Origen del pueblo romano

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Origen del pueblo romano

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( Traducido y comentado por Musaranya )

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Introducción[editar]

Desde los fundadores, Jano y Saturno, a través de los reyes que les sucedieron, hasta el décimo consulado de Constancio, presento un resumen de la obra de los autores Verrio Flaco, el Anciate (según el propio Verrio, ciertamente, prefería llamarlo así, antes que Ancia), de los anales de los pontífices [1], y también de Cincio, Egnacio, Veracio, Fabio Píctor, Licino Macro, Varrón, César, Tuberón y de todos los historiadores antiguos, hasta llegar a algunos de los más recientes, como Livio y Víctor el africano.


Los primeros reyes en Italia: Jano y Saturno[editar]

Se cree que el primero en llegar a Italia fue Saturno, tal y como afirma la musa de Virgilio en aquellos versos:

Primero del celeste Olimpo llegó Saturno,

huyendo de las armas de Júpiter etc.[2]


Se dice que la sencillez de los hombres antiguos en aquel momento fue tal que, cuando llegaban extranjeros que gozaban de sensatez y conocimiento y les podían aportar algo nuevo para organizar su vida y conformar sus costumbres, consideraban que estos extranjeros, como no sabían de sus orígenes ni de sus padres, no solo habían surgido del cielo y de la tierra sino que incluso les aseguraban eso a sus descendientes, como en el caso del propio Saturno, del que decían que era el hijo de la Tierra y el Cielo. Aun así, aunque pensasen así, está claro que llegó antes Jano a Italia que él y que después recibieron a Saturno cuando llegó.


Así es como hay que entender a Virgilio cuando decía, no por desconocer la historia sino por costumbre, había calificado a Saturno como primero, pero no en el sentido de “antes que nadie” sino en el sentido de “líder”, como cuando en el verso afirma:

[Eneas fue] el primero que desde las orillas de Troya[3]

cuando no hay duda de que, antes de Eneas, Antenor fue llevado primero a Italia, y no a las regiones más cercanas a la costa, sino que llegó a fundar la ciudad de Padua en el interior, es decir, en el mar Ilírico, tal y como, ciertamente, el ya mencionado Virgilio pone en boca de Venus en aquellos versos en los que la diosa se lamenta ante Júpiter de las desgracias que padece Eneas.

Antenor pudo, separado de toda la flota aquea,

adentrarse seguro en los golfos de Iliria y su interior, etc[4]


Ya explicamos con todo detalle por qué había añadido seguro en su momento en el conocido comentario, en el que empezamos a describir esto, del libro titulado Los orígenes de Padua. Así pues, en este contexto primero también posee este signficado, como cuando enumera en el segundo libro de la Eneida a todos aquellos que salían del caballo de madera: mientras nombraba a Tesandro, Estenelo, Ulises, Acamante, Toante, Neoptolemo, después añadió y Macaón el primero. Podemos preguntarnos: ¿por qué el primero, después de haber nombrado a tantos antes? Realmente, hemos de entender aquí primero como líder, por ejemplo porque se cuenta que en aquellos tiempos él fue conocidísimo por su completo conocimiento de la medicina.

Pero volvamos a nuestro propósito: se cuenta que la hermosísima Creúsa, hija de Erecteo, rey de los atenienses, fue violada por Apolo y tuvo un hijo, que fue enviado a Delfos a recibir una educación, mientras que a ella su padre la casó con un tal Juto, que no sabía nada de lo que había sucedido. Como Juto no podía ser padre con ella, fue a Delfos a preguntar al oráculo cómo podría ser padre. El dios le respondió que de la siguiente manera: que adoptase al primero que mañana se encontrase por el camino. Y así se encontró con el joven antes mencionado, el hijo de Apolo, y lo adoptó. Este jove, una vez que creció, no tuvo suficiente con el reino de su padre y llegó a Italia con una gran flota y fundó una ciudad en un monte que había ocupado, que nombró Janículo por su propio nombre.

Por tanto, cuando llegó Saturno a Italia huyendo de su reino en los años del reinado de Jano, fue acogido en hospitalidad por los rudos y primitivos indígenas y levantó una ciudad allí, no lejos de Janículo, a la que nombró Saturnia en su nombre. El fue el primero en enseñar la agricultura y una vida tranquila a aquellos fieros hombres acostumbrados a vivir de la rapiña, según nos cuenta Virgilio en su octavo <libro de la Eneida>:

Estos lugares los nativos faunos y ninfas los poseían

y un linaje de hombres nacidos de los troncos, del duro roble,

que nunca habían rezado ni uncido el toro

ni producido riqueza ni atendido al parto,

a los que las plantas y la áspera caza los alimentaban[5]

Tras la muerte de Jano, que no había aportado a su pueblo nada más allá de los rituales para adorar a los dioses y las creencias, el pueblo quiso mantenerse unido a Saturno, que había introducido en aquellas mentes todavía entonces salvajes una vida y unas costumbres que favorecían el bien común; además, como hemos dicho antes, les enseñó el arte de la agricultura, tal y como señalan aquellos versos:

Él a aquel indómito linaje repartido por las altas montañas

organizó, les otorgó leyes y quiso que fuera llamado

Lacio.[6]


Se cuenta que también fue él el que entonces enseñó a acuñar el bronce y dar forma a la moneda, en la que se imprimía en un lado su cara y en la otra un barco, pues había llegado en uno. Es por esto que hoy los jugadores, cuando dejan una moneda en la mesa y la cubren, preguntan a sus compañeros qué hay debajo, si cara o barco, que ahora el pueblo ha corrompido en su pronunciación a barca [7]. También el templo que hay bajo la colina del Capitolio, donde se guarda escondida la moneda, se llama todavía hoy erario de Saturno.

