Ni marxistas ni fascistas

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Ni marxistas ni fascistas
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 Hoy es tema obligado el fascismo. Plumas mejor cortadas que la mía, y por añadidura, más competentes, se han ocupado de este asunto.

 Pero creo que es tesis política sobre la cual debemos insistir.

 Somos lo que siempre : la Comunión católica Monárquico-Tradicionalista.

 En nuestro ideario, de pura cepa española, creemos que está la única solución para cuantos males aquejan a nuestra Patria.

 Y el primero de todos los males, el principal, y que no sólo es nacional, sino internacional, es el liberalismo maldito.

 El liberalismo, que si en el orden doctrinal es suma y compendio de todas las herejías, en el político es resumen de todas las tiranías y de todas las anarquías.

 Ahora bien, para buscar la ascendencia del liberalismo hay que remontarse al protestantismo.

 Lutero, el fraile apóstata, tan ayuno de letras como ahito de avaricia, soberbia y lujuria, al proclamar la autonomía de la razón individual frente a las verdades reveladas, acabó de un golpe con todas las grandes unidades religiosas y políticas, introduciendo la confusión de lenguas, incapaz de levantar torres, pero que ha socavado el alcázar de la sociedad cristiana.

 Hijo suyo natural y descendiente del protestantismo por lógica fatal, es el liberalismo individualista, que se cristalizó en política por estas notas específicas que engendran su régimen político:

 En lo religioso, indiferencia o racionalismo.

 El Estado, centinela.

 La demagogia, origen del poder.

 Las Monarquías o Repúblicas liberales, constitucionales, parlamentarias y democráticas, como forma de gobierno.

 En este régimen, la sociedad no es medio para conseguir el último fin del individuo, sino que la sociedad es medio para conseguir el fin material del individuo, y el Estado el gendarrne que vela sobre las libertades individuales para que esas individualidades amorfas, inorgánicas y autónomas hagan, digan y piensen cuanto les venga en gana, con tal de que no alteren el orden público o no interrumpan la digestión de los felices y bien hallados.

 En este régimen, para hacerlo viable, se adultera el sufragio; surge, no la propiedad cristiana, sino la plutocracia y el capitalismo; las clases proletarias se engañan y amansan con la piltrafa de la igualdad política; y la soberanía del pueblo se localiza en última existencia gracias al engaño o soborno del puchero electoral, en las oligarquías de los partidos políticos.

 El Rey o el presidente, ceros augustos o plebeyos.

 La masa soberana de derecho convertida de hecho en trampolín para los mercaderes políticos.

 Por lo que respecta a lo principal, o sea la unidad interna garantizada por la unidad católica, se finge un respeto externo a la Iglesia mientras se van minando desde la prensa, la cátedra y la tribuna todas sus doctrinas.

 Resumen: En la etapa del liberalismo individualista político, sobre la ficción de las falsas libertades, igualdades y fraternidades políticas, reinan en realidad: el desprecio y la persecución encubierta a la Iglesia; la explotación política y económica de los débiles por los fuertes, y la tiranía de las oligarquías políticas sobre las soberanías reconocidas de derecho por el sistema liberal.

 Durante este período caracterizado en lo económico por el predominio del capitalismo sin entrañas, surgen las asociaciones obreras, que percatadas de lo que representa la soberanía popular, buscan en la organización sindical su predominio político y sueñan con la utopía de la igualdad económica predicada por los apóstoles del socialismo.

 Y aparece en escena el liberalismo estatista o socialismo.

 El hombre-dios se desplaza hacia el Estado-dios.

 Arriba, enmedio y abajo se proclama el más descarnado materialismo.

 Se persigue a los capitalistas, y el Estado se convierte en capitalista único.

 Se proclama la libertad y reina la más feroz de las tiranías representadas arriba, en el Estado; enmedio, en la burocracia, y abajo, en los sindicatos, que no son profesionales, sino políticos.

 Hay ficción parlamentaria que en realidad es tan sólo convención demagógica.

 Y de aquí se salta al liberalismo comunista.

 Y se entra en otra etapa del liberalismo.

 Arrojadas las caretas se vuelve al paganismo. Reaparece la ley de castas. Unas como dueños y señores: el dictador y secretarios de despacho: el ejértito rojo y la burocracia oficial. La otra casta es la de los esclavos, que la componen el resto de la nación, esclavizada moral, intelectual y materialmente por la casta opresora y dominadora.

