Oración de don Juan Martínez de Rozas, Vocal de la Junta de Gobierno, en la instalación del Congreso

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Oración de don Juan Martínez de Rozas, Vocal de la Junta de Gobierno, en la instalación del Congreso

Señores:

En el único modo posible y legal, se ve por la primera vez congregado el pueblo chileno. En las respetables personas, dignas de la general confianza, y en cuya elección han tenido parte todos sus habitantes, se reúne para tratar el más grave, delicado e importante negocio que recuerda la memoria. El dolor y la agitación sofocarían mi voz débil si no fuese inevitable poneros a la vista nuestra verdadera situación. En su descripción puedo equivocarme; así os confieso por lo más sagrado; os pido por lo que debemos a Dios, al rey, a la patria y a nosotros mismos; os ruego sincera y eficazmente que, en medio de ella, me interrumpáis, contestéis los hechos, y reflexionéis y me pongáis en la ruta de la verdad y del acierto, con aquella generosidad y noble franqueza propia de los representantes de un gran pueblo, sobre quienes está fija la atención de la patria y de la posteridad. Vuestro silencio será un comprobante de mis aserciones, y os hará responsable de mis errores. Tres años han corrido desde que la augusta familia de nuestros buenos reyes gime en cautiverio. Un aliado pérfido exigió sacrificios y compromisos que tuvieron el doble objeto de auxiliar sus proyectos y debilitar a la nación amiga, para incluirlas entre las que oprime. Asombrosos esfuerzos de valor han detenido este torrente. Pero ¿qué ha costado a la gloriosa España dar al mundo el grande espectáculo de su inimitable constancia? La muerte de sus valientes guerreros, la ruina de sus escuadras, el saqueo de sus ciudades, la profanación de sus templos, la extinción de sus fábricas, la desolación de sus provincias y todos cuantos estragos trae una guerra nacional con enemigos que no conocen ni aun los derechos que la humanidad o convenciones respetan entre el furor de los combates. Pero estos males no son los más graves. La nación sufre otros que son el origen de todos, que influyen más de cerca en nuestra suerte, y que alejan la esperanza del remedio... Sí, señores, la nación ha perdido aquel carácter heroico, aquella uniformidad de principios, aquella honradez de principios, aquella honradez nativa debida al clima, a la educación y a los ejemplos; aquella grandeza de alma superior a los riesgos y a todos los atractivos de la vida. Un privado absoluto y sensual, en veinte años de despotismo, degradó a los descendientes del Cid, de Gonzalo de Córdova, de Lain-Calvo y Nuño Razura; sustituyó al espíritu marcial el afeminamiento, la codicia a la noble ambición; y, en suma, extirpó o amortiguó en la raíz aquella firmeza que resistió tan tenazmente a Roma y a Cartago, y que lanzó de su seno las armas agarenas; aquella fidelidad a la religión y a sus reyes, de que sólo se ven los restos en la parte española que no alcanzó a corromper el tirano, o por desprecio, o por que no tuvo tiempo. Y así se ha visto nuestro amado Fernando y su causa abandonada de sus grandes, de sus generales, de sus ministros, que corrieron con olvido de sus dignidades y menosprecio de sí mismo[s], a prosternarse al enemigo, y, puestos a su alrededor, dirigir órdenes para que siguiésemos su inicuo ejemplo. Esta conducta, atrayendo a muchos, hizo desconfiar a todos, y un celo imprudente, pero disculpable, sacrificó los fieles, confundidos entre los malvados. La multitud, siempre impetuosa e inconstante, establece autoridades y las abate; se somete a ellas con entusiasmo y las deroga con ultraje. Así, en el estrecho término de pocos meses, se vio al vencedor de Bailén coronado de oliva en el alcázar y embestido por el populacho; después encausado y, finalmente, colocado a la cabeza del Consejo de Regencia. La Romana, mirado como el héroe de la nación y luego retirado del mando. Montijo, el primer motor de la feliz revolución de Aranjuéz y el ilustre hermano del inmortal Palafox, presos en Sevilla; Goyeneche, hechura de Murat, de emisario de América, tomar el mando de un ejército de asesinos para destruir a nuestros hermanos de La Paz; destinado al gobierno de Caracas uno que recibió esta misma investidura del horrible agente de Bonaparte. Los generales Hermosilla, Salcedo y Obregón, después de venderse al tirano, seducir públicamente al Comandante de la escuadra de Cádiz. Los mismos individuos de la Junta Suprema, marcados con todas las notas y signos de desconfianza que ellos nos habían repetidas veces indicado, en los satélites del enemigo; y el