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Página:Alsino - MC0010978.pdf/11

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Alsino

timos ecos de los melancólicos cantos de los pidenes y de todas las aves que, desde incontables atardeceres, aquí se reunen para elevar sus oraciones cuando aun brillan las últimas horas rosadas y luminosas.

Como nadie las ve, las dunas avanzan con más prisa que la que tienen cuando el sol brilla.

Hay una mísera aldea de pescadores y labriegos que las dunas estrechan contra el desaguadero, donde las miasmas se incorporan a las densas nieblas del pantano. Las chozas, construídas con ramas traídas de la montaña, todavía no pierden sus hojas y su fragancia cuando, antes del año, ceden al peso de la arena que se ha ido acumulando contra los débiles tabiques. Entonces es preciso volver a la montaña por otras ramas y construir una nueva y pasajera morada. Una vez, una vaca que vagaba extraviada en la noche por los arenales, llegó a este caserío. Hambrienta y ciega por la oscuridad, bajando por el declive de la duna, dió con la frágil y engañosa techumbre de una choza medio sepultada. Cuando comía con ansia las hojas secas, dentro los habitantes de la choza se santiguaban al no descifrar los ruídos extraños de la techumbre. Y cuando, al avanzar otro paso, cayó con estrépito en medio de la habitación, arrastrando consigo las ramas rotas, sus bramidos de angustia y su gran cabeza armada de enormes astas, que sacudía en su de-