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DON JUAN DE ARGUIJO
XIV.
Sísifo.

Sube gimiendo con mortal fatiga
El grave peso que en sus hombros lleva
Sísifo al alto monte, y cuando prueba
Pisar la cumbre, á mayor mal se obliga.
Cae el fiero peñasco, y la enemiga
Suerte cruel su nuevo afan renueva[1];
Vuelve otra vez á la difícil prueba,
Sin que de su trabajo el fin consiga.
No iguala aquella á la desdicha mia,
Pues algun tiempo alivia en su tormento
Los hombros, á tal carga desiguales[2].
Sufro peso mayor con tal porfía;
Que un punto no perdona al pensamiento
La importuna memoria de mis males.


XV.
Lucrecia.

Baña llorando el ofendido lecho
De Colatino la consorte amada,
Y en la tirana fuerza disculpada,
Si no la voluntad, castiga el hecho.
Rompe con hierro agudo el casto pecho,
Y abre camino al alma, que indignada
Baja á la obscura sombra, de vengada.
Aun duda si su agravio ha satisfecho[3].
Venció al paterno llanto endurecida,
Y de su esposo el ruego, que no basta,
Menospreció con un fatal desvío[4].
«Ceda al debido honor la dulce vida[5]:
Que no es bien, dijo, que otra menos casta[6]
Ose vivir con el ejemplo mio.»


XVI.
Casandra.

Cuando en horror medroso y ciego espanto
Por los teucros discurre Alecto airada,
Y el impio acero de la griega espada
Hace crecer con frigia sangre el Janto,
Entre los gritos y confuso llanto[7]
De la mísera gente descuidada
Alza la voz Casandra, arrebatada
De profético aliento y furor santo[8].
«En tus cenizas, dice, ¡oh patria cara!
Se guarda el fuego cuya llama ardiente
Hará costosa á Grecia esta vitoria.
»Otra renacerá de ti mas clara
Troya, por quien tu nombre eternamente
Vuelva á vivir en mas dichosa historia.»


XVII.
La avaricia[9].

Castiga el cielo á Tántalo inhumano,
Que en impia mesa su rigor provoca,
Medir queriendo en competencia loca
Saber divino con engaño humano.
Agua en las aguas busca, y con la mano
El árbol fugitivo casi toca;
Huye el copioso Eridano á su boca,
Y en vez de fruta aprieta el aire vano.
Tú, que espantado de su pena, admiras
Que el cercano manjar en largo ayuno
Al gusto falle y á la vida sobre,
¿Cómo de muchos Tántalos no miras
Ejemplo igual? Y si codicias uno,
Mira el avaro, en sus riquezas pobre.


XVIII.
Ulises.

El griego vencedor que tantos años
Víó contra si constante la fortuna;
El que pudo sagaz de la importuna
Circe vencer los mágicos engaños;
El que en nuevas regiones y en extraños
Mares temer no supo vez alguna;
El que, bajando á la infernal laguna
Libre volvió de los eternos daños,
Los ojos cubre y cierra los oidos
De las sirenas á la vista y canto,
Y se manda ligar á un mástil duro;
Y negando al objeto los sentidos,
La engañosa belleza y fuerte encanto
Huyendo vence, y corta el mar seguro.


XIX.
Píramo

«Tú, de la noche gloria y ornamento.
Errante luna, que oyes mis querellas;
Y vosotras, clarísimas estrellas,
Luciente honor del alto firmamento,
»Pues ha subido allá de mi lamento[10]
El son y de mi fuego las centellas,
Sienta vuestra piedad, ¡oh luces bellas!
Si la merece; mi amoroso intento.»
Esto diciendo, deja el patrio muro
El desdichado Píramo, y de Nino
Parte al sepulcro, donde Tisbe espera.
¡Pronóstico infeliz, presagio duro
De infaustas bodas, si ordenó el destino
Que un túmulo por tálamo escogiera!


XX.
Al mismo asunto.

El triste fin, la suerte infortunada[11]
(Ajeno premio de la fe constante)
Del uno y otro miserable amante,
A quien perdió una noche y una espada,
Oculta en sombra obscura esta labrada[12]
Piedra. Tú, peregrino caminante.
Repara el grave caso, y con semblante
Pio suspende el curso á tu jornada;
Que darás tiernas lágrimas no dudo
A estas cenizas, donde aun dura ardiente[13]
El fuego que causó desdicha tanta[14];
Debida compasion al mal que pudo
Mudar color en la cercana fuente,
Y el de su fruto en la silvestre planta[15].


XXI.
Artemisa.

Labra Artemisa el grande mausoleo,
Que los altos pirámides afrenta
Del egipcio soberbio, y no contenta.
Busca á su ilustre fe mayor trofeo.
Del tierno y casto pecho en nuevo empleo[16]
Hacer sepulcro al nuevo esposo intenta,
Cuyas cenizas, de su amor sedienta,
Bebe con ansias de inmortal deseo[17].
«En vano, dice, pretendió la muerte[18]
De ti, dulce Mausolo, dividirme,

  1. Suerte cruel su duro afan renueva.— Texto de Colon.
  2. Los hombros á la carga desiguales.— Id.
  3. Aun duda si su ofensa ha satisfecho.— Id.
  4. Desestimó con un mortal desvio.— Id.
  5. Ceda el debido honor la dulce vida.— Texto de Fernandez.
  6. Que no es justo que otra menos casta.— Texto de Colon.
  7. Entre las quejas y confuso llanto.— Id.
  8. El maestro Medina tiene por admirables estos cuartetos.
  9. Este soneto, antes que por Fernandez, fue publicado por Espinosa en las Flores de poetas ilustres, y después por Gracian en la Agudeza y arte de ingenio.
  10. Pues han subido allá de mi lamento.— Texto de Colon.
  11. El nuevo fin, la suerte infortunada.— Id.
  12. Encierra en sombra oscura esta labrada.— Id.
  13. A las cenizas donde aun dura ardiente.— Id.
  14. El fuego en que cayó desdicha tanta.— Texto de Fernandez.
  15. Y el de su fruto en la insensible planta.— Id.
  16. Del tierno y casto pecho nuevo empleo.— Texto de Colon.
  17. Bebe con ansias de mortal deseo.— Id.
  18. Mal podrá, dice, la enemiga muerte.— Id.