Con todo, como ya dijimos, Jano había llegado antes que él y, cuando tras sus muertes pensaron en cómo debían otorgarles los honores divinos, pusieron siempre en primer lugar a Jano en todos los oficios religiosos, hasta tal punto que, incluso cuando se les ofrece un sacrificio al resto de dioses, se nombra en primer lugar a Jano, añadiéndole también el apelativo de padre, tal y como nos relató nuestro <poeta Virgilio>:

Esta ciudad la fundó el padro Jano; aquella, Saturno [8]

Y justo después:

por este, recibió el nombre de Janículo; por aquel, Saturnia. [9]

Los sucesores[editar]

Y desde el punto de vista de Virgilio, dado que tiene unos magníficos recuerdos del pasado y también del futuro [...] [10]

El rey Latino los campos y las ciudades

calmadas ya de viejo las regía en una larga paz. [11]

Mientras él reinaba, se cuenta que los troyanos llegaron a Italia, así que cabe la pregunta: ¿por qué dice Salustio y con estos los aborígenas, un linaje de hombres agrestes, sin leyes ni jerarquías, libre y sin ataduras?

Hay quienes relatan que por todas partes las tierras quedaron cubiertas por un diluvio y que la gente, en muchas regiones, se asentó en los montes en los que se había refugiado: de ellos, a algunos de los que fueron arrastrados hasta Italia buscando un hogar se les llamó aborígenes, un término que procede del griego oré [12]. Otros, en cambio, consideran que el nombre les proviene de la palabra errar: primero se les llamaría aberrígenes y después, tras cambiar una letra y perder otra, fueron llamados aborígenes. Cuando llegaron, Pico los acogió y les permitió vivir donde quisieran; después de Pico, reinó Fauno, cuyo nombre entienden que procede de fando[13], ya que él solía profetizar el futuro con sus versos, a los que llamamos saturnios, ya que este tipo de metro se utilizó por primera vez en una profecía dada en Saturnia. Ennio testifica esto cuando afirma:

En versos que antaño los faunos y profetas cantaban.

La mayoría han dicho que este Fauno es el mismo que Silvano (cuyo nombre procede de silva[14]), que el dios Inuo, y algunos también que Pana o Pan.

Así pues, en el reinado de Fauno, unos sesenta años antes de la llegada de Eneas a Italia, llegó a este mismo lugar Evandro Arcas, hijo de Mercurio y la ninfa Carmenta, acompañado de su madre. Algunos nos han transmitido que el nombre de la madre era, en principio, Nicóstrate, y después Carmenta, de carmina[15], porque era a todas luces muy hábil en todos los campos de la literatura y solía cantar en sus versos sus predicciones del futuro, de tal manera que muchos prefieren pensar que de su nombre, Carmente, procede la palabra carmina y no el propio nombre de Carmenta de la palabra carmina. Aconsejado por ella, Evandro llegó a Italia y en poco tiempo, gracias a su cultura única y sus conocimientos literarios, trabó una estrecha relación con Fauno junto con su madre: aquel los acogió con hospitalidad y benevolencia y recibieron un nada reducido campo para cultivarlo, que Evandro distribuyó entre sus seguidores tras concluir las necesarias construcciones en aquel monte que por aquel entonces se denominaba Palanteo por Palante y al que nosotros llamamos Palatino[16]; allí consagró un recinto sagrado al dios Pan, porque este era el dios nacional de Arcadia, como atestigua <Virgilio> Marón cuando afirma:

El dios de la Arcadia, Pan, te capturó, Luna, y engañó [17]

Así pues, Evandro fue el primero de todos en enseñar a los itálicos a leer y a escribir, en parte las que él mismo ya había aprendido antes [18]; él también les mostró cultivos que se habían descubierto primero en Grecia y les enseñó cómo sembrar y unció por vez primera unos bueyes en Italia para arar la tierra.

Bajo su reinado, llegó a este lugar por casualidad un tal Recarano, de origen griego, un pastor de enorme cuerpo y grandes fuerza que antecedía a todos los demás en belleza y valentía, llamado Hércules[19]. Cuando su rebaño pacía a orillas del río Albula[20], Caco, un esclavo de Evandro, experto en la indolencia y, sobre todo, un ladrón consumado, robó los bueyes del extranjero Recarano y, para que no dejar ninguna pista, las llevó caminando hacia atrás a una cueva. Después de recorrer todos los alrededores y explorar todos los escondrijos, Recarano perdió la esperanza de encontrarlos y decidió partir de aquel lugar llevando su perdida de la mejor forma posible, con ecuanimidad. Pero Evandro, un hombre con un altísimo sentido de la justicia, cuando descubrió lo que había sucedido, castigó a su esclavo e hizo que le devolvieran los bueyes. Entonces Recarano consagró un altar al Padre Descubridor a los pies del Aventino y lo denominó Máximo y sacrificó allí a la décima parte de su rebaño. Aunque antes existía la costumbre de entregar a los reyes la décima parte de sus cosechas, aquel afirmó que le parecía mucho más justo otorgar tal honor a los dioses que a los hombres: por esto se supone que Hércules tenía por costumbre sacrificar una décima parte, tal y como afirma Plauto cuando dice: En una hercúlea parte, es decir, en una décima parte. Así pues, una vez que quedó consagrado aquel altar máximo y sacrificada allí la décima parte, Recarano decretó que, como Carmenta, aun invitada, no había acudido al sacrificio, ninguna mujer podría, de acuerdo a las leyes religiosas, comer de lo que se hubiera sacrificado en aquel mismo altar: por este motivo las mujeres quedaron totalmente apartadas de la religión.

