Página:Antigona - Roberto J Payro.pdf/122

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quiso aceptar esa miseria. Me pareció una diosa irritada porque un mortal le ofrecia apoyo. Y ella es diosa ¿no es cierto? ¡La quiero tanto! ¡Pero hombre! Hace media hora que no me das que beber; eso está mal hecho!

Armando le miraba atentamente, y sonreía, como si el placer le hiciera cosquillas en el cuerpo. A la luz del gas, con su espaciosa frente, sus ojos brillantes y su sonrisa sarcástica, parecia el ángel de las tinieblas, cebándose en una presa indefensa é inocente...

— Beberemos coñac ¿no te parece? preguntó.

— Coñac, rom, cualquier cosa. ¡Qué me importa á mí! ¡Quiero beber; tengo sed!...

Las pupilas de Ernesto fulguraban de una manera extraña; los músculos de su rostro parecian adormecidos; toda la movilidad estaba únicamente en los lábios y en los ojos; la lengua torpe, se negaba casi á articular las palabras, que salían penosamente de su boca. Estaba beodo y por completo! Dupont llamó á un criado y pidió licores!

— ¿Qué más quieres? preguntó en seguida á Ernesto.

— Nada, nada! Todavia queda champagne; mira!