Mirando atrás desde 2000 a 1887 Capítulo 25

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La personalidad de Edith Leete me había impresionado con fuerza de un modo natural desde que había llegado a ser, de tan extraña manera, un inquilino de la casa de su padre, y era de esperar que después de lo ocurrido la noche anterior, yo debería estar más preocupado que nunca reflexionando sobre ella. Desde el principio, me había impactado su característico aire de serena franqueza e ingenuo modo de ser tan directo, más como el de un noble e inocente muchacho que como el de cualquier chica que hubiese conocido jamás. Tenía curiosidad por saber en qué medida esta encantadora cualidad pudiera ser una peculiaridad suya, y en qué medida un posible resultado de las alteraciones en la posición social de la mujer que pudieran haber tenido lugar desde mi época. Viendo una oportunidad ese día, estando a solas con el Dr. Leete, di un giro a la conversación en esa dirección.

"Supongo," dije, "que hoy en día las mujeres, habiendo sido liberadas de la carga de los trabajos domésticos, no tienen ningún empleo salvo el cultivo de sus encantos y gracias."

"En tanto a lo que concierne a los hombres," replicó el Dr. Leete, "deberíamos considerar que costearían sus gastos ampliamente, para usar una de sus formas de expresión, si se circunscribiesen a esa ocupación, pero puede estar muy seguro de que tienen demasiado espíritu para consentir ser meras beneficiarias de la sociedad, incluso a cambio de ornamentarla. De hecho, dieron su bienvenida a su liberación del trabajo doméstico, porque no sólo era excepcionalmente erosionador en sí mismo, sino también en extremo despilfarrador de energía comparado con el plan cooperativo; pero aceptaron ser liberadas de esa clase de trabajo únicamente si podían contribuir de otros y más eficaces y agradables modos al bienestar común. Nuestras mujeres, así como nuestros hombres, son miembros del ejército industrial, y únicamente lo abandonan cuando los deberes maternales las reclaman. El resultado es que la mayoría de las mujeres, en un momento u otro de sus vidas, sirven industrialmente unos cinco, diez o quince años, mientras aquellas que no tienen hijos completan todo el período."

"Entonces, ¿una mujer no deja necesariamente el servicio industrial cuando se casa?" pregunté.

"No más que un hombre," replicó el doctor. "¿Por qué razón debería hacerlo? Ahora las mujeres casadas no tienen responsabilidades de trabajo doméstico, sabe, y un marido no es un bebé al que haya que cuidar."

"El que requiriésemos tanta faena de las mujeres, se consideraba una de las cosas más penosas que caracterizaba nuestra civilización," dije; "pero me parece a mi que ustedes consiguen más de ellas que lo que conseguimos nosotros."

El Dr. Leete se rio. "De hecho lo conseguimos, justo igual que lo conseguimos de nuestros hombres. Y aun así las mujeres de esta época son muy felices, y aquellas del siglo diecinueve, salvo que las referencias contemporáneas nos hayan desorientado en gran medida, eran muy desdichadas. La razón de que hoy en día las mujeres sean tanto más eficientes colaboradoras con el hombre, y al mismo tiempo tan felices, es que, con respecto a su trabajo y al de los hombres, seguimos el principio de dar a cada uno la clase de ocupación al cual él o ella está mejor adaptado o adaptada. Siendo las mujeres inferiores en fuerza a los hombres, y además no cualificadas industrialmente en algunos casos especiales, las ocupaciones reservadas para ellas, y las condiciones bajo las cuales las llevan a cabo, tienen referencia a estos hechos. Las clases más pesadas de trabajo están reservadas siempre para los hombres, las ocupaciones más ligeras para las mujeres. Bajo ninguna circunstancia se le permite a una mujer ningún empleo que no esté perfectamente adaptado, tanto en tipo como en grado de trabajo, para su sexo. Además, las horas de trabajo de las mujeres son considerablemente más cortas que las de los hombres, se les conceden vacaciones más a menudo, y se hace la más cuidadosa provisión para lo restante cuando es necesario. Los hombres de hoy también aprecian que deben a la belleza y gracia de las mujeres el principal entusiasmo de sus vidas y su principal incentivo para el esfuerzo, que ellos las permiten trabajar únicamente porque se entiende completamente que un cierto requerimiento habitual de trabajo, del tipo adaptado a sus fuerzas, está bien para el cuerpo y la mente, durante el período de máximo vigor físico. Creemos que la magnífica salud que distingue a nuestras mujeres de las de su época, quienes parecen haber sido tan generalmente enfermizas, es debida en gran medida al hecho de que todas por igual están provistas de una ocupación saludable e inspiradora."

