «¿Hasta cuándo hemos de mantener inútilmente a este incendiario?»


A los pocos días jugome una mala partida, verdaderamente infernal. En la primera casa que topamos vendió la leña que yo llevaba y, volviéndonos para casa púsose a pregonar que era imposible tratar conmigo, a causa de mi maldad, y que renunciaba al oficio de arriero mío.

[21] «¿Lo veis?, decía el pícaro con voz doliente. Este animal perezoso, cobarde y cien veces asno, después de otros mil escándalos, me pone ahora intranquilo con nuevos peligros. Cuando ve venir alguien por su camino, ved lo que hace: sí es una hermosa dama o una tierna señorita (o, a veces, un muchacho), tira la carga al suelo, a veces arroja la albarda y corre como un loco para embestir, como galán de nuevo cuño, a criaturas humanas. Derriba la persona, y abriendo la boca encima de ellos, intenta voluptuosidades tan monstruosas como desconocidas. Quiere ser esposo de mujeres, aunque se oponga Venus, y para simular imaginarios besos les babea y lastima con su asqueroso hocico. Sus correrías nos originarán querellas, largos pleitos y aun acusaciones criminales. Ahora mismo ha visto una muchacha muy guapa y ha echado a rodar su carga de leña, para dirigirse hacia ella con la impetuosidad de un loco. La ha tendido en el barro y, como tierno galán, intentó montar sobre su cuerpo a la vista de todo el mundo. Si a los gritos y quejas de la mujer, que alborotaba fuertemente, no hubiesen ido a auxiliarla los campesinos, librándola de sus abrazos, allá queda destrozada y hecha polvo la infeliz. El monstruo le habría ocasionado una muerte espantosa, y nos habría dejado bajo el peso de una acusación que lleva aparejada la muerte.»

[22] Con tales mentiras y otras que mi púdico silencio hacía más agravantes, excitó violentamente a los pastores a deshacerse de mí. Uno de ellos, acabó por decir: «¿Qué merece un galán de encrucijada, como este, que sólo vive del adulterio? En expiación de sus monstruosos himeneos, sea muerto como merece. Tú, muchacho, córtale inmediatamente el cuello, echa sus entrañas a los perros y reserva lo restante para comida de los esclavos. En cuanto a su piel, después de endurecerla, espolvoreándola con ceniza, la llevaremos, de nuevo, a nuestros señores. Y no será difícil darles a entender que ha sido victima del lobo. Mi empedernido acusador, satisfecho de ser nombrado por los pastores ejecutor de la sentencia, se dispone sin dilación a insultar mi desdicha en recuerdo de la coz, cuyo escaso resultado lamentaba yo en este momento desde el fondo de mi corazón. Toma un cuchillo y empieza a afilarlo.

[23] Pero entonces, uno de los pastores tomó la palabra, diciendo: «Es verdaderamente lástima matar de este modo tan hermoso asno. ¿Porque es acuslado de libertino y se entrega a amorosos transportes, debemos privarnos de un animal que nos presta buenos servicios? ¿No es mejor castrarlo? Así no sentirá tiernos deseos, nos ahorrará el temor a cualquier desgracia, y, por añadidura, adquirirá más corpulencia y fuerza. Yo sé de muchos, no sólo asnos indolentes, sino fogosos caballos, que a fuerza de entrar en celo se hacían dañosos e indomables, y con esta operación se han vuelto perfectamente tratables y mansos, dóciles para llevar la carga y aptos a todo trabajo. Y si estáis conformes con esta idea, yo me ofrezco para llevar a cabo la operación. Dentro de pocos días iré a la feria, compraré los útiles necesarios y volvere sin tardanza. Y veréis cómo este temible y fogoso enamorado, quedará, una vez castrado, manso como un cordero.»


[24] Gracias a esta proposición escapé de las uñas de Orco, pero para caer luego en el más afrentoso suplicio. Y yo me desesperaba y lloraba viendo que si me privaban de lo más noble de mi ser, moriría. Imaginé, pues, condenarme a prolongada abstinencia o a despeñarme de una roca. Morir era lo de menos, pero siquiera no morir mutilado. Mientras me preocupaba la elección de mi muerte, llevome mi arriero, al día siguiente, al monte donde solíamos ir. Atome a una rama de una robusta encina, y mientras cortaba él la leña que yo debía cargar, vi dirigirse hacia mí, irguiendo su tremenda cabeza, un horrible oso que salía de una cueva inmediata. Ante tan imprevisto espectáculo no puedo exponer la magnitud de mi estupefacción y mi miedo. Me levanto sobre las patas traseras, y, estirando el cuello rompo la correa que me sujetaba y escapo a galope tendido. Si encontraba una pendiente, no la recorría solamente con los pies, sino que me dejaba caer dando tumbos cuesta abajo, y así llegué a la llanura, huyendo desesperado del temible oso y del muchacho, peor que el oso.


