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cap.
darwin: viaje del «beagle»

llevar a casa una porción de esta materia verde, pero un accidente imprevisto malogró mi propósito. Algunas partes del lago, vistas a corta distancia, aparecían de color rojizo, lo cual se debía quizá a ciertos infusorios. El cieno aparecía levantado en muchos sitios por una multitud de gusanos anélidos. ¡Cuán sorprendente es que haya animales capaces de vivir en la salmuera y que anden arrastrándose entre cristales de sulfato de sodio y cal! Y ¿qué es de esos gusanos cuando durante el largo verano se endurece la superficie convirtiéndose en una sólida capa de sal? Este lago es frecuentado por numerosos flamencos, que procrean aquí; en toda Patagonia, en el norte de Chile y en las islas de los Galápagos he encontrado estas aves dondequiera que había lagos salados. En el sitio de que trato los vi vadeando de aquí para allá en busca de comida—probablemente de gusanos escondidos en el cieno—, y tal vez estos últimos se alimentan de infusorios o confervas. De este modo tenemos un pequeño mundo de vivientes recluídos en el recinto de un lago de salmuera y perfectamente adaptados a este medio. Se dice [1] que en los hoyos de salmuera de Lymington viven diminutos crustáceos en número incontable, pertenecientes a la especie Cáncer salinas, pero sola-


  1. Linnæan Trans., vol. XI, pág. 205: «Es notable que sean semejantes todas las circunstancias relativas a los lagos salados en Siberia y Patagonia. Siberia, como Patagonia, parece haber salido recientemente de las aguas del mar. En ambos países los lagos ocupan someras depresiones en las llanuras; en ambos el cieno de las márgenes es negro y fétido; en el fondo, la costra de sal común, sulfato de sodio o magnesia se presenta imperfectamente cristalizada, y en ambas la arena cenagosa está mezclada con pequeños cristales lenticulares de yeso. Los lagos de Siberia están habitados por pequeños crustáceos y en ellos se ven con frecuencia flamencos» (Edin. New Philos. Jour., enero 1830). Como estas circunstancias, en apariencia tan insignificantes, concurren en dos continentes distantes, podemos estar seguros de que son resultados necesarios de causas comunes. Véase Viajes de Pallas, 1793 a 1794, págs. 129-134.