Oros son triunfos: 11

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Entrañable fue siempre el afecto que la hermosa joven había profesado a su padre; pero desde la noticia que acababa de darle su madre, se sentía unida a él por un nuevo vínculo y por una deuda más.

Su vida dispendiosa y descuidada había contribuido sin duda a precipitar la ruina de aquella casa, antes rica y envidiada; y aquel dolor impreso de continuo en la fisonomía del atareado comerciante; aquel sello de tristeza que la oscurecía, no eran el efecto natural de una salud quebrantada por el trabajo, sino la huella de una gran pesadumbre, hija quizá del temor de que algún día tuviera ella que conocer la causa. ¿Qué sacrificio podría imponérsela que no aceptase por salvar a su padre del abismo en que iba a caer? ¿Qué valían, pues, los escrúpulos que aún oponía como excusas, si su unión con el hombre que se los inspiraba podía devolver a su padre la fortuna que éste había sacrificado al placer de su familia?

Con estas reflexiones, motivadas por la noticia funesta dada por su madre y la repentina llamada de su padre, presentóse delante de éste, cariñosa y expresiva como jamás lo estuvo.

-Hija mía -le dijo el pobre hombre, sentándola a su lado-, los asuntos que personalmente te interesan, sólo contigo debo consultarlos, antes de discutirlos en familia, si esto fuese necesario también. En ese supuesto, y con la formal protesta que te hago de que, al someter a tu juicio ese asunto, te dejo en la más amplia libertad de resolverle, te advierto que hace un instante estuvo en este mismo gabinete un hombre que ocupa una gran posición social, a pedirme tu mano.

-Y ¿qué le contestó usted? -dijo Enriqueta sin mostrarse sorprendida del suceso, ni más ni menos que si le esperara.

-Que te haría saber la pretensión, y que tú resolverías.

-¿Pero usted no ha formado juicio alguno?...

-Supongamos que no.

-¿Ni hay siquiera una razón por la cual pudiera usted desear que yo aceptara ese pretendiente?

-No hay razón para mí que alcance a obligarme a violentar tu voluntad, ni siquiera a influir en ella, en asunto tan importante.

Si, como no lo dudaba Enriqueta, la noticia que tuvo por su madre sobre la triste situación de la casa, era cierta, su padre le estaba dando otra prueba más de cariñosa abnegación, prueba que merecía de su parte un esfuerzo de voluntad para corresponder a ella dignamente. Y en tal propósito, y sin detenerse a considerar que en lances de tanta trascendencia es mal consejero el entusiasmo, contestó sin vacilar:

-Dígale usted que sí.

-¡Cómo!... ¿sin saber aún de quién te hablo?

-Lo presumo: ¿no es del famoso indiano don Romualdo?

-Del mismo, en efecto. Pero ¿tú le conoces?

-De fama y de vista.

-Bien; pero ignoras de dónde viene, qué ha sido, qué es y, según sus antecedentes, qué podrá ser en adelante.

-Eso no es de mi incumbencia, papá. Me dice usted que resuelva, y resuelvo que sí.

Como aquél que ve visiones se quedó don Serapio al oír hablar de este modo a su hija. No había mostrado la menor vacilación, ni un reparo, ni un escrúpulo. El demonio de la ambición la dominaba también como a su madre: jamás lo hubiera creído en aquel corazón tan sensible y tan noble en apariencia. Por el vano afán de unas cuantas joyas, no le aterraban los riesgos de lo desconocido. Este desencanto le afligió en extremo, como padre cariñoso; pero, preciso es confesarlo, no dejó de animarle como comerciante necesitado. Las buenas tragaderas de su hija hacían la tramitación más fácil y el resultado más claro, supuesto que estaba decidido a no sacrificarla a los apuros de la casa.

