Mirando atrás desde 2000 a 1887 Capítulo 27

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Nunca pude decir por qué, pero durante toda mi vida el domingo por la tarde había sido un tiempo en el que estuve peculiarmente sujeto a la melancolía, cuando el color inexplicablemente se desvanecía de todos los aspectos de la vida, y todo aparecía patéticamente falto de interés. Las horas, que en general estaba acostumbrado a que me llevasen tranquilamente sobre sus alas, perdían el poder de volar, y hacia el final del día descendiendo completamente a tierra, tenía casi que ser arrastrado por tracción directa. Quizá debido parcialmente a que tenía establecida esta asociación de ideas, a pesar del absoluto cambio en mis circunstancias, caí en un estado de profunda depresión en la tarde de este mi primer domingo en el siglo veinte.

No era, sin embargo, en la presente ocasión una depresión con causa específica, la mera vaga melancolía de la que he hablado, sino un sentimiento sugerido y ciertamente del todo justificado por mi situación. El sermón del Sr. Barton, con su constante implicación de la vasta brecha moral entre el siglo al que yo pertenecía y este en el cual me encuentro, había tenido un efecto contundente para acentuar mi sentido de soledad. Del modo considerado y filosófico que él había hablado, sus palabras apenas podrían haber evitado dejar sobre mi mente una fuerte impresión de la mezcla de piedad, curiosidad, y aversión que yo, como representante de una época aborrecida, debo de despertar en todos los que me rodean.

La extraordinaria amabilidad con la cual he sido tratado por el Dr. Leete y su familia, y especialmente la bondad de Edith, habían impedido hasta ahora que me percatase por completo de que su auténtico sentimiento hacia mi debe de ser necesariamente el de toda la generación a la que pertenecen. El reconocimiento de esto, en lo que respecta al Dr. Leete y a su amable esposa, no importa cuán doloroso fuese, podría haberlo soportado, pero la convicción de que Edith debe de compartir ese sentimiento era más de lo que yo podía soportar.

El aplastante efecto con el cual esta tardía percepción de un hecho tan obvio vino a mi me abrió los ojos por completo a algo que quizá el lector ya había sospechado,--yo amaba a Edith.

¿Era extraño que la amase? La conmovedora ocasión en la cual nuestra intimidad había comenzado, cuando sus manos me habían sacado del torbellino de locura; el hecho de que su compasión era el aliento vital que me había establecido en esta nueva vida y me había hecho capaz de soportarla; mi costumbre de mirarla como la mediadora entre yo y el mundo que me rodea, en un sentido en el cual incluso su padre no lo era,-- estas eran circunstancias que habían predeterminado un resultado que el notable encanto que ella tenía, como persona y en su actitud, lo habría explicado por sí solo. Era totalmente inevitable que ella haya llegado a parecerme, en un sentido completamente diferente de la habitual experiencia de los enamorados, la única mujer que hay en este mundo. Ahora que había llegado a ser repentinamente sensato en cuanto a la fatuidad de las esperanzas que había comenzado a acariciar, sufría no meramente lo que sufriría otro enamorado, sino además una desconsolada soledad, una absoluta y triste soledad, como ningún otro enamorado, no importa cuán infeliz, pudiera haber sentido.

Mis anfitriones evidentemente veían que estaba deprimido en espíritu, e hicieron todo lo que pudieron para distraerme. Edith especialmente, yo podía verlo, estaba angustiada por mi, pero conforme a la habitual perversidad de los enamorados, habiendo una vez sido tan loco como para soñar recibir algo más de ella, ya no había para mi ninguna virtud en una amabilidad que yo sabía que era únicamente compasión.

Al anochecer, tras haber estado recluído en mi habitación la mayor parte de la tarde, me fui al jardín a dar una vuelta. El día estaba nublado, con una esencia otoñal en el cálido, inmóvil aire. Encontrándome cerca de la excavación, entré en la cámara subterránea y me senté allí. "Esto," murmuré para mi, "es el único hogar que tengo. Dejad que me quede aquí, y que ya no salga." Buscando ayuda en mi familiar entorno, me esforcé por encontrar una triste clase de consuelo al revivir el pasado e invocar las formas y rostros que estuvieron a mi alrededor en mi anterior vida. Fue en vano. Ya no había ninguna vida en ellos. Durante casi cien años las estrellas habían contemplado desde arriba la tumba de Edith Bartlett, y las tumbas de toda mi generación.