"Entiendo de lo que usted dice," dije, "que las mujeres trabajadoras pertenecen al ejército industrial, pero ¿cómo pueden estar bajo el mismo sistema de rango y disciplina con los hombres, cuando las condiciones de sus trabajos son tan diferentes?"

"Están bajo una disciplina enteramente diferente," replicó el Dr. Leete, "y constituyen más bien una fuerza aliada que una parte integral del ejército de los hombres. Ellas tienen una mujer general en jefe y están bajo régimen exclusivamente femenino. Esta general, como también las altas oficiales, es elegida por el cuerpo de mujeres que han pasado el tiempo de servicio, en correspondencia con la manera en la cual los jefes del ejército masculino y el Presidente de la nación son elegidos. El general del ejército de las mujeres se sienta en el gabinete del Presidente y tiene veto sobre las medidas que respectan al trabajo de las mujeres, tramitando apelaciones al Congreso. Debería haber dicho, al hablar de los juicios, que tenemos mujeres en los tribunales, nombradas por el general de las mujeres, al igual que hombres. Las causas en las cuales ambas partes son mujeres son determinadas por mujeres jueces, y cuando un hombre y una mujer son partes en un caso, un juez de cada sexo debe dar el sí al veredicto.

"La condición femenina parece estar organizada como una clase de imperium in imperio en el sistema de ustedes," dije.

"Hasta cierto punto," replicó el Dr. Leete; "pero el imperium interior es un imperio del cual no se admitiría la probabilidad de que suponga mucho peligro para la nación. La falta de tal reconocimiento de la distinta individualidad de los sexos fue uno de los innumerables defectos de su sociedad. La atracción pasional entre hombres y mujeres de cada sexo ha evitado a menudo una percepción de las profundas diferencias que hacen a los miembros de cada sexo extraños entre sí en muchas cosas, y capaces de simpatizar únicamente con su sexo. Dando completo juego a las diferencias de sexo en vez de buscar borrarlas, como fue el esfuerzo evidente de algunos reformadores de su época, el disfrute de cada uno por sí mismo y la chispa que tiene un sexo para el otro, son del mismo modo realzados. En su época no había carreras para las mujeres excepto en una antinatural rivalidad con los hombres. Nosotros les hemos dado un mundo propio, con sus emulaciones, ambiciones, y carreras, y le aseguro que ellas son muy felices en él. Nos parece que las mujeres eran más que ninguna otra clase, las víctimas de la civilización de ustedes. Hay algo que, incluso a esta distancia en el tiempo, le llega a uno muy adentro con patetismo, ante el espectáculo de sus aburridas vidas sin desarrollar, atrofiadas al casarse, sus estrechos horizontes, tan a menudo confinadas físicamente por las cuatro paredes del hogar, y moralmente por un considerable círculo de intereses personales. No hablo ahora de las clases más pobres, que estuvieron generalmente trabajando hasta la muerte, sino también de las adineradas y ricas. Desde las grandes aflicciones, así como los considerables enojos de la vida, ellas no tenían refugio en la brisa del mundo exterior de los asuntos humanos, ni ningún interés salvo aquellos de la familia. Una existencia tal, habría ablandado los sesos de los hombres o les habría vuelto locos. Hoy todo eso ha cambiado. Hoy no se oye a ninguna mujer deseando ser un hombre, ni los padres desean tener un chico en vez de una chica. Nuestras chicas están tan llenas de ambición por sus carreras como nuestros chicos. El matrimonio, cuando llega, no significa la encarcelación para ellas, ni las separa de ningún modo del mayor interés de la sociedad, la bulliciosa vida del mundo. Sólo cuando la maternidad llena la mente de una mujer con nuevos intereses ella se retira del mundo por un tiempo. Después, y en cualquier momento, ella puede volver a su lugar entre sus camaradas, no necesitando nunca perder el contacto con ellas. Las mujeres son un género muy feliz hoy en día, comparado con lo que jamás fueron anteriormente en la historia del mundo, y su poder de dar felicidad a los hombres ha sido desde luego incrementado en proporción."