Esto es lo que relata Casio en su libro primero; sin embargo, en los libros de los Pontífices se relata que Hércules, hijo de Júpiter y Alcmena, tras derrotar a Gerión, llegó por casualidad a unos lugares que le agradaron por la abundancia de pasto mientras conducía a su imponente rebaño a Grecia, deseoso de introducir unos bueyes de tal calidad en Grecia, y decidió establecerse allí durante un tiempo para que sus hombres descansasen del largo camino. Mientras los animales pacían en la cañada que hoy en día es el Circo Máximo, descuidaron la vigilancia porque nadie pensaba que alguien se atrevería a robar el botín de Hércules y entonces un ladrón de esa misma región, que destacaba sobre el resto por su tamaño físico y valor, arrastró a ocho bueyes de la cola hacia una cueva para que nadie pudiera seguir las huellas del robo. Y cuando Hércules se marchaba de allí con el resto del rebaño, lo llevó por casualidad por al lado de esa misma cueva y entonces, cuando los bueyes allí encerrados mugieron a los otros que pasaban por allí cerca, se detectó el robo. Tras matar a Caco, Evandro, alegre al descubrir lo sucedido de que su territorio se había librado de tan gran mal, salió al encuentro de su huésped y, en cuanto supo cuáles eran los padres de Hércules, lo llevó ante Fauno; entonces también aquel tuvo un gran deseo de conseguir la amistad de Hércules. Esta versión de la historia nuestro Virgilio no quiso seguirla.

Así pues, cuando Recarano o Hércules consagró un altar máximo al Padre Descubridor, tomó a dos hombres itálicos, Poticio y Pinario, a los que enseñó a realizar los mismos rituales con una determinada ceremonia. De estos, a Poticio, como había llegado antes, le permitió consumir las entrañas, mientras que a Pinario, como había llegado más tarde, y a todos sus descendientes se lo prohibió. Por eso se guarda hoy la costumbre de que Ningún miembro de la familia de los pinarios puede alimentarse de los sacrificios. Algunos piensan que este linaje, en origen, recibían un nombre distinto, pero que después fueron llamados así por <el verbo griego> pino [21], porque deben marcharse de los sacrificios de este tipo pese a estar en ayunas y, por eso mismo, hambrientos. Esta costumbre se mantuvo hasta los tiempos en que Apio Claudio fue censor[22], cuando se permitió a los pinarios acceder a los sacrificios después de que los poticios que realizaban los sacrificios se hubieran alimentado de ellos y no quedase nada del buey que habían inmolado; después, Apio Claudio convenció a los poticios con dinero para que enseñasen a los esclavos públicos la organización de los rituales de Hércules y también para que admitiesen a mujeres. Con todo esto, afirman que en treinta días toda la familia de los poticios, que antes era la más privilegiada en los sacrificios, desapareció y así los pinarios tomaron el control de los sacrificios y, educados tanto en el respeto a los rituales como a los dioses, vigilaron las ceremonias secretas de este tipo con fidelidad.


Eneas: partida de Troya y llegada a Italia[editar]

Después de Fauno, reinaba en Italia Latino, su hijo. Eneas, una vez que Antenor y otros líderes entregaron Troya a los aqueos[23], mientras escapaba de noche llevando consigo a los dioses penates, a su padre Anquises sobre los hombres y arrastrando también a su pequeño hijo de la mano, después de que lo reconocieran sus enemigos pero, al verlo cargado en tal grado por el peso de su piedad, no solo no lo retuvieran sino que el propio rey Agamenón le dejara marchar a donde quisiera, marchó al monte Ida y allí, después de construir muchas naves, partió hacia Italia con el consejo del oráculo acompañado de mucha gente de ambos sexos, tal y como nos relata Alejandro de Éfeso en su primer libro de La guerra contra los marsos[24]; Lutacio, por contra, nos cuenta que no solo Antenor sino que también Eneas fue un traidor a su patria; que él, cuando Agamenón le concedió marchar a donde quisiera, solo llevaba sobre sus hombros lo que consideraba más preciado, es decir, nada a excepción de los dioses penates, su padre y a dos niños pequeños (según cuentan algunos; otros dicen que solo llevaba a un niño, apodado Julo, que después sería Ascanio), pero que entonces los líderes aqueos, movidos por su piedad, lo enviaron de vuelta a Troya para que volviera a casa y se llevase de allí todo cuanto quisiera: así Eneas pudo salir de Troya con grandes riquezas y multitud de compañeros de ambos sexos y llegar a Italia tras cruzar el ancho mar. Sin embargo, fundó primero una ciudad llamada Eno en su nombre cuando llegó a Tracia; después, cuando conoció la maldad de Polimestor por la muerte de Polidoro y se marchó de allí y llegó a la isla de Delos, donde tomó por esposa a Lavinia, hija de Anio, sacerdote de Apolo, de donde procede el nombre de la costa lavinia. Una vez que, tras cruzar muchos mares, fue arrastrado hasta un promontorio de Italia que hay en Bayano, cerca del lago Averno, enterró allí a su timonel Miseno, al que se lo llevó la enfermedad, en cuyo honor recibió tal nombre la ciudad de Miseno, tal y como escribe César en su primer libro de las Pontificales, quien cuenta, sin embargo, que Miseno no era timonel sino trompetero. Virgilio, no sin motivo, siguió ambas versiones y así escribió:

