Morrión y Boina

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Cuentos de Marineda
Morrión y Boina
 de Emilia Pardo Bazán

Morrión y Boina[editar]

¡La casa número 16 de la calle de la Angustia, en Marineda, trae a mi memoria tantos recuerdos! Y no de esos que producen melancolía, sino de los que infunden cierta nostalgia regocijada y benévola; algo como el ritornello de una sana explosión de risa al acordarse de un castizo sainete.

Hace ya ocho años que los inquilinos de los pisos principal y segundo de aquella vieja casa se fueron a habitar en otra más espaciosa, aunque de aposentos angostos, helados y oscuros; más alta de techo, como que se lo da la bóveda celeste; más poblada, aunque siempre muda... Ocho años, si..., ¡y en ocho años, cuántos sucesos y qué rodar del mundo!, hace que duermen en el camposanto de Marineda, al arrullo del ronco Cantábrico, las dos irreconciliables estantiguas, los dos vejestorios enemigos, a quienes, por no andar zarandeando los apellidos de su esclarecida prosapia, llamaré sonora y significativamente don Juan de la Boina y don Pedro del Morrión.

Al primero le conocí y traté mucho más que al segundo. Lo que se ofrece a mi fantasía cuando evoco la forma corpórea en que se encerraba el bien templado espíritu de don Juan, es... su nariz. ¿Quién podría olvidarla? Comprendo que se borren otros detalles fisonómicos e indumentarios de varón tan insigne, por ejemplo: los ojillos pequeños como cabezas de alfiler de a ochavo, emboscados tras la broza desigual de las cejas; los labios belfos, haciendo pabellón a la monástica papada; el cráneo puntiagudo, con erizada aureola de canas amarillas; las orejas de ala de murciélago, despegadas, vigilantes, sirviendo de pantalla a las mejillas coloradotas; las manos hoyosas y carnudas, de abadesa vieja... Hasta cabe no recordar aquel vestir tan curioso, proyección visible de un criterio anticuado: el levitón alto de cuello y estrecho de bocamanga, ceñido al talle y derramado por los muslos de amplísimos faldones; el chaleco ombliguero; el reloj con dijes; el pantalón sujeto al botín blanco por la trabilla de los lechuguinos de 1825, pero generalmente abrochado de un modo asaz incorrecto; el corbatín de raso; la almilla de franela, color de azafrán; la chistera cónica; el pañuelo de hierbas a cuadros; la caja de rapé; el famoso raglán, prenda que sólo en hombros del señor Boina pudo admirar la Marineda contemporánea, y tantas y tantas particularidades como merecían especial mención en el decano de los tradicionalistas marinedinos. Pero eran flor de cantueso al lado de su severa, majestuosa, aquilífera y arquitectónica nariz.

En mis tiempos de chiquilla, al venir a casa el chocolatero (entonces se molía el chocolate a brazo y nos tomábamos, desleídas en la jícara del caracas, gotas de humano sudor), concluida la elaboración de la molienda, y en espera yo de los obsequios de última hora que en casos tales no se regatean a los niños, recuerdo que el buen artesano se pasaba el dorso de la mano por la húmeda frente, suspiraba como quien exhala el postrer aliento, y me decía: «Espera, espera..., que te voy a hacer dos conchitas y un don Juan Boina de chocolate». Inmediatamente se ponía a modelar el monigote, de perfil, con una prolongación en mitad de la cara, mayor que la cara toda. Y era un don Juan Boina que estaba hablando.

Algo conviene indicar sobre la historia política del insigne personaje, a fin de que se comprenda la trascendencia del seudónimo que elegí para él. Y no piensen los maliciosos -gente, por desgracia, la que más abunda- que si en esta historia no se contienen hechos memorables en el terreno cívico ni en el militar, es en mengua del esforzado corazón y gallardo ánimo de don Juan Boina. No, y mil veces no. Antes penetraría el aire ambiente en los apretados poros de un fino diamante, que el pavor en el alma de don Juan. Si la suerte le destinó a mero espectador de grandes sucesos, no es culpa suya ni de su tesón indomable, por el cual alguien dijo que el señor Boina tenía el meollo como la caja de una carretera: relleno de guijarros.

Insisto en que don Juan no hizo cosas extraordinarias, porque no estaba de Dios que las hiciese; y atrévase nadie a desmentir esta verdad. Si dispusiese la Providencia que don Juan fuese un Napoleón I, llegaría a serlo..., probablemente. ¡Pues apenas sentía él en su alma nobles ímpetus y ansia de señalar con un rastro de gloria su paso por el mundo!

Don Juan había nacido en los primeros años del XIX, por lo cual afirmaba él que «iba con el siglo», aun cuando su modo de pensar y sentir desmentía palmariamente esta aseveración. Sus tempranos bríos juveniles los gastó, durante la primera guerra civil, en limpiar furtivamente trabucos naranjeros y pistoletes de chispa; dedicar en el Rosario muchas oraciones al triunfo de la buena causa, y eludir las asechanzas de los liberales compostelanos, resueltos a medir las costillas de los carlinos, como los carlinos se las habían santiguado a ellos en los años de reacción absolutista. ¡Ah! Es que entonces la gente no se andaba en chanzas, no; por los caminos reales encontraba el viajero los cuartos de algún cuerpo humano, y oía sin asombro que aquel brazo o aquella pierna era del faccioso Fulano de Tal, si es que no entraban en Compostela los cruentos despojos atravesados en una mula y goteando sangre... Cualquiera entiende que la prudencia de don Juan tuvo muchas ocasiones de ejercitarse en época tan azarosa, y el haber salido ileso de ella prueba suficientemente sus condiciones de sagacidad y su diplomacia admirable. Como Sièyes, bajo el Terror, don Juan pudo responder al que le preguntase por sus actos en tan crítico momento: «He vivido».

Restablecida la paz y afianzada la «inocente Isabel» en el Trono, don Juan descansó de sus fatigas refugiándose en el seno de la ventura doméstica; o, para hablar en romance llano, se casó. Tomó por esposa a una señorita de Lugo, fina, espiritada, romántica y sensible, que hacía unos versos flébiles y gemidores como el aura. Por orden de su marido ocultó los tales versos cual la violeta su perfume; dedicóse a la práctica de las virtudes conyugales, fundamento de la sociedad cristiana, y vivió dedicada a abrochar a don Juan las trabillas, hacerle el nudo del corbatín, plancharle las percheras, pegarle botones en las camisas, marcarle pañuelos..., hasta que entregó a Dios el alma, que fue pronto, y de una murria o consunción inexplicable, dada su felicidad. Entonces pagó don Juan tributo a las letras imprimiendo las poesías de su difunta, con este título y subtítulo: Suspiros del corazón. Obras poéticas de la señora doña Celia Monteiro de la Boina. Dalas a luz su desconsolado esposo, en memoria de sus virtudes.

