Orlando furioso, Canto 13

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​Canto XIII
Orlando furioso
 de Ludovico Ariosto


1 ¡Cuán venturosos fueron los guerreros
de aquella antigua edad, pues en rincones
remotos, foscas cuevas, bosques fieros,
cubiles de serpientes y leones
hallaban lo que apenas en señeros
palacios hallan hoy sabios varones:
damas, que aún en su edad más fresca y pura
merezcan firme loor por su hermosura!

2 Ya os dije canto atrás que en la guarida
había encontrado Orlando a una doncella,
a la que preguntó quién recluida
la hubiese puesto allí. Digo ahora que ella,
tras ser de algún sollozo interrumpida,
con dulce y gustosísima querella,
da relación al conde de su cuita
con cuanta brevedad la necesita.

3 «Aunque sé bien --le dijo--, oh caballero,
que por hablaros sufriré castigo,
porque esta vieja al crudo carcelero
temo que el cuento dé de cuanto os digo;
deciros la verdad del caso quiero,
y acabe con mi vida este enemigo;
pues ¿qué mayor favor de él cupiera
que el que disponga ya que al fin yo muera?

4 »Soy yo Isabel, e hija fui en buen hora
del rey desventurado de Galicia.
Bien dije fui; pues no lo soy ahora
más que del llanto, el daño y la mesticia.
De Amor la culpa es; pues mi alma ignora
que pueda más doler que su malicia,
que dulcemente en el principio aplaude,
mas urde de secreto engaño y fraude.

5 »Vivía yo feliz de mi fortuna
rica, bella, gentil, moza, princesa;
hoy baja y pobre soy, sin dicha alguna;
y si hay suerte peor, mi suerte es esa.
Mas quiero de este mal que me importuna
hacerte ahora la raíz expresa;
y, aunque a darme socorro no te atrevas,
no tendré a poco que a piedad te muevas.

6 »Armó mi padre justas en Bayona,
doce meses ya habrá que esto ocurriera.
La fama que del juego se pregona,
atrajo muchos a justar de fuera.
Entre ellos (fuese Amor quien esto abona,
o su propia virtud la que lo hiciera)
sólo estimé a Zerbín por caballero,
del rey de Escocia hijo y heredero.

7 »Del cual después que vi la gran bravura
que con las armas demostró en la arena,
caí presa de amor sin tomar cura
hasta que no me vi del alma ajena.
Y, aunque su amor me arrastra a esta ventura,
me huelga imaginar en esta pena
que puse el corazón no en sitio inmundo,
pues no hay otro más digno en todo el mundo.

8 »Zerbín aventajaba en porte y celo
a todos los que allí topó de frente.
Mostró, y lo creo, que en amor gemelo
no fuese que yo él menos ardiente.
No faltó, al fin, quien del común martelo
terciase entre los dos frecuentemente,
después que ausentes fuimos uno y otro,
pues fue eterno después nuestro quillotro.

9 »Pero una vez que fue el torneo pasado
tomó de Escocia mi Zerbín la vía.
Sabrás, si de amor sabes, de qué estado
quedé yo en él pensando noche y día;
mas cierta de que dentro de mi amado
la misma llama habitación hacía.
Tampoco a aquel deseo él nada opuso,
antes la traza de yo huir dispuso.

10 »Que, pues yo sarracena y él cristiano,
y ambos al fin de desigual doctrina,
no a mi padre pedir piensa mi mano,
mas a raptarme de él se determina.
Fuera del fértil suelo galiciano,
que verde llega junto a la marina,
hay un jardín que con la orilla frisa,
de donde el mar y el monte se divisa.

11 »Parecióle a próposito aquel puesto
para alcanzar cuanto la fe impedía;
y el diseño me hizo manifiesto
de cómo nuestro mal remediaría:
cerca de Santa Marta había dispuesto
una galera que ocultó en su ría,
al mando de Odorico de Vizcaya,
diestro en terrestre guerra o frente a playa.

