No lo invento

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No lo invento
de Emilia Pardo Bazán



La muchacha más hermosa del pueblecillo de Arfe tenía el nombre tan lindo como el rostro; llamábase Pura, y sus convecinos habían reforzado el simbolismo de su nombre, diciendo siempre Puri la Casta. Esta denominación, que huele a azucena, convenía maravillosamente con el tipo de la chica, blanca, fresca, rubia, cándida de fisonomía hasta rayar en algo sosa, defecto frecuente de las bellezas de lugar, en quienes la coquetería se califica de liviandad al punto, y el ingenio y la malicia pasarían, si existiesen, por depravación profunda. En la región de España donde se encuentra situado Arfe, se le exige a la mujer que sea rezadora, leal, casera, fuerte, sencilla, y, para seguridad mayor, un tanto glacial. Así era la Casta, cerrado huerto, sellada fuente, llena tan sólo de agua clarísima. Por lo cual, y por su gallarda escultura, mozos y señoritos se bebían tras ella los vientos, y los ancianos la miraban con cariñosa admiración, mayor y más justificada que la de los viejos de Troya para Helena de Menelao.

No tenía, sin embargo, la Casta ofrecida a Dios su doncellez, por lo cual, así que entre sus aspirantes apareció uno de honrados antecedentes y propósitos, de limpia sangre, de edad moza, de acomodada hacienda, dejose cortejar por él, le dio un honesto sí, y como entre tal gente y en tales comarcas el sí es antesala de la iglesia, fijose al punto la duración probable del noviazgo y fecha aproximada del casamiento. Y el noviazgo corrió, entremezclado de dulces pláticas, inocentes finezas, lícitas alegrías, sin que el novio -muchacho de piadosos sentimientos y nobilísimo carácter- intentase jamás pedir, en arras de los concertados desposorios, ni el más leve anticipo de las futuras delicias. No porque no inflamase sus venas la calentura del deseo, ni porque no soñase todas las noches con la aventura de deshojar uno a uno los pétalos de la intacta azucena respirando su perfume; pero respetaba en la novia a la esposa, y las telas que cubrían a la bella estatua eran tan sagradas para él como la orla del manto de la Virgen.

Sin embargo, a medida que el día de la boda se acercaba, exaltábase la pasión del novio de Puri, y le era más difícil no mostrar con algún transporte la enajenación de su espíritu. A su vez, la hermosa revelaba mayor abandono, y como la proximidad de la bendición la tranquilizase, no recelaba acercarse a su futuro marido y hablarle con mayor intimidad y cariñosa confianza. Así fue que cierta tarde, hallándose los prometidos charlando en el corral de la casa de Puri, el novio no supo reprimirse, y, cogiéndola por el talle, la estrechó contra sí, y la besó con delirio, a bulto y a tropezones, en pelo y frente. Apenas lo hubo ejecutado, sintió remordimiento y vergüenza, mientras la muchacha, pálida y ceñuda, se había echado atrás, y le miraba con asombro, casi con miedo. El enamorado se cuadró, tartamudeó algunas frases confusas, y huyó de allí enojado consigo mismo y acusándose de una profanación moral, tan inoportuna como necia.

Cuando al otro día vio a la Casta, aumentó su desazón el encontrarla muy pálida, abatida y triste. Creyolo al pronto consecuencia de su desmán, pero disipó sus recelos el asegurar repetidas veces la novia que no era sino malestar físico, una indisposición insignificante, de esas que no se pueden localizar, porque se resiente de ellas todo el cuerpo. A la mañana siguiente, lejos de disiparse el malestar, se convirtió en verdadera dolencia, que obligó a Puri a guardar cama. Y cama fue de donde no se levantó ya nunca la niña, sino para ser llevada, entre cuatro, al cementerio de Arfe.

La natural amargura del novio se tiñó de un matiz sombrío y furioso, de un carácter de insensatez. Para él no había palabras de consuelo; negábase a tomar alimento; tan pronto reía, como rugía o se mesaba los cabellos, mordiéndose con desesperación las manos. Por más que el médico le aseguró repetidas veces que Puri había fallecido de enfermedad natural y vulgarísima, de una fiebre cerebral aguda, el infeliz se obstinaba en suponer que su atrevimiento había acarreado la muerte de aquella criatura preciosa y lozana. El fatídico «yo la maté», inarticulado y confuso, brotaba del fondo de su conciencia, entenebreciendo su espíritu con sombras y lobregueces de enajenación. Pálido como el mármol, la mirada fija con extravío en un punto invisible del espacio, rezando entre dientes, y con las manos convulsivamente enclavijadas, veló a la muerta y la acompañó hasta su último asilo. Vestida de blanco y azul -el hábito de la Concepción-; apenas desgastada por la fiebre; con su hermoso pelo rubio suelto y haciendo marco al rostro apacible, fresco a pesar de la muerte; con la palma de las vírgenes sobre el pecho, Puri la Casta se iba al sepulcro hecha un milagro de belleza, más que en vida si cabe.

