Mirando atrás desde 2000 a 1887 Capítulo 23

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Esa tarde, mientras estaba sentado con Edith en la habitación de la música, escuchando algunas piezas del programa de ese día que habían llamado mi atención, me aproveché de un descanso en la música para decir, "Tengo algo que preguntarte que me temo que es bastante indiscreto."

"Estoy completamente segura de que no lo es", contestó ella, alentadoramente.

"Me encuentro en la situación de alguien que escucha a escondidas," continué, "quien, habiendo oído por casualidad un poco de un asunto que no se pretendía que escuchase, aunque parecía concernirle, tiene el atrevimiento de dirigirse a quien hablaba, en relación con lo que quedase por hablar."

"¡Alguien que escucha a escondidas!, repitió, mirando desconcertada.

"Sí," dije, "pero alguien excusable, como creo que admitirás."

"Esto es muy misterioso," replicó.

"Sí," dije, "tan misterioso que a menudo he dudado de si realmente oí por casualidad lo que voy a preguntarte, o sólo lo he soñado. Quiero que me lo digas tú. El asunto es: Cuando estaba saliendo de aquel sueño de un siglo, la primera impresión de la cual fui consciente fue de las voces que hablaban a mi alrededor, voces que después he reconocido como la de tu padre, la de tu madre, y la tuya propia. Primero, recuerdo la voz de tu padre diciendo "Va a abrir los ojos. Más vale que primero sólo vea una persona." Entonces tú dijiste, si no lo he soñado, "Prometeme, entonces, que no se lo dirás." Tu padre pareció dudar acerca de prometertelo, pero insististe, y tu madre intervino, y él al final lo prometió, y cuando abrí los ojos le vi sólo a él."

Hablaba totalmente en serio cuando dije que no estaba seguro de no haber soñado la conversación que imaginaba que había oído por casualidad, tan incomprensible era que estas personas supiesen algo de mi, un contemporáneo de sus bisabuelos, que yo mismo no supiese. Pero cuando vi el efecto de mis palabras sobre Edith, supe que no era un sueño, sino otro misterio, y más desconcertante que cualquiera de los misterios con los que me había topado antes. Porque desde el momento que el trasfondo de mi pregunta se hizo evidente, ella dio muestras del más agudo azaramiento. Sus ojos, siempre tan francos y directos en su expresión, miraban hacia abajo a causa del pánico ante los míos, mientras su rostro enrojecía desde el cuello hasta la frente.

"Disculpame," dije, tan pronto como me recuperé del desconcierto ante el extraordinario efecto de mis palabras. "Parece, entonces, que no fue un sueño. Hay algún secreto, algo sobre mi, que me estéis ocultando. Realmente, ¿no parece un poco duro que a una persona en mi situación no se le dé toda la información posible que le atañe?

"No te atañe--o sea, no directamente. No es acerca de ti exactamente," replicó ella, apenas audiblemente.

"Pero me atañe de algún modo," insistí. "Debe de ser algo que sería de mi interés."

"Ni siquiera lo sé," replicó, aventurando una momentánea mirada a mi rostro, furiosamente enrojecida, y aun así con una curiosa sonrisa titilando en sus labios que traicionaba una cierta percepción de humor en la situación a pesar de lo embarazosa,--"No estoy segura de que ni siquiera fuese de tu interés."

"Tu padre me lo habría dicho," insistí, con un acento de reproche. "Has sido tú quien se lo has prohibido. Él pensaba que debía decirmelo."

Ella no replicó. Estaba tan completamente encantadora en su confusión que me sentí entonces inducido, tanto por el deseo de prolongar la situación como por mi curiosidad original, a importunarla más.

"¿No lo voy a saber nunca? ¿Nunca me lo vas a decir?" dije.

"Depende," respondió, tras una larga pausa.

"¿De qué?" insistí.

"Ah, preguntas demasiado," replicó. Entonces, alzando hacia mi un rostro que combinaba inescrutables ojos, mejillas ruborizadas, y sonrientes labios, que lo hacían completamente hechizador, añadió, "¿Qué pensarías si digo que depende de--ti mismo?"

"¿De mi mismo?", repetí. "¿Cómo puede ser eso posible?"

"Sr. West, estamos perdiéndonos una música encantadora," fue su única réplica a esto, y volviéndose hacia el teléfono, con un toque de su dedo puso la melodía a mecerse al ritmo de un adagio. Después de eso, se cuidó muy bien de que la música no dejase oportunidad para la conversación. Mantuvo su rostro apartado de mi, y fingió estar absorta en la melodía, pero aquello era un mero fingimiento que la marea carmesí que estaba fluyendo por sus mejillas traicionaba suficientemente.

Cuando a la larga sugirió que pudiera haber oído yo todo lo que me interesaba por el momento, y nos levantamos para abandonar la habitación, vino directamente a mi y dijo, sin alzar sus ojos, "Sr. West, dices que he sido buena contigo. No lo he sido especialmente, pero si tú crees que sí, quiero que me prometas que no intentarás de nuevo hacerme decir esta cosa por la que me has preguntado esta noche, y que no intentarás averiguarla por medio de nadie más,-- mi padre o mi madre, por ejemplo."

Para tal solicitud no había más que una respuesta posible. "Perdóname por afligirte. Por supuesto lo prometo," dije. "Nunca te habría preguntado si hubiese imaginado que podría afligirte. Pero ¿me culpas por ser curioso?"

"No te culpo en absoluto."

"Y alguna vez," añadí, "si no te molesta, puedes decirmelo por tu propia voluntad. ¿Puedo esperar que así sea?"

"Quizá," susurró.

"¿Sólo quizá?"

Alzando su vista, ella leyó mi rostro con una mirada rápida y profunda. "Sí," dijo, "creo que puedo decirtelo--alguna vez". Y así terminó nuestra conversación, porque no me dió la oportunidad de decir nada más.

Aquella noche no creo que ni el Dr. Pillsbury podría haberme puesto a dormir, hasta por lo menos por la mañana. Los misterios habían sido mi comida habitual durante días, pero hasta entonces no había afrontado ninguno que fuese a la vez tan misterioso y tan fascinante como este, cuya solución Edith Leete me había prohibido incluso buscar. Era un doble misterio. ¿Cómo, en primer lugar, era concebible que ella supiese algún secreto acerca de mi, un extraño de una época extraña? En segundo lugar, incluso si ella supiese tal secreto, ¿cómo explicar el efecto perturbador que el conocimiento de él parecía tener sobre ella? Hay rompecabezas tan difíciles que uno no puede ni siquiera ir más allá de una conjetura en cuanto a su solución, y este parecía uno de ellos. Habitualmente tengo un sentido demasiado práctico como para perder el tiempo en semejantes acertijos; pero la dificultad de un acertijo encarnado en una hermosa joven no le quita méritos a la fascinación por él. En general, sin duda, puede suponerse con seguridad que los rubores de las doncellas cuentan la misma historia a los hombres jóvenes de todas las épocas y razas, pero dar esa interpretación a las mejillas sonrojadas de Edith, considerando mi posición y el tiempo que hacía que la conocía, y aún más el hecho de que este misterio data de antes de que la conociese, habría sido una solemne estupidez. Y aun así ella era un ángel, y yo no habría sido un hombre joven si la razón y el sentido común hubiesen sido totalmente capaces de desterrar de mis sueños un tinte rosado, aquella noche.