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La flor de brezo
vían á la tierra en esa abrasadora caricia que engendra la vida.
El campo presentaba todos los tonos de las mieses doradas; las viñas dejaban asomar entre sus verdes pámpanos apretados racimos; las palmeras mecían gallardamente los maduros ramos de dátiles y en la atmósfera flotaba un perfume de vitalidad acre y embriagador. Aquél hálito fecundante de la Naturaleza penetraba en el débil y cansado organismo de Mercedes, oxigenando su sangre y dándole una nueva vida.
Mercedes era la dueña del cortijo, una encantadora huérfana de diez y ocho años, de cuerpo anémico y espíritu cansado por la contínua agitación de las fiestas de la corte.
Ahora, toda su vida sufría un extraño cambio; el ambiente de amor