Antes de la enfermedad de la señora de Boina, ciertas malas lenguas, merecedoras de que las hiciesen picadillo, murmuraron algo que tuvo graves consecuencias, para el porvenir de su marido, siendo el primer chispazo de un odio inextinguible. Lo que se susurró fue si la esposa de don Juan se asomaba o no se asomaba a la galería para ver pasar la milicia capitaneada por el apuesto don Pedro del Morrión, el más fogoso nacional de Marineda. Este tal era un abogadillo tronera y bullanguero, cabeza caliente y corazón expansivo, alma de todos los motines y pronunciamientos de aquella época, en que los había diarios. En cuanto a que la señora de Boina se dejase o no se dejase impresionar por las relucientes charreteras y la magnífica pompona del señor Morrión, es punto que no ha dilucidado la historia, tan solícita en aquilatar otros menos importantes. Lo indudable es que las hablillas referentes al caso llegaron a oídos del esposo y encendieron en su ánimo un furor que cincuenta años después ardía igual que en los primeros instantes. Comparado con aquél, ¿qué valen los frenesíes de Otelo ni las iras del Tetrarca? Apenas don Juan se enteró del rumorcillo -sin duda por algún chismoso-, es fama que hizo el soliloquio siguiente:

«España está perdida. No se respeta el honor ni el hogar. Si en vez de mandar Espartero tuviésemos rey y religión como es debido, don Pedro del Morrión sería ahorcado por sedicioso; pero en los tiempos que corren, ese libertino cobra el barato en Marineda. ¡Si algún día cae bajo mi poder...!» A su vez, el miliciano, viendo acaso que la señora de Boina no se asomaba ya, y encontrándose por las noches al marido, muy embozado, que rondaba su propia casa, velando por su dignidad, como él decía, se echaba esta cuenta:

-Servilón de Satanás, cuando vuelva la de apalear a los de tu casta, del primer garrotazo... te despachurro esas narices de mascarón de proa, y quedas bonito.

Si aquel drama interior se exteriorizase, sólo Dios puede saber qué habría pasado; no cabe duda: con la voluntad, el señor Boina se comía diariamente los hígados del señor Morrión, y el señor Morrión solfeaba a estacazos al señor Boina. Pero con la voluntad, entiéndase bien: con la voluntad tan solo. En el terreno de los hechos no sucedía más sino que cada vez que se encontraban los dos héroes, fruncían el ceño, chispeaban sus ojos, se les hinchaban las narices, tosían, mirábanse de soslayo, y... maldito si pasaba otra cosa.

Corrieron años, y allá en el 44 gozó don Juan la dulce emoción de esperar que acaso el tremendo Puig Samper, Capitán General de Galicia, le mandase atizar a don Pedro unos tiritos por haberse entremetido en el alzamiento de Iriarte. No se le cumplió el gusto, y, dominado el motín, don Pedro siguió paseándose por Marineda, tan orondo, alborotando con la reorganización de la milicia. Tampoco se le logró el deseo a don Juan dos años después, fecha de la famosa hecatombe de Carral. Según Boina, no era Solís el organizador de la revolución sino don Pedro, bajo cuerda, por supuesto; y cuando llevaron atado codo con codo al jefe del Estado Mayor de Samper para arcabucearle, don Juan bramaba y repetía:

-¡Mientras no lleven así al botarate de Morrión!...

La efervescencia montemolinista dio luego mucho en que entender al señor Boina, y casi le distrajo de su odio. ¡Con qué afán siguió las operaciones de Cabrera en Cataluña! Él se sentía capaz de hacer otro tanto en Galicia... si le facilitasen mimbres y tiempo. No sería el caudillo militar, pero sí el genio organizador, la cabeza. En ésta rehizo todo el plan de campaña, y a seguirse el suyo, no hubiese terminado como terminó aquella empresa malograda y heroica.

Por su parte, el señor Morrión andaba también muy entretenido en aquellos días de pronunciamientos, conspiraciones, golpes de Estado y milicia nacional siempre en danza. Cuando tocaron a disolver la fuerza popular, en el memorable año 56, sobrábanle ya a don Pedro motivos para tener juicio, porque sus sienes lucían canas y arrugas su rostro; no obstante, perdió la chaveta, y se adhirió a la resistencia barricadera del pueblo marinedino, cuyos nacionales no quisieron rendirse hasta que lo hiciesen los de Madrid. La mañana luctuosa en que fue preciso entregar las armas, como acertase a pasar don Juan Boina, que volvía de misa, y fuese visto por un grupo de milicianos, hubo dos o tres silbidos, se cantó el trágala, y el corneta de la compañía se destacó a pintarle con tiza un borrico en la espalda del raglán que ya gastaba entonces. ¡Qué inefable placer le produjo el desarme de aquellos pilletes, y contemplar a Morrión cariacontecido, con las orejas gachas, privado para siempre del gusto de ostentar su brillante uniforme y jugar al coronel! Y emitiendo un juicio histórico más profundo de lo que él mismo creía, se dijo don Juan, respirando fuerte:

-La milicia ha muerto. Nunca más resucitará. Se reirán de esta farsa las generaciones venideras. La causa, la santa causa, en cambio, vive y ha de vivir mientras haya españoles. Yo, yo soy inmortal. Ya verán cómo renazco de mis cenizas cuando menos se lo figuren. Y así que tal suceda..., ¡ay del infame seductor, masón y perdido!

Renació, en efecto, el fénix, con misterioso aleteo, allá por el año de 60, cuando se fraguó el complot extraño y romancesco de la Rápita. No había entonces ferrocarril ni señales de él para Galicia, y, sin embargo, a Marineda, llegaron unos vientecillos de noticias, exhalados quizá de la famosa casa de la calle de Amaniel, y a boca de noche los vecinos curiosos pudieron ver entrar en el portal de don Juan Boina a dos o tres pajarracos, quiénes rebozados en negros manteos, quiénes envueltos en cumplidas pañosas. La sinceridad de fiel cronista me obliga a declarar que en aquellos clandestinos conciliábulos no acontecía más que lo siguiente: leer de cabo a rabo La Esperanza, periódico de simbólico título; toser y estornudar, roncar a veces al amor del brasero y despertar entre sueñecillo y sueñecillo para decirse muy bajo -tan bajo como si detrás de cada puerta estuviese apostado un espía que se preparaba ¡algo!, ¡algo! Ellos no sabían qué...; pero, vamos, algo se preparaba. ¡Algo!

