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cap.
darwin: viaje del «beagle»

Son excelentes mímicos; de modo que cuantas veces tosíamos, bostezábamos o estornudábamos, otras tantas lo repetían ellos. Algunos de mis compañeros empezaron a torcer la vista y mirar de soslayo; pero uno de los jóvenes fueguinos (cuyo rostro estaba pintado todo de negro, excepto una banda blanca que le cruzaba los ojos) hizo visajes más horribles. Podían repetir correctamente toda palabra de lo que les decíamos, y las recordaban por algún tiempo. Y, no obstante, sabido lo difícil que es distinguir y separar los sonidos de una lengua desconocida, ¿qué hombre civilizado sería capaz, por ejemplo, de reproducir una sentencia oída por primera vez de labios de un indio de América, con sólo que esa sentencia tenga más de tres palabras? Según parece, todos los salvajes poseen en grado maravilloso este poder de la imitación. Me han dicho que los cafres tienen, exactamente como los fueguinos, el hábito ridículo de copiar todos los dichos y gestos de los europeos; los australianos, de igual modo, gozan fama de remedar con toda perfección el modo de andar de cualquier persona, hasta el punto de ser posible reconocerla. ¿Cómo se explica esta facultad? ¿Es una consecuencia de tener más ejercitados y agudos los sentidos, carácter común a todos los hombres salvajes respecto de los civilizados?

Cuando mis compañeros entonaron una canción, creí que los fueguinos iban a caerse redondos de asombro. La misma sorpresa les produjo nuestro baile; pero uno de los jóvenes, a quien se lo rogué, no tuvo inconveniente en valsar un poco. A pesar de estar apenas acostumbrados a tratos con gente civilizada, según lo que parecía, conocían y temían nuestras armas de fuego: nada pudo incitarlos a coger una escopeta. Pidieron cuchillos, designándolos con la palabra española «cuchilla». Explicaron también lo que querían con ademanes, fingiendo tener en la boca un