Orlando furioso, Canto 7

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​Canto VII
Orlando Furioso
 de Ludovico Ariosto


1 Quien marcha lejos de su patria, admira
cosas tan lejos de pensar que hallara,
que, al narrarlas después, las creen mentira
y al fin en falso y embustero para;
que el necio vulgo como falsa mira
la cosa que no toca o no ve clara.
Por esto sé que la ignorancia mucha
hará dudar al que mi canto escucha.

2 Mas goce o no de crédito, no curo
de cuál sea el parecer del vulgo lento:
sé bien que a vos parece hecho seguro,
porque os alumbra claro entendimiento;
y así para vos sólo yo procuro
que suave el fruto sea de mi intento.
Dejé el discurso cuando la ribera
vieron guardada de Erifila fiera.

3 Venía armada del metal más fino
que ornaban gemas de muy varia veste:
rubí encarnado, topacio cetrino,
verde esmeralda y corindón celeste.
Tenía por montura, no un rocino,
sino un rabioso lobo al puesto de este,
un lobo sobre el cual guardaba el río
de arnés de extraordinario y rico avío.

4 De tal tamaño Apulia no los cría:
era más que un buey robusto este.
Pues no espumar su boca el freno hacía,
no sé cómo lo guíe ni lo arreste.
Al fin el pestilente ser traía
del color del sablón la sobreveste,
que, fuera del color, era del corte
del que usan los prelados en la corte.

5 Como insignia en escudo y en cimera
portaba un sapo hinchado y venenoso.
Las damas le mostraron cómo era
al caballero aquel ser mostruoso
venido a darle atajo en la ribera,
como antes hizo a muchos insidioso.
Que vuelva atrás, ella a Rogelio grita;
toma él el asta, y a luchar la incita.

6 No menos atrevida la giganta
calza el estribo, el gran lobo espolea,
en ristre el asta contra él levanta,
y hace temblar la tierra en que campea.
Mas muere sobre el prado furia tanta,
cuando Rogelio el yelmo le golpea,
y en modo del arzón la desaloja
que a seis brazos o más detrás la arroja.

7 Y, cuando ya con desvainada espada
venía a desgajarle la cabeza,
pues bien lo podía hacer según postrada
yacía Erifila mansa de una pieza,
«No hagas venganza ahora despiadada
--gritaron las doncellas--, que es crudeza.
Contén cortés el frío acero y tente:
baste el desdén de atravesar el puente.»

8 Un poco más, pasada la ribera,
siguieron arriscada y hosca vía,
que, fuera de que angosta y dura fuera,
casi la loma sin torcer subía.
Mas, ya salvada, al fin a ancha pradera
salieron que al pasar la cima había,
donde vieron el más bello y jocundo
palacio que jamás se vio en el mundo.

9 Alcina apareció entonces delante,
rindiéndole a Rogelio franca entrada,
y lo acogió con señoril semblante,
de todo un gran cortejo rodeada.
De todos tanto fue el honor galante
que oyó el guerrero y recibió la espada
que no habría sido más ni de más celo,
si hubiese descendido Dios del cielo.

10 No ya el bello palacio era excelente
porque excediese a todos en riqueza,
mas por tener la más dichosa gente
que hay en el mundo y de mayor nobleza.
Poco era uno de otro diferente:
todos de tierna edad y de belleza;
era Alcina entre todos la más bella,
como es más bello el sol que toda estrella.

11 Era tanto en el talle bien formada
como pintó jamás pintor ilustre;
de tan rubia melena ensortijada
que no hay oro que más esplenda y lustre.
Teñían su mejilla delicada
la rosa entreverada y el ligustre;
era terso marfil su gentil frente,
de proporción perfecta y consecuente.

12 Dos negros ojos no, dos soles claros,
flanquean dos negras cejas arqueadas,
al mirar dulces, y a volverse avaros,
en los que Amor con alas delicadas
descarga su carcaj de mil disparos
en aquellos que atajan sus miradas.
El bello gesto una nariz divide
que aun la Invidia a alabar no se comide.

13 Bajo ella está, no haciendo al resto agravio,
la boca de cinabrio húmeda y blanda;
que, al abrir y cerrar el dulce labio,
muestra de perla en él gemela banda;
de allí sale una voz de son tan sabio
que el más tosco y más duro pecho ablanda;
la risa es tal que en el terrestre piso
descubre a voluntad el paraíso.