Mas el leal Eneas bajo una enorme roca entierra

a su hombre en el sepulcro, sus armas, su remo y su tuba.[25]

Aunque hay otros que afirman, siguiendo a Homero, que por aquel entonces los troyanos todavía no conocían las tubas.


Algunos además añaden que Eneas enterró en esa costa a la madre de Euxino, uno de sus compañeros, fallecida por su extrema edad, cerca de un lago que hay entre Miseno y Averno y que de ahí procede su nombre; cuando descubrió que en aquel mismo lugar, en un pueblo que se llamaba Cimbarión, la Sibila predecía el futuro a los mortales, fue allí para conocer la situación de sus azares y <la sibilia> le añadió a sus profecías la prohibición de enterrar en Italia a Próquita, una mujer de su familia relacionada con él por sangre, que se hallaba en buen estado de salud cuando la había dejado. Pero al volver a la flota, se la encontró muerta, por lo que la enterró en una isla cercana, que ahora tiene ese mismo nombre, tal y como narran Vulcacio y Acilio Pisón. Partiendo de allí, llegó al lugar que ahora se llama Puertas Cayetas, que recibió este nombre por su nodriza, a la que perdió y enterró en aquel mismo lugar. Sin embargo, César y Sempronio afirman que Cayeta fue el apodo, no el nombre, y que surgió porque por su consejo e ímpetu las madres troyanas, hastiadas por la larga navegación, incendiaron en aquel mismo lugar las flotas: por tanto, procede del verbo caín [26], que significa “quemar”. De ahí llegó, en tiempos del rey Latino, a aquella costa que recibe el nombre de Laurente por un arbusto de la especie del laurel, y tras desembarcar de las naves con su padre Anquises, su hijo y el resto de sus compañeros, acampó en la costa y comieron toda la comida que tenían e incluso la superifice de las mesas de trigo, unos objetos sagrados que llevaba consigo.

Fue entonces cuando Anquises conjeturó que aquel era el fin de sus miserias y vagabundeos, ya que recordó que Venus una vez le había predicho que, cuando se vieran impulsados por el hambre en una lejana costa a atacar unas mesas consagradas, aquel sería el lugar predestinado para fundar una ciudad. Entonces, cuando sacaron una cerda preñada de un barco para sacrificarla y esta se escapó de las manos de los ayudantes, recordó Eneas que una vez un oráculo le había vaticinado que una hembra cuadrúpeda sería la que le guiaría a la ciudad que habría de fundar; la persiguió con las imágenes de los dioses penates y, tras observar los auspicios, dio después el nombre de Lavinio a aquel lugar donde aquella se tumbó y parió a treinta cerditos. Así lo cuentan César en su primer libro y Lutacio en su segundo libro. Domicio, por contra, afirma que lo que usaron como soporte para comer no eran montones de trigo, como antes se ha dicho, sino que esparcieron apio, del cual había abundancia en la zona, que también tomaron después de consumir el resto de alimentos y depués entendieron que esa era la mesa que les habían predicho que comerían.

Mientras <Eneas> realizaba el sacrificio e inmolación de la cerda en la costa, se cuenta que por casualidad advirtió la flota griega en la que iba Ulises y, como temía que si le reconocía el enemigo estaría en peligro pero que interrumpir la ceremonia religiosa sería un acto de la mayor impiedad, se cubrió la cabeza con velo y así completó la ceremonia con todo su ritual. De entonces se transmitió a sus descendientes la costumbre de realizar así los sacrificio, como relata Marco Octavio en su primer libro[27]. Sin embargo, Domicio en su libro primero nos cuenta que un oráculo de Apolo de Delfos le aconsejó a Eneas que buscara Italia y fundara allí una ciudad donde hubiera encontrado dos mares y comido con las mesas. Así pues, cuando desembarcó en el campo de Laurente, una vez que se alejó un poco de la costa, llegó a dos estanques de agua salada a muy poca distancia el uno del otro y, cuando se lavó y se comió el soporte de la comida (para lo que también esparció el apio a modo de mesa), entendió sin lugar a dudas que aquellos estanques eran los dos mares, ya que en ellos había especies marinas, y que se había comido las mesas, formadas por el apio esparcido, por lo que fundó allí una ciudad a la que llamó Lavinio por haberse lavado en el estanque. Tras todo esto, el rey Latino de los aborígenes le concedió entonces cincuenta iugera para que las cultivase. Por contra, Catón, en su Origen del pueblo romano, nos cuenta que la cerda había parido treinta cerditos en aquel lugar que ahora es Lavinio y que a Eneas, el cual aunque había decidido fundar allí la ciudad se lamentaba de la infertilidad del suelo, se le aparecieron en sueños las imágenes de los dioses animándole a perseverar en la fundación de la ciudad que había iniciado, pues después de tantos años como crías parió aquella cerda los troyanos viajarían a un lugar fértil y a unos campos mucho más productivos y fundarían la ciudad de más ilustre nombre de Italia.