[25] En tal conyuntura me encontró un viajero que, viéndome solo, se apoderó de mí, saltó sobre mi grupa y, dándome con un palo, me dirigió por caminos que yo no conocía. Nada me disgustaba este incidente, pues me alejaba del cruel escenario de mi futura castración. Por lo demás, sus palos poco me conmovían, acostumbrado como estaba a ellos. Pero la Fortuna, empeñada en perderme, destruyó con deplorable rapidez las esperanzas que cifraba en tan oportuna evasión, y me preparó nuevas emboscadas. En efecto, los pastores buscando una de sus bestias, extraviada, dieron de manos a boca con nosotros. Reconociéronme al punto y cogiéndose a la cuerda tiraban con todas sus fuerzas. Pero el otro, tan robusto como atrevido, se resistía poniendo por testigos a los dioses y a los hombres. «¿Por qué este rapto y esta violencia?, decía. ¿Por qué este ataque?—¿Que estas charlando? ¿Te quejas de nuestra descortesía mientras estás huyendo con nuestro asno? Lo que debes hacer es decirnos dónde está el muchacho, su arriero; tal vez le has asesinado. Y obligándole a bajar, le derribaron y le magullaron a puñetazos y puntapiés. El infeliz, malparado, juraba por los dioses mayores que no había visto al conductor, que el asno iba solo, sin guía y sin caballero, y que si se había apoderado de él fue con la esperanza de ser remunerado al devolverlo al que acreditase ser su dueño. «¡Ah!, gemía: ¿por qué este asno, que ojalá no hubiese encontrado, no puede hablar como un hombre y justificar mi inocencia? Ciertamente lamentaríais los malos tratos que me habéis dado.» De nada le sirvieron estas protestas; pues, después de atarle una soga al cuello, los malditos pastores le condujeron hacia el monte y al bosque donde acostumbraba cortar leña el muchacho.

[26] No fue posible encontrarlo; sólo se pudo apreciar que su despedazado cuerpo había sido esparcido por todos lados hecho jirones. Yo comprendí claramente que aquello era obra del oso y habría expuesto detalladamente todo lo que sabía si hubiese disfrutado del uso de la palabra. Pero lo más que podía hacer era celebrar, en mis adentros, mi completa venganza aunque tardía. Cuando pudo ser recogido el cadáver entero y ajustaron fatigosamente los distintos pedazos, fue enterrado allí mismo. A Belerofonte, a quien acusaban de haberme robado y haber asesinado al muchacho, le llevaron preventivamente a su choza, cargado de cadenas, con intención de entregarlo a los jueces el día siguiente y hacerle expiar su crimen. Entretanto los padres del chico prorrumpían en quejas y sollozos, y, entretanto también, llegó el pastor que, fiel a su promesa, insistía en la operación proyectada. «No es eso lo que hoy nos aflige, le dijeron. Pero mañana estaremos dispuestos a castrar a este detestable borriquillo, y aun cortarle la cabeza por añadidura; y ningún compañero te negara su concurso.»


[27] He aquí de qué modo mi suplicio fue aplazado para el día siguiente; y cordialmente daba gracias al honrado muchacho que con su muerte retardaba un día la mía. Pero no pude pasar todo este tiempo dándome enhorabuenas y descansando. Porque la madre del chico, deplorando la fatal muerte de su hijo, desconsolada y sollozando, vestida de negro, arrancándose con ambas manos sus cabellos blancos cubiertos de ceniza, entró precipitadamente en mi cuadra, golpeándose reciamente la cara y el pecho. Y así chillaba; «¡Cómo, este glotón satisfará tranquilamente su voracidad y a fuerza de comer llenará hasta reventar las insaciables profundidades de su barriga, sin apiadarse de mi pena, sin recordar la deplorable catástrofe de su difunto dueño! Mi vejez y mi impotencia provocan su desdén, su desprecio! ¿Crees, sin duda, que tan inhumano crimen quedará impune? ¿Crees que te proclamarán inocente? ¿Después de tan criminal atentado esperas todavía la libertad, a pesar de la voz de tu conciencia? ¡Por qué, vive Dios! [Porque, vive Dios, d.c.] detestable cuadrúpedo, aunque tuvieses uso de palabra ¿á qué imbécil persuadirías de que no te cabe culpa en esta desgracia? ¿No podías defender con tus coces y mordiscos al infeliz muchacho? ¿No podías, al ver que iba a morir, defenderle con igual encarnizamiento que el criminal? ¡Por lo menos podías, en un instante, cargarlo sobre tu lomo y librarlo de las sanguinarias manos de su bárbaro asesino! Finalmente, después de desmontar y abandonar a tu camarada, tu dueño, tu amigo, el que se preocupaba por tu alimentación, no debiste escapar solo. ¿No sabes que los que rehúsan socorrer o salvar a los moribundos hay la costumbre de castigarles por haber contravenido a la moral pública? ¡Pero no vas a recrearte largo tiempo con mi desgracia, homicida. Tú verás, yo te lo juro, cómo la naturaleza comunica fuerzas a una desgraciada madre.»

[28] Y diciendo esto, quitóse el ceñidor que oprimía su cintura, me ata las patas juntas, bien apretadas, para que no haya medio de defenderme, y cogiendo la barra con que cerraban la puerta del establo, me vapulea hasta faltarle las fuerzas y caerle el palo de las manos por su propio peso. Lamentose de ver que tan pronto se agotaban sus fuerzas, y corriendo a la lumbre, volvió luego con un tizón ardiente y me lo aplicó entre las piernas. Sólo se me ocurrió un recurso para librarme de tanto martirio, y fue disparar a chorros cierta materia, casi líquida, que le nubló los ojos y toda la figura. Sólo así, dejándola casi ciega y maloliente, logre alejar a la maligna vieja. Si no me valgo de este ardid, la tea de esta loca Altea, hubiera convertido en nuevo Meleagro al pobre asno, que habría sucumbido a su deshonra.

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