"Debería imaginar que es posible," dije, "que el interés que las chicas tienen en sus carreras como miembros del ejército industrial y candidatas para las distinciones de éste, pudiera tener el efecto de disuadirlas del matrimonio."

El Dr. Leete sonrió. "Que no le cause ansiedad este punto, Sr. West," replicó. "El creador tuvo muy buen cuidado de que cualesquiera otras modificaciones que las inclinaciones de hombres y mujeres pudiesen sufrir con el tiempo, su atracción mutua permanecería constante. El mero hecho de que en una época como la de usted, cuando la lucha por la existencia debería haber dejado a la gente poco tiempo para otros pensamientos, y el futuro era tan incierto que asumir responsabilidades paternales debía parecer a menudo como un riesgo criminal, había quien tomaba esposa y quien era dada en matrimonio, debería ser concluyente sobre este punto. En cuanto al amor hoy en día, uno de nuestros autores dice que el vacío dejado en las mentes de hombres y mujeres por la ausencia de la preocupación por el pan de cada día ha sido enteramente llenado por la tierna pasión. Eso, sin embargo, le ruego que me crea, es un poco exagerado. Por lo demás, está tan lejos el matrimonio de ser una interferencia con la carrera de una mujer, que las más altas posiciones en el ejército industrial femenino son confiadas únicamente a mujeres que han sido a la vez esposas y madres, ya que solamente ellas representan por completo a su sexo."

"¿Se emiten tarjetas de crédito para las mujeres igual que para los hombres?"

"Naturalmente."

"Los créditos de las mujeres, supongo, son por sumas menores, debido a la frecuente suspensión de su trabajo a cuenta de las responsabilidades familiares."

"¡Menores!" exclamó el Dr. Leete, "¡oh, no! El mantenimiento de toda nuestra gente es el mismo. No hay excepciones a esa regla, pero si alguna diferencia hubiera que hacer a cuenta de las interrupciones de las que habla, sería haciendo mayor el crédito de la mujer, no menor. ¿Puede usted pensar en algún servicio que represente una exigencia más fuerte de la gratitud de la nación que dar a luz y amamantar a los niños de la nación? Conforme a nuestro punto de vista, nadie merece tanto bien del mundo como los buenos padres. No hay tarea tan desinteresada, tan necesariamente sin rédito, aunque el corazón sea bien recompensado, como la crianza de los niños que van a hacer el mundo los unos para los otros, cuando nos hayamos ido."

"Parece que de lo que ha dicho se seguiría que las esposas no son de ningún modo dependientes de sus maridos para el mantenimiento."