12 »Mas no pudiendo él mismo usar la traza,
pues bate junto al padre el enemigo
que al rey de Francia Carlos amenaza,
a este Odorico ordena ir conmigo,
que entre sus más amigos tiene plaza
de serle el más estrecho y más amigo;
y así debía de ser, si se prescribe
que es más amigo aquel que más recibe.

13 »Vendría él sobre una navío armado
para raptarme el día establecido;
y así llegó aquel día deseado
que en mi jardín prendida fui al descuido.
Odorico de noche, acompañado
de un gran tropel en tierra y mar curtido,
desembarcó por un vecino río
llegando así en secreto al jardín mío.

14 »A la provista nave fui llevada
antes que en la ciudad nada supieron.
De mi gente, desnuda y desarmada,
unos huyeron, otros muertos fueron,
y parte junto a mí fue cautivada.
Así fue cómo al cabo me prendieron
con dicha que expresarte no sabría,
pues ya en los brazos de Zerbín me hacía.

15 »Vueltos hacia Mugía al poco brota
violento por babor y a contrapelo
un viento que la calma chicha agota,
y turba el mar y el mar levanta al cielo.
Salta un mistral que tuerce nuestra rota
y crece más y dobla su flagelo;
y crece y se redobla de tal modo
que es, aunque bordeemos, vano todo.

16 »No vale atar el palo a la crujía
batir castillos, ni arriar la vela;
pues vemos cómo al cabo nos envía
a un arrecife que hay en La Rochela.
Si Aquel que está en lo alto no nos guía,
nos lanza contra tierra la procela.
Con tal violencia aquel viento nos echa
cual nunca un arco más pudo una flecha.

17 »Viendo el peligro el vizcaíno ardido,
usó remedio que a menudo falla:
echa el batel al mar embravecido,
baja y me baja en él sin más vitualla.
Bajan dos más, y aun más hubieran sido,
si estos primeros no plantan batalla;
pero disuaden con la espada al resto,
cortan el cable, y nos marchamos presto.

18 »Los que al esquife habíamos bajado
acabamos a salvo en la ribera;
Junto a jarcias y enseres, anegado,
pereció el resto que restó en galera.
A la bondad y amor del Dios sagrado,
dando gracias, volví la faz entera
porque impidiese a aquel furor marino
negarme ver de nuevo a mi Zerbino.

19 »Que aunque ya nada que gozé conserve,
porque todo perdí sobre la nave,
con que esperanza de Zerbín preserve
no miro que en el mar el resto acabe.
No hay traza de sendero que se observe,
ni albergue vemos en aquel enclave,
tan sólo un monte al cual hiere violento
el mar el pie, la cima umbrosa el viento.

20 »Fue allí donde el tirano Amor, que ha sido
siempre falso al jurar a quien de él fía,
y siempre busca el medio en que fallido
quede cuanto con seso más se ansía,
mudó de modo triste y corrompido
mi bien en mal, en pena mi alegría;
y a aquel leal del que Zerbín no cela
le abrasa el pecho y la amistad le hiela.

21 »Bien porque ya en el mar me desease
sin que a comunicarlo se atreviera,
bien porque a aquel deseo convidase
la amena soledad de la ribera,
procura sin que nada más lo atrase
saciar el apetito que lo ulcera,
mas antes de uno procuró librarse
que en el bote también llegó a salvarse.

22 »Éste al nombre de Almonio respondía,
escocés y leal a mi Zerbino,
el cual por gran guerrero lo tenía
y así a Odorico a presentarlo vino.
Le dijo que era gran descortesía
que a pie hiciese a Rochela yo el camino,
y le rogó que adelantase el paso
y una montura procurase al caso.

23 »Almonio, que del vasco no recela
y aquel engaño desleal no avista,
va al punto a la ciudad que el bosque cela
y no más de seis millas de allí dista.
Odorico en cambio al otro le revela
cuál es su pretensión y su conquista;
si no porque apartarlo de él no sepa,
porque secreto entre los dos no quepa.