Al estallar lo que se preparaba, quedáronse con la boca abierta. Todo lo aguardaban, menos eso. Para decir cumplida verdad, sus informes no les autorizaban a protemeterse ni eso ni otra cosa, porque, seamos francos, ni sombra de informes auténticos tenían que comentar en sus nocturnas reuniones; pero, sea como quiera, siempre la imaginación pinta, y a ellos les pintaba entradas por Portugal, intervenciones de Inglaterra con motivo de lo de Marruecos, órdenes del Papa; todo, menos la tartana y el sacrificio del novelesco y simpático Jaime Ortega. Ortega..., ¿quién era Ortega? ¡Humillación indescriptible! Ninguno lo sabía. En fin, ahora, después de la catástrofe, lo que importaba era ponerse a salvo. Había transpirado en Marineda el misterio de aquellos conclaves subversivos; el diablo, que todo lo añasca llevó a oídos de las autoridades alarmantes rumores..., y don Juan y compañía se dedicaron a buscar agujeros y refugios para no sufrir la suerte del mísero capitán general de las Baleares. ¡Ahí sería nada si los metiesen en un bote con trampa en el fondo, y bajo pretexto de conducirlos al castillo de San Andrés, los dejasen hundirse bonitamente en mitad de la bahía! ¡Pues no digo si los trincasen, y en la revuelta de un camino, alegando que habían intentado desatarse, les escalfasen los sesos de una descarga! Lo que más color daba a estos recelos, lo que los elevó a pánico, fueron unos anónimos sombríos y preñados de amenazas, cerrados con migas de pan y escritos por mano indocta, que rezaban así: «Muerciélagos: encomendad vuestras almas a Dios; llegó vuestra última hora. Ya se descubrieron vuestras negras tramas. Se os arrancará la careta. Mochuelos que huís de la luz, ahora sí que os quemamos la madriguera. Pereceréis entre las llamas, ya que nos queríais asar a nosotros en las de la ominosa Inquisición». Al poner en el buzón para el correo interior estos y otros disparates, don Pedro del Morrión y dos amigotes suyos, asiduos concurrentes a la logia de Marineda, se perecían de risa.

-De esta hecha mueren de canguelitis. El doctoral ya está enfermo de..., pues de flojedad en el ánimo. A don Juan Boina se le ha estirado un palmo la nariz.

Pasaron, por fin, aquellos tragos y aquellos sustos; vino el gran acontecimiento revolucionario, y con él una serie de trascendentales sucesos, que vengaron cumplidamente a don Juan de las picardías de su antiguo rival. Mientras el señor de Morrión, hecho ya un pasa, arrollado por la gente nueva que trajo consigo la marea de la septembrina, se quedaba arrinconadito en el instante mismo de triunfar sus ideas de toda la vida, y, en unión de su partido, empezaba a momificarse, el señor de Boina, precisamente cuando se desencadenaba la anarquía, iba subiendo a las colosales proporciones de jefe de partido en Marineda. Sin saberse cómo ni por qué, el señor de Boina era ya un personaje político a tiempo que se eligieron las Constituyentes de la revolución. Tanto, que una mañana se le vio enderezar el espinazo asaz encorvado; despedir lumbres por los microscópicos ojitos; ajustarse marcialmente el raglán; echar calle arriba, camino de la iglesia donde oía misa todos los días del año; y, una vez allí, hincarse de rodillas ante el altar de los Dolores, abrir los brazos y, con un impulso de verdadera fe -tal vez el único momento estético y sublime de su larga existencia-, rezar en alta voz una Salve. Era diputado electo por el distrito de la Formoseda.

Es seguro que con el mismo entusiasmo que puso en sus labios la oración, don Juan hubiese pronunciado en las Cortes largos y magníficos discursos, a no tropezar con cierta premiosidad en la elocución y cierta carencia de... de ideas no precisamente, sino de las fórmulas en que se envuelven esas ideas para salir a luz revestidas con las galas de la oratoria. No obstante, fue muy digna de encomio en aquella campaña parlamentaria la docilidad del señor Boina al votar con la minoría tradicionalista, y la modestia con que se hizo a un lado dejando los primeros puestos a los Aparisis, Monescillos y otras personalidades eminentes, con las cuales ni siquiera intentó entrar en pugna.

Lo que le desacreditó un poquillo, inutilizándole para las legislaturas venideras, fue el fiasco de la delicada comisión que le encomendó el partido tradicionalista gallego, delegándole por la provincia de Lugo para asistir a la importante Junta de Vevey. La idea de viajar por el extranjero puso a don Juan fuera de quicio; es indecible el desdén con que miraba a su enemigo Morrión cuando en aquellos días le encontraba casualmente en las calles de Marineda. «Ahora verás, quídam pelagatos, la diferencia que va de un furriel de nacionales a una notabilidad política». Preciso es confesar que el señor de Morrión andaba cariacontecido y mohíno. «Lo admito todo -decía a sus amigos y compinches de logia- Que vuelvan a cantar la Pitita; que manden los curas; que se restablezcan los autos de fe; que tengamos que tragar otra vez los diezmos... Pero, ¡caramillo!, no comprendo esto de que se consigan tales cosas haciendo personaje político a una calabaza..., que más gorda no la ha producido nunca ninguna huerta». ¡Cuál sería el regocijo de los malévolos detractores del señor don Juan al saber que éste, en vez de dirigirse a Ginebra para acudir a Vevey, había ido a dar con sus huesos a Génova, y desconociendo el idioma, confundido, mareado, indispuesto, no había conseguido llegar a la Asamblea magna sino con toda la oportunidad del mundo, después de la última sesión!

Todos los periódicos de Marineda, El Adalid, El Nautiliano, El Grito Marinedino, publicaron en esta ocasión chispeantes sueltos y cómicas reseñas del viaje de don Juan. Los tradicionalistas, que le habían elegido por mandatario, quedaron tan satisfechos como puede suponerse y el astro político del señor Boina empezó a apagar sus resplandores, quedándole sólo unas tenues lumbres que todavía conservaba cuando yo le conocí y traté.

En suma, ¿qué importaba a don Juan la decadencia? Es ésta compañera inseparable de toda humana gloria: no hay grandeza que no decline, no hay imperio que no fenezca y se acabe. Hundióse el poderío romano; cayeron en ruinas Babilonia y Nínive; Jerusalén, Cartago, Itálica, sufrieron la misma suerte. En esto pensaría don Juan para consolarse si a tanto llegase su erudición y si no le bastase el recuerdo... que a los sesenta y tantos años reemplaza a la realidad de un modo satisfactorio. ¿Quién le podía quitar haber sido diputado en las Constituyentes? ¿Quién haber ido a Vevey..., aunque fuese por el camino de Génova? ¿Quién la sonrisa cariñosa y las atentas palabras de doña Margarita de Borbón? Que rabiase el viejo ex miliciano, pues no registraba en su historia efemérides tales. Recién salida del horno la Restauración conocí personalmente al señor don Juan, y aún tuve el placer de que se sentase varias veces a mi mesa. La primera fue, por más señas, un día de días; creo que un San José, patrono de casi todos los españoles. Colocado a mi derecha, luciendo en la almidonada pechera un descomunal y arcaico broche de diamantes y rubíes entrefalsos; con la servilleta puesta a guisa de babero, el patriarca me inspiraba una especie de respetuosa conmiseración mezclada con unos impulsos de reír, a que me guardé bien de dar salida porque para algo se hicieron la cortesía y la buena crianza. Él se había propuesto ser galante conmigo, y desde la sopa empezó a ofrecerme con los dedos, yemas y almendras de las que contenía un plato montado puesto frente a nosotros. Una yema me la dio con el cocido; otra, con el frito; otra, con las perdices. Y había aquello de:

-Ésta por mí. Ésta por el señor de los días. Si me desaira usted me ofendo. Usted no querrá desairarme.