14 Es blanca nieve el cuello y leche el pecho;
torneada la garganta por de fuera;
el busto que en marfil parece hecho
va y viene como onda en la ribera,
que alza la brisa del marino lecho.
Ver Argos lo que resta no pudiera,
mas se puede juzgar que corresponde
a aquello que se ve lo que se esconde.

15 Justos los brazos son en la medida
y en la cándida mano que presenta
la longitud y anchura convenida,
no hay vena o imperfección que le haga afrenta.
Remata su persona distinguida
el breve pie sobre el que el talle asienta.
Su angélico ademán, propio del cielo,
no se puede ocultar tras ningún velo.

16 Es todo en su figura anzuelo suave,
ya ría o hable o cante o mueva el paso:
no es mucho que Rogelio preso acabe,
pues tan cortés y bella la halla al caso.
De aquello que del mirto oyera y sabe,
de cuánto es cruel e impía, no hace caso;
que no concibe engaño ni cautela
que se halle en ademán que así amartela.

17 Antes que a cosa tal, a creer se inclina
que fuese Astolfo así sobre la arena,
porque alguna impiedad o acción mezquina
lo hiciese digno de ésta y de más pena;
y todo cuanto oyó que fuese Alcina
lo estima falso y como tal condena,
y que la envidia y el despecho empuja
a calumniarla a aquel que el mal aguja.

18 La bella dama que tan firme amaba
la siente ya del corazón partida,
pues por hechizo Alcina se lo lava
de toda hecha de Amor antigua herida;
y de sí sola y de su amor lo grava,
y ella sola en él queda esculpida.
Así, pues, no culparle se le debe,
si entonces se mostró inconstante y leve.

19 Cítara, lira y arpa en el convite
y otros semejantes instrumentos
hacen temblar el aire con su envite
dulce, armonioso y lleno de concentos.
No falta voz allí que en son compite
cantándole al amor y a sus contentos,
y que con invenciones y poemas
pinte las gracias del amor supremas.

20 ¿Qué mesa, pues, triunfante y suntuosa
más que la corte vio jamás de Nino,
o más que aquella célebre y famosa
que dio Cleopatra al vencedor latino,
puede igualar a esta que amorosa
ofrece Alcina al bravo paladino?
No creo que otra tal deje servida
a Júpiter aquel garzón de Ida.

21 Cuando hubo ya el banquete concluido,
hicieron juego en corro muy discreto,
que trata de que uno a otro al oído
diga, según su gusto, algún secreto;
y así fácil les fue, de nadie oído,
decir su amor sin miedo al indiscreto:
al fin concierto entre los dos fue hecho
de aquella noche compartir el lecho.

22 Dio aquel día más temprano fin el juego
de lo que era en aquel lugar costumbre,
y entraron pajes que las sombras luego
deshicieron con hachas de gran lumbre.
Marchó Rogelio al catre tras el fuego,
siguiendo a aquella amable servidumbre
hasta un fresco y riquísimo aposento,
de todos el más noble y opulento.

23 Y, luego que otra vez de dulce y vino
fue regalado con amable gesto,
y, honrando en el adiós al paladino,
partió a la propia habitación el resto;
Rogelio entró en el perfumado lino
que bien podía Aracne haber compuesto,
mas atento al oído e impaciente,
por si llegar la bella maga siente.

24 Con cada sutil ruido que él oía,
pensando que ella fuese, el cuello alzaba;
y, a veces con ficción creer sentía,
y luego de su engaño suspiraba.
Salía del lecho y fuera a ver salía,
miraba fuera y nada fuera hallaba,
y mil veces maldice aquella hora
que el bien, pues nunca pasa, le demora.

25 «Ya llega» de continuo se decía,
y a contar comenzaba cada paso
que había o que que hubiese suponía
entre su estancia y la de Alcina acaso.
Con estas y otras trazas divertía
aquel cruel y sin final retraso,
temiendo que impidiese algún estorbo
aquel aún no apurado dulce sorbo.

26 Alcina, luego que con buen perfume
su adorno tras gran pausa al fin completa,
llegado el tiempo aquel en que presume
que yace aquella corte en sueño quieta,
deja su estancia y sigilosa asume
llegar por galería harto secreta
allá donde la fe y el temor junto
a Rogelio combaten en un punto.