Así lo afirmaban las amigas y vecinas que la escoltaban en la última jornada, y así lo repitió el sepulturero, el tío Carmelo, con aquella risa suya tan especial y tan fúnebre, que cuajaba la sangre en las venas. El tío Carmelo era un hombrecillo de unos cincuenta y tantos años, de faz descarnada y cínica -la faz que presentan las calaveras, que es sabido que, a su modo, ríen siempre-. Enjuto y seco lo mismo que la yesca; de ojos descoloridos y claros; de cráneo lucio y mondo, la perpetua risa descubría los dientes amarillos, y la alegría, que en los demás hombres suele ser indicio de bondad de corazón y condición sana y tratable, en él era como siniestra luz que alumbra una hoya. Si los moradores de Arfe leyesen a Shakespeare, acordaríanse de cierta escena de Hamlet cuando divisaban al enterrador, con su risa de cementerio y sus chanzas de ultratumba, y Puri, tendida en su féretro, les evocaría la imagen de Ofelia.

El tío Carmelo era hijo y nieto de sepultureros; pero en él acababa la dinastía, porque ninguna moza de Arfe ni de los pueblos comarcanos quiso unir su suerte a la del feo e irónico enterrador. La pena de la soledad habría amargado tal vez la juventud del tío Carmelo: desde que llegara a la edad madura, se resignaba tan perfectamente, al parecer, que sus chanzonetas, mofas y pullas acostumbraban versar sobre los casados, los enamorados y los novios. Les daba vaya, llegando al atrevimiento de decir que a todos, a todos sin excepción, les habían faltado o les habían de faltar alguna vez sus novias y esposas, y sólo la misma generalidad de esta chanza la hacía pasadera, pues a creer los arfeños que el sepulturero hablaba seriamente y aludía a alguno en particular, por buena providencia le arrancarían la venenosa lengua de la boca. Sus dicharachos algo libres, sus bromas de mala ley, su perpetua risilla mofadora e insultante, se toleraban, porque el tinte de desprecio hacia la profesión refluía en el hombre, y los pueblos, como los reyes, no se formalizan por las lenguaterías del infeliz bufón. Además, los arfeños, gente buena y sin hiel, compadecían a aquel viejo que habitaba entre difuntos, en completo abandono y soledad, sin un afecto que calentase su corazón, sin una nota dulce en su hosca vida de cincuentón solitario. Nada positivamente malo se sabía de él; se le veía ganar el pan con el sudor de su frente, y el mismo horror de su oficio acrecentaba la piedad.

En los dominios del antipático viejo se quedó la pobre Puri, después que hubieron cerrado la caja, depositándola en la hoya y volcado sobre ella las paletadas de tierra que habían de cubrirla. El novio no saltó a la fosa como Hamlet el dinamarqués, a decir disparates y echar bravatas filosóficas: era demasiado cristiano para cometer tamaña atrocidad; pero mientras se cantaron los responsos y el cura roció con agua bendita la linda cara de la muerta, mientras se tapó el ataúd y se dio tierra para colmar la zanja, allí se estuvo el futuro esposo con los ojos fijos en aquel rostro celestial que iban a disputarle los gusanos del sepulcro, oyendo el sordo ruido de las palas, absorto y hecho de piedra. Igualado el terreno, volviose, y sin derramar una lágrima ni proferir un suspiro, se alejó de allí, ofreciendo las trazas de un inofensivo demente, que se aparta de los cuerdos para cavilar a sus anchas.

Encerrado en casa se estuvo hasta la noche, la cual cayó sobre la villita como suave manto de terciopelo obscuro claveteado de diamantinas luminarias; porque era el mes de mayo, y a las serenidades del firmamento respondía el latir de la tierra germinadora. No bien las sombras descendieron sobre Arfe, el novio de Puri, levantando la cabeza y apoyando el índice en la frente, se estremeció. Sentíase acometido por la lúgubre idea de que su amada se encontraría muy sola allá en el cementerio, y que era justo hacerle un rato de compañía y rezar sobre la hoya recién colmada. Semejante propósito le sirvió de alivio: sin saber por qué, le dilató el pecho, sacándole de la terrible absorción y quietud del dolor, al cual todo proyecto, toda actividad, proporciona lenitivo. Envolviose en su capa, por instinto y hábito, pues antes que frío sentía ardor de calentura; tomó el sombrero, y por calles excusadas se encaminó al campo santo.