No; no quería desairarle, y me tragué las yemas. Mi buen natural impidió que meditase proyectos de venganza; pero la casualidad y la suerte me sirvieron mejor que solicitaba yo misma, poniéndome en ocasión de dar el disgusto magno al señor Boina. He aquí cómo:

Carteábame por entonces con un ilustre paisano mío, un marinedino que ha dejado memoria, escuela, partido y hasta dinastía en España; hombre de agudísima inteligencia, que gracias a ella obtuvo la jefatura del tradicionalismo español y consiguió, andando el tiempo, desde el fondo de la tumba, sobreponer el prestigio de su nombre al del mismo principio monárquico, en la conciencia de la gente más monárquica del mundo: señalado ejemplo del poder de la dialéctica y de las doctrinas cerradas y radicales. Este varón notable a quien llamaré don Máximo Robledal, me escribía, como digo, si no muy a menudo, por lo menos las veces suficientes para causarle al bueno de don Juan Boina berrinches, jaquecas, melancolías y desazones de toda especie, porque tenía determinado, en su fuero interno, que la única persona a quien don Máximo Robledal podía escribir en Marineda era a él. ¡Él, el delegado de Vevey, el diputado a Cortes! Cada vez que recibía el correo, latíale el corazón como a niña con novio ausente, y acostumbraba quedarse con las cartas en la mano, calados los espejuelos, los párpados con traídos, saliente el labio inferior y destacado el sobrecejo coronando su poderosa nariz, la cual rascaba suavemente con la uña del pulgar izquierdo, murmurando:

«Pero ¿de quién será esta carta? A ver, ¿de quién? Del señor penitenciario de Lugo no pude ser: no es su letra, que bien la conozco. Pues del marqués de la Figueira menos: como que se encuentra imposibilitado y no escribe a nadie. De mi primo Jacinto María..., ¡si tuve otra ayer!..., y las "bes" mayúsculas de Jacinto son de distinta hechura que éstas. Tampoco me parece del cura Bouzas. ¡Quia! Si trae sello de Madrid. ¿Será?... ¡Santo Dios! Acaso sea... Probablemente... Como estos días ocurren cosas importantísimas en nuestra comunión... Se prepara "algo"... El chiquillo se va, se va, ahora es la cierta... La cosa andaba muy mal allá por Francia... ¡Ah, de fijo que la carta es de don Maaáximo!»

Si presenciaban estas fluctuaciones los habituales tertulianos del señor Boina, solían, pasados unos diez minutos, decirle, con gran sensatez:

-Pero, señor don Juan, abra usted la carta, que es el modo de saber quién le escribe.

Seguía el consejo, y... ¡oh desengaño! No era de don Máximo la epístola. Cuando se agregaba que, por los mismos días tuviese yo alguna que enseñarle, don Juan no dormía, ni sosegaba, ni me dirigía la palabra sino desde el fondo de su cólera, con una especie de reticencia dolorosa y continua. Represéntese el pío lector cuál se quedaría don Juan al enterarse de una carta más solemne que todas, donde Robledal me participaba cómo el Señor (que Dios guarde) le había nombrado su representante en España, y me encargaba de ponerlo en conocimiento de los leales de Marineda. Una granada que estallase a sus pies; la vista de un dragón fierísimo; el techo que se cayese y le cogiese debajo, no dejaría al señor Boina más apabullado y patitieso que la tal misiva. Para él era una real orden, igual que si las palabras de don Máximo saliesen en la Gaceta y trajesen esta coletilla: «Está rubricado de la real mano».

Inmediatamente me pesó de habérsela leído. Disipada la primera estupefacción, vi sus mejillas que pasaban del rojo oscuro al color violáceo; vi encenderse su venerable nariz y temblar su colgante belfo y sus pobres manos ancianas; hasta creo que oí entrechocarse los dijes de su gran saboneta, como los dientes del medroso ante el peligro. No obstante pudo más que la piedad el buen humor de los pocos años que entonces contaba yo, y le pregunté con involuntaria malicia:

-¿Qué le parece, señor de Boina, la galantería de nuestro ilustre Robledal? Me da la noticia antes que a nadie. ¿Ve usted qué deferencias hacia el bello sexo?

Don Juan me miró de alto a bajo; rechinó los dientes; enarcó las cejas, y sólo pudo exclamar con ronca y trémula voz:

-¡Está bien..., está bien!

Tuve la fortuna de que, al salir de estampía el patriarca, le acompañase uno de sus tertulianos, el cual me refirió después la sabrosa escena ocurrida a las puertas de mi casa. Paróse allí sin aliento el señor de Boina; elevó la frente y miró hacia mis balcones; bajó después la cabeza y siguió corriendo cuanto se lo permitía el peso de los años hasta la esquina de la calle. Allí volvió a detenerse y, dando salida a lo que le hubiese ahogado si lo reprime un minuto más, alzando el sombrero, llevando la diestra a sus amarillentas canas, exclamó, tartamudeando:

-¡Señor..., Señor..., Señor! ¡La comisaría regia..., la comisaría regia de Marineda..., y, por consiguiente, de Cantabria..., en una hembra!... ¡Robledal!... ¡Robledal! ¡Señor, Señor, detenle al borde del abismo..., guíale, alúmbrale... La comisaría..., el gobierno de esta región de España..., en manos femeniles! ¡Señor..., salva a España..., salva el mundo!

-La verdad es -dijo el acompañante del señor de Boina con la más sana intención de acabar de desatinarle- que esta comisaría regia era pintiparada para usted.

-No; yo, no; yo, no -exclamó el honrado viejo con explosión de indignada modestia-. Yo no soy más que un veterano de cien campañas, inválido ya; yo para nada sirvo sino para pedir a Dios una buena muerte; yo..., soldado de fila, el último; pero... ¿cómo quiere usted que vea con indiferencia al señor de Robledal..., a don Máximo..., tocado de locura, invadido del espíritu diabólico, entregando la comisaría regia a una hembra? ¿Conque llevamos todo lo que va de siglo luchando, sufriendo persecuciones, derramando nuestra sangre, cubriéndonos de gloria, sí, de gloria, para evitar que ocupen el trono las hembras, y hemos de tolerar ahora que una nos rija y mande en estas provincias? ¡Ah don Máximo! Las atribuciones que a usted ha conferido el rey son muy grandes, muy respetables, sin duda alguna; yo me inclino ante el rey; pero llegando un caso de estos, un acto así de tiranía..., no me doblo: nos veremos, señor don Máximo. Ya sabe usted la fórmula: se obedece, pero no se cumple. Los cristianos acatamos al rey, pero no nos humillamos al César. Resistiré como los mártires a los procónsules. Protesto, protesto y protesto. ¡Comisario regio una hembra!