27 Cuando descubre el sucesor de Astolfo
ante él mostrarse aquellas dos estrellas,
ardiente --y perdonad, si aquí me engolfo--
no cabe en sí y olvida sus querellas.
Ya ciego de pasión nada en el golfo
de las delicias y las cosas bellas;
salta del lecho y contra sí la aprieta,
y no puede esperar que en él se meta;

28 aunque no vista falda y guardainfante;
que envuelta se llegó en gasa delgada,
a una camisa sola circundante,
blanca y sutil y en todo harto extremada.
Rogelio la abrazó, y en ese instante
cedió el manto, y quedó sólo tapada
del velo que al cubrir no es más avaro
que lo es con rosa o lirio un cristal claro.

29 No con tan recio ni tan firme lazo
la hiedra el grueso árbol encadena
como ambos hechos uno en un abrazo
liban de sus labios tan amena
flor como dio jamás ningún ribazo
indio o sabeo en la olorosa arena.
Declaren ellos qué placer provoca
tener más de una lengua en una boca.

30 Era este encuentro allá dentro secreto
o al menos, si no tal, siempre callado;
que raramente obtuvo el ser discreto
censura porque fue siempre alabado.
Caricias, cortesías y respeto
a Rogelio le rinde aquel senado:
cuanto hay allí lo alaba y se le inclina,
que así lo quiere la abrasada Alcina.

31 Ningún gusto a los dos plácido resta
que todos caben en aquella holganza.
Mudan al día la ropa que traen puesta
dos y tres veces, según sea usanza.
A veces en banquete están o en fiesta,
o justa, o lucha, o farsa, o baño, o danza.
Ya en frescos sotos al lugar contiguos
los versos de amor leen de los antiguos;

32 ya por umbrosos valles y por cerros
les dan caza a las liebres temerosas;
ya a los faisanes con sagaces perros
ahuyentan de las matas más frondosas;
ya lazos a los tordos, o ya hierros
tienden en las sabinas olorosas;
o ya con red o ya cebo y anzuelo
turban los peces con paciente celo.

33 Gozaba, pues, Rogelio gloria y fiesta
mientras luchaban Carlos y Agramante,
cuyas historias no querría por esta
olvidar, u olvidar a Bradamante,
que con trabajos y pensión molesta
lloraba aún al deseado amante
qye había por desusada y nueva vía
visto llevar, y a dónde no sabía.

34 De esta primero y de no del resto digo,
que gran tiempo vagó buscando en vano
por bosque espeso y campo sin abrigo,
por villa, por ciudad, por monte y llano;
sin dar jamás con su querido amigo,
que vio cómo lo hurtaban de su mano.
Iba a menudo entre la alarbe raza,
mas nunca halló de su Rogelio traza.

35 No hay día que no inquiera a más de ciento,
mas ninguno responde a sus cuestiones,
marcha de campamento en campamento
buscándolo en los moros pabellones,
pues puede; porque sin impedimento
vaga entre caballeros y peones,
gracias a que el anillo se coloca
que hace invisible al que lo trae en la boca.

36 Se resiste a creer que yazga muerto,
pues de tan grande paladín la ruina
se habría oído ya (piensa por cierto)
del indio mar a donde el sol declina.
No acierta a imaginar por qué desierto
camino aún pueda andar; y así camina
tras él, mientras que trae triste entretanto
por únicos amigos pena y llanto.

37 Concluye al fin volver adonde era
la tumba de Merlín y en esa cueva
allí tanto gritar y en tal manera
que el frío mármol a piedad se mueva;
que ya viva Rogelio o ya müera,
ya sea alegre o ya fatal la nueva,
entonces la sabrá, y así se avenga
a aquel mejor consejo que allí tenga.

38 Con tal resolución tomó el camino
hacia la selva próxima a Pontiero,
donde el mármol locuaz del adivino
oculto estaba en sitio agreste y fiero.
Mas la maga que siempre de contino
por ella vela y es de ella asidero
(digo de aquella que en la bella cueva
de su estirpe le dio prolija nueva),

39 aquella sabia más que otra ninguna
cuyos cuidados siempre la rodean,
sabiendo que ha de ser principio y cuna
de héroes que casi semidioses sean,
no hay día que no lance alguna runa
en que las cosas por venir se lean.
De cómo libre hurtó a Rogelio el ave
y dónde paró en India, todo sabe.

40 Lo había visto a lomos de aquel bruto,
incapaz de guïarlo y desbocado,
dividirse en apenas un minuto
por medio peligroso y desusado;
y bien sabía que era todo el fruto
gozar de juego y ocio delicado,
sin más memoria de su rey Agramante,
ni de su honor, ni de su firme amante.