"Por supuesto que no lo son," replicó el Dr. Leete, "ni los niños de sus padres tampoco, esto es, para medios de sustento, aunque desde luego lo son para los oficios del afecto. El trabajo del niño, cuando crece, irá a incrementar las existencias comunes, no las de sus padres, quienes estarán muertos, y por tanto se le alimenta de las existencias comunes. La cuenta de toda persona, hombre, mujer, y niño, debe entender usted, que es siempre con la nación directamente, y nunca a través de ningún intermediario, excepto, por supuesto, que los padres, hasta cierto punto, actúan para los niños como sus tutores. Ya ve que por virtud de la relación de los individuos con la nación, de la cual son miembros, ellos tienen derecho al sustento; y este derecho no está de ningún modo conectado con, o afectado por, sus relaciones con otros individuos que son sus compañeros miembros de la nación con ellos. Que cualquier persona fuese dependiente de otra para los medios de sustento sería un escándalo para el sentido moral e indefendible en cualquier teoría social racional. ¿Qué sería de la libertad y la dignidad personal, bajo un orden semejante? Soy consciente de que ustedes se llamaban a sí mismos libres en el siglo diecinueve. El sentido de la palabra no podría entonces, sin embargo, haber sido en absoluto lo que es en el presente, o ciertamente no lo habrían aplicado a la sociedad en la cual casi todos sus miembros estaban en una posición de irritante dependencia personal de otros en cuanto a los meros medios de vida, los pobres de los ricos, los empleados de los empleadores, las mujeres de los hombres, los niños de sus padres. En vez de distribuir el producto de la nación directamente a sus miembros, lo cual parecería el método más natural y más obvio, de hecho parecería que ustedes habían dedicado sus mentes a idear un plan de distribución de mano en mano, que involucraba el máximo de humillación personal para todas las clases de receptores.

"En lo que respecta a la dependencia de las mujeres de los hombres para su sustento, lo cual entonces era habitual, por supuesto, la atracción natural en caso de matrimonios por amor podía a menudo haberla hecho soportable, aunque para mujeres llenas de energía imagino que debe haber sido humillante siempre. ¿Cómo, entonces, debe haber sido en los innumerables casos donde la mujer, con o sin la forma del matrimonio, tenían que venderse a hombres para conseguir su sustento? Incluso sus contemporáneos, insensibles como eran a la mayoría de los aspectos nauseabundos de su sociedad, parecen haber tenido una idea de que esto no era en absoluto como debería ser; pero, aún así, deploraban el sino de las mujeres únicamente por piedad. No se les ocurría que era un robo y una crueldad el hecho de que los hombres agarrasen para sí el producto completo del mundo y dejasen a las mujeres pidiendo y engatusando para obtener su parte. Vaya--Dios me bendiga, Sr. West, estoy realmente rodando a una notable velocidad, justo como si el robo, la aflicción, y la vergüenza que aquellas pobres mujeres soportaban no hubiese terminado hace un siglo, o como si usted fuese responsable de lo que no dudo deplora tanto como yo."

"Debo asumir mi parte de responsabilidad por como era el mundo," repliqué. "Todo lo que puedo decir como atenuante es que hasta que la nación no estuvo madura para el sistema actual de producción y distribución organizada, no era posible ninguna mejora radical en la posición de la mujer. La raíz de su incapacidad, como dice, era su dependencia personal del hombre para su sustento, y no puedo imaginar otro modo de organización social que no sea el que han adoptado ustedes, que hubiese liberado a la mujer del hombre a la vez que liberase a unos hombres de los otros. Supongo, por cierto, que un cambio tan completo en la posición de la mujer no puede haber tenido lugar sin afectar notablemente a las relaciones sociales de los sexos. Ese será un estudio muy interesante para mi."