Está situado Arfe en la vertiente de una montañuela; las casas se desparraman por su declive; el circuito de las tapias del cementerio sigue la misma inclinación, de manera que por la parte alta son sumamente fáciles de escalar, sobre todo para quien posee la agilidad de la juventud y sabe agarrarse a las matas y a las piedras. No costó gran trabajo al novio de Puri introducirse en el recinto, y si el corazón no le palpitase de emoción sagrada, la fatiga de la ascensión no bastaría a sobresaltárselo.

Para penetrar eligiera un ángulo de tapia algo desmoronado, donde compacto grupo de cipreses proyectaba sobre el suelo su larga sombra piramidal; dos olivos contribuían a espesarla. A pesar de la claridad de la naciente luna, al pronto le fue difícil orientarse. Sabía que la fosa estaba detrás de otro grupo de arbolado, en un rincón donde había pocas cruces, especie de lugar de preferencia, más solitario y distinguido que los restantes. Por fin atinó con la dirección el novio.

Sin explicarse la causa, desde que se introdujera en aquel campo santo para despedirse de su futura como el enamorado de Verona, sentía un pavor, un hielo, un escalofrío, algo que le atravesaba el corazón y le apretaba la garganta y le paralizaba las piernas. Inmóvil ante el puñado de árboles, cortina del lecho mortuorio de Puri, temblaba como si un espanto difuso e invisible para los ojos carnales fuese a alzarse de aquella tumba. ¿Se atrevería a salvar el grupo y entrar en el misterioso rincón, donde la obscuridad redoblaba y el terror religioso batía sus alas de arcángel? Detrás de aquellos árboles estaba su novia, sí; pero no como siempre, bella, arrogante, teñida de rosa, coronada por sus trenzas de oro, sino lívida, yerta, tendida, con las manos cruzadas sobre la palma de su virginidad. Y el católico, sintiendo en el alma efusión celeste, en las pupilas lágrimas de fe, se dispuso a arrodillarse en aquella sepultura y a rezar por la muerta... o a la muerta, a su espíritu angelical, que tal vez flotaba allí, en la tibia atmósfera de la noche de mayo...

¿Era juego de la fantasía? ¿Era alucinación del sufrimiento? Juraría que detrás del grupo de árboles se oía un rumor, un resuello, una cosa rara, distinta del silencio augusto propio de semejante lugar a semejantes horas... Extrañeza y recelo insensatos restituían ya al afligido novio la conciencia de la realidad y el impulso de la defensa, y enloquecido, lanzose como un dardo hacia la sepultura... El horror más grande, la cólera más tremenda que pueden clavar la voluntad y sujetar el brazo cuando debieran impulsarlo a caer como el rayo vengador, le impidieron hacer pedazos allí mismo al infame sepulturero, que en aquel rincón del cementerio perpetraba nefando crimen con el cuerpo desenterrado, rígido, blanco y hermoso de Puri la Casta.


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Cuando el tío Carmelo compareció ante el juez -después de atravesar, amarrado codo con codo, por entre la multitud ebria de furor, linchadora, que pedía a gritos que le diesen al sepulturero para arrastrarlo en una espuerta-, lejos de mostrarse humillado, contrito, abatido o lleno de confusión, se presentó impávido, sarcástico, risueño, luciendo como nunca el humorismo fúnebre que le caracterizaba. Al increparle el representante de la ley por la horrenda profanación, en vez de disculparse, de atribuir el hecho a momentáneo extravío o frenesí matador de la razón y la conciencia, alzó la frente, hizo una mueca de reto y desdén, tomó la palabra con voz entera, estridente como un silbo, y todo el pueblo de Arfe, aquel pueblo morigerado, cristiano, honesto y celoso de la fama más que del cariño, que hace del honor una ley y de la honra un sagrario; todo el pueblo de Arfe, repito, supo que el último de los hombres (si no hubiese verdugo), un asqueroso vejezuelo, baldón y escoria de la humanidad, los había afrentado consecutivamente en la persona de sus madres, esposas, hermanas e hijas, por espacio de treinta y tantos años, deliberadamente y a mansalva.