41 Y así la flor de la su edad más leda
podría haber ajado en vano asunto
tan gentil paladín; y en torpe preda
perder ánima y cuerpo a un mismo punto;
y aquel honor que de nosotros queda
después que el frágil resto es ya difunto
que carga el hombre y al sepulcro dona,
jamás tener de Marte ni Belona.

42 Pero aquella hechicera, que más cura
tiene del mozo que de sí no tiene,
pensó traerlo por via alpestre y dura
a la virtud, aunque le pese y pene;
como el sabio doctor, que ordena cura,
aunque con fuego o tóxico la ordene,
y, si bien al principio daño porta,
sana al final y la salud reporta.

43 No era con él la maga así indulgente
ni tan ciega de Amor soberbio era
que, igual que el viejo Atlante, solamente
la vida preservarle pretendiera.
Más prefería aquel que largamente
viviese, aunque sin fama y honor fuera,
que, oyéndose alabar de polo a polo,
perdiese de la vida un año solo.

44 Lo había hecho llegar él hasta Alcina
por que en su amor las armas olvidase;
y, como sabio de sin par doctrina,
que hechizos sabe usar de toda clase,
había el corazón de la adivina
fijado con tal nudo a Amor de base,
que no se desharía, aunque a su vera
más que Néstor Rogelio envejeciera.

45 Mas volviendo a la mágica presaga,
decía que tomó el justo camino
en que benéfica a la errante y vaga
hija de Aimón a dar encuentro vino.
Viendo Bradamante allí a su maga,
muda en contento su dolor mohíno,
y aquella le hace el caso conocido:
que a Alcina fue Rogelio conducido.

46 Queda la dama más muerta que viva
cuando oye que anda tan lejos su amante;
y más, cuando conoce que deriva
su amor, si esto no ataja de portante:
mas la benigna maga compasiva
aplica ungüento a su dolor bastante,
y le promete y jura hacer que presto
vuelva de su Rogelio a ver el gesto.

47 «Desde que traes --le dice-- aquel anillo
que deshace el poder del arte maga,
sé bien que, si lo llevo hasta el castillo
donde Alcina con saco vil te estraga,
su traza desharé, y será sencillo
volverte aquel de quien tu amor se paga.
Me partiré esta noche a la hora prima,
y al alba veré aquel opuesto clima.»

48 Y así siguió narrando puntualmente
la industria con que habría de librarlo
del reino afeminado de esa gente
y a Francia nuevamente de llevarlo.
Dio el anillo la moza prontamente
y no sólo el anillo quiso darlo,
que habría el corazón dado y la vida,
si llega a ser que allí la otra los pida.

49 Lo da, y a ella se encomienda y fía
y más fía a Rogelio y le encomienda,
al cual con ella mil besos envía;
después hacia Provenza alza la rienda.
Tomó la encantadora opuesta vía,
y, por llevar a término su agenda,
surgir hizo un corcel con un conjuro
que, excepto rojo un pie, todo era oscuro.

50 Quizás un Farfarel o Alquino fuera
que en esta forma del infierno trajo,
y en él montó con suelta cabellera,
descalza, y sin usar silla o cintajo;
mas, porque este su hechizo le valiera,
el anillo del dedo antes extrajo,
y tan veloz marchó que a la mañana
llegó de Alcina a aquella isla lejana.

51 Mudó entonces de cuerpo y de semblante:
alargó más de un palmo su estatura
y en proporción sus miembros al instante,
de suerte que quedó con la figura
que pensó que tuviera el nigromante
que a Rogelio crïó con tanta cura.
Pobló de largas barbas la mejilla
y la frente arrugó e hizo amarilla.

52 Tanto en gesto, en acento y en portante
bien lo supo imitar, que totalmente
venía a parecer el sabio Atlante.
Se escondió luego, y tanto fue paciente
que vio alejarse la celosa amante
un día de Rogelio finalmente.
Fortuna fue, porque en su rica sede
sufrir sin él un hora apenas puede.

53 A solas lo encontró, como quería,
gozando el matutino aire sereno
a orillas de un riachuelo que corría
desde un monte a un cristal claro y ameno.
El hábito lujoso que vestía
de ocio era todo y de lascivia lleno,
que había de su mano peregrina
de oro y seda sutil tejido Alcina.

54 De ricas piedras un collar decora
hasta el pecho al marica mozalbete,
y en uno y otro tan viril otrora
brazo estaba un brillante brazalete.
Embellecía cada oreja ahora
de oro sutil un rico y fino arete;
y tal perla pendía de aquel oro
cual no vieron jamás indio ni moro.