El pasado estaba muerto, aplastado bajo el peso de un siglo, y del presente yo quedaba excluído. No había lugar para mi en ninguna parte. No estaba ni muerto ni propiamente vivo.

"Perdóname por seguirte."

Alcé la mirada. Edith estaba en la puerta de la habitación subterránea, mirándome con una sonrisa, pero con ojos llenos de compasiva aflicción.

"Échame si te estoy molestando," dijo; "pero hemos visto que estabas deprimido, y ya sabes que prometiste que en tal caso me lo harias saber. No has mantenido tu palabra."

Me alcé y fui hacia la puerta, intentando sonreir, pero haciendo, imagino, un trabajo bastante penoso, porque la visión de su encanto me hizo entender del modo más conmovedor la causa de mi miseria.

"Me estaba sintiendo un poco solo, eso es todo," dije. "¿Nunca se te ha ocurrido que mi situación es tan absolutamente más solitaria de lo que jamás fue la de ningún ser humano, que realmente se necesita un nuevo mundo para describirlo?"

"¡Oh, no debes hablar así--no debes permitir esos sentimientos--no debes!" exclamó ella, con los ojos humedecidos. "¿No somos tus amigos? Es culpa tuya si no nos dejas serlo. No es preciso que estés solo."

"Sois buenos conmigo más allá de mi capacidad de entendimiento," dije, "pero no supongáis que no sé que se trata meramente de piedad, dulce piedad, pero sólo piedad. Sería un tonto si no supiese que no puedo pareceros lo mismo que otro hombre de vuestra generación, sino un ser extraño y misterioso, una criatura varada procedente de un mar desconocido, cuya solitaria tristeza conmueve vuestra compasión a pesar de lo grotesco. He sido tan bobo, vosotros tan amables, como para casi olvidar que esto debe de ser así necesariamente, e imaginar que pudiera con el tiempo llegar a naturalizarme, como solíamos decir nosotros, en esta época, de manera que me sintiese uno de vosotros y os pareciese como los otros hombres de vuestro entorno. Pero el sermón del Sr. Barton me ha enseñado cuán vana es tal fantasía, cuán grande debe de parecerte el golfo que hay entre nosotros."

"¡Oh, ese miserable sermón!" exclamó ella, ahora gritando claramente en su compasión, "yo no quería que lo escuchases. ¿Qué sabe él de ti? Ha leído viejos libros mohosos que hablaban de tu época, eso es todo. ¿Qué te importa él, para dejarte amargar por nada de lo que él diga? ¿No significa nada para ti, que nosotros sepamos que tú sientes de un modo diferente? ¿No te importa más lo que nosotros pensemos de ti que lo que piense él, que nunca te ha visto? ¡Oh, Sr. West! no sabes, no puedes imaginarte, cómo me hace sentir el verte tan solitariamente triste. No puedo soportarlo. ¿Qué puedo decirte? ¿Cómo puedo convencerte de cuán diferentes son nuestros sentimientos hacia ti de lo que tú crees?"

Como en aquella otra crisis de mi destino cuando ella vino a mi, extendió sus manos hacia mi en un gesto de ayuda, y, como entonces, las prendí y sostuve entre las mías; su pecho suspiró con fuerte emoción, y los pequeños temblores en los dedos que yo sujetaba enfatizaron la profundidad de su sentimiento. En su rostro, la piedad se batía en una especie de divino despecho contra los obstáculos que la reducían a la impotencia. La compasión femenina seguramente nunca se vistió con una apariencia más encantadora.

Tal belleza y tal bondad me enternecieron por completo, y me pareció que la única respuesta adecuada que podía dar era decirle justo la verdad. Desde luego no tenía ni una chispa de esperanza, pero por otro lado no tenía miedo de que ella se enfadase. Ella era demasiado compasiva para eso. Así que inmediatamente dije, "Es muy ingrato por mi parte no sentirme satisfecho con una amabilidad tal como la que has venido demostrándome, y ahora me demuestras. Pero ¿estás tan ciega como para no ver por qué ellos no bastan para hacerme feliz? ¿No ves que es porque he sido lo suficientemente loco como para amarte?".