"El cambio que observará," dijo el Dr. Leete, "será principalmente, pienso yo, la completa franqueza y la falta de restricciones que ahora caracteriza esas relaciones, en comparación con la artificialidad que parece haberlas marcado en su época. Los sexos ahora se reúnen con la facilidad de perfectos iguales, pretendientes los unos de los otros para ninguna otra cosa excepto el amor. En su época, el hecho de que las mujeres fuesen dependientes para su sustento de los hombres hizo a las mujeres en realidad las únicas beneficiadas por el matrimonio. Este hecho, en tanto que podemos juzgar de los registros contemporáneos, parece haber sido bastante poco observado en las clases inferiores, mientras que entre los más educados era tratado superficialmente por un sistema de elaborados convencionalismos cuyo objetivo era implicar precisamente el significado opuesto, a saber, que el hombre era la parte principalmente beneficiada. Para continuar con esta convención era esencial que él pareciese siempre el pretendiente. Por tanto, nada era considerado más escandaloso para el decoro que una mujer dejase traslucir su debilidad por un hombre antes de que él hubiese indicado un deseo de casarse con ella. Vaya, de hecho tenemos libros en nuestras bibliotecas, de autores de su época, no escritos con ningún otro propósito salvo discutir la cuestión de si, bajo alguna circunstancia concebible, una mujer pudiese, sin descrédito para su sexo, revelar un amor no solicitado. Todo esto nos parece exquisitamente absurdo, y aun así sabemos que, dadas las circunstancias de ustedes, el problema pudiera tener una vertiente grave. Cuando, para una mujer, sugerir su amor a un hombre era en efecto invitarle a asumir la carga de su sustento, es fácil ver que el orgullo y la delicadeza bien pudieran haber detenido los impulsos del corazón. Cuando entre en nuestra sociedad, Sr. West, debe estar preparado para ser a menudo preguntado en detalle sobre este punto por nuestros jóvenes, quienes están naturalmente muy interesados en este aspecto de aquellas costumbres pasadas de moda." [5]

[5] Puedo decir que el aviso del Dr. Leete ha sido justificado por completo por mi experiencia. La cuantía y la intensidad de diversión que la gente joven de hoy día, y especialmente las jóvenes, son capaces de extraer de lo que se complacen en llamar rarezas de galanteo del siglo diecinueve, parece ilimitada.

"Y entonces, las chicas del siglo veinte declaran su amor."

"Si optan por ello," replicó el Dr. Leete. "No hay mayor pretensión de ocultar un sentimiento por su parte que por la parte de sus enamorados. La coquetería sería tan de despreciar en una chica como en un hombre. La frialdad afectada, que en su época rara vez decepcionaba a un enamorado, le decepcionaría ahora por completo, porque nadie piensa en practicarla."

"Puedo deducir una de las consecuencias de la independencia de las mujeres," dije. "Ahora no es posible que haya matrimonios excepto aquellos por disposición natural."

"Es algo natural," replicó el Dr. Leete.

"¡Pensar en un mundo en el cual no hay nada sino emparejamientos por puro amor! ¡Ay de mi, Dr. Leete, qué lejos está usted de ser capaz de entender qué fenómeno tan asombroso le parece semejante mundo a un hombre del siglo diecinueve!"

"Sin embargo, puedo imaginarlo hasta cierto punto," replicó el doctor. "Pero el hecho que usted celebra, el que no hay nada salvo emparejamientos por amor, significa todavía más, quizá, de lo que probablemente llegue a comprender usted en principio. Significa que por primera vez en la historia humana el principio de la selección sexual, con su tendencia a preservar y transmitir los mejores tipos del género, y desprenderse de los inferiores, opera sin impedimentos. Las necesidades de la pobreza, la necesidad de tener un hogar, ya no tientan a las mujeres para aceptar como padres de sus hijos a hombres a los que ni pueden amar ni respetar. La riqueza y el rango ya no apartan la atención de las cualidades personales. El oro ya no 'dora la estrechada frente de los tontos.' Los dones de la persona, mente y disposición; belleza, ingenio, elocuencia, bondad, generosidad, simpatía, valentía, es seguro que serán transmitidos a la posteridad. Cada generación es tamizada a través de una pequeña malla más final que la anterior. Los atributos que la naturaleza humana admira son preservados, aquellos que repele son dejados atrás. Hay, por supuesto, muchísimas mujeres que con el amor deben combinar la admiración, y buscan casarse con grandeza, pero éstas no dejan de obedecer a la misma ley, porque ahora casarse con grandeza no es casarse con hombres de fortuna o título, sino con aquellos que se han alzado sobre sus semejantes por la solidez o brillantez de sus servicios a la humanidad. Estos forman hoy en día la única aristocracia con la cual la alianza es distinción.