55 Traía aromado el lindo gentilhombre
el pelo, y una cinta era su flama;
todo en él era amor como es el hombre
avezado en Valencia a servir dama:
del que fue no quedaba más que el nombre,
corrupto el resto que le diera fama.
Así se halló a Rogelio en tal asiento,
mudado el ser por mor de encantamiento.

56 En la forma de Atlante hacia él se gira
aquella que fielmente lo fingía,
con aquel rostro que, aunque aquí mentira,
Rogelio venerar siempre solía,
y aquel severo ceño lleno de ira
que temido de niño tanto había;
y le habla así: «¿Es este, pues, el fruto
que tras tan larga fatiga ahora disfruto?

57 »¿Niño te di de osos y leones
por leche las medulas aún calientes,
por cubiles y horribles barrancones
te hice de niño estrangular serpientes,
vencer pardos y tigres a montones,
y a aún vivos jabalís sacar los dientes,
para que al fin de tanta disciplina
te vea el Adonis o Atís de esta Alcina?

58 »¿Es esto aquello que el poblado cielo,
vísceras y diseños en la tierra,
sueños y hechizos que con tanto celo
estudié siempre y que mi ciencia encierra,
cuando aún gateabas por el suelo,
decían de tus hechos en la guerra:
que serían tus obras de armas tales
que a ellas nunca otras habría iguales?

59 »¡Alto principio es este que hoy anciano
persuádeme a creer que seas presto
un Magno, un César Julio o un Africano!
¡Ay!, ¿quién de ti creyera jamás esto:
verte de Alcina esclavo cortesano?
Y para hacerlo a todos manifiesto
al cuello y brazos la cadena llevas
con que te arrastra preso y tú lo apruebas.

60 »Si ni aun tu propio honor basta a moverte
ni las gestas que el cielo te ha otorgado,
¿por qué a tu prole, con así perderte,
niegas el bien que te he pronosticado?
¿Por qué sellas el vientre de esta suerte
de donde quiere el cielo que engendrado
por ti sea el linaje sin segundo
que, más claro que el sol, deslumbre al mundo?

61 »¡No impidas, no, que las más nobles almas
que tienen forma allá en la eterna idea,
aquí de tanto en tanto broten almas
del tronco que nacido de ti sea!
¡No impidas, no, los mil triunfos y palmas
con que, después que hundida y mal se vea,
aquel linaje que contigo empieza
a Italia vuelva su inicial grandeza!

62 »Y si no basta a rendir tu tema fiera
copia tan larga de almas sin segundo
que ilustre, ínclita, invicta, alta y señera
del árbol tuyo brotará fecundo;
bastar una pareja a ello debiera:
Hipólito y su hermano; pues al mundo
pocos antes ha habido que a tal grado
de perfecta virtud hayan llegado.

63 »De estos dos hermanos yo narrarte
solía más que no de todo el resto;
bien porque les toque la mayor parte
de todo el bien que en tu linaje hay puesto;
bien porque viese yo que de tu parte
más atención había al narrar esto:
gozabas de que héroes que así fuesen
de nietos de tus hijos descendiesen.

64 »¿Qué tiene la que tanto te domina
que no tengan mil otras meretrices,
esta que es de tantos concubina
y sabes cuán los hace al fin felices?
Mas porque sepas bien quién es Alcina,
desnuda de sus fraudes y barnices,
ponte este anillo al dedo y vuelve a ella;
que él te dará razón de cuánto es bella.»

65 Corrido sin saber lo que replique
quedó Rogelio con la vista en tierra;
y, llegando la maga, en su meñique
puso el anillo, y lo volvió a la tierra.
Cuando él en sí volvió, tal fue su pique,
sintió tal vejación hacerle guerra,
que habría, por no ser visto, preferido
a mil brazas en tierra estar hundido.

66 En su primera forma en un instante,
hablando así, volvió al fin la hechicera;
pues no necesitaba la de Atlante,
ya conseguido el fin por que allí fuera.
Os digo quién Rogelio halló delante
y antes callé: Melisa el nombre era,
que dio de sí noticia sin falsía
y la razón por que hasta él venía,

67 a petición de la que de amor llena,
siempre lo busca y de su bien se cuida,
por darle libertad de la cadena
con que ata fuerza mágica su vida;
y había así de Atlante de Carena
tomado aspecto para ser creída.
Mas ya que está en su acuerdo de aquel modo,
quiere instruirlo y que conozca todo:

68 «Esa dama gentil, que te ama tanto,
esa que de tu amor digna sería,
de la que sabes, si recuerdas, cuánto
deba tu libertad el ser hoy día;
este anillo que anula todo encanto
manda, y el corazón mandado habría,
si hubiera el corazón virtud tenido
de hacer lo que este anillo cuando asido.»