A mis últimas palabras ella se sonrojó profundamente y sus ojos cayeron ante los míos, pero no hizo esfuerzo para retirar sus manos de las mías. Durante unos momentos estuvo así, un poco jadeante. Después, sonrojándose más profundamente que nunca, pero con una deslumbradora sonrisa, alzó su mirada.

"¿Estás seguro de que no eres tú el que está ciego?" dijo.

Eso fue todo, pero fue suficiente, porque ello me dijo que, inexplicable, increíble como era, esta radiante hija de una era dorada me había otorgado no sólo su piedad, sino su amor. Inmóvil, yo creía a medias que debía de estar bajo alguna feliz alucinación incluso mientras la abrazaba. "Si estoy loco," grité, "déjame seguir así."

"Soy yo la que tú debes creer que está loca," jadeó, escapando de mis brazos cuando apenas había probado la dulzura de sus labios. "¡Oh! ¡oh! ¿qué debes de pensar de mi que casi me he arrojado a los brazos de alguien que sólo hace una semana que conozco? No quise decir que deberías averiguarlo tan pronto, pero estaba tan apenada por ti que olvidé lo que estaba diciendo. No, no; no debes tocarme otra vez hasta que sepas quién soy. Después de eso, señor, me pedirás disculpas muy humildemente por pensar, como sé que lo piensas, que he sido demasiado rápida en enamorarme de ti. Después de que sepas quién soy, estarás obligado a confesar que no era nada menos que mi deber enamorarme de ti a primera vista, y que ninguna chica de adecuados sentimientos podría hacer otra cosa en mi lugar."

Como puede suponerse, me habría alegrado muchísimo de renunciar a las explicaciones, pero Edith estaba resuelta a que no hubiera más besos hasta que hubiese sido exculpada de toda sospecha de precipitación en la concesión de sus afectos, y yo estaba dispuesto a seguir al encantador enigma hasta la casa. Habiendo llegado hasta donde estaba su madre, susurró ruborizada algo a su oído y salió corriendo, dejándonos juntos.

Entonces se puso en evidencia que, extraña como mi experiencia había sido, no era el primero en conocer lo que quizá era su característica más extraña. Por la Sra. Leete supe que Edith era la biznieta de no otra que mi amor perdido, Edith Bartlett. Después de guardarme luto durante catorce años, había hecho un casamiento no por amor, y había dejado un hijo que había sido el padre de la Sra. Leete. La Sra. Leete nunca había visto a su abuela, pero había oído hablar mucho de ella, y, cuando nació su hija, le dio el nombre de Edith. Este hecho debió de haber tendido a incrementar el interés que la niña adquirió, según fue creciendo, por todo lo concerniente a su antepasada, y especialmente por la trágica historia de la supuesta muerte de su enamorado, de quien esperaba ser esposa, en el incendio de su casa. Era un relato bien calculado para conmover la compasión de una chica romántica, y el hecho de que la sangre de la infortunada heroína corría por sus venas naturalmente elevó el interés de Edith en ello. Un retrato de Edith Bartlett y algunos de sus papeles, incluyendo un paquete de mis propias cartas, estaban entre las reliquias de la familia. El retrato representaba una muy hermosa mujer joven sobre quien era fácil imaginar toda clase de cosas tiernas y románticas. Mis cartas dieron a Edith algún material para formarse una idea clara de mi personalidad, y ambas juntas bastaron para convertir la triste vieja historia en algo muy real para ella. Ella solía decir a sus padres, medio en broma, que nunca se casaría hasta que encontrase un amor como Julian West, y no había ninguno semejante hoy en día.

Pero todo esto, desde luego, era meramente el ensueño de una chica cuya mente nunca había estado absorta en un asunto amoroso propio, y no habría tenido serias consecuencias a no ser por el descubrimiento aquella mañana de la cámara acorazada enterrada en el jardín de su padre y la revelación de la identidad de su inquilino. Porque cuando la forma aparentemente sin vida fue llevada a la casa, el rostro que había en el relicario que encontraron sobre su pecho fue reconocido al instante como el de Edith Bartlett, y por ese hecho, puesto en conexión con las otras circunstancias, ellos supieron que yo no era otro sino Julian West. Incluso si no hubiese habido pensamiento alguno, como no lo hubo en un principio, de resucitarme, la Sra. Leete dijo que ella creía que este acontecimiento habría afectado a su hija de un modo crítico y de por vida. La presunción de alguna sutil ordenación del destino, involucrando el de ella con el mío, habría poseído bajo toda circunstancia una irresistible fascinación para casi cualquier mujer.