24 »Era éste que quedó y del que te cuento
Corebo de Bilbao, que en el lampiño
tiempo del primer adiestramiento
con él se había criado desde niño.
Poder comunicar su pensamiento
creyó el traidor pensando que el cariño
al amigo inclinase a su provecho
y no a afearle a aquel infame hecho.

25 »Mas Corebo, de noble y gentil uso,
no lo pudo escuchar sin repugnancia:
lo acusó de traidor, y se le opuso
con palabra y acción en consonancia.
Gran ira en uno y otro el hecho puso,
y espada en mano al fin dieron constancia.
Viendo yo el hierro, del pavor llevada,
huí a la selva oscura e intrincada.

26 »Odorico, que diestro era en la guerra,
tantas heridas le produjo malas
que por muerto dejó a Corebo en tierra,
y fue tras mí por las silvestres salas.
Prestóle Amor (si mi opinión no yerra),
a fin de que llegase a mí, sus alas;
y le enseñó lisonja y ruego innoble,
con que pretende que a su amor me doble.

27 »Mas vano fue y con nada me redujo,
que antes morir que consentir prefiero;
y, viendo él que ningún fruto produjo
todo requiebro y ruego linsonjero,
se resuelve a forzarme sin tapujo.
No vale contra el torpe desafuero
que apele a aquella fe que dio al amigo
de ser en mi custodia amán y abrigo.

28 »Después que vi ser todo ruego vano
e imposible que hubiese valimiento;
y siempre más impúdico y villano
lo vi llegar a mí, como oso hambriento;
brava me defendí con pies y mano,
y uñas y dientes de su infame intento:
le arañé el rostro, le arranqué el cabello
aullando por su bárbaro atropello.

29 »No sé si fue el azar o mi llantina
que a una legua o más debía oírse,
o bien que usen correr a la marina
cuando una nave ven romper o hundirse;
que hacia el mar y nosotros se encamina
turba que del monte ve venirse.
Cuando la ve acercarse el de Vizcaya,
deja la empresa, y huye de la playa.

30 »Contra aquel desleal, ayuda tuve
de esta salvaje y desmedida masa,
mas como en el refrán del vulgo anduve:
salté de la sartén y di en la brasa.
Bien cierto es que en el caso nunca estuve
tan mal ni mi fortuna tan escasa
que usasen trato contra mí no honesto,
mas no por cosa de virtud fue esto;

31 »antes porque si a mí nadie se atreve,
piensan que sea el precio redoblado.
Ya ocho meses son, quizás ya nueve,
que fue mi vivo cuerpo aquí enterrado.
Toda esperanza que a Zerbín me lleve,
por cuanto escucho aquí, ya he abandonado;
pues ya mi venta han hecho a un comerciante,
que piensa al sultán darme de Levante.»

32 Así decía la gentil doncella,
mientras hipando y suspirando enhebra
la tela de su angélica querella,
capaz de conmover sierpe o culebra.
Mientras renueva así su cuita bella
o alivio halla tal vez para su quiebra,
irrumpen veinte hombres sin respeto,
armado cada cual con hoz o espeto.

33 El cabecilla, de semblante fiero,
un ojo tiene de crüel mirada;
de un jeme el otro lo perdió certero
que aún muestran la nariz y la quijada.
Al ver junto a la dama al caballero
dentro de su recóndita morada,
vuelto a los otros dijo: «Pájaro hay dentro,
que, sin tenderle red, en ella encuentro.»;

34 y, vuelto al conde: «Hombre jamás ha habido
que tú más complaciente ni oportuno.
No sé si adivinaste, o lo has sabido
porque te haya quizás contado alguno,
que tales armas siempre he apetecido
y no menos tu hermoso hábito bruno.
Muy al caso has venido, según veo,
a dar satisfacción a mi deseo.»

35 Dio Orlando, sonriendo con desprecio
y alzándose, respuesta a aquel bergante:
«Yo las armas sabré venderte a un precio
que nunca registró ningún tratante.»
Y, asiendo del vecino fuego recio
un tizón encendido y humeante,
arreó con él a aquella comadreja
donde van a lindar nariz con ceja.