69 Y prosiguió narrando el sentimiento
que Bradamante le ha portado y porta,
y encareció con ello su ardimiento
cuanto el afecto y la verdad comporta,
de suerte que usó modo y parlamento
que más conviene al que por otro exhorta;
y en grado le hizo Alcina aborrecible
en que se suele hallar lo que es horrible.

70 Tanto la aborreció, como antes tanto
la amó, y no halléis extraño que así fuera:
pues obra era su amor toda de encanto
forzoso es que el anillo la rompiera.
Hizo patente él también que cuanto
bello en Alcina había falso era:
falso, y no real, del pie al cabello;
quedó la hedionda hez, y huyó lo bello.

71 Cual tierno niño que madura poma
esconde y luego olvida el escondite,
y, ya pasado un tiempo, al caso asoma
allá donde escondió el frutal confite,
y gran asombro de admirarla toma
podrida y mustia, y no en su primo envite;
de suerte que, si fuele antes sabrosa,
de sí la arroja y juzga ahora asquerosa;

72 así Rogelio, luego que le hizo
volver Melisa a ver la maga aquella,
con ese anillo al que ningún hechizo,
si está en el dedo, engaña o atropella,
halla, en vez del retrato antes postizo
de aquella que juzgó encantado bella,
mujer tan repugnante que la tierra
no otra más vieja y fea que ella encierra.

73 Rugosa era la faz, pálida y fea;
canoso el pelo, escaso y desvaído,
seis palmos no alcanzaba esta pigmea,
había los dientes todos ya perdido;
que aún más que Hécuba, aún más que la Cumea,
aún más que anciana otra había vivido.
Mas tales artes ella usar sabía
que moza y bella parecer podía.

74 Fingía ser moza y bella con tal arte
que a muchos engañó como a éste engaña,
mas deshizo el anillo de esta arte
su tan creída de todos artimaña.
Milagro no es entonces, si se parte
del ánimo del joven la patraña
de amar la maga Alcina, ahora que vela
de guisa en que su fraude no la cela.

75 Mas siguiendo a Melisa en el consejo,
restó en su habitual domestiqueza
hasta que de sus armas y aparejo
se vistió de los pies a la cabeza;
y, por que viese Alcina en él despejo,
fingió probar si estábale aún la pieza,
fingió probar si había algo engordado,
después de un tiempo nunca haberse armado.

76 Y Balisarda se ciñó al costado
(porque éste el nombre de su espada era)
y el escudo también tomó encantado,
que no es que ya la vista confundiera,
sino que reducía a tal estado
cual si del cuerpo el alma huido hubiera.
Lo tomó, y con el trapo en que venía
cubierto, lo echó al cuello, y tomó vía:

77 llegó al establo de su antigua ama
y un hito hizo ensillar a un escudero,
según dispuso hacer la sabia dama,
que bien sabía cuánto era ligero.
Quien lo conozca, Rabicán lo llama;
aquel mismo que junto al caballero
que mirto hoy mece el viento en la marina,
llevó allí la ballena a orden de Alcina.

78 Su hipogrifo tomar pudo igualmente,
pues junto a Rabicán se hallaba atado;
mas le advirtió la maga: «Ten presente
que en vuelo es, como sabes, desbocado.»,
con la promesa de que al día siguiente
lo sacaría de aquel falso estado
a allá donde con algo de acomodo
podría aprender a hacer con él de todo.

79 Demás que no hallaría receloso
de su fuga secreta, si lo deja.
Siguió el mozo a Melisa puntilloso,
que invisible le hablaba aún a la oreja.
Fingiendo así, salió del lujurioso
palacio aquel de la ramera vieja;
y se llegó al portón que le encarrila
derecho hacia el país de Logistila.

80 Cerró con los guardianes de improviso
y a tajos se abrió paso en aquel puesto,
e, hiriendo y matando a cuantos quiso,
pasó el puente lo más que pudo presto;
de suerte que al llegarle a Alcina aviso,
grande distancia había ya interpuesto.
Diré en el otro canto qué fin tuvo,
después que a Logistila de hallar hubo.