¡Nauseabunda tragedia! Nadie dejara de recibir de aquellos indignos dedos la bofetada póstuma, el ultraje que ni se evita ni se castiga, la mancha que no se lava con toda el agua del Jordán. Para aquel Tarquino de cementerio no existieron Lucrecias: su ferocidad destruyó la noción de la virtud, y estableció en la vida de los arfeños la igualdad ante la vergüenza y el deshonor. Y la multitud, que momentos antes bramaba, rugía y quería tomarse la justicia por la mano, se sintió subyugada, aturdida por la misma enormidad del delito y por el cinismo atroz del que lo confesaba. Escuchábanle en silencio, mientras él derramaba a borbotones sangriento lodo sobre la asamblea. El propio juez no encontraba argumentos, ¡y peregrina debilidad!, flaqueaba al formular los cargos. Para que el lector no extrañe algunas frases escogidas del tío Carmelo en el fragmento de diálogo que voy a trasladar, he de advertir que el pueblo de Arfe (realísimo, existente en el mapa, si bien con otro nombre) posee un colegio de segunda enseñanza, fundado por un rico arfeño, donde se da instrucción gratuita y muy completa a los naturales del pueblecillo montañés, y que el sepulturero, en sus primeros años, se había sentado en los bancos de aquel instituto.


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Juez.- ¿No le estremecía a usted el poner en un muerto las manos?

Acusado.- Yo he nacido entre muertos. Mi padre fue sepulturero, mi abuelo lo mismo, y supongo que mi bisabuelo también. Para mí no hay diferencia entre los muertos y los vivos. ¿Cómo quiere usted que me estremezcan ni me repugnen mis parroquianos, si me brotaron los dientes manejando y tocando difuntos?

Juez.- ¿No le hace a usted triste efecto el frío de la piel, la rigidez cadavérica? ¿Qué atractivo puede tener un cadáver?

Acusado.- ¡Más frías y más insensibles que las mujeres que entierro están algunas vivas que ustedes pagan!

Juez.- ¡Reprima usted la lengua! ¿Desde cuándo comete usted esas horribles profanaciones, desgraciado?

Acusado.- Desde que me convencí de que ninguna chica del pueblo me quería ni para ruedo en que poner los pies; desde que mis requiebros les servían de diversión, y mis declaraciones de sainete, y mi oficio de hazmerreír, y mi persona de espantajo. Desde que el día de la fiesta del pueblo no conseguí encontrar una pareja de baile. ¡No ha sido mal baile el que luego bailaron conmigo las señoras remilgadas!

Juez.- ¡Chis! ¡Es usted un monstruo, afrenta del género humano!

Acusado.- ¡Valiente noticia! Por eso me he vengado de todos. Hice daño, por lo mismo que soy monstruo. Estoy convicto y confeso. Y... atención, señor juez: las cosas claras y en su lugar: también digo que en la vida he cogido ni el valor de un maravedí de lo que llevan las muertas a la sepultura. ¡Ábranse los ataúdes, y en su sitio aparecerán las sortijas, los pendientes y los relicarios! No soy ladrón.

Juez.- Ha robado usted una cosa más preciosa mil veces, que es el pudor y la honra.

Acusado.- Si la honra y el pudor no dependen de la voluntad de la persona misma, y se pueden coger así... como yo los he cogido, entonces confieso que bien he deshonrado al vecindario de Arfe. (Hondo murmullo en el auditorio. Amenazas y maldiciones, que la horripilante curiosidad de oír acalla.)

Juez.- Mida usted sus expresiones. Su descaro agravará la severidad de la ley, y hará inexorable el fallo de la vindicta pública. En usted se ve, además del hábito de tan brutales atentados, un espíritu de rencor y el odio de una fiera. ¿Qué daño le hicieron a usted los habitantes del pacífico pueblo de Arfe, malvado?

Acusado.- ¿Daño? Poca cosa. Tratarme como a un perro. Aunque una chica, pongo por caso, me quisiera, a cuenta que el padre me la concediese en matrimonio. Primero se la entregaba a un salteador de caminos. ¡No quisieron darme ninguna! Pues yo las tuve todas, y a discreción, y sin necesidad de cortejar ni de rondar la calle. Bien se lo decía a los arfeños, y ellos empeñados en no creerme. «No hay hombre de este pueblo a quien no le haya faltado su mujer una vez por lo menos...». Y se reían los grandísimos cabestros, se reían. No braméis... Ahora os habréis convencido de que el tío Carmelo no miente nunca. ¿Pues y las que se morían antes de casarse y traían la palma así, muy cogidita, y sus novios ni se atrevieran a tocarles a la pelusa de la ropa? Así venía la de la otra noche... ¡Cuidado si era buena moza, señor Juez! Y la llamaban Puri la Casta... ¡Ja, Ja!...


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A la carcajada infame contestó un rugido del pueblo arrojándose sobre el nefando criminal, y un sollozo de agonía. El novio caía al suelo de golpe, como piedra que se desprende del monte y rueda, inerte y sorda, hasta el llano.

Un año estuvo medio lunático el pobrecillo, haciendo mil extravagancias, ya melancólicas, ya furiosas. Al afianzarse su razón nuevamente, entró de novicio en el convento de Franciscanos, acabado de repoblar en Priego.