36 Quemó el tizón los párpados al bobo,
mas fue mayor en el izquierdo el daño,
de suerte que privó de luz el globo
que solo iluminaba a aquel tacaño.
Mas no se contentó con aquel robo,
y lo mandó también hacer el baño
junto a las almas que con gran estrago
Quirón vigila en el ardiente lago.

37 De ancho dos palmos hay tablón desnudo,
cuadrado y colosal de orilla a orilla,
que, sobre un pie macizo y harto rudo,
acoge a aquel ladrón y a su cuadrilla.
Con la misma soltura que a menudo
el hábil español la caña pilla,
aquel peso de sí Orlando empuja
allá donde la chusma se apretuja.

38 Cabeza a aquel, a aquel el vientre o pecho,
el brazo a aquel o a aquel pierna fractura;
quien muere hay, quien queda contrahecho,
y quien, pudiendo huir, huir procura.
Así piedra arrojada sobre un lecho
de víboras las víboras tritura,
cuando enroscadas entre sí se enlazan
y al sol, después del frío, se solazan.

39 Casos muy varios hay de que hacer glosa:
la muerta, la que parte sin la cola,
la que presa delante por la losa
en vano con el cuerpo vira y rola;
o la que, al fin, por ser más venturosa,
repta buscando su refugio sola.
El golpe horrible fue, mas no mirando
que fue su autor el valeroso Orlando.

40 Los que la mesa hirió o poco o nada
(y aquí escribe Turpín que fueron siete)
confían en sus pies, mas en la entrada
el paladín con rapidez se mete;
y, rindiendo sin fuerza a esta mesnada,
las manos les ató tras aquel brete
con una soga al fin muy oportuna
que halló en aquella cueva alpestre y bruna.

41 Después saca de allí la infame hueste
hasta un serbal que presta sombra amena;
corta las ramas que se encuentra en éste,
y, atándolos, los da al cuervo de cena.
Para purgar el mundo de esta peste
no requirió el paladín cadena:
le presta el árbol mismo la maroma
que para atarlos por las barbas toma.

42 La vieja fiel a aquellos malandrines,
viendo que quedaban todos muertos,
con llanto huyó mesándose las crines
por parajes selváticos e inciertos.
Después de andar por ásperos confines,
movida del temor, con pasos yertos,
topó un guerrero al pie de una ribera,
mas por ahora os callaré quién era;

43 y vuelvo a la mujer que al paladino
a no dejarla sola allí le exhorta,
y pide hacer con él todo el camino.
Orlando cortésmente la conforta;
y, luego que en el cielo matutino
la Aurora su rosal guirnalda porta
y su purpúreo manto, con la dama
partióse Orlando adonde Amor lo llama.

44 Anduvieron uno y otra en compañía
sin hallar cosa que merezca cuento;
hasta que hallaron caballero un día
cargado de cadenas y tormento.
Quién fuese ya os diré; que me desvía
ahora quien tendréis de oír contento:
la hija de Aimón, a quien saqué de escena
languidenciendo en amorosa pena.

45 La bella dama, deseando en vano
verse de Rogelio en compañía,
Marsella del ejército pagano
casi dïariamente protegía,
el cual, robando por montaña y llano,
Linguadoc y Provenza recorría;
mas ella con gran tino hacía oficio
de gran guerrero y capitán propicio.

46 Restando allí, y ya cumplido acaso
el tiempo en que volver debía a ella
su Rogelio fugaz, de aquel retraso
vivía en continua y pertinaz querella.
Un día de aquellos que, llorando el caso,
sola se hallaba, presentóse aquella
que, haciendo del anillo medicina,
sanó el pecho que había herido Alcina.

47 Cuando la ve que vuelve sin su amante,
después que tanto tiempo se ha cumplido,
siente temblando un váguido bastante
a casi hurtarle fuerzas y sentido;
pero la maga con gentil semblante,
después que su temor ha percibido,
sonriyendo amorosa la conforta,
cual suele hacer quien buena nueva porta.