Había que saber el sentido que tenían en los labios y en la mente de don Juan estas últimas palabras; había que conocer su dictamen respecto a la «misión», según decía él, de la mujer en sociedad, para darse cuenta exacta de la ironía y la amargura con que las articulaba. Protestó en efecto, y la primera forma de su protesta fue no volver a poner los pies en mi casa, lo cual sentí mucho. Por más que procuré evitar el rompimiento con el pobre señor enviándole varios recados de que no había tal comisaría regia ni cosa que lo valga, no conseguí disuadirle y siguió aferrado a su inocente chifladura, encerrado en su casa, donde concurría diariamente a darle tertulia el elemento joven tradicionalista de Marineda. Esta tertulia era su consuelo, su solaz y su compensación. Con esta tertulia me hacían la oposición a mí.

En efecto, ¿qué bálsamo para sus heridas morales como saber a ciencia cierta que el día de San Carlos Borromeo; el de Santa Margarita, reina de Escocia; el del Apóstol Santiago, patrón de las Españas, y el de Nuestra Señora de las Nieves, en su casa se juntaban para salir a oír la misa; en su casa era donde se celebraba la ceremonia oficial del besamanos, y en su casa se redactaba y firmaba el mensaje de felicitación? ¿Qué comisario regio era yo, cuando nadie se acordaba de mí para presidir estos actos tan serios y tan interesantes a la vida del partido? ¡Ah! A despacho de los contrafueros de Robledal, el verdadero comisario regio... bien, bien se comprendía dónde estaba.

En los años de retraimiento que corrieron sin que yo viese al señor de Boina, ocurrió un hecho curioso, de esos que parecen bromas de la casualidad. Habitaba el señor de Boina, según queda dicho, en un caserón de la calle de la Angustia, la más costanera, pedregosa, húmeda y antigua de Marineda, si se exceptúa la de la Sinagoga, más fea todavía. El tal caserón, que cualquier arquitecto declararía ruinoso, era, sin embargo, bastante claro y de condiciones higiénicas superiores a las de las casas nuevas marinedinas; pero por encontrarse sito en aquella calle extraviada y melancólica, costaba la mitad menos, y con unos cuantos realitos diarios podía el señor Boina permitirse el lujo de un salón donde celebrar sus recepciones oficiales. Pues bien: el segundo piso, igualmente barato y destartalado se vino a vivir ¿quién dirán ustedes? El señor don Pedro del Morrión, en persona. Desde la Revolución, este héroe, mandado retirar lo mismo que el partido progresista, en cuyas filas formaba, y tan pasado de moda como la milicia, se había ido acartonando y quedándose hecho una castaña pilonga. La edad, que traía a don Juan un desarrollo majestuoso y pletórico de los tejidos y de las formas, secaba y reducía al ex abogado y ex bullanguero. Aquella vivacidad antigua suya remanecía, sin embargo, en sus movimientos y gesticulaciones, y, sobre todo, en su fogoso corazón, que conservaba todo el calor de los tiempos juveniles, por más que las facultades intelectivas y el vigor físico anduviesen muy desmayados. No se había entibiado un punto el ardor de sus convicciones; aborrecía más que nunca a los que seguía llamando facciosos; para él había un espectro; la teocracia, y cuanto en España ocurría de malo, que era casi todo, lo atribuía a manejos de los jesuitas y a intrigas de la gente negra. La pura verdad es que nadie le hacía caso, y que se le tomaba a broma en todas partes, no tanto a causa de sus opiniones, ni más discretas ni más tontas que las de la mayoría de los políticos de casino, sino porque la mucha edad, cuando no es augusta por el genio, por el nacimiento, por la virtud, tiene algo de cómico, máxime si no la sazona y condimenta la sal de la experiencia y del desengaño. Lo que a los veinticinco fue base de la popularidad de don Pedro, a los setenta y pico largos hacía sonreír hasta a la gente benévola. Así, la prenda elegante que un tiempo realzó la hermosura, pasa a ser disfraz carnavalesco y divierte por su extravagancia.

Lo triste para don Pedro era verse, a sus años, tan solito; porque aquellos amigotes de logia que le ayudaron a divertirse con don Juan, cuando lo de la Rápita, se habían ido muriendo -claro está, como que contaban las mismas Navidades que el famoso miliciano-. ¡Qué soledad la de los viejos sin hogar, sin familia y hasta sin ese calor ficticio, pero animador y benéfico, de las amistades políticas! Cada vez que don Pedro oía bajo sus pies el rodar de sillas y estrépito de pisadas de los que acompañaban en las largas noches de invierno al patriarca del tradicionalismo, y les sentía bajar, metiendo bulla y riendo a carcajadas, la vetusta escalera, una hipocondría profunda se apoderaba de él, y envolviéndose en su vieja bata de tartán, único preservativo que contra el riguroso frío usaba, y paseando de arriba abajo en su desmantelado e inútil salón, daba vueltas al problema siguiente: «Vamos a ver: yo conocí a ese búho de don Juan Boina hace la friolera de cincuenta y tantos añitos. Ya entonces sus ideas eran una ridícula antigualla, desterrada por la esplendente luz del progreso. Desde entonces, en España, la causa de la libertad ha ganado terreno siempre; hemos echado a los frailes, consumado la desamortización, destruido los fueros, logrado la libertad de cultos... y, sin embargo, ese esperpento, en vez de quedarse arrinconado en el desván, se ha visto diputado, casi personaje, y aún hoy, retirado de la vida activa, recibe corte; vienen todas las noches seis u ocho personas de las más conocidas y respetadas aquí a hacerle tertulia, se encuentra mimado, y halagado, y hasta obedecido, y yo no sirvo sino para que se me rían en mi cara cuando me atrevo a decir algo de política. Vamos a ver, repito: ¿quién ha sido aquí el bolonio? ¿Quién el loco y quién el cuerdo? ¡Cuándo pienso que él está rodeado de jóvenes! Ese caduco despojo de edades oscurantistas, ¡con una escolta de muchachos! ¿Si retrocederá el siglo en vez de avanzar? ¿Si seré yo un memo, y la santa libertad una engañifa? Porque si hubiese justicia en la tierra, Marineda a quien debía traer en palmas es a mí, el nacional veterano; y a ese terco vejestorio servilón, encerrarle en la cárcel, donde otros están con menos motivo.»

Es inexplicable la murria que estas cavilaciones infundían a don Pedro. Tanto subió de punto que la tertulia de abajo, con sus risotadas, sus taconeos, sus sillas removidas y todo su alegre trajín vino a ser la idea fija del señor de Morrión; idea que, ayudada por la debilidad mental y las manías, compañeras inseparables de los años provectos, consiguió dar al traste con la serenidad del vejete, persuadiéndole de que andaba sobre un volcán, o, para decirlo más claro, de que bajo sus plantas se tramaba alguna formidable conspiración semejante a la de Ortega, y de la cual resultaría Marineda el centro, siendo foco del incendio aquella misma casa.

«¡Ah lechuzos! -exclamaba para sí el señor de Morrión-. A mí no me la pegáis. Vosotros no os reunís ahí tan solo para hacerle el mondiú a ese melón de don Juan Boina. A otro perro con ese hueso. ¿Si me acordaré yo de cuando, so color de hacerle cocos a una muchacha, nos juntábamos a llenar cartuchos y fundir balitas? Ya soy machucho y la experiencia me ha enseñado a desconfiar. Aquí se trama algo... Pero yo lo descubriré o pierdo el nombre que tengo.»

