Organización

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Organización
de Ricardo Mella


Una exagerada desconfianza ha producido entre los elementos anarquistas la preocupación de que todo procedimiento orgánico es pernicioso a la causa que defendemos. La afirmación de la libre iniciativa ha venido a formularse como rotunda negativa del principio de asociación y aun como su contrario. En consecuencia se ha señalado una división de ideas y de procedimientos que, en nuestro entender, no tienen justificación lógica alguna. Trataremos de demostrar nuestra tesis.

El principio de asociación, lejos de ser opuesto al de libre iniciativa, es precisamente su consecuencia y complemento necesario. A un individuo se le ocurre una idea feliz y trata de ponerla en práctica. Si puede realizarla sin ajeno concurso, no buscará seguramente una cooperación que no necesita, pero en la mayor parte de los casos ocurrirá lo contrario, es decir, que para traducir en hechos una idea cualquiera, será necesario el concurso de varias actividades, de distintas fuerzas, de elementos diversos. Es muy reducido el número de acciones que puede ejecutarse por el individuo aislado. En todo trabajo se halla siempre o casi siempre un resultado colectivo, aunque en principio tenga carácter individual, porque comúnmente uno es el que inicia, varios los que ejecutan. Pasa con esto lo mismo que con la división y la integración del trabajo, que son dos órdenes de hechos que no se excluyen, sino que se complementan. Y es por esto verdaderamente extraño ver a los defensores del trabajo y de la vida común, a los que quieren la solidaridad completa entre los humanos, sostener el absurdo de un individualismo absoluto, de un aislamiento cerrado en cuanto se refiere a nuestra acción revolucionaria frente al orden de cosas existentes. ¿Acaso se diferencia en algo nuestra labor que pudiéramos llamar de partido del trabajo en general? ¿No es aplicable a aquélla todo principio que sea cierto para éste? La edición de un periódico, de un folleto, de un libro; la celebración de reuniones de propaganda; la acción común contra el adversario, son cosas que demandan trabajo colectivo, asociación de fuerzas, combinación de elementos. La iniciativa personal de cualquiera de estas empresas, supone inmediatamente la reunión o sumas de actividades para realizarlas.

Bien sabemos lo que se nos contestará. "No negamos esos principios, lo que negamos es la necesidad de que la organización tenga carácter permanente porque con dicho carácter nacerá siempre de la asociación la autoridad, la rutina, el abandono de la propia libertad”.

Y sin embargo, la edición de un periódico, la acción constante del anarquismo sobre la masa general son empresas de carácter permanente que demandan asociación, no de momento, sino constante y persistente. ¿Cómo conciliar estos extremos?

Naturalmente no sería necesaria semejante conciliación si no hubiera de por medio algo de sofisma. El sofisma consiste en afirmar que de la asociación u organización permanente nace siempre la autoridad. Siempre no. Puede nacer alguna vez, como del hecho de andar se origina el de que tropecemos y caigamos. Aquí la cuestión se reduce a saber si por el temor de caernos vamos a permanecer constantemente inmóviles. El buen sentido nos dice que lo natural es que cuidemos de que nuestros movimientos sean adecuados y lo suficientemente firmes para que hagan poco posibles las caídas.

La organización de las fuerzas anarquistas está en este caso. Hay que reunir elementos, sumar fuerzas, acumular actividades. ¿Cómo, sin que haya de temerse una irrupción del principio de autoridad?

Es natural que si nos organizamos conforme a las ideas corrientes y a los hábitos adquiridos no sólo nacerá de nuestra organización el principio de autoridad sino que ella misma será autoritaria. Mas si nos asociamos conforme a nuestro método, y la anarquía no es en último análisis, como ha dicho Malatesta, más que un método, es indudable que esta organización no será autoritaria, y que si alguna vez surge de ella la autoridad, será más bien por los vicios de los hombres que por los de la organización misma, si ésta en lo fundamental y en los detalles se ajusta al ideal anarquista. ¿Y habremos de mantenernos aislados por una remota posibilidad de autoritarismo? Sería como si por miedo a naufragar, no nos embarcásemos.