Así pues, cuando Latino, el rey de los aborígenes, recibió la noticia de que un gran grupo de extranjeros había llegado con su flota y había ocupado el campo de Laurente, inmediatamente llevó a sus tropas contra estos repentinos e inesperados enemigos, pero antes de dar la señar del ataque, observó que los troyanos se habían dispuesto en formación militar, mientras sus hombres avanzaban, armados con palos y piedras y llevando enrollada en su mano izquierda como defensa la ropa o pieles que vestían[28]. Paró, por tanto, el combate y les preguntó quiénes eran y qué buscaban, ya que le obligaba a actuar así la autoridad de los dioses, porque a través de las entrañas y los sueños le habían advertido que estaría mucho más protegido de sus enemigos si unía sus tropas con unos extranjeros; cuando supo que Eneas y Anquises erraban, junto con las imágenes de sus dioses, buscando un lugar donde asentarse tras ser expulsados de su país por una guerra, estableció un tratado de amistad y se comprometieron por juramentos a tener los mismos amigos y enemigos [29]. Y así los troyanos empezaron a fortificar aquel lugar, al que Eneas le puso de nombre Lavinio en honor de su <nueva> mujer, <Lavinia>, la hija del rey que antes estaba prometida a Turno Herdonio.

Sin embargo, Amada, la esposa del rey Latino, consideró indignante que, tras repudiar a Turno, sobrino suyo, le entregaran Lavinia a un troyano extranjero, e incitó a Turno a tomar las armas; él, tras reunir un ejército de rútulos, marchó hacia el campo de Laurente; por su parte, Latino, cuando avanzó contra él acompañado de Eneas entre los combatientes, fue rodeado y asesinado. Con todo, no por perder a su suegro Eneas dejó de enfrentarse a los rútulos, pues también mató a Turno y así, tras derrotar y poner en fuga a los enemigos, volvió victorioso con sus hombres a Lavinio y por común acuerdo de todos fue declarado rey de los latinos, como escribre Lutacio en su libro tercero. Un tal Pisón cuenta que Turno era sobrino por parte de padre de Amata y que ella se suicidó cuando murió Latino.

Así pues, tras matar a Turno, Eneas se apoderó de las posesiones de Turno y, como todavía recordaba los ultrajes, decidió mantener la guerra contra los rútulos; ellos suplicaron y consiguieron la ayuda de Mezencio, rey de los Agileos, desde Etruria, prometiéndole que, si conseguían la victoria, le otorgarían todas las posesiones de los latinos. Entonces Eneas, que era inferior en tropas, reunió en la ciudad muchas cosas que era necesario proteger y levantó un campamento a los pies de Lavinio y, tras poner al mando de aquel lugar a su hijo Eurileón, él mismo dirigió a sus tropas a la batalla cerca del lago del río Numico cuando elligió el momento para combatir. En aquel lugar, cuando la lucha era más encanizada, oscurecieron el cielo repentinos tornados y cayó tal cantidad de lluvia de repente, acompañada de truenos y el fulgor de los relámpagos que no solo dificultaban la visibilidad sino que incluso confundían la mente; cuando ambas partes quisieron interrumpir el combate, no se pudo encontrar por ningún lugar a Eneas, alcanzado por la súbita confusión de la tormeta. También se dice que, sin darse cuenta de que estaba cerca del río, lo empujaron por accidente de la orilla y cayó de repente a las aguas y que así se interrumpió el combate; cuando, después de levantarse y desaparecer las nubes, apareció su rostro sereno brillando <en el cielo>, todos creyeron que lo habían tomado vivo desde el cielo. Sin embargo, Ascanio y otros afirmaron que habían visto al mismo Eneas sobre la orilla de Númico con las mismas armas y ropa con las que había marchado al combate: esto confirmó la opinión general de su inmortalidad y así pareció oportuno consagrar un templo en aquel lugar y llamarlo Padre indigetes. Después, con la aprobación de todos los latinos, su hijo Ascanio (también conocido como Eurileón) fue nombrado rey.

Los epígonos de Eneas[editar]

Así pues, una vez que Ascanio tomó el poder sobre los latinos y decidió continuar guerreando contra Mezencio, el hijo de aquel, Lauso, se hizo con el control de la colina de la ciudadela de Lavinio. Y como la ciudad estaba controlada y rodeada por todas las tropas del rey, los latinos enviaron embajadores para averiguar en qué condiciones aceptaría su rendición, pero como el rey añadió, entre muchas otras duras condiciones, que le tendrían que enviar cada año todo el vino del campo latino, prefirieron, siguiendo los consejos y la autoridad de Ascanio, morir a entregarse a la esclavitud de esa manera. Por tanto, después de prometer y consagrar a Júpiter el vino de toda una vendimia, salieron de la ciudad y, tras matar a Lauso, obligaron a Mezencio a darse a la fuga. Este solicitó después por medio de embajadores una alianza de amistad con los latinos, tal y como nos cuenta Lucio César en su primer libro, al igual que Aulo Postumio en aquel tomo que escribió y publió sobre la llegada de Eneas. Así las cosas, los latinos creyeron que Ascanio era hijo de Júpiter no solo por su destacado valor sino también porque disminuyendo y reduciendo su nombre un poco primero lo llamaron Jolo y después Julo, de donde procede el nombre de la familia Julia, como nos cuentan César en su segundo libro y Catón en sus Orígenes.