pueblo transportarse contra sus personas del modo que nos habían aconsejado que nos condujésemos con los jefes sospechosos. Las miras políticas de las naciones aliadas, de las neutrales, de las rivales, es un arcano impenetrable a esta distancia. Su situación, sus intereses se complican cada día, y las noticias que nos llegan vienen tarde y desfiguradas. El modo de pensar de los gobernadores de nuestras provincias debe ser tan vario como las reglas que cada uno se proponga. Son hombres. Unos con severidad dura, otros con dulzura tímida, todos con afectación exasperan los ánimos de los buenos y pacíficos ciudadanos, o insolentan a los malos y turbulentos. Con una autoridad caduca o viciosa en su origen, tratan de conservarla a cualquiera costa, prefiriendo para sostenerla el indecoroso medio de fomentar noticias fingidas al de tenernos prevenidos para resistir algún inesperado ataque que nos pierda para el Rey y la nación. Debemos ser cautos sin baja malicia; debemos ser fieles sin acre fanatismo. Desterremos de nuestros corazones las injuriosas sospechas; pero fiemos sólo en nosotros mismos. No supongamos, pero recelemos que puede haber en América hombres capaces de imitar al falso aliado, al favorito ingrato, a los ministros proditores[1], a los generales traidores; y no descansemos sino sobre los que no pueden en ningún caso seguir sus abominables huellas. No creamos que hay hombres que por mantener sus empleos nos venderán a una nación que los continúe por un mérito que pueden labrar a nuestra costa; pero no es imposible de los que los haya. No tenemos motivo de presumir que ningún depositario de la real autoridad quiera apropiársela; pero no olvidaremos que, durante la guerra de sucesión, varios gobernadores en América esperaban el éxito para conducirse como los generales de Alejandro Magno después de la muerte de su monarca, dividiendo entre sí sus conquistas. La ambición nada respeta; y, por desgracia, es un principio que rara vez dejan de cometerse los delitos que impunemente y con ventaja pueden ejecutarse.

Oímos cada momento que otras provincias del mismo continente, y que aún conservan alguna correspondencia con la Europa, se conmueven por motivos semejantes a los que aquí nos sobresaltan. Situadas aquéllas precisamente en las únicas vías por donde podemos saber el estado de la Península o los preparativos de las potencias, vivimos en un verdadero caos, y nuestra vista sólo alcanza al reducido horizonte, formado por impenetrables tinieblas, que tal vez habría disipado, pero tarde, una sorpresa exterior, o un volcán que reventase bajo nuestros pies. Pregunto con el más ingenuo candor, en este triste estado, en esta oscuridad, en este letargo ¿qué debía hacer Chile? Interpelo al mismo desgraciado Fernando, a la nación entera, a los sabios de todos los pueblos, a la austera posteridad ¿debía indolentemente esperar el golpe fatal que lo hiciese perder su religión, su Rey, su libertad?, ¿o debía dar un paso que lo cubriese de estos riesgos, paso legal, justo, necesario, semejante al que dieron las provincias de la Península, y al que deben la conservación de su expirante existencia y su honor, con sólo la diferencia de que aquéllas no pudieron hacerle con una anticipación, arreglo y serenidad que habría asegurado un éxito digno de tan laudable resolución; paso a que el orden, el peso mismo de las cosas, o más propiamente la Providencia (es preciso confesarlo) le ha conducido? Sin que precediesen aquellas convulsiones que acompañan los sucesos extraordinarios, aquellas contenciones que deshonran las acciones más buenas, se vio ejecutado un plan que debería ser el fruto de largas combinaciones y cálculos. A un tiempo mismo un millón de personas piensan de un mismo modo y toman una misma resolución. Tal es la fuerza de la verdad que, cuando no la perturban las pasiones, se hace sentir del propio modo a los que la escuchan sin los prestigios de la preocupación y exentos del influjo, o del interés mal entendido, o del ajeno engaño. A una voz todos los vivientes de Chile protestan que no obedecerán sino a Fernando; que están resueltos a sustraerse a toda costa a la posibilidad de ser dominados por cualquiera otro, y a reservarle estos dominios, aun cuando los pierda todos. Conocen y sienten en sus corazones que son incapaces de otros pensamientos; que pueden sostenerse, porque siempre estarán unidos; y, tomando sobre sí los riesgos y fatigas de una empresa de que sólo creen digna su lealtad, la fían a ella sola. ¿Ni cómo podrían sin delito fiarla a otro? El Ministro plenipotenciario de España en los Estados Unidos de la América