Mi tierra

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Mi tierra
de Rosalía de Castro



 A un tiempo, cual sueño                     
 que halaga y asombra,  
 de los robles las hojas caían,  
 del saúco brotaban las hojas.  
    
 Primavera y otoño sin tregua  
 turnan siempre templando la atmósfera,  
 sin dejar que no hiele el invierno,  
 ni agote el estío  
 las ramas frondosas.  
    
 ¡Y así siempre! en la tierra risueña,  
 fecunda y hermosa,  
 surcada de arroyos,  
 henchida de aromas;  
    
 que es del mundo en el vasto horizonte  
 la hermosa, la buena, la dulce y la sola;  
 donde cuantos he amado nacieron,  
 donde han muerto mi dicha y mis glorias.  
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 De vuelta está la joven primavera;  
 mas ¡qué aprisa esta vez y cuán temprano!  
 ¡Y qué hermosos están prados y bosques  
 desde que ella ha tornado!  
    
 Ha vuelto ya la primavera hermosa;  
 siempre vuelve la joven y hechicera;  
 mas ¿en dónde, decidme, se han quedado  
 los que partieron cuando partió ella?  
 Esos no tornan nunca,  
 ¡nunca!, si es que nos dejan.  
    
 De sonrosada nieve, salpicada  
 veo la verde hierba,  
 son las flores que el viento arranca al árbol  
 llenas de savia, y de perfumes llenas.  
    
 ¿Por qué siendo tan frescas y tan jóvenes,  
 a semejanza de las hojas secas  
 en el otoño, cuando abril sonríe  
 ellas también sobre la arena ruedan?  
 ¡Por qué mueren los niños,  
 las flores más hermosas de la tierra!  


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 En sueños te di un beso, vida mía,  
 tan entrañable y largo...  
 ¡Ay!, pero en él de amargo  
 tanto, mi bien, como de dulce había.  
    
 Tu infantil boca cada vez más fría,  
 dejó mi sangre para siempre helada,  
 y sobre tu semblante reclinada,  
 besándote, sentí que me moría.  
    
 Más tarde, y ya despierta,  
 con singular empeño,  
 pensando proseguí que estaba muerta  
 y que en tanto a tus restos abrazada  
 dormía para siempre el postrer sueño  
 soñaba tristemente que vivía  
 aún de ti, por la muerte separada.  


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 Sintióse agonizar, mil y mil veces,  
 de dolor, de vergüenza y de amargura,  
 mas aunque tantas tras de tantas fueron  
 no se murió ninguna.  
    
 Embargada de asombro  
 al ver la resistencia de su vida,  
 en sus horas sin término pensaba,  
 llena de horror, si nunca moriría.  
    
 Pero una voz secreta y misteriosa  
 la dijo un día con acento extraño:  
 Hasta el momento de tocar la dicha  
 no se mueren jamás los desdichados.