Entretanto, Lavinia, a la que Eneas había dejado embarazada, por miedo de que Ascanio la fuera a perseguir, se refugió en el bosque junto al que fuera el encargado de los rebaños de su padre, Tirro, y allí parió a su hijo, al que nombró Silvio [30] por las características del lugar. Sin embargo, el pueblo latino pensaba que Ascanio había ordenado matarla en secreto y esto incitaba un gran odio contra él, hasta tal punto que lo llegaron a amenazar con un revuelta armada. Entonces Ascanio se intentó librar con un juramento pero, cuando vio que no cambiaba en nada su opinión, redujo un poco la ira del pueblo en aquel momento solicitando una pausa para investigar y prometió que colmaría de enormes riquezas a quien le encontrase a Lavinia; enseguida la recuperó, la llevó de vuelta a la ciudad de Lavinio y allí la honró como a una madre. Este hecho de nuevo le granjeó una gran popularidad entre los latinos, como narran Gayo César y Sexto Gelio en su Origen del pueblo romano.

Por contra, otros relatan que, cuando todo el pueblo obligó a Ascanio a traer de vuelta a Lavinia y aquel juró que ni la había matado ni sabía dónde estaba, Tirro, tras pedir silencio en aquella asamblea popular, declaró que él podría indicar su lugar si le daba fe de que Lavinia y el hijo nacido de ella quedarían a salvo y entonces, tras recibir su promesa, llevó de vuelta a la ciudad a Lavinia junto con su hijo.

Después de estos sucesos, treinta años después, Ascanio recordó que había llegado el momento de fundar una nueva ciudad según el número de cerditos que había parido la cerda blanca y, tras examinar todas las regiones cercanas, observó un alto monte que hoy en día recibe el nombre de Albano por la ciudad que en él se fundó: la fortificó de tal manera que quedó alargada, y la llamó Longa, y por su color, Alba [31]. Cuando trasladó la imágenes de los dioses penates alli, al día siguiente aparecieron en Lavinio y la segunda vez que los llevó, después de ponerles no sé cuántos vigilantes, también volvieron igualmente a su anterior lugar en Lavinio: así las cosas, nadie se atrevió a moverlos una tercera vez, tal y como se relata en el cuarto libro de los Anales de los Pontífices, en el segundo de Cincio y de César y en el primero de Tuberón. Sin embargo, después de que Ascanio abandonara la vida, hubo una disputa por conseguir el poder entre Julo, su hijo, y Silvio Póstumo, el hijo de Lavinia, pues dudaban entre si era más adecuado el hijo de Eneas o su sobrino. El asunto se sometió a consideración pública y todos decidieron nombrar a Silvio rey. Todos sus descendientes, que reinaron en Alba hasta la fundación de Roma, llevaron el apelativo de Silvio, según está escrito en el libro cuarto de los Anales de los Pontífices. Y así, mientras reinó Latino Silvio, se fundaron las colonias de Preneste, Tíbur, Gabios, Túsculo, Cora, Pomecia, Labici, Crustumio, Cameria, Bovillas y otras ciudades por toda la región.

Después de él, le sucedió Tiberio Silvio, hijo de Silvio. Cuando llevó a sus tropas a enfrentarse contra los enemigos que traían la guerra, en medio del combate cayó al río Álbula y murió, y ese fue el motivo de que le cambiaran el nombre <a Tíber>, como escriben Lucio Cincio en su primer libro y Lutacio en su libro tercero. Tras él, reinó Aremulo Silvio, que se cuenta que fue tan soberbio no solo contra los hombres sino también contra los dioses que anunció que él era superior al propio Júpiter y ordenó a sus soldados mientras tronaba que entrechocasen sus armas y escudos mientras repetía que hacían más ruido. Sin embargo, enseguida sufrió su castigo, pues le alcanzó un rayó y arrastrado por la tormeta cayó al lago Albano, según está escrito en el libro cuarto de los anales y en el segundo de los epítomes de Pisón. Ahora bien, Aufidio en sus epítomes y Domicio en su libro primero cuentan no que fue alcanzado por un rayo sino que por un movimiento de tierras cayó el palacio, con él dentro, al lago Albano. Después de él reinó Aventino Silvio: en una campaña contra el ataque de unos vecinos fue rodeado en combate por los enemigos, lo mataron y fue enterrado al pie de una montaña a la que le dio su nombre, como escribe Lucio César en su libro segundo.

Los prolegómenos de la fundación de Roma[editar]