48 «No temas --dijo-- por Rogelio nada,
que, vivo y sano, aún te ama y te adora,
mas preso está otra vez en la celada
que tu enemigo le presenta ahora;
y así es preciso que, en corcel montada,
me sigas, si lo amas, sin demora;
que si me sigues, mostraréte el modo
con que a Rogelio al fin libres de todo.»

49 Y prosiguió narrando el artificio
que había urdido el siempre astuto Atlante,
con el que al darle de su rostro indicio,
fingiéndola en poder de un cruel gigante,
lo había atraído al mágico edificio,
para dentro quitarla de delante;
y cómo con parejo ardid detiene
a cuanta dama y caballero viene.

50 Presenta a cada cual que allí lo mira,
el bien que le es más grato y oportuno:
dama, escudero, amigo; porque aspira
a muy vario deseo cada uno.
Así con largo afán tras la mentira
recorren la mansión sin fruto alguno;
y tantas son sus ansias y deseos
que no saben partir y quedan reos.

51 «Cuando llegues --le dijo-- a aquella parte
que cerca está del mágico recinto,
vendrá el encantador allí a buscarte,
en nada a aquel que amas más, distinto,
simulando ante ti con su mala arte
que alguno lo hace entrar al laberinto,
a fin de que hasta él también tú vengas
y en vano, como el resto, te entretengas.

52 »Mas, porque tú no piques el anzuelo
que tantos ya han picado, estáte atenta:
que, si bien de Rogelio el propio velo
pensarás ver y que tu ayuda intenta,
desóyelo, y en cuanto el cauto abuelo
llegue hasta ti, la vida le descuenta.
No dudes nunca que Rogelio muera,
pues muere aquel que tan contrario te era.

53 »Sé bien que te será no poco leve
matar quien a Rogelio es tan parejo;
mas no des fe a la vista, que es aleve
encanto con que finge serlo el viejo.
Decide bien antes que allá te lleve;
no quieras luego de mudar consejo,
pues no has de recobrar nunca a tu amante,
si dejas por ser vil que viva Atlante.»

54 La valerosa moza, al fin, dispuesta
a dar al cauteloso muerte impía,
a tomar armas y a seguir se apresta
a aquella maga de que tanto fía.
Esta, o por tierra culta o por floresta,
a gran paso velozmente la guía
intentando endulzarle, sin embargo,
con grata charla aquel camino amargo.

55 Y entre todas aquellas que declara
prefiere hablar que de Rogelio y ella
ha de nacer estirpe alta y preclara
de hombres que entre el resto ahora descuella.
Pues ve Melisa escrito en letra clara
cuanto leer se puede en cada estrella,
sabe las cosas predecir seguro
que ha de traer tras siglos el futuro.

56 «Del modo, sabia maga que me vela
--dijo a Melisa la ínclita doncella--,
que tiempo atrás me diste cuento de la
progenie varonil próspera y bella;
con mujer de mi estirpe me consuela,
si se puede contar alguna en ella
que en belleza y virtud ventaja haga.»
Y a esto respondió cortés la maga:

57 «Veo venir detrás de tus espaldas
madres de reyes y aun de emperadores,
firmes columnas, púdicas guirnaldas
de casas y de estados valedores;
no menos dignas ellas en sus faldas
que en armas son los hombres por honores,
por piedad, corazón, por gran prudencia,
por suma e incomparable continencia.

58 »Y si he de enumerarte cada una
que, digna de alto honor, de ti provenga,
no acabaré; que entre ellas no veo alguna
de que guardar silencio me convenga.
Mas te quiero elegir entre mil una
o dos parejas, por que al fin yo venga.
¿Por qué en la cueva no me lo pediste
donde ver sus imágenes pudiste?

59 »De tu insigne linaje saldrá aquella
amiga de las letras y del arte,
a quien no sé si tengo más por bella
o más por sabia y casta que alabarte;
la espléndida Isabel, radiante estrella
que con su luz alumbrará la parte
que baña el Mincio, río entre floresta
al que el nombre la madre de Ocnos presta;

60 »donde disputará con su consorte
en lid de gran honor y gran regalo
quien de los dos con más amor soporte
y aprecie las virtudes frente al malo.
Si uno dirá que o en el Taro, al norte,
o en Nápoles libró a Italia del galo;
la otra que a Penélope le basta,
para igualar a Ulises, con ser casta.