"Hablaba usted, hace uno o dos días, de la superioridad física de nuestro pueblo con respecto a sus contemporáneos. Quizá más importante que cualquiera de las causas mencionadas entonces como tendentes a la purificación de la especie ha sido el efecto de la selección sexual sin trabas sobe las cualidades de dos o tres generaciones sucesivas. Creo que cuando haya hecho usted un estudio más completo de nuestra gente, encontrará usted en ella no sólo una mejora física, sino mental y moral. Sería extraño se no fuese así, porque ahora no sólo una de las grandes leyes de la naturaleza está desarrollando en libertad la salvación de la especie, sino que un profundo sentimiento moral ha venido en su apoyo. El individualismo, que en su época era la idea que animaba la sociedad, no sólo era fatal para cualquier sentimiento vital de hermandad e interés común entre las personas vivas, sino igualmente para cualquier comprensión de la responsabilidad de éstas respecto a la siguiente generación. Hoy este sentido de responsabilidad, prácticamente no reconocido en ninguna de las épocas anteriores, se ha convertido en una de las grandes ideas éticas de la humanidad, reforzando, con un intenso sentido del deber, el natural impulso para buscar en el matrimonio lo mejor y más noble del otro sexo. El resultado es que no todos los estímulos e incentivos de todo tipo que hemos proporcionado para desarrollar la industria, el talento, la genialidad, la excelencia de cualquier clase, son comparables en su efecto sobre nuestros hombres jóvenes con el hecho de que nuestras mujeres se sientan en lo alto como jueces de la humanidad y se reservan a sí mismas para recompensar a los ganadores. De todos los látigos, y espuelas, y cebos, y premios, no hay ninguno como el pensar en los radiantes rostros que los vagos encontrarán esquivos.

"Hoy en día los solteros son casi invariablemente hombres que han fracasado en adquirir credibilidad en el trabajo de su vida. La mujer a quien la compasión por uno de estos desafortunados llevaría a desafiar la opinión de su generación--porque por otra parte ella es libre--hasta el punto de aceptarlo como marido, debe de ser valiente, con una maléfica clase de valor, también. Debería añadir que, más arduo y difícil de resistir que cualquier otro elemento en esa opinión, encontraría ella el sentimiento de su propio sexo. Nuestras mujeres se han elevado a la altura completa de su responsabilidad como guardianas del mundo por venir, a cuya custodia se han confiado las llaves del futuro. Su sentimiento del deber a este respecto equivale a un sentido de consagración religiosa. Es un culto en el cual ellas educan a sus hijas desde la infancia."

Después de irme a mi habitación esa noche, me senté hasta tarde para leer una novela de Berrian, que el Dr. Leete me había entregado, cuyo argumento trataba de una situación sugerida por sus últimas palabras, concernientes al moderno punto de vista de la responsabilidad de los padres. Una situación similar habría sido tratada casi con toda certeza por un escritor del siglo diecinueve excitando la simpatía morbosa del lector con el egoísmo sentimental de los amantes, y su resentimiento hacia las leyes no escritas que ellos ultrajaban. No necesito describir-- porque ¿quién no ha leído "Ruth Elton"?--cuán diferente es el rumbo que Berrian toma, y con qué tremendo efecto refuerza el principio que él establece: "Sobre los no nacidos nuestro poder es el de Dios, y nuestra responsabilidad como la Suya hacia nosotros. Conforme a nuestro comportamiento hacia ellos, así nos trate Él."