Tras él, Silvio Procas, rey de los albanos, decidió repartir la herencia entre sus dos hijos, Numitor y Amulio, a partes iguales. Entonces Amulio puso en una parte solo el reino y en la otra todo el patrimonio y el total de los bienes paternos y a Numitor, que era el mayor, le dio la opción de elegir lo que prefiriera. Como Numitor prefirió la vida particular y el ocio privado al poder, Amulio obtuvo el reino y para hacerse más firmemente con el poder, planeó matar al hijo de su propio hermano, Numitor, en una cacería; entonces también ordenó que Rea Silvia, su hermana, se hiciera sacerdotisa de Vesta fingiendo que en un sueño la propia diosa le había aconsejado que así lo hiciera, aunque en verdad consideraba que así debía hacerlo porque veía peligroso que pudiera tener algún hijo que vengase las afrentas contra su abuelo, como describe Valerio Anciate en su primer libro. Por otro lado, Marco Octavio y Licinio Macro cuentan que Amulio, tío de Rea, se enamoró de la sacerdotisa y un día de cielo nublado y oscuro ambiente, al amanecer, la violó acechándola en el bosque de Marte mientrsa ella iba a buscar agua según los rituales sagrados; después, cumplidos los meses, dio a luz a dos gemelos. Cuando lo descubrió, para ocultar el hecho que él mismo había concebido por su maldad ordenó matar a la sacerdotisa y que le presentasen a los niños. Entonces Numitor, con la esperanza de que en un futuro aquellos niños, si crecían, algún día podrían llegar a vengar las injusticias sufridas, los cambió por otros y a sus verdaderos nietos los entregó a Fáustulo, jefe de los pastores, para que los alimentase.

Sin embargo, Fabio Píctor en su primer libro y Venonio narran que, mientras ella salía a por el agua de la fuente que había en el bosque de Marte, tal y como era la costumbre y norma, de repente Marte desperdigó con lluvias y tormentas a los que estaban con ella, la paró y violó, aunque después el dios la calmó y consoló revelándole su nombre y afirmándole que sus hijos llegarían a ser dignos de su padre. Por tanto, el rey Amulio, cuando descubrió que la sacerdotisa Rea Silvia había parido a dos gemelos, primero ordenó que los llevasen lejos a un río y que allí los abandonasen; entonces, aquellos que habían recibido tal orden, abandonaron a los niños en un canasto en las faldas del monte Palatino dentro del río Tíber, que por aquel entonces bajaba crecido por unas grandes lluvias. Fáustulo, un pastor de aquella región, observó a los encargados de abandonar a los niños y, cuando vio que el canasto donde iban los niños se quedó enganchado a una rama de una higuera al bajar el nivel del río y que el llanto de los niños había despertado a una loba que apareció de repente y primero lavó a lamidos a los niños y después les ofreció sus mamas para que se las aligerasen[32], descendió para llevárselos y se los entregó a su mujer, Aca Laurencia, para que los alimentase, tal y como cuentan Enio en su libro primero y César en su libro segundo. Algunos añaden que, mientras Fáustulo observaba a los niños, un pájaro carpintero se acercó también volando e introdujo comida de su pico en la boca de los niños: de ahí quedó claro, por el lobo y el pájaro carpintero, que estaban bajo la tutela de Marte[33]. El árbol donde fueron abandonados los niños se llamaba Ruminal, porque bajo su sombra el rebaño solía descansar rumiando allí a medio día.

Por contra, Valerio cuenta que a los niños que Rea Silvia parió el rey Amulio los entregó a Fáustulo, su sirviente, para que los matase, pero Numitor lo convenció para que no los matase y se los entregó a Aca Larencia, una amiga suya, para que los alimentase, una mujer llamada “loba” porque solía ofrecer su cuerpo por un pago: en efecto, se conoce que así se denomina a las mujeres que comercian con su cuerpo, de ahí que al lugar donde ellas están se le denomina “lupanar”[34].

Cuando los niños se hicieron capaces de recibir una educación digna de hombres libres, se quedaron en Gabios para aprender latín y griego, mientras su abuelo Numitor los mantenía en secreto. Así pues, cuando Rómulo creció y descubrió gracias a unas indicaciones de Fáustulo quién era su abuelo, quién era su madre y qué le había sucedido, marchó junto con una banda de pastores armados a Alba y, tras matar a Amulio, restableció en el trono a su abuelo Numitor. Rómulo, el primer gemelo, tenía este nombre por su abundante fuerza, pues no hay duda de que en griego fuerza se dice romé[35]; en cambio, al segundo se le llamaba Remo por su tardanza, porque a los hombres de tal naturaleza desde antiguo se les ha llamado remolones[36].

Así pues, tras realizar lo que acabamos de comentar y efectuar los sacrificios en el lugar que hoy en día se llama Lupercal, corrieron jugueteando mientras se atacaban y azotaban unos a otros con las pieles de las víctimas sacrificiales[37]. Decretaron que este fuera un ritual anual para ellos y para sus descendientes y nombraron por separado a sus seguidores Fabios Remo y Quintilios Rómulo: de ambas familias todavía hoy se mantiene el nombre en los rituales.

Sin embargo, en el segundo libro de los Anales de los Pontífices se relata que unos enviados de Amulio para capturar al pastor de rebaños Remo, como no se atrevían a atacarlo violentamente, esperaron el momento adecuado para emboscarlo; entonces, una vez que Rómulo no estaba, simularon una especie de juego para ver quién de ellos podía llevar más lejos, con las manos atadas a la espalda y sujetándola con los dientes, la piedra con la que se solía pesar la lana. Entonces Remo, confiado en sus fuerzas, prometió que podría llevarla hasta el Aventino; después, cuando se dejó atar, fue llevado a Alba. Una vez que Rómulo descubrió esto, reunió un grupo de pastores y, tras dividirlos en centenas, entregó a cada grupo un asta con un puñado de paja colocado de diversas formas en la parte alta[38], para que cada uno pudiera seguir más fácilmente con esta enseña a su líder. De ahí que quedase instituido para un futuro que los soldados que siguieran a tal enseña se denominasen manipulares[39]. Y así, tras apresar a Amulio, liberó a su hermano de las ataduras y devolvió a su abuelo su reino.