61 »En breve suma mucho he referido
de esta mujer, y más decir pudiera
que, cuando abandoné el mundano ruido,
Merlín desde el sepulcro me dijera.
Mas si alzo velas en mar tan crecido,
más larga haré que Tifis la carrera.
Concluyo, pues, que en ella habrá de pleno,
por don del cielo, cuanto hay de bueno.

62 »Beatriz, su hermana, le disputa el puesto,
a la que el nombre le es tan bien ceñido
que ya no sólo el bien que aquí es honesto,
mientras que viva, alcanzará cumplido;
mas para hacer feliz tendrá aún arresto,
entre tanto señor, a su marido,
el cual, cuando este mundo ella abandone,
verá que el sol benefactor se pone.

63 »Y Moro, Esforza y viscontea culebra
verán que nunca nadie se le atreve
desde el remoto Indo hasta Ginebra,
desde el Mar Rojo a la islandesa nieve;
mas muerta, el reino ínsubro a la quiebra
con perjuicio de Italia irá no leve;
de suerte que será, tras de su ausencia,
por ventura estimada la prudencia.

64 »Que otras de un mismo nombre habrá que esta
mucho antes, el profeta testimonia:
una ceñirá en su altiva testa
la corona del reino de Panonia;
otra, en cuanto deje la molesta
carga mortal, en la comarca ausonia
venerada será por sus ejemplos
con incieso y estatuas en los templos.

65 »Del resto callaré, pues dicho dejo
cuán larga, si hablo, fuera al fin mi historia,
aunque toda merezca en su festejo
que heroica trompa cante su memoria.
De Blancas ni Lucrecias te bosquejo,
de Costanzas y otras, que con gloria
de cuantas casas en Italia imperen
madres serán e imán por que prosperen.

66 »Más que ninguna está, tu estirpe llena
estará de mujeres virtuosas;
pues no la honestidad, con larga vena,
mayor será entre hijas que entre esposas.
Y, porque tengas tú noticia plena,
de estas a mí profetizadas cosas,
quizás para que yo te diese el cuento,
hoy con no poco gusto te lo cuento.

67 »Empiezo por Ricarda y sus cuidados,
ejemplo de entereza y buena maña:
moza viuda será, por los dictados
de Fortuna, que así a los buenos daña.
Los hijos, de su reino despojados,
verá exiliados en nación extraña,
mozos a merced de sus contrarios;
mas fin tendrán al cabo sus calvarios.

68 »De aquella de Aragón ínclita cuna
no he de callar la reina transalpina,
de quien más sabia y casta otra ninguna
no vi en obra alabar griega o latina;
ni a quien más sonreirá después Fortuna,
cuando a elección de la Bondad Divina,
para que Italia de su mal se acendre,
a Hipólito, Isabel y Alfonso engrendre.

69 »Leonor refiero, sabia consejera,
que en tu árbol prolífico se entesta.
¿Y qué diré de la segunda nuera,
sucesora dignísima de ésta?
Lucrecia Borja, de la cual por fuera
la beldad, la virtud, la fama honesta
y la fortuna crecerán, no menos
que crece un brote en fértiles terrenos.

70 »Cual frente a plata estaño, o cobre a oro,
amapola campestre frente a rosa,
blanco sauce a laurel siempre coloro,
cristal pintando a piedra que es preciosa;
aquella a quien no aún nacida honoro,
será frente a cualquiera que famosa
sea por su belleza, o su prudencia
u otra cualquier magnífica excelencia.

71 »Y sobre cuanto vítor tan prolijo
que viva o muerta le será donado,
estimará que a Hércules, su hijo,
y al resto haya en la púrpura educado,
y dado a su virtud principio fijo
que al arma ha de mostrar luego o togado;
pues no cesa el olor tan de repente,
por más que cambie a nuevo recipiente.

