Nuestros hijos: 19

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Nuestros hijos de Florencio Sánchez


Escena IV[editar]

PANCHITA. -(Desolada.) ¡Jorgelina! ¡Jorgelina! (La abraza con efusión un tanto cómica.) ¡Vengo consternada! ¡Consternada!... ¡Qué cosa tan horrible, hermana!...

SRA. DE DÍAZ. -(Con gesto de circunstancias.) ¡Así es Pancha, así es!...

PANCHITA. -¡Como estarán en aquella casa! ¡Qué golpe para Jorgita! Se lo venía diciendo en el camino a Ernesta. ¿Verdad, Ernesta? Figúrate que nada sabíamos, ¿qué íbamos a saber, metidas en la quinta como lo pasamos toda la vida?, cuando esta mañana salíamos para la capilla donde nos toca la guardia del Santísimo y ¿con quién nos habíamos de encontrar? Con Eduarda García y las muchachas que iban a Palermo y detienen el coche. Panchita ¿sabe usted si se han batido? ¿Quiénes? ¿Pero en qué mundo viven? ¡Alfredo su sobrino, con Enrique!,¿Por qué... Y me contaron que Enrique se negaba a casarse después de... en fin, la verdad. ¡Espero que no me habrán engañado! Tomamos un coche y sin respirar nos hemos venido hasta aquí. ¡Cómo estarás, hijita, cómo estarás!...

SRA. DE DÍAZ. -¡Abrumada!

PANCHITA. -Saben algo de Alfredo.

SRA. DE DÍAZ. -Nada. Imagínate mi inquietud. ¿Es cierta lo del duelo?

PANCHITA. -Ciertísimo. ¡En unas condiciones terribles, a pistola a cinco pasos, qué sé yo! ¡Y claro está, en estos casos que menos!... ¡Ah! ¡Te advierto que las de García también están consternadas!... ¡No llores, no te aflijas, mujer!...

SRA. DE DÍAZ. -¡El pobre Alfredo!

PANCHITA. -Quizá no le haya sucedido nada. El muchacho tira muy bien. Cálmate.

SRA. DE DÍAZ. -¡Esta incertidumbre! La imposibilidad de averiguar...

PANCHITA. -Alfredo se vendrá en seguida. Pero quien iba a pensar que Mercedes...

ERNESTA. -¡Oh, yo sí!... Con la educación que reciben las muchachas de hoy es preciso esperarlo todo. Y esa Mercedes nunca me gustó nada. ¡Por algo no hacíamos buenas migas!...

PANCHITA. -No seas injusta, Ernesta. Nuestra sobrina ha tenido muy buena moral y muy buenos ejemplos.

ERNESTA. -Se inclinaba más al padre y ha salido tilinga como él.

PANCHITA. -Y el filósofo ¿qué dice? ¿Sigue viviendo en la luna?

SRA. DE DÍAZ. -Está muy satisfecho.

ERNESTA. -¿Han visto? Lo que yo decía.

PANCHITA. -Supongo que habrán tomado ya alguna determinación.

SRA. DE DÍAZ. -Ninguna. No nos hemos repuesto aún. Después... Alfredo que no aparece, por un lado, y la conducta de Eduardo por otro, me tienen en una situación que... francamente, no sé que pensar ni que hacer.

PANCHITA. -¿Qué pretende Eduardo?

SRA. DE DÍAZ. -La ampara y quiere que las cosas continúen como si nada hubiera pasado.

PANCHITA. -Eso es absurdo. Ustedes no deben dejarse sacrificar. Por la falta de esa... loquilla no van a renunciar a su vida. No es el primer caso de una familia a quien le cae semejante desgracia encima. Se elimina la mala semilla, y asunto concluido. Mira, yo tengo mucha influencia con la superiora del refugio de Santa Magdalena. Allí lo pasaría muy bien.

SRA. DE DÍAZ. -Eso será muy difícil. Eduardo no lo consentirá.

PANCHITA. -¿Con qué derecho podría impedirlo? Hijita, debes imponer tu autoridad.

SRA. DE DÍAZ. -¿Yo?...Si supieras como estoy. Hasta se me ocurre que sería mejor hacerles el gusto a Eduardo y dejar las cosas así.

PANCHITA. -¡Qué temeridad!

SRA. DE DÍAZ. -No sé lo que me pasa. Tengo miedo.

PANCHITA. -¿De qué?

SRA. DE DÍAZ. -No sé... de un escándalo. Eduardo está muy raro, enigmático conmigo. Casi amenazador. Quien sabe a que extremos puede llevarlo su estado de ánimo. (Aparecen Laura y Mecha por la escalera.)

PANCHITA. -Fíjense, en la muy desfachatada. ¡Pues no tiene coraje de presentarse ante nosotros!

SRA. DE DÍAZ. -Déjenla. Nada le digan.


Acto II - Escena IV