Motivos de Proteo: 090

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Motivos de Proteo de José Enrique Rodó


LXXXIX - Los viajes y nuestra capacidad de simpatía.[editar]

El viajar dilata nuestra facultad de simpatía, fuerza que obra en la imitación transformante, redimiéndonos de la reclusión y la modorra en los límites de la propia personalidad. Mientras nuestra figuración de los hombres y cosas distintos de los que nos rodean, no se apoya en el conocimiento de una parte de la realidad infinita que hay más allá de nuestro inmediato contorno, nunca tal vez las imágenes que de ellos concibamos tendrán sobre nuestra sensibilidad la fuerza de que son capaces cuando, nutrida y amaestrada la fantasía con las preseas de una varia y extensa visión real, queda luego en aptitud de representarse, con cálida semblanza de vida, otras cosas que no han llegado a ella por intermedio de los ojos.

El primer viaje que haces es una iniciación liberadora de tu fantasía, que rompe la falsa uniformidad de las imágenes que has forjado sólo con elementos de tu realidad circunstante. Tu capacidad para prevenir y figurar desemejanzas en el inagotable contenido de la naturaleza se hace mayor desde el momento en que quebrantas, del modo como sólo es posible mediante el testimonio directo del sentido, la tendencia inconsciente a generalizar todo lo de esa estrecha realidad que te circunda. Por eso, no enseña el viajar únicamente a representarse luego con exactitud las cosas que pasen, en ausencia nuestra, en los países que hemos visto: también aumenta la perspicacia y el brío de la imaginación para suplir al conocimiento real de lo demás que hay en el mundo. Y aun más que en el mundo de nuestro mismo tiempo: la propia intuición de lo pasado, la concepción viviente y colorida de otras épocas, de otras civilizaciones, ganan en ti desde que viajas una vez, aun cuando sea por pueblos donde no haya huellas ni reliquias de aquel pasado. Lo que importa es que te emancipes, por la eficacia de tu viaje primero, de la torpeza imaginativa a que, más o menos, nos condena siempre la visión de una sola cara de la realidad: la que hallamos, al nacer, delante de los ojos. De esa manera, desentumida y estimulada tu fantasía, será ágil después para transportarse, ya en el espacio, ya en el tiempo, a la visión de cualquiera realidad distinta de la que el sentir material te pone delante.

En la andantesca escuela del mundo, la facultad de concebir imágenes se extiende, se realza, se multiplica; y como la sensibilidad es potencia sometida al influjo de la imaginación, y siente más quien mejor imagina aquello de que siente, cuanto mejor y con más brio imagines la vida de remotos hombres, tanto más apto serás para participar, por simpatía, de sus dolores, de sus regocijos y entusiasmos; y de este modo se ensanchará el horizonte de tu vida moral, como el de tus ojos cuando subes a una montaña; y conocerás, com partiéndolas, emociones diferentes de aquellas que te han herido en carne propia o de los tuyos; de donde nace que para el hombre de imaginación difundida y adiestrada por el mucho ver, haya siempre mayor posibilidad de aflojar los lazos opresores del hábito y de redimir o reformar su personalidad.


LXXXIX
XC