Lo cierto es que, después de tomada esta determinación, don Pedro no volvió a aburrirse. Había encontrado eso que se necesita a todas las edades, y más en la vejez: un objeto, una distracción, en fin, una forma cualquiera de la actividad moral humana.

Así que cerraba la noche, recatando la cara con el embozo, agazapado en un ángulo del tenebroso portal, atisbaba don Pedro a los tertulianos de su vecino y trataba de interpretar las palabras sueltas que pronunciasen al tirar de la campanilla. Después, tumbándose en el piso, pegando el oído a las rendijas de los tablones, procuraba sorprender el cuchicheo de la reunión oscurantista. Primero oía un murmurio acompasado y monótono, que alternativamente se apagaba o sonaba con más fuerza: era don Juan guiando el rosario de sus tertulios. Después notaba los acostumbrados ruidos de arrastrar muebles; se organizaba la partida de tresillo. Choques como de hueso con loza: las fichas.

Carcajadas: un codillo al patriarca dado por medio de unas trampas de lo más irreverente. Y luego, lectura en alta voz, entrecortada por comentarios, exclamaciones, protestas, gritos y disputas interminables: era la lectura de El Siglo Futuro y de La Fe, no incompatibles todavía en aquellos tiempos, si bien ya muy esquinados y torcidos; como que no tardarían en arrojarse los platos a la cabeza. Estos eran los ecos de la tertulia para un espíritu desapasionado y observador; no así para el viejo maniático, que no podía explicarse semejantes rumores sino atribuyéndolos a alguna ocupación ilícita, perturbadora y completamente extralegal.

Una noche, sobre todo, llegó su excitación al paroxismo a causa de un suceso inexplicable para él y que ocurrió en el misterioso conciliábulo. Antes de referirlo, conviene advertir que los asiduos cortesanos del señor de Boina, gente moza y de festivo genio, iban cansándose de hablar y oír todas las noches las mismas cosas; y encontrando que la tertulia pecaba de soporífera, trataban de animarla con bromas y jugarretas. En los primeros tiempos se habían portado con gran formalidad, mostrando sumo respeto al patriarca; pero así como los sacristanes acaban por familiarizarse con las imágenes y objetos sagrados, y andar entre ellos como andarían entre cachorros o espuertas, ya los tertulios de don Juan no veían en él al figurón respetable de su partido, sino al viejecito chocho, con cuyas ideas estrambóticas se divertían en grande. Era aquella una generación nueva, no educada para venerar, o al menos infiltrada de ese virus de libre examen que funda la veneración en la crítica: que si venera, quiere saber por qué, y a quien en último término sólo se imponen positivamente la inteligencia y el vigor. Así es que la casa de don Juan poco a poco fue convirtiéndose para ellos de santuario en entremés, y cada día ideaban una diablura diferente para solazarse a cuenta del pobrecito. Empezaron por tomarla con la criadita del señor don Juan, recomendada de un canónigo, que tenía la voz monjil y el andar muy repulgado, que saludaba diciendo: «¡Ave María purísima!», y que era, en opinión de don Juan Boina, la suma de las virtudes y el paraninfo de la castidad: flaquezas de juicio frecuente en los viejos que toman a su servicio muchachas. Para quemarle la sangre al señor Boina, nada como decirle chicoleos a su Verónica.

-Es un cargo de conciencia, señores -gruñía, poniéndosele la nariz colorada como el moco de un pavo-. ¿No comprenden ustedes que esa muchacha es la inocencia misma, que perturban ustedes su virginal corazón? ¡Una chica que se proponía entrar monja y ha dejado el convento para servirme! ¡Buen ejemplo y buena seguridad la que disfruta bajo mi techo! Señores, esto no puede seguir así. Al que diga algo atrevido a Verónica... se le expulsa, señores, se le expulsa.

Con esta orden draconiana tuvieron materia de diversión para rato. Es de saber que el señor Boina era el más desgraciado mortal del mundo cuando le faltaba un tertuliano; y hubo de observar con disgusto que alguno de ellos no parecía en tres o cuatro días por la tertulia.

-¿Qué tendrá el señor don Feliciano Mosquera? ¿Estará enfermo?

Guardaban silencio los cómplices, hasta que, apremiados por las preguntas y la aflicción del señor Boina, bajaban la cabeza y contestaban como avergonzados:

-Señor don Juan, Mosquera no se atreve a ponerse delante de usted... Tuvo la desgracia de echarle flores a Verónica..., y como usted ha sentenciado a expulsión al que en tal error incurriese... Esta explicación la daba con aire gazmoño y voz contrita el joven abogado Martín Gómez Canido, el tertuliano de aspecto más modesto y formal, y en el fondo el más terrible guasón de cuantos mareaban al patriarca. Y don Juan solía contestarle, echándola de magnánimo:

-¡Jesús, María Santísima..., qué frágil es la humana naturaleza! En fin, por esta vez dígale al señor Mosquera que venga, que le echamos muy en falta... Pero con condición de que no reincida. ¡Si reincide...!

Agotada ya la vena de los requiebros a la sirvienta, discurrieron otra humorada sobre el mismo tema, y fue asegurarle a don Juan que su criada estaba ferida de punta de amor por él, lo cual la traía a mal traer, llena de escrúpulos y con el alma toda acongojadica.

-Señor don Juan, usted no sabe lo que es una muchacha sensible. Claro, la ponen a la infeliz al borde del abismo; la traen a vivir en compañía de una persona como usted, con ese prestigio y esa fascinación que ejerce sobre cuanto le rodea; me la colocan, como quien dice, sobre el barril de pólvora..., y no quieren que salte, Señor don Juan, tiene usted sobre su conciencia un gran peso. Ha envenenado usted la existencia de esa desgraciada. Antes de conocerle a usted sólo pensaba en Dios, y ahora..., figúrese usted en lo que pensará.

A lo que respondía don Juan, cayéndosele la baba en hilos hasta la pechera:

-Son ustedes unos exagerados, señores. Una joven tan virtuosa no deja fácilmente que se la apoderen de las potencias las pasiones desenfrenadas. Con las prácticas cristianas de Verónica..., pues, vamos, no puede ser. Yo no digo que no tenga su sensibilidad lo mismo que cualquiera; todos somos..., en fin, somos mortales, no somos nada; pero la virtud siempre se levanta por encima de las asechanzas de esta carne maldita...

Viendo los empecatados bromistas la credulidad del buen señor, recargaron el cuadro:

-Señor de Boina: mucho sentimos dar a usted una mala nueva...; pero el cariño que le tenemos nos obliga... Nosotros debemos velar por su buena fama de usted. No conviene que el ilustre jefe del partido tradicionalista se vea tildado...

Aquí el señor Boina fruncía el sobrecejo, se echaba atrás con dignidad y articulaba con énfasis:

-Ustedes dirán, señores.