 Allí donde no hay reacción, se alza el cuadro macabro de Rusia, nación gregal donde el rebaño humano, envilecido, entristecido, explotado y hambriento, se mueve dirigido por la tralla roja. Si hay reacción, surge el fascismo, que con el espejuelo de un patriotismo exagerado diviniza un nacionalismo al estilo de las repúblicas de la antigüedad, pero que en el fondo es tan sólo la proclamación de un estatismo del más puro Hegelianismo.

 Parece antiliberal por su corteza, ya que se proclama antidemócrata y anti parlamentario, pero es ultraliberal en el fondo, y es tan sólo una nueva forma de marxismo, ya que como éste, ni es católico, ni respeta las autarquías naturales del individuo y la familia, ni las políticas nacidas de la historia, geografía y etnografía, base de las autarquias regionales, ni su régimen corporativo es autárquico, sino mediatizado política y técnicamente por el Estado, etc., etc., etc.

 Y por todo ello nosotros, los retrógrados, los obscurantistas, protestamos de que después de hundir a España con un siglo de liberalismo parlamentario franco-inglés, quieran salvarnos ahora con un figurín fascista italo-alemán.

 El mundo vuelve a la barbarie o a los despotismos estatales o cesaristas, porque no quiere comprender que la paz, que es el bien común por excelencia, sólo puede obtenerse con el catolicismo.

 Porque con él aparece la unidad interna de los pueblos.

 Con él las leyes son justas por ser reflejo del derecho divino y natural.

 Con él son los hombres libres, porque su libertad es la libertad de la razón, iluminada por la fe y no el libre hozar y retozar de las pasiones caldeadas por el fuego de la animalidad.

 Con él la autoridad es representación de Dios y no soberanía delegada por una demagogia brutal o una oligarquía poderosa.

 Con él aparece la sociedad organizada y jerarquizada en gremios y corporaciones, solidarizadas por la unidad interna de una misma fe y una misma moral y por las aportaciones proporcionales que contribuyen a formar el bien común.

 Por él surge la verdadera fraternidad cristiana que socialmente no puede existir sin la luz de la fe, el fuego de la caridad y el correctivo y garantía de la justicia, virtudes teologales que carecen de contenido y eficacia fuera de la doctrina católica.

 Dejémonos, pues, de liberalismo, que después de proclamar la autonomía individual viene a parar, o a la tiranía demagógica, o a la oligarquía de los partidos políticos.

 Dejémonos de marxismos, donde después de un fingido dominio de la blusa y la alpargata, se viene a parar a un despotismo brutal de una casta dictatorial y cesarista.

 Dejémonos de fascismos, donde después del dominio de camisas rojas, negras, verdes o azules, allí donde no surja un genio como Mussolini, se irá a la guerra civil perpetua callejera, para desembocar en un régimen, que con motes diversos de gobierno, jamás será el templado y tradicional de España.

 Y volvamos a lo nuestro; a la unidad interna garantizada por por la unidad católica; al descentrailismo con nuestros Municipios y regiones autárquicas; al régimen orgánico y corporativo fundado en gremios y corporaciones informadas de espíritu católico, y a la unidad política encarnada en la Monarquía católica, cuya autoridad procede de Dios, templada representativa, federativa y hereditaria.

 Y no se dejen los nuestros atraer por el ruido de las batallas callejeras.

 Sin necesidad del intolerable abuso de crear un ejército político al margen del nacional, caben los grupos de ciudadanos dispuestos a defender sus derechos políticos, familiares, individuales, etc.

 Y eso es nuestro requeté de gloriosa historia.

 Y si la tiranía llegara a tanto que se acabaran de esclavizar los derechos Divinos y naturales, la Comunión que hizo dos guerras, haría la tercera, pero peleando al sol y en campo libre, y no en motines callejeros, donde no hay otro dilema que ir a la cárcel o ser apaleados como perros de jauría por la democrática institución conocida por los guardias de Asalto.

 Nosotros somos nosotros.

 Católicos primero; regionalistas dentro de unidad española, y monárquicos.

 O sea: tradicionalistas.

  F. DE CONTRERAS

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