Si tras haber a la vida unas horas después, y parecer desde el principio que acudía a ella con una peculiar dependencia, encontrando un especial consuelo en su compañía, ella había sido demasiado rápida dándome su amor a la primera señal del mío, ahora podía, dijo su madre, juzgarlo por mi mismo. Si así lo pensé, debo recordar que este, después de todo, era el siglo veinte y no el diecinueve, y el amor era ahora, sin duda, más rápido en crecimiento, así como más franco en declaración que entonces.

Dejando a la Sra. Leete me fui a buscar a Edith. Cuando la encontré, lo primero fue tomarla por ambas manos y permanecer mucho tiempo en éxtasis contemplando su rostro. Mientras la miraba fijamente, el recuerdo de aquella otra Edith, que había sido afectada como con una conmoción insensibilizadora por la tremenda experiencia que nos había separado, revivió, y mi corazón se desvaneció con tiernas y conmovedoras emociones, pero también muy dichosas. Porque la que me hizo ver de un modo tan conmovedor el sentido de mi pérdida iba a hacer buena esa pérdida. Era como si desde sus ojos Edith Barlett mirase al interior de los míos, y me sonriese con consuelo mi. Mi destino era no sólo el más extraño, sino el más afortunado que jamás le sobrevino a un hombre. Un doble milagro había sido forjado para mi. No había encallado en la costa de este extraño mundo para encontrarme solo y sin compañía. Mi amor, a quien había soñado haber perdido, había sido reencarnado para mi consuelo. Cuando al fin, en un éxtasis de gratitud y ternura, plegué a la encantadora chica entre mis brazos, las dos Ediths estaban combinadas en mi pensamiento, y desde entonces no las he distinguido con claridad. No tardé en averiguar que por parte de Edith había una correspondiente confusión de identidades. Nunca, seguramente, hubo entre enamorados recientemente unidos una conversación más extraña que la nuestra de aquella tarde. Ella parecía más deseosa de que le hablase de Edith Bartlett que de ella misma, de cómo la había amado en vez de como la amaba a ella misma, recompensando mis cariñosas palabras concernientes a otra mujer con lágrimas y tiernas sonrisas y apretándome la mano.

"No debes amarme demasiado por mi misma," dijo. "Estaré muy celosa en nombre de ella. No te dejaré olvidarla. Voy a decirte algo que puedes pensar que es extraño. ¿No crees que los espíritus a veces vuelven al mundo para consumar algún trabajo que está cerca de su corazón? Qué pasaría si yo te dijera que a veces he pensado que su espíritu vive en mi--que Edith Bartlett, no Edith Leete, es mi verdadero nombre. No puedo saberlo; desde luego ninguno de nosotros puede saber quién es realmente; pero puedo sentirlo. Puedes asombrarte de que tenga tales sentimientos, viendo cómo mi vida fue afectada por ella y por ti, incluso antes de que vinieses. Ya ves que no necesitas molestarte en amarme en absoluto, si únicamente eres fiel a ella. No será probable que yo esté celosa."

El Dr. Leete había salido aquella tarde, y no tenía una entrevista con el hasta después. No le pillé, en apariencia, completamente desprevenido con la información que le transmití, y estrechó mi mano enérgicamente.

"Bajo cualesquiera circunstancias normales, Sr. West, debería decir que este paso ha sido dado en base a una relación muy breve; pero estas son indudablemente circunstancias nada normales. En justicia, quizá debería decirle," añadió sonriente, "que aunque doy mi consentimiento con alegría al arreglo propuesto, no debe sentirse demasiado en deuda conmigo, ya que juzgo que mi consentimiento es una mera formalidad. Desde el momento que el secreto del relicario fue desvelado, tenía que serlo, imagino. Vaya, Dios me bendiga, si Edith no hubiese estado allí para salvar la promesa de su bisabuela, realmente comprendo que la lealtad de la Sra. Leete hacia mi habría sufrido una severa revisión."

Aquella noche el jardín estaba bañado por la luz de la luna, y hasta medianoche Edith y yo vagamos de un lado para otro, tratando de acostumbrarnos a nuestra felicidad.