-Pues se trata de que, con motivo de esa pasión que por usted siente la infeliz Verónica..., anda por ahí cada cuento y cada chisme y cada historia... imponente.

-¿Qué me dicen ustedes, señores? Yo no sé lo que me pasa... ¿Están ustedes seguros?

-¡Toma! -replicaba Martín Gómez-, ¡que si estamos seguros! El director de El Pimiento Picante nos enseñó hasta el proyecto de caricatura que va a publicar contra usted. Sale usted de Fausto, y Verónica, de Margarita. Por supuesto que, si tal hace, le rompemos un alón; pero el escándalo..., el escándalo no se evita.

-Pues el escándalo es lo que conviene evitar, señores...

Y don Juan dejando caer la cabeza, incustrando la quijada en el pecho, desmayando la fisonomía, pareciera, efectivamente un búho atontado si no le faltasen los redondos ojos melancólicos que dan a esta ave nocturna aspecto tan grave y reflexivo. No inspiró lástima a los bromistas la actitud doliente del patriarca; lejos de eso, continuaron poniéndole la cabeza como un bombo, refiriéndole murmuraciones de vecindad y supuestos planes maquiavélicos de los librepensadores marinedinos, a fin de sorprender en malos pasos al mayor enemigo del liberalismo en Marineda: al eximio don Juan.

-¿A qué no sabe usted -insinuaba Gómez Canido, bajando los ojos, como siempre que iba a soltar una gran bellaquería- quién propala todas esas especies de ofensivas para el decoro de usted y, en general, de nuestra comunión? Y, claro, viniendo de tal origen, las cree todo el mundo..., figúrese. ¿No sospecha usted a quién me refiero?

El señor Boina, relampagueando con los ojos, alzaba el índice y lo movía de arriba abajo, pronunciando al mismo tiempo:

-Ya estoy, ya... Ese galafate del piso segundo...

-¡Ajá! Justamente. Don Pedro del Morrión es quien corre la voz de que si usted y Verónica... Gómez completaba la frase poniendo horizontales los dos índices de la derecha y la izquierda, y dando en la yema del uno con la del otro repetidas veces.

-Hombre -articulaba, al fin, el señor de Boina-, a ese bicho malo convenía... sí, convenía que ustedes... me lo desalojasen de ahí. Si les he de ser a ustedes franco..., yo no estoy enteramente tranquilo con semejante vecindad. Una calumnia..., como ustedes dicen muy bien..., procediendo de un inquilino de la misma casa..., rueda y se divulga y tiene autoridad.

-Que sí; se lo correremos a usted de ahí. ¡No faltaba otra cosa! ¡En la misma casa de nuestro ilustre jefe ese revolucionario! No, no...; déjelo usted de nuestra cuenta.

Así estaban los dos inveterados enemigos: rebosando indignación, refrescadas sus antiguas discordias por la proximidad y atravesando con su ira el piso de carcomidas tablas que los separaba; la suerte que sus miradas no eran lanzas ni puñales; que si no, poco hubiese tardado en clavarse, pasando la débil valla, en ambos cuerpos.

En tal ocasión fue cuando los tertulianos, cansados de revolverle al señor de Boina armarios y alacenas para sacar a luz estrambóticas antiguallas; de hacer rabiar a Verónica en la cocina robándole los postres o escondiéndole el vino; de atarle al gato latas en el rabo y de volver los cuadros cara a la pared, idearon cierta infantil travesura, más propia de chicos del Instituto que de hombres barbados; y fue meter una rata enorme de las que en Marineda se llaman «lirios», en una cajita de madera, que, sellada y precintada, hicieron entregar por un mozo, diciendo que era un encarguito venido por la diligencia compostelana. La orden fue que el encargo se trajese cuando estuviese reunida toda la tertulia; y mientras don Juan sostenía la cajita en las manos sin resolverse a abrirla, dando vueltas al rótulo y discurriendo, según costumbre, si el regalo sería del señor penitenciario de Lugo o del primo Jacinto María, los tertulianos se empujaban con el codo y ahogaban la risa pellizcándose las manos o mordiéndose los labios. Por fin, don Juan determinó abrir, con gran prosopopeya, la caja, y, ¡pif!, saltó la rata hecha un basilisco, arrastrando más de treinta varas de bramante delgado con que le habían atado una patita y a cuyo extremo opuesto estaba sujeta la caja. Es indecible la confusión y algarabía; los chillidos de don Juan, que tenía un miedo cerval a las ratas; las carreras de los tertulianos para atrapar al animalejo, los brincos y fuga desesperada de éste; sus ascensiones a los muebles más altos; su refugio tras de una cortina; su trágica muerte a espadín, que fue el arma que más pronto se hubo a mano en el arsenal del señor Boina...

Arriba, don Pedro del Morrión, con el oído pegado al piso, el corazón en prensa y la respiración anhelosa, no podía darse cuenta del motivo de tan tremenda algazara.

-A alguno persiguen, es evidente; a alguno acosan; pero ¿a quién? -y de pronto, saltando como si el espadín que abajo consumaba la ejecución del asqueroso bicho le hubiese atravesado a él los riñones, exclamó-: ¡Caramillo! Ahí gritan ¡«muera»! ¡Se me eriza el cabello! ¡Ah!, no en vano decía yo que aquí hay más que una inocente tertulia. Aquí se conspira; aquí... se llega hasta el crimen.

Y al escuchar una voz que desde abajo dijo clara y distintamente: «Ya murió», el pobre hombre, tan sorprendido como si no acabase de anunciarlo, se quedó absorto, paralizado de horror.

Hay que insistir en que las potencias intelectuales del señor del Morrión habían ido debilitándose mucho con la edad, pues, de otro modo, no era posible que dejase de comprender, reflexionando serenamente, lo que bajo sus pies acontecía. Pero la edad enflaquece el juicio, y a don Pedro se le caían, de puro viejo, los calzones. Es indecible la trágica impresión que produjeron en su espíritu aquellos «mueras» y aquél «ya murió», oídos resonar, entre el silencio nocturno, en un caserón fantásticamente grande, donde cualquier ruido se agiganta y cualquier hecho se dramatiza. Don Pedro se acostó calenturiento y tiritando de fiebre: no pudo pegar ojo en toda la noche; lidió con mil pensamientos: de rencor y venganza los unos, de hidalguía los otros; hasta que a la siguiente mañana, apenas despachado el mezquino desayuno y vestídose el gabán de paño de pólvora y tomado el bastón de muleta bajó las escaleras y llamó con energía a la puerta de su enemigo.

