Motivos de Proteo: 026

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Motivos de Proteo de José Enrique Rodó


XXV - Peer Gynt.[editar]

Este sentimiento de la vida que se acerca a su término, sin haber llegado a convertir, una vez, en cosa que dure, fuerzas que ya no es tiempo de emplear ¿quién lo ha expresado como Ibsen, ni dónde está como en el desenlace de Peer Gynt, que es para mí el zarpazo maestro de aquel formidable oso blanco? Peer Gynt ha recorrido el mundo, llena la mente de sueños de ambición, pero falto de voluntad para dedicar a alguno de ellos las veras de su alma, y conquistar así la fuerza de personalidad que no perece. Cuando ve su cabeza blanca después de haber aventado el oro de ella en vana agitación, tras de quimeras que se han deshecho como el humo, este pródigo de sí mismo quiere volver al país donde nació. Camino de la montaña de su aldea, se arremolinan a su paso las hojas caídas de los árboles. «Somos, le dicen, las palabras que debiste pronunciar. Tu silencio tímido nos condena a morir disueltas en el surco». Camino de la montaña de su aldea, se desata la tempestad sobre él; la voz del viento le dice: -«Soy la canción que debiste entonar en la vida y no entonaste, por más que, empinada en el fondo de tu corazón, yo esperaba una seña tuya». Camino de la montaña, el rocío que, ya pasada la tempestad, humedece la frente del viajero, le dice: -«Soy las lágrimas que debiste llorar y que nunca asomaron a tus ojos: ¡necio si creíste que por eso la felicidad sería contigo!». Camino de la montaña, dícele la yerba que va hollando su pie: -«Soy los pensamientos que debieron morar en tu cabeza; las obras que debieron tomar impulso de tu brazo; los bríos que debió alentar tu corazón». Y cuando piensa el triste llegar al fin de la jornada, el Fundidor Supremo» -nombre de la justicia que preside en el mundo a la integridad del orden moral, al modo de la Némesis antigua-, le detiene para preguntarle dónde están los frutos de su alma, porque aquellas que no rinden fruto deben ser refundidas en la inmensa hornaza de todas, y sobre su pasada encarnación debe asentarse el olvido, que es la eternidad de la nada.

¿No es ésta una alegoría propia para hacer paladear por vez primera lo amargo del remordimiento a muchas almas que nunca militaron bajo las banderas del Mal? -¡Peer Gynt! ¡Peer Gynt! Tú eres legión de legiones.



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