Septentrional avisa con repetición que el enemigo tiene más de quinientos emisarios entre nosotros destinados a seducir principalmente a los jefes, y especifica los nombres de treinta y siete españoles, designando el lugar de su nacimiento y de su infame comisión. Observábamos un silencio sospechoso en los gobernadores que, notados de infidencia, lejos de vindicarse, sólo contestaban con las bocas de los fusiles, con dicterios y suplicios. Ni aun se dignaban de darnos parte de las medidas que tomaban para nuestra seguridad, ni nos permitían discurrir sobre los medios de afianzar nuestra suerte y mantenernos por la madre patria entre las convulsiones que padece. La tolerancia de tanto misterio y de un despotismo nunca menos oportuno, nos habría calificado justamente delincuentes, o de hombres estúpidos nacidos para la servidumbre; y nuestra sumisión se habría calificado de indolencia, nuestra misma lealtad desnuda de aquel mérito que nace de la elección, discernimiento y firmeza. Confiar es poner en manos de otro sin más seguro que la buena opinión que se tiene de él; si no la teníamos, si no debíamos tenerla de los que la exigían con dureza, y con aquella altanería que suele ser síntoma de la debilidad o de falta de justicia ¿por qué no debíamos desconfiar? Nuestra apología no debe ocuparnos por ahora. Ella se formará del tiempo, del éxito de las verdades que manifestará el curso de los negocios, del testimonio íntimo de nuestras conciencias. Sobre todo, nos justificará a los ojos del mundo entero, del Rey, de la nación y del tiempo imparcial, nuestra conducta posterior. Esta toda debe, pues, terminarse al servicio del soberano, primer individuo de la patria; a la seguridad de ésta y su prosperidad interior; a la conservación de su honor, que sólo puede conseguirse por la integridad de sus relaciones exteriores, por el orden que reine dentro y por las ideas de virtud que ministre en otras partes la presencia de nuestros conciudadanos. Nuestra posición es pacífica: por el norte, estamos separados por un desierto apenas transitable; al oriente, los helados Andes nos sirven de barrera; al sur, el terrible Cabo de Hornos nos defiende; al poniente, el mar Pacífico; y en el centro, el valor, unión y frugalidad de nuestros naturales. Todo aleja de nosotros el riesgo de ser atacados, y el peligro de ser tentados del espíritu de invadir, pisando las leyes de la naturaleza y buscando la infeliz suerte de los conquistadores. El no poder dilatar nuestro territorio, este coto a nuestra ambición, es la primera de nuestras dichas. No seremos jamás agresores sin forzar los términos a que nos limita el gran regulador, el supremo árbitro de los destinos. Respetemos sus adorables designios, tan perceptibles en el orden físico como en el moral, tan al alcance de los sentidos como al de la razón. Reconozcamos su protección en cada paso, en cada una de las innumerables ocurrencias que han acompañado a este gran movimiento y que le han dado toda la dignidad imaginable; pero guardémonos de entregarnos a una seguridad funesta.

Nuestra probidad nos adquirirá sin duda la las naciones: pero no es prudente esperar que todos imiten nuestra conducta justa y moderada. Tratemos a nuestros amigos sin olvidar que podemos tener la desgracia de perder su amistad. Nunca será ésta más firme que cuando sepan que no pueden impunemente quebrantar sus leyes, o que vean que nuestra templanza no nace de la debilidad y que su ambición se estrellará en el muro de bronce de nuestro patriotismo y disciplina.

Estas grandes y nobles miras sólo tendrán un feliz y constante resultado, si podemos llenar el augusto cargo que nos han confiado nuestros buenos conciudadanos; si acertamos a reunir todos los principios que hagan su seguridad y su dicha; si formamos un sistema que les franquee el uso de las ventajas que les concedió la exuberancia de la naturaleza; si, en una palabra, les damos una constitución conforme a sus circunstancias. Debemos emprender este trabajo, porque es necesario, porque nos lo ordena el pueblo depositario de la soberana autoridad, porque no esperamos este auxilio de la Metrópoli, porque hemos de seguir su ejemplo... Sabemos que al mismo tiempo que los españoles buenos vierten mares de sangre para restituir a su Rey al solio, preparan para presentarle a su vuelta una constitución que, siendo el santuario de sus inmunidades, evite la repetición de los horrores en que ha sumergido a la nación el abuso de poder y la restituya al goce de los derechos inajenables de que estaba privada. Para esto fueron citados los americanos de un modo vario, incierto, frío y parcial.

