Motivos de Proteo: 114

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Motivos de Proteo de José Enrique Rodó


CXIII - De cómo una potencia ideal evita la pérdida de infinitas minuciosidades de nuestra actividad interna.[editar]

Otra benéfica influencia de una idea o sentimiento superior, que domina dentro de nosotros, es que se opone a la dispersión y el anonadamiento de infinitas minuciosidades de nuestra actividad interna. Cuando tu alma no está sujeta a un poder tal, multitud de pensamientos e imaginaciones cruzan cada hora de tu vida por ella, que se pierden, uno tras otro, sin nada que los detenga y ordene a un fin en que sean provechosos; pero si una fuerza ideal domina, activa y vigilante, en tu espíritu, gran parte de esos tus vagos pensamientos, de esas tus fugaces y leves imaginaciones, son atraídos al círculo de aquella fuerza dominante, y si algún valor de utilidad llevan en sí, ella se lo adueña y lo junta con lo demás que tiene dispuesto para su uso y provisión; porque es propio de estas grandes fuerzas del alma allegar su caudal como el avaro, que no desprecia más el ruin maravedí que la moneda de oro. Pasa, en más amplio terreno, como mientras componemos un libro, que cuanto vemos, pensamos y leemos, se relaciona con la idea que preside a la obra de nuestra fantasía, y de uno u otro modo la enriquece y va abriendo campo para ella. Y no se limita la idea que gobierna soberanamente nuestro espíritu a subordinar a su imperio esos elementos que congrega: su poder, más que con el yugo que somete, debe compararse con la simiente que fecunda; porque, al detener y penetrar de su esencia a un pensamiento que pasa por su lado, le excita frecuentemente a dar de sí un orden nuevo de ideas, acaso superior a ella misma, no de otro modo que como la generación vital obtiene del amor de los padres una distinta, autonómica, y quizá más noble, criatura.

Así como en tiempos de cándida y ferviente religiosidad, un resplandor, un rumor, cualquier cosa nimia, adquiere fácilmente para el alma sobre-exaltada del neófito un significado místico y una trascendencia profunda, por donde se explican avisos e iluminaciones sublimes, así, para quien lleva en el alma un grande amor ideal, mil pequeñeces de la realidad de cada hora, mil leves impresiones del sentimiento y del sentido, que para el común de los hombres pasan sin dejar rastro de sí, toman un poder movedor de asociaciones nuevas y fecundas, una sugestiva virtud que abre inopinadas vistas sobre lo útil o lo hermoso.

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¡Cuánto pensamiento fecundo, cuánta invención feliz, cuánta verdad nueva, o nueva hermosura, o victoria para el bien, o mejora en la condición de muchos, no habrá perdido la humanidad de este modo: cruzar por una mente, como inesperado relámpago, una idea; negarle, la misma mente que la tuvo, la caridad de su atención; despreciarla, juzgarla paradoja nacida del libre juego de la fantasía; y en la profundidad adonde caen las cosas que desampara la memoria perderse la idea para siempre, cuando, atendida, cuidada, puesta bajo los auspicios de la reflexión, ella hubiera podido recorrer el trecho que va del germen al fruto, y de la quimera a la gloria!

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En suma, una devoción ideal que prevalece por cierto tiempo en tu vida, aun cuando luego se marchite y pase, deja en ti el bien de la disciplina a que te sometió; de las tentaciones de que te apartó; del empleo que dio a fuerzas errátiles de tu sensibilidad y de tu mente; del entusiasmo con que embelleció tu alma; de la necesidad de orden y armonía que instituyó en ella, para siempre, con la autoridad de la costumbre.


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CXIII
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