Motivos de Proteo: 052

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Motivos de Proteo de José Enrique Rodó


LI - La emoción del bárbaro.[editar]

Infinito en objetos y diferencias el amor, todas éstas participan de su fundamental poder y eficacia; pero aquel género de amor que propaga, en lo animado, la vida; aquel que, aun antes de organizada la vida en forma individual, ya está, como en bosquejo, en las disposiciones y armonías primeras de las cosas, con el eterno femenino que columbró en la creación la mirada del poeta, y la viril energía inmanente que hace de complemento y realce a aquella eterna gracia y dulzura, es el que manifiesta la potestad de la pasión de amor en su avasalladora plenitud; por lo cual, como cifra y modelo de todo amor, para él solemos reservar de preferencia este divino nombre. Y en las consagraciones heroicas de la vocación; en el íntimo augurio con que la aptitud se declara y traza el rumbo por donde han de desenvolverse las fuerzas de una vida, tiene frecuente imperio tan poderosa magia.

Así, el blando numen que encarna en forma de niño sonríe y maneja en la sombra mil hilos de la historia humana. Si del amor, por su naturaleza y finalidad primera, deriva el hecho elemental de la civilización, en cuanto a él fue cometido anudar el lazo social, y asentar de arraigo, en el seno de la madre tierra, la primitiva sociedad errante e insólida, que los encendidos hogares ordenan un día en círculos donde se aquieta: la civilización, en su sentido más alto, como progresivo triunfo del espíritu sobre los resabios de la animalidad; como energía que desbasta, pulimenta y aguza; como lumbre que transfigura y hermosea, es al estímulo del amor deudora de sus toques más bellos. Junto a la cuna de las civilizaciones, la tradición colocó siempre, a modo de sombras tutelares, las mujeres proféticas, nacidas para algún género de comunicación con lo divino; las reveladoras, pitonisas y magas; las Déboras, Femonoes y Medeas; no tanto, quizá, como recuerdo o símbolo de grandes potencias de creación e iniciativa que hayan realmente asistido en alma de mujer, cuanto por la sugestión inspiradora que, envuelta inconscientemente en el poder magnético del amor cuando más lo sublima la naturaleza, inflama y alienta aquellas potencias en el alma del hombre. Transformándose para elevarse, a una con el espíritu de las sociedades humanas, el amor es en ellas móvil y aliciente que coopera a la perspicuidad de todas las facultades, a la habilidad de todos los ejercicios, a la pulcritud de todas las apariencias.

Cuando me represento la aurora de la emoción de amor en el fiero pecho donde sólo habitaba el apetito, yo veo un tosco y candoroso bárbaro, que, como poseído de un espíritu que no es el suyo, vuelve, imaginativo, del coloquio en que empezó a haber contemplación, moderadora del ciego impulso, y ternura, con que se ennoblece y espiritualiza el deseo; y que llegado a la margen de un arroyo, donde la linfa está en calma, se detiene a considerar su imagen. Véole apartar de la torva frente las guedejas, como de león; y aborrecer su desnudez; y por la vez primera anhelar la hermosura, y proponerse de ella un incipiente ejemplar, una tímida y apenas vislumbrada forma, en que germina aquélla de donde tomarán los bronces y los mármoles la inspiración de los celestes arquetipos. Veo que luego, tendiendo la mirada en derredor, todas las cosas se le ofrecen con más ricas virtudes y más hondo sentido; ya porque le brindan o sugieren, para las solicitudes de amor, nuevas maneras de gala y atraimiento; ya porque hablan, con misteriosas simpatías, a aquel espíritu que le tiene robado, por modo divino, el corazón. Veo que, bajo el influjo de esta misma novedad dulcísima, fluye en lo hondo de su alma una vaga, inefable música, que anhela y no sabe concretarse en son material y llegar al alma de los otros; hasta que, despertándose en su mente, al conjuro de su deseo, no sé qué reminiscencias de las aguas fluviales y de los ecos de las selvas, nace la flauta de Antigénides, de la madera del loto, o de simples cañas, labrada; para reanimarse después, con más varia cadencia, la música interior, en la lira tricorde, segunda encarnación de la armonía. Veo que, tentado de la dulzura del son, brota el impulso de la danza, con que cobran número y tiempo los juegos de amor; y se levanta el verso, para dar al idioma del alma apasionada el arco que acrecienta su ímpetu. Veo el brazo del bárbaro derribar los adobes que, cubiertos de entretejidas ramas, encuadraban su habitación primera; y obedeciendo al estímulo de consagrar al amor santuario que le honre, alzar la columna, el arco, la bóveda, la mansión firme y pulidamente edificada, bajo cuyo techo se transformarán los aderezos de la rústica choza en el fausto y el primor que requieren la habilidad del artífice: la escudilla de barro, en la taza de oro y la copa de plata; el mal tajado tronco, en el asiento que convida a la postura señoril; la piel tendida, en el ancho y velado tálamo, que guarda, con el dedo en la boca, el Amor, tierno y pulcro, tal como visitó las noches de Psiquis; y el fuego humoso, en la lámpara de donde irradia la luz, clara y serena, como la razón, que amanece entre las sombras del instinto, y el sentimiento, que cría alas en las larvas de la sensación.


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