Nuestros hijos: 10

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Nuestros hijos de Florencio Sánchez


Escena X[editar]

SR. DÍAZ. -(Que aparece con un grueso paquete de diarios.) ¿Qué significa un automóvil con un estandarte, que he visto en la puerta?

SRA. DE ÁLVAREZ. -Que hoy es nuestro día. Hacemos una colecta «Pro infancia desvalida».

SR. DÍAZ. -¿Para qué?

SRA. DE ÁLVAREZ. -Para eso. Para nuestros asilos, y nuestros talleres. Para el sostenimiento de las instituciones benéficas que patrocinamos.

SR. DÍAZ. -Entendido. Para el mantenimiento de «nuestros hijos naturales».

SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Qué dice usted, Eduardo?

SR. DÍAZ. -Nada con intención. Me acordé de un suelto de un diario...

SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Sigue usted tan... entregado a las noticias policiales?...

SR. DÍAZ. -Sí, señora. Más que nunca. Pues... Me vino a la memoria un suelto leído hace algún tiempo, en el cual se publicaban ciertos datos estadísticos sobre natalidad ilegítima.

SRA. DE ÁLVAREZ. -Eso es todo un problema social.

SR. DÍAZ. -¿Y saben cómo titulaba el diario la noticia? «Nuestros hijos naturales».

SRA. DE ÁLVAREZ. -Pues... francamente, no le veo la gracia.

SR. DÍAZ. -Claro está. Yo tampoco.

SRA. DE GONZÁLEZ. -A mí me resulta una insolencia

SR. DÍAZ. -Pues yo...

SRA. DE ÁLVAREZ. -A mí...

SR. DÍAZ. -Continúe usted.

SRA. DE ÁLVAREZ. -Iba a decir una tontería. Siga, Eduardo.

SR. DÍAZ. -Casi me ocurre lo mismo. Con permiso. (Ademán de irse.)

SRA. DE ÁLVAREZ. -Venga acá. No sea huraño. ¿O tiene miedo del sablazo?... Dedíquenos un instante. Cuéntenos algo de su obra. ¿Tendremos pronto el gusto de leerla?

SR. DÍAZ. -No he empezado a escribir. Continúo documentándome.

SRA. DE ÁLVAREZ. -¿En la crónica policial?

SR. DÍAZ. -En la crónica policial.

SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Qué original! Será un libro trágico.

SR. DÍAZ. -Efectivamente. Trágico.

SRA. DE GONZÁLEZ. -Se va a vender mucho, eso. Un éxito así como el de «Stella»de Emita de la Barra. ¿No lo ha leído usted?

SR. DÍAZ. -No, señora.

SRA. DE GONZÁLEZ. -Es raro. Toda la gente bien lo conoce.

SRA. DE GONZÁLEZ. -Lo que no acabo de explicarme es cómo hace usted para sacar provecho de ese tejido de fantasías y embustes.

SR. DÍAZ. -Ah, señora mía. No tomando en cuenta los embustes ni las fantasías. Me basta con el hecho en sí y las causas que lo han determinado.

SRA. DE GONZÁLEZ. -¡Pues no ha emprendido usted chico trabajo, que digamos!...

SRA. DE GONZÁLEZ. -Debe ser muy monótono eso. La misma cosa todos los días. La misma puñalada, el mismo robo, el mismo suicidio. ¡Por casualidad un suceso interesante!

SR. DÍAZ. -Para mí lo son todos. La puñalada de ayer y la puñalada de hoy son dos dramas distintos. Extraerlos del relato trivial, analizarlos y catalogarlos, es por ahora mi tarea. ¿Quieren un ejemplo? ¿Han leído ustedes la noticia de ayer del suicidio de una familia entera, una mujer que se asfixia con sus cuatro hijitos?

SRA. DE GONZÁLEZ. -No. Pero he oído conversar de eso a los sirvientes.

SR. DÍAZ. -Una cosa vulgar. Igual al de antes de ayer y al de la semana pasada -dramas de la miseria-, pero con la diferencia de que en el caso anterior el marido estaba en la cárcel. Un homicidio por celos, supongamos, mientras que en el presente, el marido, el padre de esas cuatro criaturas...

SRA. DE ÁLVAREZ. -Estaba enfermo en un hospital.

SR. DÍAZ. -No. Había abandonado a los suyos por igual causa. Ya ven ustedes dos sucesos idénticos y dos dramas distintos. Este descubre que su mujer lo engañaba, y desaparece abandonando su hogar.

SRA. DE ÁLVAREZ. -Mal hecho, ¿qué culpa tenían las pobres criaturas?

SR. DÍAZ. -¿Y qué debió hacer?

SRA. DE ÁLVAREZ. -Velar por sus hijos, abandonando a esa mala madre.

SRA. DE GONZÁLEZ. -Claro está; quitarle los hijos.

SR. DÍAZ. -¿Y con qué derecho le arrebata esas criaturas a su cariño?

SRA. DE DÍAZ. -¡Ave María! ¡Qué ideas, Eduardo!... Esa mujer no amaba mucho a sus hijos, cuando olvidó así sus deberes.

SR. DÍAZ. -¿Estás tú segura de que una mujer que engaña a su esposo no quiere a sus hijos? ¿Estás bien segura?...

SRA. DE ÁLVAREZ. -Hombre... todo puede ser. Pero ¿cómo resolvería usted ese problema?