Y entre tanto no reparaba el bendito de Dios que sin estar también él devorado, aunque en otra forma, por la misma sed de oro, no hubiera tomado en serio la pretensión del indiano sin preguntarle en seguida todo aquello que, en su concepto, debió preguntar Enriqueta antes de resolver afirmativamente la demanda; ni hubiera transmitido ésta a su hija sin poder añadir en seguida: «me consta que el pretendiente es hombre honrado y que honradamente ha ganado lo que posee». Por eso no cayó en la cuenta de que las últimas palabras de Enriqueta, si parecían el reflejo de un corazón frío y metalizado, también podían tomarse como una amarga censura a la irreflexión y la ligereza despiadadas con que un padre colocaba a su hija en la necesidad de elegir a ciegas entre la muerte y la vida.

Pero esto no podía leerlo don Serapio en la respuesta, porque había hecho en el asunto cuanto debía hacer; es decir, respetar ciertas particularidades de aquel hombre que, siendo tan rico y tan espléndido y, sobre todo, tan considerado en el pueblo, no podía ser cosa mala; y, en cambio, podía resentirse de una fiscalización impertinente que diera por resultado una brusca retirada en el momento en que más falta le hacía su amparo. De todos modos, si le engañaban las apariencias, ya se iría viendo poco a poco, antes de que fuera imposible evitar los peligros de una equivocación.

Tal fue el criterio de don Serapio en aquel asunto delicado; pero como ni tú ni yo, lector benévolo, estamos llamados, que se sepa, a sentar jurisprudencia en la materia, dejo la digresión y vuelvo al asunto.

-De manera -prosiguió el padre, acentuando mucho sus palabras y observando el efecto que causaban en su hija-, que puedo decir a ese señor que, por tu parte, aceptas gustosa.

-Gustosísima, -añadió Enriqueta.

-¿Sin el menor recelo siquiera de que acuda a tu memoria ni la sombra de un recuerdo más agradable?... -insistió don Serapio, creyendo con esto quedar bien cumplido con el último de sus escrúpulos de conciencia.

-Sin el menor recelo... ni aun de esa sombra.

-¿Luego no hay más que hablar sobre el asunto?

-Absolutamente nada, por mi parte.

Y los dos se despidieron y se separaron: el padre admirado de la despreocupación de la hija, y la hija asombrada de la buena fe de su padre.

Dos Serapio bajó al escritorio, y llamando al viejo dependiente, volvió a decirle:

-Abra usted una cuenta a don Romualdo Esquilmo.

Pero esta vez no le dio contraorden; antes bien, llegóse a la caja, sacó el paquete sellado, recontó y clasificó los valores que contenía, y dijo al dependiente, que le observaba con impasibilidad, después de haber escrito el encabezado de la cuenta:

-Abónele usted, por entrega que me hace hoy en efectivo y letras que me endosa, aceptadas en esta plaza, reales vellón...

-Reales vellón... -repitió el dependiente pluma en mano.

-Un millón doscientas treinta y dos mil.

-Un millón doscientas treinta y dos mil, -murmuró el tenedor de libros apuntando en el suyo aquella cantidad.

-Nada más, -dijo luego el comerciante recogiendo los valores del indiano.

-Nada más, -repitió el dependiente cerrando el libro, después de haber colocado cuidadosamente una hoja de papel secante sobre lo recientemente escrito.

-Ya habrá usted comprendido -añadió don Serapio a media voz-, que la situación de la casa ha mejorado mucho en pocas horas.

-Lo sospeché desde la primera vez que me mandó usted abrir esta misma cuenta.

-Hay una Providencia, don Braulio.

-Pues bendigámosla, señor don Serapio.

Y el uno volvió a su puesto con la misma impasibilidad que cuando acababa de demostrar con números que la casa estaba hundida, y el otro a la caja, en la cual guardó el caudal ofrecido por la Providencia.

Entre tanto Enriqueta informaba a su madre de todo lo tratado y acordado con su padre.

-Ya lo ves, hija mía... ¡La Providencia divina! -exclamó ebria de gozo, loca de entusiasmo doña Sabina.

Es maña ya muy vieja esa de atribuir a la Providencia todo cuanto nos favorece y nos halaga, aunque sea inicuo, y de imputar a la desgracia lo que nos humilla y desconcierta, aunque lo tengamos bien merecido.