Así las cosas, cuando Rómulo y Remo hablaban de fundar una ciudad en la que ambos reinarían por igual, Rómulo señaló un lugar que le parecía idóneo en el monte Palatino y quería llamarla Roma, mientras que Remo, por contra, prefería otra colina, que distaba cinco millas del Palatino y quería llamar a ese lugar Remuria. Como esta disputa entre ellos no tenía final, designaron a su abuelo Numitor como juez y aprobaron que los dioses serían quienes decidirían en su controversia, de tal manera que el primero de ellos que recibiera unos augurios favorables fundaría la ciudad, le daría su nombre y ostentaría el poder en ella. Mientras Rómulo observaba los auspicios en el Palatino y Remo en el Aventino, Remo vio primero a seis buitres volando igualados a su izquierda y entonces envió a algunos de sus partidarios para que anunciaran a Rómulo que ya había observado los augurios por los que recibía la orden de fundar la ciudad y así le ordenaba que se apresurase a venir con él. Cuando Rómulo se le acercó y le preguntó cuáles eran aquellos augurios, le respondió que, mientras observaba los augurios, se le habían aparecido seis buitres. “Pues yo,” dijo Rómulo, “ahora mismo te mostraré doce” y de repente aparecieron doce buitres en el cielo, seguidos de un relámpago e, igualmente, un trueno. “¿Por qué, Remo,” continuó Rómulo, “te empeñas en unos augurios antiguos cuando acabas de ver estos actuales?” Remo, después de entender que le habían robado el reino con un engaño, dijo: “En esta ciudad, muchas esperanzas y profecías se llevarán a término con gran fortuna pero sin reflexión.” Pero Licinio Macro en su primer libro nos muestra que hubo un desenlace fatal a esa disputa, pues Rómulo mató allí mismo a Remo y Fáustulo cuando le llevaron la contraria; por contra, en su primer libro Egnacio narra que no solo no murió Remo sino que incluso vivió más que Rómulo[40].


Notas[editar]

  1. Una especie de registros de los principales acontecimientos sucedidos de cada año elaborados por los pontífices máximos
  2. Eneida, VII, 319s
  3. Eneida, I, 1
  4. Eneida, I, 246
  5. Eneida,VIII,314ss
  6. Eneida, VIII, 321ss
  7. Es el equivalente romano, por tanto, al cara o cruz. La corrupción a la que alude es una simple evolución fonética
  8. Eneida, 8, 357
  9. Eneida, 8, 358
  10. Laguna en el original
  11. Eneida, 7, 45
  12. Una falsa etimología basada en el parecido con la palabra griega ὄρος, cuando en verdad está relacionado con el más obvio origen
  13. Del verbo fari, anunciar, con tintes proféticos o religiosos en latín
  14. Que en latín significa “bosque, de donde procede nuestro término selva en castellano
  15. Canciones en latín. Tanto la poesía como las profecías se recitaban o cantaban.
  16. Realmente, en latín a esa colina la denominan Palatium, es decir, Palacio. El nombre de la colina es más antiguo, pero al construirse allí el palacio de los emperadores romanos le otorgó su nombre
  17. Geórgicas, 3, 392
  18. El autor afirma esto debido a que muchas de las letras del abecedario latino coinciden con las letras griegas, en forma y hasta en fonema
  19. En origen, Recarano y Hércules serían dos tradiciones mitológicas diferentes que acabarían uniéndose bajo el nombre de Hércules
  20. Más adelante se explicará que este era el nombre original del Tíber
  21. Transcripción fonética del verbo πεινάω/πεινῶ, en su forma de infinitivo en el texto original, que significa tener hambre
  22. Probablemente se refiere a Apio Claudio el ciego
  23. Sinónimo de griegos
  24. Esta versión es interesante porque no es la que habitualmente se cuenta y, además, el autor está citando una obra por lo demás desaparecida.
  25. Eneida, VI, 232s
  26. Transcripción fonética del verbo griego καίω en infinitivo
  27. En efecto, era costumbre en la religión romana que el sacerdote oficiara con su cabeza cubierta, aunque el origen de esta costumbre no sea, probablemente, tan pintoresco,
  28. Como nota curiosa, existen referencias históricas a que los romanos más antiguos se cubrían el brazo izquierdo con la toga para contar con una defensa en la lucha.
  29. Típica fórmula de las alianzas militares en la Antigüedad clásica
  30. Como ya hemos comentado antes, silva en latín significa bosque
  31. Alba Longa, es decir, la Blanca Larga en latín
  32. Es decir, para que mamasen
  33. Ambos son animales que representaban a Marte a ojos de los romanos.
  34. Del latín lupa, “loba”, que es uno de los eufemismo para referirse a las prostitutas en latín
  35. En griego, ῥωμή, que también es una de las palabras que los romanos solían mencionar como origen en sus etimologías populares para el topónimo Roma
  36. Remores en el latín del texto original, aunque aparentemente aplicado en origen a las aves que aparecen tarde en los rituales de auspicio, es decir, de adivinación mediante el vuelo de aves.
  37. Está describiendo el ritual de los lupercales
  38. Este es, por tanto, el origen de los estandartes romanos.
  39. Manipulum en latín significa “puñado”.
  40. El final es abrupto, pero así acaban las versiones que he podido consultar.