"¿Qué habría hecho yo si yo no te hubiese importado?" exclamó. "Tenía miedo de que así fuera. ¡Qué habría hecho yo entonces, cuando sentía que estaba consagrada a ti! Tan pronto como volviste a la vida, estaba segura, como si ella me lo hubiese dicho, de que yo iba a ser para ti lo que ella no pudo ser, pero que sólo podría serlo si tu me dejabas serlo. Oh, cómo quería decirte aquella mañana, cuando te sentiste tan terriblemente extraño entre nosotros, quién era yo, pero no me atrevía a abrir los labios sobre eso, o dejar que mi padre o mi madre----"

"¡Eso debe haber sido lo que no dejabas que tu padre me dijera!" exclamé, refiriéndome a la conversación que había oído por casualidad mientras volvía de mi trance.

"Por supuesto que lo era," Edith rio. "¿Solamente has adivinado eso? siendo mi padre tan sólo un hombre, pensó que le haría sentirse entre amigos el decirle quienes éramos nosotros. No pensó en mi en absoluto. Pero mi madre sabía lo que yo trataba de decir, y me salí con la mía. Nunca podría haberte mirado a la cara si tú hubieses sabido quién era yo. Hubiera sido imponerme a ti con demasiado atrevimiento. Me temo que piensas que así lo hice hoy, como así fue. Estoy segura de que no era mi intención, porque sé que en tu época se esperaba que las chicas ocultasen sus sentimientos, y estaba horriblemente asustada de conmocionarte. Ay de mi, qué duro habría sido para ellas tener que haber ocultado siempre su amor como una culpa. ¿Por qué pensaban que era semejante vergüenza el amar a alguien, hasta que les hubiesen dado permiso? Es tan extraño pensar en esperar el permiso para enamorarse. ¿Era porque los hombres de aquella época se enfadaban cuando las chicas les amaban? Esta no es la manera en que las chicas sentirían, estoy segura, ni los hombres, creo, ahora. No lo entiendo en absoluto. Esa será una de las cosas curiosas acerca de las mujeres de aquella época que tendrás que explicarme. No creo que Edith Bartlett fuese tan boba como las otras."

Tras varios intentos ineficaces de separarnos, ella finalmente insistió en que debíamos decir buenas noches. Estaba a punto de imprimir sobre sus labios el absolutamente último beso, cuando ella dijo, con un indescriptible espíritu de travesura:

"Me preocupa una cosa. ¿Estás seguro de que perdonas por completo a Edith Bartlett por casarse con otro? Los libros de tu época que han llegado hasta nosotros presentan a los enamorados de tu época más celosos que cariñosos, y eso es lo que me hace preguntar. Sería un gran alivio para mi si pudiese estar segura de que no estás celoso de mi bisabuelo en lo más mínimo por casarse con tu novia. ¿Puedo decirle al retrato de mi bisabuela cuando me vaya a mi habitación que la perdonas completamente por haber demostrado ser falsa contigo?"

Crealo el lector, esta coqueta burla, si la propia oradora tuviese idea de ello o no, realmente conmovió y con ésto curó un absurdo dolor de algo parecido a los celos, de los cuales yo había sido vagamente consciente desde que la Sra. Leete me había hablado del casamiento de Edith Bartlett. Incluso mientras había tenido a la biznieta de Edith Bartlett entre mis brazos, no había, comprendido con claridad hasta ese momento, tan ilógicos son algunos de nuestros sentimientos, que a no ser por ese casamiento, no habría podido tenerla así. Lo absurdo de este estado de ánimo sólo podía ser igualado por lo abruptamente que se disolvió cuando la pícara pregunta de Edith despejó la niebla de mis percepciones. Me reí y la besé.

"Puedes asegurarle que la perdono totalmente," dije, "aunque si se hubiese casado con otro hombre en vez de con tu bisabuelo, habría sido una cuestión completamente diferente."

Al llegar a mi habitación aquella noche no abrí el teléfono musical, que pudiera haberme arrullado para dormir con canciones tranquilizantes, como se había convertido en mi costumbre. Por una vez mis pensamientos hacían mejor música que la racionalidad de las orquestas del siglo veinte, y me mantuvieron encantado hasta bien entrada la madrugada, cuando me quedé dormido.