Oriental (Arolas)

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Poesías religiosas, caballerescas, amatorias y orientales
Oriental



I
Del polvo que en la tumba está dormido
No pueden saber nada los despiertos,
No carece de arcanos ese olvido:
Respetad los sepulcros de los muertos.

Si se esconden allí vuestros amores,
Si allí una flor balsámica no asoma
Llorad, que vuestro lloro dará flores
Y, si después rogáis, tendrán aroma.

Si al polvo fe jurada es inconstante
No crucéis del sepulcro los confines
Con el traje de boda rozagante,
Coronados con rosas de festines.

No sea que, al buscar los nuevos lazos,
Tras la profanación más atrevida
Halléis un esqueleto en vuestros brazos
Que os hiele corazón, tálamo y vida.

¿Quién, pasado el tremendo parasismo
Y el último estertor, tuvo la suerte
De volver a esta luz desde el abismo
Y contar un después que hay en la muerte?

Esos ríos que en perlas se desatan
Y que corren al mar, que es su destino,
Que en claro fondo de zafir retratan
Larga sombra de errante peregrino

Llegan al lecho azul dejando flores,
Mueren perdiendo el nombre con el suelo;
Mas subirán al éter en vapores
Y formarán el iris en el cielo.

Del polvo que en la tumba está dormido
No pueden saber nada los despiertos.
No carece de arcanos ese olvido:
Respetad los sepulcros de los muertos.


II
-«¡Única flor del Oasis,
(Decía Tanbé a su Laila),
Y horizonte de mis glorias
Con dos lunas siempre claras!

¡Rayo de sol que iluminas
Una tienda solitaria!
¡Y ave de ligeras plumas
Que en mi boca bebes agua!

¿Quieres saber cómo estimo,
Reina de mi amor, tus gracias?
Como conocida sombra
De la gigantesca palma

Que cría racimos de oro
Con doseles de esmeralda,
Que me sombreó la cuna
Mientras aromosas auras

O los sueños me traían
O los sueños me quitaban,
Como la voz de mi madre
Y el beso de mis hermanas.

¡Mírame, que eso es la vida!...
Mas cuando de mí te apartas
Es la muerte... deja un frío
Que me hiela las entrañas.

Yo quisiera que mi frente
Que el sol del desierto abrasa
De la corona del mundo
Bajo el cerco se ocultara,

Que cubriesen sus rubíes
Los surcos que el dolor labra,
Que el brillo de sus diamantes
Mintiese placer do hay ansias.

Quisiera tener un nombre
Que tronase mi amenaza
Sobre solios vacilantes
A los pálidos monarcas

Y palacios de marfil
Con torres de porcelana
Do las reinas a tus pies
Se postrasen como esclavas.

Yo entonces con mis tesoros
Compraría en tu mirada
Las glorias del Paraíso
Que el Profeta me señala.

Pero yo he nacido pobre
Y las perlas no se engastan
Sino en oro del Ofir
Que su mérito realza.

Los aromas estimados
Que da nuestra común patria
Los consumen los califas
En urnas de limpia plata.

Se ponen las frescas flores
En los búcaros de nácar;
Los emires las deshojan
Cuando de su olor se cansan.

¡Ay del que nació desnudo
De fortunas y esperanzas
Con altivos pensamientos
Y rica de amor el alma!

Óyeme, sol de la tarde,
Que a nubes de azul y grana
Bordas flores de topacios
En las rutilantes franjas...

Me ha consumido tu amor:
Siento ya que se adelantan
Con la noche de la muerte
Los sueños que no se acaban.

No seré... mas si en la tumba
Con tu dulce voz me llamas
Yo responderé a tus ecos,
Que las tumbas también aman.»


III
Ella tiene tez bruñida
Como el mármol de Carrara
Y en los labios la dulzura
Y en el pensamiento llama.

La riqueza está en su seno
Y el imán en sus palabras;
Pero al contemplar sus ojos
Y sombra de sus pestañas

Diríamos que el de Urbino
La contornó tras soñarla,
Que Murillo dio las tintas
Y el original las hadas.

La fuente de espejo azul
La entretiene y la retrata
Y en el cristalino fondo
Su risueña imagen nada.

La fuente refleja cosas
Que nunca el pincel alcanza:
Movimiento de dos globos
Que un suspiro sube y baja,

Cabellos que por su peso
Por el cuello se desmayan
Los grillos de perlas dejan
Y las cárceles de gasa

Y unos ojos con tal fuego
Que las linfas, por su causa,
Si bullen es que se queman,
Murmuran porque se abrasan.

Tanbé su cabeza inclina
Sobre la virgínea falda
Y en las suyas aprisiona
Manos que a la seda igualan.

Busca la luz de unos astros
Y en sus resplandores halla
Un cielo tras otro cielo
Que con nueva gloria pasa.

Sólo Dios puede medir
El fuego de estas miradas
Que con dulce magnetismo
Dentro el corazón se lanzan.

Mas los labios del doncel
Van perdiendo roja grana,
Frío mármol son sus miembros,
Su cabeza es más pesada.

De su pecho que es cenizas
Última pavesa salta
De un suspiro moribundo
Que en los labios se le apaga.

Tres veces los tristes ojos
Al cenit de su amor alza
Y en el seno de la hermosa
Con un beso rindió el alma.

Entonces entre las hierbas
Reptil verdinegro arrastra
Que, lanzándose en la fuente,
Su cristal sereno mancha.

Turbia, reflejar no puede
Perlas, atavíos, galas
Ni el oro de sus arenas
Muestra con hermosa calma.

Mas de cuando en cuando forma
Círculos que se dilatan
Y son lágrimas de luto
Que va derramando Laila.


IV
Con el díctamo de olvida
Cura el tiempo cuando pasa
Las heridas que amor abre
Con las flechas de su aljaba.

Hoy muere la flor de ayer;
Si otra nueva engendra el alba
Que brinde con nuevo aroma
¿Quién se acordará mañana?

Ya la hermosa no suspira,
Que en dulce pasión se inflama
Rindiendo amorosos votos
De himeneo ante las aras.

Con la pompa del festín
En lucida caravana
Cruzó el sitio de dolores
Do Tanbé infeliz descansa.

Las rosas de sus mejillas
De rojas las mudó en gualdas
Cuando el temerario esposo
La decía: -«Desposada,

»Veamos si las promesas
De las tumbas salen vanas,
Si los muertos tienen voz
Y de sus amores tratan.

»Quiero que la sombra invoques
De aquel que en su edad temprana
Marchitaron los incendios
De los soles de tu cara.»

Resiste, mas él se enoja:
Ya obedece la cuitada;
Pero apenas de sus labios
El nombre adorado salta

Cuando un pájaro terrible
Vuela de vecinas ramas,
Y, asustándose el camello
Que guía la infeliz Laila,

Contra el mármol del sepulcro
La estrenó con furia tanta
Que allí pereció en sus bodas
Y allí yace sepultada.