SR. DÍAZ. -A eso voy. Esa será mi obra. Desentrañar del mismo seno de la vida, del drama de todos los días y de todos los momentos, las causas del dolor humano y exponerlas y difundirlas como un arma contra la ignorancia, la pasión y el prejuicio. No lo hemos perdido todo en la desgarrante contienda de los siglos. Hay síntomas de que la conciencia y la piedad, subsisten en el hombre. Digámosle a su cerebro palabras de verdad, e impetremos su clemencia con la oración del sentimiento.

SRA. DE ÁLVAREZ. -¿Y usted cree, Eduardo, que eso no lo hacemos todos?...

SR. DÍAZ. -¡Ustedes!... ¡Ustedes!... No. ¡Qué han de hacerlo!

SRA. DE ÁLVAREZ. -Por lo pronto le rezaré a usted la oración del sentimiento, diciéndole que existen millares de criaturas cuyo único amparo es el óbolo de las personas caritativas, y que aquí hay una bolsa que impetra su compasión.

SRA. DE GONZÁLEZ. -¡Bravo, Edelmira! ¡Muy bien!...

SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Pronto, ese cheque!...

SRA. DE GONZÁLEZ. -¿A que no lo firma en blanco?

SR. DÍAZ. -Para eso entiéndanse con el ministro de Hacienda. ( Por su señora.)

SRA. DE ÁLVAREZ. -No se escurra venga acá, señor piadoso.

SR. DÍAZ. -Por lo demás, no creo en semejante caridad.

SRA. DE ÁLVAREZ. -Explíquese.

SR. DÍAZ. -No. Sería muy largo.

SRA. DE ÁLVAREZ. -Cuando menos pensará, como ciertas gentes, que nuestra caridad no es más que un pretexto para divertirnos. Le exijo una explicación.

SRA. DE GONZÁLEZ. -Eso es. Le exijimos una explicación.

SR. DÍAZ. -Ustedes se han propuesto sacarme de mis casillas. Les haré el gusto. Pues... uno de los capítulos, más terribles de mi libro será precisamente el referente a «nuestros hijos naturales».

SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Oh! ¿Qué tiene eso que ver...?

SR. DÍAZ. -Mucho, mucho. ¿Para quienes son esos así los y esos talleres? Supongo que no serán para mis hijos legítimos, ni para sus hijos legítimos.

SRA. DE ÁLVAREZ. -Eso es una butade indigna de usted.

SR. DÍAZ. -Pardón. Mi sinceridad no admite sobreentendidos.

SRA. DE ÁLVAREZ. -Adelante, pues.

SR. DÍAZ. -La crónica policial, me ha enseñado a encarar de otra manera el problema social que ustedes creen haber resuelto con la fundación de unos cuantos asilos.

SRA. DE ÁLVAREZ. -Es cierto que son pocos, pero la caridad pública no da para más.

SR. DÍAZ. -Aunque fundaran mil. Aunque fundaran tantos asilos como templos! Estamos creando el mal para aplicarle el remedio. ¡Y qué remedio!...

SRA. DE ÁLVAREZ. -No entiendo.

SR. DÍAZ. -Empecemos por respetar el derecho a la maternidad... La limitación de ese derecho es causa del tributo enorme de vida que nos cobran los asilos, las cárceles y los cementerios. En lugar de instituciones pro infancia desvalida, fundemos ligas por el respeto a la mujer en su función más noble. La maternidad nunca es un delito. Si se infringe una ley social, se ha cumplido la ley humana que es la ley de las leyes.

SRA. DE ÁLVAREZ. -¡Ay, Dios mío! Eso es anarquismo puro. Usted quiere destruirlo todo.

SR. DÍAZ. -Esto es un evangelio que se podría practicar, aún sin destruir los fundamentos de la presente organización social. Se puede muy bien abogar por la maternidad legalizada respetando la maternidad anormal. El día que ese convencimiento encarnara en todos los espíritus, la misión de ustedes, señoras mías, habría terminado o se modificaría sustancialmente.

SRA. DE ÁLVAREZ. -Y mientras llega ese dichoso día, ¿qué liemos de hacer?

SR. DÍAZ. -Trabajar para que llegue, renunciando en primer término al ejercicio de una caridad perniciosa.

SRA. DE GONZÁLEZ. -¿Perniciosa?

SR. DÍAZ. -¡Oh!, señora! No me obligue a decir lo que son los asilos y las escuelas que dan ustedes a la infancia desvalida! Trabajar para que llegue ese dichoso día. Eso, eso deben hacer. Ustedes que han sentido coronada la fecundidad con la gloria de las caricias infantiles, deben abogar contra el prejuicio para que no haya tantos hijos sin madres y tantas madres sin hijos.

MECHA. -(Que ha estado oyendo a su padre con angustia creciente, estalla en sollozos convulsivos.)

SR. DÍAZ. -¡Qué tiene, hijita! (Acuden todos un tanto alarmados.)

MECHA. -(Dominándose.) No se alarmen. Ya pasa. ¡Estoy tan nerviosa!

SRA. DE DÍAZ. -Esta muchacha nos va a dar un disgusto. Hace tiempo que no está bien y no quiere atenderse.

SR. DÍAZ. -¿Quiere que mande llamar un médico?


Acto I - Escena X