Hay que llegar a un punto dado; es preciso tomar una dirección; y para tomar esta dirección y llegar a aquel punto, necesario es que nos movamos, que andemos. ¿Será un peligro que vayamos juntos?

Lo sería si mediase reglamentación o imposición. No lo será si juntos vamos voluntariamente aun cuando sea de la manera más permanente posible; pues la permanencia, si es voluntaria, no supone jamás ni reglamentación ni imposición. Una organización permanente de las fuerzas anarquistas no es, por tanto, autoritaria en cuanto es voluntaria. ¿Destruye esto o no el sofisma de los que no quieren organización permanente, o de los que con más franqueza se pronuncian contra toda clase de organización?

Los grupos anarquistas voluntaria y libremente se organizan; voluntaria y libremente persisten organizados, sin que por ello reaparezca el principio de autoridad. Los grupos entre sí podrían inteligenciarse, asociarse, federarse libre y voluntariamente también. ¿Por qué no hacer lo segundo y combatir lo primero? Afortunadamente los hechos demuestran que el buen sentido de nuestros compañeros va por recto camino. A pesar de ese individualismo incomprensible que tanto se propaga, las corrientes de asociación se imponen y se siguen en todas partes. Perseguidos y encarcelados muchos compañeros, desparramados otros por todos los países, sin mantener relación alguna con sus compañeros de emigración, vigilados y asediados por agentes provocadores, no siempre seguros de que entre el número de los que llamamos compañeros no haya un policía, se hace sentir de una manera imperiosa la necesidad de inteligenciarnos y conocernos, de organizarnos, en fin, para la común solidaridad, y para la lucha. La obra se ha empezado ya. Los anarquistas españoles, federados están en su mayor parte; existen en Italia y Francia federaciones locales y comarcales de las fuerzas anárquicas; los italianos emigrados en Inglaterra han iniciado la idea de una Federación anarquista que los ponga a salvo de las asechanzas policíacas y en todas partes se hacen plausibles esfuerzos por llegar a la unión voluntaria de todos los compañeros.

Podrá esta tendencia envolver algún peligro. Porque todo lo que hacemos en un medio social que nos es contrario lo envuelve necesariamente, pero en cambio la tendencia opuesta ha matado nuestras mejores iniciativas y ha anulado a muchos y activos compañeros. Con la propaganda del individualismo intransigente se han echado los cimientos de una pésima educación anarquista. No pocos han aprendido a no hacer nada que a ellos mismos no se les haya ocurrido, y se ha hecho general un ridículo prurito por singularizarse a troche y moche. Se ha abandonado el cuidado de educar a las masas y encaminarlas a la revolución, dejando que los socialistas de Estado las manejen a su sabor. Y, en fin, como dije en otra ocasión, aquella propaganda ha hecho que muchos traduzcan el “haz lo que quieras” por “haz lo contrario de lo que hagan los demás”.

Tengan en cuenta nuestros amigos que no se educa y enseña al pueblo con discursos solamente; que poco o nada aprende con algunos hechos de protesta que aisladamente se producen de vez en cuando; que pesa mucho en todos la educación recibida y que para desarraigar los vicios del autoritarismo y hacer anarquistas conscientes, es preciso que al lado de la teoría vaya la práctica, y si aquélla se da en periódicos, libros y discursos, esta otra sólo puede darse en las agrupaciones obreras, pues que, seguramente, permaneciendo cada uno en su casa nada se hará.

La buena voluntad de nuestros amigos debe ponerse toda en juego, para llegar cuanto antes a la inteligencia común. Dejen a un lado preocupaciones y temores pueriles y piensen que el movimiento se demuestra andando. Una organización anarquista no sólo es posible sino también necesaria y deseable. Sumémonos y venceremos.

Ricardo Mella en el nº 160 de “El Corsario”, periódico anarquista de La Coruña, 23 de julio de 1893.