Motivos de Proteo: 059

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LVIII - Vocación que se define por eliminaciones sucesivas.[editar]

Cuando algún propósito de la voluntad no trae aparejada a su imagen, por instinto o costumbre, la inspiración del movimiento con que ha de ejecutarse, calcula y prueba el ánimo movimientos distintos, para dar lugar a que se manifieste el que corresponde a aquel fin. De este modo, quien no tiene el conocimiento intuitivo e inmediato de su vocación, la busca, en ciertos casos, por experiencias y eliminaciones sucesivas, hasta acertar con ella. Un sentimiento vago de la propia superioridad; un estímulo de ambición enérgica y emprendedora: esto es todo lo que algunas almas destinadas a ser grandes conocen de sí mismas antes de probarse en la práctica del mundo; y por eso hay muy gloriosas existencias que se abren con un período de veleidades y de ensayos, durante el cual experimenta el espíritu los más diversos géneros de actividad, y los abandona uno tras otro; hasta que reconoce el que le es adecuado, y allí se queda de raíz.

El abandono de aquellas vocaciones primeramente tentadas nace, a veces, de repulsión o desengaño respecto de cada una de ellas; porque, una vez conocidos sus secretos y tratadas en intimidad, no satisficieron al espíritu ni colmaron la idea que de ellas se tenía. Otras veces, menos voluntario el abandono, refiérese el desengaño a la propia aptitud: no halló dentro de sí el inconstante fuerzas que correspondiesen a tal género de actividad, o no las conoció y estimuló el juicio de los otros. Ejemplo de lo primero: de decepción relativa a cada actividad considerada en sí misma, y no a la propia disposición para ejercerla, lo da, en la antigüedad, Luciano. El impávido burlador de los dioses recorrió, antes de hallar su verdadero camino, las más varias aplicaciones; y ninguna logró aquietarle. Empezó por soltar de la mano, considerándole instrumento servil, el cincel del escultor. Se acogió a la jurisprudencia, pero pronto le repugnó aquel connaturalizarse con la disputa y con la mala fe. Profesó luego la filosofía, de la manera ambulante que era uso en su tiempo; y ganó este linaje de fama en Grecia, en las Galias y en Macedonia; pero debajo del filosofar de aquella decadencia palpó la vanidad de la sofística. Entonces, de las heces de esta desilusión pertinaz brotó, espontáneo y en su punto, el genio del satírico demoledor, bien preparado para fulminar la realidad que por tantos diferentes aspectos se le presentara abominable y risible: y tal fue la vocación de Luciano. Caso semejante ofrece, con anterioridad, Eurípides, que antes de tener conciencia de estar llamado a ser el continuador de Esquilo y Sófocles, abandonó sucesivamente, durante largo período de pruebas, las coronas del atleta, el pincel del artista, la tribuna del orador y la toga del filósofo. Parecido proceso de eslabonados desengaños precede, al cabo de los siglos, a la orientación definitiva del espíritu de Van Helmont, el grande innovador de los estudios químicos en las postrimerías del Renacimiento; decepcionado del poco fondo de las letras, decepcionado de las quimeras de la magia, decepcionado de las incertidumbres del derecho, decepcionado de las conclusiones de la filosofía, hasta que una inspiración, en que él vio sobrenatural mandato, le lleva a buscar nueva manera de curar los males del cuerpo, y le pone en relación con los elementos de las cosas. La pasión anhelante del bien común, que inflamó, desde sus primeros años, el alma abnegada de Pestalozzi, no tendió desde luego al grande objetivo de la educación, sino después de ensayar distintas formas de actividad, ya en los estudios eclesiásticos, ya en los del foro, ya en el cultivo de la tierra.

Pero estos veleidosos comienzos nacen otras veces, como decíamos, de que la natural disposición no se manifiesta con suficiente eficacia allí donde la vocación provisional la somete a experiencia. Así, no fue desencanto del arte, ni desencanto de la acción, sino imposibilidad de llegar, en el uno y en la otra, adonde fingían sus sueños, lo que redujo a Stendhal a aquella actitud de contemplación displicente, que se expresó por su tardía vocación literaria, después de haber buscado la notoriedad del pintor, la del militar y la del político. Análoga sucesión de tentativas defraudadas y errátiles, manifiesta la procelosa juventud de Rousseau: el vagabundo Ahasverus de todas las artes y todos los oficios: tan pronto grabador como músico; pedagogo como secretario diplomático; y en nada de ello llegado a equilibrio y sazón; hasta que un día, más el acaso que la voluntad, pone una pluma en su mano, la cual la reconoce al asirla, como el corcel de generosa raza a su jinete; y pluma y mano ya no se separan más, porque las ideas que flotan, anhelando expresión, en el espíritu de un siglo, tienen necesidad de que ese vínculo perdure.



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