¡Momento solemne en la existencia de entrambos! No se habían hablado nunca; no se conocían el metal de voz; y cuando don Juan vino a abrir en persona, porque la criada había salido al mercado, los adversarios y antiguos rivales se miraron con estupor consiguiente a aquella rara entrevista. Don Juan parecía una visión del otro mundo en el negligé matutino, con su elástica de franela amarilla, su gorro negro y sus babuchas; y don Pedro, al acercársele, sintió una mezcla de aborrecimiento, de asombro y, fuerza es decirlo, de consideración involuntaria. No obstante, entró con paso marcial, sin saludar más que por medio de un «felices días» seco y áspero. Pasó al salón, y ante el silencio orgulloso e interrogador de don Juan, que le miraba con altanería, perdió el aplomo, turbóse y balbució:

-Ya comprenderá usted el objeto de mi visita... Hay cosas que le ponen a uno en compromisos muy serios..., ¡muy serios! Cuando uno es caballero y lo ha sido toda su vida... El papel de delator es odioso... Y, al mismo tiempo, la conciencia de los deberes de ciudadano y de hombre honrado..., ¡de hombre honrado!, porque me precio de serlo...

-Haga usted el favor de explicarse inmediatamente -pronunció don Juan, que estaba purpúreo, y cuyas masas de carne temblaban como gelatina puesta en el plato.

-Que..., que si usted sigue celebrando aquí reuniones sediciosas que den lugar a escenas tan horribles como la de anoche, con mucho ¡con mucho! sentimiento mío me veré precisado a..., a... delatarle a las autoridades. Ya lo sabe usted, ¡ea!; ya lo sabe usted..., ya lo sabe. La ley ante todo..., la ley. Se inclinarán ustedes ante la ley..., mal que les pese. Tendrán ustedes que disolverse y... que respetar el orden establecido.

Todo el cuerpo de don Pedro vibraba a impulsos de la pasión interior; sus pupilas centelleaban, sus labios se contraían convulsos; sus mejillas estaban lívidas. Por impulso unánime los dos viejos se levantaron, y andando un par de pasos trágicamente, se quedaron a muy poca distancia el uno del otro. Se comían con la vista, y sus puños se crispaban. Al fin, don Juan rompió a hablar, trabándose de lengua.

-¿Con que..., con que usted me toma en boca... a la ley? ¿A la ley... eh? Usted... liber... libertino, la ley..., la ley... ¿Y qué ley reconoce un difamador..., ateo, como usted? ¿Eh? ¡La ley del..., del cerdo!

-Y usted..., hipócrita..., ¿porqué llama a los demás ateos?... Creemos en Dios... más que usted. ¡Usted..., bajo esa capa de religión, encubre... delitos, delitos como el de anoche! ¡Ateos nosotros..., los liberales de... siempre! ¡Nosotros no somos capaces de... acogotar a..., un ser humano! ¡No somos a... asesinos!

-¿A quién..., a quien he asesinado yo..., calumniador, disoluto?

La verdad es que don Pedro no lo sabía, a pesar de lo cual, penetrado de su razón, se empinó en las puntas de los pies, porque no era muy alto, cerró los puños y, hecho ya una fiera, anduvo, anduvo, anduvo hasta metérselos a don Juan por la cara... Y con voz que tenía todo el timbre de los años verdes, gritó:

-¿Qué a quién? ¡A la Libertad..., y... a... tu santa esposa..., mamarracho!

Una pálida criatura, ya reducida a polvo, surgió de repente entre los dos hombres. ¡Quién le dijera que aún podían acordarse de ella en el mundo de los vivos! Y don Juan, enarbolando una silla, aulló más que contestó:

-¡Yo te daré la esposa..., seductor, ladrón de honras ajenas!

Al querer descargar el silletazo, las fuerzas del viejo le hicieron traición, y enredándose en los pies cayó de bruces, desplomado, contra el suelo.

..............................

Dad un empujón al muro vetusto y ruinoso y se vendrá a tierra. Así sucedió a aquel par de estantiguas. Ninguno de los dos pudo resistir la descarga eléctrica del odio acumulado tantos años. Casi al mismo día enfermaron y se encamaron para no levantarse más. Una diferencia curiosa hubo, sin embargo, entre sus últimos instantes, y es preciso consignarla para dar a cada uno lo suyo, según manda la justicia.

Apenas vislumbró don Pedro que la cosa iba de veras, llamó a un sobrino suyo, única persona que velaba a su cabecera, acaso atraído por el olor del testamento, y murmuró a su oído con gran misterio y humildad, como quien pide una gollería:

-Anda a buscarme... un confesor

-¡Tío, qué disparate! No parece sino que se va usted a morir mañana.

-Que me busques un confesor te digo..., y basta que yo lo diga, que ahora no es ocasión de bromas. Mira..., tal vez esté ocupado el cura de la parroquia... Si está..., me traes..., me traes..., aunque sea..., aunque sea un jesuita... Ahí cerca creo que viven.

Un jesuita vino, en efecto, y él preparó aquella alma para salir, sin duda alguna, a vida mejor y más hermosa. Cuando el padre se encontraba enfrascado en su santa faena, haciendo repetir al moribundo los actos de fe, llamóle precipitadamente a la antesala un tertuliano de los más fieles de don Juan, que venía afligidísimo, pues a vueltas de diabluras y judiadas habían llegado todos a cobrar al patriarca un apego y cariño piadoso.

-Se nos va por la posta -dijo el tertuliano, que no era sino Mosquera-. Tememos que no pase de esta noche; y mire usted, padre, por más raro que a usted le parezca, nos encontramos con que no hay medio de meterle en la cabeza que debe confesarse. Ni indirectas del padre Cobos, ni directas, ni nada sirve con él; indudablemente que era muy buen cristiano y su conciencia estará limpia; pero de todas maneras como está es la de vámonos...

-Comprendo y no me admira eso tanto como ustedes imaginan -cuchilleó el hijo de Loyola-. Bajaré en cuanto me sea posible, y ya se arreglará el asunto; pero en este instante...

Y con la cabeza señaló hacia la alcoba de donde acababa de salir.

-¿Y... ése? -preguntó Mosquera.

-¡Ah! Perfectamente, gracias a Dios...; perfectamente. En realidad, puedo decirlo..., una muerte edificante. Con permiso de usted... Allá me vuelvo. La sábana mortuoria cubría ya la faz de don Pedro cuando el confesor empezó a trastear a don Juan para hacerle entender que era ocasión de prepararse para el viaje eterno, del cual nadie ha regresado, y el ejemplo y el fin del miliciano nacional fue asunto de la exhortación con que dispusieron a bien morir al hojalatero, absolutista. Costóle mucho trabajo, pero, al fin, no tuvo remedio sino de enterarse de la más desagradable noticia: desagradable siempre, hasta a los ochenta, hasta en el fondo de un calabozo, hasta al que nada espera ni de nada sirve, que tal es la ley natural y ninguno puede eludirla.

Don Pedro y don Juan fueron enterrados, con diferencia de horas, en dos nichos contiguos, queriendo la suerte que ni en el cementerio separasen su morada. Atravesando el tabique que los aísla ¿riñen todavía sus espíritus? Al sentirse tan cerca, ¿crujen de rabia sus huesos en el fondo del ataúd? Bien quisiera saberlo... y también quisiera sospechar qué diría don Juan Boina, si levantase la cabeza, del cisma que se ha movido entre los tradicionalistas desde hace un año. ¿Seguiría a la progenie de Robledal o a don Carlos de Borbón?


«La España Moderna», enero 1889.