No han podido concurrir, no creen que se haga allá, y sí que están en el caso de realizarla aquí a presencia de los objetos, y de cumplir franca y liberalmente el deber de los ministros y consejeros que pagan los reyes para que les dijesen verdades que tenían interés en callar. No os intimide la suerte de los grandes pensionarios Barnevelt y De Wit, y, si os toca, seréis tan ilustres como ellos. No os retraiga la magnitud de una obra en que se emplearon Solón, Licurgo, Platón, Aristóteles, Cicerón, Hobbes, Maquiavelo, Bacon, Grossio, Pufendorff, Locke, Bocalino, Moren, Bodin, Hume, Gordon, Montesquieu, Rousseau, Mably y otros ingenios privilegiados, dejándonos sólo la idea de que no hay un arte más difícil que el de gobernar hombres y conducirlos a la felicidad, combinando sus diversos intereses y relaciones. La misma sublimidad de sus talentos, su propia perspicacia les presentó escollos que todos no divisan; la complicación de necesidades, preocupaciones, costumbres y errores formaban un verdadero laberinto. Así, podemos afirmar, para confusión de la orgullosa sabiduría, que sus más fuertes atletas deben ceder el paso a los que, siguiendo humildemente las antorchas de la razón y la naturaleza, penetrados de amor a sus semejantes, observando modestamente sus inclinaciones, sus recursos, su situación, su índole y demás circunstancias, les dictaron reglas sencillas que afianzaron el orden y seguridad de que carecen las naciones más cultas. La docta Grecia, los estudiosos alemanes, los profundos bretones jamás tuvieron constituciones tan adecuadas como la pobre Helvecia o como los descendientes de los compañeros del simple Penn[2]. Otras carecieron absolutamente de este símbolo de sus derechos y sucumbieron a la anarquía, y después al despotismo. La inmortal Roma, que dio leyes al mundo, y cuyos inmensos códices aún sirven de oráculos, pereció por falta de una constitución. La Inglaterra apenas tiene la suficiente para vivir en un mar, siempre alterado entre los embates de una libertad aparente y un despotismo paliado. La Polonia vio como un sueño desaparecer una que le habría conservado en el rol de las naciones. La Francia perdió las que había labrado a costa de los sacrificios más horrendos. Otras naciones creen tenerla en algunos privilegios que han arrancado a tal cual déspota débil. Otras ni aun tienen nociones de esta piedra de toque de los derechos del hombre, de este talismán, de esta brújula, instrumento pequeño sí, pero precioso, únicamente capaz de guiarnos hacia nuestra prosperidad. Por una fatalidad singular observamos que, si el pueblo no es capaz de retenerse en los límites de una libertad ilustrada, los que están revestidos del poder no saben mantenerse en los términos de una autoridad racional; el pueblo se inclina a la licencia, los jefes a la arbitrariedad. Así, el gobierno que contenga a aquél en la justa obediencia, y a éste en la ejecución de la ley, y que haga de esta ley el centro de la dicha común y de la recíproca seguridad, será el jefe de la obra de la creación humana. Representantes de Chile: esta es vuestra tarea. ¿La llenaréis? Sí, porque os conduce la sinceridad, el interés, la rectitud, la firmeza y el amor a la patria. ¡Feliz pueblo que dominando los acontecimientos, superior a todos los poderes e intereses momentáneos, y cautivando todas las pasiones, os halláis en estado de recoger vuestros pensamientos, de medir el espacio en que debéis de establecer la justicia y la igualdad, de combinar los medios de obrar un bien tan general, de remover los obstáculos, y de elevar sobre un suelo llano el grande edificio de la pública felicidad! La perspectiva de un movimiento tan suntuoso, unas ideas tan magníficas, llenan vuestros corazones de un sagrado entusiasmo y de un santo temor. Estos sentimientos son precursores del acierto. Ellos descubren en vuestras almas heroicas profundamente grabados los principios que os cubrirán de la gloria de haber fabricado la fuente de las virtudes, el asilo de la inocencia, el destierro de la tiranía, en suma, el honor y seguridad de la patria. Sí, señores, yo sé que tenéis muy presente que un millón de personas os han fiado su suerte y la de su innumerable posteridad; que ésta y el resto del orbe tienen fijos sus ojos