Motivos de Proteo: 107

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Motivos de Proteo de José Enrique Rodó


CVI - Vocaciones activas subordinadas a las de la ciencia y el arte.[editar]

Si una preponderante vocación activa usufructúa a menudo, como de vocación accesoria, de la aplicación a una ciencia o un arte, dase también la subordinación opuesta: una preponderante vocación de ciencia o arte, que se auxilia, para los fines que le son propios, de la tendencia a determinado género de acción.

Suele la voluntad del héroe hacer compañía al genio del poeta: el cual diríase que arranca entonces, por su propio brazo, de las entrañas de la realidad, el material que luego su genio doma y esculpe. Del rojo cobre heroico fundido con el resplandeciente estaño de la imaginación del poeta, nació el bronce del alma de Esquilo, y del alma de Camoens, y del alma de Ercilla; y héroe y poeta a la vez, Koerner cae gloriosamente en Mecklemburgo, después de haber exaltado, como el Tirteo de otra Esparta, el sentimiento de la libertad. No menos suele infundirse eficazmente la vocación del heroísmo en un alma de artista, para suscitar el estallido del don de belleza en obra grande y vividora; como cuando la fiebre del entusiasmo bélico desata en Rouget de Lisle la inspiración de su himno inmortal. De la acción puede partir el primer impulso del arte, como del arte el primer impulso de la acción: el anhelo de fijar en forma sensible los recuerdos de sus campañas en la epopeya napoleónica, despierta el numen del pintor en Lejeune; y en orden inverso, la preferencia por las escenas de guerra como objeto de pintura, induce a Adolfo Beaucé a abrazar el género de vida en que podrá observar de inmediato la realidad que prefiere para original de su arte.

El instinto de libertad, de aventura, de indagación curiosa, de la vocación del marino, aportando materiales e inspiraciones a una dominante facultad de escritor, produce a Marryat, a Fenimore Cooper; y en nuestra época, y en más alta esfera del arte, al encantador Loti, último y alambicado vástago de la posteridad de Marco Polo.

Una vocación científica puede, igualmente, buscar en la acción instrumento que le valga u objeto que la inspire. Basta, para imaginario, comparar la existencia sedentaria del sabio recluido en la clausura de la biblioteca, del laboratorio o del museo, con la del sabio explorador, con la del viajero por amor de la ciencia: La Condamine, Bonpland, Stanley...; en cuyo espíritu concurren necesariamente, con las facultades propias de la sabiduría, muchas de las condiciones esenciales del hombre de acción: la voluntad resuelta, la familiaridad con el peligro, la experiencia del mundo, la disposición y agilidad para las marchas arduas y penosas; y a veces, el heroísmo sublime y la abnegación del sacrificio. De semejante modo, la vocación del arte médica, vinculándose, por el objeto a que se aplica, con la actividad y las costumbres de la carrera de las armas, produce un cirujano militar como Percy, incorporado a los ejércitos de la Revolución y del Imperio hasta el mismo día de Waterloo, para llevar adelante, paralelamente a los combates de la ambición y del odio, y con táctica no menos vigilante y rápida, los combates de la humanidad y de la ciencia.


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