72 »No sigo sin que presto se dirija
mi hablar hacia Renata al fin, su nuera,
de Luis Doceno, rey de Francia, hija
y de la gloria que Bretaña espera.
Renata la virtud en sí cobija
como mujer jamás nunca lo hiciera
desde que quema el fuego, el agua moja
y gira cuanta estrella el cielo aloja.

73 »Largo es hablar de Alda de Sajonia,
o de la insigne condesa de Celano,
o de Blanca María de Catalonia,
o de la hija del rey siciliano,
o de la bella Lipa de Bolonia;
tantas, de que, aun haciendo loor liviano,
si de una en una en su virtud ahondo,
será arrojarse a océano sin fondo.

74 Después que de su noble descendencia
le expuso lo mayor con gran espacio,
volvió la maga a describir la ciencia
que a Rogelio sujeta en el palacio.
Se paró, al fin, cuando encontró evidencia
de estar cerca de aquel mágico espacio;
y no quiso seguir más adelante,
por no arriesgarse a ser vista de Atlante.

75 De nuevo a la doncella le aconseja
el modo en que vencer se puede a Atlante;
y ésta, sola ya, de ella se aleja
no más de un par de millas adelante,
cuando uno que Rogelio ser semeja
ve en medio de un jayán y de un gigante,
que le hacen cerco tan estrecho y fuerte
que a pique le están ya de dar la muerte.

76 Al ver la dama que requiere ayuda
aquel que de Rogelio tiene el gesto,
al punto en suspicia la fe muda,
al punto olvida todo presupuesto;
y ahora que Melisa lo odie duda,
por un nuevo desdén no manifiesto,
y que pretenda con astuta trama
que muerte le dé aquella que tanto ama.

77 «¿No es --se persuadió-- Rogelio éste
que siempre el alma y hoy la vista mira?
¿Qué de verdad en cuanto mire reste,
si no es de verdad él quien allí gira?
¿Por qué ha de ser que oído a extraño preste
y juzgue lo que miro yo mentira?
Que el alma, aun sin que el ojo dé consejos,
sentir puede si está cercano o lejos.»

78 En esto, escucha voz que de repente
de él le parece firme y desenvuelta,
y a un tiempo ve que éste velozmente
pica el caballo y el bocado suelta,
mientras los otros dos que le hacen frente
lo siguen sin descanso a rienda suelta.
La dama en ir detrás no se detiene
hasta que dentro del palacio viene.

79 Y apenas los umbrales de él traspasa,
cuando el engaño de ella se apodera.
Rebusca en cada palmo de la casa
de abajo a arriba, por de dentro y fuera.
Ni día ni noche para, pues la abrasa
tanto el afán que Atlante le adultera,
que ve siempre a Rogelio y se querella,
mas ni ella a él reconoce, ni él a ella.

80 Mas dejémosla allá, y no os dé disgusto
saber que queda presa ciertamente,
que haré salir, llegado el tiempo justo,
de allá a Rogelio y ella juntamente.
Como el mudar majar aviva el gusto,
creo así que la historia que os presente
cuanto más de una cosa a la otra venga,
con más gusto y solaz os entretenga.

81 A urdir con muchos hilos esto obliga
la gran tela que a vos dándola honoro.
Oír, pues, no os enoje que ahora diga
cómo sus armas en el campo moro
presenta ante Agramante la infiel liga,
que, para amedrentar al Lirio de Oro,
en una nueva y singular parada
quiere contar la gente allí llegada.

82 Pues junto a infantería y caballeros,
de los que había menguado ya gran copia,
capitanes también de los señeros
faltabánle a España, a Libia, a Etiopia;
y así las bravas tropas de guerreros
vagaban sin regirlas guía propia.
Por asignar caudillo y orden nueva,
juntas a aquel lugar el rey las lleva.

83 Para relevo de la ya caída
gente pagana en la feroz batalla,
envía a España y África partida
que traiga a cuanto presto allá se halla.
Deja a la tropa toda dividida
y las hace de algún señor vasalla.
Para el siguiente canto, señor, dejo,
si dais permiso, el paso y aparejo.