sobre vosotros; que, como depositarios de la confianza de los pueblos, les debéis en todos tiempos dar cuenta de vuestras operaciones, así como todos los magistrados, simples agentes de la autoridad que emana de ellos; que nada haga conocer mejor que somos de una misma patria que una ley general, los mismos reglamentos, las mismas cargas, las mismas prerrogativas. Borrad de vuestros diccionarios las voces gracia, excepción, y olvidad hasta las ideas de estos anzuelos del despotismo. Que ni las provincias, ni los cuerpos, ni las personas puedan tener privilegios que los separen de la igualdad de derecho. Por eso echo de menos entre vosotros a los representantes de los cuatro butalmapus. Que del seno de las virtudes públicas han de salir y elevarse por el sufragio libre de los pueblos al derecho de regirlos sus administradores y funcionarios; así, la idea de un magistrado o jefe nato o perpetuo, o de un empleo comprado, es, por consiguiente, absurda. De ese modo, habrá en todos nuestros cantones un mismo espíritu, un respeto igual a la ley. El común jamás sofocará la autoridad legítima, y no se verán insurrecciones sino para vengar la soberanía popular, si fuese ofendida. Que las peticiones más justas han de sujetarse a las formas, a fin de que la libertad estribe en la ley, y que la ley no penda ni sufra de la petulante licencia, y se distinga la voluntad bien contestada del pueblo de la de los movimientos sediciosos de hombres sin costumbres o mujeres depravadas, que para evitarlos y disipar en la raíz el origen de las inquietudes, no hay medio más probado que la educación. Ocupada la clase numerosa, e instruida la que debe dirigirla, no pensará aquélla en variar una situación, que le es grata, y ésta será el apoyo de vuestra obra.

Encaminemos el valor, talentos y natural virtud de nuestros excelentes jóvenes por la senda de los conocimientos útiles hacia el bien que prepara la constitución, y ellos serán sus garantes. Su ilustrado patriotismo la pondrá bajo la salvaguardia de todas las profesiones, de todas las personas, que podrán reclamarla y deberán sostenerla. Está penetrada vuestra sensibilidad de los estragos de la hidra devoradora de los litigios, que al parecer escogió nuestro suelo para su infernal caverna. Si no podéis aniquilarla, encerradla a lo menos dentro de los términos más estrechos que permita la humana prudencia. Precaved con tesón los efectos de aquella tendencia que tenemos por habitud hacia la manía de perder y agraciar. Sobre todo, haced que vuestras reglas no se contradigan con la invariable naturaleza y que estriben en las costumbres, cuya formación es la grande obra de vuestra misión. Sí, señores, vosotros vais a crear este antemural de las leyes, y sin el que seguramente perecerán. Nada hay más necesario, ni más fácil, si os resolvéis a presentar a los demás en vuestras acciones el modelo de las virtudes públicas y privadas; en suma, si consideráis que el magistrado es el libro siempre abierto a los ojos de todos y el maestro nato del resto del pueblo. Esta conducta, más que todos los reglamentos, hará vuestro verdadero carácter, y os constituirá inviolables en vuestras augustas funciones, y en vuestras dignas personas. La probidad y la virtud serán vuestro asilo contra la ley. El que la quebrante faltando a sus empeños no es digno de ser miembro del cuerpo legislativo. No merece concurrir al orden público quien lo perturba con sus odios, su ambición o mal ejemplo. ¿Se dirá legislador aquel que proscribe la ley? ¿Representante del pueblo, el que deshonra el pueblo? Ni tratará de virtudes el que es acusado de crímenes e infidelidades. Pueblos, meditad bien los que elegís, y que sean tales que no necesiten de la inviolabilidad. Magistrados, procurad ser tales que la posteridad os bendiga; aspirad a que las naciones os citen más bien como honrados que como sabios; abrazad con celo los negocios más espinosos, seguidlos con asiduidad y constancia, conducidlos a su fin sin salir de vuestra tranquilidad; haced el bien y limitad vuestras miras a la dulce satisfacción de haber obrado bien; inmolaos generosamente a vuestra patria y ocultadle con destreza los servicios que la hacéis. Estas son las cualidades de un ilustre ciudadano, señores, y éstas son las vuestras.